Un cuento de José Manuel Fajardo
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporánea…………………………………..José Manuel Fajardo
………………………………….SEGUNDAS PARTES
…………………………………………………….a Antonio Sarabia
Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendÃa, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.
-TenÃa la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abrÃa en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mÃ. AsÃ, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?
Él no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sÃ. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbÃan una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veÃan las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podÃa designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.
-Siempre me han perdido las pelÃculas románticas- me confesarÃa más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos años de vida en Guadalajara habÃan terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. AsÃ, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, habÃa terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivÃa, eso sÃ, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometÃa ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del PacÃfico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvÃa sin ir más allá de unos besos apasionados.
-Al cabo de un par de semanas me sentÃa avergonzado de mà mismo. Era como si hubiera regresado al tiempo de la adolescencia. Ella parecÃa estar a gusto asÃ, actuaba como si estuviera viviendo el colmo de la pasión y si habÃa que medirla en la calentura que provocaba, pues igual sà que la vivÃa. Claro que para mà no era lo mismo, yo me quedaba con las ganas y lo peor es que creo que, en el fondo, ya habÃa empezado a intuir que no podÃa esperar nada más de ella, pero ni modo… Era incapaz de dejarla.
Él se resistÃa, pues, a admitir que la intensidad y el ardor que habÃa en cada uno de sus besos, incluso en el menor roce de sus manos, pudieran no terminar por desbordarse sobre unas sábanas. Por eso un dÃa se animó a proponerle que pasaran la noche juntos. La invitó a su hotel y, para su sorpresa, ella dijo que sÃ. Subieron a la habitación tomados de la mano, se desnudaron con premura y rodaron sobre la cama como una pareja de luchadores. Él sintió al fin bajo las manos la tersura de sus pechos desnudos. Ella deslizó sus dedos por el vientre de él, tocó su sexo brevemente, como si temiera quemarle, y entonces empezó a hablar. Habló de su infancia, de su trabajo como galerista de arte, de sus hermanos, de un primer novio que la dejó preñada, del aborto que tanto la habÃa angustiado, de sus vacaciones en Italia, de la pintura metafÃsica de Giorgio de Chirico, del vuelo de las fragatas que se acercaban por las mañanas a beber agua en la alberca de su casa, de la escultura de un búho que tuvo que poner allà para espantar a las aves, del nuevo coche que acababa de comprar… Y, mientras hablaba, las manos de Marieta permanecÃa inertes o a lo sumo se levantaban brevemente en el aire para remarcar brevemente alguna frase, y ella misma no daba muestras de notar las caricias insistentes de su acompañante.
Cuando él se hallaba al borde de la desesperación, con el deseo tan perdido como un diente de leche, ella hizo un alto en su monólogo, cerró los ojos y dejó que su cuerpo respondiera al fin a las manos que lo recorrÃan con un orgasmo breve y contundente, que más parecÃa respingo por haberse pillado los dedos con una puerta que manifestación de placer. Y no hubo más nada.
-Marieta se quedó dormida casi de inmediato -me contó, todavÃa con un deje de resquemor en la voz-, y yo me fui al cuarto de baño, a ver si podÃa aliviarme las ganas por mi cuenta, pero ni modo…
Se sentÃa ridÃculo, pero no querÃa darse por vencido. Sin embargo, aquel absurdo jugueteo, que nunca llegaba a consumarse de modo que él obtuviera alguna satisfacción, duró el mes que permaneció en Puerto Vallarta. Por fin regresó a Guadalajara sin despedirse de ella, tras no acudir a la última cita so pretexto de un ineludible compromiso. HabÃa decidido olvidar aquella frustrante aventura. Punto y final.
No habÃan transcurrido seis meses de aquel viaje cuando, a pocos metros de su casa de Guadalajara, se inauguró una nueva galerÃa de arte cuya propietaria resultó ser la misma Marieta que trataba de olvidar. Y, cual si de enredaderas se tratase, sus vidas volvieron a trenzarse de forma inextricable. Se encontraron en la terraza de un discreto restaurante, ella habló apasionadamente del destino y él se emborrachó de nuevo con sus palabras y sus caricias. Pero la citas que se siguieron no hicieron sino repetir el ritual consabido. Él se dejaba llevar, movido cada vez más por el asombro que por el deseo, pues en el cumplimento de éste, como en la llegada del lobo tantas veces anunciado en el cuento infantil, ya no podÃa creer. Estaba convencido de que Marieta ni siquiera era capaz de imaginar que el placer de un hombre tuviera nada que ver con lo que ella hiciera.
Sin embargo, no tardaron en empezar a llegarle noticias de otros amigos que le hablaban de los breves pero intensos romances que habÃan mantenido con su nueva vecina, ignorantes de la relación que a él la unÃa. En un primer momento, dudó de la veracidad de tales cuentos, le parecÃa habladurÃas de macho con las que sus amigos trataban de presumir, pero los detalles le convencieron e incomodaron de una forma que no sabÃa explicarse. Porque no se trataba de celos. Y eso también le sorprendÃa, porque él no era hombre que se dejara levantar una hembra sin dar la cara. Sin embargo, el único dolor que tales historias le provocaban nacÃa de la sospecha de que su ridÃculo idilio, con sus tormentos de deseos insatisfechos, tenÃa que ser un castigo por alguna oscura y olvidada afrenta que ella, por alguna no menos oscura razón, habÃa decidido cobrarse a su costa. Aquella idea le hacÃa sentirse humillado y le trajo a malvivir durante meses, hasta que aprovechó la oportunidad que le brindaba el grupo editorial para el que trabajaba y aceptó venirse a trabajar a España.
Volvió a partir sin despedirse de ella. Tan sólo una nota escueta que él quiso que fuera afectuosa, pero en la que no pudo evitar que se asomara el rencor: “Regreso a mi paÃs, Marieta. Todo lo bueno de estos meses te los debo a ti, pero también todo lo malo. Creo que por el bien de ambos ha llegado la hora del olvido”.
Durante dos años, su nueva vida en Madrid no sólo le sirvió de alivio sino que le abrió la puerta a una verdadera relación sentimental, con una compañera de trabajo, que concluyó en boda. Sin embargo, el fantasma de Marieta, con la insistencia que siempre tiene la insatisfacción, le perseguÃa aún con tal saña que no habÃa caricia, beso o paseo con su esposa que no terminara por traérselo a la cabeza, siempre en forma de incógnita, como si un hombrecillo que le habitara dentro se empeñara en preguntarle: “¿Ella habrÃa gemido también asÃ, si me hubiera dejado amarla? ¿Ella habrÃa sabido acariciarme después del amor de esta manera? ¿Ella habrÃa paseado de mi mano tan alegre después de amarnos una noche entera?”. Y el desasosiego que tales pensamientos le despertaban no dejaba de desconcertar a su esposa, que no barruntaba qué era lo que tan inopinadamente cambiaba el humor de su marido.
Una noche, según me contó él mismo, durante una cena con unos amigos, alguien hizo la broma de sugerir que, de igual modo que se nos presenta a desconocidos, deberÃa haber un ceremonial para despresentárnoslos en caso de necesidad, devolviéndolos a su condición de extraños. La idea hizo reÃr a todos, pero él siguió repitiéndosela en su cerebro aquella noche y en dÃas sucesivos, hasta que un anuncio le puso sobre la pista de mi gabinete de psicologÃa.
Hace seis meses tocó a mi puerta, tras pedir una cita, y lo primero que hizo, nada más presentarse, fue preguntarme si habÃa alguna manera de desconocer a una persona. Yo le respondà que en realidad todos éramos desconocidos, incluso cada uno para sà mismo, pero él negó vehementemente con la cabeza:
-No me refiero a eso, no. Yo hablo de olvidar a alguien. De ser incapaz de recordarlo. De borrarlo para siempre de la memoria, como si nunca se le hubiera conocido.
Tardé un momento en comprender exactamente lo que me estaba pidiendo, me parecÃa extravagante, pero me di cuenta de que su ansiedad era cierta, asà que le dije que no habÃa fármacos para eso, aunque podÃamos probar con la hipnosis. Era un remedio clásico, pero aplicado a su caso resultarÃa todo un experimento cientÃfico. Al fin de cuentas, si existÃa la amnesia accidental, ¿por qué no intentar generar una amnesia voluntaria? Era un verdadero reto, aunque no podÃa garantizarle ningún resultado. La primera condición para intentarlo era que antes me pusiera al dÃa, con todo detalle, de aquello que precisamente querÃa olvidar. AsÃ, durante dÃas, fue contándome su historia, y yo no pude evitar que me naciera una instintiva simpatÃa hacia él. La verdad es que no estaba muy seguro de que aquello fuera a funcionar, pero al escuchar su relato concluà que realmente merecÃa la pena intentarlo. También era la ocasión de hacer historia en mi profesión e inaugurar una nueva vÃa terapéutica. Mi prestigio y mi curiosidad se convirtieron en los aliados de la simpatÃa por mi paciente. Una alianza muy útil porque el proceso iba a ser largo y difÃcil.
Fueron necesarias muchas más sesiones de hipnosis de las que habÃa previsto al inicio porque habÃa que desmontar la estructura de la memoria con la meticulosidad con que se desguaza un rascacielos en medio de la ciudad, retirando pieza a pieza sin que el conjunto se desmorone sobre los edificios vecinos ni los cascotes caÃdos causen daño a nadie. En cada sesión intentaba convencer a su memoria de que borrara no sólo los recuerdos de su historia con Marieta sino incluso los detalles que pudieran despertarle de nuevo esos recuerdos. Un verdadero laberinto de imágenes, palabras, sensaciones y emociones que habÃa que ir sellando con sumo cuidado. De ese modo, le di nuevas pautas para que el Café des Artistes, los callejones estrechos, las mujeres rubias y de pelo corto, las rancheras grandes, los atardeceres frente al mar o determinado tipo de habitaciones de hotel se asociaran inmediatamente a otros recuerdos, que actuarÃan como puertas que cerraran el paso a aquello que deseaba olvidar, desviando su memoria hacia otros recuerdos asociados y alejando asà el peligro de que el fantasma de Marieta pudiera encontrar algún agujero del pasado por el que colarse de nuevo en su conciencia.
Trabajamos duro, pero hace dos meses que concluimos el tratamiento con un total e insospechado éxito. Eran tantas sus ganas de olvidarla que no hubo forma de hacerle recordar que alguna vez habÃa conocido a alguien llamado Marieta. Además, quedamos como buenos amigos pues, aunque él recordaba que habÃa contratado mis servicios -yo le habÃa inculcado la vaga idea de un tratamiento antidepresivo relacionado con la añoranza de México-, sentÃa que tenÃa hacia mà una deuda de gratitud que iba más allá de la relación profesional. Por mi parte, él habÃa dejado de ser mi paciente, asà que no sentà que violara ningún principio deontológico al cultivar su amistad. Empezamos, pues, a vernos con cierta frecuencia, para charlar de la vida y para jugar al golf, que es pasión que compartimos. Yo me sentÃa tan satisfecho de los resultados obtenidos con el tratamiento que incluso comencé a redactar un artÃculo para la Revista de PsicologÃa, dando cuenta del mismo y de sus posibilidades. Estaba ansioso por escuchar el aplauso de los colegas.
Todo parecÃa marchar bien hasta que ayer volvà a verle. Tomamos una cerveza en el bar del CÃrculo de Bellas Artes y hablamos de pintura, de literatura y de mujeres, como tantas otras veces. Y yo comprobé con satisfacción que ni la menor sombra de Marieta se asomaba a nuestra conversación. Entonces me dijo:
-Hablando de mujeres, acabo de conocer una que está como para perder la cabeza. Es alta y flaca, con el pelo corto y teñido de rubio, y llevaba un vestido de quitar el hipo. Me ha dicho que es mexicana y que acaba de abrir una galerÃa de arte en Madrid.
Yo le miré con incredulidad. No era posible. TenÃa que ser una coincidencia.
-Lo más curioso -continuó- es que cuando la saludé ella me llamó por mi nombre. Le pregunté si nos habÃamos visto antes y ella me dijo que no me hiciera el misterioso, pero estoy seguro de que no la conozco. Pregunté y me dijeron que era galerista en Guadalajara, fÃjate que casualidad. Igual allà nos cruzamos alguna vez. Fue algo muy extraño. La verdad es que me miraba de una forma muy rara, como riéndose. Y la verdad es que me puso muy nervioso. Te juro que tuve que hacer un esfuerzo por recordar que soy hombre casado…Es una mujer misteriosa, yo creo que busca algo. En fin, tú me dirás qué te parece…
-Pues no sé cómo, asà sin verla… -me excusé, ya francamente atemorizado, pero él me interrumpió.
-Claro, hombre, pero es que te la voy a presentar. Va a venir ahora. He quedado con ella para tomar una copa, pero no me dejes beber mucho porque no me fÃo de mà y esta noche además tengo que llegar pronto a casa: mi mujer ha invitado a unos amigos a cenar.
Me levanté sobresaltado y pretexté una cita urgente de trabajo para poder abandonar el café antes de que ella llegase. Esta noche me ha costado dormir. Dudaba si deberÃa haberme quedado con él, pobre, tan indefenso, pero me he estado repitiendo que un psicólogo no debe implicarse tanto con un paciente, porque los pacientes lo son más allá de la duración del tratamiento, y que no es asunto mÃo lo que él haga de ahora en adelante con su vida. Sólo he logrado conciliar el sueño cuando empezaba a amanecer y aún asà no he dormido más que un par de horas. Pero al despertar tenÃa clara una cosa: debo dejar para más adelante la escritura del artÃculo para la Revista de PsicologÃa. Es prematuro. Este nuevo tratamiento tiene todavÃa inesperados efectos secundarios.
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Relato extraÃdo del libro de José Manuel Fajardo
Maneras de estar (Bruguera, 2008)

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En este cuento Fajardo se luce. Tiene todos los elementos para atrapar al lector. Felicidades
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Muy chingón este cuento. Óraleeee
Muy buenos, muchos saludos desde Cádiz.