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	<title>Los Convidados &#187; Salón del Libro Iberomericano de Gijón</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>De Paso por Los Convidados, Paco Ignacio Taibo II</title>
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		<pubDate>Sun, 31 May 2009 10:44:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios en español]]></category>
		<category><![CDATA[De Paso]]></category>
		<category><![CDATA[Paco Ignacio Taibo II]]></category>
		<category><![CDATA[Salón del Libro Iberomericano de Gijón]]></category>
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		<description><![CDATA[Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus novelas por el mundo y mantener activo el bien aceitado engranaje que destapa cada año, durante el mes de Julio, una nueva edición de la Semana Negra es para mí un misterio.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto07.jpg?t=1243765671" alt="Foto07.jpg picture by antoniosarabia" />Paco es infatigable, es cierto, pero ante todo es también un visionario. Y lo es en todas sus empresas, tanto literarias como extraliterarias. Sólo él puede concebir un libro con la fuerza, la calidad, la magnitud, el aliento y la ambición de la biografía de Pancho Villa, por ejemplo, que lleva ya vendidos no sé cuántos miles y miles de ejemplares. O ese extraordinario acontecimiento entre verbena popular, feria de pueblo, circo, maroma, teatro y acontecimiento cultural, que es la Semana Negra de Gijón en la que cada año recibe una oleada de excelentes escritores y más de un millón de visitantes.<br />
Fue bueno compartir con él la mesa y la conversación. Me obsequió, además, su más reciente novela, <em>De Paso</em>, que me leí de un tirón en el camino de vuelta a Lisboa. Cuando le escribí proponiéndole hacer algo con ella en Los Convidados su escueto email de respuesta fue: &#8220;haz lo que más te guste con eso&#8221;.<br />
Pues esto es lo que me gustó hacer, Paco: elegí tres capítulos para los lectores del blog y sé que los van a disfrutar. Gracias, y suerte en la vigésimo segunda edición de la Semana Negra.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
CAPÍTULO ONCE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
El patrón de la Cantabria me dijo:<br />
-¿Quieres mil pesos, Tomás?<br />
Yo le dije que sí y le pregunté:<br />
-¿A quién mato?<br />
-Al gachupín anarquista, al San Vicente ese.<br />
-Mitad y mitad -le dije, y él entendió luego luego, porque era una fiera para los negocios.<br />
-Trecientos ahora y el resto cuando los periódicos saquen la foto del muerto.<br />
-¿Y si no hay foto?<br />
-Con la nota me conformo -dijo extendiendo los trecientos pesos sobre la mesa como un abanico.<br />
El cabrón me daba puros billetes de a peso y de a cinco, para que parecieran muchos, y muchos parecían. Recogí el abanico y saludé llevándome dos dedos al sombrero.<br />
Me fui a la cantina a pensar, y pensé: Si voy a La Guadalupana a lo mejor el patrón de allí me da otros trescientos, y si hablo con los amarillos de Puebla, a lo mejor me dan doscientos por todo, y si hablo con el arzobispo a los mejor saco indulgencias desde antes; si le vendo la historia al Universal a lo mejor saco otros trescientos. Porque yo mato por dinero, pero no soy ningún pendejo, y mi tirada es poner una curtiduría en Juárez, en Jiménez, lejos de aquí, algún día.<br />
En ésas estaba cuando llegó San Vicente. Yo hice como que estaba curándome de amores con unas copas, pero vino derecho a la mesa y se me sentó enfrente.<br />
-Me dijeron que te dieron unos billetes para matarme -dijo en seco y sin saludar.<br />
Tenía la mano en el bolsillo de la chaqueta, y tenía, &#8220;tenía que tener&#8221; el dedo en el gatillo y la automática amartillada. De manera que le fui de frente y asentí.<br />
-¿Cuánto?<br />
-Trescientos -le dije. Y me quedé pensando quién habría sido el chismoso, que más habían tardado en darme la lana que en írselo a contar.<br />
-Con dos deditos saca el dinero del chaleco y ponlo arriba de la mesa -me dijo.<br />
La gente se iba juntando pero nada babosa, se ponía detrás de él. Y estaba claro que si iba a haber plomazos, iban a la salir todos pa&#8217; mi lado.<br />
Extendí el dinero en abanico, tal como lo había recibido.<br />
-Sabes que no es para mí, que yo no tocaría ni un centavo.<br />
Asentí de nuevo. Y entonces supe todo.<br />
-Gracias -me dijo, y se levantó.<br />
-¿Sabes quién me lo dijo y por qué? -me preguntó antes de salir.<br />
-Creo que ya lo adiviné. Gracias.<br />
San Vicente salió de la cantina sin mirar para atrás. Yo me tome el tequila que estaba a medio apurar y salí caminando despacio.<br />
El cabrón patrón de la Cantabria le había soltado el pitazo con algún empleado. Así, si yo no lo mataba, el me mataba a mí, y entonces le echaban a la policía encima y lo refundían. Me dolía, más que la trampa, la falta de confianza.<br />
Entonces, fui a las oficinas de la Cantabria, y le metí un tiro en la frente al tipo. La sangre se le mezcló con la baba arriba del escritorio de caoba. Los muertos hacen cosas raras.<br />
Por eso ando por aquí, por la frontera, en lugar de tener una curtiduría.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
<span id="more-866"></span>CAPÍTULO VEINTINUEVE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Siempre he tenido aversión a los santones. Hay una cuota necesaria de cinismo que un periodista que ha vivido una revolución como la nuestra tiene que adquirir, preservar y encarecer a sus ojos como un amor velado y fiero. Y el cinismo se alimenta de la duda, de la incredulidad y, sobre todo, de la esperanza.<br />
Yo tenía mucho de las tres cosas cuando conocí a Pedro Sánchez, el Tampiqueño. Y él tenía mucho de santón, por lo menos en sus actos exteriores, para que el tipo me gustara. Además había un fraude muy burdo en esta personalidad que presentaba. Un tampiqueño no podía hablar con la &#8220;c&#8221; tan marcada y mordiente como él. De manera que entre nosotros no había amor a primera vista.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 211px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/DePasoPortada.jpg?t=1243765870" alt="DePasoPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Yo era escritor fracasado, no sólo como poeta sino también como reportero, al que El Heraldo obligaba a cubrir la calle durante los movimientos laborales, que abundaban en esos tiempos, en lugar de ofrecerle a su talento una buena mesa de redacción.<br />
Para envilecer más nuestras relacionesa, yo vivía con la ayuda de una muleta de cristal de un litro de contenido, y no desdeñaba la vuelta al callejón de Dolores a sumirme en el sueño dulzón del opio, mientras que el malvado Tampiqueño fumaba habanos, y hasta eso de vez en cuando y con sensación de culpa.<br />
Oí hablar de él y lo vi un par de veces de lejos, siempre de lejos, hasta la huelga del Palacio de Hierro donde la vida, mañosa ella, nos hizo encontrarnos como quienes se enfrentan en una callejuela sin salida ni retornos.<br />
Yo había tomado un taxi pretextando la urgencia y esperando que podría pasar la nota al administrador si los sucesos lo ameritaban. Tenía esperanzas de que la cosa fuera a mayores, y los cegetistas rara vez me defraudaban. Para ellos, la huelga era un combate campal en que se jugaba a todo y a nada el conjunto de la organización. El día anterior me había limitado a meter una gacetilla informando que la huelga había estallado, en los talleres del Palacio de Hierro, por los malos tratos de una capataz contra las costureras. Total, que el día siguiente bajaba del taxi cuando se armaba la trifulca. Los obreros cercaban la negociación y no habían dejado pasar a una docena de esquiroles: la gendarmería llegó con un camión entero y tras ella una bomba de agua que, sin causa extra, se instaló y soltó el chorro contra un grupo de mujeres, que con niños en brazos hacían guardia. Comenzaron a volar las piedras contra los bomberos y el oficial de gendarmes, José Morían, alias el Chato, dio órdenes de hacer fuego contra los huelguistas. Ahí vi al Tampiqueño en acción: se desprendió de los que apedreaban a los bomberos al sonar el primer tiro y se fue con una mano en el bolsillo hacia el teniente que había dado la voz de fuego.<br />
-¿No le da vergüenza disparar contra obreros desarmados? -le gritó y siguió caminando hacia él.<br />
-Las piedras, están tirando piedras&#8230;<br />
-Porque no tienen otra cosa, tarugo.<br />
Y se puso a un paso del teniente que llevaba su mano a la pistolera. El Tampiqueño le tomó la mano con su mano libre, la otra seguía en el bolsillo, y le dijo algo en voz más baja. Los soldados se habían olvidado de los huelguistas, para ver el duelo entre aquel hombre y el teniente. Durante un instante esperé oír el tiro para luego escribir en mi cuaderno de notas cómo un obrero había sido asesinado a sangre fría por un teniente de gendarmería. Nada de eso pasó. Se hizo el silencio. Los huelguistas retrocedieron recogiendo a dos heridos, los bomberos se habían alejado bastante con la pedrea, abandonando su carro-tanque y sus mangueras. El Tampiqueño se separó del oficial y sin darle la espalda se alejó oblicuamente, lo que lo obligó a pasar a mi lado.<br />
-¿Qué le dijo?<br />
Él me miró fijamente.<br />
-¿Para usted o para el diario?<br />
-Para que la curiosidad no me mate.<br />
-Que cómo se atrevía a disparar contra obreros desarmados; que si él era accionista del Palacio de Hierro.<br />
-No, dígame la verdad, hombre.<br />
El tampiqueño se me acercó y mostró la mano que traía en el bolsillo de la americana donde había una 45 amartillada.<br />
-Le enseñé esta hija mía y le juré por su madre, porque la mía ya murió, que se le bajaban los humos o lo enviaba a tocarle el culo a Satanás en el infierno, con tres tiros en la barriga.<br />
Y sin esperar mi reacción se fue hacia un grupo de huelguistas.<br />
Yo respeto el valor, y el Tampiqueño apócrifo me conquistó por eso. Pasaba a segundo lugar el hecho de que durmiera en los bancos del sindicato de tranviarios, el que no poseyera nada, que todo lo tomara prestado y no lo devolviera al que se lo prestó sino al primero que se cruzara en su camino; que se supiera de memoria casi toda la poesía de Góngora y Quevedo, o que hablara inglés, español, francés y turco. Tenía además otra virtud, que no pedía ni hacía favores, imponía a través de sus actos préstamos de libros o pagos de café, el sentido por el que se debía pasear por las calles o las conversaciones que había que tener.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 246px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pacoignaciotaibo.jpg?t=1243766190" alt="pacoignaciotaibo.jpg picture by antoniosarabia" />Aún así, nunca lo hubiera acabado de estimar so no hubiera sido por el tono zumbón con que se retrataba a sí mismo. No el tono con el que yo me trato, que mal oculta el desprecio que a ratos me tengo. Algo diferente, más difícil de explicar.<br />
-Soy un mal personaje, un mal actor de una obra trascendente, amigo. La obra es importante, los actores somos menores, comparsas, titiriteros.<br />
-Usted, y esto es lo que me rechinga, cree en el destino -le decía yo, tirados en el único sillón que había en mi casa, el único respetado por usureros. Un ridículo sillón rosa con botones de nácar incrustados y que tenía un brazo para separar a los dos ocupantes.<br />
-Yo creo que los que construyen las casas no viven en ellas. ¿Es eso un motivo para dejar de construirlas?<br />
-No me haga retórica, pinche gachupín -le decía yo.<br />
-No le rehúya a la fama que trae dentro, pasquinero de mierda -me contestaba.<br />
-Usted anda buscando la bala que lo libre de andar viviendo. Lo suyo es religión, es castigo, es penitencia. Tiene alma de cristiano de los que echaban a los leones.<br />
-yo vine al mundo por amor y por casualidad -me contestaba-. ¿Qué tiene de cristiano creer en la casualidad?<br />
-Los hombres todo lo estropeamos, todo. Destruimos con gracia, pero no sabemos construir -decía yo.<br />
-Usted llega a un puerto y salen de él tres vapores. Usted quiere viajar, quiere moverse, quiere que el mundo y usted sean uno, quiere vivir. Uno de los vapores dice &#8220;A la mierda&#8221;; otro de los vapores dice: &#8220;A la explotación, al engaño, al capital&#8221;; y el otro dice: &#8220;A la revolución social&#8221;. O se queda en el puerto y mira cómo se van los vapores, sabiendo que sus maletas se fueron en uno sin que usted lo decidiera; o bien, escoge y sube.<br />
Y así, horas y horas trenzando metáforas. Nunca trató de convencerme de nada, y cuando estaba a punto, permitía que la duda se reforzara en mi cráneo diciendo:<br />
-A lo mejor usted tiene razón, pero ¿para qué sirve la razón? Estamos hablando de la vida.<br />
Nuestros encuentros eran casuales, accidentales. Una vez tres noches en una semana. Él dormía en mi cama y yo en el horrendo sillón rosa. Otras veces pasaban dos meses y no lo veía.<br />
Una vez se fue después de caminar bajo la lluvia y pedirme prestado un libro. Nunca me lo devolvió.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sales del sueño en medio de los gritos, y saltas del catre con tu pijama de rayas azules y grises, carcelario, y la pistola en la mano, sacada de debajo de la almohada. El suelo está frío. Aun con el mundo de tu alrededor convertido en un carnaval de confusiones tratas de orientarte. De saber dónde estás durmiendo, en qué casa, de saber a dónde dan las puertas, a qué calles&#8230; Porque es obvio que los que te buscan se acercan, no hay duda en esos gritos, y esas órdenes de mando confusas, las culatas de los rifles golpeando la madera de una puerta&#8230; Te pones los zapatos sin calcetines y te cuelgas el otro revólver al hombro después de haber verificado la carga.<br />
-¡Salga de ahí, San Vicente, con las manos en alto!<br />
Hay una ventana, te asomas. A tu espalda suenan disparos que perforan las tablas de la puerta. Primero lo primero: arrojas sobre la puerta un armario de metro y medio, y luego empujas sobre él un catre de lona y un arcón lleno de platos viejos. La ventana. Un primer piso. Asomas la cabeza, los pelos levantados, como si hubieras sufrido un sobresalto. ¿Y qué mierda es esto sino un sobresalto? Los cristales se rompen y un tiro entra por la ventana. La bala se estrella en el techo sacando limpiamente una nube de cal. Con el cañón del Colt destrozas los cristales sobrantes y sueltas cinco disparos en rápida sucesión. Los golpes de la culata astillan la puerta. Saltas por la ventana. Cuando los pies tocan el suelo, pierdes un zapato, sigues disparando, ahora el revólver, hacia dos sombras que se escullen. Recargas a la luz del farol, y luego corres como un fantasma en pijama por las calles empedradas de San Ángel, cantando a voz en grito <em>Hijos del Pueblo</em>, desafinando en la estrofa que dice: &#8220;rojo pendón de la libertad&#8221;. Piensas que sería mejor cantar la <em>Novena</em> de Beethoven en estas particulares y alucinantes circunstancias.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Paco Ignacio Taibo II</p>
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		<title>Elsa Osorio, por fin en Los Convidados</title>
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		<pubDate>Sat, 23 May 2009 10:39:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
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		<description><![CDATA[Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg?t=1243074290" alt="dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg picture by antoniosarabia" />cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café hasta una mesa redonda. Eso acaba de suceder en el XII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón donde pasamos algunas muy agradables jornadas juntos. Elsa es una ávida lectora de Los Convidados, &#8220;los domingos por la tarde en Buenos aires, me dice, antes de meterme en la cama&#8221;, y ya hemos publicado comentarios suyos en una que otra entrada. Hoy la tenemos por fin entre nosotros participando con un excelente relato de su libro <em>Callejón con Salida</em>, que ofrece con muchísimo gusto a los lectores de Los Convidados.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-840"></span>.</span><span style="color: #ffffff;"><br />
</span> SU PEQUEÑO Y SÓRDIDO REINO</p>
<p>Aún le dura la agitación cuando cierra la puerta y se apoya contra ella para recobrar el aliento. Está exhausta por la tensión que le produce caminar bordeando el edificio, esperando la oportunidad de entrar cuando nadie pase por la puerta mientras revuelve en su bolso buscando el llavero, y ese terrible momento en que teme haberse equivocado de llave, que no sea ésa la de abajo, introducirla lo más rápido posible y observar con alivio como gira sin dificultad, atravesar el hall de entrada rogando que el ascensor esté en la planta baja y no deba esperarlo, expuesta al peligro de que alguien entre al edificio, o baje por el ascensor, y la descubra, y ya subiendo, que por favor nadie abra la puerta del ascensor y la sorprenda a ella ahí, tan donde no debe, cruzar el palier a grandes pasos, sin darle el gusto de curiosear a quienquiera que viva en el noveno &#8220;A&#8221; porque la llave ya está preparada para que gire en seguida y la puerta se abra y cierre de inmediato dejándola por fin a salvo. ¿A salvo sólo de las miradas de los otros? ¿O también de todo ese espacio que se extiende detrás de la puerta del noveno &#8220;B&#8221;?<br />
Pero si así, apoyada contra la madera de la puerta, está a salvo, por qué, cuando la agitación va disminuyendo su ritmo, esa ígnea delicia del miedo reptando por su columna hasta ganar el cuello y estallar para expandirse voluptuosamente hacia el cuerpo todo que comienza a vibrar, ahora que camina a tientas hacia la ventana, a temblar, cuando iza la correa de la persiana como en el colegio la bandera, porque ella, la mejor, pero atrás, cuánta violencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 205px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NT139Callejonconsalida.jpg?t=1243074591" alt="NT139Callejonconsalida.jpg picture by antoniosarabia" />El sol avanza sobre su cuerpo, lo entibia y estará iluminando ya lo que aún no ve porque el miedo hace estragos en sus músculos, tensándolos como cuerdas. Gira con exagerada morosidad demorando el instante en que se enfrentará con ese espectáculo al que el sol no perdona detalle, ni siquiera las manchas del parquet que se cuelan con insolencia entre las más dispares superficies.<br />
Es siempre una sorpresa, ya que antes de irse (cumpliendo minuciosamente con las reglas que no sabe quién prescribió) deja caer la sombra sin encender la luz, y por lo tanto, las formas con que juega quedan donde fueron a refugiarse en la oscuridad, en su inútil intento de abolir las discrepancias, entonces ella cierra la persiana y camina hacia la puerta para repetir el rito de la entrada, pero al revés, introduciendo leves variantes.<br />
No conoce esta última imagen que ha forjado antes de irse, embellecida y distorsionada por el paso del tiempo. El té, por ejemplo, que estaba caliente y líquido cuando lo volcó, es una mancha amarillenta, seca y fría sobre ese libro abierto de páginas de papel biblia. Puede imaginar ese chorrear del té en lágrimas sobre las apretadas hojas. Se aventura, en un gesto de coraje, y reconoce el libro llorado: uno de los tomos de Las Mil y Una Noches, y recuerda cuando su papá se lo regaló, hace ya tantos años, la caricia que le hacía antes de dormir al cuero de su lomo, y cuántas tardes, cuántas noches de esa delicia.<br />
«Por suerte no es de Diana», se dice. Y si fuera qué, ¿acaso pensó que debía resguardar por lo menos lo de Diana? No, entonces ¿por qué ahora? Quizás porque acaba de entrar y aún las sogas tironean con fuerza a quien ella es afuera del departamento, la responsable, la discreta, como le había dicho su amiga aquella tarde, antes de emprender el largo viaje. Diana no quería alquilar el departamento porque no sabía cuándo volvería -ni si volvería- y prestárselo a alguien, no sé, imaginarme a cualquiera hurgando mis papeles, encontrando algo inconveniente, o simplemente íntimo, sentándose en mis almohadones, no me gusta. Y ella se había reído.<br />
-Si te lo quedaras vos, que sos tan discreta, yo estaría tranquila. Quedátelo, dale.<br />
-¿Yo? ¿Y para qué lo quiero? Tengo mi casa, mi estudio.<br />
-Para nada. Para descansar, para hacer un alto, para estar sola -había sonreído Diana, guiñándole el ojo-. No viene mal de vez en cuando.<br />
Ella se alzó de hombros, pero ya en aquel momento (y no podía ni sospecharlo) sintió un repentino entusiasmo, una ventana abierta. Aceptó pagar los gastos e ir de cuando en cuando para repasar o para&#8230; &#8220;Para nada&#8221;, le había dicho Diana.<br />
No recuerda cuándo fue por primera vez sin la excusa de pagar alguna cuenta o limpiar un poco, ni cuándo se preparó el primer té, ni cuándo fue dejando algunos libros y una resma de hojas, y algunos cuadernos, el cepillo y su perfume. Recuerda sí aquella tarde en que se le pasó la hora de ir al dentista y no encendió la luz, ni arregló nada porque el jueves o viernes se daría una vuelta y ordenaría todo. Pero el viernes se dijo que faltaba tanto tiempo para que Diana volviera -si es que volvía- que bien podría hacerse otro té, sin lavar las tazas usadas, y abrió otro libro y se olvidó una carpeta.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 266px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Elsa1.jpg?t=1243074803" alt="Elsa1.jpg picture by antoniosarabia" />Fue ese mismo día, o quizás otro, el que echó de menos sus diccionarios, tenía tantos (siempre le gustaron los diccionarios), por qué no dejar algunos allí y después de consultarlos, tirarlos de cualquier forma, total, ya pondría orden la próxima semana.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo desde aquella tarde porque los puchos y los papeles arrugados han desbordado del cesto y se dejan ver sobre el piso, mezclándose con el polvo. Es increíble la cantidad de tierra que puede acumularse en un pequeño departamento, que permanece siempre cerrado, cuando ella no está ahí. ¡Es una ciudad tan sucia Buenos Aires! Y hay quienes dicen que están limpiando no sólo la ciudad, el país entero. Ella puede dar fe, ahora que está mirando el suelo, que entra mucho polvo, tanto que ya no le importa pisar todo con los zapatos, hasta esa costilla mordida que adhiere su grasa a la suela y da unos toques sutiles a ese extraño tapiz que ha ido configurándose, casi sin que ella se de cuenta de su magnitud.<br />
Se coloca en un rincón y lo observa. Ni en la mejor galería de tapices del mundo se podría conseguir uno así, tan variado en colorido y textura y con ese movimiento que los distintos tamaños y formas de libros, almohadones, sillas caídas, frascos, espejos y latas abolladas le dan, convirtiendo el tapiz en una escultura. Es lamentable que sólo pueda gozar de él con la vista.<br />
Se descalza (guarda los zapatos y las medias perfectamente dobladas en el cuarto de Diana) y siente en los pies desnudos el placer de esa obra de arte que ella ha creado, permitiendo a la tierra y a los objetos combinarse al azar. Una maravillosa obra de arte que no podría exponerse en ningún museo, en ninguna galería que la inmovilizara, una obra mutante que va inventándose y recreándose sin cesar bajo sus pies, una obra creada y gozada sólo por ella.<br />
La pisa y la pisa, entusiasmándose con las superficies escabrosas, como la de la lata que amenaza lastimarle la piel y que ella arroja al otro extremo del tapiz, ahora el delicioso cosquillear del papel arrugándose en la planta de su pie derecho, mientras su pie izquierdo se hunde en una colina de ceniza.<br />
Recoge una hoja grande que reconoce como la primera página de un contrato que quién sabe cómo fue a parar ahí; con ella envuelve una esponja, todos los puchos de ese sector, la costilla mordida, y con fuerza, arroja el bollo contra la pared. El miedo da un salto y pega la oreja al muro tratando de descubrir un posible testigo de su violento quebranto, pero nada, ese ruido fue sordo y nadie más que ella sabe lo que acaba de hacer.<br />
Va hasta la cocina, encuentra café preparado, seguramente hace varios días por el color arratonado y desparejo, y con él riega la ceniza que cede fácilmente de la pared.<br />
Es una lástima que su mirada se agote y se abisme en esa imagen que el sol ilumina ahora más apagadamente, generando una belleza nueva, quisiera sentirla en todo el cuerpo, pero no puede acostarse así, vestida como está, sobre todo eso y salir después a la calle desordenada y sucia, con el enorme riesgo que eso conlleva en los tiempos que se viven. Siempre, de algún modo, el afuera logra inmiscuirse para tironearla como hace detrás de la puerta. Por esa razón está allí, para aflojar las sogas en ese paréntesis, para unirse y que poco a poco la tranquilidad la invada.<br />
¿Tranquilidad? Difícil ceñir a una palabra esa sensación tan singular que ella siente, ese bienestar donde corcovea el pánico, ese placer de hacer arte con lo que hay, esa adhesión repulsiva a una hipérbole de desorden en la que se regodea.<br />
Ahora se le precipita la imagen de las corbatas de su papá, colgadas todas a la misma distancia, y los cuellos de las camisas, uno para un lado, el siguiente para el otro y una línea perfecta entre ellos, y el parquet reluciente que su mamá cuidaba con esmero: ni una sola mancha. Y recuerda el disgusto de su papá cuando la veía estudiar a ella, su hija menor, con los papeles cruzados unos sobre otros, y los libros sobre la alfombra. Ella trató de explicarle que, aunque él no lo percibiera, allí había un orden, el suyo, que no lo llamara «tu terrible desorden», sólo por no cumplir con pautas ajenas. Ella ha pasado la vida cuidando el orden hasta la locura, la misma de adentro pero desde el borde, un borde de contornos ebrios. Con el tiempo llegó a acostumbrarse, a tal punto que ahora parece suyo, pero no se engaña, ese orden no es más que una fidelidad a su papá -en verdad la fidelidad mayor es el verdadero orden, el interno- que de todos modos ya no importa porque él ha muerto y ya no hay nada que demostrar. «Para nada», le dijo Diana cuando le dejó el departamento. Nada. Y el que nada no se ahoga. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Nadar.<br />
Nadar porque en el agua los límites se borronean. Desde afuera se percibe un orden de líneas diáfanas, nítidas, tranquilizantes, pero basta sumergirse para penetrar en ese otro orden misterioso de contornos amiboideos y enigmáticos matices. En el borde se nada. Nada para demostrar. Para nada. Nada para. Pero no puede permitirse nadar en su obra con la misma ropa con que enfrenta el mundo de afuera, las huellas, ineludiblemente, la delatarían. Con deliberada morosidad se desviste y extiende la ropa sobre la cama de Diana.<br />
Ahora sí puede sentir en todo el cuerpo esa tierra que ha entrado por la ventana y rodar libremente sobre las manchas del parquet y los papeles rotos, y zambullirse en los diccionarios, tener un contacto directo con las palabras escritas en esas hojas que no lee, que toca, toca con su vientre y ese crisparse del papel con su movimiento la exalta, las palabras adhiriéndose y bailando sobre su piel, mientras su mano acaricia la superficie rugosa de una cáscara de mandarina, y en su hombro, el irreprochable roce de un diario viejo o quién sabe qué porque ha cerrado los ojos para jugar a adivinar la identidad de los misteriosos seres que habitan ese mar: plato, libro, llavero, papeles, semillas. No puede descubrir el origen de la adiposidad que embadurna su muslo derecho, pero ya no le importa porque ha cambiado el juego por otro: extender el brazo, sujetar lo que la mano alcance, revolearlo y dejarlo caer donde la fuerza de su impulso lo lleve, y esta copa que tira con violencia se revela en un alarde de destellos y sonidos agudos al trisarse contra la pared, ella no había previsto este resplandor en el juego, ni tampoco los gritos de los cristales saltando a cualquier lugar, y quizás, más tarde, lastimándola. No. Debe impedir que su sangre roja y viva violente el tono de su obra. Nunca sangre allí dentro.<br />
El miedo vuelve a ganarla, llega en olas, como el mar, y ella las barrena una a una hasta vencerlo. Se reconoce el cuerpo con sus manos, y al llegar a los ojos, los frota del maquillaje que ella usa para hacer frente a la otra selva, la de afuera.<br />
Busca en su bolso el sobre de los cosméticos y se pinta, con gruesos trazos, pestañas larguísimas en sus muslos. Con las sombras logra un efecto sorprendente al cruzarlas sobre su cara y su cuello. Se dibuja rayos de negro sol en su vientre, y con el rouge, grandes labios rodeando el pubis. Vacía el sobre tirando los cosméticos hacia un lado y el otro para integrarlos a los seres que habitan su tapiz-mar. Saca libros de la biblioteca y se acuesta sobre ellos. Silvina Ocampo se le incrusta en la espalda, Manuel Puig le hace cosquillas en las piernas, Gombrowitz se le hunde en los riñones, Cortázar se cuela entre sus piernas, Walsh le duele en el pecho, Fuentes se adhiere a su cintura, Drumond de Andrade le roza la nuca, y repta sobre Bataille o Rimbaud. Entonces comprende que nunca ha leído más que con los ojos y que así, como ahora lo hace, es salvaje el placer del texto, tal vez Barthes mismo sea el que le atraviesa el pecho. Bracea siguiendo el flujo de la marea, se sumerge y vuelve a asomar la cabeza. El trapo y una vieja máquina de escribir se enlazan buscando en el polvo el punto exacto y fatal de encuentro con las hojas muertas de vaya a saber qué libro, qué obra, qué texto, qué placer que les concede la ilusión de moldearse a sí mismos hasta componer ese cuerpo único, poderoso, perfecto, completo.<br />
Ella los socorre con este balde de agua que derrama sobre el tapiz. Las superficies se diluyen. Se deja lamer por la humedad del papel. Aspira el perfume de inmundicias enredándose y mareándola. Avanza al compás de una música secreta, que ahora sabe que es la suya, la que debe desoír afuera. El tapiz la acompaña en un derroche de perfectos roces, de caricias, hasta llegar al centro donde todo se ha confundido, amalgamando sus formas y texturas para recibirla. Ella se entrega, se hace una con su obra, perdiendo los límites del cuerpo, extendiéndolos al infinito en el tiempo y el espacio. Se aturde en el goce fulminante de ese remolino donde su tapiz y ella crean y son creados vertiginosamente.<br />
Y entonces la paz, como una lluvia fina y lenta, expurgándolos, diferenciándolos. El tapiz la mece al ritmo suave de la música. Ella se deja estar allí, disfrutando de esa armonía, de ese orden por fin suyo.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo porque la sombra ha ganado ya el departamento, cuando ella abre los ojos y se levanta.<br />
En el baño se ducha, se seca, se cepilla el pelo, se viste. Cuelga su bolso del hombro y antes de cerrar la persiana, contempla su pequeño y sórdido reino con mugrienta ternura. Cierra la puerta para correr a atender todo el afuera, esas sogas que intentarán despedazarla, pero con más fuerza para resistir el tironeo, más sólida, más limpia.</p>
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