Mario Delgado Apara√≠n (Florida, Uruguay, 1949) ‚Äúel negro‚ÄĚ, le llamamos afectuosamente sus amigos cercanos, aunque su piel sea del mismo color que la nuestra. Su humor incisivo, su s√≥lida prosa, su f√©rtil imaginaci√≥n, lo han convertido en uno de los m√°s grandes narradores del moderno Uruguay. Escribi√≥ a cuatro manos, con nuestro mutuo compadre el chileno Luis Sep√ļlveda, Los Peores cuentos de los Hermanos Grimm. Su obra abarca desde novelas como La Balada de Johnny Sosa (Premio Municipal de Literatura de Montevideo, 1987), Mandato de Madre (Premio Foglia de Novela 1990), Alivio de Luto y No Robar√°s las Botas de los muertos (Premio Bartolom√© Hidalgo de Novela, 2005), todas traducidas a un buen pu√Īado de idiomas, hasta varios vol√ļmenes de cuentos entre los que se encuentran Querido Charles Atlas y El Canto de la Corvina Negra. En este √ļltimo g√©nero se le concedi√≥ el Premio Cervantes del Concurso Juan Rulfo, patrocinado por Radio Francia Internacional, por su relato Terribles Ojos Verdes.
Actualmente es director de la Intendencia de Artes y Ciencias de la Intendencia Municipal de Montevideo.
Un abrazo afectuoso al ‚ÄúNegro‚ÄĚ que nos lee all√° en su querido Uruguay, y nuestro agradecimiento m√°s sincero por su amable colaboraci√≥n.

EL CUMPLEA√ĎOS DE JES√öS PELAYO

Con un zapato negro y el otro marr√≥n, la chaqueta de fino cuero noruego remendado en el hombro donde carga la maleta de lona con las botellas de vinos seleccionados, el Conde de Caraguat√°, m√°s conocido como don Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para las Personas Pobres del Parque, abandon√≥ el Parque de los Aliados y tras cuarenta minutos de caminata descansada, lleg√≥ hasta el final de la calle Cerrito en la Ciudad Vieja, para saludar en su viernes de cumplea√Īos a un viejo amigo abandonado por la fortuna. Se trataba de don Jes√ļs Pelayo, un marino asturiano a quien, all√° por el a√Īo dos mil dos, le fue mal en un negocio de contrabando y decidi√≥ no trabajar nunca m√°s.
Cuando lleg√≥ al lugar, luego de sortear dos pisos desfondados y los escombros de tres paredes derrumbadas, se encontr√≥ con que la reuni√≥n ya hab√≠a empezado. En el centro del antiguo patio espa√Īol, cubierto hasta principios de los a√Īos sesenta por una amplia claraboya que ahora daba paso entero a la luz de la luna, un hombre, una mujer y seis gatos barcinos, depart√≠an alrededor de un discreto fuego alimentado por las tablas partidas de un caj√≥n de bananas de la firma ‚ÄúRuiz y Robaina‚ÄĚ.
Excepto los seis gatos, que continuaron echados entre los cajones, los dos se pusieron de pie para saludar al Conde de Caraguatá, a quien esperaban no sólo por su siempre disfrutable presencia, sino también por que él, cuando acordaban este tipo de encuentros, se reservaba para sí la difícil misión de traer el vino para la cena.
- Jes√ļs‚Ķ ¬°Qu√© gusto verte, muchacho, en esta noche de viernes! ¬°Qu√© los cumplas con salud y ni te pregunto cu√°ntos!
El asturiano oriundo de Cangas de On√≠s, un hombre de respetable estatura y barba rubia e hirsuta al estilo de los astures salvajes del a√Īo 716, le dio un formidable apret√≥n de manos, dej√≥ escapar una ronca risa de ron del Caribe y lo invit√≥ a sentarse a su lado.
- Hombre, que toda la Ciudad Vieja ha estado esperando por ti y como te habéis demorado, solo hemos quedado nosotros para recibirte.
El Conde dejó con cuidado la maleta de lona en el suelo y se presentó como gustaba hacerlo siempre: como Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para Personas Pobres.
Cuando lleg√≥ a la se√Īora, una mujer de aspecto cauc√°sico, de unos sesenta a√Īos y a quien apodaban ‚ÄúLa Rusa‚ÄĚ, Jes√ļs Pelayo crey√≥ oportuno detenerse en su presentaci√≥n y le explic√≥ que la flamante amiga se llamaba en realidad Ekaterina Fonamor, que descend√≠a de la mism√≠sima familia del zar Nicol√°s y que para librarse de persecuciones y pescuezos rebanados, su padre y su abuelo hab√≠an vuelto del rev√©s el apellido Romanof y all√≠ estaba, sana y salva en el puerto de Montevideo.
La se√Īora asinti√≥ con una sonrisa milenaria, volvi√≥ a sentarse sobre un caj√≥n acolchado con una vieja frazada y se dedic√≥ a armar un tabaco ‚ÄúCerrito‚ÄĚ, concentrada en sus pensamientos.
El Conde comprob√≥ que a la luz del fuego, la mujer a√ļn era bella y sospech√≥ una historia entre ella y el asturiano, pero su discreci√≥n le imped√≠a abordar esos asuntos, por lo menos enseguida. De modo que tom√≥ asiento y olfate√≥ la olla que reposaba sobre una parrilla de alambre, absolutamente negra por el tizne. Algo que herv√≠a y ol√≠a a or√©gano y tocino en su interior, le llev√≥ a frotarse las manos con satisfacci√≥n adelantada.
- Esto me huele muy bien, Jes√ļs‚Ķ ¬ŅDe qu√© se trata?
- Que te tengo una sorpresa, Pedrop√©‚Ķ En realidad, a los dos se las tengo – dijo, girando los ojos desmesurados entre el Conde y ‚ÄúLa Rusa‚ÄĚ – Que hoy es mi d√≠a y en estos tiempos de homenaje a Don Quijote, quiero deciros que cumplo el mismo d√≠a que √©l: un viernes, joder, un viernes…
- Qué boba soy, no me había dado cuenta… Рdijo ella, con ironía bonachona.
- Y‚Ķ ¬ŅCu√°l es la sorpresa entonces? – pregunt√≥ el Conde.
- Piensa, hombre, piensa‚Ķ Que no por linyeras debemos privarnos de ciertos gustos – dijo Jes√ļs, a las risas de ron, mirando la olla en la que la tapa corrida un tanto, dejaba escapar chijetes de vapor que sumaban al ambiente aires misteriosos de laurel.
- Me rindo… Me rindo antes que se queme…
- Pues lo digo de memoria: ‚Äú…Una olla de algo m√°s vaca que carnero, salpic√≥n las m√°s noches, duelos y quebrantos los s√°bados, lentejas los viernes, alg√ļn palomino de a√Īadidura los domingos, consum√≠an las tres partes de su hacienda…‚ÄĚ
El Conde de Caraguatá y Caballero de la Orden de Achar, don Pedro P. Pereira, abrió los brazos con admiración de gloria y los ojos con incredulidad de hambre llana y lisa.
- ¬ŅNo me querr√°s decir que est√°s cocinando lentejas, muchacho?
- A eso iba cuando te invitaba a pensar. Joder que eres lento, Conde‚ĶPero esto no termina aqu√≠‚Ķ – dijo en voz m√°s baja, jugando con los silencios del misterio, mientras levantaba la tapa de la olla – A falta de palominos del domingo, he conseguido tres palomas de viernes en la Plaza de Don Mauricio de Zabala, que sin plumas y con ajo, saben igual de sabrosas. Y adem√°s, una pata de cordero abandonada por un ingeniero hoy al mediod√≠a en una mesa de ‚ÄúEl Palenque‚Ä̂Ķ Para tenerla, hice el sacrificio de esperar cerca de cuarenta minutos, de pie, viendo pasar comida y m√°s comida, hasta que el mismo chez me vino a atender en persona. Y all√≠ he visto que vosotros los uruguayos no sois afectos al ovino. Y el cordero en tiempos de Don Quijote era comida de nobles, pero no la vaca que era de pobres‚Ķ
El Conde, tocado en el honor, se agachó, revolvió en la maleta de lona y extrajo tres botellas de vino, idénticas y por la mitad.
- Pues creo que estaremos bien acompa√Īados – dijo levantando una de ellas a trasluz del fuego – Aqu√≠ tengo un ‚Äúdigestivo‚ÄĚ de maravillas‚Ķ Mmm‚Ķ Un tintillo Tannat – Merlot, 2002 de la bodega de Fornaro, que agradar√° a su paladar en particular, se√Īora Ekaterina‚Ķ
- ¬ŅPor qu√© le parece eso?
- Bueno, tal vez por las notas de ciruela que tiene y unos magníficos taninos suaves, tersos, redondos, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros…
- Barbaridad‚Ķ – dijo ella con m√°s asombro que al principio – Ap√ļrate con ese guiso, Jes√ļs, que no como desde anoche.
El gigantesco astur retiró la olla del fuego y la dejó reposar a su lado para que se enfriase un tanto, pues detestaba las comidas hirvientes. Su barba parecía abrillantada en la penumbra.
El Conde le dedicó una mirada hipnótica a la olla abierta en la que asomaba sobre el caldo la pata de cordero.
- Lentejas… Рdijo РQué fantástico…
- Bueno, en realidad, el noble manchego no debería haber comido jamás lentejas los viernes pues, antiguamente, se creía que las lentejas daban melancolía y que, más temprano que tarde, llevaban a la pérdida de la cordura como le ocurrió de verdad al Ingenioso Hidalgo.
- ¬ŅC√≥mo sabes todo eso, Jes√ļs? – pregunt√≥ ‚ÄúLa Rusa‚ÄĚ.
- Porque en tiempos de marinero, me le√≠ a bordo a Cervantes de cabo a rabo. Y es que es raro el cap√≠tulo del Quijote en que no haya un pasaje referido al comer o a la cocina. Y as√≠ tan famosos son los molinos de viento, como las hambres por las que el bueno de Sancho atraviesa por ser fiel escudero de su se√Īor.
Mientras hablaba, Jes√ļs Pelayo iba sirviendo el guiso en tres platos de aluminio abollados, sin cuidarse de chorrear el suelo entre sus pies. El Conde de Caraguat√°, mientras tanto, sirvi√≥ a cada uno un vaso del Tannat Fornaro que hab√≠a cargado en la maleta.
- Jamás hubiera imaginado que ese libro diese tanta hambre… Рbromeó el Conde.
- Ni que lo digas, Pedrop√©, ni que lo digas‚Ķ A poco de empezar a leerlo solo te faltan los olores de sus andanzas, hombre, pues se viene al humo un mont√≥n de palabrejas que se te caen las babas de solo pensarlas: perdices escabechadas, h√≠gado de cerdo, morteruelos, gazpachos de pastor, tiznaos, mojetes, arropes, mostillos… Y si quieres m√°s, Pedrop√©, tienes caldereta de cordero, patatas con conejo, ajoarriero, ajopringue de la Sierra de Alcaraz y aqu√≠ me quedo, porque si hablo no como, hombre‚Ķ
- Que ya es hora de que te des cuenta, charlat√°n‚Ķ – dijo ‚ÄúLa Rusa‚ÄĚ, encorvada sobre el plato.
Y así lo hicieron en silencio durante dos vueltas de guiso de lentejas. Los tres comieron y bebieron a la luz del fuego, mientras los gatos comenzaron a despertar, a estirarse en sí mismos y a esperar por los huesos de las palomas de Don Mauricio de Zabala.
Al fin, el Conde Pedro P. Pereira dejó el plato a un lado y vació el vaso de vino con estudiada lentitud antes de hablar.
- Jes√ļs‚Ķ ¬ŅDe postres ni hablamos, verdad?
- Pues s√≠, hombre, pues s√≠‚Ķ ¬ŅQu√© historia contigo? Que tenemos una noche cervantina ¬Ņno? Si mal no recuerdo, leche frita, natillas almendradas, rosquillas, empi√Īonados, mazapanes y mantecados, son algunos de los dulces que Don Quijote saboreaba. Pues aqu√≠ tengo y no me pregunt√©is de d√≥nde los he conseguido, tres bizcochos borrachos con miel de Canelones a falta de miel de La Alcarria. Uno para cada uno. Muy apreciados por el caballero andante, si se√Īor‚Ķ
El Conde no sal√≠a de su asombro. Degustaba el bizcocho como un ni√Īo, se chupaba los dedos y levantaba los ojos al techo donde debi√≥ haber estado, en alg√ļn tiempo del siglo pasado, una coqueta claraboya de vidrios esmerilados.
Y justo a los postres, por aquel hueco desdentado en las alturas de la Ciudad Vieja, se dejó ver de pronto sobre el caserón, entera, la luna llena.
La rusa Ekaterina, encogida sobre el asiento improvisado y con las rodillas muy juntas, se quedó extasiada mirando hacia arriba como si tuviese frío. Conmovida, sin abandonar la imagen de la luna, lagrimeaba en silencio.
- Vamos‚Ķ ¬ŅQu√© le ocurre a mi amor? – pregunt√≥ el gigantesco astur Jes√ļs Pelayo, acercando su cabeza a la de ella.
- No s√©, Jes√ļs. No s√© qu√© me pasa‚Ķ Tal vez ganas de ir juntos a San Petersburgo‚Ķ Seguro que ese vino me abland√≥ el coraz√≥n‚Ķ
El Conde de Caraguat√° levant√≥ la maleta de lona, meti√≥ dentro los envases del vino y dijo que la cena hab√≠a estado fant√°stica y que ya era hora de retirarse. Jes√ļs Pelayo cubri√≥ los hombros de Ekaterina con una vieja gabardina y luego acompa√Ī√≥ al Conde hasta la calle.
- ¬ŅCrees que el vino le hizo mal, Jes√ļs?
- No es eso, Pedrop√©… Es la melancol√≠a de las lentejas y no hay caso. Que si abusas, te pasar√° lo que a Don Quijote, hijo…
El Conde le dio un abrazo de despedida y se ech√≥ a andar por la calle Cerrito bajo la luz de la luna. A medida que se alejaba de la Ciudad Vieja, hablaba solo, imaginaba a Jes√ļs Pelayo cobijando a la rusa Ekaterina entre sus brazos de astur salvaje del a√Īo 716 y al fin, su propia melancol√≠a se fue disipando hasta desaparecer por completo. Es m√°s, parec√≠a que aquellos taninos del vino, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros, sobrevivir√≠an el tiempo suficiente como para llegar hasta su refugio en el parque y dormirse en paz, sin pensar en Don Quijote.

Mario Delgado Aparaín

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6 Respuestas a “Un cuento de Mario Delgado Apara√≠n”
  1. Antonio Serrano Cueto (15 comments) dice:

    Gracias, Antonio, por este espléndido relato de tu amigo Mario Delgado. Me he divertido mucho leyéndolo. Saludos.

  2. Keep up the good work.

  3. Sergio dos Santos (1 comments) dice:

    Por muchos a√Īos he utilizado a modo de broma, el t√≠tulo de Conde de Caraguat√°, Marquez de Laranjeiras y Tiradentes, as√≠ que para mi fue una sorpresa enterarme que se escribi√≥ un cuento del Conde de Caraguat√°.
    Yo soy de Caraguatá, nacido en la 8a sección de Tacuarembó, y siempre llevo con mucho orgullo el lugar en que nací.
    Aunque creo que no tiene mucho que ver conmigo el Conde de la historia, le mando un abrazo al autor del libro.

  4. fiaris (1 comments) dice:

    le he escrito un mail y al no tener repuesta le digo que me intereza comunicarme con usted por el tema de LA RUSA su historia es algo muy interesanta para mi gracias

    √öltimo post en el blog de…fiaris…Bailar tambi√©n es terapia

  5. El autor de El Cumplea√Īos de Jes√ļs Pelayo es el escritor uruguayo Mario Delgado Apara√≠n. A √©l hay que dirigirle, y es el √ļnico que puede contestar con autoridad, todas las preguntas al respecto. Ya est√° al tanto de ellas. S√≥lo queda esperar a que las responda aqu√≠ o se comunique directamente con los interesados. De cualquier manera, gracias por sus comentarios.

  6. ELVY MENDEZ (1 comments) dice:

    Soy asturiana de Jij√≤n, vivo en Uruguaay desde los a√Īos 50. Aparain me trasporta en varios de sus cuentos a mis raices. Este Jesus Pelayo, apellido ilustre si los hay en Asturis, pues pertenece a nuestro livertador, iluminado por la Santina de Covadonga deteniento la invasi√≤n mora en nuetra tierra.
    Otros cuentos que trascurren en Jijòn, el bar de Silvi, la apariciòn de Rutilio, todo un bagaje de anecdotas que producen una sonrrisa, admiraciòn y hacen brivar mi sensibilidad. Gracias APARAIN.

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