Posts Tagged “Poes√≠a hispanoamericana”

chess1.jpg picture by antoniosarabiaEl ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el domin√≥, no desde√Īa cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida.¬†Durante los a√Īos en que coincid√≠ en Par√≠s con el colombiano Santiago Gamboa, √≠bamos por las noches al¬†acogedor bar del hotel Ritz, el¬†Hemingway, donde entonces hab√≠a instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ah√≠ jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y √©l cierta bebida ex√≥tica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero hab√≠a ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomod√°bamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repet√≠a una frase que se ha hecho c√©lebre entre los dos: “¬Ņc√≥mo quedamos la √ļltima vez… dos a uno, verdad?”.

Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasi√≥n por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poes√≠a, hasta se entreten√≠a componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eter√≥nimo Ricardo Reis, me encontr√© con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduci√©ndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez alg√ļn lector portugu√©s me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice E o de marfim pe√£o mais avan√ßado / pronto a comprar a torre, ¬ŅQu√© significa en portugu√©s, en t√©rminos ajedrec√≠sticos comprar a torre? Yo tuve la opci√≥n de traducir listo a tomar la torre, pero pens√©, mala intuci√≥n tal vez, que como era el pe√≥n m√°s avanzado estaba a punto de llegar a la √ļltima hilera y convertirse en torre. Cualquier aclaraci√≥n al respecto ser√° m√°s que bienvenida. Se me ocurre publicar la traducci√≥n ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le pod√≠a considerar un verdadero fan√°tico del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la p√°gina. Lee el resto de esta entrada »

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Si abril es el mes m√°s cruel, como afirma T.S. Eliot, este a√Īo marzo no le va a la zaga. Durante sus d√≠as se extinguieron dos de las voces femeninas m√°s importantes de lo √ļltimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contempor√°neas una de otra, ambas nacidas en pa√≠ses vecinos de Sudam√©rica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo n√ļmero de libros de poes√≠a: ocho cada una.
Varela2.jpg picture by antoniosarabiaBlanca Varela (Lima, Per√ļ, 1926-2009), estudi√≥ letras en la Universidad de San Marcos donde conocer√≠a a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colabor√≥ en la revista Las Moradas que dirig√≠a Adolfo Westphalen y en 1949 emigr√≥ a Par√≠s. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los c√≠rculos intelectuales del Par√≠s de finales de los cuarentas y la d√©cada de los cincuentas. De ah√≠ su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.
Paz prolog√≥, adem√°s, el primer poemario de Blanca Varela Ese Puerto Existe. Por cierto que el t√≠tulo original de aquella obra era Puerto Supe. Al poeta mexicano el t√≠tulo le pareci√≥ deleznable. “Pero, Octavio, ese puerto existe”, se defendi√≥ Blanca Varela. “Ah√≠ tienes el t√≠tulo” exclam√≥ Octavio Paz. M√°s tarde, al prologar el poemario que √©l mismo hab√≠a ayudado a titular, Paz formula lo que podr√≠a considerarse una verdadera declaraci√≥n de principios. He aqu√≠ un fragmento: No cre√≠amos en el arte. Pero cre√≠amos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poes√≠a era un acto de leg√≠tima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Hab√≠a trampas en todas las esquinas. La trampa del √©xito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la pr√©dica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos d√≠as todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El m√°s secreto y t√≠mido, el m√°s natural.
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.

Meira3-1.jpg picture by antoniosarabiaSeis d√≠as despu√©s, el mi√©rcoles 18, falleci√≥ Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudi√≥ arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y m√°s tarde m√ļsica en el conservatorio de la Universidad del Atl√°ntico de su nativa Barranquilla. La jovenc√≠sima Olga Isabel se invent√≥ el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligi√≥ como nombre tiene un origen hebreo y significa, as√≠ de simple, “la luz”. Ten√≠a entonces quince a√Īos. Lo utiliz√≥ como seud√≥nimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. Lo hice m√°s que todo por temor a mi padre, confiesa ella, pues √©l era una persona muy severa, y yo no quer√≠a que ni √©l ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escrib√≠a. El apellido ideado refleja su fascinaci√≥n por uno de los temas fundamentales de su poes√≠a: el mar. Hoy, su primer libro, Alba de Olvido, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, est√° considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.

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Cuando conocí a Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) una de las primeras preguntas que le hice fue si, en alguna parte de su pretigioso currículum vitae, existía una estadística sobre posibles suicidios entre sus lectores. A ella le hizo gracia la broma.
Lauren es una mujer alegre, risue√Īa, afable, afectuosa, simp√°tica. Nada en su comportamiento habitual permite suponer la a duras penas contenida descarga emocional que nos desgarra en su obra. Su estilo es reflexivo, sobrio, conciso, desnudo de adornos que no est√©n vinculados a los grandes arquetipos elementales. Pero cada uno de sus versos nos sacude, nos estremece, con el suave y el√©ctrico trepidar de una tristeza, una desolaci√≥n, un abandono que viene de muy atr√°s, de muy hondo, de muy lejos, y que remueve dentro de nosotros, como rozando las √≠ntimas cuerdas de un diapas√≥n ancestral, la evidencia de nuestro propio desamparo ante las insidias del tiempo, del desamor, de la soledad, del desarraigo y de la muerte.
Esto se hace a√ļn m√°s patente en su m√°s reciente trabajo, La Vocaci√≥n Suspendida, que fue presentado el s√°bado 26 de abril durante la entrega del Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos al que ella se hizo acreedora el a√Īo pasado. En √©l, la poeta llega a dudar del sentido de su propia vocaci√≥n, sobre todo en el doloroso poema final. Sin embargo, es la escritura misma del poemario en el que la pone en entredicho lo que la alienta a reactivarla.
En el √ļltimo p√°rrafo de su magn√≠fico pr√≥logo, Jon Juaristi, quien present√≥ el libro en la ceremonia de Albox, escribi√≥:
‚ÄúLa vocaci√≥n suspendida es un poemario org√°nico, cerrado, completo: una teor√≠a del ‚Äúdolorido sentir‚ÄĚ, tensa hasta el desgarramiento y, a la vez, contenida. Lo suficientemente contenida como para permitir una lectura anal√≠tica y serena, que no es poca virtud y maestr√≠a. Lauren Mendinueta se revela aqu√≠ como una de las voces m√°s individualizadas de su generaci√≥n. Una voz extraordinariamente madura, due√Īa de sus recursos, que ha sabido edificar una tradici√≥n a su medida, sin dejarse dominar por ella, someti√©ndola a lo que debiera ser el proyecto de todo poeta aut√©ntico: la creaci√≥n de un personaje dotado de una vida moral aut√≥noma. En la obra de esta joven autora latinoamericana, con una evidente vocaci√≥n universal ‚Äďno ya suspendida, sino activada por su residencia lisboeta-, se encuentran algunas de las claves de lo que ser√° la mejor l√Ćrica del siglo XXI, en el que la poes√≠a renueva su vigencia ancestral‚ÄĚ.
Enhorabuena, Lauren, por tu nuevo poemario. Permítenos adjuntar, más abajo, una breve selección de los poemas que contiene. Seguro que lo agradecerán tus lectores.

AS√ć PASAN LOS A√ĎOS

Pasan los a√Īos,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.

BOGOT√Ā, DESPU√ČS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE

No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autob√ļs porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
pues no se puede llegar con retraso al destino.
¬ŅEs posible que convivan alma y cuerpo?
¬Ņno ser√°n un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar a√ļn?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si ser√° posible
nada m√°s vivir.

OLVIDO DE M√ć

Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¬ŅMe enga√Īar√© o ser√° verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.

LA TORRE DE MARFIL

El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo dem√°s, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo com√ļn
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan com√ļn, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.

EPITAFIO EN LOS D√ćAS HABITUALES

Me pregunto cuál es la defensa de esta terca pasión,
por qué no fui costurera, vendedora de cigarros, bailarina o actriz.
Sobreviví por costumbre como las aves del cielo,
nunca estim√© la moda tanto como a los nen√ļfares en su limbo,
visité catedrales y amé la inmovilidad de los cementerios.
Magnífico hubiera sido elegir otras tareas
y no esta vocación suspendida
a la que la mente, de la mano del oficio, me arrastró.

LA VOCACI√ďN SUSPENDIDA
A Pierre Klossowski, in memoriam

No es honesto detenerme tratando de justificar con ideas
lo que es vida en la vocación,
ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica
y la punta de la realidad.
¬ŅC√≥mo entender la pasi√≥n exclusiva por un oficio
que lo remplaza todo, que todo lo justifica en su complacencia?
Si escribo puede ser que alguna vez devele una verdad
por las rutas adonde me arrastra mi sangre.
Soy libre porque estoy presa en el enga√Īo que supone todo misterio.

PO√ČTICA

Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo est√ļpido,
así lo siento.
Espero m√°s bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra.

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OspinayAS.jpg picture by antoniosarabiaWilliam Ospina (Padua, Colombia, 1954) y yo somos amigos, hermanos, si ese lazo existe fuera de la consanguineidad, desde hace m√°s de quince a√Īos. Un verso suyo, del poema Lope de Aguirre, ‚ÄĚDonde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles, / a combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada‚ÄĚ, titul√≥ una novela m√≠a El Cielo a Dentelladas.¬†Cuando nos conocimos yo apenas empezaba a publicar y William, a pesar de ser bastante m√°s joven que yo, ya era reconocido como uno de los m√°s brillantes exponentes de la nueva poes√≠a hispanoamericana. Me lo present√≥ √Ālvaro Mutis en una feria del libro de Guadalajara, M√©xico, y nuestra conversaci√≥n de aquella noche se prolong√≥ muchas horas despu√©s de que √Ālvaro se hubo retirado, hasta ya bien entrada la ma√Īana. No ha sido la √ļnica de nuestras charlas que ha visto nacer el sol. Y no es s√≥lo porque a veces pase el tiempo sin vernos y luego tengamos mucho que contarnos. William es uno de los mejores conversadores que conozco. No s√© de nadie que se sepa m√°s poemas de memoria y que los traiga a cuento cuando vienen tan al caso. Adem√°s de su cultivada inteligencia, de su asombrosa sensibilidad po√©tica y de su visionaria imaginaci√≥n, su talento para versificar llega a extremos prodigiosos.
En una ocasi√≥n, hace ya varios a√Īos, nos encontramos una ma√Īana en la feria del libro de Madrid.¬†A mediod√≠a nos sentamos, acompa√Īados de nuestra mutua y querida amiga la editora colombiana Ana Cristina Mej√≠a, ante una botella de Ribera del Duero y una hilera de tapas en una las muchas tabernas que bordean el parque de El Retiro. William me entreg√≥ entonces un libro que me hab√≠a tra√≠do de Bogot√°. Se trataba de Veinte Sonetos de su tocayo William Shakespeare que reci√©n hab√≠a √©l traducido y que le acababa de publicar la revista N√ļmero. Cuando se dispon√≠a a poner la dedicatoria yo detuve su mano con una broma: ‚ÄúWillie, le dije, ese es un libro de sonetos, ah√≠ no cabe m√°s que un soneto‚Äú. √Čl me mir√≥ sin decir palabra, dej√≥ la pluma de lado, pensativo, apur√≥ un nuevo trago de vino y ante mi azoro tom√≥ otra vez el libro y escribi√≥:

Yo sé bien que te había prometido
Antonio, en estas líneas un soneto,
no sé por qué razón ni con qué objeto
ni sé si esto se verá cumplido.

Pero estoy intent√°ndolo, el sentido
es menos importante a nuestro objeto
que la monotonía del sonido
para salir, cual Lope, del aprieto.

A estas alturas la cosa ya esta seria
pero como tu vas para la feria
bajo el sol madrile√Īo tan radiante

sé que harás de mis yerros poco caso;
la versión es morosa, vacilante,
y no ser√° de Shakespeare el fracaso.

Sarabia_Ospina_01.jpg picture by antoniosarabiaHace unos d√≠as, durante mi noche lisboeta, ya muy entrada la tarde en Bogot√°, le envi√© un email para decirle que deseaba tenerlo esta semana en Los Convidados y que me gustar√≠a mucho compartir aquella an√©cdota y el soneto madrile√Īo con los lectores del blog. Aunque el poema era m√≠o, √©l me lo hab√≠a obsequiado y la √ļnica versi√≥n escrita est√° en mi propia biblioteca, era consciente de que se trataba de un texto in√©dito suyo y no me atrev√≠a a usarlo sin su expreso consentimiento. Al abrir mi buz√≥n la ma√Īana siguiente en Lisboa, la madrugada en Bogot√°, me encontr√© con su respuesta:

Sólo un soneto, Antonio, no es suficiente. Creo
que hay que esforzarse un poco, y aquí lo estoy haciendo.
Pero el soneto in√ļtil que en esta tarde emprendo
es m√°s falaz, sin duda, m√°s endeble y m√°s feo.

No obtendrá de tu pluma ni hermenéutica loa
ni la ilímite fama que va a tientas buscando,
porque para las rimas ya no hay dónde ni cuándo,
ni en Bogot√°, ni en Soacha, ni en Sintra, ni en Lisboa.

Pasó el tiempo de Byron. Es la edad de la prosa.
Se va despetalando ya la lírica rosa
y cada vez el verso cae m√°s hondo y m√°s bajo.

Aunque tal vez… quien sabe… puede ser que m√°s tarde,
en Portugal, y a c√°ntaros, la musa nos aguarde
y nos abra la aurora del corazón de un Tajo.

william_ospina_grande.jpg picture by antoniosarabiaHoy, domingo dos de marzo, cumple William cincuenta y cuatro a√Īos.¬†No tengo para ofrecerle sino estos recuerdos en los que va impl√≠cito el testimonio de mi admiraci√≥n y afecto. En esta terraza que mira al Tajo levanto una copa de ese Ribera del Duero que tanto aprecia y brindo porque viva muchos a√Īos m√°s, aunque me mueva tambi√©n el ego√≠sta pensamiento de que as√≠ continuar√° llenando este planeta de versos tan inolvidables como los que aqu√≠ transcribo. Felicidades, querido amigo, salud, y que nos veamos pronto.

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EL AMOR DE LOS HIJOS DEL √ĀGUILA

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya est√°, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan invisibles las ondas del estanque.
En mis labios ya est√°n, invisibles, tus labios

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LA LUNA DEL DRAG√ďN

Habl√°bamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló por el Oeste
el oro espeso de la media luna.
‚ÄúMira, es la luna del Drag√≥n‚Äú ‚Äďme dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.

El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.

Nadie dijo: “Es la luz que hace al Dragón visible“.
Nadie dijo: “Es la casa donde el Dragón habita“.
Nadie dijo: “Es la luna que ampara a los dragones“.

Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.

‚ÄúS√≥lo es la Luna del Drag√≥n ‚Äďme dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.

Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza

-“Tal vez el nombre viene de las baladas celtas“.
-‚ÄúYo no s√© por qu√© pesa y aflige como un sue√Īo‚Äú.

Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes bulliciosas, urgentes,
atentas s√≥lo a su peque√Īo misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su inmortal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.

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LOPE DE AGUIRRE

Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de p√°jaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.

Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¬ŅSi son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de Espa√Īa,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de m√°rmol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera a√ļllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ce√Īido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la m√ļsica?

He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.

El rey est√° muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al √Āfrica, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones espa√Īoles desde el r√≠o Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas f√©tidas del infierno hasta las √ļltimas plumas de los √°ngeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los h√ļmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.

Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los √ļltimos √°ngeles de mi infancia se descomponen en las ci√©nagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.

Selva monumental, aire de flechas s√ļbitas,
Humaredas que traen olor de extra√Īas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.

Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.

Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de l√°stima,
Y poner al tuc√°n de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jam√°s los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes de estos soldados rencorosos
Hasta que sus cuchillos se apiaden.

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FRANZ KAFKA

Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al‚Ä® durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches m√°s con el √°ngel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
 un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que est√° oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
 de laca,
¬Ņhacia d√≥nde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los ca√Īones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus p√°ginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez t√ļ puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escu√°lidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.

¬ŅEntonces es delirio todo esto? ¬ŅA qui√©n puedo llamar que me‚Ä® salve?
Su reino es de este mundo. Todos est√°n aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprender√°s que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprender√°s qui√©n sostiene todo este sue√Īo.

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Un buen editor es la mancuerna indispensable del autor para ganar lectores. √Čsto, que hace unos a√Īos pod√≠a parecer una verdad de Perogrullo, hoy no lo es. Los buenos editores est√°n desapareciendo en un mundo regido por los intereses del mercado y son uno a uno sustituidos en las grandes editoriales por ejecutivos de ventas que manejan los libros como si fueran jabones mientras sue√Īan con encontrar a su propio Dan Brown o J.K. Rowlling, y que Dios y J.K. Rowlling me perdonen por poner a los dos primeros en la misma cacerola.
En una de mis recientes visitas a la Agencia Literaria de Carmen Balcells, una de sus asistentes me dec√≠a que si en esta √©poca les hubiera llegado el manuscrito de Cien A√Īos de Soledad no les ser√≠a f√°cil venderlo.
Tambi√©n se est√°n acabando los libreros que conoc√≠an su oficio, amaban la lectura y eran capaces de recomendar libros a sus clientes. Hace un par de meses, a mi paso por Madrid, intent√© comprar las aventuras de Sherlock Holmes en una aparentemente bien provista librer√≠a del Corte Ingl√©s para obsequi√°rselas al hijo de una buena amiga. El empleado que me atendi√≥ no s√≥lo no ten√≠a la menor idea de qui√©n fue Sir Arthur Conan Doyle sino que tampoco hab√≠a o√≠do hablar de Sherlock Holmes. Hubo que deletrearle pacientemente el nombre para que lo buscara en su computadora y, a√ļn as√≠, fue incapaz de dar con el libro.
Pero volviendo a los editores de anta√Īo, √©stos se distingu√≠an por su inter√©s por educar a los lectores. Los nutr√≠an con inteligencia para despertarles apetitos mayores. Les ense√Īaban a leer, en verdad a leer. Esta labor que deber√≠an continuar, por su propio beneficio, las grandes editoriales, se circunscribe ahora a las m√°s peque√Īas. Sus propietarios, que cuando ganan, ganan poco y, cuando pierden, pierden mucho, contin√ļan sin embargo picando piedra para forjarse un verdadero p√ļblico.
Ese es el caso de Daniel Pupko, en M√©xico, y su editorial Salida de Emergencia, y el de C√©sar Sanz en Valladolid, con Dif√°cil. √Čsta √ļltima acaba de publicar una bella e inteligente “antolog√≠a de la poes√≠a latinoamericana al siglo XXI” titulada Una Gravedad Alegre. La selecci√≥n es del tambi√©n poeta y doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburg, Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Su trabajo, un excelente panorama de lo que hoy sucede en nuestros pa√≠ses, reune a casi sesenta poetas nacidos a partir de 1940. A Colombia le corresponde el honor de presentar al m√°s veterano, Jotamario Arbel√°ez (1940), y a la m√°s joven, Lauren Mendinueta (1977).
Estas son unas cuantas muestras de los participantes y de sus obras. Felicidades a C√©sar y que contin√ļe as√≠. Hacen falta m√°s editores como √©l.

Elsa Cross (México D.F., México, 1946). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1989) y Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1992).

Las piedras

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El sol restalla en los m√°rmoles desnudo.
Las inscripciones
ocultan y alumbran sus mensajes:
letras como pórticos,
triglifos,
propileos vibrantes
y allí donde chocan los nombres con las cosas
se abren vetas en el m√°rmol
como entradas a otros sue√Īos.

Se desmoronan los templos de palabras,
el sentido se vuelve
un trazo incongruente
partícula que casa con el polvo.

Oscuridad completa bajo el sol.
Ignorancia completa.

No hay marcas de la vía.
El dios abre y cierra los destinos
igual que el viento azota los postigos
hasta romperlos.

Los pasos se repiten.
y las preguntas ciegas,
el balbuceo,
el tumbo,
el azoro de p√°jaro
en espera de algo.

Caen palabras
como monedas:
fulgura su reflejo en estas piedras
que existían aquí,
antes de nosotros,
y seguirán después
como los dioses.

Corte traversa del sentido.
se mira el or√°culo sin comprender.

Todo comienza donde se cierran los ojos.

Antonio Cisneros (Lima, Per√ļ, 1942). Premio Casa de Las Am√©ricas 1968.

AntonioCisneros-1.jpg picture by antoniosarabiaImitación de Horacio

a)
Si quieres un amor (m√°s o menos) eterno, no descuides
detalle ninguno.
Af√°nate porque tenga la claridad y el peso de lo escrito.
Algo que puedas reclamar.
Estipula los plazos. No te fíes de una sonrisa amable y sin
motivo,
ni de un deseo mayor que lo previsto en las horas del amor.
No brindes la confianza, ni la tomes. Ama y sospecha del
latido del día,
del suspiro de la noche donde todo est√° escrito. Igual que
en el papel.

b)
Si optas en cambio, por un amor ligero (olor de hierba
Que cambia con la brisa)
sumérgete en el caos de amar y ser amado.
Y siente que cada media hora es (a su modo) una consistente
Eternidad.

Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) En su pa√≠s ha ganado el Premio Internacional de Poes√≠a de Medell√≠n, 2000, el Premio Nacional de Poes√≠a Universidad Metropolitana, 2000. En Espa√Īa el Premio Mart√≠n Garc√≠a Ramos 2007. Su nuevo poemario, La Vocaci√≥n Suspendida, ser√° publicado en breve por otra de esas editoriales de las que estamos hablando: Point de Lunettes.

Poética

La que sin ser yo
No es otra
La de tirantes dedos para acariciar
El espino
Escribe
Pocos a√Īos Pocas horas
No menos de mil
No m√°s de mil
Recoge
La herida de la tierra amarga
Para protegerse
De la orgullosa espesura
Sostenida por siete p√°jaros azules
Su soledad
No derrama p√°jaros
√Ārboles con amplias miradas
Antigua huella de adioses
Guardaron para ella la se√Īal
Y las flores
Grandes triunfadoras
Le cortaron el suspiro inocente
Joven a√ļn
No la conozco
Ella y yo
Dos manos de trazo libre
Para esquivar la espera
Dos pies en forma de pies
Para marchar al combate
Dos ojos
Que siempre miran recuerdos
Diosa y mujer
nosotras

Gonzalo Millán (Santiago de Chile, 1947-2006) Además de la poesía cultivó la creación artística en los campos de la poesía visual y las artes plásticas.

Noche

Atardece como un amanecer
A la inversa
Retrocediendo hacia la noche.

Y cuando la noche cae,
Nadie sabe
Si abre o cierra los ojos,
Si se desnuda o se viste,
Si se levanta o se acuesta.

Nadie sabe si llega o sale,
Si abre o cierra la puerta,
Si √©stos son los sue√Īos de ayer
O las pesadillas del ma√Īana.

Coral Bracho (México D.F., México 1951). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1982, y Javier Villaurrutia, 2003.

Una piedra en el agua de la cordura

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo
Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquel
entre este punto
y aquel

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
ver√° el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, ver√° sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.

Fabio Mor√°bito. Aunque naci√≥ en Alejandr√≠a, Egipto, (1955) y pas√≥ su infancia en Italia, se ha hecho poeta en M√©xico donde reside desde los quince a√Īos. Gan√≥ el Premio Nacional de Poes√≠a Aguascalientes en 1992, y el Antonin Artaud en 2006 con un libro de cuentos, Grieta de Fatiga.

Hay una bestia

Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
pero soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla
pero es astuta
se mueve en lo profundo.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un t√ļnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¬ŅEn qu√© momento se desbordar√°
para ocuparme,
para integrarme m√°s a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito
hasta dejarme mudo?

Marco Antonio Campos (M√©xico D.F., M√©xico, 1946) Ha ganado en M√©xico los premios Javier Villaurrutia, 1992, y Netzahualc√≥yotl, 2005. En Espa√Īa el premio Casa de Am√©rica (2005).

Los poetas modernos

¬ŅY qu√© qued√≥ de las experimentaciones
del ‚Äúgran estreno de la modernidad‚ÄĚ,
del ‚Äúenfrentamiento con la p√°gina en blanco‚ÄĚ,
de la rítmica pirueta y
del contr√°ngulo de la palabra,
de ultraístas y pájaros concretos,
de surrealizantes con sue√Īos de
n√°ufragos en vez de tierra firme,
cu√°ntos versos te revelaron un mundo,
cuántos versos quedaron en tu corazón,
dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?

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Esta semana quer√≠a dedicar el blog a una poeta griega, Lena Papp√°, de la cual poseo apenas un librillo, Palabras de Vidrio, publicado por la editorial Los Vientos, en 1984. En √©l hay algunos poemas que habr√≠a querido compartir con los lectores este fin de a√Īo. Por desgracia, por m√°s que he revuelto bibliotecas y librer√≠as, incluyendo los acostumbrados canales de Internet en los pocos idiomas que domino, aparte de que naci√≥ en Atenas no he podido averiguar nada m√°s sobre ella, ni siquiera la fecha de su nacimiento. Contin√ļo mis pesquisas y les prometo muestras de su extraordinario quehacer literario para la semana que viene. Si alguno de ustedes, lectores de este blog, -tal vez t√ļ, Luis Gonz√°lez de Alba, tan enamorado de Grecia y su cultura- tiene alg√ļn material o informaci√≥n que proporcionarme se le agradecer√≠a infinito.
Para sustituirla, mal, yo lo sé, pero el tiempo apremia y esta entrada lleva ya un día de retraso, les ofrezco algunos poemas míos, ojalá los disfruten.
Comienzo con uno inédito, garabateado sobre una servilleta del bar del hotel Frankfurterhoff allá por el 93 o el 94, que Carmen Balcells se llevó como recuerdo a Barcelona.

Nostalgia de Góngora en la Feria del Libro

Que animen damas hermosas
el vaivén de tales cosas
bien puede ser

Más que así levanten olas
y que luego duerman solas
no puede ser

Que se aleguen mil razones
para nuevas ediciones
bien puede ser

M√°s que acierte tanta ciencia
sin cierta concupiscencia
no puede ser

Peque√Īo poema (n)e(u)r√≥tico

El ratón que nos comió la lengua
cuando ni√Īos
(¬Ņrecuerdas?)
persigue a√ļn esa palabra
que se escabulle.

Silencio,
entre t√ļ y yo s√≥lo silencio,
y el novicio rozar
de los labios y los cuerpos.
La palma de mi mano
toqueteando el vacío
sobre tu p√ļber vello el√©ctrico.
Y tu boca crisp√°ndose torpemente
en mi boca,
amordazando promesas que nos prohibía
la infancia,
mientras el sinverg√ľenza rat√≥n
rondaba su agujero
en busca de esa palabra
que se escabulle.

Descuido

Se me extravió tu nombre en el recuerdo.
He perdido tu nombre
en ese sitio ambiguo en donde quedan
a√ļn tantas cosas tuyas.
Ahí está tu sonrisa, por ejemplo,
-¬Ņera esa tu sonrisa?-, y tus ojos cansados
de mis intemperancias,
y la esquiva tibieza de tu carne,
y tu silueta desnuda recortada
contra la tenue cortina de donde provenía
la incierta luz del alba.
T√ļ fumabas junto a la ventana,
recuerdo tus pechos desafiantes,
sus altivos pezones expuestos a mis ansias,
tu perfil pensativo que exploraba
por entre los trasl√ļcidos pliegues de la gasa
el difuso contorno de los √°rboles
en la indecisa madrugada.
Recuerdo también que te volviste
y el timbre de tu voz y tu mirada
al decirme que ya no era posible
continuar con lo nuestro, que deseabas
ser libre como antes y seguir con tu vida
lejos de nuestras incongruencias cotidianas.
Ser libre, me dijiste pero, mira,
te me quedaste presa en el recuerdo,
aunque he olvidado tu nombre.

Ruinas

La luna cae
por la abertura de la chimenea
cual redonda moneda
dentro de una alcancía.
Se ilumina la casa
Pero no hay ya quien vea
el esplendor del astro
en la pieza vacía.

Brote

Algo germina en mí,
algo me crece
en el oscuro √°mbito
del cuerpo,
algo como una sombra
densa y dulce
en mi interior asciende
a mi cerebro.
¬ŅSer√° tal vez un yo
que a√ļn no conozco
caminando hacia mí
desde mi centro
como una mansa bestia silenciosa?
¬ŅO es una mariposa azul
que hizo capullo
entre el alto andamiaje
de mis huesos
y anhela deshacerse
de su c√°rcel
y volar como vuela
el pensamiento…?

Alima√Īa

Aquello que se me quedó en el inconsciente,
alacr√°n arrancado de su nido,
lo que quiero y no puedo recordar,
todo lo vivido y olvidado,
viene hacia mí desde la infancia,
avanza con la cola levantada.

¬ŅCu√°ndo llegar√° por fin a m√≠?
¬ŅCu√°ndo tocar√°,
con su aguijón en llamas,
mi frente?

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Mi amistad con el gran fot√≥grafo argentino afincado en Par√≠s Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince a√Īos y nos hemos acompa√Īado por tantos rincones de √©ste y de aquel lado del Atl√°ntico que su est√©ril recuento desafiar√≠a nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llev√≥ a plasmar en un libro com√ļn, El Refugio del Fuego, nuestras correr√≠as por la ladera del volc√°n de Colima, en M√©xico, a fines de los a√Īos noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fot√≥grafo profesional. Adem√°s de colaborar en los m√°s importantes peri√≥dicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria s√≥lo de las que me he enterado, en distintas ciudades de M√©xico, Colombia, Argentina, Portugal, Espa√Īa, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e in√©dita de quien alguna vez asegur√≥ que ‚Äúcitar es citarse‚ÄĚ, Jorge Luis Borges (‚ÄúEl hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno‚ÄĚ). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de s√≠ mismo. Como si su c√°mara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es √©l entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (‚Äúcomo aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido‚ÄĚ).

Es √©l quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (‚Äúnadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volver√≠an a decir que estoy loco, que mi madre muri√≥ en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio‚ÄĚ).

Y nos observa a trav√©s de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (‚Äúdebemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la m√ļsica que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos‚ÄĚ).

√Čl se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (‚Äú¬Ņc√≥mo interpretar las se√Īales / si los clavos son tan de este mundo?‚ÄĚ).

Es suya esa sonrisa entre ir√≥nica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Y√°√Īez (‚Äúas√≠ comenz√≥ la escritura el mudo. / Llov√≠a a c√°ntaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por √©l‚ÄĚ).

Contempla al ni√Īo sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (‚Äúte dejo frente al mar / descifr√°ndote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota‚ÄĚ)

y nos mira recostado en el sof√° donde yace Gonzalo Rojas (‚Äú¬Ņqu√© se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?‚ÄĚ).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (‚Äúdoy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra‚Ķ‚ÄĚ)

y, en esa playa de Saint Mal√≥, son √©l y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de √Ālvaro Mutis (‚Äúa la vuelta de la esquina / te seguir√° esperando / ese que nunca fuiste, ese que se muri√≥ / de tanto ser t√ļ mismo lo que eres‚ÄĚ).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompa√Īa los pasos de la ni√Īa por la escalinata y no Blanca Varela (‚Äúdigamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera‚ÄĚ)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balc√≥n de Antonio Gamoneda (‚Äúllevo colgados de mi coraz√≥n / los ojos de una perra y, m√°s abajo / una carta de madre campesina‚ÄĚ).

Es de nuevo √©l, en M√©xico, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (‚Äúa este oficio me obligan los dolores ajenos, / las l√°grimas, los pa√Īuelos saludadores, / las promesas en medio del oto√Īo o del fuego‚ÄĚ),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Dar√≠o Jaramillo (‚Äúese otro que tambi√©n me habita / acaso propietario, invasor quiz√°s o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos‚ÄĚ).

¬ŅPero no es ah√≠ donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte m√°s humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro per√≠metro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podr√≠a intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fot√≥grafo argentino Daniel Mordzinski, all√° por el a√Īo de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela reci√©n hab√≠a aparecido en Espa√Īa el a√Īo anterior). √Ālvaro Mutis (Bogot√°, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, m√°ximo galard√≥n que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sep√ļlveda como yo lo hab√≠amos acompa√Īado la v√≠spera a la ceremonia en Paris, ya no s√© si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sac√≥ Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso c√°lido y bonach√≥n con el que Mutis nos arropa, simboliza para m√≠ la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las √≥rdenes al m√©rito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso m√°s all√° de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poes√≠a, √Ālvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes m√°s generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompa√Īa en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de √Ālvaro en las que supuestamente deb√≠a promover alg√ļn libro suyo y √©l dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de alg√ļn oscuro poeta centroeuropeo del que nadie hab√≠a o√≠do hablar pero que a √©l le parec√≠a admirable. Por lo que a m√≠ respecta, me consta que en esa √©poca hubo autores que jam√°s se habr√≠an tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendaci√≥n personal.
La segunda foto me es tambi√©n muy querida porque √Ālvaro pos√≥ con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Mal√≥ tambi√©n por Mordzinski -¬Ņel mismo a√Īo?, ¬Ņal siguiente de la de Saint Germain?, yo contin√ļo sin barba, ay√ļdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ah√≠ est√° de nuevo Sep√ļlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo √©ramos inseparables. Si se acuerda, y me env√≠a alguna cosa desde su retiro gijon√©s, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto √Ālvaro Mutis aparece vestido como lo estar√≠a Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de √Ālvaro Mutis porque, y en eso est√° el meollo del asunto, √Ālvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. S√≥lo Maqroll es capaz de escribir esa poes√≠a l√ļcida, desgarrada, en la que la selva amaz√≥nica y la urbana son una y la misma. Una poes√≠a a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusi√≥n o esperanza. Una poes√≠a de lo mejor que se ha escrito en Am√©rica durante la segunda mitad del siglo veinte.

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Desde Italia recibimos noticias de la bella e incansable Silvia Favaretto (Venecia, 1977), donde dirige, junto con su marido, Christian Panebianco, la revista digital de poes√≠a ‚ÄúLa fuente de las siete v√≠rgenes‚ÄĚ. Silvia tiene la particularidad de escribir indistintamente tanto en su natal italiano como en espa√Īol y luego de traducirse ella misma a uno u otro idioma. Los poemas que he seleccionado para esta edici√≥n de los Convidados pertenecen a su libro Palabras de Agua y los escribi√≥ originalmente en espa√Īol durante una estancia en Argentina. Los dejo con la sorprendente madurez, para alguien de su edad, el vigor expresivo y la irresistible rabia juvenil de Silvia Favaretto. Disfr√ļtenla.

ESTRELLA DE MAR

Ven a lamerme los pies, ola
tr√°game en un
abrazo de peces
grises
bésame las caderas
con tus labios
frescos de agua,
am√°rrame
con algas
los tobillos,
lléname de tu
sal los ojos y
la boca,
con esquirlas
de gotas hiéreme
la piel,
ch√ļpame los hombros
con fuerza,
quémame las cejas
con tu sol,
pégame en la nuca con
tus cachetadas frías;
contigo
sé que vencer
no puedo,
sin embargo
no me vas a manchar,
ni quedará vacío
mi cofre inerme
y azul.

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Hace pocas semanas, en Oaxaca, M√©xico, durante una lectura de nuestra invitada de la semana anterior, la poetisa colombiana Lauren Mendinueta, coincid√≠ por azar con el poeta chileno Ludwig Zeller (Rio Loa, Chile, 1927). Ludwig, que ha vivido los √ļltimos veinte a√Īos a caballo entre Canad√° y M√©xico, est√°, a sus ochenta a√Īos, m√°s inquieto y creativo que nunca. De nuestro convivio, adem√°s de la alegr√≠a del encuentro, quedaron como siempre en estos casos un par de libros de recuerdo. De ellos hemos extra√≠do, para los lectores de Los Convidados, tres joyas inestimables.

Por el camino veo que mi padre se acerca
Con los brazos abiertos. √Čl est√° muerto, pienso, ¬Ņc√≥mo
Puede encontrarse aquí? Ríe de mis dudas chupando el humo
De la pipa de √°mbar. Salen figuras y el tabaco
Que arde suspende en lo alto luces como signos
Que al reflejarse pulen los espejos de aquel ojo interior.

Yo me r√≠o tambi√©n. √Čstos son los paisajes que he so√Īado,
Esa ciudad invisible en la que vago escuchando las voces,
Recorriendo las calles desoladas de ese cotidiano laberinto
Que rodea la arena.
Mi padre tiene que partir.
Me abraza. Saca un p√°jaro que habla desde el pecho.
Golpea con el b√°culo y los caminos se abren:
Ahora escucho que sobre mi hombro izquierdo un ave misteriosa,
Transparente, ha empezado a cantar.

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