Posts Tagged “Narrativa hispanoamericana”

Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no sólo porque es alguien muy cercano, íntimo y querido, a quien profeso un afecto entrañable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene las ideas muy claras y sabe sostenerlas en todos los terrenos. Su sensibilidad literaria y humana la hacen poner siempre la pluma al lado de las causas más nobles y altruistas. Le tengo tal familiaridad y confianza que es una de las pocas personas de las que abuso enviándole mis manuscritos antes de publicar, porque sé que de ella obtendré una opinión leal y desinteresada de quien conoce el oficio y no vacilará en indicarme, con infinito tacto y perspicacia, lo que considere errores y aciertos. Cenamos hace un par de semanas con motivo de la feria del libro en Madrid, donde ella presentaba su más reciente novela, Instrucciones para Salvar el Mundo (Alfaguara 2008) y le pedí esta colaboración para Los Convidados. Se trata de un texto suyo que me conmovió particularmente cuando lo leí porque narra una anécdota muy personal sobre la que yo le había oído hablar muchas veces y que nunca pensé que pudiera poner por escrito. Lo hizo, y de manera magistral como es su costumbre. Lo tomo, con el expreso consentimiento de la autora, de su libro Lo Mejor de Rosa Montero, (Espejo de Tinta, España 2005). Aquí está, para ustedes.

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Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía. Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.

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Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio Rómulo Gallegos 1993 por El Santo Oficio de la Memoria. Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo después y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer día y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entrañable compinchinato, si se puede llamar así, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al dominó como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.

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Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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Mario Delgado Aparaín (Florida, Uruguay, 1949) “el negro”, le llamamos afectuosamente sus amigos cercanos, aunque su piel sea del mismo color que la nuestra. Su humor incisivo, su sólida prosa, su fértil imaginación, lo han convertido en uno de los más grandes narradores del moderno Uruguay. Escribió a cuatro manos, con nuestro mutuo compadre el chileno Luis Sepúlveda, Los Peores cuentos de los Hermanos Grimm. Su obra abarca desde novelas como La Balada de Johnny Sosa (Premio Municipal de Literatura de Montevideo, 1987), Mandato de Madre (Premio Foglia de Novela 1990), Alivio de Luto y No Robarás las Botas de los muertos (Premio Bartolomé Hidalgo de Novela, 2005), todas traducidas a un buen puñado de idiomas, hasta varios volúmenes de cuentos entre los que se encuentran Querido Charles Atlas y El Canto de la Corvina Negra. En este último género se le concedió el Premio Cervantes del Concurso Juan Rulfo, patrocinado por Radio Francia Internacional, por su relato Terribles Ojos Verdes.
Actualmente es director de la Intendencia de Artes y Ciencias de la Intendencia Municipal de Montevideo.
Un abrazo afectuoso al “Negro” que nos lee allá en su querido Uruguay, y nuestro agradecimiento más sincero por su amable colaboración.

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No es fácil hacerse de amigos en este mundo virtual en el que uno bucea a veces como en las aguas de un opaco océano para encontrar uno que otro individuo estimable en medio de la variedad de inmundicias que va dejando la resaca humana. Blogueros y otras especies que sólo persiguen influencia, celebridad o poder. Y fallidos don juanes que utilizan su blog como anzuelo para sorprender mujeres que serían incapaces de conquistar de otro modo.
Pero cuando topamos con alguien real allá en el fondo, nos damos cuenta de que no es necesario verse cara a cara con una persona para intuir cómo es y congeniar espontáneamente con ella. Eso me ha sucedido con Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1966). Sólo nos hemos encontrado en la red pero, a mí en lo particular, los bien escogidos textos que publica en su blog, El Baile de los Silenos, y los contados correos electrónicos que he intercambiado con él me bastan para desear su simpatía y amistad.

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El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reunión, está como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpatías, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a través de los años. Ahí me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ahí conocí hace algún tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegaría a ser mi pareja.
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda (aquí en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entrañablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gijón que, durante una semana completa, disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poesía, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para jóvenes (el dirigido por Lauren Mendinueta), además de las presentaciones de algunas de las últimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librerías tanto españolas como latinoamericanas. Este año, el undécimo de su existencia, el Salón del Libro Iberoamericano se centrará en un homenaje a Salvador Allende, a cien años de su nacimiento, y en la exploración de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, “La Tierra Somos Todos”, me gustaría compartir con los lectores de Los Convidados una colaboración personal escrita especialmente para la revista Literastur que circulará durante el evento.

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Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de Amarilis, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, España y diversos países de América Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión cubana y uno fue incluso llevado al teatro, también en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y José Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos leyó el cuento que reproducimos más abajo. Cuando se lo pedí para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedió con gusto. Aquí está para ustedes. Disfrútenlo.

LA COLECCIONISTA

Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo “gracias” mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, además… es casado, como tú.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton – dijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?
-Soy músico, animal nocturno.
-¿El invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?
Él sonrió.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¿Lo amas? – preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada- Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.
Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.
-Ton, ton, – dijo Él golpeando el corazón- Yo te quiero, ¿sabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte – dijo Él- Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, “nunca reveles la identidad de tus amantes”…
Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.
-No es nada – dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?
Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.
Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió “un bache creativo”. Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer el mayor tiempo juntos y preguntó cuando venía el francés.
-Ya no vendrá más, se acabó -dijo Ella- Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.
Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.
Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.
Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer la vieja Europa.
El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo. -sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.
-Soy feliz – dijo apartándose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… déjame hacerte un tatuaje.
Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.
La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.
-Este disco será un éxito, lo sé – dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiará tu vida, te lo auguro – dijo Ella, tendida junto a Él.
-Cambiar… – dijo Él y giró su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito mío… estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.
-Pero ¿y entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. – dijo Ella golpeándole el corazón- ¿Alguna vez dije que te amaba? –besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos- ¿Sabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… -sonrió- Y todos son famosos…
Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.

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El sonido del teléfono la mañana del pasado lunes fue preludio de una grata noticia: Élmer Mendoza (Culiacán, México, 1949) se encontraba en Lisboa. El almuerzo imprescindible, más la charla y las copas vespertinas a la vista del Tajo, nos pusieron al corriente del par de años que llevábamos sin vernos. Élmer remataba en tierras portuguesas, después de haber recorrido media España, la gira promocional de su novela Balas de Plata, ganadora del premio Tousquets 2008. Al día siguiente, el martes 18 por la tarde, hubo una presentación en la Casa Fernando Pessoa con todo y epílogo musical de su hijo Ian Carlo, diestro percusionista que vive en esta ciudad. Ahí estuvimos nosotros también, acompañándolo en una sala repleta de espectadores que lo escucharon atentos antes de ametrallarlo a preguntas.
Élmer es un auténtico sinaloense y, como tal, uno de los amigos más sencillos y campechanos que tengo. Su enorme talento literario es inversamente proporcional a su acendrada modestia. Ojalá el recién ganado premio Tousquets le sirva para alcanzar la notoriedad que desde hace tiempo merece. Nos dejó, como una muestra de su destreza narrativa, cuatro de sus Minificciones. El Caso de Marlene Stamos proviene de su libro Trancapalanca. Zona de Derrumbes se publicó ya en 1991 en El Suplemento de Difocur. Los dos últimos textos, Ytzé y Los Perdedores, son inéditos para este blog. Muchas gracias, Elmer por estas colaboraciones y que continúen los éxitos.

EL CASO DE MARLENE STAMOS

El detective bajó los ojos después de contemplarse en el espejo; metió un picadientes en su boca, se sentó en el sillón destinado a los clientes y se miró las manos. Vacías. Lejos de mujer. Alumno de Holmes, Fantomas, Lupin, Poirot, Queen, Spade, Maigret, Marlowe, Smiley, Carvalho, Belascoarán…, había sido brillante. Poseía todas las cualidades del espejo. Ahora, soportaba el mundo gris del fracaso, de los no es posible, de la evidencia de que la experiencia no basta.
Sumido en una soledad sin barreras observó sus dedos largos laxos el piso la punta de sus zapatos.
Algo no encajaba. También faltaba algo para encajar.
Repasaba la historia:
Marlene asesinada
Sola en la casa de la playa
Un pañuelo
Un viaje
Un exmarido
Un boxeador
Un padre millonario
Una madrastra
Un mayordomo
Dos seguros
Un lanchero
Una discoteque
Un fuerte donativo al Frente Contra la Represión
Un médico
Un excompañero de prepa
Un congreso de estilistas
Un cadáver
El tiempo
Otro cadáver
Múltiples advertencias para que se olvidara del caso.
El detective se tocó la nariz. Pensó en los nudos y posibles olvidos, en los cabos, en el entorno social de los implicados. Durante muchas horas meditó y su rostro se reafirmó en el color de la amargura. Ser humano no es pretexto. Su cuerpo olía a derrota, a final de sonrisa.
Al amanecer lo decidió.
Se puso de pie. Apenas le circulaba la sangre.
Al salir desprendió el letrero: FH del real, detective privado, sin reparar en las minúsculas.
Entró en la puerta siguiente donde se hallaba su dormitorio. Se quitó el sombrero negro y la gabardina. Ojos rojos. El traje oscuro de casimir inglés. Alguna humedad. Tomó la caja de habanos y la tiró al cesto de la basura. Respiraba con pena. La pipa. No escuchó el teléfono. Abandonó el departamento vestido apenas con un suéter, una camisa a cuadros y un pantalón desteñido.
Sus pasos sombríos se mezclaron con la escalera.
Un espasmo de sombras prendía velas a su doble muerte de víctima de lujo.
Salió.
La calle
Ávida sempiterna de desperdicios
Lo tragó con deleite.
Con los años, un basto grupo de detectives se declaró incompetente para descubrir al asesino de Marlene.
Hasta que llegué yo.
Pero esa es otra historia.

ZONA DE DERRUMBES

Iba a matar a la mujer. Estaba de pie en medio de la carretera, paralizada, y yo con el Topaz a 80 velocidad máxima 120. No sé movía. Atrás la tarde era un puñal sin muerto. Ni duda que era mujer. A buena distancia la vi uso lentes pero no estoy ciego y lejos de aminorar la velocidad la aumenté; bueno, no la aumenté, lo que pasó es que qué hace esta vieja pendeja atravesada en sentí, no sé, algo extraño, unas ganas desconocidas de atropellarla. No experimenté conmiseración o asombro de verla en ese sitio tan a despropósito, no, deseé matarla, que saliera volando girando y se estrellara fardo en el pavimento para que se le quitara lo atrevida. No me sentía comprometido o furioso, si ella deseaba que yo fuera el instrumento de su suicidio estaba bien, aceptaba, le daría duro, saldría rebotando y empezaría a sangrar por boca, nariz y oídos, se reventaría la cabeza y se rasparía los brazos y las piernas. Lo merecía, si estuviera en una cascada igual la empujaría, qué falta de respeto a sí misma, ¿qué no se ha enterado de que los suicidas no van al cielo?, ¿qué no ha leído que sufren horrores en la otra vida porque dejaron este ciclo inconcluso? ¿Qué no quiere reencarnar? Además de suicida estúpida. Voy rapidísimo y sigue impávida, y mis ganas de pasarle por encima y desgarrarle el abrigo se acrecientan, que vuele caiga y se rompa la nuca. Que transpire de gusto. La tipa sabe de su fin inminente y me espera con los ojos cerrados. Quieta. No corre aire. Si le paso por encima, seguro va a quedar pelo pegado a las llantas y pedazos de piel en alguna parte del carro. Quizá un pequeño trozo de carne palpitante. Mejor será que le pegue con un costado, así la mando lejos y evito pasarle por encima. Me espera una estatua de perfil. Si la atropello con esa parte del guardafangos saldrá hacia allá y sanseacabó, podré seguir tranquilamente mi camino. No obstante, estoy a unos doce metros y el ánimo de matarla me abandona. No quiero. Me importa un pito que no les parezca, ¿Quién se creen que son para impedir que haga mi regalada gana? Quizá percibí una ligera contrición en ella, o en mí. Viro levemente para esquivarla, freno, me detengo y voy a verla. Está sucia y temblorosa. Es guapa. Los feos no se suicidan. El abrigo se halla húmedo. Abre los ojos cuando llego y me mira suplicante. Tengo el impulso de preguntarle sus motivos y después conducirla a lugar seguro mientras trato de convencerla de que la vida es un lío que no hay que tomarse tan en serio, que hay que pasársela rico, que con un poco de empeño y un té de albahaca en el desayuno todo funciona mejor.
Viendo sus ojos sé que no vale la pena. Las razones de los suicidas son pocas pero suficientes. Así que le sonrío y le conecto un derechazo del que no se repondrá en un rato. La recojo y la cargo hasta el asiento trasero de mi carro. Lo dicho: es hermosa, caderas wow, triángulo magritte. La acaricio lleno de lujuria. Cuando la penetro despierta. Sin embargo me deja hacer. Le hago el amor con gran delicadeza y devoción. Se nota que le gusta, que le gusta mucho. La bajo y me voy.
Si después de esto se suicida definitivamente no tiene remedio.

YTSÉ

No se conocían. Quizá fue el olor a gasolina, la adicción al ruido y al humo lo que los hizo coincidir en la barra de La Chuparrosa Enamorada. Eran motociclistas.
La familia de Andrés se había enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno. El Papá de Álvaro es enterrador. Merx es extraterrestre y Raúl estaba decidido a ser virgen toda su vida. Se oía una balada rock de las más horribles. Bebían whiskey y hablaban de motos, llantas, bujías, rutas, climas, cuando ella apareció.
Cuatro corazones taquicardia.
Ella era de Cabizbajia.
Les echó una media mirada de la cintura para arriba.
Raúl, para evitar tentaciones abandonó el lugar. Andrés tuvo una erección inmediata. A Merx le faltaba un brazo y supo que era grave. Álvaro quiso ir al baño.
Ella tenía una cita con una amiga instalada muy cerca de ellos que continuaban conmocionados, pensando qué fácil es ser idiota en esta vida. Ella les concedió dos medias miradas más y por poco enloquecen.
Nada ocurrió mientras ella y su amiga conversaban. Salvo el silencio de la sangre ardiendo.
Cuando se fue supieron que el destino que los acababa de unir también los acababa de separar.
Merx quedó eliminado por cuestiones raciales.
Raúl, muy confundido, propuso juegos para que de ahí surgiera el afortunado. Lo excluyeron aduciendo la importancia de ser firme en los propósitos y que el suyo era muy especial y que demostraba lo grande que era.
Merx, muy excitado, pidió participar pero fue en vano.
Raúl abrió su computadora y compartió la información sobre Cabizbajia: gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su economía es el comercio de órganos con otros planetas.
Andrés y Álvaro intentaron convencerse entre ellos de desistir. Inútil.
Merx, lleno de tristeza, se apartó.
Álvaro y Andrés decidieron jugarse el liderazgo en lo que mejor sabían hacer: correr motos. Dos vueltas al circuito serían suficientes y allá fueron. Raúl sería el juez.
Una hora después regresaron: uno exultante, el otro realmente derrotado.
El solsticio a través de tus piernas amuralladas.
Cuando llegaban Merx salía con la chica abrazándolo.
Protestaron, oye, qué te pasa, no tienes derecho.
Ella expresó con energía, Ytsé, y ojos flamígeros.
Entonces, qué remedio, despejaron, más valía dejarlos pasar.
Una hora después Merx regresó. Aunque carecía de brazo, sonreía.

LOS PERDEDORES

¿Qué hacemos con los perdedores?
¿Les construimos un pueblo oscuro donde apenas se adviertan sus perfiles, con calles empedradas y un aguijón rosa que no tenga otro nombre que el de Aguijón rosa?
¿Les trazamos calles de satín sin indicadores de tráfico y fundamos cafés donde les hablen de un destino promisorio o del significado de su nombre?
¿Qué hacemos con ese amanecer despreciado con la armadura con los nervios de arroz?
¿Dónde ponemos su corazón que no aprendió a detectar su forma oblonga?
¿Dónde colocamos sus sillas?
¿Acaso cumplen años tienen casa para recibir o teléfono?
Qué hacemos…
Dónde los ubicamos que no les duela la puerta o la ventana. El paisaje.
¿Qué hacer con su pasado, con sus promesas?
¿Dónde deben estar que no se hable de guerra la situación del país o bateo oportuno?
¿De qué platicarles cuando lo único que está en su mente es el cromado de una pompa de papa?
¿Qué poeta recomendarles para que no insistan en Hölderlin, Leopardi o Manuel Gutiérrez Nájera?
Cien millones dicen que somos:
Espero que alguien tenga una sugerencia.

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