Posts Tagged “traductores”

Este mes, hace una semana, el 9 de septiembre, se cumplieron cien años del nacimiento de Césare Pavese (Santo Stefano Belbo, Cuneo, Italia, 1908-1950). Nacido en una familia de clase media baja proveniente del campo, Pavese, aun viviendo en Turín, nunca perdió el contacto con el medio rural.pavese1-1.jpg picture by antoniosarabia Tímido, introvertido, su descubrimiento y su fascinación por la literatura norteamericana marcaron para siempre su obra. Tradujo a Steinbeck, Dos Pasos, Hemingway y Faulkner, entre otros grandes autores estadounidenses junto al irlandés James Joyce por quien profesaba también una admiración sin límites. Sus lecturas y estudios sobre el mito, los símbolos y los arquetipos se volvieron una influencia recurrente en su trabajo. En 1930 se licenció en letras por la universidad de Turín con una tesis sobre Walt Whitman. En 1935 fue detenido por sus ideas políticas y desterrado al sur de Italia donde permaneció hasta su perdón en 1936. Pasó los últimos años de la segunda guerra mundial viviendo con la familia de su hermana en Serralunga “como un recluso en las colinas”. En 1945 ingresó en el partido comunista y en 1950, el 24 de junio, se le confirió el cotizado premio Strega por The Political Prisioner. El 27 de agosto de ese mismo año, víctima de una de sus habituales depresiones, Césare Pavese se quitó la vida en el hotel Roma de Turín con una sobredosis de somníferos. Le faltaban pocos días para cumplir cuarenta y dos años de edad. Algunos de sus trabajos más notables fueron publicados póstumamente.

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Aimé Césaire (Basse Pointe, Martinique 1913-2008) llegó a París en 1931 con una beca estudiantil para terminar su bachillerato en el liceo Louis le Grand. Cuando volvió a su país natal ocho años después, en 1939, casado con una compatriota suya, Suzanne Roussi,AiimeCsaire2.jpg picture by antoniosarabia y con el pequeño hijo de ambos, Aimé había dejado una profunda huella de su paso por la Ciudad Luz. Ahí había conocido a Leopoldo Senghor y a León Damás con quienes fundó la revista literaria L’Etudiant Noir y el célebre movimiento poético de la “negritud”. Estuvo también muy cerca de los poetas surrealistas especialmente de André Bretón, a quien le ligó una estrecha amistad sobre todo durante el tiempo que éste último pasó en la Martinica a causa de la segunda guerra mundial. Bretón, en la introducción a Cahier d’un retour au pays natal, calificaría esta obra de Césaire como “nada menos que el mayor monumento lírico de nuestro tiempo”.

A continuación, en la excelente traducción de Agustí Bartra, unas muestras del quehacer literario de uno de los más grandes poetas nacidos en Las Antillas y, sin lugar a dudas, uno de los mayores exponentes de la poesía en lengua francesa del siglo veinte.

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Esta entrada podría muy bien titularse “tradutore, traditore”, -traductor, traidor-, porque tiene como Convidado al excelente novelista y traductor italiano, Pino Cacucci (Alessandria, 1955), gran “cuate”, diríamos en México, de este autorpinocacuccimontanaro.jpg picture by antoniosarabia, y Pino sabe muy bien lo que esa palabra significa porque también es responsable de la brillante traducción de mi novela Le Arance Amare di Sviglia (Ugo Guanda Editore, 2003) y otros varios textos míos a la lengua del Dante. Si digo que esta entrada debería llamarse “tradutore, traditore” no es, desde luego, por causa suya, ya que su trabajo, siempre preciso y fidelísimo, le ha merecido varios premios internacionales, entre ellos, este año, el Claude Couffon que otorga el Salón de Libro Iberoamericano patrocinado por Luis Sepúlveda en inteligente y amistoso contubernio con el ayuntamiento de Gijón y el Principado de Asturias.

Si digo que debe titularse “tradutore, traditore” es porque hace unas semanas pedí a Pino que me mandara algo suyo para incluirlo entre Los Convidados y él correspondió a mi solicitud enviándome un relato, -en el fondo una bella parábola sobre la inmigración-, pero lo hizo, como es natural, en su nativo italiano, poniéndome en el comprometido y comprometedor aprieto de tener que traducirlo yo mismo. Esa es la razón por la que esta entrada, aparte de “tradutore, traditore”, podría llamarse también “El autor prueba una sopa de su propio chocolate” o, “Cuando los patos le tiran a las escopetas”.
Así pues, esta semana yo traduzco a mi traductor, y le pido disculpas de antemano a él y a ustedes los habituales del blog por las posibles meteduras de pata porque su hermoso texto, La Resurrezione della Vite se merecía alguien con mayores conocimientos de la lengua italiana que yo. 

Añado, como resarcimiento, una evocación de nuestro querido México donde Pino vivió tantos años. Se trata de un cuadro poco conocido de Diego Rivera, el gran pintor mexicano sobre cuya persona y época mi gran amigo y traductor ha escrito muchísimas páginas. Se titula, no faltaba más, En el Viñedo. Es de 1920.

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Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.
Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas.
Entre sus últimas novelas traducidas al francés están Los Convidados del Volcán, en 1997, y El Cielo a Dentelladas, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud.
Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon.
Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.

LA CONFESIÓN

Puedo aún escribir
y, con la mano temblorosa
deshojando sílabas,
mofarme de la muerte
¿Pero de qué me sirve?
¿de cara a quién?
¿Para qué hablar,
incluso en voz baja,
de la soledad?

ELLA

Como todos, claro que pienso en ella,
sin angustia puesto que sé
por haberla frecuentado a menudo
que ella es sólo un símbolo.

Es triste, cierto, pero tranquilizador
ya que todos terminaremos ahí,
grandes o pequeños, nutrientes
de unas briznas de hierba en el cementerio.

Visto que los poetas
la han celebrado tanto, renunciemos.
Entremos en la muerte y dejemos
que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.

VIAJES II

Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto
en aviones que piloteamos solitarios
hacia islas imaginarias
de continentes cercanos al cielo
o al infierno
pero poco importa:
se asemejan en su salvaje libertad.
Emparejarse aquí es soñar
con todos esos cuerpos que fueron nuestros
y que el tiempo no puede envejecer
¡Ah, los viajes sin regreso
en los que me hundo cada noche!

BALANCE III

Vivir es una crueldad si sabemos
que todo lo que fue ya no será
o es tan sólo un destello
del azar o de la suerte escasa.
Ya no poder ser el hombre
aquel seductor seguro de sí
que volvía reales los excesos
de los más ardientes fantasmas.
Ahora andrajo que a veces
concretiza el sueño loco
de ser todavía ya sin nada
la imagen de un duende estéril
de una vida que fue larga y breve.

NOMBRE

Me hubiera gustado ser otro.
No aquél a quien se conoce
e incluso a veces se reconoce.

Ser Bosquet o Sabatier.
Alberti o Neruda.
Louis Aragon o Paul Eluard.
O bien
tantos otros que ríen en sus barbas…

Pero yo sólo quiero ser
—disculpen si me ufano—
aquél que todos llaman Couffon.

DE PASO

¿Sólo somos materia que se transmite
consciente
o inconscientemente?
La edad lo afirma
o lo rechaza
si se trata de juventud
o de extinción
pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas
si vivir es la maravilla de un tiempo
a lo más pasajero.

Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda:
“¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”

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¿Qué nos mueve a la traducción? ¿El deseo de compartir con otros de nuestra misma lengua lo que nos conmovió en una ajena? ¿El sentirnos de modo vicario coautores de un texto que admiramos? No lo sé, tal vez en cada traducción haya un poco de ambas cosas. En mi caso influye además la necesidad de mantener el lápiz afilado y el brazo caliente entre las pausas de mis propios escritos. Los poemas que siguen, todos traducidos por mí, son acaso lugares comunes para muchos lectores de habla portuguesa pero, como no son tan conocidos fuera de ese ámbito, me complace presentar ahora su versión castellana en este blog. Desde luego su elección obedece a una terrible arbitrariedad a su vez regida por el azar: el azar de una lectura, de una afinidad estética o literaria y hasta del afecto instintivo por determinados autores vivos o muertos.
El primero es una deliciosa composición de José Gomes Ferreira (Porto, 1900-1985). Gomes Ferreira aunque nació en Porto, vivió desde muy niño en Lisboa, compuso música y despertó la admiración de sus contemporáneos tanto por sus dones como poeta como por sus compromisos sociales y políticos. Llegó a ser cónsul en Noruega de 1925 a 1929, tal vez conoció ahí a su “amor del Norte”.

VIVIR SIEMPRE TAMBIÉN CANSA.

El sol es siempre el mismo, y el cielo azul
ora es azul, nítidamente azul,
ora es ceniza, negro, casi verde…
mas nunca de color inesperado.

El mundo no se modifica.
Los árboles dan flores,
hojas, frutos, pájaros,
como máquinas verdes.

Los paisajes tampoco se transforman.
No cae nieve escarlata,
ni planean las flores,
la luna no tiene ojos
y nadie va a pintarle ojos a la luna.

Todo es igual, mecánico, exacto.

Y por supuesto los hombres son los hombres.
Eructan, beben, ríen y digieren
sin imaginación.

Y hay barrios miserables, siempre iguales,
discursos de Mussolini,
guerras, orgullos desquiciados,
autos de carreras…

!Y me obligan a vivir hasta la muerte!

¿Qué no sería más humano
morir un pedacito
de cuando en cuando
y recomenzar más tarde
hallando todo nuevo?

¡Ah! Si pudiese suicidarme por seis meses,
morir encima de un diván
con la cabeza puesta en una almohada,
y la confianza y la serenidad que da saber
que me velabas tú, mi amor del Norte.

Cuando alguien viniera a preguntar por mí,
le dirías con esa tu sonrisa
donde arde un corazón en melodía
“matose esta mañana
y no va a resucitar ahora
por una bagatela.”

Y vendrías después, muy suavemente,
a velar por mí, sutil y cuidadosa,
andando de puntillas para no despertar
a la muerte aún pequeñita en mi garganta.

Este otro, un soneto de David Mourão-Ferreira (Lisboa, 1927-1996), me atrajo por la musicalidad y la profunda nostalgia que emana del poema. Mourão-Ferreira estudió Filología Románica y fue profesor emérito de la universidad de Lisboa. En los años sesentas estuvo vinculado a varios programas culturales de radio y de televisión. Llegó a Secretario de Cultura entre el 76 y el 78.

Y A VECES

A veces las noches duran meses
Y a veces los meses son océanos
Y a veces los brazos que apretamos
nunca más son los mismos Y a veces

encontramos de nos en pocos meses
lo que la noche nos hizo en muchos años
Y a veces fingimos que añoramos
Y a veces añoramos que a veces

al tomarles el gusto a los océanos
sólo heces de noches no de meses
al fondo de las copas encontramos

Y a veces sonreímos o lloramos
Y a veces a veces ah a veces
En un segundo se fugan muchos años.

Quisiera terminar con dos de Marcelo Teixeira (Pinhal do Norte, 1964). Su especialidad es la historia pero se ha dedicado más que nada a la literatura, primero en el programa radiofónico Las Márgenes del Silencio allá en los años ochentas y, actualmente, en su trabajo de editor.

MOVIMIENTO PERPÉTUO

Estas son las cosas más simples
los más conocidos secretos nocturnos, dirás
en vano me escribes poemas, plantas rosas
sé que es de ti de quien hablas al evocarme,
de tu gente, de lo que no soy
de lo que no hago a esta hora.
Es muy cierto, no sé quién eres
los días en que me ocultas la mirada,
o el ardor que me profesan tus manos.
¿Conoces Goa? ¿Monte Albán?
¿Cómo saber en qué cuerpos te extraviaste?
Esas son las sombras de mi canto
los mejores gestos inútiles de estos días
pero no me detengas si te invento;
es por saberte imperfecta en los versos de ayer
que recomienzo cada día tu retrato.

SI TE ABRO LA PUERTA

Si te abro la puerta
no olvides
que todas las noches exigen un sacrificio.

Nada receles
mas no esperes almíbar en la boca
ni armisticio al cuerpo
ni baño en la mañana.

Nada receles
mas no esperes palabras inocentes
acostumbro mentir en los días pares
y faltar a la verdad en los restantes.

Si te abro la puerta
llámame sólo por mi nombre
y sé bienvenida al trono de un reino saqueado.

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El texto de Odisseus Elytis originó un alud de correos entre los que destacan varios de mi compatriota, colega y muy querido amigo Luis González de Alba (Charcas, Mexico, 1944), quien al escribirme señala la correcta grafía y pronunciación del nombre del ganador del premio Nobel de la literatura de 1979: Odiseas Elítis, me insiste él.
Luis González de Alba fue miembro destacado del Consejo Nacional de Huelga, que encabezó el movimiento estudiantil en México a fines de los sesentas, y por eso testigo ocular de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968. Fue aprehendido ahí mismo, en Tlatelolco, y encarcelado en el siniestro Palacio de Lecumberri donde escribiría lo que para mí es el mejor testimonio de aquellos hechos, la novela “Los días y los años”.
Además del genero novelístico, Luis González de Alba cultiva el análisis político, el ensayo histórico y el de divulgación científica. Sus colaboraciones en los diarios mexicanos le hicieron acreedor al primer Premio Nacional de Periodismo en el año de 1997.
El sabroso material que nos ha enviado incluye, aparte de su propia traducción, versiones estrictamente fonéticas de los poemas en griego para apreciar mejor su musicalidad. Todo ello será motivo de futuras publicaciones en esta página. Por lo pronto nos estrenamos con su traducción a un bello poema de Konstantinos Kavafis (Alejandría, 1863-1933) que el mismo Luis ha escogido, nos dice, “por breve, emotivo y náutico”.

SÚPLICA

El mar en sus profundidades tomó a un marino.
Su madre, sin saber, va y planta

a la Virgen enfrente una alta vela
para que vuelva pronto y tenga buenos tiempos;

y todo hacia el viento alza el oído.
Pero mientras reza y suplica ella,

la imagen escucha, seria y triste,
sabiendo que no volverá ya el hijo que espera.

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Ya desde pequeño, durante aquellas lejanas lecciones de catecismo a las que me arrastraba mi madre, me parecía difícil creer que en el jardín del Paraíso, cuando Dios permitió a Adán nombrar a sus criaturas, éste llamara al perro, perro y, al gato, gato. Incluso entonces mi ecumenismo hispanoamericano no llegaba a tanto. Me preguntaba, eso sí, ¿cómo las habría denominado?, ¿en qué lengua, tal vez ahora impronunciable, les dio sus verdaderos nombres?, ¿y qué había sido de ella? Mi persistente rencor al padre Adán data de esa época. ¿En qué cabeza cupo heredarnos el pecado original y excluirnos de aquel lenguaje formidable?
Años más tarde, desacreditado el mito de Babel, otra cuestión comenzó a rondarme por la mente: ¿por qué hay tantos idiomas? Esta pregunta, en apariencia idiota, no lo es tanto cuando nos detenemos a reflexionar en ella. ¿Qué pensaríamos nosotros, por ejemplo si, al comprobarse que se comunican los delfines, descubriésemos que no se entienden entre sí porque unos frecuentan West Palm Beach y otros Varadero? ¿Por qué tendrían que hablar distintos lenguajes los delfines si, al fin y al cabo, son delfines? Esto, que nos sorprendería en otras especies, nos parece de lo más ordinario en la nuestra, a pesar de que compartimos las mismas estructuras neurológicas y dependemos de idénticos dispositivos para emitir y captar sonidos, sin contar con que la constitución de nuestras cuerdas vocales no nos permite reproducir más que una misma uniforme, y bastante limitada, gama de voces. ¿No sería más natural que, al abrir la boca por primera vez, llamáramos todos sin excepción, en la misma lengua de Adán, al perro, perro y, al gato, gato?

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