Posts Tagged “Octavio Paz”

Hace ya muchos a√Īos, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorr√≠ las m√°rgenes del r√≠o San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pas√© bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descend√≠ hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la pen√≠nsula de la Gaspesia. Durante esas m√°gicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alej√© una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cord√≥n umbilical que me un√≠a con M√©xico en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que le√≠a y rele√≠a sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprend√≠ casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que le√≠.

Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, dir√© que el autor me pareci√≥ un ching√≥n. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los m√°s c√©lebres cap√≠tulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percib√≠ a Octavio Paz como un ching√≥n no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces s√≥lo le hab√≠a le√≠do chingoner√≠as. Es verdad que el mero ching√≥n es, en cierto modo, el macho cabr√≠o mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, m√°s pr√≥ximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiraci√≥n, alguien con quien desear√≠amos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el ching√≥n, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabr√≥n cuya √ļnica forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al pr√≥jimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultar√≠a un sondeo de opini√≥n en el que se preguntara p√ļblicamente, as√≠, con todas sus letras, qui√©nes de nuestros presidentes han sido unos chingones y qui√©nes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al pa√≠s fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¬Ņd√≥nde estar√≠a C√°rdenas, d√≥nde Salinas de Gortari?- s√≥lo me resta asentar que la oficiosa historia de M√©xico registra a Ju√°rez como un ching√≥n y a Porfirio D√≠az como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del cap√≠tulo citado, Paz hace una apolog√≠a de Cuauht√©moc, el tr√°gico h√©roe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. ‚ÄúEl joven abuelo‚ÄĚ era un ching√≥n mientras que Cort√©s, al est√°rselo chingando, quem√°ndole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.

Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.

A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.

Estas disquisiciones sobre la acepci√≥n de una palabra que ha hecho fluir r√≠os de tinta en las letras mexicanas pueden parecer m√°s bien fr√≠volas pero de la aclaraci√≥n de su justo significado, del c√≥mo y el por qu√© se empez√≥ a utilizar en M√©xico muchos a√Īos atr√°s, puede surgir tambi√©n una concepci√≥n un tanto diferente del papel desempe√Īado por el sexo femenino durante la Conquista.

La percepci√≥n de la mujer ind√≠gena como un ser d√©bil e indefenso, una encarnaci√≥n de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Breta√Īa, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Cat√≥lica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuesti√≥n estriba entonces en averiguar si las compa√Īeras de los caballeros √°guilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coet√°neas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si as√≠ fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¬Ņqu√© tan v√°lido es equiparar la fascinaci√≥n y la seducci√≥n a la violaci√≥n y, sobre todo, el hacerla funcionar nada m√°s del hombre hacia la mujer sin mencionar que tambi√©n se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar m√°s de una batalla amorosa. Col√≥n se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras reci√©n descubiertas. Muchos de los marinos espa√Īoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a m√°s no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espl√©ndidas. Las Casas piensa que ‚Äúpod√≠an ser miradas y loadas en Espa√Īa por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran‚ÄĚ y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolom√© en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.

Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro am√≥ a la hermana de Atahualpa, do√Īa In√©s Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso P√©rez Maite decidi√≥ santificar su uni√≥n con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quer√≠a como esposa, e igual sucedi√≥ con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Mart√≠nez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se uni√≥ a Do√Īa Mar√≠a de Chacabuco.

En lo que respecta al car√°cter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompa√Īando a Francisco de Orellana en la infructuosa b√ļsqueda del m√≠tico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las m√°rgenes de un r√≠o inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedar√° para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de ind√≠genas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ah√≠ mismo, a cualquier var√≥n que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, val√≠a por el de diez guerreros indios.

M√°s cerca de nosotros, ac√° en Tlatelolco, las mujeres tambi√©n incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores espa√Īoles increp√°ndolos con frases oprobiosas y dici√©ndoles: ‚Äú¬ŅNom√°s est√°is ah√≠ parados?… ¬ŅNo os da verg√ľenza? ¬°No habr√° mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…‚ÄĚ Y llegado el momento ponen el ejemplo coloc√°ndose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremang√°ndose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.

En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de M√©xico se puede percibir ese mismo esp√≠ritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonici√≥n: ‚ÄúSi tu marido fuere necio, s√© t√ļ discreta; si yerra en la administraci√≥n de la hacienda, advi√©rtele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, enc√°rgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.‚ÄĚ

No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista ten√≠a alg√ļn rol destacado en la econom√≠a o la pol√≠tica del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padec√≠an un destino harto com√ļn: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el ma√≠z y tejiendo. ‚ÄúEl panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece m√°s bien sombr√≠o, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro ‚ÄúLa Femme au temps des Conquistadores‚ÄĚ, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los espa√Īoles parece indicar que no es exagerado‚ÄĚ.

Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusi√≥n entre los espa√Īoles y las ind√≠genas, como si √©stas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrec√≠a la presencia de √©stos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de Garc√≠a Mer√°s, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.

Anayansi, la amante india de Vasco N√ļ√Īez de Balboa, una mujer a quien sus contempor√°neos no vacilan en calificar de bell√≠sima, salva la vida del conquistador poni√©ndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentar√≠a contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro N√ļ√Īez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervenci√≥n de alguna ind√≠gena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.

La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es do√Īa Marina, incontestable encarnaci√≥n de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cort√©s y se convirtiera en c√≥mplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los espa√Īoles, pero entre m√°s se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de v√≠ctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cort√©s comprendi√≥ pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfecci√≥n el maya y el n√°huatl. Ella hab√≠a sido adjudicada en un principio a Hern√°ndez de Portocarrero pero Cort√©s se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confi√°ndole una misi√≥n important√≠sima de la que jam√°s regresar√≠a. Acto seguido se apropia de do√Īa Marina introduci√©ndola en su intimidad y en su rec√°mara. Ella se convierte en ‚Äúsu lengua‚ÄĚ seg√ļn la propia expresi√≥n de Cort√©s y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de M√©xico habr√≠a resultado imposible.

Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiraci√≥n de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Crey√©ndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hip√≥critas frases diplom√°ticas que se escuchan a su alrededor. M√°s le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al o√≠do, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participaci√≥n. La matanza tendr√° lugar esa misma noche o, a m√°s tardar, al d√≠a siguiente. Do√Īa Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cort√©s de la conjura.

No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se constru√≠an en los territorios conquistados. Negarlo ser√≠a como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cu√°ntas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauht√©moc y sus capitanes demandan a Cort√©s la devoluci√≥n de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, √©ste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. ‚ÄúDioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal D√≠az del Castillo en el cap√≠tulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se quer√≠an volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan sol√≠citos que las hallaron, y hab√≠a muchas mujeres que no se quer√≠an ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escond√≠an, y otras dec√≠an que no quer√≠an volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya pre√Īadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cort√©s expresamente mand√≥ que las diesen‚ÄĚ.

As√≠, las m√°s encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se al√≠an con √©l, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sue√Īos. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza c√≥smica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.

Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo ind√≠gena. No lo es. Tampoco se trata de un intento m√°s en el in√ļtil empe√Īo emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta √©poca de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende m√°s a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violaci√≥n sino de una entrega.

Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.

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Ayer por la noche en Albox, Almer√≠a, se entreg√≥ el Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos 2009 a Rub√©n D√≠ez Tocado y, como es costumbre, se present√≥ al mismo tiempo la edici√≥n impresa del libro galardonado el a√Īo anterior, De Ida y Vuelta, de la poeta andaluza radicada en Par√≠s Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, Espa√Īa 1980).

SARAT3.jpg picture by antoniosarabiaSara tuvo a bien invitarme a escribir el pr√≥logo de su poemario, solicitud a la que acced√≠ gustoso porque, adem√°s de la simpat√≠a personal que me inspira su autora, De Ida y Vuelta es una obra espl√©ndida que augura a Sara Herrera Peralta un relevante porvenir dentro de las letras espa√Īolas.

El libro es un bello y muy bien cuidado volumen que publica la editorial Difácil, de Valladolid, bajo la dirección de César Sáenz.

Saludo, pues, la aparici√≥n en las librer√≠as espa√Īolas del poemario ganador del VII Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos, De Ida y Vuelta, publicando el pr√≥logo que le escrib√≠ junto a tres poemas del mismo.

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PR√ďLOGO

La √©pica de Gilgamesh menciona un pasaje subterr√°neo que une las cimas de dos cumbres gemelas: las de las monta√Īas que limitan el poniente y el oriente en los dos extremos del mundo. Ese es el oscuro sendero que el sol recorre durante la noche para volver a su punto de partida. El h√©roe, abatido por la idea de la muerte, se empe√Īa en tomarlo y despu√©s de recorrerlo dos veces, de Ida y Vuelta durante doce etapas dobles, reaparece en la superficie y emerge ante la aurora. Ha seguido la senda que lleva de la muerte al renacimiento, de la √°rida y cerrada lobreguez a la fuente de la vida, del √ļtero marchito y agotado a la resurrecci√≥n.
Imagen1.png picture by antoniosarabiaUna vez cre√≠ que la vida estaba muerta dice Sara Herrera Peralta en el verso que abre el poemario y, al igual que el h√©roe de la antigua √©pica, desciende -me adentr√© en el t√ļnel escaleras abajo- para cumplir el mismo antiguo ritual inici√°tico en el subsuelo urbano. Las tablas de arcilla que marcan el recorrido de Gilgamesh se convierten en otros tantos carteles que se√Īalan los nombres de las paradas en la l√≠nea seis del metro de Par√≠s. De Nation a Charles de Gaulle-√Čtoile. La ruta que Sara recorre De Ida y Vuelta, ese mirar l√ļcido y condolido con el que observa cuanto le rodea, es el hilo conductor que la llevar√° a la salida y, al alcanzarla, a la iluminaci√≥n. Sus vivencias dan cuenta de un periplo m√°s moderno que el de Gilgamesh pero no menos arquet√≠pico. Su testimonio no corrompe el s√≠mbolo, lo actualiza.
Su poemario no es una suma de poemas aislados sino un aut√©ntico “libro de poes√≠a”, con una unidad tem√°tica particular en el que los versos germinan de un mismo ensimismado desasosiego para obedecer a una cohesi√≥n y a una l√≥gica internas que los unen y que, al leerse como un todo, confieren al lector el punto de vista que le permite abarcar la experiencia completa.
Porque sus reflexiones caen, fluidas, naturales y certeras sobre la hoja de papel con tonalidades en las que se advierten cadencias de la gran poes√≠a iberoamericana, de Paz, Parra y Pizarnik, entreveradas con la de algunos poetas de su nativa tierra andaluza. Al leerla pienso en Cernuda, en Altolaguirre, en Moreno Villa, quienes en alg√ļn momento de sus vidas se nutrieron en tierra americana. Y es ah√≠, en ese terreno inasequible para el com√ļn de los mortales en el que la sobriedad y la elegancia en el lenguaje se dan cita con la inteligencia, el sentimiento y la intuici√≥n, donde nace la poes√≠a de Sara Herrera Peralta. Su voz puede ser joven pero, a sus veintinueve a√Īos, posee un acento maduro y resuelto que despunta con personalidad propia entre los dem√°s miembros espa√Īoles de su generaci√≥n: Carlos Contreras Elvira, Mart√≠n L√≥pez Vega, √Ālvaro Tato, Fruela Fern√°ndez y Elena Medel.
Es conveniente mencionar que Sara, como muchos de los autores que presiento en su obra, escribe y en parte se ha formado literariamente fuera de su patria. La coincidencia, entre otros, con los Paz, Pizarnik, Cernuda, Altolaguirre o Moreno Villa mencionados anteriormente no puede ser más clara. De ese exilio físico y espiritual nace el mirar embelesado y perplejo que induce a apreciar con azorados ojos ajenos lo que para los demás no pasa de ser ordinario y trivial.
En la segunda parte del poemario Sara abandona el submundo parisino y se eleva por los aires. La maleta de Hiroshima fue mi excusa para un ticket de ida y vuelta, apunta. Los t√≠tulos de estos otros poemas corresponden a los r√≥tulos que las compa√Ī√≠as a√©reas fijan en el equipaje de sus pasajeros para indicar el origen y destino de sus vuelos. Cada transitoria etiqueta sobre la valija equivale a una estaci√≥n del Metro. El viaje, el desconsolado mon√≥logo, contin√ļa. Madura nuevas consideraciones en distintas esferas sobrevolando el trayecto anterior como a la superficie de un espejo. Lleva, dice la misma Sara, la civilizaci√≥n escondida en los bolsillos. Y al final del camino, en una celebraci√≥n que se repite, encuentra como postrer consuelo la esperanza.
Con la obtención del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008, esta joven poeta jerezana prosigue la afortunada tradición de brillantes ganadores iniciada por Carlos Contreras Elvira en el 2006 y continuada por la colombiana Lauren Mendinueta en el 2007. Si el ahora se le presenta a Sara Herrera Peralta así de espléndido sólo nos queda fabular sobre lo que le depara el futuro.
Antonio Sarabia

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Sabines1.jpg picture by antoniosarabiaLas recientes muertes de Blanca Varela y Meira Delmar hace unos días no hicieron retrasar una semana el homenaje al gran poeta mexicano Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, México, 1926-1999) de quien este miércoles 25 de marzo celebramos el octagésimo tercer aniversario de su natalicio.
Jaime Sabines es la otra cara de la moneda en una época en la que México estuvo casi totalmente sometido a la dictadura literaria de Octavio Paz y sus seguidores. La obra de Sabines destaca por su desenvoltura, por su originalidad, por su contundencia, porque posee una cotidianidad hecha de sangre, sudor y lágrimas, un acerbo perfume de amores sentenciados y salas de hospital que duele y embelesa.

Cuando estaba a punto de publicar su primer libro, su paisano, el entonces ya célebre poeta chiapaneco Carlos Pellicer se ofreció a escribirle el prólogo. Sabines se rehusó porque no deseaba, dijo, iniciar su vida de poeta apoyándose en prestigios ajenos.

sabines5.jpg picture by antoniosarabiaEn 1974 se le otorg√≥ el premio Javier Villaurrutia, en 1985 el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en 1991 la Presea Ciudad de M√©xico y, en 1994, el senado de la rep√ļblica lo condecor√≥ con la medalla Belisario Dom√≠nguez. A pesar de los honores y la enorme fama adquirida en su pa√≠s, su nombre ha traspasado a duras penas las fronteras mexicanas a pesar de que, como afirma Jos√© Emilio pacheco, muchas de sus composiciones est√°n entre las mejores de la lengua espa√Īola.
Para festejar su natalicio, y para dolernos de su muerte que ocurri√≥ el 19 de marzo de 1999, apenas unos d√≠as antes de que cumpliera 73 a√Īos, les ofrecemos tres de sus hermosos poemas de amor. Para quienes no los conozcan ser√° un regalo inolvidable. Y quienes ya los han o√≠do antes tendr√°n el inmenso placer de releerlos.

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Si abril es el mes m√°s cruel, como afirma T.S. Eliot, este a√Īo marzo no le va a la zaga. Durante sus d√≠as se extinguieron dos de las voces femeninas m√°s importantes de lo √ļltimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contempor√°neas una de otra, ambas nacidas en pa√≠ses vecinos de Sudam√©rica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo n√ļmero de libros de poes√≠a: ocho cada una.
Varela2.jpg picture by antoniosarabiaBlanca Varela (Lima, Per√ļ, 1926-2009), estudi√≥ letras en la Universidad de San Marcos donde conocer√≠a a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colabor√≥ en la revista Las Moradas que dirig√≠a Adolfo Westphalen y en 1949 emigr√≥ a Par√≠s. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los c√≠rculos intelectuales del Par√≠s de finales de los cuarentas y la d√©cada de los cincuentas. De ah√≠ su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.
Paz prolog√≥, adem√°s, el primer poemario de Blanca Varela Ese Puerto Existe. Por cierto que el t√≠tulo original de aquella obra era Puerto Supe. Al poeta mexicano el t√≠tulo le pareci√≥ deleznable. “Pero, Octavio, ese puerto existe”, se defendi√≥ Blanca Varela. “Ah√≠ tienes el t√≠tulo” exclam√≥ Octavio Paz. M√°s tarde, al prologar el poemario que √©l mismo hab√≠a ayudado a titular, Paz formula lo que podr√≠a considerarse una verdadera declaraci√≥n de principios. He aqu√≠ un fragmento: No cre√≠amos en el arte. Pero cre√≠amos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poes√≠a era un acto de leg√≠tima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Hab√≠a trampas en todas las esquinas. La trampa del √©xito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la pr√©dica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos d√≠as todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El m√°s secreto y t√≠mido, el m√°s natural.
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.

Meira3-1.jpg picture by antoniosarabiaSeis d√≠as despu√©s, el mi√©rcoles 18, falleci√≥ Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudi√≥ arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y m√°s tarde m√ļsica en el conservatorio de la Universidad del Atl√°ntico de su nativa Barranquilla. La jovenc√≠sima Olga Isabel se invent√≥ el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligi√≥ como nombre tiene un origen hebreo y significa, as√≠ de simple, “la luz”. Ten√≠a entonces quince a√Īos. Lo utiliz√≥ como seud√≥nimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. Lo hice m√°s que todo por temor a mi padre, confiesa ella, pues √©l era una persona muy severa, y yo no quer√≠a que ni √©l ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escrib√≠a. El apellido ideado refleja su fascinaci√≥n por uno de los temas fundamentales de su poes√≠a: el mar. Hoy, su primer libro, Alba de Olvido, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, est√° considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.

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En estas √ļltimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopil√© aqu√≠ relatos brev√≠simos de Borges, Bioy, Cort√°zar, Arreola, Huidobro y varios m√°s. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, hab√≠a dejado fuera a otro gran maestro del g√©nero: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de M√©xico, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el a√Īo de 1990.octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia¬†Paz es m√°s conocido por su vasta producci√≥n po√©tica y ensay√≠stica pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los dem√°s g√©neros literarios. Trabajos del Poeta, de 1949, es una admirable incursi√≥n surrealista entre la prosa po√©tica y el microrelato. Ninguno de sus espl√©ndidos textos rebasa los treinta renglones. ¬Ņ√Āguila o Sol?, de 1950, contin√ļa por el mismo camino con pasajes apenas un poco m√°s largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado Dama Huasteca:

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, reci√©n salida del ba√Īo, reci√©n nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volc√°n. En su vientre un √°guila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del pa√≠s h√ļmedo. Pocos la han visto. Dir√© su secreto: de d√≠a, es una piedra al lado del camino; de noche, un r√≠o que fluye en el costado del hombre.
Y es de otro de sus libros de esa misma época, Arenas Movedizas, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.

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O√≠ que recientemente aparecieron en M√©xico dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, M√©xico, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lop√°tegui (Porr√ļa, M√©xico, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilaci√≥n rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aqu√≠ est√° lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva seg√ļn su gusto y conveniencia.
No hab√≠a hablado antes p√ļblicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia √≠ntima, muy personal, perteneciente a una √©poca m√≠a que considero preliteraria: se di√≥ antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una raz√≥n que se har√° evidente en este art√≠culo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conoc√≠ a Elena Garro por azar, en Par√≠s, muy a finales de los a√Īos ochentas y principios de los noventas, y tuve una relaci√≥n muy particular de amistad con ella. Un d√≠a, al hacer un tr√°mite cualquiera en la embajada de M√©xico me atendi√≥ una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan pr√≥ximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el m√°s grande ensayista despu√©s de Alfonso Reyes, me apresur√© a invitarla a cenar a mi casa varios d√≠as despu√©s. Un poco antes de la hora convenida, me llam√≥ para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si pod√≠a traerla consigo. Yo no sab√≠a que hablaba de Elena Garro. Era, a√ļn lo soy, un ignorante total de la vida √≠ntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no s√© qui√©n ha vivido con qui√©n, ni cu√°ndo, ni c√≥mo, ni por qu√©, pero le dije que s√≠, que encantado, que no se preocupara, que viniera tambi√©n, etc.
As√≠ desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conoc√≠, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entr√≥ en mi departamento me pareci√≥ reconocer su cara pero tard√© un rato en identificarla. A m√≠, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me hab√≠an deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. S√≥lo sent√≠a admiraci√≥n por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus an√©cdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero a√ļn, m√≠ticos termin√≥ por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos d√≠as el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de bur√≥, peque√Īas, cuadradas, de las que aparecen a√ļn en las pantallas de las Mac m√°s recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interes√≥ en su funcionamiento. Yo me apresur√© a mostrarle las ventajas que ten√≠a como procesador de texto sobre las entonces a√ļn comunes m√°quinas de escribir y para ello abr√≠, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el cap√≠tulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira v√≠ctima de una fuerte calentura. El texto le llam√≥ la atenci√≥n y me pregunt√≥ de qui√©n era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogi√≥ sin reservas e insisti√≥ con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A ra√≠z de eso empec√© a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba a√ļn en la embajada. Yo lo prefer√≠a as√≠ y supongo que ella tambi√©n. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se ve√≠a obligada a recuperar ante ella su papel de enferma cr√≥nica, a jurar que esa era la primera taza de caf√© que se beb√≠a y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era m√≠o.
Elena se mostr√≥ en un principio entusiasmada con mi trabajo y me anim√≥ a proseguirlo pero en realidad, despu√©s de la primera visita, nos olvidamos de √©l. A m√≠ me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cort√°zar, de quien me describ√≠a la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento franc√©s del que nunca pudo desprenderse al hablar espa√Īol. De entre la cascada de an√©cdotas recuerdo particularmente una: ella era todav√≠a una jovencita, casada con Paz, muy joven tambi√©n pero ya c√©lebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a Par√≠s, me parece que procedentes de Espa√Īa cuando, asomada a la ventanilla, descubri√≥ a un grupo de intelectuales franceses que ven√≠an a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de ‚ÄúOctavio Paz‚ÄĚ. Elena sac√≥ la cabeza para prevenirlos gritando ‚Äúici, ici!‚ÄĚ (¬°aqu√≠, aqu√≠!) a lo que uno de ellos respondi√≥ ‚ÄúPas toi, mon chou, ton pere!‚ÄĚ (t√ļ no, querida, tu pap√°!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Viv√≠a en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio m√°s elegante de Par√≠s, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente ‚ÄúPaz‚ÄĚ. Nunca le o√≠ decir ni ‚ÄúOctavio‚ÄĚ, ni ‚Äúmi exmarido‚ÄĚ, ni ‚Äúese cabr√≥n‚ÄĚ, que bien podr√≠a haberlo dicho, no, siempre fue ‚ÄúPaz‚ÄĚ, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigi√©ndole fondos. En una ocasi√≥n pretendieron incluso involucrarme en su empe√Īo. Estando en su casa, marcaron el tel√©fono del poeta en M√©xico e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qu√© historia absurda. Yo me negu√© horrorizado, cosa que desat√≥ la ira de Helenita, mucho m√°s agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con ‚ÄúPaz‚ÄĚ.
La verdad es que a m√≠ nunca me pidieron dinero. S√≥lo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante cr√≠tica, y no hubo ning√ļn m√©rito en ello. En aquel tiempo yo pod√≠a darme lujos as√≠ sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedi√≥ una tarde en la que Elena me llam√≥ llorando al tel√©fono, la iban a echar de su casa porque deb√≠a m√°s de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sab√≠a qu√© hacer. Me lanc√© a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los sem√°foros de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme m√°s tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acept√©. Ya habr√≠a tiempo para que me reembolsara despu√©s, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospech√°bamos que eso no ocurrir√≠a, pero no me import√≥. Hab√≠a aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acci√≥n de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la √ļnica.
Tampoco tengo muy clara la raz√≥n por la que dej√© de verla. Ni siquiera recuerdo si llegu√© a autografiarle alg√ļn ejemplar de Amarilis, la novela que pareci√≥ tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al un√≠sono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un a√Īo antes de que ella se volviera a M√©xico donde ya no le segu√≠ la pista. Por aquellos d√≠as nos ve√≠amos muy poco. Publicar en Europa me hizo a m√≠ entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se hab√≠a segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conoc√≠a bien y con la que yo empec√© a relacionarme entonces, me advirti√≥ que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me dec√≠a.
Como testimonio de aquellos d√≠as no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de M√©xico deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edici√≥n de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alem√°n que lleg√≥ en esos d√≠as y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sab√≠a qu√© hacer con el ejemplar. A m√≠ me pas√≥ lo mismo, pero como no encontr√© ning√ļn amigo alem√°n a quien d√°rselo, todav√≠a ha de andar por ah√≠.
Elena, que cre√≠a en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy l√ļcida e implacable en sus juicios est√©ticos. No repetir√© aqu√≠ sus indiscreciones y cr√≠ticas sobre nuestra literatura de la √©poca. ‚ÄúLa luz del entendimiento me hace ser muy comedido‚ÄĚ, dir√≠a el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertar√≠a la justa indignaci√≥n, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La √ļltima vez que habl√© de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, all√° por el a√Īo noventa y siete, ¬Ņo ser√≠a el noventa y ocho?, ¬Ņy por qu√© tocamos el tema?, ¬Ņlo habr√° provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios m√≠o, qu√© memoria. De lo que s√≠ estoy seguro es de que evit√© mencionarle el que ella lo consideraba el ep√≠tome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversaci√≥n en la que Bioy, que morir√≠a tambi√©n poco despu√©s, se mostr√≥ muy conmovido. Me relat√≥ sus propios recuerdos y me confes√≥ el enorme afecto que hab√≠a sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Adem√°s del libro en alem√°n conserv√© un tiempo tambi√©n, como recuerdo, aunque no s√© ya d√≥nde est√°n, las dos o tres hojas en las que me copi√≥, con paciencia infinita, las direcciones y los tel√©fonos privados y p√ļblicos de cuanto editor conoc√≠a en M√©xico para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anot√≥ otro, √©ste en Espa√Īa, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, ne√≥fito absoluto, no hab√≠a o√≠do hablar. Fue el √ļnico tel√©fono y la √ļnica direcci√≥n que finalmente us√©. Por suerte sin jam√°s mencionar que me los hab√≠a dado ella. Ahora sospecho que habr√≠a resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llam√≥ la atenci√≥n la frase que dijo mientras la transcrib√≠a: ‚Äúsi te agarra la Balcells, ya la hiciste‚ÄĚ. Pues s√≠, Elena, ‚Äúme agarr√≥ la Balcells‚ÄĚ aunque no, no ‚Äúla he hecho‚ÄĚ todav√≠a, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio m√°s abajo, como exigen las reglas, la rese√Īa del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al confer√≠rmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada d√≠a en su empe√Īo por transmitir valores culturales, √©ticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a trav√©s su pensamiento vivo que est√° y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el a√Īo de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un a√Īo a los ciento veinte del nacimiento, y otro m√°s al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qu√© m√°s da. Nos causa un inmenso placer que nos acompa√Īe desde ahora y no creemos que a √©l le importe demasiado. Es un autor a quien jam√°s conoc√≠. Muri√≥ cuando yo ten√≠a quince a√Īos y estaba ne√≥fitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisi√≥n, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apart√≥ de mi pensamiento desde que llegu√© a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Espa√Īol al escribir Amarilis y tambi√©n influy√≥, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, M√©xico, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba ‚Äúel mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos‚ÄĚ y a quien dedic√≥ una oda f√ļnebre, In memoriam, que remata espl√©ndidamente as√≠: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi l√°grima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con C√©sar Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, M√©xico, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Am√©rico Castro, Ram√≥n G√≥mez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso all√° por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del peri√≥dico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo a√Īo y de la que reproducimos s√≥lo el final, el futuro premio Nobel mexicano dec√≠a:
S√≠, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios cr√≠ticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo m√°s que una vocaci√≥n o un destino: una religi√≥n. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojer√≠a y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, cr√≠tico y traductor, es el literato. El minero, el art√≠fice, el pe√≥n, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creaci√≥n y reflexi√≥n: una literatura. ¬ŅDebo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser √©l mismo es por s√≠ mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.

El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poes√≠a. En √©l, al decir del propio Reyes, el poeta ‚Äúse admira de su propio don, y se enorgullece de √©l, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda‚ÄĚ.

VALMIKI Y LOS P√ĀJAROS

El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un d√≠a por el campo. Ignoro lo que ser√° el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de √°rboles de m√ļltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las b√≥vedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargaz√≥n vital en la atm√≥sfera propicia al √©xtasis y al p√°nico. El contemplador queda aniquilado ante el espect√°culo, y la naturaleza f√°cilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de s√≠, admirando una pareja de p√°jaros cuya voz adquir√≠a singular dulzura, porque era la estaci√≥n del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichn√ļ. V√≠ctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja po√©tica. Y as√≠ naci√≥ la poes√≠a kavya, nuevo g√©nero literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y ‚Äú¬Ņsoy yo ‚Äďexclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?‚ÄĚ El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.

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