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	<title>Los Convidados &#187; poesía colombiana</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Blanca Varela y Meira Delmar, la doble ausencia</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Mar 2009 22:12:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Si abril es el mes más cruel, como afirma T.S. Eliot, este año marzo no le va a la zaga. Durante sus días se extinguieron dos de las voces femeninas más importantes de lo últimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contemporáneas una de otra, ambas nacidas en países vecinos de Sudamérica [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si abril es el mes más cruel, como afirma T.S. Eliot, este año marzo no le va a la zaga. Durante sus días se extinguieron dos de las voces femeninas más importantes de lo últimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contemporáneas una de otra, ambas nacidas en países vecinos de Sudamérica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo número de libros de poesía: ocho cada una.<br />
<span class="outline"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 217px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Varela2.jpg?t=1237757576" alt="Varela2.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Blanca Varela (Lima, Perú, 1926-2009), estudió letras en la Universidad de San Marcos donde conocería a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colaboró en la revista <em>Las Moradas</em> que dirigía Adolfo Westphalen y en 1949 emigró a París. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los círculos intelectuales del París de finales de los cuarentas y la década de los cincuentas. De ahí su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.<br />
Paz prologó, además, el primer poemario de Blanca Varela <em>Ese Puerto Existe</em>. Por cierto que el título original de aquella obra era <em>Puerto Supe</em>. Al poeta mexicano el título le pareció deleznable. &#8220;Pero, Octavio, ese puerto existe&#8221;, se defendió Blanca Varela. &#8220;Ahí tienes el título&#8221; exclamó Octavio Paz. Más tarde, al prologar el poemario que él mismo había ayudado a titular, Paz formula lo que podría considerarse una verdadera declaración de principios. He aquí un fragmento: <em>No creíamos en el arte. Pero creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del &#8220;arte comprometido&#8221;, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural.</em><br />
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.</p>
<p><span class="outline"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 239px; height: 487px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Meira3-1.jpg?t=1237758759" alt="Meira3-1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Seis días después, el miércoles 18, falleció Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudió arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y más tarde música en el conservatorio de la Universidad del Atlántico de su nativa Barranquilla. La jovencísima Olga Isabel se inventó el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligió como nombre tiene un origen hebreo y significa, así de simple, &#8220;la luz&#8221;. Tenía entonces quince años. Lo utilizó como seudónimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. <em>Lo hice más que todo por temor a mi padre</em>, confiesa ella, <em>pues él era una persona muy severa, y yo no quería que ni él ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escribía</em>. El apellido ideado refleja su fascinación por uno de los temas fundamentales de su poesía: el mar. Hoy, su primer libro, <em>Alba de Olvido</em>, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, está considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.</p>
<p><span id="more-663"></span></p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p><strong>DE BLANCA VARELA</strong></p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p style="color: #000000;">ANVERS-SUR-OISE</p>
<p>Nadie te va a abrir la puerta. Sigue golpeando.<br />
Insiste.<br />
Al otro lado se oye música. No. Es la campanilla del<br />
teléfono.<br />
Te equivocas.<br />
Es un ruido de máquinas, un jadeo eléctrico, chirridos,<br />
latigazos.<br />
No. Es música.<br />
No. Alguien llora muy despacio.<br />
No. Es un alarido agudo, una enorme, altísima lengua que<br />
lame el cielo pulido y vacío.<br />
No. Es un incendio.</p>
<p>Todas las riquezas, todas las miserias, todos los hombres,<br />
todas las cosas desaparecen en esa melodía ardiente.<br />
Tú estás solo, al otro lado.<br />
No te quieren dejar entrar.<br />
Busca, rebusca, trepa, chilla. Es inútil.<br />
Sé el gusanito transparente, enroscado, insignificante.<br />
Con tus ojillos mortales dale la vuelta a la manzana, mide<br />
con tu vientre turbio y caliente su inexpugnable<br />
redondez.<br />
Tú, gusanito, gusaboca, gusaoído, dueño de la muerte y<br />
de la vida.<br />
No puedes entrar.<br />
Dicen.</p>
<p>II</p>
<p>Tal vez en primavera.<br />
Deja que pase este sucia estación de hollín y lágrimas hipócritas.<br />
Hazte fuerte. Guarda miga sobre miga. Haz una fortaleza de toda la corrupción y el dolor.<br />
llegado el tiempo tendrás alas y un rabo fuerte de toro o de<br />
elefante para liquidar todas las dudad, todas ls moscas, todas las desgracias.<br />
Baja del árbol.<br />
Mírate en el agua. Aprende a odiarte a ti mismo.<br />
Eres tú. Rudo, pelado, primero en cuatro patas, luego en dos,<br />
despúes en ninguna.<br />
Arrástrate hasta el muro, escuha la música entre las piedrecitas.<br />
Llámalas siglos, huesos, cebollas.<br />
Da lo mismo,<br />
Las palabras, los nombres, no tienen importancia.<br />
Escucha la música. Sólo la música.</p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p><strong>DE MEIRA DELMAR</strong></p>
<p>FUTURO</p>
<p>Vengo de la tristeza de tu olvido futuro<br />
como de alguna extraña ciudad deshabitada.</p>
<p>Crucé tu voz de ahora, tu corazón de ahora,<br />
el cielo que comienza detrás de tus palabras,</p>
<p>y me encontré en un tiempo donde ya no volvían<br />
tus ojos y mis ojos de una misma distancia.</p>
<p>Y vi crecer en torno sombras de ruinas, vagos<br />
espectros de jazmines, de tardes con ventanas</p>
<p>abiertas al arroyo de lumbre del verano<br />
y a la lluvia que el aire revestía de arpas.</p>
<p>Y vi también tu frente de soledad, de frío.<br />
El ángel de mi nombre en ella agonizaba.</p>
<p>Y regresé temblando de la indecible noche.<br />
Con la sangre sin júbilo.  Con el rostro sin lágrimas.</p>
<p>Como quien vuelve un día de contemplar su muerte,<br />
o como el que cruzando la primavera, pasa</p>
<p>junto al dolor pequeño de una golondrina<br />
inmóvil para siempre sobre la tierra clara.</p>
<p>&#8230;En mis manos, lo mismo que una gota de oro,<br />
está cayendo el alba.</p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p>EL RESPLANDOR</p>
<p>Nunca supe su nombre.<br />
Pudo<br />
ser el amor, un poco<br />
de alegría, o simple-<br />
mente nada.</p>
<p>Pero encendió<br />
de tal manera el día,<br />
que todavía<br />
dura su lumbre.</p>
<p>Dura.<br />
Y quema.</p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p style="color: #000000;">RUPTURA</p>
<p>Apenas nos hubimos encontrado<br />
comenzó la distancia a destejernos<br />
los ojos, las palabras, el asombro,<br />
antes que se apretaran nuestras vidas<br />
en la urdimbre del tiempo.<br />
Y quedaron los hilos en el aire.<br />
Un instante en el aire, como queda<br />
un pájaro, su vuelo,<br />
en tanto que lo borra<br />
la tormenta.<br />
Después, no más,<br />
el viento.</p>
<p style="color: #ffffff;">.</p>
<p>LOS DÍAS IDOS</p>
<p>Los días<br />
idos,<br />
los fragantes<br />
días, con los brazos<br />
llenos de rosas, con la copa<br />
llena de vino,<br />
¿qué se hicieron?<br />
¿Hacia dónde<br />
se alejaron, envueltos<br />
en la hebra de oro<br />
de las flautas,<br />
alto el sol todavía,<br />
sin aguardar la sombra?<br />
¿Junto a quién, como antes<br />
en torno mío, tejen<br />
el armonioso friso<br />
de las antiguas ánforas,<br />
desnudos en el tiempo<br />
de su sola belleza,<br />
al aire la aromada<br />
guirnalda de su canto?<br />
Nada queda en mis manos<br />
de lo que ellos portaban,<br />
ni en la arena la forma<br />
de su danza.<br />
Me dejaron tan sólo,<br />
por olvido,<br />
la dorada memoria<br />
de sus cuerpos.</p>
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		<title>Álvaro Mutis</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Nov 2007 14:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Álvaro Mutis]]></category>
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		<description><![CDATA[Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s1600-h/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137532273743156674" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s320/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" border="0" alt="" /></a> Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.<br />
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s1600-h/16.JPG" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137531985980347826" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s320/16.JPG" border="0" alt="" /></a> Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.</p>
<p><span id="more-10"></span><br />
Sé que en días pasados la feria del libro de Guadalajara le ha ofrecido un homenaje. Viene bien, aunque cae sospechosamente a la mano ahora que la feria tiene a Colombia como invitada especial y a Gabo se le han rendido ya, este año, todos los honores que su fatigada humanidad es capaz de resistir. Un homenaje, sí, no está mal y, desde luego, Álvaro se lo merece. Pero me pregunto si no se lo harán para paliar los sentimientos de culpa por ese premio Juan Rulfo –me consta que Claude Couffon lo propuso desde aquel 1993 de la foto- que Álvaro amerita también, y con creces, y que nunca le dieron. Menos mal que, cuando menos, esta vez le hicieron por fin justicia a Del Paso.<br />
Salud, Álvaro, felicidades y, como dice aquel hermoso poema tuyo, que nos acoja la muerte con todos nuestros sueños intactos. Amén.</p>
<p>UN BEL MORIR</p>
<p>De pie en una barca detenida en medio del río<br />
cuyas aguas pasan en lento remolino<br />
de lodos y raíces,<br />
el misionero bendice la familia del cacique.<br />
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,<br />
reciben los breves signos de la bienaventuranza.<br />
Cuando descienda la mano<br />
habré muerto en mi alcoba<br />
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía<br />
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.<br />
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,<br />
algunos retratos en desorden,<br />
unas cartas guardadas no sé dónde,<br />
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.<br />
Todo irá desvaneciéndose en el olvido<br />
y el grito de un mono,<br />
el manar blancuzco de la savia<br />
por la herida corteza del caucho,<br />
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,<br />
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.</p>
<p>CANCIÓN DEL ESTE</p>
<p>A la vuelta de la esquina<br />
un ángel invisible espera;<br />
una vaga niebla, un espectro desvaído<br />
te dirá algunas palabras del pasado.<br />
Como agua de acequia, el tiempo<br />
cava en ti su arduo trabajo<br />
de días y semanas,<br />
de años sin nombre ni recuerdo.<br />
A la vuelta de la esquina<br />
te seguirá esperando vanamente<br />
ése que no fuiste, ése que murió<br />
de tanto ser tú mismo lo que eres.<br />
Ni la más leve sospecha,<br />
ni la más leve sombra<br />
te indica lo que pudiera haber sido<br />
ese encuentro. Y, sin embargo,<br />
allí estaba la clave<br />
de tu breve dicha sobre la tierra.</p>
<p>CIUDAD</p>
<p>Un llanto,<br />
un llanto de mujer<br />
interminable,<br />
sosegado,<br />
casi tranquilo.<br />
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.<br />
Primero un ruido de cerradura,<br />
después unos pies que vacilan<br />
y luego, de pronto, el llanto.<br />
Suspiros intermitentes<br />
como caídas de un agua interior,<br />
densa,<br />
imperiosa,<br />
inagotable,<br />
como esclusa que acumula y libera sus aguas<br />
o como hélice secreta<br />
que detiene y reanuda su trabajo<br />
trasegando el blanco tiempo de la noche.<br />
Toda la ciudad se ha ido llenando de ese llanto,<br />
hasta los solares donde se amontonan las basuras,<br />
bajo las cúpulas de los hospitales,<br />
sobre las terrazas del verano,<br />
en donde las discretas celdas de la prostitución,<br />
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,<br />
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,<br />
en las medallas que reposan en joyeros de teca,<br />
un llanto de mujer que ha llorado largamente<br />
en el cuarto vecino,<br />
por todos los que cavan sus tumbas en el sueño,<br />
por los que vigilan la mina del tiempo,<br />
por mí, que lo escucho<br />
sin conocer otra cosa<br />
que su frágil rodar por la intemperie<br />
persiguiendo las calladas arenas del alba.</p>
<p>AMÉN</p>
<p>Que te acoja la muerte<br />
con todos tus sueños intactos.<br />
Al retornar de una furiosa adolescencia,<br />
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,<br />
te distinguirá la muerte con su primer aviso.<br />
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,<br />
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.<br />
La muerte se confundirá con tus sueños<br />
y en ellos reconocerá los signos<br />
que antaño fueron dejando,<br />
como un cazador que a su regreso<br />
reconoce sus marcas en la brecha.</p>
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