HIGADO DE GANSO

.
Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a trav√©s de la humillaci√≥n o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen liban√©s, y vive en Francia porque a s√≠ se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto n√≥mada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se dir√≠a que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre √°rabe y sudaca, pusieran en marcha todas las se√Īales de alerta del local. La due√Īa es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos peque√Īos y juntos, que desde que √©l aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasi√≥n lo acompa√Ī√© a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ce√Īuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. √Čl se introduce con algo de verg√ľenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se est√° robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomend√≥ aquella vez recordando el apocado refr√°n que otros igual de timoratos, aunque m√°s viejos que √©l, le inculcaron en la infancia.
DSC07676.jpg picture by antoniosarabiaA m√≠, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a √©l porque est√° cerca del liceo donde da clases de espa√Īol. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de ense√Īante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.
Su vecindario no es como otros distritos de Par√≠s en los que se respiran aires menos turbios. Ah√≠ la gente es brusca y altanera. Incluso se dir√≠a que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a trav√©s de qui√©n sabe cu√°ntos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el car√°cter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habr√≠an vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sa√Īuda ley en todas las fisonom√≠as: el ment√≥n levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no fr√≠a y lejana hacia sus semejantes.
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ah√≠ gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para s√≠ mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposici√≥n de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgo√Īa y de Burdeos. Las hileras de fina later√≠a en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selecci√≥n de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores esp√°rragos que ha comido en su vida.
Pero al acercarse a pagar se enfrenta a un oscuro sentimiento de rechazo. Como si su dinero tuviera menos valor que el de otros clientes. Cada vez que se detiene ante la caja le asalta la oscura impresi√≥n de que la due√Īa le va a requerir su habitual bolsa de mano para revisar el contenido. Esos pensamientos negativos, que de alg√ļn modo se translucen en su rostro, deben de haber contribuido al vergonzoso incidente que me he propuesto relatarles.
Una tarde, Salim baj√≥ a buscar setas y aceite para preparar un rodaballo que se hab√≠a prometido a s√≠ mismo como cena. Un elegante cartel, a la entrada del local, anunciaba el producto del mes: unos h√≠gados de ganso, en semiconserva, orgullosamente colocados sobre la parte m√°s alta de una de las estanter√≠as del fondo, bien a la vista de todos. Salim hab√≠a reparado en ellos desde unos d√≠as antes, porque le habr√≠a gustado servir uno a sus amigos, en rebanadas, como abrebocas, con un poco de pan tostado todav√≠a caliente y una copita de Sauternes. La promoci√≥n, observ√≥ al pasar, hab√≠a tenido √©xito. Ya nada m√°s quedaba un pomo en la repisa. Se acerc√≥ a fisgonear el precio de aquel postrer ejemplar de la gastronom√≠a del sudoeste. Como sospechaba, la cifra en la etiqueta lo pon√≠a fuera del alcance de su bolsillo. Observ√≥ que la due√Īa le espiaba a distancia y sinti√≥ verg√ľenza al reponer el frasco en su lugar. Hubiera querido ser capaz de pag√°rselo, llevarlo sin fijarse en el costo, para demostrarle que √©l no era menos que los otros compradores.
Al volverse casi choca con otro cliente que curioseaba, como √©l, entre los estantes. Salim reconoci√≥ a su casero y se hizo a un lado excus√°ndose con una sonrisa de saludo, pero aquel volvi√≥ r√°pidamente el rostro hacia otra parte como si no lo hubiese visto. Su actitud hiri√≥ la susceptibilidad de mi amigo quien, pasada la extra√Īeza, opt√≥ por no darle importancia al asunto. Al alejarse, le observ√≥ de reojo detenerse tambi√©n ante el apetecido h√≠gado de ganso y levantarlo para verificar su precio.
Salim termin√≥ de hacer sus compras y se encamin√≥ hacia la caja registradora. Su arrendador era el √ļnico otro cliente a esa hora de la tarde, hab√≠a llegado a pagar antes que √©l y mi amigo hizo fila a sus espaldas. El encuentro anterior le hab√≠a servido de escarmiento, por lo que se guard√≥ muy bien de dirigirle la palabra. Sin embargo, se sorprendi√≥ al comprobar que, entre la mercanc√≠a que el hombre depositaba sobre el mostrador, no estaba el h√≠gado de ganso. Volvi√≥ maquinalmente la vista hacia el sitio donde lo acababa de ver y not√≥ que tampoco se encontraba ah√≠. De paso comprob√≥ que, en efecto, no hab√≠a nadie m√°s en el local. Al principio no comprendi√≥ lo que pasaba. Luego, una sospecha horrorosa le cruz√≥ por la mente.
Cuando le lleg√≥ el turno coloc√≥, algo tembloroso, sus setas y otras nimias compras ante la propietaria para que le hiciera la cuenta. No se le escap√≥ el gesto de triunfo de la mujer al contemplarlas. Sinti√≥ su √°spera mirada aletear por encima de su hombro rumbo a un punto situado m√°s all√° de ambos. No necesit√≥ acompa√Īarla con los ojos para comprender que buscaba con la vista el h√≠gado de ganso. Se estremeci√≥, inc√≥modo. Aquel vago temor que experimentaba siempre al pasar frente a la caja se torn√≥ de sopet√≥n una realidad inapelable: la mujer le pidi√≥ mirar lo que llevaba en la bolsa. M√°s asustado que ofendido, Salim se la alarg√≥ sin replicar. Cuando ella no encontr√≥ lo que buscaba, su rostro se torn√≥ a√ļn m√°s sombr√≠o y amenazador. Salim, paralizado por el estupor, no hallaba qu√© decir, c√≥mo reaccionar. ¬ŅPor qu√© no registrar√° al otro?, pens√≥ desesperado, ¬Ņpor qu√© no se le ocurrir√≠a a la mujer que acaso el h√≠gado faltante lo llevaba en alguna parte el hombre que, delante de ellos, acomodaba imperturbable sus adquisiciones en la bolsa del mandado, como si no se percatara de nada? Salim le dirigi√≥ una mirada de auxilio. Su casero ni parpade√≥, dio las buenas tardes a la due√Īa del establecimiento y, justo antes de salir, se volvi√≥ por fin hacia mi amigo moviendo la cabeza con disgusto, en actitud de franca reprobaci√≥n. Salim sinti√≥ que se le helaba la sangre en las venas. La mujer, sin quitarle los ojos de encima, levant√≥ el auricular del tel√©fono y llam√≥ a la polic√≠a.
Una patrulla, la sirena abierta, la luz azul y anaranjada girando enloquecida sobre el techo, se detuvo instantes despu√©s a la puerta del local. Dos polic√≠as descendieron mientras algunos viandantes asomaban la cabeza, curiosos. Salim nunca hab√≠a sentido tanta verg√ľenza en su vida. Ni siquiera al llegar al pa√≠s, cuando en la aduana del aeropuerto inspeccionaron, uno a uno, todos los objetos que llevaba en su maleta y luego le desnudaron en un anexo para examinar su indumentaria y revisarle las suelas de los zapatos.
Los uniformados que acudieron se hab√≠an educado, sin ninguna duda, en la misma escuela de aquellos agentes aduanales porque se comportaron de la misma manera. Le pidieron sus papeles. Los verificaron concienzudamente, registr√°ndolos en un peque√Īo ordenador que tra√≠an en su veh√≠culo. Le hurgaron despu√©s entre la ropa y hasta lo llevaron a la trastienda para bajarle los pantalones. Luego le devolvieron sus documentos y se retiraron encogi√©ndose de hombros. La mujer no se disculp√≥. Baj√≥ la cabeza derrotada, aunque no convencida, y antes de darle la espalda le hizo se√Īa de marcharse. Salim se fue abochornado, tanto que olvid√≥ las setas y el aceite de oliva que hab√≠a ido a comprar para la cena. De todos modos esa noche no tuvo √°nimos para cocinarse el rodaballo. De hecho pasaron varios d√≠as antes de que se decidiera a salir a la calle.
Salim no es un hombre rencoroso y ni la humillaci√≥n ni el escarnio han logrado alejarlo de la tienda de marras. Yo digo que √©l mismo debe poseer un inmenso h√≠gado de ganso que le permite tolerar esas cosas. √Čl me responde que s√≥lo la muerte no perdona y que su cocina no ser√≠a la misma si comprara en otro sitio. La propietaria no se ha atrevido a negarle la entrada pero le mira con m√°s desconfianza y le trata con m√°s desprecio que nunca. Eso no detiene a Salim que vuelve, vuelve siempre, con un oscuro sentimiento de culpa. Con la sensaci√≥n de que realiza algo reprobable pero no puede imped√≠rselo. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen los mejores esp√°rragos que ha comido en su vida.

Antonio Sarabia

Be Sociable, Share!
Etiquetas: , , , , ,
Una Respuesta a “Un cuento de Antonio Sarabia”
  1. Francisco Torrecillas (2 comments) dice:

    Antonio tu relato de Salin ocurre con mas frecuencia de lo que deseamos y ocurre en todas las culturas.

Deja una Respuesta

*

Los enlaces en los comentarios pueden encontrarse libres de nofollow.