Hace pocas semanas, en Oaxaca, México, durante una lectura de nuestra invitada de la semana anterior, la poetisa colombiana Lauren Mendinueta, coincidí por azar con el poeta chileno Ludwig Zeller (Rio Loa, Chile, 1927). Ludwig, que ha vivido los últimos veinte años a caballo entre Canadá y México, está, a sus ochenta años, más inquieto y creativo que nunca. De nuestro convivio, además de la alegría del encuentro, quedaron como siempre en estos casos un par de libros de recuerdo. De ellos hemos extraído, para los lectores de Los Convidados, tres joyas inestimables.

Por el camino veo que mi padre se acerca
Con los brazos abiertos. Él está muerto, pienso, ¿cómo
Puede encontrarse aquĂ­? RĂ­e de mis dudas chupando el humo
De la pipa de ámbar. Salen figuras y el tabaco
Que arde suspende en lo alto luces como signos
Que al reflejarse pulen los espejos de aquel ojo interior.

Yo me río también. Éstos son los paisajes que he soñado,
Esa ciudad invisible en la que vago escuchando las voces,
Recorriendo las calles desoladas de ese cotidiano laberinto
Que rodea la arena.
Mi padre tiene que partir.
Me abraza. Saca un pájaro que habla desde el pecho.
Golpea con el báculo y los caminos se abren:
Ahora escucho que sobre mi hombro izquierdo un ave misteriosa,
Transparente, ha empezado a cantar.

ASERRAR A LA AMADA CUANDO ES NECESARIO

Bajo los filos del cuchillo siente
CĂłmo giran las lunas crujiendo en el espejo,
Cree soñar y escucha cómo crece en su cuerpo, puntada
Tras puntada, esa espiral sin fin de la tortura.

Ellos la miran con amor y esperan, de pie bajo la lluvia
Que ensordece, que la mano crispada allá en el fondo,
Levante con el garfio esas puntas del sueño
Y de la podredumbre del gusano
Pueda volar la mariposa exacta.

Pero ya nada importa y bajo el rayo ardiente
Dando vueltas y vueltas, remolinos al fin del mismo centro,
Escucho voces que alguien llama a gritos, despierto
Y torno a ver la misma imagen –torturador
Y llagas a un tiempo- porque no sé si es agua
Lo que cae de lo alto, si lograré una vez alcanzar
Ese globo que va arrastrando el viento, si podremos pasar
O si la noche ha de cerrar sus láminas de golpe.

Entonces me incorporo y ya sin ojos puedo ver el cuchillo
Que alguien dejĂł apretado aquĂ­ en mi mano,
Semillas de otro sol esas ruedas volteando en la memoria
Aserrándome en hostias a mi amada.

TRAGAFUEGOS

Apretamos el freno en la luz roja. La noche
Es un trapo mojado que se estira adelante
De este ser de metal que ruge y canta
Como aquellas sirenas que hace tanto olvidamos.

Un hombre salta y con sus gestos clama.
¡Detén el mundo, espera, no hagas ruido!
En su mano la llama y en la boca ese nudo
Cerrado en el alcohol como en un filo. –sosteniendo
El peligro-, que ahora lanza afuera, llamarada
En mil lenguas que él aprieta en los labios
Quemados y sonríe…
¿La vida ya no es más que una moneda?
Algo duele en el fondo de esa estrella fugaz, alguien
Te dice, ¡espera!
Pero sueltas los frenos y ¡adelante!
La noche es implacable. La luz, verde.

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Una Respuesta a “Una tarde con Ludwig Zeller”
  1. MĂ©xico, a mi parecer, todavĂ­a no se da cuenta de la enorme figura poĂ©tica que está viviendo en Oaxaca. Yo escribo desde Chile y lamento que a Ludwig no lo tengamos acá sino de cuando en vez. En http://www.critica.cl podrán ver una nota de lo que Ă©l representa. Dicen desde el extranjero que es el Ăşltimo gran poeta surrealista. Sus collages, famosos en el Hemisferio Norte, son poemas visuales. Hace dos dĂ­as presentamos el libro “Ludwig Zeller. Arquitectura del escritor”, Ed. Cuarto Propio, del cual soy autor, que es una joya editorial porque la supervisĂł Susana Wald. Ludwig algĂşn dĂ­a descansará al pie del Monte Alban, por eso suplico que lo cuiden, lo mimen y difundan allá su poesĂ­a como lo haces tĂş, Antonio Sarabia.

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