El ajedrez en la literatura
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura argentina, Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporánea, Poesía hispanoamericana contemporánea, Poesía portuguesa contemporánea, traductores
El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago Gamboa, íbamos por las noches al acogedor bar del hotel Ritz, el Hemingway, donde entonces había instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ahí jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y él cierta bebida exótica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero había ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomodábamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repetía una frase que se ha hecho célebre entre los dos: “¿cómo quedamos la última vez… dos a uno, verdad?”.
Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasión por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poesía, hasta se entretenía componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eterónimo Ricardo Reis, me encontré con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduciéndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez algún lector portugués me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice E o de marfim peão mais avançado / pronto a comprar a torre, ¿Qué significa en portugués, en términos ajedrecísticos comprar a torre? Yo tuve la opción de traducir listo a tomar la torre, pero pensé, mala intución tal vez, que como era el peón más avanzado estaba a punto de llegar a la última hilera y convertirse en torre. Cualquier aclaración al respecto será más que bienvenida. Se me ocurre publicar la traducción ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le podía considerar un verdadero fanático del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la página. Lee el resto de esta entrada »
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Escrito por: Antonio Sarabia en Poesía hispanoamericana contemporáneaSi abril es el mes más cruel, como afirma T.S. Eliot, este año marzo no le va a la zaga. Durante sus días se extinguieron dos de las voces femeninas más importantes de lo últimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contemporáneas una de otra, ambas nacidas en países vecinos de Sudamérica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo número de libros de poesía: ocho cada una.
Blanca Varela (Lima, Perú, 1926-2009), estudió letras en la Universidad de San Marcos donde conocería a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colaboró en la revista Las Moradas que dirigía Adolfo Westphalen y en 1949 emigró a París. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los círculos intelectuales del París de finales de los cuarentas y la década de los cincuentas. De ahí su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.
Paz prologó, además, el primer poemario de Blanca Varela Ese Puerto Existe. Por cierto que el título original de aquella obra era Puerto Supe. Al poeta mexicano el título le pareció deleznable. “Pero, Octavio, ese puerto existe”, se defendió Blanca Varela. “Ahí tienes el título” exclamó Octavio Paz. Más tarde, al prologar el poemario que él mismo había ayudado a titular, Paz formula lo que podría considerarse una verdadera declaración de principios. He aquí un fragmento: No creíamos en el arte. Pero creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural.
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.
Seis días después, el miércoles 18, falleció Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudió arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y más tarde música en el conservatorio de la Universidad del Atlántico de su nativa Barranquilla. La jovencísima Olga Isabel se inventó el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligió como nombre tiene un origen hebreo y significa, así de simple, “la luz”. Tenía entonces quince años. Lo utilizó como seudónimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. Lo hice más que todo por temor a mi padre, confiesa ella, pues él era una persona muy severa, y yo no quería que ni él ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escribía. El apellido ideado refleja su fascinación por uno de los temas fundamentales de su poesía: el mar. Hoy, su primer libro, Alba de Olvido, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, está considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.
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Escrito por: admin en Poesía hispanoamericana contemporáneaCuando conocí a Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) una de las primeras preguntas que le hice fue si, en alguna parte de su pretigioso currículum vitae, existía una estadística sobre posibles suicidios entre sus lectores. A ella le hizo gracia la broma.
Lauren es una mujer alegre, risueña, afable, afectuosa, simpática. Nada en su comportamiento habitual permite suponer la a duras penas contenida descarga emocional que nos desgarra en su obra. Su estilo es reflexivo, sobrio, conciso, desnudo de adornos que no estén vinculados a los grandes arquetipos elementales. Pero cada uno de sus versos nos sacude, nos estremece, con el suave y eléctrico trepidar de una tristeza, una desolación, un abandono que viene de muy atrás, de muy hondo, de muy lejos, y que remueve dentro de nosotros, como rozando las íntimas cuerdas de un diapasón ancestral, la evidencia de nuestro propio desamparo ante las insidias del tiempo, del desamor, de la soledad, del desarraigo y de la muerte.
Esto se hace aún más patente en su más reciente trabajo, La Vocación Suspendida, que fue presentado el sábado 26 de abril durante la entrega del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos al que ella se hizo acreedora el año pasado.
En él, la poeta llega a dudar del sentido de su propia vocación, sobre todo en el doloroso poema final. Sin embargo, es la escritura misma del poemario en el que la pone en entredicho lo que la alienta a reactivarla.
En el último párrafo de su magnífico prólogo, Jon Juaristi, quien presentó el libro en la ceremonia de Albox, escribió:
“La vocación suspendida es un poemario orgánico, cerrado, completo: una teoría del “dolorido sentir”, tensa hasta el desgarramiento y, a la vez, contenida. Lo suficientemente contenida como para permitir una lectura analítica y serena, que no es poca virtud y maestría. Lauren Mendinueta se revela aquí como una de las voces más individualizadas de su generación. Una voz extraordinariamente madura, dueña de sus recursos, que ha sabido edificar una tradición a su medida, sin dejarse dominar por ella, sometiéndola a lo que debiera ser el proyecto de todo poeta auténtico: la creación de un personaje dotado de una vida moral autónoma. En la obra de esta joven autora latinoamericana, con una evidente vocación universal –no ya suspendida, sino activada por su residencia lisboeta-, se encuentran algunas de las claves de lo que será la mejor lÌrica del siglo XXI, en el que la poesía renueva su vigencia ancestral”.
Enhorabuena, Lauren, por tu nuevo poemario. Permítenos adjuntar, más abajo, una breve selección de los poemas que contiene. Seguro que lo agradecerán tus lectores.
ASÍ PASAN LOS AÑOS
Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.
BOGOTÁ, DESPUÉS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE
No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autobús porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.
OLVIDO DE MÍ
Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.
LA TORRE DE MARFIL
El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.
EPITAFIO EN LOS DÍAS HABITUALES
Me pregunto cuál es la defensa de esta terca pasión,
por qué no fui costurera, vendedora de cigarros, bailarina o actriz.
Sobreviví por costumbre como las aves del cielo,
nunca estimé la moda tanto como a los nenúfares en su limbo,
visité catedrales y amé la inmovilidad de los cementerios.
Magnífico hubiera sido elegir otras tareas
y no esta vocación suspendida
a la que la mente, de la mano del oficio, me arrastró.
LA VOCACIÓN SUSPENDIDA
A Pierre Klossowski, in memoriam
No es honesto detenerme tratando de justificar con ideas
lo que es vida en la vocación,
ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica
y la punta de la realidad.
¿Cómo entender la pasión exclusiva por un oficio
que lo remplaza todo, que todo lo justifica en su complacencia?
Si escribo puede ser que alguna vez devele una verdad
por las rutas adonde me arrastra mi sangre.
Soy libre porque estoy presa en el engaño que supone todo misterio.
POÉTICA
Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra.
William Ospina y el soneto al instante
Escrito por: admin en Poesía hispanoamericana contemporánea
William Ospina (Padua, Colombia, 1954) y yo somos amigos, hermanos, si ese lazo existe fuera de la consanguineidad, desde hace más de quince años. Un verso suyo, del poema Lope de Aguirre, ”Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles, / a combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada”, tituló una novela mía El Cielo a Dentelladas. Cuando nos conocimos yo apenas empezaba a publicar y William, a pesar de ser bastante más joven que yo, ya era reconocido como uno de los más brillantes exponentes de la nueva poesía hispanoamericana. Me lo presentó Álvaro Mutis en una feria del libro de Guadalajara, México, y nuestra conversación de aquella noche se prolongó muchas horas después de que Álvaro se hubo retirado, hasta ya bien entrada la mañana. No ha sido la única de nuestras charlas que ha visto nacer el sol. Y no es sólo porque a veces pase el tiempo sin vernos y luego tengamos mucho que contarnos. William es uno de los mejores conversadores que conozco. No sé de nadie que se sepa más poemas de memoria y que los traiga a cuento cuando vienen tan al caso. Además de su cultivada inteligencia, de su asombrosa sensibilidad poética y de su visionaria imaginación, su talento para versificar llega a extremos prodigiosos.
En una ocasión, hace ya varios años, nos encontramos una mañana en la feria del libro de Madrid. A mediodía nos sentamos, acompañados de nuestra mutua y querida amiga la editora colombiana Ana Cristina Mejía, ante una botella de Ribera del Duero y una hilera de tapas en una las muchas tabernas que bordean el parque de El Retiro. William me entregó entonces un libro que me había traído de Bogotá. Se trataba de Veinte Sonetos de su tocayo William Shakespeare que recién había él traducido y que le acababa de publicar la revista Número. Cuando se disponía a poner la dedicatoria yo detuve su mano con una broma: “Willie, le dije, ese es un libro de sonetos, ahí no cabe más que un soneto“. Él me miró sin decir palabra, dejó la pluma de lado, pensativo, apuró un nuevo trago de vino y ante mi azoro tomó otra vez el libro y escribió:
Yo sé bien que te había prometido
Antonio, en estas líneas un soneto,
no sé por qué razón ni con qué objeto
ni sé si esto se verá cumplido.
Pero estoy intentándolo, el sentido
es menos importante a nuestro objeto
que la monotonía del sonido
para salir, cual Lope, del aprieto.
A estas alturas la cosa ya esta seria
pero como tu vas para la feria
bajo el sol madrileño tan radiante
sé que harás de mis yerros poco caso;
la versión es morosa, vacilante,
y no será de Shakespeare el fracaso.
Hace unos días, durante mi noche lisboeta, ya muy entrada la tarde en Bogotá, le envié un email para decirle que deseaba tenerlo esta semana en Los Convidados y que me gustaría mucho compartir aquella anécdota y el soneto madrileño con los lectores del blog. Aunque el poema era mío, él me lo había obsequiado y la única versión escrita está en mi propia biblioteca, era consciente de que se trataba de un texto inédito suyo y no me atrevía a usarlo sin su expreso consentimiento. Al abrir mi buzón la mañana siguiente en Lisboa, la madrugada en Bogotá, me encontré con su respuesta:
Sólo un soneto, Antonio, no es suficiente. Creo
que hay que esforzarse un poco, y aquí lo estoy haciendo.
Pero el soneto inútil que en esta tarde emprendo
es más falaz, sin duda, más endeble y más feo.
No obtendrá de tu pluma ni hermenéutica loa
ni la ilímite fama que va a tientas buscando,
porque para las rimas ya no hay dónde ni cuándo,
ni en Bogotá, ni en Soacha, ni en Sintra, ni en Lisboa.
Pasó el tiempo de Byron. Es la edad de la prosa.
Se va despetalando ya la lírica rosa
y cada vez el verso cae más hondo y más bajo.
Aunque tal vez… quien sabe… puede ser que más tarde,
en Portugal, y a cántaros, la musa nos aguarde
y nos abra la aurora del corazón de un Tajo.
Hoy, domingo dos de marzo, cumple William cincuenta y cuatro años. No tengo para ofrecerle sino estos recuerdos en los que va implícito el testimonio de mi admiración y afecto. En esta terraza que mira al Tajo levanto una copa de ese Ribera del Duero que tanto aprecia y brindo porque viva muchos años más, aunque me mueva también el egoísta pensamiento de que así continuará llenando este planeta de versos tan inolvidables como los que aquí transcribo. Felicidades, querido amigo, salud, y que nos veamos pronto.
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EL AMOR DE LOS HIJOS DEL ÁGUILA
En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan invisibles las ondas del estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios
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LA LUNA DEL DRAGÓN
Hablábamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló por el Oeste
el oro espeso de la media luna.
“Mira, es la luna del Dragón“ –me dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.
El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.
Nadie dijo: “Es la luz que hace al Dragón visible“.
Nadie dijo: “Es la casa donde el Dragón habita“.
Nadie dijo: “Es la luna que ampara a los dragones“.
Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.
“Sólo es la Luna del Dragón –me dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.
Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza
-“Tal vez el nombre viene de las baladas celtas“.
-“Yo no sé por qué pesa y aflige como un sueño“.
Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes bulliciosas, urgentes,
atentas sólo a su pequeño misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su inmortal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.
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LOPE DE AGUIRRE
Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de pájaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.
Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¿Si son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de España,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de mármol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera aúllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ceñido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la música?
He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.
El rey está muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al África, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones españoles desde el río Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas fétidas del infierno hasta las últimas plumas de los ángeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los húmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.
Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los últimos ángeles de mi infancia se descomponen en las ciénagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.
Selva monumental, aire de flechas súbitas,
Humaredas que traen olor de extrañas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.
Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.
Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de lástima,
Y poner al tucán de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jamás los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes de estos soldados rencorosos
Hasta que sus cuchillos se apiaden.
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FRANZ KAFKA
Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al
durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches más con el ángel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que está oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
de laca,
¿hacia dónde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los cañones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus páginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez tú puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escuálidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.
¿Entonces es delirio todo esto? ¿A quién puedo llamar que me
salve?
Su reino es de este mundo. Todos están aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprenderás que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprenderás quién sostiene todo este sueño.
Un buen editor es la mancuerna indispensable del autor para ganar lectores. Ésto, que hace unos años podía parecer una verdad de Perogrullo, hoy no lo es. Los buenos editores están desapareciendo en un mundo regido por los intereses del mercado y son uno a uno sustituidos en las grandes editoriales por ejecutivos de ventas que manejan los libros como si fueran jabones mientras sueñan con encontrar a su propio Dan Brown o J.K. Rowlling, y que Dios y J.K. Rowlling me perdonen por poner a los dos primeros en la misma cacerola.
En una de mis recientes visitas a la Agencia Literaria de Carmen Balcells, una de sus asistentes me decía que si en esta época les hubiera llegado el manuscrito de Cien Años de Soledad no les sería fácil venderlo.
También se están acabando los libreros que conocían su oficio, amaban la lectura y eran capaces de recomendar libros a sus clientes. Hace un par de meses, a mi paso por Madrid, intenté comprar las aventuras de Sherlock Holmes en una aparentemente bien provista librería del Corte Inglés para obsequiárselas al hijo de una buena amiga. El empleado que me atendió no sólo no tenía la menor idea de quién fue Sir Arthur Conan Doyle sino que tampoco había oído hablar de Sherlock Holmes. Hubo que deletrearle pacientemente el nombre para que lo buscara en su computadora y, aún así, fue incapaz de dar con el libro.
Pero volviendo a los editores de antaño, éstos se distinguían por su interés por educar a los lectores. Los nutrían con inteligencia para despertarles apetitos mayores. Les enseñaban a leer, en verdad a leer. Esta labor que deberían continuar, por su propio beneficio, las grandes editoriales, se circunscribe ahora a las más pequeñas. Sus propietarios, que cuando ganan, ganan poco y, cuando pierden, pierden mucho, continúan sin embargo picando piedra para forjarse un verdadero público.
Ese es el caso de Daniel Pupko, en México, y su editorial Salida de Emergencia, y el de César Sanz en Valladolid, con Difácil. Ésta última acaba de publicar una bella e inteligente “antología de la poesía latinoamericana al siglo XXI” titulada Una Gravedad Alegre. La selección es del también poeta y doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburg, Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Su trabajo, un excelente panorama de lo que hoy sucede en nuestros países, reune a casi sesenta poetas nacidos a partir de 1940. A Colombia le corresponde el honor de presentar al más veterano, Jotamario Arbeláez (1940), y a la más joven, Lauren Mendinueta (1977).
Estas son unas cuantas muestras de los participantes y de sus obras. Felicidades a César y que continúe así. Hacen falta más editores como él.
Elsa Cross (México D.F., México, 1946). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1989) y Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1992). 
Las piedras
4
El sol restalla en los mármoles desnudo.
Las inscripciones
ocultan y alumbran sus mensajes:
letras como pórticos,
triglifos,
propileos vibrantes
y allí donde chocan los nombres con las cosas
se abren vetas en el mármol
como entradas a otros sueños.
Se desmoronan los templos de palabras,
el sentido se vuelve
un trazo incongruente
partícula que casa con el polvo.
Oscuridad completa bajo el sol.
Ignorancia completa.
No hay marcas de la vía.
El dios abre y cierra los destinos
igual que el viento azota los postigos
hasta romperlos.
Los pasos se repiten.
y las preguntas ciegas,
el balbuceo,
el tumbo,
el azoro de pájaro
en espera de algo.
Caen palabras
como monedas:
fulgura su reflejo en estas piedras
que existían aquí,
antes de nosotros,
y seguirán después
como los dioses.
Corte traversa del sentido.
se mira el oráculo sin comprender.
Todo comienza donde se cierran los ojos.
Antonio Cisneros (Lima, Perú, 1942). Premio Casa de Las Américas 1968.
Imitación de Horacio
a)
Si quieres un amor (más o menos) eterno, no descuides
detalle ninguno.
Afánate porque tenga la claridad y el peso de lo escrito.
Algo que puedas reclamar.
Estipula los plazos. No te fíes de una sonrisa amable y sin
motivo,
ni de un deseo mayor que lo previsto en las horas del amor.
No brindes la confianza, ni la tomes. Ama y sospecha del
latido del día,
del suspiro de la noche donde todo está escrito. Igual que
en el papel.
b)
Si optas en cambio, por un amor ligero (olor de hierba
Que cambia con la brisa)
sumérgete en el caos de amar y ser amado.
Y siente que cada media hora es (a su modo) una consistente
Eternidad.
Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) En su país ha ganado el Premio Internacional de Poesía de Medellín, 2000, el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana, 2000. En España el Premio Martín García Ramos 2007. Su nuevo poemario, La Vocación Suspendida, será publicado en breve por otra de esas editoriales de las que estamos hablando: Point de Lunettes. 
Poética
La que sin ser yo
No es otra
La de tirantes dedos para acariciar
El espino
Escribe
Pocos años Pocas horas
No menos de mil
No más de mil
Recoge
La herida de la tierra amarga
Para protegerse
De la orgullosa espesura
Sostenida por siete pájaros azules
Su soledad
No derrama pájaros
Árboles con amplias miradas
Antigua huella de adioses
Guardaron para ella la señal
Y las flores
Grandes triunfadoras
Le cortaron el suspiro inocente
Joven aún
No la conozco
Ella y yo
Dos manos de trazo libre
Para esquivar la espera
Dos pies en forma de pies
Para marchar al combate
Dos ojos
Que siempre miran recuerdos
Diosa y mujer
nosotras

Gonzalo Millán (Santiago de Chile, 1947-2006) Además de la poesía cultivó la creación artística en los campos de la poesía visual y las artes plásticas.
Noche
Atardece como un amanecer
A la inversa
Retrocediendo hacia la noche.
Y cuando la noche cae,
Nadie sabe
Si abre o cierra los ojos,
Si se desnuda o se viste,
Si se levanta o se acuesta.
Nadie sabe si llega o sale,
Si abre o cierra la puerta,
Si éstos son los sueños de ayer
O las pesadillas del mañana.
Coral Bracho (México D.F., México 1951). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1982, y Javier Villaurrutia, 2003. 
Una piedra en el agua de la cordura
Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos
Al fondo
Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquel
entre este punto
y aquel
y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.
Fabio Morábito. Aunque nació en Alejandría, Egipto, (1955) y pasó su infancia en Italia, se ha hecho poeta en México donde reside desde los quince años. Ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1992, y el Antonin Artaud en 2006 con un libro de cuentos, Grieta de Fatiga. 
Hay una bestia
Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
pero soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla
pero es astuta
se mueve en lo profundo.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un túnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¿En qué momento se desbordará
para ocuparme,
para integrarme más a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito
hasta dejarme mudo?
Marco Antonio Campos (México D.F., México, 1946) Ha ganado en México los premios Javier Villaurrutia, 1992, y Netzahualcóyotl, 2005. En España el premio Casa de América (2005). 
Los poetas modernos
¿Y qué quedó de las experimentaciones
del “gran estreno de la modernidad”,
del “enfrentamiento con la página en blanco”,
de la rítmica pirueta y
del contrángulo de la palabra,
de ultraístas y pájaros concretos,
de surrealizantes con sueños de
náufragos en vez de tierra firme,
cuántos versos te revelaron un mundo,
cuántos versos quedaron en tu corazón,
dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?
Esta semana quería dedicar el blog a una poeta griega, Lena Pappá, de la cual poseo apenas un librillo, Palabras de Vidrio, publicado por la editorial Los Vientos, en 1984. En él hay algunos poemas que habría querido compartir con los lectores este fin de año. Por desgracia, por más que he revuelto bibliotecas y librerías, incluyendo los acostumbrados canales de Internet en los pocos idiomas que domino, aparte de que nació en Atenas no he podido averiguar nada más sobre ella, ni siquiera la fecha de su nacimiento. Continúo mis pesquisas y les prometo muestras de su extraordinario quehacer literario para la semana que viene. Si alguno de ustedes, lectores de este blog, -tal vez tú, Luis González de Alba, tan enamorado de Grecia y su cultura- tiene algún material o información que proporcionarme se le agradecería infinito.
Para sustituirla, mal, yo lo sé, pero el tiempo apremia y esta entrada lleva ya un día de retraso, les ofrezco algunos poemas míos, ojalá los disfruten.
Comienzo con uno inédito, garabateado sobre una servilleta del bar del hotel Frankfurterhoff allá por el 93 o el 94, que Carmen Balcells se llevó como recuerdo a Barcelona.
Nostalgia de Góngora en la Feria del Libro
Que animen damas hermosas
el vaivén de tales cosas
bien puede ser
Más que así levanten olas
y que luego duerman solas
no puede ser
Que se aleguen mil razones
para nuevas ediciones
bien puede ser
Más que acierte tanta ciencia
sin cierta concupiscencia
no puede ser
Pequeño poema (n)e(u)rótico
El ratón que nos comió la lengua
cuando niños
(¿recuerdas?)
persigue aún esa palabra
que se escabulle.
Silencio,
entre tú y yo sólo silencio,
y el novicio rozar
de los labios y los cuerpos.
La palma de mi mano
toqueteando el vacío
sobre tu púber vello eléctrico.
Y tu boca crispándose torpemente
en mi boca,
amordazando promesas que nos prohibía
la infancia,
mientras el sinvergüenza ratón
rondaba su agujero
en busca de esa palabra
que se escabulle.
Descuido
Se me extravió tu nombre en el recuerdo.
He perdido tu nombre
en ese sitio ambiguo en donde quedan
aún tantas cosas tuyas.
Ahí está tu sonrisa, por ejemplo,
-¿era esa tu sonrisa?-, y tus ojos cansados
de mis intemperancias,
y la esquiva tibieza de tu carne,
y tu silueta desnuda recortada
contra la tenue cortina de donde provenía
la incierta luz del alba.
Tú fumabas junto a la ventana,
recuerdo tus pechos desafiantes,
sus altivos pezones expuestos a mis ansias,
tu perfil pensativo que exploraba
por entre los traslúcidos pliegues de la gasa
el difuso contorno de los árboles
en la indecisa madrugada.
Recuerdo también que te volviste
y el timbre de tu voz y tu mirada
al decirme que ya no era posible
continuar con lo nuestro, que deseabas
ser libre como antes y seguir con tu vida
lejos de nuestras incongruencias cotidianas.
Ser libre, me dijiste pero, mira,
te me quedaste presa en el recuerdo,
aunque he olvidado tu nombre.
Ruinas
La luna cae
por la abertura de la chimenea
cual redonda moneda
dentro de una alcancía.
Se ilumina la casa
Pero no hay ya quien vea
el esplendor del astro
en la pieza vacía.
Brote
Algo germina en mí,
algo me crece
en el oscuro ámbito
del cuerpo,
algo como una sombra
densa y dulce
en mi interior asciende
a mi cerebro.
¿Será tal vez un yo
que aún no conozco
caminando hacia mí
desde mi centro
como una mansa bestia silenciosa?
¿O es una mariposa azul
que hizo capullo
entre el alto andamiaje
de mis huesos
y anhela deshacerse
de su cárcel
y volar como vuela
el pensamiento…?
Alimaña
Aquello que se me quedó en el inconsciente,
alacrán arrancado de su nido,
lo que quiero y no puedo recordar,
todo lo vivido y olvidado,
viene hacia mí desde la infancia,
avanza con la cola levantada.
¿Cuándo llegará por fin a mí?
¿Cuándo tocará,
con su aguijón en llamas,
mi frente?
Mi amistad con el gran fotógrafo argentino afincado en París Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince años y nos hemos acompañado por tantos rincones de éste y de aquel lado del Atlántico que su estéril recuento desafiaría nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llevó a plasmar en un libro común, El Refugio del Fuego, nuestras correrías por la ladera del volcán de Colima, en México, a fines de los años noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fotógrafo profesional. Además de colaborar en los más importantes periódicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria sólo de las que me he enterado, en distintas ciudades de México, Colombia, Argentina, Portugal, España, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e inédita de quien alguna vez aseguró que “citar es citarse”, Jorge Luis Borges (“El hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno”). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de sí mismo. Como si su cámara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es él entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (“como aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido”).

Es él quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (“nadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volverían a decir que estoy loco, que mi madre murió en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio”).

Y nos observa a través de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (“debemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la música que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos”).

Él se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (“¿cómo interpretar las señales / si los clavos son tan de este mundo?”).

Es suya esa sonrisa entre irónica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Yáñez (“así comenzó la escritura el mudo. / Llovía a cántaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por él”).
Contempla al niño sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (“te dejo frente al mar / descifrándote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota”)

y nos mira recostado en el sofá donde yace Gonzalo Rojas (“¿qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?”).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (“doy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra…”)

y, en esa playa de Saint Maló, son él y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de Álvaro Mutis (“a la vuelta de la esquina / te seguirá esperando / ese que nunca fuiste, ese que se murió / de tanto ser tú mismo lo que eres”).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompaña los pasos de la niña por la escalinata y no Blanca Varela (“digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera”)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balcón de Antonio Gamoneda (“llevo colgados de mi corazón / los ojos de una perra y, más abajo / una carta de madre campesina”).

Es de nuevo él, en México, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (“a este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego”),
y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Darío Jaramillo (“ese otro que también me habita / acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos”).

¿Pero no es ahí donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte más humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro perímetro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podría intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.
Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993.
Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.
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Tags: Álvaro Mutis, Antonio Sarabia, autores colombianos, Claude Couffon, Daniel Mordzinski, Gabriel García Márquez, Luis Sepúlveda, poesía colombiana, Poesía hispanoamericana
Desde Italia recibimos noticias de la bella e incansable Silvia Favaretto (Venecia, 1977), donde dirige, junto con su marido, Christian Panebianco, la revista digital de poesía “La fuente de las siete vírgenes”. Silvia tiene la particularidad de escribir indistintamente tanto en su natal italiano como en español y luego de traducirse ella misma a uno u otro idioma. Los poemas que he seleccionado para esta edición de los Convidados pertenecen a su libro Palabras de Agua y los escribió originalmente en español durante una estancia en Argentina. Los dejo con la sorprendente madurez, para alguien de su edad, el vigor expresivo y la irresistible rabia juvenil de Silvia Favaretto. Disfrútenla.
ESTRELLA DE MAR
Ven a lamerme los pies, ola
trágame en un
abrazo de peces
grises
bésame las caderas
con tus labios
frescos de agua,
amárrame
con algas
los tobillos,
lléname de tu
sal los ojos y
la boca,
con esquirlas
de gotas hiéreme
la piel,
chúpame los hombros
con fuerza,
quémame las cejas
con tu sol,
pégame en la nuca con
tus cachetadas frías;
contigo
sé que vencer
no puedo,
sin embargo
no me vas a manchar,
ni quedará vacío
mi cofre inerme
y azul.
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Hace pocas semanas, en Oaxaca, México, durante una lectura de nuestra invitada de la semana anterior, la poetisa colombiana Lauren Mendinueta, coincidí por azar con el poeta chileno Ludwig Zeller (Rio Loa, Chile, 1927). Ludwig, que ha vivido los últimos veinte años a caballo entre Canadá y México, está, a sus ochenta años, más inquieto y creativo que nunca. De nuestro convivio, además de la alegría del encuentro, quedaron como siempre en estos casos un par de libros de recuerdo. De ellos hemos extraído, para los lectores de Los Convidados, tres joyas inestimables.
Por el camino veo que mi padre se acerca
Con los brazos abiertos. Él está muerto, pienso, ¿cómo
Puede encontrarse aquí? Ríe de mis dudas chupando el humo
De la pipa de ámbar. Salen figuras y el tabaco
Que arde suspende en lo alto luces como signos
Que al reflejarse pulen los espejos de aquel ojo interior.
Yo me río también. Éstos son los paisajes que he soñado,
Esa ciudad invisible en la que vago escuchando las voces,
Recorriendo las calles desoladas de ese cotidiano laberinto
Que rodea la arena.
Mi padre tiene que partir.
Me abraza. Saca un pájaro que habla desde el pecho.
Golpea con el báculo y los caminos se abren:
Ahora escucho que sobre mi hombro izquierdo un ave misteriosa,
Transparente, ha empezado a cantar.
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Tags: Autores chilenos, Ludwig Zeller, Poesía hispanoamericana




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