Mi primera reacci√≥n al recibir la invitaci√≥n de un peri√≥dico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo ‚Äúno‚ÄĚ. ¬ŅPor qu√©?, ¬Ņpara qu√©?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicci√≥n √≠ntima, nada que enviar a los diarios. Hasta raro se me hace llamarlo ‚ÄúTabucchi‚ÄĚ. Pero en el momento de meditar sobre eso Antonio me sonri√≥ en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos y escrib√≠ aquel texto como hoy transcribo este. Porque pens√© que tambi√©n le complacer√≠a que yo dijera algo sobre √©l en este pa√≠s que ambos, siendo los dos extranjeros, adoptamos como propio. Comprendo muy bien que esa manera literaria y absurda de encontrarnos de nuevo juntos aqu√≠ despu√©s de su muerte es imb√©cil, fantasiosa e in√ļtil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a √©l le era tan propia. Todav√≠a con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ah√≠ dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qu√© aparece despu√©s. Tal vez con ello el dolor meng√ľe un poco y de esta mara√Īa de sentimientos encontrados resulte una cosa m√°s o menos coherente y medianamente legible.

No ser√° este un paneg√≠rico sobre su persona, ni una cr√≠tica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso est√°n sus propios libros: Sostiene Pereira, R√©quiem, Dama de Porto Pim, Nocturno hind√ļ y tantos otros. La obra de quien hasta hace muy poco era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poes√≠a de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, all√° por los a√Īos sesentas, ni de su encuentro entonces y aqu√≠ con Mar√≠a Jos√©, su esposa, a quien llamamos Z√© los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quer√≠a mostrarse afectuoso. Tampoco hablar√© de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez m√°s xen√≥foba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus cr√≠ticos y a sus bi√≥grafos. Yo quisiera hablar aqu√≠ de otra cosa que no alcanzo todav√≠a a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustraci√≥n ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.

Nos conocimos a principios de marzo del a√Īo pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Su√°rez y Jos√© Manuel Fajardo. Entre un pu√Īado de afinidades est√©ticas, filos√≥ficas y literarias descubrimos con placer que, adem√°s, √©ramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el coraz√≥n del centro hist√≥rico de Lisboa, est√°n apenas a pocos minutos a pie una de otra. A √©l le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio f√≠sico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Pr√≠ncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con caf√© y sabrosa pl√°tica incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A √©l la pierna le imped√≠a extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de caf√© en los lugares m√°s pr√≥ximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos d√≠as a unas charlas en la universidad de Mil√°n. √Čl me sugiri√≥ alcanzarlo despu√©s en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo prefer√≠ pasar unos d√≠as en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habr√≠a tiempo para vernos con √©l en alguna mejor ocasi√≥n.

Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invit√≥, a Lauren y a m√≠, junto con Karla y Jos√© Manuel en cuya cena nos hab√≠amos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y despu√©s en calificar aquel d√≠a como ‚Äúperfecto‚ÄĚ. Antonio arrastraba cada vez m√°s su pierna pero la comida, el humor y la conversaci√≥n fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ah√≠ Antonio insisti√≥ a√ļn en que compr√°ramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volvi√©ramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negu√©. Era el 15 de septiembre y quer√≠a apresurar mi regreso a Lisboa para asistir a los festejos de la Independencia en la embajada de M√©xico. Ya volver√≠amos en otra ocasi√≥n, le repet√≠ agradecido, sin darme cuenta que reincid√≠a en lo de Italia y que la vida, o m√°s bien la muerte, nos negar√≠a otra oportunidad.

Por cierto que entre nosotros el tratamiento de ‚Äútocayo‚ÄĚ nunca se dio. √Čl me llamaba Antonio y yo a √©l igual. La confusi√≥n era para Z√© y para Lauren quienes no hallaban qu√© hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volte√°ramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respond√≠a el tel√©fono se identificaba a s√≠ mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retint√≠n italiano en su espa√Īol no fueran suficientes para reconocerlo, como ‚Äúel viejo Antonio‚ÄĚ aunque era apenas unos meses mayor que yo.

Como la pierna no mejoraba, cuando volvi√≥ de su casa en la playa me pidi√≥ que lo llevara a hacerse unos an√°lisis al hospital. Cosas de rutina. Z√©, que no quer√≠a causarme molestias, lo ri√Ī√≥ por insistir en buscarme para esos menesteres pero la verdad es que a m√≠ no me incomodaba. Antonio me hab√≠a dicho ya, y se lo repiti√≥ entonces a Z√© delante de m√≠, que ten√≠a la impresi√≥n de que √©l y yo √©ramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al m√©dico una buena docena de veces y entre radiograf√≠as, ex√°menes y visitas a uno u otro especialista llegamos en ocasiones a permanecer el d√≠a entero en el hospital. Cuando sal√≠amos temprano me quedaba en su casa un rato m√°s, a terminar con la charla y bebernos un whiskey. Si sal√≠amos tarde nos √≠bamos a cenar con Z√© y con Lauren al primer sitio que nos pasara por la cabeza.

A pesar de sus padecimientos Antonio manten√≠a el buen √°nimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un d√≠a vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una peque√Īa joya, el primer fruto de una mata de chiles que ten√≠a plantada en su jard√≠n pensando que yo, como mexicano, la apreciar√≠a m√°s que ning√ļn otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidi√≥ que le enviara por correo electr√≥nico las letras de algunas que le maravillaron. Todav√≠a escucho su risa al o√≠r las primeras estrofas de El Abandonado:

Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre

Y por tener la desgracia de ser casado…

Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.

Le divert√≠a el IPad que yo llevaba a la cl√≠nica para leer y distraerme mientras √©l entraba con el m√©dico. Se lo mostr√≥ a Z√©, como un ni√Īo un juguete, y le pidi√≥ uno igual como regalo de cumplea√Īos.

Los ex√°menes se suced√≠an y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empez√≥ a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompa√Īarlo yo al m√©dico como acostumbr√°bamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que sol√≠amos. A√ļn as√≠, mantuvimos el contacto por tel√©fono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operaci√≥n. Todav√≠a las cosas no parec√≠an tan graves. Luego, unas semanas despu√©s, recib√≠ un mensaje en mi tel√©fono m√≥vil. Me ped√≠a que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no le√≠ su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respond√≠ a esa hora pidi√©ndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el d√≠a siguiente a las seis.

Me parti√≥ el alma verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco m√°s de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dej√© unas pel√≠culas que le hab√≠a llevado para que se distrajera y me inclin√© sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la √ļltima vez que lo vi.

El d√≠a del entierro me sent√≠ raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo f√ļnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no pod√≠a dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que √©l lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro R√©quiem.

Lo que hablamos, discurrimos, re√≠mos y fantaseamos durante tantas caminatas, caf√©s, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y dem√°s es algo que a ning√ļn otro interesa, un tesoro que conservar√© conmigo hasta el fin. A m√≠, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. √Čl me confes√≥ haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Poco antes de su muerte termin√© una novela que ten√≠a abandonada y le escrib√≠ un mensaje telef√≥nico a Z√© para que se lo contara a Antonio avis√°ndole tambi√©n que era una especie de secuela de otra novela m√≠a que √©l conoc√≠a y gustaba y que se la quer√≠a dedicar. Ella se lo susurr√≥ al o√≠do y me dice que tal vez hasta le haya visto sonre√≠r pero que a esas alturas ya no pod√≠a estar segura de nada.

Esto es lo que yo siento ahora: el a√Īo pasado conoc√≠ a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que adem√°s era un escritor formidable. Apenas unos meses despu√©s, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.

Antonio Sarabia

Texto publicado en portugu√©s en el n√ļmero 1084 del Jornal de Letras Artes e Ideas el 18 de abril de 2012.

Fotos de Daniel Mordzinski.

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4 Respuestas a “Un a√Īo para toda la vida”
  1. Increible historia y muy bien contada, te felicito!

  2. Gisela mejia (1 comments) dice:

    Hola Antonio, aveces tan sólo es necesario unos segundos para quedarnos impregandos de lo valioso y maravilloso que resultaran ser algunos amigos. La presentación ha sido muy bonita y delicada. Creo que la mejor manera para elogiar una obra, (estoy segura que Antonio estaría mas que sonriendo cuando le llegaron los sonidos de esta presentación) jugar con los buenos recuerdos compartidos , esto sólo se hace con LA AMISTAD.
    Un abrazo para revivir eso bonitos recuerdos que he pasado junto a Ustedes en muchos rincones de Lisboa.

  3. ¡Hermosa elegía! (tenía que decirlo)

  4. hola antonio , articulo muy interesante , gracias.

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