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	<title>Los Convidados &#187; Premios literarios</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>

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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 18:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947). El Giuseppe Acerbi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra <em>Final de Novela en Patagonia</em> de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 212px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mempo1.jpg?t=1247421583" alt="Mempo1.jpg picture by antoniosarabia" />El Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el público. Cada año, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo académico la selección de cuatro títulos de la literatura de un país y el galardón es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.<br />
Mempo Giardinelli recibió la notificación oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela <em>Finale di Romanzo in Patagonia</em>, de la casa editora Guanda de Milán, &#8220;había suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/13_elsa-osorio-1.jpg?t=1247431144" alt="13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabia" />En Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos llegó una rectificación. Resulta que por error se envió el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien también era finalista con la novela <em>Cielo de Tango</em>, y durante un par de días nadie pudo entender qué pasaba. Finalmente llegó la aclaración de los organizadores: el Premio Acerbi de este año a la literatura argentina corresponde a la novela <em>Cielo de tango</em> (<em>Lezione di tango</em>), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a <em>Final de novela en Patagonia</em> (<em>Finale di romanzo in Patagonia</em>), de Mempo Giardinelli.<br />
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de <em>Cielo de Tango</em>. Hasta entonces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1030"></span></span><br />
11. TANGO POSMENEMISTA EN COMODORO</p>
<p>El camino hacia el Sur no es otra cosa que esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra. Cada tanto el coche cae en un valle; cada tanto hay que remontar una sierra modesta. Pasa uno que otro camión, algún coche, pero durante largos minutos lo único que cruza el mundo somos nosotros y el pequeño coche rojo en el que viajamos. A los lados, tras las alambradas se ven muy pocas ovejas y algunos esporádicos grupos de ñandúes o de guanacos pastando. Estos últimos, especialmente, impresionan por su porte entre elegante y aburrido. Como todos los camélidos, tienen las patas muy delgadas y el cuello enhiesto. En la Patagonia se los ve siempre hermosos, magníficos a la distancia, con esa extraña apariencia distinguida que mezcla lo aristocrático y lo salvaje. Desconfiados y homofóbicos, huyen siempre, guiados por una impulsiva inteligencia primitiva.<br />
Durante horas recorremos el monótono, interminable camino recto que lleva al fin del continente. Pasamos velozmente por el costado de Trelew, vemos Rawson a lo lejos, no nos tentamos con la entrada a Gaiman ni a Sarmiento, ni a los Bosques Petrificados, que decidimos visitar al regreso. Ahora seguimos nuestro camino en línea recta, como se sigue un destino inexorable.<br />
Luego de varias horas de marcha, aburrida y plana, horas en las que no cruzamos ni un pueblo, de pronto empezamos a ver una serie de carteles a la vera del camino, como flacos escuderos del desierto que avisan que hay una población cercana y que es importante. Se anuncian hoteles, restaurantes, servicios. Comodoro Rivadavia se empieza a sentir en el aire desde varios kilómetros antes. No es la capital de la provincia, pero es la ciudad más grande e importante de Chubut, verdadera antesala de la estepa santacruceña.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia3.jpg?t=1247422125" alt="Patagonia3.jpg picture by antoniosarabia" />Es la ciudad donde vivió David Aracena (1914-1987), uno de los cuentistas más interesantes de la región. La misma del filme &#8220;Mundo Grúa&#8221;, de Pablo Trapero. Tiene unos 125.000 habitantes y ha sido por décadas la cabecera de YPF y el mayor centro petrolero nacional. También centro de corrupción e ineficiencia, hoy languidece industrialmente, como todo lo que la globalización se llevó.<br />
Esa noche hemos decidido regalarnos un tradicional cordero patagónico, y escogemos una parrilla de muy buen ver, en la zona portuaria. Nos sirven trozos asados, ensaladas y vino, y empezamos a sentirnos reconciliados con el viaje, el cansancio, el sueño que avanza porque mañana nos espera un tirón largo: intentaremos llegar hasta Río Gallegos en una sola etapa.<br />
A los postres, y como hemos estado dándole charla y alabado reiteradamente sus dotes de asador, el parrillero abandona las brasas donde toda la noche ha estado trozando y asando corderos y se acerca a nuestra mesa. Chupado de carnes, de cuerpo largo y flaco, canoso y arrugado, escucha nuestros últimos elogios a la delicia que preparó pero sin darles mucha importancia. Enjuto y disfónico, este hombre que aparenta muchos más años que los escasos cincuenta que declara, tiene muchas ganas de hablar. Típico joven de los ‘70, acaso ex montonero o militante de las juventudes peronistas, o quizá de pasado anarquista pero seguramente disconforme y rebelde, ahora se lo ve completamente manso y más bien triste. Fuma un Imparciales tras otro y tose cada tanto.<br />
-Ah, si yo les contara mi historia -amenaza después de saludar y pedir permiso para charlar, evidentemente saliéndose de la vaina por contarla.<br />
Un suave &#8220;adelante&#8221; lo embala. Pone primera y se lanza:<br />
-Yo vine hace ya varios años, y la verdad es que el motivo fue que me dejó mi mujer. Me la sopló un amigo, caray, uno de toda la vida. Increíble, ¿no? Y a ella no sé qué le pasó, aunque hoy la entiendo: yo no la tenía bien y la pobreza es canalla, amigo&#8230; Pero lo peor son los años que llevo sin ver a los pibes. Tres, y eso es lo que más me duele. Ni nos escribimos. Se pusieron del lado de la vieja, y uno, experto perdedor de altura, se la tuvo que bancar. Algun día van a entender. Espero, aunque no estoy tan seguro. Bueno, no estoy seguro de nada, ni de mi nombre, que en este caso es irrelevante. Puede llamarme Lito, si quiere, total&#8230;<br />
En la historia de Lito se cruzan la impreparación de una clase media que se imaginó eterna y satisfecha para siempre, los sueños desmesurados de una generación idealista, la decadencia de un país de indolentes y la crisis de un mundo que cambia valores por efectos. Lo miro hablar y me recuerda al Gordo Villanueva, un amigo de la infancia que en el Chaco siempre se mantuvo al margen de la política, tuvo un par de empresas de escasa fortuna, tocó la guitarra y cantó los mismos temas toda su vida, y ahora vende hamburguesas y es servicial y bueno como un pan pero tiene encima una tristeza tan grande que espanta.<br />
Lito termina su soliloquio -en realidad un tango patagónico- y acaba hablando de la península. Es que la gente en la Patagonia tiene una intensa necesidad de hablar. De sus vidas, de su ambiente, de lo que hacen. Tienen una insaciable, perentoria necesidad de ser escuchados. Y casi siempre se ven compelidos a justificar su presencia allí, como si cada uno debiera delinear el espacio que ocupa en la inmensidad:<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 215px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia4.jpg?t=1247422515" alt="Patagonia4.jpg picture by antoniosarabia" />-La Patagonia es una cárcel abierta -define Lito-: uno está en libertad pero no se puede mover. Yo me quisiera ir cuanto antes, pero, no sé por qué, me voy quedando. Digo que me voy, pero me quedo. Y me hago mucha mala sangre porque acá la gente no quiere laburar. Disculpe si suena reaccionario, pero es así. Duermen la siesta si es verano, porque hace calor; y duermen la siesta si es invierno, porque hace frío. Nadie trabaja en serio, y entonces yo me siento un idiota y no veo la hora de irme&#8230; A Mar del Plata, aunque dicen que ahora también allá está brava la cosa, ¿no?<br />
Se sienta, confianzudo. Ya no quedan clientes en el restaurante, uno de los tantos que se abrieron en los años de bonanza petrolera en Comodoro. Como casi todos, tiene un nombre que evoca ballenas, orcas, pingüinos o lobos marinos. Fuma otro pucho, melancólico, acepta el café con que lo invitamos y narra la historia de la mujer que lo tiene así. Un tango, ni más ni menos, aunque en plan fantástico.<br />
-Mina brava, Alma Delia -declara-. Ya era rara desde el nombre, como esos de las telenovelas venezolanas de ahora, ¿vio? Primero nos salió a todos con que se embarazó virgen. Así como lo oye. Era de una familia muy religiosa, típica de clase media baja, bien chupacirios. Y le creyeron a la chica, cómo no, si ella juraba y rejuraba que no había tenido relaciones con el novio, o sea yo. Entonces la abuela, como al pasar, dijo que habría sido el Espíritu Santo. Nadie supo si lo dijo en serio o en broma, la vieja, pero todos se engancharon con la fantasía. Incluso este servidor. Porque yo no la había tocado, digamos, en lo sexual. Uno que otro beso de zaguán, como se hacía antes, un franeleo de cocina y nada más. Yo era pibe y habré sido gil, también, pero el caso es que la quería. Y me casé con ella y viera cómo lo quise al pibe, fuera hijo del Espíritu Santo o de Magoya. Después vinieron dos más y yo creo que fuimos felices. Un tiempo, digo, o a lo mejor fue todo pura ilusión. Quién sabe. Hasta que vino la noche.<br />
Carraspea, chupa el cigarrillo hasta que la brasita arde como una culpa y concluye:<br />
-Y la noche, mi amigo, tiene nombres: el de Alma Delia en brazos de un traidor; y el del Turco hijo de su madre que prometió Revolución Productiva pero rifó el país y pudrió la moral.<br />
En ese momento entra un grupo de japoneses. Son como veinte y llegan como llegan ellos: llenos de cámaras y sonrisas. Un guía que los trae de quién sabe dónde ruega que se les prepare algo de comer. Lito se hace rogar unos segundos y luego declara que no hay más cordero por esa noche, salvo unos restos que, si les gusta, se los escabecha en segundos&#8230; Y enseguida se dirige a la cocina donde ordena minutas y ensaladas. Cuando regresa junto a nosotros, que nos aprestamos a salir, nos guiña un ojo, juguetón, y dice:<br />
-La Argentina es un país maravilloso, viejo. Ni gente como nosotros seremos capaces de echarlo a perder del todo. ¿No ve que acá siempre se inventa algo de comer?<br />
Salimos a la calle y andamos bajo el viento frío que viene de la bahía. Algunas luces se reflejan arriba, sobre Comodoro, que a esa hora es un interrogante negro. Pensando en Lito, o como se llame, me viene a la memoria una frase maravillosa de Elías Canetti en El suplicio de las moscas: &#8220;Aunque esta vida fuese aún más humillante, tampoco renunciaría a ella&#8221;.<br />
Fernando me pregunta cuál creo yo que podría ser la más fuerte representación poética de la noche. Coincidimos en escoger la metáfora de Borges: &#8220;la unánime noche&#8221;. Con un solo adjetivo la define inmensa, eterna y absoluta.<br />
Sé que esa noche soñaré algo que ya soñé otras veces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>16- 45 AÑOS NO ES NADA</p>
<p>Seguimos viaje y el paisaje vuelve a ser, como siempre, solamente piedra, viento, nada. Lo que empieza a impresionar, por estos rumbos, es el tamaño de la monotonía. Muchos cientos, casi dos mil kilómetros lineales y todo es igual: árido, ondulado, inmensurable.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia2.jpg?t=1247422737" alt="Patagonia2.jpg picture by antoniosarabia" />El paisaje se corresponde con este viento inclemente que de pronto sacude al cochecito, que en un segundo lo contraría todo, que dificulta el crecimiento de los árboles y de la vegetación y que incluso seca en el acto la lluvia que cae, cuando cae. Porque la lluvia patagónica es como un capricho, un raro empeño atlántico o andino, según de dónde venga, que inexorablemente terminará sometido por el viento. No se ve a nadie, ni un gaucho, ni un rebañito de ovejas, ni un casco de estancia. Todo en el paisaje es esa brutal inmensidad gris, y todo es piedra, viento, nada.<br />
Después de varias horas paramos en Puerto San Julián. Es un pueblo simpático, más armonioso que Caleta Olivia y un poco más limpio. Desandamos toda la larga avenida principal y llegamos a la ría, que es preciosa, para almorzar mirando las gaviotas. Hay allí un par de viejos barcos sobre la costa, colocados a modo de monumentos históricos, de cuando este pueblo tenía una industria pesquera en desarrollo. Aquí hubo una planta frigorífica de la empresa Swift, que fue instalada en 1909 para enviar carne ovina en latas a Inglaterra y Europa. Llegó a faenar unos 240.000 animales por año y fue clausurada en 1963, o sea -podría pensarse- en los amaneceres de la globalización. Estos barquitos están pintados uno de amarillo y el otro de azul, ambos colores muy estridentes, como si el pintor hubiese sido un hincha fanático de Boca Juniors. O un nacionalista sueco. Frente al Club de Pescadores y donde empieza la costanera, el sitio sería muy agradable si no fuera que lo echa a perder, como a todo en la Patagonia, el viento. Es un condenado viento que no deja nada quieto, tiene la tenacidad de los necios y para colmo es antárticamente frío. Nos lo bancamos porque es el mediodía y hemos decidido obsequiarnos un picnic disfrutando del paisaje de gaviotas y de patos que vuelan en gordas bandadas sobre la ría.<br />
De pronto se nos acerca un hombre mayor, elegantemente vestido, con una formidable cámara fotográfica. A mí se me hace vagamente conocido, como si en otros tiempos, en algún lugar o en otra vida, lo hubiese visto. Nos pregunta si no ha venido el lanchero. No, no tenemos ni la menor idea. El hombre menea la cabeza, de cabellos blancos tupidos, y dice que lo va a esperar igual. Nos mira comer y lo invitamos con un poco de pan y paté. Él niega con la cabeza y agradece, de lo más formal, pero no se va. &#8220;Zás, me digo interiormente, otro que no puede contener sus ganas de hablar&#8221;. Así que le tiro de la lengua apenas un poquito, casi profesionalmente, y el hombre se derrama:<br />
-Hace 45 años que me fui de este pueblo -dice- y nunca más volví. Hasta ahora. Y estoy tan impresionado que no lo puedo creer. Llegué hace dos días y no hago otra cosa que caminar. Ahora quería dar un paseo por la ría pero el lanchero no aparece. ¿Seguro que ustedes no lo vieron?<br />
Le juramos que no. El hombre recorre la costanera con la vista. Parece desolado, pero ya no puede parar:<br />
-Mi vieja era de Salta y mi viejo de Buenos Aires. Éramos muy pobres y yo apenas hice la primaria, y encima incompleta. Y después un día me subí a un barco y me fui a ver cómo era el mundo, y no me importaba nada de nada porque sentía que detrás de mí no quedaba nada&#8230;<br />
Sólo entonces advierto que habla un castellano medio duro, como desgastado. Y aunque su rostro se me hace conocido, no consigo ubicarlo en mi memoria. El hombre me pregunta si acaso yo lo recuerdo. Entonces exprimo quién sabe qué neurona y creo descubrirlo.<br />
-Usted -le digo lentamente, tanteando para no ofender- es uno de aquellos marineros argentinos que se quedaron varados en Hamburgo hace un montón de años, ¿verdad?<br />
-Me recuerda -afirma con la cabeza, contento como un chico, y se le iluminan los ojos.<br />
En efecto, hace unos diez años, durante una conversación circunstancial después de una conferencia en la Academia de las Artes, de Hamburgo, se me acercaron cuatro compatriotas de hablar alemanado y me contaron una extraña historia. Marineros rasos de un carguero argentino, al enterarse de un golpe de estado en Buenos Aires decidieron quedarse un tiempo en Alemania. Aquella vez, atropelladamente, entre los cuatro me contaron una historia tan triste y tan argentina como corriente: uno de ellos sabía cantar tangos, otro tocaba la guitarra y un tercero el bandoneón, de modo que ahí nomás armaron una especie de murguita viajera y el cuarto hacía de representante. Nunca salieron de Alemania porque no tenían documentos, que quedaron en el barco, y terminaron siendo trabajadores ilegales por décadas, una verdadera familia. Fueron envejeciendo juntos y cuando yo los vi estaban pensando en volver, por eso habían empezado a acercarse a las actividades de los argentinos que pasaban por Hamburgo. Yo sabía que más o menos como la de ellos habría sido la suerte de tantos argentinos varados en Europa por diferentes circunstancias. Nadie sabe lo que le depara la vida, pero nosotros, los argentinos, ya sabemos que ese enigma suele ser uno de los disfraces que utiliza la desdicha para hacerse soportable. Y la historia de estos hombres era una de tantas. Aunque lo que más me había impresionado, aquella vez, fue una frase de esas que miden el tiempo de modo tan sencillo como impactante:<br />
-En más de treinta años nunca volvimos. Ninguno de nosotros.<br />
Ahora, gaseosa en mano, mi curiosidad resulta vencida por el temor de preguntarle por los otros tres. Pero él se adelanta a mi interrogante.<br />
-Soy el único que queda -dice, como sin emociones-. Por eso me dije que ya era hora. Hace 45 años que me fui y no me quería morir sin volver.<br />
-¿Y ahora qué hace?<br />
-Pude arreglar mis papeles y estoy jubilado. Y un poco solo.<br />
Busca con la mirada al lanchero, que evidentemente no viene. No hay nadie más que nosotros en el gélido mediodía de Puerto San Julián y a mí se me hace que si nos vamos ese hombre terminará destruido, se va a desintegrar como un castillo de arena. Alguien debería hacer algo por él. Pero lo único que hacemos es silencio, mientras el tipo fotografía unos patos que pasan bajito como por no quedarse quieto y yo no me atrevo a meterme en su intimidad. Ha de ser un infierno de tristeza y no me autorizo la canallada de urgar allí. El hombre se da cuenta, acaso lo agradece, y entonces se desvía:<br />
-Cómo ha cambiado San Julián&#8230; Usted no se imagina lo que era esto cuando yo era chico. Ahora por lo menos hay pavimento y esta costanera no está nada mal. Se ha modernizado.<br />
-¿Tiene parientes aquí, todavía?<br />
El hombre, distraidamente, toma una foto de la costanera con un teleobjetivo que parece un cañón.<br />
-No, ni parientes ni amigos. Ahora no conozco a nadie. 45 años es demasiado tiempo&#8230; Lo único que tengo aquí son recuerdos. Pero todos lindos. Y eso es un verdadero tesoro, ¿no cree?<br />
Por supuesto, acordamos, por supuesto. Entonces él saluda y se va caminando por la costanera. A los pocos metros se da vuelta y me grita, sonriente:<br />
-Si quiere, un día de estos le cuento alguno, ¿eh?<br />
El viento parece haberse calmado un poco y yo sé que esa noche voy a soñar un sueño que ya otras veces he soñado. Solo y en calzoncillos, pero con mi billetera y un escapulario en la mano, camino agitado por el barrio porteño de Pompeya. No sé adónde voy ni quién me persigue, pero debo huir. Arrojo la billetera a un tacho de basura, tiro el escapulario en un zaguán entreabierto y corro. No hay autobuses, no paran los taxis, empiezo a desesperarme y entonces me despierto.</p>

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