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	<title>Los Convidados &#187; Rosa Montero</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Daniel Mordzinski, fotógrafo entre escritores (1)</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 16:25:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Daniel3.jpg?t=1217779001" alt="Daniel3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Fotógrafo entre escritores&#8221; es el título de la exposición con la que la Casa de América celebra y rinde homenaje a los treinta años de trabajos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al público del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, España, la muestra reúne una amplia, singular y soberbia, colección de retratos de los más notables autores de la lengua española.<br />
Nosotros queremos unirnos al acto dedicando a Daniel un par de entradas que ilustraremos con algunas de las fotos que se están exponiendo en Madrid. Para introducir la primera he seleccionado varios fragmentos del hermoso texto con el que Rosa Montero participa en el catálogo de la exposición. La segunda lleva como prólogo el final de un capítulo de E<em>l Refugio del Fuego</em>, el libro de viajes que narra mis dos expediciones con Mordzinski a las laderas del Volcán de Colima, en Jalisco, México, en una de las cuales Daniel me contó una anécdota de infancia en la que tal vez esté el germen de su vocación de fotógrafo.<br />
Comencemos con <em>La huella transparente de las palabras</em>, las lúcidas consideraciones de Rosa Montero al contemplar las fotos:<br />
<span id="more-54"></span>&#8220;Pura vida quieta, atravesada por la mirada de Mordzinski, como una mariposa pinchada sobre un corcho&#8221; (&#8230;) &#8220;Mujeres y hombres, jóvenes y viejos. Algunos ya han muerto, pero sin duda queda un pellizco de su alma atrapado en la fotografía de Mordzinski&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mendinueta_84072.jpg?t=1217779822" alt="Mendinueta_84072.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Y es que Daniel busca con sus ojos, con su cámara, esa dimensión especial de las cosas que los creyentes llamaron alma. Me refiero al aliento invisible de la vida, al vértigo del tiempo que se escapa, a esa aguda conciencia del ser que a veces tenemos cuando de pronto, en un instante, somos capaces de sabernos vivos&#8221; (&#8230;) &#8220;O quizá ese aire al mismo tiempo transparente y denso que llena cada foto sea el rastro que dejan las palabras no dichas. Las palabras pensadas, soñadas. El mero deseo de las palabras&#8221; (&#8230;) &#8220;Yo no recuerdo que pensé cuando Mordzinski me fotografió. Paseamos una mañana ventosa por Gijón, y el saltaba a mi lado, pelirrojo y flaquito, sonriente y callado, tan atento como un gorrión callejero que espera a que dejes de mirarle para lanzarse como una flecha sobre la miga de pan abandonada. Es decir, espera a que te abismes en ti misma, a que sientas la vida y el tronar del mundo, a que te envuelvan blandamente las palabras no dichas como el humo envuelve al fumador. Y entonces dispara. Es un gran fotógrafo, este Mordzinski&#8221;.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jose-agustin-.jpg?t=1217778700" alt="jose-agustin-.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p style="text-align: left;">                                                                                                                      José Agustín y su esposa Margarita</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto10.jpg?t=1217780386" alt="Foto10.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Santiago Gamboa, Luis Sepúlveda, Anne Marie Métailié, Hernán Rivera Letelier, Antonio Sarabia y Mario Delgado Aparaín</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mateo_Sagasta_3874.jpg?t=1217780624" alt="Mateo_Sagasta_3874.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Alfonso Mateo-Sagasta</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mestre_9846.jpg?t=1217780034" alt="Mestre_9846.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p> </p>
<p>                                                                                                        Juan Carlos Mestre</p>

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		<title>Rosa Montero</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jun 2008 23:41:00 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no sólo porque es alguien muy cercano, íntimo y querido, a quien profeso un afecto entrañable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no sólo porque es alguien muy cercano, íntimo y querido, a quien profeso un afecto entrañable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene las ideas muy claras y sabe sostenerlas en todos los terrenos.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGgfkFDL3FI/AAAAAAAAAb8/hp-0ulM-QoU/s1600-h/RM+y+AS.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5217454873000008786" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGgfkFDL3FI/AAAAAAAAAb8/hp-0ulM-QoU/s320/RM+y+AS.jpg" border="0" alt="" /></a> Su sensibilidad literaria y humana la hacen poner siempre la pluma al lado de las causas más nobles y altruistas. Le tengo tal familiaridad y confianza que es una de las pocas personas de las que abuso enviándole mis manuscritos antes de publicar, porque sé que de ella obtendré una opinión leal y desinteresada de quien conoce el oficio y no vacilará en indicarme, con infinito tacto y perspicacia, lo que considere errores y aciertos. Cenamos hace un par de semanas con motivo de la feria del libro en Madrid, donde ella presentaba su más reciente novela, <span style="font-style:italic;">Instrucciones para Salvar el Mundo</span> (Alfaguara 2008) y le pedí esta colaboración para <span style="font-style:italic;">Los Convidados</span>. Se trata de un texto suyo que me conmovió particularmente cuando lo leí porque narra una anécdota muy personal sobre la que yo le había oído hablar muchas veces y que nunca pensé que pudiera poner por escrito. Lo hizo, y de manera magistral como es su costumbre. Lo tomo, con el expreso consentimiento de la autora, de su libro <span style="font-style:italic;">Lo Mejor de Rosa Montero</span>, (Espejo de Tinta, España 2005). Aquí está, para ustedes.</p>
<p> <span id="more-39"></span></p>
<p>SUERTE, PAPÁ</p>
<p>Supongo que mi hermano también debía de estar presente en aquellas extrañas tardes en casa de la abuela, pero por más que intento acordarme de él no lo consigo. En mi memoria sólo estamos nosotras, las mujeres, un gineceo que resulta de lo más adecuado para realzar la figura de nuestro hombre. Mi abuela paterna, anciana y enlutada; mi tía Mercedes, viuda; mi tía Conchita, soltera en una época en la que todavía existían las solteronas; mi madre, tan guapa y tan esbelta y mucho más joven de lo que yo soy ahora; y yo, con cuatro o cinco años. Y en el centro de este coro femenino, el protagonismo fulgurante de mi padre.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyoQLr5r4I/AAAAAAAAAcs/UPYqmv9XD8c/s1600-h/Toros.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218731064183861122" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyoQLr5r4I/AAAAAAAAAcs/UPYqmv9XD8c/s320/Toros.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Mi padre era torero profesional. Cuando toreaba en Madrid, siempre iba a vestirse a casa de su madre. Subíamos andando por Reina Victoria con el hato del traje de luces bajo el brazo y, una vez en el piso de la abuela, mi padre se metía en el cuarto de baño ataviado de simple mortal y salía transmutado en un personaje fabuloso, todo brillos y sedas y diamantes. Un príncipe de cuento que además se dedicaba a algo muy raro y muy peligroso, algo que yo no sabía bien lo que era pero que, según me habían contado, exigía un indecible valor y era extremo y hermoso. Luego, con el tiempo, milenios después de todo aquello, crecí y comprendí que a mí no me gustaban las corridas de toros, que me parecían demasiado brutales; pero por entonces, en el ambiente taurino y desde dentro, yo sólo percibía una especie de romanticismo legendario, la proeza del reto, el coraje de afrontar el beso de la muerte cada tarde. La costumbre, que es una clase de ceguera, hacía que nadie fuera consciente del nivel de violencia. De hecho, mi padre siempre fue un apasionado amante de los animales. Así de complejos somos los humanos.<br />
El mundo de los toros es muy ritualizado y todas aquellas tardes eran exactamente iguales unas a otras: la hora de llegada a casa de la abuela, la tensión que se palpaba en el ambiente, el encierro en el cuarto de baño, la asombrosa mudanza a un padre relumbrante, las últimas palabras que yo debía decirle antes de que saliera por la puerta, “suerte, papá”, exactamente eso y sólo eso, una fórmula fija a modo de conjuro o de encantamiento, porque la costumbre supersticiosa manda despedir así a los toreros que se van a la plaza, <span style="font-style:italic;">suerte, maestro</span>, esas deben ser las últimas palabras que les diriges, de manera que <span style="font-style:italic;">suerte, papá</span> <a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyo1VykwsI/AAAAAAAAAc0/jcXNsLd2a0U/s1600-h/Buena+1.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218731702551364290" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyo1VykwsI/AAAAAAAAAc0/jcXNsLd2a0U/s400/Buena+1.jpg" border="0" alt="" /></a>fueron las primeras palabras que me enseñaron a balbucear cuando era niña. Y, al decirlas, yo sentía que le estaba protegiendo con mi hechizo verbal de los graves peligros que le acechaban.<br />
Entonces, cuando mi padre se iba envuelto en el chisporroteo de su traje mágico, el gineceo regresaba por el oscuro pasillo hasta la sala. Y ahí empezaba nuestra parte en la gesta, nuestro humilde papel de mujeres en la retaguardia: nos sentábamos en círculo y rezábamos un rosario tras otro rogando la intercesión de los poderes divinos para la protección de nuestro hombre. Ahora que lo pienso, también el rosario era un sortilegio oral, un modo de ampararlo con palabras. Las mujeres hablando, los hombres ejecutando silenciosos actos de muerte y de sangre.<br />
Cuando vuelvo la vista tan atrás siento la misma extrañeza ante aquel mundo que si estuviera contemplando un paisaje lunar. España ha cambiado de manera tan abrupta y vertiginosa en las últimas décadas que la vida de mi infancia me resulta estrambóticamente arcaica, una antigualla polvorienta en la que es difícil reconocerse. Recuerdo, por ejemplo, que en la habitación siempre había una capillita itinerante. Estas capillas, que eran unas cajas de un metro de altura en madera barata, labradas en estilo seudo gótico y con puertecitas practicables, albergaban la imagen en escayola coloreada de una Virgen, o del Corazón de Jesús, o de algún santo. Las más modernas tenían bombillas por dentro, pero lo importante era encender a los pies de la figura tres o cuatro lamparillas votivas, humildes y medievales lamparillas de aceite, con el pabilo flotando sobre la grasa. Las capillas eran llevadas de casa en casa por un propio, que cobraba una módica suma por dejar la imagen prestada durante algunos días. Naturalmente, cada vez que mi padre toreaba en Madrid, la abuela contrataba su hornacina y su santo.<br />
Nos pasábamos la tarde en la penumbra, porque por entonces, en el Madrid sin aire acondicionado, se huía del sol en los veranos. Con la persiana medio bajada, rezábamos al unísono mientras las llamas temblorosas de las lamparillas hacían bailar las sombras. Apenas quince años después yo me convertiría en una <span style="font-style:italic;">hippy</span>, llevaría espeluznantes minifaldas y camisas transparentes de flores, asistiría a conciertos de rock, fumaría porros y compraría la píldora clandestinamente en las farmacias <span style="font-style:italic;">progres</span> durante los últimos estertores del franquismo, pero por entonces todavía habitábamos en un mundo inmóvil y vetusto de mujeres enlutadas, santos de escayola y rítmicos susurros en latín. <span style="font-style:italic;">Mater Amantísima, Ora pro Nobis</span>. Y así iba pasando la tarde, hora tras hora. Las densas y lentas tardes de la infancia.<br />
Hasta que al fin, ya con el sol muy bajo, las cosas empezaban a salir de su letargo. La abuela verificaba la hora y guardaba el rosario: “Ya debe de haberse terminado”. Era el momento de recurrir a la tecnología puntera, que consistía a la sazón en una pequeña radio de baquelita de color vainilla y fresa, igual que un helado.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGghlKrbexI/AAAAAAAAAcU/mMLG4RnM4ZY/s1600-h/rosamontero+4.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5217457090714106642" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGghlKrbexI/AAAAAAAAAcU/mMLG4RnM4ZY/s320/rosamontero+4.jpg" border="0" alt="" /></a> Mis tías encendían respetuosamente el aparato, cuyo dial se iluminaba con un fulgor mortecino y amarillento, semejante a la luz de las lamparillas. El cuarto se llenaba con los chisporroteos estáticos, esos ruidos radiales antes tan comunes y hoy olvidados, mientras las tías buscaban la emisora adecuada. Al cabo recalaban en algún programa de toros, en el que un comentador daba el parte de la corrida. Un informe que se escuchaba casi sin respirar, con una atención intensa, sobrecogida. Incluso yo permanecía petrificada, prendida de la voz del hombre, aunque no pudiera desentrañar su argot taurino ni comprender lo que decía. Hasta que el <span style="font-style:italic;">parte</span> se acababa y todo el gineceo rompía a hablar al mismo tiempo: menos mal, estábamos de suerte, no había sucedido nada malo.<br />
Entonces se decían unas cuantas oraciones, algo muy cortito, sólo en acción de gracias por el apoyo que la divinidad había prestado a nuestro hombre, y mi madre suspiraba aliviada, sin duda por el buen resultado de la corrida, pero también, me parece, porque lo de pasarse la tarde rezando siempre le resultó un fastidio. Y ahí daba comienzo lo mejor de todo. Como el sol ya había caído y la tarde veraniega empezaba a refrescar, se levantaban las persianas y una luz alegre inundaba el cuarto; y a mí se me permitía sentarme en el alféizar de la ventana, con las piernas metidas a través de los barrotes y colgando por fuera, a esperar la llegada de mi padre. Era un primer piso, de manera que mi posición de vigía era inmejorable. Conservo una foto de aquella época, tomada en una finca de toros bravos. Mi padre está vestido de corto, distraído y mirando para otro lado; yo, en cambio, miro a cámara derretida de orgullo y embeleso filial. Con parecido orgullo debía de aguardar su llegada; y con ese mismo y acaparador embeleso debí de borrar de mi memoria la figura inevitable de mi hermano.<br />
Al cabo, tras la deliciosa angustia de la espera, se detenía a mis pies el enorme coche negro de los toreros. Mi padre descendía sujetando el capote bajo el brazo, miraba hacia arriba y nos sonreía. A estas alturas ya estábamos todas apretujadas dentro del marco de la ventana, con la emoción yo ni me daba cuenta, pero ahí estaban ellas pegadas a mi espalda, mi madre, mi abuela, que moriría cinco años después al caerse por las escaleras, y mis tías Mercedes y Conchita, que envejecerían hasta convertirse en dos ancianas y luego también fallecerían. Todas saludaban calurosamente a mi padre, que venía del peligro y del dolor, que llegaba (esto era lo que más me sobrecogía, lo que más me chocaba) con la pechera manchada de sangre seca, sangre tiesa y marrón del pobre toro. El gineceo en pleno, en fin, recibía al héroe con feliz alboroto, pero yo sabía que él sólo me sonreía a mí, porque yo le había salvado con mis palabras mágicas de la mala suerte y de la mala muerte. Esa mala muerte que terminó atrapándole cuarenta años después (enfisema, botella de oxígeno, silla de ruedas), cuando mis palabras se hicieron tan adultas que perdieron sus poderes protectores. Aquella casa de mi abuela estuvo deshabitada durante algún tiempo y al cabo la compró un desconocido. A menudo paso con el coche por delante, pero las ventanas siempre están cerradas.</p>

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