Un DÃa Perfecto para el Pez Luna
Escrito por: Antonio Sarabia en FotografÃa, Narrativa hispanoamericana contemporánea, UncategorizedHace unos dÃas acudà a refugiarme, cansado de libretas, lápices y ordenadores, al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ahÃ, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el más grande de Europa y, después de recorrerlo un rato, sentarme a meditar en algún recoveco donde impere la quietud y el silencio. Me siento bien acompañado junto a los versos de SofÃa de Mello intercalados a trechos en los amplios corredores que miran al colosal y redondo acuario. Un océano diminuto al que hay que contornar varias veces desde distintos niveles para apreciarlo por entero.
 Se dirÃa que la placidez y la calma se proyectan hacia nosotros desde la dilatada pecera donde se desplazan con desmayada lentitud numerosos bancos de peces, de distintos tamaños, formas y colores. Yo me dejo seducir por la paz de sus serenos movimientos. Sigo con la vista la gran variedad de tiburones y las enormes mantarrayas aleteando mansamente hacia ninguna parte. Todos flotan leves en esa etérea transparencia en la que la gravedad parece perder toda importancia.
Las variaciones en la temperatura del agua favorecen la creación de distintos ambientes marinos permitiendo asà las concentraciones de diversas especies en puntos opuestos del gigantesco embalse. Según la altura y el ángulo en que me encuentre, o el rincón desde el que mire, puedo apreciar las diversas formas de la vida oceánica. Desde las siniestras morenas exhibiendo sus feroces mandÃbulas dentadas y las anguilas serpenteando entre las rocas hasta las rayas color arena con el aguijón extendido, inmóviles, camuflándose entre las piedras y corales del fondo.
Entre todos esos seres admirables sobresale la descomunal silueta del pez luna. El único ejemplar de su especie que posee el acuario. Yo lo veo como un pavoroso engendro antediluviano. Me es imposible encontrarle forma de pez. O de luna, a pesar de su blancura. Me parece más bien un lento y amorfo meteorito que atraviesa la inmensa pecera con la pesada majestad de un pálido y rugoso satélite acuático. Él es el emperador del estanque. Su enorme tamaño le hace reinar sin disputa sobre los demás habitantes a quienes parece observar con su enorme ojo fijo, igual a la claraboya de un deforme Nautilus que explorara indiferente su entorno.
Su pausado orbitar me perturba y fascina. ¿A dónde va durante ese constante ir y venir por la pecera? ¿No lo imito yo, no lo imitamos todos nosotros, en nuestro constante gravitar por el mundo? Peces extraviados en un oceanario más amplio, persiguiendo no sé qué absurdos empeños, dando vueltas y más vueltas para retornar tarde o temprano al punto de partida: el umbroso corredor espiral con los versos de SofÃa de Mello grabados en sus muros.
Esta última vez el pez luna, como si leyera mi mente, acercó de pronto su monstruosa cabeza a la vidriera. Se habrÃa dicho que el espectador era él y asomaba lleno de curiosidad a esa otra vida que se extendÃa en el pasillo. Clavó en mà su repulsivo e insolente ojo negro y me sentà descubierto. ¿SerÃa esa la primera vez que me observaba o, habiéndome advertido durante mis anteriores visitas, se aproximaba ahora para contemplarme de cerca? ¿Qué pensarÃa de mi figura torpe, desmedrada, sin aerodinamismo y sin aletas que se mueve sin gracia a ras del suelo? ¿Qué historias se figurarÃa de mi existencia? ¿Le pareceré yo más feo y repelente que él mismo?
Al cabo de unos instantes en los que permanecà paralizado por el horror, se dio media vuelta y, mostrándome con desdén su aleta dorsal, prosiguió su interrumpido merodear por la pecera.
Ya no le seguà con la vista. Me apresuré fuera del acuario y no he vuelto a entrar desde entonces. Salà al sol de Lisboa y, bien instalado en su luz, me alejé a toda prisa hacia el cálido y hospitalario ambiente del Farta Brutos, mi restaurante favorito en Bairro Alto. Allà aplaqué mis angustias existenciales pidiendo al amigo Oliveira, el bonachón propietario, que me sirviera sin más dilaciones un buen rodaballo a la plancha.
Antonio Sarabia
(Este texto fue escrito originalmente a solicitud y para la revista francesa Belles Latinas con el tÃtulo, propuesto por ella desde el principio como tema del trabajo, Un DÃa en la vida de Antonio Sarabia. Lo cambié porque me parece mejor este, como breve tributo a J.D. Salinger. La foto es, no faltaba más, de Daniel Mordzinski).
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Yo vi ese pez en Lisboa, inolvidable. Buena crónica de un dÃa.
Yo tambien el ocanario de Lisboa y pude contemplar ese pez, pero si produce serenidad contemplar esos inmensos acuarios, tambien me la ha producido leer tu relato, por otra parte con una maginifica prosa.
Un abrazo.
En realidad no sabÃa donde hacer la consulta, es que quiero preguntarles a ustedes que saben tanto de literatura, por algunos sitios que pueda descargar libros gratis.