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Antonio Penadés (Valencia, España, 1970) tardó diez años en escribir su primer libro pero no podrá arrepentirse del resultado. Esa única obra le ha convertido en uno de los nombres de referencia cuando de novela histórica se trata. Nos conocimos hace ya casi tres años, al coincidir en una feria del libro en Frankfurt. Él acababa de publicar su ahora célebre El Hombre de Esparta, y yo iba a medio camino en lo que más tarde serÃa Troya al Atardecer. La Grecia Clásica, tema de ambos libros, y la procedencia de los protagonistas, su Isómaco de Atenas y mi Timalco de Esparta, pudieron haber dado origen a una guerra del Peloponeso privada en el bar del hotel Frankfurterhoff, pero no fue asÃ. Por fortuna, a nuestros personajes los separan casi mil años de historia y a nosotros nos acercaron mil momentos de charla cordial y sustanciosa. Nuestras cenas con Luis Miguel Palomares, quien hizo de generoso anfitrión, y Alejandro Noguera son memorables. Después de aquel encuentro en Frankfurt nos hemos perdido algo de vista, situación pasajera que planeamos remediar a la mayor brevedad posible. Por lo pronto, Antonio tiene planeado venir a Lisboa en julio, invitado por el ICAN 2008, a un congreso sobre novela antigua. Mientras tanto, encerrado en su estudio de Valencia, explora infatigable la parte occidental de TurquÃa siguiendo con la memoria, después de haberla recorrido en persona, la ruta de Jerjes durante su invasión a Grecia allá por el 500 a.c., tema de su próxima novela. A pesar de la ardua investigación y el trabajo que esto significa, ha tenido la gentileza de enviar a este blog un texto inédito sobre su percepción del quehacer literario. Muchas gracias, tocayo, por tu colaboración. Un abrazo y acá te esperamos en julio.
LA LITERATURA, ESA ARMA MÃGICA Y PODEROSA
La literatura es un arte que no resulta fácil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definición de obra literaria acaso podrÃa ser la de un texto escrito que contiene cierta carga estética –aunque no es preciso que esté plagado de figuras retóricas, ni mucho menos–, que está dirigido a un público amplio y no a un destinatario concreto –un informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que estén– y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible función informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige más a los sentidos que a la razón. Como sucede siempre que se propone una definición, hay escritos que se situarÃan en una zona fronteriza –por ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo– y que quedarÃan a merced de una discusión sobre si quedan o no englobadas en este permeable concepto de obra literaria.
La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasión. Por medio de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que él ha creado en su imaginación y que queda contenido y explicado en las páginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela –o de cualquier otro género de ficción– ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. El escritor puede proponer si quiere un universo totalmente irreal, pero si los personajes que él ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptará tal y como son, las hará suyas y se sumergirá en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.
Este mecanismo sólo entra en funcionamiento con la literatura de calidad, pero cuando lo hace refleja fielmente el poder de la palabra escrita. La capacidad de evocación de un buen libro es tan grandiosa que nos puede conducir a universos con personajes y situaciones fascinantes. El significado de un conjunto de frases crea una conexión directa entre dos cerebros, el del lector y el del escritor, que posibilita que a través de un libro podamos ingresar en ese universo –posible o irreal, pero siempre coherente– que la imaginación de otra persona creó. Entonces, atrapados por la trama, seremos capaces de conocer de primera mano los problemas de personajes singulares y, si nos apetece, podremos convivir con ellos durante unos dÃas y seguirles de cerca en sus aventuras. ¿Quién no se ha puesto en la piel de un hobbit y ha sufrido con sus situaciones de peligro mientras leÃa El señor de los anillos? ¿Quién iba a imaginar, antes de adentrarse en el mundo de Madame Bovary, que podrÃa compartir las inquietudes de una dama caprichosa y ambiciosa como Emma? ¿Y quién no se ha conmovido ante las peripecias de Mowgly leyendo El libro de la selva, sin extrañarse lo más mÃnimo por el hecho de que el protagonista conviviera y hablara con animales salvajes? Una vez hayamos terminado la lectura, algunos personajes literarios nos acompañarán siempre en nuestra evolución personal y se establecerá con ellos una relación de algún modo parecida a la que guardamos con los mejores amigos de nuestra juventud.
Lo más importante en una obra de ficción no es el universo que el autor propone, ni los personajes que pululan por él, ni tampoco la forma en la que el libro está escrito –aunque, desde luego, si el texto está mal redactado todo lo anterior no valdrá para nada–. Lo primordial en una obra literaria es siempre el argumento. La literatura es, en esencia, un vehÃculo para trasladar a distintas personas una historia interesante, un acto intrÃnsecamente humano que hasta la llegada de la escritura se realizaba siempre de forma oral, comúnmente alrededor de una mesa o junto a la chimenea.
En Grecia antigua, por ejemplo, una vez que todos los miembros de la familia habÃan terminado sus tareas diarias, los abuelos o los padres permitÃan que los jóvenes se sentaran junto a ellos para transmitirles una parte de su bagaje cultural, compuesto por mitos, leyendas, fábulas y todo tipo de relatos ancestrales. Si excepcionalmente recalaba algún extranjero dotado de facilidad de palabra y cargado de experiencias que contar, se le ofrecÃa comida y alojamiento a cambio de contara sus historias ante un auditorio. Esas personas buscaban, en definitiva, lo mismo que nosotros pretendemos encontrar en las novelas que consumimos en nuestros dÃas: esencialmente, argumentos que nos atrapen, historias que nos causen inquietud, pena, horror, alegrÃa o intriga. Si es posible, buscaremos también formarnos, aprender cosas nuevas acerca del contexto en que se desarrolla la trama, pero si la lectura de un libro no consigue conmovernos, lo rechazaremos sin más.
Resulta impresionante pensar que los antiguos griegos inventaron todos y cada uno de los géneros literarios que hoy en dÃa se siguen creando y que consumimos en cantidades industriales. A veces, cuando escuchamos que la civilización griega es la base de las sociedades occidentales, nos suena algo asà como una afirmación retórica, pero con ejemplos como este se aprecia mejor la magnitud del legado heleno. Efectivamente, todos los géneros que hoy integran la literatura –todos los que el hombre ha sido capaz de crear durante su historia– estaban ya vigentes en época helenÃstica. El primero que realizó una clasificación fue Aristóteles, quien, en su Poética, reduce los géneros a tres: la épica, la lÃrica y el teatro. La novela no habÃa nacido aún, aunque no tardarÃa mucho en llegar.
Pero lo más llamativo del caso es que las normas por las que se rigen cada uno de los géneros literarios no han podido ser modificadas desde la época clásica griega. La estructura de una obra de ficción, sin importar que esté escrita en nuestros dÃas o hace veintisiete siglos, necesita indefectiblemente tres partes bien diferenciadas: introducción, nudo y desenlace. Y por muchos experimentos que se hagan, si el autor no recurre a esa estructura básica ideada por los griegos antiguos, la obra no se mantiene en pie. Asimismo, y por citar un solo ejemplo más, en la ficción resulta totalmente irrelevante que lo que se narra en una obra coincida o no con la realidad; lo importante, tal y como afirmaba Aristóteles, es que su argumento se rija por lo plausible, por lo que “podrÃa haber sucedido†según el contexto o el universo que el escritor propone.
No querÃa terminar este artÃculo sin una reflexión personal que quizás anime a alguien a dedicar más tiempo a leer. Amo los libros por encima de todas las cosas –recalco la palabra “cosasâ€, situando aparte a las personas–, y a veces pienso que si alguien o algo me impidiera leer durante el resto de mi vida, una gran parte de mi felicidad se esfumarÃa. Si no pudiera escribir, ni de cerca me resultarÃa tan doloroso –aunque también me fastidiarÃa mucho, claro está–; pero sin leer, sin recibir esas dosis periódicas de ficción y sin sumergirme en el pasado a través de los libros, para mà la vida perderÃa muchÃsimo encanto.
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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el año de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un año a los ciento veinte del nacimiento, y otro más al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qué más da. Nos causa un inmenso placer que nos acompañe desde ahora y no creemos que a él le importe demasiado. Es un autor a quien jamás conocÃ. Murió cuando yo tenÃa quince años y estaba neófitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisión, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apartó de mi pensamiento desde que llegué a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Español al escribir Amarilis y también influyó, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos†y a quien dedicó una oda fúnebre, In memoriam, que remata espléndidamente asÃ: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi lágrima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con César Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, México, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso allá por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del periódico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo año y de la que reproducimos sólo el final, el futuro premio Nobel mexicano decÃa:
SÃ, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios crÃticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino: una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojerÃa y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, crÃtico y traductor, es el literato. El minero, el artÃfice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creación y reflexión: una literatura. ¿Debo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser él mismo es por sà mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.
El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poesÃa. En él, al decir del propio Reyes, el poeta “se admira de su propio don, y se enorgullece de él, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que dudaâ€.
VALMIKI Y LOS PÃJAROS
El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un dÃa por el campo. Ignoro lo que será el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de árboles de múltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las bóvedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargazón vital en la atmósfera propicia al éxtasis y al pánico. El contemplador queda aniquilado ante el espectáculo, y la naturaleza fácilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de sÃ, admirando una pareja de pájaros cuya voz adquirÃa singular dulzura, porque era la estación del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichnú. VÃctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja poética. Y asà nació la poesÃa kavya, nuevo género literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y “¿soy yo –exclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?†El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.
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Acaba de aparecer en Paris, con el tÃtulo de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducÃamos rumbo a la costa del PacÃfico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veÃa la ruta. La mayorÃa de los autos habÃan desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburrÃa. Se trataba de La Añoranza del Héroe. No sabÃa él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que habÃa leÃdo en los últimos años.
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrÃan haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocarÃa poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mÃas, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los PolÃticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironÃa y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habÃamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquà te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.
ESCENA DECIMOQUINTA
PI Me gustarÃa pronunciar un discurso.
PD ¿Ahora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¿Te importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustarÃa mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¿Es ese el tÃtulo?
PI No, el tema.
PD ¿Y el tÃtulo?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitarÃa decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¿Debemos ser tolerantes?
PD ¿Me preguntas a m�
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD PodrÃamos estar de acuerdo.
PI Por ahà entonces no hay justificación posible.
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des más vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sà la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mà y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Ajá.
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empÃrica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahà tienes un buen tÃtulo donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No irás a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mà me lo parece.
PI Ni muchÃsimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teorÃa, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirÃas una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importarÃa hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahà le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirÃas si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que sÃ, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibirÃa por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibirÃa al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teorÃa, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oÃr una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teorÃa e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mà mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oÃr.
PI Yo también.
(Silencio.)
PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?
PI ¿Quiénes?
(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)
¿Y a quién le importa?
PD No, no, a mà no.
PI Pues eso.
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En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos también una sólida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector y sin jamás torcer el hilo del relato, nuestro trabajo se salpique a menudo de guiños mutuos, de bromas privadas, de silenciosos apretones de mano. Mi relación con José Manuel Fajardo (Granada, 1957) además del ininterrumpido y profundo trato personal tiene mucho de eso. Él me hizo personaje de un cuento de mar, el titulado Como una Isla, y yo le respondà en otro de los mÃos, El Último Abordaje del Don Juan, mandando al fondo del océano, con todo y su navÃo, al capitán pirata de su novela El Converso. Fue él también quien, entre los jamesons en las rocas de una taberna del Bilbao, me contó la historia de Cristobalillo, el criadito TaÃno de Bartolomé de las Casas en quien yo basarÃa después mi novela El Cielo a Dentelladas. Sólo era, pues, cuestión de tiempo el que José Manuel Fajardo hiciera escala en las páginas de Los Convidados. Aquà está. Nos ha enviado un texto hasta ahora inédito en idioma español. Una Carta al lector ideal. Se las presento a ustedes con mi reconocimiento y gratitud al autor. Ojalá la disfruten tanto como yo.
Carta al lector ideal
¿Cómo se encabeza una carta dirigida a un ser de quien apenas se sabe nada? ¿Con un saludo formal, respetuoso, distante? “Estimado señorâ€, por ejemplo, o “Muy señor mÃoâ€â€¦ Pero es raro tratar de ese modo a quien ha compartido con uno tantas horas, durante tantos meses. Porque ese alguien desconocido forma ya parte, sin embargo, del paisaje doméstico y ante él se ha bostezado impúdicamente. Ese alguien te ha visto desesperarte o morirte de risa, pasear inquieto por tu casa o tomar un café distraÃdamente mientras escuchas música. Esa es la esencia contradictoria del lector: su anónima proximidad. El lector es el fantasma que puebla el castillo imaginario de la fantasÃa del escritor. Una presencia permanente que te acompaña y vigila, que te interpela y te inquieta. Un ser invisible y, sin embargo, presente a tal extremo que acaba resultando tan familiar como un viejo amigo de infancia. Quizá ese sea el trato adecuado, el de una intimidad afectuosa, una intimidad de aquellas que autorizan tanto al abrazo como a la discusión. Sea pues asÃ:
Querido amigo,
Empiezo esta carta con la sensación de ir a contarte algo que tú ya sabes. Porque asà es nuestra relación: tú sabes tantas cosas de mà y, en cambio, yo de ti sé tan pocas… Siempre juegas con ventaja. Pero yo haré como hago siempre: escribir y escribir como si estuviera descubriéndote un mundo y confiar en que, pese a todo, entre lo que ya sabes o intuyes de mà y de este arte extraño de la escritura, se cuele alguna idea, alguna experiencia que te sean nuevas, que muevan tu curiosidad, que sirvan para que se crezca esta amistad inmaterial, construida con la rara alquimia de mezclar dos soledades en un crisol de papel.
Tengo que decirte, para empezar, que todo escritor lleva un lector dentro. Más aún, es ese lector primero que fuimos el que nos impulsa a emprender el camino de la escritura. Y es a ese lector al que se busca complacer con lo escrito. Por ello, la tan escuchada frase, empleada por muchos autores, de que en realidad se escribe para uno mismo no resulta en absoluto incompatible con la idea, defendida por otros autores, de que se escribe para los demás. Si el lector que cada escritor lleva dentro es el primer destinatario de lo escrito, también es, en cierto modo, el representante de la mirada ajena, el portavoz del Otro en los dominios de intimidad de la creación literaria. La sensación de ajenidad que provoca la lectura de un texto propio, una vez terminado e impreso, no hace sino confirmar esa dualidad. Debes saberlo, pues: tú y yo somos iguales. Ya lo dijo Baudelaire y si yo no he de llamarte hipócrita, sà que estarás de acuerdo conmigo en que tú y yo fingimos no darnos cuenta de esa igualdad. Eso forma también parte del juego: ambos necesitamos de la admiración para jugarlo y es difÃcil admirar a quien se ve como un igual. Tú juegas a verme como un artista y yo a creer que lo soy. Pero uno nunca deja de ser quien fue mucho antes de que la vanidad viniera a enredarlo todo: un emigrante criado en una barriada de clase media baja, con muchos más sueños en la cabeza que medios para hacerlos posibles, en mi caso. Lo demás es teatro.
La voracidad lectora del escritor suele ser tan compulsiva y omnÃvora como lo son el resto de las fuentes de las que bebe la inspiración creativa: la propia vida, las de las personas que conocemos, la memoria histórica, las anécdotas de la actualidad cotidiana, los paisajes que hemos visto o de los que nos han hablado, la memoria familiar… Pero la inspiración literaria se nutre en primer lugar de lo escrito por otros, del acervo histórico de lo que llamamos literatura clásica, proveedora de modelos a imitar o a denostar pero, en cualquier caso, fundamentales para confrontar la propia creación; y también de la corriente viva de la literatura coetánea, la que van produciendo otros escritores durante nuestra vida.
Yo recuerdo con precisión las horas de lectura en la habitación de mi infancia, un cuarto feo y pequeño con una ventana que daba a un patio interior por el que bajaban y subÃan incesantemente los ascensores. Las páginas de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe, de La Atlántida o de Viaje al centro de la Tierra me llevaban muy lejos de aquel mundo gris y tristón y me hacÃan soñar que otra vida era posible. Recuerdo el sentimiento de fatalidad de Los últimos dÃas de Pompeya y la primera intuición del erotismo en la aventura galáctica de la novela NÃnive, de Larry Niven. Yo querÃa ser Miguel Strogoff y el capitán de quince años que se refugiaba en los termiteros. De igual modo jugué, años después, a meterme en el pellejo del enamorado herido de Adiós a las armas o del duro y sentimental detective Philip Marlowe. Durante los convulsos años de la adolescencia me sentà tan apresado como el señor K. de El proceso y tan fuera del mundo y de sus convenciones como el Molloy de Beckett. Leà tanto y tan apasionadamente que de algún modo contraje la enfermedad quijotesca de Alonso Quijano y si no batallé contra molinos de viento sà que confundà una y mil veces la realidad con mis deseos y me vi volteado por las aspas de remolinos sentimentales que me dejaron más vapuleado que escarmentado. Con la presunción propia de todo lector, que al apropiarse del libro con su lectura se considera a sà mismo tan único como el universo que acaba de reinventar en su fantasÃa, me he considerado siempre el lector ideal de algunos autores. De Stevenson, Verne, Chandler, Auster, Borges y Grahan Greene desde luego. De Kafka, Dos Passos, Cervantes, Calvino y Cortázar, probablemente. SÃ, ya lo sé, ya te veo protestando, exigiendo para ti ese mismo papel respecto de esos mismos autores. No te lo voy a discutir. Los escritores son asÃ, gente promiscua que abre su intimidad a cuantos quieran penetrarla, y con ellos no valen los celos. Pero te aseguro que la obra de la que nunca me he sentido lector ideal ha sido precisamente la mÃa.
Yo sé (eso sà que lo sé) que tú estás siempre presente en mi imaginación mientras escribo. No busco adularte ni ponerte las cosas demasiado fáciles, pero sà me interrogo cada poco sobre lo que tú pensarás de lo que yo estoy escribiendo. Trato de imaginar tus reacciones, intento ponerme en tu lugar. Tú no sabes nada de la narración que yo escribo y que tú leerás más tarde (ese es el único terreno en el que yo te llevo ventaja), y yo debo adivinar, al escribirla, cómo reaccionarás a mis palabras, para tenderte mis celadas, para trazar la ruta que te lleve de la primera a la última página del libro sin que en el camino se te agoten las ganas de seguir leyendo. Es como un encantamiento que no puede surtir efecto si en la cocción faltan esos inevitables cabellos de la vÃctima de los que siempre hablan los cuentos. Sólo que yo no sé de qué color es tu pelo ni dónde podré hallar el mechón que me sirva para el sortilegio. Me muevo a ciegas, manoteo a mi alrededor sin hallar nada cierto. Y aún asà avanzo, quizá porque todo escritor es en el fondo un temerario que se lanza al vacÃo confiando en que unos desconocidos hayan desplegado allá abajo una salvadora red de atención.
Muchas veces he tratado de ponerte rostro, incluso de darte un nombre. No sé si por curiosidad o por tranquilidad, no sé si por jugar a desenmascararte o por acomodarme a una mentira que aleje de mà la inquietud que tu rostro sin facciones me provoca. Cuando era niño y disfrutaba del temprano descubrimiento de la embriaguez de las palabras, tú tenÃas todos los rostros de mis compañeros de clase. Para ellos escribÃa absurdas comedias policÃacas que luego leÃa ante la mirada satisfecha del profesor. Y cada una de sus risas, incluso de sus comentarios chuscos, que no faltaban, me llenaba de una rara felicidad. Pero los compañeros de clase se fueron con la misma velocidad que los años de la infancia y ya no hubo más lectores colectivos y cotidianos. Durante algún tiempo, te adjudiqué el rostro de las mujeres que amaba. EscribÃa para ellas y ellas salÃan de mi vida con lenta pero inexorable puntualidad de reloj suizo, llevándose consigo mis expectativas literarias.
Fue después de publicar mi primer libro (después de una interminable retahÃla de manuscritos penosos cuando no ridÃculos) cuando empecé a buscar el lector ideal de mis textos en los crÃticos literarios. La desilusión fue tan inmediata como contundente. Las más de las veces me preguntaba si realmente el crÃtico de turno, más allá del juicio benévolo o desfavorable a mi obra, habÃa leÃdo realmente lo que yo habÃa escrito y, si lo habÃa hecho, me asaltaba la amarga duda de si se habrÃa enterado de algo. Aquello me produjo deprimentes pensamientos sobre mi capacidad de comunicación y sobre la calidad de lo que escribÃa. Más tarde, leyendo los artÃculos que aquellos mismos crÃticos publicaban sobre los libros de otros autores que yo habÃa leÃdo y que admiraba, comprendà que el problema no estaba en mà (independientemente de que mi textos fueran buenos o malos) sino en un colectivo aquejado de una rara animadversión hacia el objeto de su trabajo de la que apenas unos pocos escapan.
Pero de esa comparación surgió con fuerza la idea de que tú, mi lector ideal, quizás fueras en realidad un igual en el sentido más literal de la palabra. Es decir, otro escritor. Recordé la frase de Leopoldo Alas “ClarÃnâ€, cuando afirmaba que habÃa escrito su novela La Regenta para cuatro o cinco personas “y en especial para don Benito Pérez Galdósâ€. Ciertamente, ClarÃn tuvo poca suerte en la elección de su lector ideal porque su admirado Galdós tardó años en darse por aludido y sólo publicó la reseña de La Regenta en el momento en que “ClarÃn†agonizaba. Yo he tenido mejor fortuna y escritores como Luis Sepúlveda, Bernardo Atxaga, Antonio Sarabia, Santiago Gamboa, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares han sido lectores de mis libros y sus lecturas me han llenado de alegrÃa. Pero en realidad no son tanto lectores como cómplices que leen con una mano y corrigen con la otra, pues sus consejos y crÃticas han contribuido en gran medida a que mis libros sean lo que son.
¿Quién eres tú, pues? ¿Tan sólo una sombra que, a la manera shakespereana, me tutela y vigila? ¿Debo conformarme pues con esta tarea de ciego? La verdad es que la vida no suele ofrecer respuestas simples, por mucho que los humanos nos esforcemos en reducirla a esquemas manejables. Tampoco lo hace en este caso, o al meno eso creo yo hoy, ahora.
He descartado muchos otros rostros para ti, además de los ya citados, entre ellos los de mis propios editores. Sé bien que es tras convencerles a ellos que el libro realmente se convierte en eso, un libro y no un montón de folios guardados en un cajón, pero precisamente ese papel decisivo les otorga un poder sobre la obra que les impide ser los lectores ideales. Son sin duda los lectores necesarios, pero hay demasiados condicionantes extraliterarios, desde la mercadotecnia hasta las luchas de poder dentro de las casas editoras, que distorsionan su lectura.
Durante estos años, libro tras libro, he asistido a decenas de presentaciones de mis novelas en España y fuera de España. He dado conferencias delante de dos estudiantes en la Universidad de Oviedo (de hecho les invité a una cerveza en el bar de la esquina porque parecÃa más natural charlar asà con ellos que fingir un acto público en una sala vacÃa en la que sólo estábamos tres personas) y ante más de un millar en el teatro de Mantova. He hablado con profesores universitarios franceses, marinos venezolanos, bibliotecarios salmantinos, alumnos de bachillerato de Gijón, historiadores vascos y cocineros castellanos. He escuchado hablar de Nagala, la india que aparece en Carta del fin del mundo, con la vehemencia de un enamorado e incluso he sabido que ese nombre (del que soy creador pues fue pura invención para designar al personaje de mi novela, construido por cierto a partir de la idea de integrar el nombre de una famosa musa de artistas, la Gala de Dalà y Eluard, como parte del fonema) es el que lleva hoy una niña española cuya madre acudió, todavÃa embarazada, a pedirme que le dedicara un ejemplar del libro. He encontrado lectores que me piden una segunda parte de El converso y otros que se han reconocido (tanto hombres como mujeres) en las angustias y las confesiones del narrador de Una belleza convulsa. He hablado con cubanos, mexicanos, franceses, italianos, alemanes, griegos, portugueses, argentinos, peruanos, uruguayos, españoles…y creo por fin haber comprendido el mensaje que de alguna manera me han transmitido colectivamente: Tú, lector ideal, cual si de un ser demonÃaco se tratara, bien puedes decir “Soy legiónâ€. Porque el tuyo no es un rostro único, individual. Eres muchos, como representación material de esos Otros que habitan dentro de cada ser humano y de cuya existencia de algún modo da cuenta toda literatura. También la mÃa. Tú, lector ideal, eres aquel que en un momento dado toma mi libro en sus manos y comparte conmigo sus emociones, sus dudas, sus incertidumbres. Y, al hacerlo, agrandas, alargas, enriqueces el libro, lo completas con tus vivencias, lo haces ubicuo pues mientras reposa en tu mesa de noche tú lo llevas contigo, enredado en tus pensamientos. Tal y como he hecho yo tantas veces con los libros de otros. Tú, lector ideal, eres quien ahora lee esta carta y encuentra en ella un eco familiar. Por eso te escribo. Desde la proximidad de las palabras, con la esperanza de que todo lo escrito no sea un grito en el vacÃo sino un paso más en este largo diálogo que mantengo contigo desde que, a los ocho años de edad, descubrà que contando historias el mundo se hacÃa más grande y más vivible y, sobre todo, menos solitario.
Por eso me despido de ti hasta pronto, hasta que nos volvamos a encontrar en las páginas de otro libro.
Recibe un abrazo grande de
José Manuel Fajardo.
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Esta semana apareció en España, con el sello de Belaqva/La otra orilla, mi más reciente novela “Troya al Atardecerâ€. La perspectiva de ver otra vez algo mÃo tras las vitrinas de las librerÃas me pone, ya se imaginan, de excelente humor. El argumento de la obra y la cercanÃa del mar, más el Tajo azul brillando espléndido tras el cristal de mi ventana esta tarde lisboeta me hace sentir, hasta cierto punto, “helénicoâ€. La mejor manera de celebrarlo es entonces, creo yo, compartir con los lectores de Los Convidados un magnÃfico texto en prosa del poeta griego Odysseus Elytis (Creta 1911 – Atenas 1996), Premio Nobel de Literatura el año de 1979. Se titula “Veinticuatro horas para siempreâ€. La traducción es de Francisco Torres Córdova, Ojalá les guste tanto como a mÃ.
1
Al cambiar de lado durante el sueño te das cuenta de que amanece. Te levantas un momento para cerrar las ventanas, y al mismo tiempo te golpean la luz y el aire de la higuera de enfrente. Después te vuelves a acostar y con gula te hundes en el sueño. Ahora se siente el fresco. Te complace la sábana.
2
En la terracita que da al norte humean las tazas. Nadie habla. Sólo escuchas el masticar del pan tostado o el pequeño grifo de la cocina de junto. Tres o cuatro abejas van y vienen alrededor de la mermelada y la bandeja grande con fruta.
3
En el sendero empedrado que desciendes por la orilla para protegerte del Sol. De frente a ti sube un campesino con dos mulas que jala del cabestro. En la primera abertura hacia el mar ves el fragmento de un barco que está detenido. Después, conforme avanzas, todo el pequeño puerto. En el muelle, en fila y atadas por sus cabos, las barcas vacÃas que se balancean.
4
Dentro del pequeño almacén, que huele a especias y a periódicos viejos. Dentro también Rinió, con su vestido rasgado. Sus pequeños pechos puntiagudos y su cabeza un erizo grande y asimétrico.
5
Izas la vela y te abres al mar. Si tienes viento a favor aflojas el cabo y avanzas recto, a toda vela. Si lo tienes en contra maniobras y tu pequeña embarcación salta como cabra salvaje.
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Escrito por: admin en traductores
Ya desde pequeño, durante aquellas lejanas lecciones de catecismo a las que me arrastraba mi madre, me parecÃa difÃcil creer que en el jardÃn del ParaÃso, cuando Dios permitió a Adán nombrar a sus criaturas, éste llamara al perro, perro y, al gato, gato. Incluso entonces mi ecumenismo hispanoamericano no llegaba a tanto. Me preguntaba, eso sÃ, ¿cómo las habrÃa denominado?, ¿en qué lengua, tal vez ahora impronunciable, les dio sus verdaderos nombres?, ¿y qué habÃa sido de ella? Mi persistente rencor al padre Adán data de esa época. ¿En qué cabeza cupo heredarnos el pecado original y excluirnos de aquel lenguaje formidable?
Años más tarde, desacreditado el mito de Babel, otra cuestión comenzó a rondarme por la mente: ¿por qué hay tantos idiomas? Esta pregunta, en apariencia idiota, no lo es tanto cuando nos detenemos a reflexionar en ella. ¿Qué pensarÃamos nosotros, por ejemplo si, al comprobarse que se comunican los delfines, descubriésemos que no se entienden entre sà porque unos frecuentan West Palm Beach y otros Varadero? ¿Por qué tendrÃan que hablar distintos lenguajes los delfines si, al fin y al cabo, son delfines? Esto, que nos sorprenderÃa en otras especies, nos parece de lo más ordinario en la nuestra, a pesar de que compartimos las mismas estructuras neurológicas y dependemos de idénticos dispositivos para emitir y captar sonidos, sin contar con que la constitución de nuestras cuerdas vocales no nos permite reproducir más que una misma uniforme, y bastante limitada, gama de voces. ¿No serÃa más natural que, al abrir la boca por primera vez, llamáramos todos sin excepción, en la misma lengua de Adán, al perro, perro y, al gato, gato?
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