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	<title>Los Convidados &#187; Pino Cacucci</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Pino Cacucci, autor y traductor</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 16:40:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura Italiana]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta entrada podría muy bien titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221;, -traductor, traidor-, porque tiene como Convidado al excelente novelista y traductor italiano, Pino Cacucci (Alessandria, 1955), gran &#8220;cuate&#8221;, diríamos en México, de este autor, y Pino sabe muy bien lo que esa palabra significa porque también es responsable de la brillante traducción de mi novela Le Arance [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta entrada podría muy bien titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221;, -traductor, traidor-, porque tiene como Convidado al excelente novelista y traductor italiano, Pino Cacucci (Alessandria, 1955), gran &#8220;cuate&#8221;, diríamos en México, de este autor<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pinocacuccimontanaro.jpg?t=1218384302" alt="pinocacuccimontanaro.jpg picture by antoniosarabia" />, y Pino sabe muy bien lo que esa palabra significa porque también es responsable de la brillante traducción de mi novela <em>Le Arance Amare di Sviglia</em> (Ugo Guanda Editore, 2003) y otros varios textos míos a la lengua del Dante. Si digo que esta entrada debería llamarse &#8220;tradutore, traditore&#8221; no es, desde luego, por causa suya, ya que su trabajo, siempre preciso y fidelísimo, le ha merecido varios premios internacionales, entre ellos, este año, el <em>Claude Couffon</em> que otorga el Salón de Libro Iberoamericano patrocinado por Luis Sepúlveda en inteligente y amistoso contubernio con el ayuntamiento de Gijón y el Principado de Asturias.</p>
<p>Si digo que debe titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221; es porque hace unas semanas pedí a Pino que me mandara algo suyo para incluirlo entre <em>Los Convidados</em> y él correspondió a mi solicitud enviándome un relato, -en el fondo una bella parábola sobre la inmigración-, pero lo hizo, como es natural, en su nativo italiano, poniéndome en el comprometido y comprometedor aprieto de tener que traducirlo yo mismo. Esa es la razón por la que esta entrada, aparte de &#8220;tradutore, traditore&#8221;, podría llamarse también &#8220;El autor prueba una sopa de su propio chocolate&#8221; o, &#8220;Cuando los patos le tiran a las escopetas&#8221;.<br />
Así pues, esta semana yo traduzco a mi traductor, y le pido disculpas de antemano a él y a ustedes los habituales del blog por las posibles meteduras de pata porque su hermoso texto, <em>La Resurrezione della Vite</em> se merecía alguien con mayores conocimientos de la lengua italiana que yo. </p>
<p>Añado, como resarcimiento, una evocación de nuestro querido México donde Pino vivió tantos años. Se trata de un cuadro poco conocido de Diego Rivera, el gran pintor mexicano sobre cuya persona y época mi gran amigo y traductor ha escrito muchísimas páginas. Se titula, no faltaba más, <em>En el Viñedo</em>. Es de 1920.</p>
<p><span id="more-57"></span></p>
<p>LA RESURRECCIÓN DE LA VID</p>
<p>Padre e hijo fueron de los últimos en abordar el barco. Bastia se volvió a mirar el muelle, hacia los parientes de su mujer emigrados a Chile diez años antes que los despedían conmovidos. Les hizo un rápido gesto de adiós y se apresuró a buscar un espacio en el puente donde resguardar a Tonino del sol y, más que nada, al saquito de tela que contenía todas sus esperanzas. Cuando se soltaron las amarras y la nave comenzó lentamente a separarse del puerto, Bastia contempló la soleada Valparaíso en medio verano austral y pensó: &#8220;en casa estará nevando ahora&#8230; Bien, al menos hará frío para proteger lo que resta de mi pobre viñedo abandonado&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/1920EnelViedoDiegoRivera.jpg?t=1218385081" alt="1920EnelViedoDiegoRivera.jpg picture by antoniosarabia" />El año nuevo de 1900 lo pasaron doblando el Cabo de Hornos, ahí donde el Pacífico y el Atlántico se encuentran en una incesante lucha proclive a tempestades. Tonino fue a vomitar varias veces por encima de la borda la mísera cena que se había ofrecido a los pasajeros de cubierta. Bastia le sostenía la cabeza mientras le hablaba para reanimarlo:  &#8220;aquí hay una leyenda, ¿sabes?: en lo más hondo de este abismo el diablo yace encadenado y se esfuerza en liberarse, por eso el mar está siempre revuelto&#8221;. Después volvía al rincón de un bote salvavidas bajo cuyo amparo rociaba con los dedos un poco de agua sobre la andrajosa bolsita de la que brotaban ya pequeños protuberancias de raíces retorcidas. Ahí dentro estaba su preciosa cepa madre envuelta en terrones de aquella baldía tierra americana, arena compacta del sur del fin del mundo, capaz de hacerla inmune a la filoxera. Feliz año nuevo, papá, le dijo Tonino limpiándose la boca mientras los pasajeros de cabina, &#8220;los señores&#8221;, festejaban descorchando champagne y Bastia sentía en el paladar el gusto de la última botella de Barbera o, más bien, la penúltima porque había guardado una postrera en su bodega y la conservaba para celebrar con ella la esperanza recuperada, el resurgimiento de sus vidas. &#8220;Quizás&#8221;, reflexionó, y de inmediato apartó la sombra del desaliento diciéndose a sí mismo: &#8220;los franceses lo comprendieron antes que nadie: la solución es ésta&#8221;, y acarició el saco que contenía el porvenir.<br />
Mar del Plata, Montevideo, Río de Janeiro y después la larga travesía transocéanica. Primero la escala en Cabo Verde, luego las Canarias y finalmente&#8230; el estrecho de Gibraltar. Meses de navegación con un solo pensamiento en la cabeza: &#8220;los portainjertos tienen que mantenerse vivos&#8221;. Y mantener también a Tonino a raya cuando, en cada puerto, preguntaba por qué todos descendían a tierra menos ellos. &#8220;No puedo dejarlos aquí ni tampoco llevarlos a la espalda, podrían morírseme&#8221;, respondía siempre Bastia señalando el saco húmedo.<br />
Cuando desembarcaron en Génova, Tonino estaba eufórico y Bastia taciturno y tenso. Ahora venía lo peor, según él. Las horas de tren le preocupaban. La cepa madre, la raíz de la nueva vida podría sufrir un trauma irreparable. Al día siguiente estaban en casa. El recuento de las maravillas se lo dejó todo a Tonino. Él abrazó a su mujer bañada en lágrimas, estrechó a sus dos niñas pequeñas, y en seguida se precipitó a la viña a intentar la consumación del milagro.<br />
Había sido un barco de vapor el culpable de difundir la peste. En 1869, venido de quién sabe dónde, desembarcó un bichito casi invisible, una larva. La Filoxera, criatura americana, que no había causado daños a las viñas llevadas por los conquistadores españoles debido a la tierra arenosa en la que se plantaron, en Europa se convirtió en un flagelo, provocó una carestía, corroyó las raíces y destruyó todos los viñedos comenzando por Francia y extendiéndose al resto del continente. No existía veneno capaz erradicarla. A la vuelta de pocos años muchos viñedos legendarios desaparecieron para siempre. A Italia la plaga de Filoxera llegó un poco más tarde, pero con efectos igualmente devastadores. El vino parecía a punto de convertirse en un recuerdo del pasado. Pero los franceses descubrieron la cura: el camino de la conquista a la inversa. Importaron raíces de Sudamérica, donde las plantas habían generado defensas que las hicieron inmunes a la filoxera. Los viñedos descendientes de aquellos que tres o cuatro siglos antes habían cruzado el Atlántico en carabelas y galeones volvían para restaurar la vida a sus distantes progenitores. De ahí en adelante, todos los vinos europeos tuvieron su origen en vinos sudamericanos. Funcionaba. Y Bastia quiso hacer la prueba.<br />
Pasó la primavera, con la familia en pleno escrutando las heridas de los injertos y los débiles retoños. Luego, en verano, las pocas hojas y algunas míseras ramitas. Después otro largo invierno rezando y merodeando aquella última botella de Barbera. Pero al llegar de nuevo el verano Bastia le sacó el corcho y todos brindaron por la resurrección. En septiembre las uvas no fueron muchas pero sanas. El maldito parásito se había roto los dientes contra las cepas del lejano Chile. Qué rara la vida, pensaba Bastia, y qué rara la vid. Quién iba a decir que después de tantos siglos llegaría a producir como máximo un poco de vinagre. Y ahora, mira nada más, si nos habíamos puesto de nuevo a vendimiar y apisonar la uva con los pies desnudos se lo debíamos a los inmigrantes.<br />
Pino Cacucci</p>
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