<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Los Convidados &#187; Néstor Ponce</title>
	<atom:link href="http://losconvidados.com/tag/nestor-ponce/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://losconvidados.com</link>
	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
	<lastBuildDate>Tue, 08 May 2012 13:50:11 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.3.2</generator>
		<item>
		<title>Vos andá al arco, Néstor Ponce</title>
		<link>http://losconvidados.com/vos-anda-al-arco-nestor-ponce/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/vos-anda-al-arco-nestor-ponce/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 08:49:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios en español]]></category>
		<category><![CDATA[Mexique. Conflits rêves et miroirs]]></category>
		<category><![CDATA[Néstor Ponce]]></category>
		<category><![CDATA[Una vaca ya pronto serás]]></category>
		<category><![CDATA[Universidad de Rennes]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=907</guid>
		<description><![CDATA[Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 281px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Nstor.jpg?t=1244646440" alt="Nstor.jpg picture by antoniosarabia" />Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar una deliciosa salsa mexicana de chile chipotle en Lisboa. Cosa de aderezar bien la comida y atenuar, al menos gastronómicamente, las <em>saudades</em> que asaltan a veces aun a la vista del Tajo.<br />
Estos días recibí noticias suyas. En su correo anuncia que acaba de publicar un libro de ensayos sobre el sufrido país donde consigue los chipotles: México. Se titula <em>Mexique. Conflits, rêves et miroirs.</em> Me dice también, felicidades, que la edición cubana de <em>Una vaca ya pronto serás</em> (Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006) aparecerá en Arte y Literatura el próximo mes de octubre. Junto con las buenas noticias envió para Los Convidados un relato con una breve introducción que contiene, no todo es felicidad, una mala noticia. Me apresuro a reproducir más abajo ambos textos. En la introducción hace referencia a una entrada aparecida en este mismo blog el dos de noviembre del 2008: <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/">Amistad y traición a la Néstor Ponce</a>. Gracias, Néstor, por la cooperación, la literatura y la amistad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>En octubre de 2008, después de una cena que compartimos en Rennes con Rita Godet y Maria Valéria Rezende, Antonio Sarabia me propuso que le enviara un relato corto para que lo colgara en su hermosa página &#8220;Los Convidados&#8221;. Pocas semanas más tarde, salía allí mi cuento <em>El día del amigo</em>. Entre tanto, el corazón me había andado dando unos sobresaltos y tuve que anular un viaje a México. Pero la página de Antonio me permitió hacer un paseo virtual y encontrarme  con los mensajes de muchos amigos  que andan por el vasto mundo. Entre ellos estaba uno de los protagonistas de mi relato, Marcelo Rocha, el Negro para  los amigos. Allí dejó un mensaje que todavía pueden leer.<br />
Nos conocimos en el Colegio Nacional de La Plata, en 1969. Estábamos en la misma división y compartimos muchas cosas juntos, pero curiosamente, pocas actividades nos reunieron: al Negro no le gustaba el rugby, no jugaba a la bocheta en el Bar Rivadavia de la calle 50 -calle donde transcurre el relato-, no iba a los partidos de fútbol, no le gustaban las carreras de caballos ni la literatura. Sin embargo, tocamos en el mismo grupo de rock -al que como su nombre, Lapsus, se lo llevó la historia- y compusimos con Eduardo Vega  una canción, &#8220;Sólo gente&#8221;, de la que recuerdo parte de la letra y los tonos en mi bemol-fa-sol que le acomodó el Negro.<br />
Después se nos vino encima esa parte de la Historia narrada en <em>El día del amigo</em> y varios de los amigos del Colegio Nacional nos desperdigamos por el  mundo. Muchos otros murieron bajo la dictadura. El Negro se quedó en La Plata y se recibió de arquitecto. Nos carteamos, pero era de poco escribir. Nos hablamos por teléfono. Y sobre todo nos encontramos para comer y charlar durante horas, cada vez que regresaba a Argentina. En agosto del año pasado compartimos una larga y divertida comida en familia, en un restaurante en Gonnet, con Silvia y su hija, Agus. En diciembre mantuvimos una charla telefónica y le conté en detalle mi problema cardíaco. Parecía como sorprendido de que nos pudieran pasar esas cosas. Nos repetimos eso de que no importa envejecer, sino que haya gente que todavía siga naciendo.<br />
El domingo 29 de marzo sonó mi celular.<br />
A doce mil kilómetros de distancia, la voz pastosa y triste de Santiago me anunciaba que el Negro acababa de fallecer.<br />
Se me ocurre que, en cierto modo, algo del Marcelo Rocha jovial, buena onda y buen amigo, quedó en ese cuentito. Ahora, cuando lo releo, y cuando releo su mensaje, me digo que para él, la amistad siempre fue algo verdadero.</p>
<p><span id="more-907"></span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 480px; height: 299px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-2.jpg?t=1244565734" alt="Azote-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>VOS ANDÁ AL ARCO</p>
<p>Los entrenamientos eran los martes y los jueves y los sábados teníamos partido. Los domingos y los lunes eran una tortura, esperando ponerme la camiseta e ir a acariciar a la pelota. Igual, yo nunca jugaba. Cuando daban la lista del equipo y de los suplentes, si había veinte jugadores, yo era el número veintiuno. Mi hermano tenía más suerte y si el match era más fácil, entraba seguro.<br />
Hasta que un día construyeron una urbanización en el barrio, pavimentaron las calles de tierra y llegaron un montón de otros pibes, tantos, que al cabo de un mes ya podíamos presentar tres equipos. Me puse recontento, porque al fin iba a poder jugar y expresar mis innatas cualidades, pero el día del primer torneo, cuando el entrenador dio el equipo, me dí cuenta que no sabía en qué puesto ponerme, hasta que al final transó :<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco.<br />
¡Mirá que ponerme a mí en el arco ! ¡A mí que era el rey del remate de voleo a media distancia ! ¡El as de la media chilena! ¡El mago de la bicicleta! ¡Qué desperdicio !<br />
Mi hermano se dio cuenta y como que vino a consolarme, no te calentés, Carlito&#8217;. Pero yo veía que el universo se pintaba de rojo, era un toro furioso capaz de embestir todo a cornadas y dejar babeando a las víctimas.<br />
Total, que en vez de ponerme la camiseta albirroja, me pasaron una amarilla y encima gastada, con los codos rotos. El arquero del equipo dos se compadeció y me prestó los guantes, tomá, Mogolito, a ver si agarrás alguna. Cuando me llamó así me cabree todavía más, vos nunca dejés que te digan mogólico, vos sos trisómico, ¿entendés?, me repetía mi mamá. Yo la oía sin oírla, me iba al fondo de casa y apoyaba los labios en la pared, pensaba que me destornillaba la cabeza, que era independiente del resto del cuerpo, chupando el revoque de la pared, la pintura que mi padre aplicaba con paciencia para luchar contra los hongos y la humedad. &#8220;Vivimos en un pozo&#8221;, gruñía mi viejo, &#8220;y ya tenemos el agua hasta el cuello&#8221;, y pasaba y repasaba el pincel con un cigarrillo en la comisura, entrecerrando el ojo que le picaba por el humo del tabaco que se consumía, espiral de bruma.<br />
-Le voy a decir a mi hermano que me llamaste así, vas a ver.<br />
Mirá como tiemblo, me dijo el arquero y me mostró las manos. Ahí me di cuenta que los guantes no me iban a servir: mis manos eran muy grandes, casi el doble de las suyas, mucho más que la normal. Yo no era normal. Venía a ser trisómico, y por eso no era un buen jugador, en los partidos me distraía, pensaba que estaba en el fondo de casa, con los labios pegados al revoque de la pared, dando vueltas como un destornillador, me distraía y quedaba en posición fuera de juego, o le erraba a la pelota, o cuando llegaba a mis pies quería pisarla, amasarla, sacudirla y se me escabullía, o el marcador rival me la quitaba y los otros jugadores del equipo pasaban corriendo a mi lado con los dientes apretados, mirá que sos boludo, mogolito.<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco- me había dicho el entrenador.<br />
Otras veces, en medio del partido, con las manos en los bolsillos, me empezaba a contar el partido como si lo transmitieran por la radio, el Víctor Hugo Morales, esto ya se terminó Pezzotta, Estudiantes es campeón, Estudiantes con los jugadores arrodillados, con los brazos al cielo agradeciendo a la hinchada, en el mano a mano con Boca, con un golazo de Carlito&#8217;, Estudiantes es campeón en una de las mayores epopeyas de la historia del fútbol argentino, es Estudiantes que una noche resurgió de las cenizas y la empató al Gremio de Porto Alegre con siete jugadores, y un golazo de Carlito&#8217; luego de un pase en profundidad de la Brujita Verón, que con diez hombres en la cancha revirtió el uno a tres contra Platense ¡¡¡¡¡¡y se coronó campeón frente a Racing una semana después!!!!!!<br />
-Vos, che, andá al arco.<br />
Entramos a la cancha y cuando me puse en la portería oí atrás mío el temblequeo de una voz, mirá pobrecito, el arquero es mogólico. Me dí vuelta hasta encontrar la cara del infeliz que había hablado:<br />
-Mogólico la concha de tu madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 188px; height: 540px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-1.jpg?t=1244566608" alt="Azote-1.jpg picture by antoniosarabia" />No me volvieron a joder en todo el partido. Dominamos de punta a punta y toqué la pelota una vez, cuando me la acercó un defensor para que despejara. Ganamos siete a cero y un pibe nuevo, medio chueco y gambeteador, metió cinco goles. Le decían el Cortito Micheli, porque era peticito y panzón, pero entrador como ninguno. Cuando el árbitro silbó el final lo fui a felicitar y me pegó un golpecito en la nuca guiñándome un ojo, muy bien Carlito&#8217;, hoy las atajás todas, ojo eh, bien concentrado, que no se te escape ni una.<br />
Yo me fui pensando que si el Cortito me había pedido eso tenía que responderle, que yo bien concentrado, todo el partido. Después no sé qué pasó, porque las cosas se sucedieron rápido y el entrenador me miraba medio raro. Durante la mañana ganamos tres partidos más y pasamos a octavos de final. El equipo dos había sido eliminado en la ronda anterior y el uno se clasificó cagando, con un gol en el último segundo y el desempate a penales. En el segundo partido, me acordé de lo que me dijo el Cortito y cuando venían las acciones bravas del equipo adverso me contaba una transmisión, me repetía en la cabeza avanza por el flanco izquierdo el internacional brasilero Ronaldinho, se para, amaga, mete un caño, ingresa en el área adversa, ¡viene el gol viene el gol! ¡patea! ¡Magistral Carlito&#8217; rechazando la pelota! ¡Un pájaro Carlito&#8217; volando e impidiendo la conversión del tanto! Mientras más me contaba el partido, más atajaba, y los defensores se relojeaban entre sí diciendo éste se destapó por fin. Un pibe nuevo de la urbanización, puro mate, el Cabezón Mercer se llamaba, defensor central medio tronco, me habló por primera vez, era muy tímido: buenísimo Carlito&#8217;, te estás pasando&#8230;<br />
A mí los elogios me resbalaban, yo concentrado y a atajar. En los octavos hice proezas, el entrenador ya no me junaba fulero, sonreía y me decía que sí con los labios apretados y frunciendo el mentón, en la cara de los contrarios se leía la incertidumbre, la imposibilidad. El contrario era el equipo que venía de ganar cuatro campeonatos seguidos, nuestro gran enemigo, el verdugo del team número uno de nuestro club, y resulta que ahora no podían con el equipo tres. Íbamos cero a cero cuando desde el mediocampo partió un pase en profundidad y el centrodelantero, goleador máximo cada año, copa en mano y foto en el suplemento de El Día dedicado a los infantiles, encaró hacia el área para definir. Esta es la mía, me dije, y oí la voz del Víctor Hugo Morales, tremendo servicio del Mono Poce, hondísimo, y viene el gol viene el gol viene el gol&#8230; Nooooooooooooooooooooo, magistral atajada de Carlito&#8217; que fue a buscar esa pelota como se busca un sueño, la acarició con la yema de los dedos para elevarla por sobre el travesaño, nooooooooooooooooooooooooo, no fue gol, fue un ave que planea en la distancia para gritar la impotencia de no poder marcarrrrrrrrrrrrrrrrrr&#8230; El suelo era duro y cuando caí me crujieron los huesitos del codo, pero había sacado la pelota y seguíamos cero a cero. Se me saltaban las lágrimas del dolor, pero no dije ni mu y me dirigí a los defensores, concentrados muchachos, concentrados que viene el córner.<br />
-Buenísimo, Carlito&#8217;- chifló el entrenador desde la mitad de la cancha.<br />
Cuando patearon el saque de esquina pensé rechazar con los puños, la pelota venía suavecita y planeando, un platito que flotaba indolente en el aire, pero en lugar de eso la bajé con la palma de la mano en el área y la fui a buscar para pegarle con el empeine en dirección del Cortito. Ni corto ni perezoso el pibe picó y se la llevó jugueteando de taquito y con el pecho. Un defensor desesperado se tiró en un resbalón aparatoso, que mucho tenía de final y de bronca. El Cortito enganchó para adentro y cuando el balón pegó el segundo pique lo sacudió con un derechazo furibundo que hizo temblar la red. Después hicimos circular la pelota, cada contragolpe nuestro era medio gol, y cuando el árbitro pitó el final el entrenador vino a felicitarme.<br />
-Grande Carlito&#8217;, sin vos no ganábamo&#8217;&#8230;<br />
El cuarto de final nos tocó con el equipo uno. El entrenador pasó más tiempo con ellos que con nosotros, que nos quedamos esperando en el pasillo del vestuario. Al cabo de quince minutos abrió la puerta y los hizo salir. Después entramos nosotros. No nos pidió que nos dejáramos ganar, pero más o menos lo que quedó en claro era que no teníamos ninguna chance, que los otros nos iban a reventar. Pero en lugar de eso resultó un partido aburrido, una cadena en la mitad de la cancha, los defensores en marca hombre a hombre, sin jugadas de peligro. El desempate fue a penales, en serie de a cinco. Quedamos cuatro a cuatro, y cuando llegó el turno del último no tuve necesidad de contarme el partido, no, porque tenía adentro de la cabeza al Víctor Hugo Morales, zumbaba la hinchada detrás de su voz, dale campeón dale campeón dale león, avanza el impecable mediocampista Lucho González, pelota bajo el brazo, andar seguro y firme, imperturbable, convencido de marcar, posa la pelota sin ni siquiera mirar hacia el arco, ¡qué clase!, ¡qué jugador!, se viene el gol, se viene el quinto penal convertido, toma carrera Lucho González, saca un bombazo y gggg&#8230; ¡nooooooooooooooo! ¡un artista estropeó una obra maestraaaaaaaaaaaaa! ¡qué atajada de Carlitos! ¡se impregnó en el espacio como una metáfora, como un esférico con mucho efecto, como un destornillador se envolvió en el aire y desvió ese cañonaaaaaaaazoooooooooooooo!<br />
El Cortito Micheli era el encargado del último penal y lo convirtió con clase, a contrapié, el pobre arquero contrario mordió el polvo, el polvo arrugado de la derrota, de la impotencia, y los jugadores corrieron desaforados hacia mí me abrazaron me abrazaron, vi la imagen de mi papá como una foto movida, llorando al borde de la cancha, sin animarse a entrar, él que me quería tanto, papá. El entrenador paró la fiesta, pero estaba emocionado, perlas en los ojos, tranquilos muchachos, tranquilos, grande Carlito&#8217;, y me acarició el cuello y me sentí como un perro fiel, feliz, feliz. Como si me hubiera acariciado papá. Como perro con dos colas. Cuando mi viejo no me hablaba, me ponía mal, no era conmigo, nada que ver con vos, me decía mamá, problemas del trabajo, de dinero, preocupaciones, Carlito&#8217;, si supieras, y me abrazaba la vieja, y suspiraba, ahí, en el fondo de casa, donde yo le daba a la pelota y mi hermano decía pará Carlito&#8217;, no seas boludo, que vas a arrancar los brotes de las flores con tanta patada contra los canteros.<br />
Después nos metimos otra vez en el vestuario. Nunca lo había visto así al director técnico, una abeja picando miel, a los saltos, hablándonos a todos, a cada uno, escribiendo en el pizarrón la táctica, cuidado con el atacante de la derecha, desborda rápido y a cubrir el centro, y si no, engancha para adentro y busca al diez. El diez era Maradona. Yo me llamaba Carlito&#8217; e iba a jugar contra Maradona.<br />
La final era un plomazo, nada que ver con las semifinales, que ganamos cuatro a cero. Yo atajé un penal, me sentía una palomita voladora, una nube flotando en el espacio sideral, las paraba todas. Pero en la final no pasaba nada, mucho miedo, demasiado pase lateral, el temor a la victoria. En el banco, el entrenador saltaba de impotencia, se comía las uñas, se incorporaba y daba instrucciones, vos a la derecha Cortito, buscá la profundidá, Cabezón, nada de pelotazos, cuidar la transmisión. Y ya íbamos derecho a los penales, quedaban unos segundos, cuando Mercer me hizo un pase para atrás, yo no tenía más que reventarla porque el árbitro iba a pitar el final del match y a los penales, momento mágico en el que Carlito&#8217; iba a lucirse y a mostrar su clase internacional, esto no va para más Pezzotta, Estudiantes es campeón con Carlito&#8217; y una actuación sensacional, mágicaaaaaaa y de repente no sé lo que paso, me empecé a acordar del fondo de casa, cuando me ponía a chupar el revoque de la pared desconchada, girando, rotando como un ventilador y venía la pelota, venía rodando como un caramelo deslavado, no tenía más que pararla bajo mi pie y mandar un pelotazo para llegar a los penales, íbamos cero a cero, se definía a penales, y el esférico rodaba como yo pegado a la pared y al revoque, la que daba vueltas era la pared y no yo, y venía la pelota y levanté la pierna para detenerla, pero la levanté mucho, la elevé como para hacerla girar como una escafandra en órbita alrededor del espacio y la pelota siguió de largo, pasó bajo mi pie, lentamente, no podía llegar a atravesar la línea y como en otra foto movida vi al entrenador que se agarraba la cabeza, y a Mercer que tenía un hueco negro de asombro en lugar de la boca, y así rasguñando el polvo la pelota entró al arco, pasó la línea y entonces escuché el grito de gol, golgolgolgol de los jugadores rivales. Después volví al fondo de casa, a seguir chupando la pared.</p>
<p>Néstor Ponce</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/vos-anda-al-arco-nestor-ponce/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>10</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Amistad y traición a la Néstor Ponce</title>
		<link>http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 02 Nov 2008 14:53:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Néstor Ponce]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=220</guid>
		<description><![CDATA[Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, Sur (1982) y de varios de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 267px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NstorPonce9.jpg?t=1225636994" alt="NstorPonce9.jpg picture by antoniosarabia" />Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, <em>Sur</em> (1982) y de varios de ficción entre los que se encuentran <em>La bestia de las diagonales</em> (1998), <em>Hijos Nuestros</em> (2004), <em>Perdidos por ahí</em> (2004) y <em>Azote</em> (2008), así como de una <em>Antología de la Novela Negra y Policiaca de América Latina</em> (2005). Su quehacer literario ha sido galardonado tanto en su país natal, Argentina, con el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1998 por <em>El Intérprete</em>, como en México con el Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006 por <em>Una vaca ya pronto serás</em>. Ahora está de viaje precisamente allá, en esa descomunal maraña urbana que constituye el Distrito Federal, y hasta allá le va a buscar este saludo y nuestro agradecimiento por el breve y hermoso relato que tuvo a bien enviarnos para <em>Los Convidados</em>. Mucha suerte, y que no se le olviden los Chipotles.</p>
<p> <span id="more-220"></span><br />
EL DÍA DEL AMIGO</p>
<p>Los paraguas bailaban como hongos ondulantes por la Plaza San Martín cuando sonó el teléfono y el Negro atendió y me dijo tapando el auricular, che, es la vieja de Alberto Bertini, ¿te acordás?, y yo como que me sobresalté, porque era viernes y desde hacía una semana con sus días y sus noches, las gotas seguían repicando monótonas en el pavimento aceitoso de la avenida siete, bajo los focos amarillos, patinaban en las ramas peladas de los plátanos. El Negro levantó las cejas y bajó las comisuras, che, que lo parió, quién hubiera dicho, porque era la primera vez que un pescado gordo -familia de un Juez- nos hablaba al despacho, la primera luego de dos años que había colgado el diploma de abogado y veintitrés meses que decidimos -con mi socio el Negro Rocha &#8211; poner todos los ahorros de nuestros padres en el alquiler de este departamento que daba a la Plaza para instalar un escritorio. Estamos destinados a grandes cosas, me había dicho mi socio una madrugada solemne, cuando nos quemábamos las pestañas estudiando las materias de primer año y siete años después las grandes cosas tardaban en llegar, caracoleaban en los impases, seguíamos siendo un par de muertos de hambre con diploma, que vegetaban con asuntos que los compañeros de promoción mejor relacionados nos tiraban con lástima porque veníamos de una familia de pobretones y habíamos depositado todas nuestras esperanzas en el hipódromo y en un tío de Rocha, que estaba de suboficial del ejército, pero ni siquiera así emergíamos, porque en las carreras no acertábamos ni una, y mirá que en el despacho nos la pasábamos comparando los pronósticos de la Palermo con las páginas de <em>turf</em> de la prensa y la audición de <em>Caballos, pasión de multitudes</em> en radio Rivadavia. Hacíamos estadísticas y el Grone llenaba las fichas que al principio estaban destinadas a los datos de los clientes con los pesos de los jockeys, los hándicaps, los resultados de los burros. El tío, en tanto, era un tipo cetrino y que fumaba sin cesar, con los bigotes en forma de nudos, amarillos de nicotina y el tono seco del que está acostumbrado al mando sin que le discutieran ni una coma. Le decían &#8220;Dos Nudos&#8221;, y se cruzaba de piernas en el mejor sillón del despacho, chupaba el cigarrillo y dirigía la vista al techo para largar como quien no quiere la cosa ustedes esperen que todo esto se organice y yo les voy a conseguir algo, ya me lo tengo bien conversado a un coronel. Encendía otro rubio, pegaba un trago de whisky, suspiraba y yo pensaba que se estaban repartiendo todos los cargos, primero los vacantes en la ciudad y luego los de las ciudades y pueblos más cercanos de la provincia y que para nosotros, ni las migas, y que encima se vaciaba media botella cada vez que venía de visita. Se lo comentaba al Negro y se chivaba, no seas boludo, vos, después vamos a comprar cajas de importado, hay que estar listos, esta gente precisa cuadros administrativos, en cualquier momento nos llaman. Yo le insistía para que el tío nos diera el teléfono del coronel, para conversarlo directamente, pero sin éxito, mientras las hojas del almanaque gordo y acartonado del Banco Provincia iban a parar al cesto de la basura y nos seguían cayendo casos de mierda, litigios de propiedades de tierra en el culo de la provincia o comerciantes corruptos o fábricas que no habían pagado la coima al inspector y se encontraban con denuncias de no respeto de las condiciones sanitarias y entre todo eso llegaba la señora de la limpieza que vaciaba con parsimonia los tachos con nuestros análisis de las carreras, abría las ventanas para ventilar el olor a <em>Jockey Club</em> del Negro, lustraba la placa dorada de la puerta, iba a la cocina a cebar mate y se quejaba de las várices que le hacían la vida imposible. Y justo entonces nos hablaba la madre del Beto Bertini. El Negro me hizo señas para que agarrara el tubo y dije hola con mi mejor voz y me respondió un chisporroteo, una garganta con mucho tabaco o mucho dolor, ¿doctor?, ¿se acuerda?, ¿usted venía a estudiar con Alberto?, chisporroteaba la línea y yo me acordaba muy bien de todo eso, del café con leche en el jardín y de las tostadas con dulce de leche y señora, le dije, puede tutearme, por favor, con Alberto íbamos a jugar al fútbol, las rodillas lastimadas y las botellas de gaseosa después de los partidos, su casa quedaba cerca del Colegio Nacional y qué gusto sentarnos en el pasto a reírnos, ver como Manolo escondía un cigarrillo encendido entre los ligustros cada vez que la mamá asomaba la cabeza para saber si precisan algo, chicos, y después Manuco le soltaba te vas a reventar los pulmones, animal, y le pedía una pitada. Y si ahora hablaba era por un caso, por algo urgente, ¿podemos vernos hoy mismo?, es por un trabajo para vos, voy a ir con un muchacho amigo, del diario. Te decían &#8220;el diario&#8221; y vos sabías que era <em>El Día</em>, el periódico de la fundación. El periodista era un tal Eduardo Navajas, que conocía de nombre porque, por las mañanas, cuando encendía la radio en el despacho -yo llegaba siempre primero, con la esperanza de encontrarme con un cliente madrugador -, oía su voz en el informativo de las nueve. Esta misma mañana había repetido, casi textualmente, una nota que publicó en el diario. Con tanta lluvia, colmo de males, el río había crecido y media Punta Lara estaba inundada. &#8220;Cunde la alarma. Cientos de evacuados&#8221;, habían titulado en primera plana. No sé por qué me imaginé a Navajas en un Citroën verde limón, yendo hacia la costa para preparar la nota, envuelto en el ronroneo del motor, con la cara cerca del parabrisas y los anteojos como culo de botella achicándole los ojos. Seguramente de chico había sido muy miope y le daba vergüenza usar anteojos, después le dolía la cabeza y los compañeros de la escuela le gritaban dale, cuatro ojos&#8230; Antes de entrar al bar, bajo la lluvia, una lluvia lenta y pesada que entristecía la tarde, me ajusté la corbata y me aplasté las sienes engominadas. El Negro siempre me cargaba por ese tic, parece que fueras a pedir matrimonio, che. Ahí me encontré con que Navajas no usaba anteojos, llevaba el pelo largo y una barba de tres días que le daba una sombra azul al rostro y que destacaba la profundidad de unos ojos hechos para hablar con cierto fanatismo. Había colgado una cartera de cuero gastado en el respaldo de la silla y yo me crucé de piernas frente a él, seguro en mi traje azul y los zapatos, como siempre, muy brillantes. Me gustaba hablar con las piernas cruzadas, que me escucharan, pero el saludo de la madre de Alberto al entrar me sorprendió, la gente no nos miraba, pero yo sentía que paraban las orejas, atentos, la vieja me había abrazado, querido, tanto tiempo, tanto tiempo, qué alegría, qué bien se te ve, me dijo con su aliento a tabaco, acompañando las palabras con un ademán elegante, con una clase que no podían desmentir las ojeras violáceas y el cansancio de los movimientos. Más allá de la vitrina del bar, la lluvia no era ingrata, se hacía más bien torpe, ciega, con mala leche. Se pegoteaba al aire pesado y se quedaba ahí, observándonos. Me acordé de una de las historias boludas que inventaba Alberto, un día se le ocurrió que podía guardar una gota de lluvia en el bolsillo y plantarla en el fondo de su casa. Iba a salir un arbolito lleno de lágrimas, decía que se iba a poner abajo las noches de calor, con la boca abierta, para refrescar la tristeza&#8230; Manuco le decía calláte, pará con esas pavadas, y le pedía un rubio a Manolo. Estás al tanto por Alberto, ¿no?, me despertó la mamá. Le contesté que no, medio confuso, y me contó que lo habían secuestrado los parapoliciales hacía tres meses. Se habían llevado también al padre, a la hermana y al cuñado. No se sabía nada y a mí como que me entró miedo, sentía un frío azul que se me derramaba en el pecho, afuera sonó una sirena y los coches se echaron a ambos lados, hacia el cordón de las veredas, para franquear un paso en el medio de la calle 50. Un patrullero cruzó a mil, las armas colgando de las ventanillas, el faro rezongando destellos como puñetazos violáceos contra los edificios. La gente levantaba la vista como viendo llover, en las entradas de las galerías, los adolescentes hablaban a los gritos y se empujaban. Pero cuando caía la noche -y con el cielo cubierto no había transición: la oscuridad se desmoronaba, achicharrada y ronca -, la ciudad se vaciaba con el cubrefuego. Entonces sólo se oían las sirenas, los ladridos de los perros, algunos tiroteos. Pasó hace tres meses, volvió a decir la señora, la madre del que había sido mi mejor amigo, y anoche se llevaron a una de las madres de los desaparecidos. Se armó un silencio duro, crocante, y yo miré hacia la lluvia y Navajas dijo de repente, desconcertante, que ni te imaginás cómo está Punta Lara, con agua hasta la cintura y entre tanto los patrulleros que seguían pasando y por ahí hasta vimos un camión del ejército que se iría para un operativo del que al día siguiente no saldría nada en la prensa. Fue Navajas el que lo dijo, porque yo con eso no me meto, de esto, no sale ni minga mañana. La mamá de Alberto asintió y habló de los tiempos bravos y de las madres que manifestaban y Navajas leyó mi cara de desconcierto y la interrumpió para preguntarme si estaba al tanto. Yo ni idea, y el periodista me explicó que el movimiento había empezado en Buenos Aires, y que luego se extendió a Rosario, a Córdoba, a Paraná, a La Plata, las madres de los desaparecidos se reunían todos los jueves a las doce, con un pañuelo blanco y giraban en silencio alrededor de la plaza de la casa de gobierno, vueltas y vueltas, durante una hora, sin decir nada, ni una palabra, ni un grito, nada, y yo pensaba, pucha, desde que alquilamos el despacho, a unos metros de la casa de gobierno y ni nos enteramos, y por ahí solté, por decir algo, pobre Alberto, señora, no sabía nada. Hablé y me quedé huérfano en medio de la sala, como si se hubieran interrumpido las voces mientras la gente seguía gesticulando, el mozo pasaba con los pocillos de café y las teteras y las <em>Cocas</em>, voceaba los pedidos, y la madre no te preocupes, querido, no es nada, y me acarició el antebrazo. La vieja de Alberto seguía removiendo cielo y tierra desde el secuestro y entre trámite y trámite se había conectado con otros familiares. La gente se reúne, se organiza, es la resistencia, concluyó Navajas. ¿Y yo en todo esto? Precisaban un abogado para que las asesorara, consejos jurídicos, presentar <em>habeas corpus</em> para la señora que habían secuestrado. Me crucé y descrucé de piernas y adelanté la cara, me temblaba el estómago y se me ocurrió pedir un café para cambiar de tema, que no se notara, por Dios, que no se me notara la emoción. Esta noche nos reunimos, querido, van a venir dos monjas de la capital que cooperan con las madres de Buenos Aires, me dijo la mamá de Alberto, mi querido amigo, casi como el hermano que no tuve, las noches estudiando y mirando el cielo, fumando con los codos en la ventana, y los exámenes de diciembre, y las clases de inglés y de historia. La entrevista duró todavía unos minutos y salí con la dirección de la reunión bien guardada en un rincón de la memoria, la garganta reseca y ganas de llorar, pero en lugar de volver al despacho me levanté el cuello del piloto y caminé con las manos en los bolsillos bajo los techados de los negocios y me metí en la galería. En la cafetería pedí un whisky doble y encendí un <em>Dunhill</em>. Pegué dos sorbos rápidos, para calmar los saltos en el pecho y pedí el teléfono en la barra: pregunté por el suboficial y esperé un momento, cuando lo oí, enérgico, seco, le dije que quería una cita urgente con el coronel, que tenía un dato importantísimo sobre la subversión, algo gordo para esta misma noche, pero por teléfono no puedo decirle nada, entiéndame bien.<br />
Antes de salir me ajusté la corbata y me apreté las sienes engominadas. Por suerte había dejado de llover.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>29</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

