Ya desde pequeño, durante aquellas lejanas lecciones de catecismo a las que me arrastraba mi madre, me parecÃa difÃcil creer que en el jardÃn del ParaÃso, cuando Dios permitió a Adán nombrar a sus criaturas, éste llamara al perro, perro y, al gato, gato. Incluso entonces mi ecumenismo hispanoamericano no llegaba a tanto. Me preguntaba, eso sÃ, ¿cómo las habrÃa denominado?, ¿en qué lengua, tal vez ahora impronunciable, les dio sus verdaderos nombres?, ¿y qué habÃa sido de ella? Mi persistente rencor al padre Adán data de esa época. ¿En qué cabeza cupo heredarnos el pecado original y excluirnos de aquel lenguaje formidable?
Años más tarde, desacreditado el mito de Babel, otra cuestión comenzó a rondarme por la mente: ¿por qué hay tantos idiomas? Esta pregunta, en apariencia idiota, no lo es tanto cuando nos detenemos a reflexionar en ella. ¿Qué pensarÃamos nosotros, por ejemplo si, al comprobarse que se comunican los delfines, descubriésemos que no se entienden entre sà porque unos frecuentan West Palm Beach y otros Varadero? ¿Por qué tendrÃan que hablar distintos lenguajes los delfines si, al fin y al cabo, son delfines? Esto, que nos sorprenderÃa en otras especies, nos parece de lo más ordinario en la nuestra, a pesar de que compartimos las mismas estructuras neurológicas y dependemos de idénticos dispositivos para emitir y captar sonidos, sin contar con que la constitución de nuestras cuerdas vocales no nos permite reproducir más que una misma uniforme, y bastante limitada, gama de voces. ¿No serÃa más natural que, al abrir la boca por primera vez, llamáramos todos sin excepción, en la misma lengua de Adán, al perro, perro y, al gato, gato?
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