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Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.
Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.
Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.
A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.
Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.
La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.
Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.
En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.
Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?… ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.
En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”
No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.
Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.
Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.
La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.
Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.
No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.
Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.
Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.
Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.
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Ayer por la noche en Albox, Almería, se entregó el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2009 a Rubén Díez Tocado y, como es costumbre, se presentó al mismo tiempo la edición impresa del libro galardonado el año anterior, De Ida y Vuelta, de la poeta andaluza radicada en París Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, España 1980).
Sara tuvo a bien invitarme a escribir el prólogo de su poemario, solicitud a la que accedí gustoso porque, además de la simpatía personal que me inspira su autora, De Ida y Vuelta es una obra espléndida que augura a Sara Herrera Peralta un relevante porvenir dentro de las letras españolas.
El libro es un bello y muy bien cuidado volumen que publica la editorial Difácil, de Valladolid, bajo la dirección de César Sáenz.
Saludo, pues, la aparición en las librerías españolas del poemario ganador del VII Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos, De Ida y Vuelta, publicando el prólogo que le escribí junto a tres poemas del mismo.
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PRÓLOGO
La épica de Gilgamesh menciona un pasaje subterráneo que une las cimas de dos cumbres gemelas: las de las montañas que limitan el poniente y el oriente en los dos extremos del mundo. Ese es el oscuro sendero que el sol recorre durante la noche para volver a su punto de partida. El héroe, abatido por la idea de la muerte, se empeña en tomarlo y después de recorrerlo dos veces, de Ida y Vuelta durante doce etapas dobles, reaparece en la superficie y emerge ante la aurora. Ha seguido la senda que lleva de la muerte al renacimiento, de la árida y cerrada lobreguez a la fuente de la vida, del útero marchito y agotado a la resurrección.
Una vez creí que la vida estaba muerta dice Sara Herrera Peralta en el verso que abre el poemario y, al igual que el héroe de la antigua épica, desciende -me adentré en el túnel escaleras abajo- para cumplir el mismo antiguo ritual iniciático en el subsuelo urbano. Las tablas de arcilla que marcan el recorrido de Gilgamesh se convierten en otros tantos carteles que señalan los nombres de las paradas en la línea seis del metro de París. De Nation a Charles de Gaulle-Étoile. La ruta que Sara recorre De Ida y Vuelta, ese mirar lúcido y condolido con el que observa cuanto le rodea, es el hilo conductor que la llevará a la salida y, al alcanzarla, a la iluminación. Sus vivencias dan cuenta de un periplo más moderno que el de Gilgamesh pero no menos arquetípico. Su testimonio no corrompe el símbolo, lo actualiza.
Su poemario no es una suma de poemas aislados sino un auténtico “libro de poesía”, con una unidad temática particular en el que los versos germinan de un mismo ensimismado desasosiego para obedecer a una cohesión y a una lógica internas que los unen y que, al leerse como un todo, confieren al lector el punto de vista que le permite abarcar la experiencia completa.
Porque sus reflexiones caen, fluidas, naturales y certeras sobre la hoja de papel con tonalidades en las que se advierten cadencias de la gran poesía iberoamericana, de Paz, Parra y Pizarnik, entreveradas con la de algunos poetas de su nativa tierra andaluza. Al leerla pienso en Cernuda, en Altolaguirre, en Moreno Villa, quienes en algún momento de sus vidas se nutrieron en tierra americana. Y es ahí, en ese terreno inasequible para el común de los mortales en el que la sobriedad y la elegancia en el lenguaje se dan cita con la inteligencia, el sentimiento y la intuición, donde nace la poesía de Sara Herrera Peralta. Su voz puede ser joven pero, a sus veintinueve años, posee un acento maduro y resuelto que despunta con personalidad propia entre los demás miembros españoles de su generación: Carlos Contreras Elvira, Martín López Vega, Álvaro Tato, Fruela Fernández y Elena Medel.
Es conveniente mencionar que Sara, como muchos de los autores que presiento en su obra, escribe y en parte se ha formado literariamente fuera de su patria. La coincidencia, entre otros, con los Paz, Pizarnik, Cernuda, Altolaguirre o Moreno Villa mencionados anteriormente no puede ser más clara. De ese exilio físico y espiritual nace el mirar embelesado y perplejo que induce a apreciar con azorados ojos ajenos lo que para los demás no pasa de ser ordinario y trivial.
En la segunda parte del poemario Sara abandona el submundo parisino y se eleva por los aires. La maleta de Hiroshima fue mi excusa para un ticket de ida y vuelta, apunta. Los títulos de estos otros poemas corresponden a los rótulos que las compañías aéreas fijan en el equipaje de sus pasajeros para indicar el origen y destino de sus vuelos. Cada transitoria etiqueta sobre la valija equivale a una estación del Metro. El viaje, el desconsolado monólogo, continúa. Madura nuevas consideraciones en distintas esferas sobrevolando el trayecto anterior como a la superficie de un espejo. Lleva, dice la misma Sara, la civilización escondida en los bolsillos. Y al final del camino, en una celebración que se repite, encuentra como postrer consuelo la esperanza.
Con la obtención del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008, esta joven poeta jerezana prosigue la afortunada tradición de brillantes ganadores iniciada por Carlos Contreras Elvira en el 2006 y continuada por la colombiana Lauren Mendinueta en el 2007. Si el ahora se le presenta a Sara Herrera Peralta así de espléndido sólo nos queda fabular sobre lo que le depara el futuro.
Antonio Sarabia
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Las recientes muertes de Blanca Varela y Meira Delmar hace unos días no hicieron retrasar una semana el homenaje al gran poeta mexicano Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, México, 1926-1999) de quien este miércoles 25 de marzo celebramos el octagésimo tercer aniversario de su natalicio.
Jaime Sabines es la otra cara de la moneda en una época en la que México estuvo casi totalmente sometido a la dictadura literaria de Octavio Paz y sus seguidores. La obra de Sabines destaca por su desenvoltura, por su originalidad, por su contundencia, porque posee una cotidianidad hecha de sangre, sudor y lágrimas, un acerbo perfume de amores sentenciados y salas de hospital que duele y embelesa.
Cuando estaba a punto de publicar su primer libro, su paisano, el entonces ya célebre poeta chiapaneco Carlos Pellicer se ofreció a escribirle el prólogo. Sabines se rehusó porque no deseaba, dijo, iniciar su vida de poeta apoyándose en prestigios ajenos.
En 1974 se le otorgó el premio Javier Villaurrutia, en 1985 el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en 1991 la Presea Ciudad de México y, en 1994, el senado de la república lo condecoró con la medalla Belisario Domínguez. A pesar de los honores y la enorme fama adquirida en su país, su nombre ha traspasado a duras penas las fronteras mexicanas a pesar de que, como afirma José Emilio pacheco, muchas de sus composiciones están entre las mejores de la lengua española.
Para festejar su natalicio, y para dolernos de su muerte que ocurrió el 19 de marzo de 1999, apenas unos días antes de que cumpliera 73 años, les ofrecemos tres de sus hermosos poemas de amor. Para quienes no los conozcan será un regalo inolvidable. Y quienes ya los han oído antes tendrán el inmenso placer de releerlos.
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Si abril es el mes más cruel, como afirma T.S. Eliot, este año marzo no le va a la zaga. Durante sus días se extinguieron dos de las voces femeninas más importantes de lo últimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contemporáneas una de otra, ambas nacidas en países vecinos de Sudamérica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo número de libros de poesía: ocho cada una.
Blanca Varela (Lima, Perú, 1926-2009), estudió letras en la Universidad de San Marcos donde conocería a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colaboró en la revista Las Moradas que dirigía Adolfo Westphalen y en 1949 emigró a París. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los círculos intelectuales del París de finales de los cuarentas y la década de los cincuentas. De ahí su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.
Paz prologó, además, el primer poemario de Blanca Varela Ese Puerto Existe. Por cierto que el título original de aquella obra era Puerto Supe. Al poeta mexicano el título le pareció deleznable. “Pero, Octavio, ese puerto existe”, se defendió Blanca Varela. “Ahí tienes el título” exclamó Octavio Paz. Más tarde, al prologar el poemario que él mismo había ayudado a titular, Paz formula lo que podría considerarse una verdadera declaración de principios. He aquí un fragmento: No creíamos en el arte. Pero creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural.
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.
Seis días después, el miércoles 18, falleció Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudió arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y más tarde música en el conservatorio de la Universidad del Atlántico de su nativa Barranquilla. La jovencísima Olga Isabel se inventó el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligió como nombre tiene un origen hebreo y significa, así de simple, “la luz”. Tenía entonces quince años. Lo utilizó como seudónimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. Lo hice más que todo por temor a mi padre, confiesa ella, pues él era una persona muy severa, y yo no quería que ni él ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escribía. El apellido ideado refleja su fascinación por uno de los temas fundamentales de su poesía: el mar. Hoy, su primer libro, Alba de Olvido, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, está considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.
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En estas últimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopilé aquí relatos brevísimos de Borges, Bioy, Cortázar, Arreola, Huidobro y varios más. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, había dejado fuera a otro gran maestro del género: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de México, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el año de 1990. Paz es más conocido por su vasta producción poética y ensayística pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los demás géneros literarios. Trabajos del Poeta, de 1949, es una admirable incursión surrealista entre la prosa poética y el microrelato. Ninguno de sus espléndidos textos rebasa los treinta renglones. ¿Águila o Sol?, de 1950, continúa por el mismo camino con pasajes apenas un poco más largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado Dama Huasteca:
Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye en el costado del hombre.
Y es de otro de sus libros de esa misma época, Arenas Movedizas, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.
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Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de Amarilis, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia
PREMIO DARDO 2008
La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.
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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el año de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un año a los ciento veinte del nacimiento, y otro más al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qué más da. Nos causa un inmenso placer que nos acompañe desde ahora y no creemos que a él le importe demasiado. Es un autor a quien jamás conocí. Murió cuando yo tenía quince años y estaba neófitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisión, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apartó de mi pensamiento desde que llegué a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Español al escribir Amarilis y también influyó, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos” y a quien dedicó una oda fúnebre, In memoriam, que remata espléndidamente así: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi lágrima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con César Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, México, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso allá por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del periódico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo año y de la que reproducimos sólo el final, el futuro premio Nobel mexicano decía:
Sí, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios críticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino: una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojería y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, crítico y traductor, es el literato. El minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creación y reflexión: una literatura. ¿Debo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser él mismo es por sí mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.
El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poesía. En él, al decir del propio Reyes, el poeta “se admira de su propio don, y se enorgullece de él, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda”.
VALMIKI Y LOS PÁJAROS
El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un día por el campo. Ignoro lo que será el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de árboles de múltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las bóvedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargazón vital en la atmósfera propicia al éxtasis y al pánico. El contemplador queda aniquilado ante el espectáculo, y la naturaleza fácilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de sí, admirando una pareja de pájaros cuya voz adquiría singular dulzura, porque era la estación del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichnú. Víctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja poética. Y así nació la poesía kavya, nuevo género literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y “¿soy yo –exclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?” El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.
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