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	<title>Los Convidados &#187; Semana Negra</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>De Paso por Los Convidados, Paco Ignacio Taibo II</title>
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		<pubDate>Sun, 31 May 2009 10:44:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Salón del Libro Iberomericano de Gijón]]></category>
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		<description><![CDATA[Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus novelas por el mundo y mantener activo el bien aceitado engranaje que destapa cada año, durante el mes de Julio, una nueva edición de la Semana Negra es para mí un misterio.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto07.jpg?t=1243765671" alt="Foto07.jpg picture by antoniosarabia" />Paco es infatigable, es cierto, pero ante todo es también un visionario. Y lo es en todas sus empresas, tanto literarias como extraliterarias. Sólo él puede concebir un libro con la fuerza, la calidad, la magnitud, el aliento y la ambición de la biografía de Pancho Villa, por ejemplo, que lleva ya vendidos no sé cuántos miles y miles de ejemplares. O ese extraordinario acontecimiento entre verbena popular, feria de pueblo, circo, maroma, teatro y acontecimiento cultural, que es la Semana Negra de Gijón en la que cada año recibe una oleada de excelentes escritores y más de un millón de visitantes.<br />
Fue bueno compartir con él la mesa y la conversación. Me obsequió, además, su más reciente novela, <em>De Paso</em>, que me leí de un tirón en el camino de vuelta a Lisboa. Cuando le escribí proponiéndole hacer algo con ella en Los Convidados su escueto email de respuesta fue: &#8220;haz lo que más te guste con eso&#8221;.<br />
Pues esto es lo que me gustó hacer, Paco: elegí tres capítulos para los lectores del blog y sé que los van a disfrutar. Gracias, y suerte en la vigésimo segunda edición de la Semana Negra.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
CAPÍTULO ONCE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
El patrón de la Cantabria me dijo:<br />
-¿Quieres mil pesos, Tomás?<br />
Yo le dije que sí y le pregunté:<br />
-¿A quién mato?<br />
-Al gachupín anarquista, al San Vicente ese.<br />
-Mitad y mitad -le dije, y él entendió luego luego, porque era una fiera para los negocios.<br />
-Trecientos ahora y el resto cuando los periódicos saquen la foto del muerto.<br />
-¿Y si no hay foto?<br />
-Con la nota me conformo -dijo extendiendo los trecientos pesos sobre la mesa como un abanico.<br />
El cabrón me daba puros billetes de a peso y de a cinco, para que parecieran muchos, y muchos parecían. Recogí el abanico y saludé llevándome dos dedos al sombrero.<br />
Me fui a la cantina a pensar, y pensé: Si voy a La Guadalupana a lo mejor el patrón de allí me da otros trescientos, y si hablo con los amarillos de Puebla, a lo mejor me dan doscientos por todo, y si hablo con el arzobispo a los mejor saco indulgencias desde antes; si le vendo la historia al Universal a lo mejor saco otros trescientos. Porque yo mato por dinero, pero no soy ningún pendejo, y mi tirada es poner una curtiduría en Juárez, en Jiménez, lejos de aquí, algún día.<br />
En ésas estaba cuando llegó San Vicente. Yo hice como que estaba curándome de amores con unas copas, pero vino derecho a la mesa y se me sentó enfrente.<br />
-Me dijeron que te dieron unos billetes para matarme -dijo en seco y sin saludar.<br />
Tenía la mano en el bolsillo de la chaqueta, y tenía, &#8220;tenía que tener&#8221; el dedo en el gatillo y la automática amartillada. De manera que le fui de frente y asentí.<br />
-¿Cuánto?<br />
-Trescientos -le dije. Y me quedé pensando quién habría sido el chismoso, que más habían tardado en darme la lana que en írselo a contar.<br />
-Con dos deditos saca el dinero del chaleco y ponlo arriba de la mesa -me dijo.<br />
La gente se iba juntando pero nada babosa, se ponía detrás de él. Y estaba claro que si iba a haber plomazos, iban a la salir todos pa&#8217; mi lado.<br />
Extendí el dinero en abanico, tal como lo había recibido.<br />
-Sabes que no es para mí, que yo no tocaría ni un centavo.<br />
Asentí de nuevo. Y entonces supe todo.<br />
-Gracias -me dijo, y se levantó.<br />
-¿Sabes quién me lo dijo y por qué? -me preguntó antes de salir.<br />
-Creo que ya lo adiviné. Gracias.<br />
San Vicente salió de la cantina sin mirar para atrás. Yo me tome el tequila que estaba a medio apurar y salí caminando despacio.<br />
El cabrón patrón de la Cantabria le había soltado el pitazo con algún empleado. Así, si yo no lo mataba, el me mataba a mí, y entonces le echaban a la policía encima y lo refundían. Me dolía, más que la trampa, la falta de confianza.<br />
Entonces, fui a las oficinas de la Cantabria, y le metí un tiro en la frente al tipo. La sangre se le mezcló con la baba arriba del escritorio de caoba. Los muertos hacen cosas raras.<br />
Por eso ando por aquí, por la frontera, en lugar de tener una curtiduría.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
<span id="more-866"></span>CAPÍTULO VEINTINUEVE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Siempre he tenido aversión a los santones. Hay una cuota necesaria de cinismo que un periodista que ha vivido una revolución como la nuestra tiene que adquirir, preservar y encarecer a sus ojos como un amor velado y fiero. Y el cinismo se alimenta de la duda, de la incredulidad y, sobre todo, de la esperanza.<br />
Yo tenía mucho de las tres cosas cuando conocí a Pedro Sánchez, el Tampiqueño. Y él tenía mucho de santón, por lo menos en sus actos exteriores, para que el tipo me gustara. Además había un fraude muy burdo en esta personalidad que presentaba. Un tampiqueño no podía hablar con la &#8220;c&#8221; tan marcada y mordiente como él. De manera que entre nosotros no había amor a primera vista.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 211px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/DePasoPortada.jpg?t=1243765870" alt="DePasoPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Yo era escritor fracasado, no sólo como poeta sino también como reportero, al que El Heraldo obligaba a cubrir la calle durante los movimientos laborales, que abundaban en esos tiempos, en lugar de ofrecerle a su talento una buena mesa de redacción.<br />
Para envilecer más nuestras relacionesa, yo vivía con la ayuda de una muleta de cristal de un litro de contenido, y no desdeñaba la vuelta al callejón de Dolores a sumirme en el sueño dulzón del opio, mientras que el malvado Tampiqueño fumaba habanos, y hasta eso de vez en cuando y con sensación de culpa.<br />
Oí hablar de él y lo vi un par de veces de lejos, siempre de lejos, hasta la huelga del Palacio de Hierro donde la vida, mañosa ella, nos hizo encontrarnos como quienes se enfrentan en una callejuela sin salida ni retornos.<br />
Yo había tomado un taxi pretextando la urgencia y esperando que podría pasar la nota al administrador si los sucesos lo ameritaban. Tenía esperanzas de que la cosa fuera a mayores, y los cegetistas rara vez me defraudaban. Para ellos, la huelga era un combate campal en que se jugaba a todo y a nada el conjunto de la organización. El día anterior me había limitado a meter una gacetilla informando que la huelga había estallado, en los talleres del Palacio de Hierro, por los malos tratos de una capataz contra las costureras. Total, que el día siguiente bajaba del taxi cuando se armaba la trifulca. Los obreros cercaban la negociación y no habían dejado pasar a una docena de esquiroles: la gendarmería llegó con un camión entero y tras ella una bomba de agua que, sin causa extra, se instaló y soltó el chorro contra un grupo de mujeres, que con niños en brazos hacían guardia. Comenzaron a volar las piedras contra los bomberos y el oficial de gendarmes, José Morían, alias el Chato, dio órdenes de hacer fuego contra los huelguistas. Ahí vi al Tampiqueño en acción: se desprendió de los que apedreaban a los bomberos al sonar el primer tiro y se fue con una mano en el bolsillo hacia el teniente que había dado la voz de fuego.<br />
-¿No le da vergüenza disparar contra obreros desarmados? -le gritó y siguió caminando hacia él.<br />
-Las piedras, están tirando piedras&#8230;<br />
-Porque no tienen otra cosa, tarugo.<br />
Y se puso a un paso del teniente que llevaba su mano a la pistolera. El Tampiqueño le tomó la mano con su mano libre, la otra seguía en el bolsillo, y le dijo algo en voz más baja. Los soldados se habían olvidado de los huelguistas, para ver el duelo entre aquel hombre y el teniente. Durante un instante esperé oír el tiro para luego escribir en mi cuaderno de notas cómo un obrero había sido asesinado a sangre fría por un teniente de gendarmería. Nada de eso pasó. Se hizo el silencio. Los huelguistas retrocedieron recogiendo a dos heridos, los bomberos se habían alejado bastante con la pedrea, abandonando su carro-tanque y sus mangueras. El Tampiqueño se separó del oficial y sin darle la espalda se alejó oblicuamente, lo que lo obligó a pasar a mi lado.<br />
-¿Qué le dijo?<br />
Él me miró fijamente.<br />
-¿Para usted o para el diario?<br />
-Para que la curiosidad no me mate.<br />
-Que cómo se atrevía a disparar contra obreros desarmados; que si él era accionista del Palacio de Hierro.<br />
-No, dígame la verdad, hombre.<br />
El tampiqueño se me acercó y mostró la mano que traía en el bolsillo de la americana donde había una 45 amartillada.<br />
-Le enseñé esta hija mía y le juré por su madre, porque la mía ya murió, que se le bajaban los humos o lo enviaba a tocarle el culo a Satanás en el infierno, con tres tiros en la barriga.<br />
Y sin esperar mi reacción se fue hacia un grupo de huelguistas.<br />
Yo respeto el valor, y el Tampiqueño apócrifo me conquistó por eso. Pasaba a segundo lugar el hecho de que durmiera en los bancos del sindicato de tranviarios, el que no poseyera nada, que todo lo tomara prestado y no lo devolviera al que se lo prestó sino al primero que se cruzara en su camino; que se supiera de memoria casi toda la poesía de Góngora y Quevedo, o que hablara inglés, español, francés y turco. Tenía además otra virtud, que no pedía ni hacía favores, imponía a través de sus actos préstamos de libros o pagos de café, el sentido por el que se debía pasear por las calles o las conversaciones que había que tener.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 246px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pacoignaciotaibo.jpg?t=1243766190" alt="pacoignaciotaibo.jpg picture by antoniosarabia" />Aún así, nunca lo hubiera acabado de estimar so no hubiera sido por el tono zumbón con que se retrataba a sí mismo. No el tono con el que yo me trato, que mal oculta el desprecio que a ratos me tengo. Algo diferente, más difícil de explicar.<br />
-Soy un mal personaje, un mal actor de una obra trascendente, amigo. La obra es importante, los actores somos menores, comparsas, titiriteros.<br />
-Usted, y esto es lo que me rechinga, cree en el destino -le decía yo, tirados en el único sillón que había en mi casa, el único respetado por usureros. Un ridículo sillón rosa con botones de nácar incrustados y que tenía un brazo para separar a los dos ocupantes.<br />
-Yo creo que los que construyen las casas no viven en ellas. ¿Es eso un motivo para dejar de construirlas?<br />
-No me haga retórica, pinche gachupín -le decía yo.<br />
-No le rehúya a la fama que trae dentro, pasquinero de mierda -me contestaba.<br />
-Usted anda buscando la bala que lo libre de andar viviendo. Lo suyo es religión, es castigo, es penitencia. Tiene alma de cristiano de los que echaban a los leones.<br />
-yo vine al mundo por amor y por casualidad -me contestaba-. ¿Qué tiene de cristiano creer en la casualidad?<br />
-Los hombres todo lo estropeamos, todo. Destruimos con gracia, pero no sabemos construir -decía yo.<br />
-Usted llega a un puerto y salen de él tres vapores. Usted quiere viajar, quiere moverse, quiere que el mundo y usted sean uno, quiere vivir. Uno de los vapores dice &#8220;A la mierda&#8221;; otro de los vapores dice: &#8220;A la explotación, al engaño, al capital&#8221;; y el otro dice: &#8220;A la revolución social&#8221;. O se queda en el puerto y mira cómo se van los vapores, sabiendo que sus maletas se fueron en uno sin que usted lo decidiera; o bien, escoge y sube.<br />
Y así, horas y horas trenzando metáforas. Nunca trató de convencerme de nada, y cuando estaba a punto, permitía que la duda se reforzara en mi cráneo diciendo:<br />
-A lo mejor usted tiene razón, pero ¿para qué sirve la razón? Estamos hablando de la vida.<br />
Nuestros encuentros eran casuales, accidentales. Una vez tres noches en una semana. Él dormía en mi cama y yo en el horrendo sillón rosa. Otras veces pasaban dos meses y no lo veía.<br />
Una vez se fue después de caminar bajo la lluvia y pedirme prestado un libro. Nunca me lo devolvió.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sales del sueño en medio de los gritos, y saltas del catre con tu pijama de rayas azules y grises, carcelario, y la pistola en la mano, sacada de debajo de la almohada. El suelo está frío. Aun con el mundo de tu alrededor convertido en un carnaval de confusiones tratas de orientarte. De saber dónde estás durmiendo, en qué casa, de saber a dónde dan las puertas, a qué calles&#8230; Porque es obvio que los que te buscan se acercan, no hay duda en esos gritos, y esas órdenes de mando confusas, las culatas de los rifles golpeando la madera de una puerta&#8230; Te pones los zapatos sin calcetines y te cuelgas el otro revólver al hombro después de haber verificado la carga.<br />
-¡Salga de ahí, San Vicente, con las manos en alto!<br />
Hay una ventana, te asomas. A tu espalda suenan disparos que perforan las tablas de la puerta. Primero lo primero: arrojas sobre la puerta un armario de metro y medio, y luego empujas sobre él un catre de lona y un arcón lleno de platos viejos. La ventana. Un primer piso. Asomas la cabeza, los pelos levantados, como si hubieras sufrido un sobresalto. ¿Y qué mierda es esto sino un sobresalto? Los cristales se rompen y un tiro entra por la ventana. La bala se estrella en el techo sacando limpiamente una nube de cal. Con el cañón del Colt destrozas los cristales sobrantes y sueltas cinco disparos en rápida sucesión. Los golpes de la culata astillan la puerta. Saltas por la ventana. Cuando los pies tocan el suelo, pierdes un zapato, sigues disparando, ahora el revólver, hacia dos sombras que se escullen. Recargas a la luz del farol, y luego corres como un fantasma en pijama por las calles empedradas de San Ángel, cantando a voz en grito <em>Hijos del Pueblo</em>, desafinando en la estrofa que dice: &#8220;rojo pendón de la libertad&#8221;. Piensas que sería mejor cantar la <em>Novena</em> de Beethoven en estas particulares y alucinantes circunstancias.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Paco Ignacio Taibo II</p>
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