Antonio Penadés (Valencia, España, 1970) tardó diez años en escribir su primer libro pero no podrá arrepentirse del resultado. Esa única obra le ha convertido en uno de los nombres de referencia cuando de novela histórica se trata. Nos conocimos hace ya casi tres años, al coincidir en una feria del libro en Frankfurt. Él acababa de publicar su ahora célebre El Hombre de Esparta, y yo iba a medio camino en lo que más tarde sería Troya al Atardecer. La Grecia Clásica, tema de ambos libros, y la procedencia de los protagonistas, su Isómaco de Atenas y mi Timalco de Esparta, pudieron haber dado origen a una guerra del Peloponeso privada en el bar del hotel Frankfurterhoff, pero no fue así. Por fortuna, a nuestros personajes los separan casi mil años de historia y a nosotros nos acercaron mil momentos de charla cordial y sustanciosa. Nuestras cenas con Luis Miguel Palomares, quien hizo de generoso anfitrión, y Alejandro Noguera son memorables. Después de aquel encuentro en Frankfurt nos hemos perdido algo de vista, situación pasajera que planeamos remediar a la mayor brevedad posible. Por lo pronto, Antonio tiene planeado venir a Lisboa en julio, invitado por el ICAN 2008, a un congreso sobre novela antigua. Mientras tanto, encerrado en su estudio de Valencia, explora infatigable la parte occidental de Turquía siguiendo con la memoria, después de haberla recorrido en persona, la ruta de Jerjes durante su invasión a Grecia allá por el 500 a.c., tema de su próxima novela. A pesar de la ardua investigación y el trabajo que esto significa, ha tenido la gentileza de enviar a este blog un texto inédito sobre su percepción del quehacer literario. Muchas gracias, tocayo, por tu colaboración. Un abrazo y acá te esperamos en julio.

LA LITERATURA, ESA ARMA MÁGICA Y PODEROSA

La literatura es un arte que no resulta fácil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definición de obra literaria acaso podría ser la de un texto escrito que contiene cierta carga estética –aunque no es preciso que esté plagado de figuras retóricas, ni mucho menos–, que está dirigido a un público amplio y no a un destinatario concreto –un informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que estén– y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible función informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige más a los sentidos que a la razón. Como sucede siempre que se propone una definición, hay escritos que se situarían en una zona fronteriza –por ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo– y que quedarían a merced de una discusión sobre si quedan o no englobadas en este permeable concepto de obra literaria.
La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasión. Por medio de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que él ha creado en su imaginación y que queda contenido y explicado en las páginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela –o de cualquier otro género de ficción– ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. El escritor puede proponer si quiere un universo totalmente irreal, pero si los personajes que él ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptará tal y como son, las hará suyas y se sumergirá en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.
Este mecanismo sólo entra en funcionamiento con la literatura de calidad, pero cuando lo hace refleja fielmente el poder de la palabra escrita. La capacidad de evocación de un buen libro es tan grandiosa que nos puede conducir a universos con personajes y situaciones fascinantes. El significado de un conjunto de frases crea una conexión directa entre dos cerebros, el del lector y el del escritor, que posibilita que a través de un libro podamos ingresar en ese universo –posible o irreal, pero siempre coherente– que la imaginación de otra persona creó. Entonces, atrapados por la trama, seremos capaces de conocer de primera mano los problemas de personajes singulares y, si nos apetece, podremos convivir con ellos durante unos días y seguirles de cerca en sus aventuras. ¿Quién no se ha puesto en la piel de un hobbit y ha sufrido con sus situaciones de peligro mientras leía El señor de los anillos? ¿Quién iba a imaginar, antes de adentrarse en el mundo de Madame Bovary, que podría compartir las inquietudes de una dama caprichosa y ambiciosa como Emma? ¿Y quién no se ha conmovido ante las peripecias de Mowgly leyendo El libro de la selva, sin extrañarse lo más mínimo por el hecho de que el protagonista conviviera y hablara con animales salvajes? Una vez hayamos terminado la lectura, algunos personajes literarios nos acompañarán siempre en nuestra evolución personal y se establecerá con ellos una relación de algún modo parecida a la que guardamos con los mejores amigos de nuestra juventud.
Lo más importante en una obra de ficción no es el universo que el autor propone, ni los personajes que pululan por él, ni tampoco la forma en la que el libro está escrito –aunque, desde luego, si el texto está mal redactado todo lo anterior no valdrá para nada–. Lo primordial en una obra literaria es siempre el argumento. La literatura es, en esencia, un vehículo para trasladar a distintas personas una historia interesante, un acto intrínsecamente humano que hasta la llegada de la escritura se realizaba siempre de forma oral, comúnmente alrededor de una mesa o junto a la chimenea.
En Grecia antigua, por ejemplo, una vez que todos los miembros de la familia habían terminado sus tareas diarias, los abuelos o los padres permitían que los jóvenes se sentaran junto a ellos para transmitirles una parte de su bagaje cultural, compuesto por mitos, leyendas, fábulas y todo tipo de relatos ancestrales. Si excepcionalmente recalaba algún extranjero dotado de facilidad de palabra y cargado de experiencias que contar, se le ofrecía comida y alojamiento a cambio de contara sus historias ante un auditorio. Esas personas buscaban, en definitiva, lo mismo que nosotros pretendemos encontrar en las novelas que consumimos en nuestros días: esencialmente, argumentos que nos atrapen, historias que nos causen inquietud, pena, horror, alegría o intriga. Si es posible, buscaremos también formarnos, aprender cosas nuevas acerca del contexto en que se desarrolla la trama, pero si la lectura de un libro no consigue conmovernos, lo rechazaremos sin más.
Resulta impresionante pensar que los antiguos griegos inventaron todos y cada uno de los géneros literarios que hoy en día se siguen creando y que consumimos en cantidades industriales. A veces, cuando escuchamos que la civilización griega es la base de las sociedades occidentales, nos suena algo así como una afirmación retórica, pero con ejemplos como este se aprecia mejor la magnitud del legado heleno. Efectivamente, todos los géneros que hoy integran la literatura –todos los que el hombre ha sido capaz de crear durante su historia– estaban ya vigentes en época helenística. El primero que realizó una clasificación fue Aristóteles, quien, en su Poética, reduce los géneros a tres: la épica, la lírica y el teatro. La novela no había nacido aún, aunque no tardaría mucho en llegar.
Pero lo más llamativo del caso es que las normas por las que se rigen cada uno de los géneros literarios no han podido ser modificadas desde la época clásica griega. La estructura de una obra de ficción, sin importar que esté escrita en nuestros días o hace veintisiete siglos, necesita indefectiblemente tres partes bien diferenciadas: introducción, nudo y desenlace. Y por muchos experimentos que se hagan, si el autor no recurre a esa estructura básica ideada por los griegos antiguos, la obra no se mantiene en pie. Asimismo, y por citar un solo ejemplo más, en la ficción resulta totalmente irrelevante que lo que se narra en una obra coincida o no con la realidad; lo importante, tal y como afirmaba Aristóteles, es que su argumento se rija por lo plausible, por lo que “podría haber sucedido” según el contexto o el universo que el escritor propone.
No quería terminar este artículo sin una reflexión personal que quizás anime a alguien a dedicar más tiempo a leer. Amo los libros por encima de todas las cosas –recalco la palabra “cosas”, situando aparte a las personas–, y a veces pienso que si alguien o algo me impidiera leer durante el resto de mi vida, una gran parte de mi felicidad se esfumaría. Si no pudiera escribir, ni de cerca me resultaría tan doloroso –aunque también me fastidiaría mucho, claro está–; pero sin leer, sin recibir esas dosis periódicas de ficción y sin sumergirme en el pasado a través de los libros, para mí la vida perdería muchísimo encanto.

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2 Respuestas a “Un texto inédito de Antonio Penadés”
  1. Lidia (1 comments) dice:

    Señor Sarabia, su Blog es excelente, me lo recomendó Luis Sepúlveda y se lo agradezco sinceramente. No puedo dejar también de manifestarle mi gratitud por todo lo que me dio con “Amarilis”. Gracias a esa novela que divierte, entretiene y sugiere, empecé a leer a los clásicos de la lengua española, y eso jamás se lo dejaré de agradecer.
    un gran abrazo de esta argentina anclada en Madrid
    Lidia

  2. El autor (20 comments) dice:

    Lidia, que un chileno induzca a una argentina a leer a un mexicano que a su vez la induce a leer a los clásicos españoles me parece maravilloso. Creo que de eso se trata, o debería tratarse, la cultura actual. Gracias por sus amables conceptos sobre Amarilis. Me gustaría conocer su dirección electrónica para incluirla en mi lista de contactos y enviarle cada semana el blog.
    Un abrazo

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