Posts Tagged “Narrativa hispanoamericana”

Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no s√≥lo porque es alguien muy cercano, √≠ntimo y querido, a quien profeso un afecto entra√Īable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene las ideas muy claras y sabe sostenerlas en todos los terrenos. Su sensibilidad literaria y humana la hacen poner siempre la pluma al lado de las causas m√°s nobles y altruistas. Le tengo tal familiaridad y confianza que es una de las pocas personas de las que abuso envi√°ndole mis manuscritos antes de publicar, porque s√© que de ella obtendr√© una opini√≥n leal y desinteresada de quien conoce el oficio y no vacilar√° en indicarme, con infinito tacto y perspicacia, lo que considere errores y aciertos. Cenamos hace un par de semanas con motivo de la feria del libro en Madrid, donde ella presentaba su m√°s reciente novela, Instrucciones para Salvar el Mundo (Alfaguara 2008) y le ped√≠ esta colaboraci√≥n para Los Convidados. Se trata de un texto suyo que me conmovi√≥ particularmente cuando lo le√≠ porque narra una an√©cdota muy personal sobre la que yo le hab√≠a o√≠do hablar muchas veces y que nunca pens√© que pudiera poner por escrito. Lo hizo, y de manera magistral como es su costumbre. Lo tomo, con el expreso consentimiento de la autora, de su libro Lo Mejor de Rosa Montero, (Espejo de Tinta, Espa√Īa 2005). Aqu√≠ est√°, para ustedes.

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Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía. Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.

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Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivi√≥ ocho a√Īos de exilio en M√©xico a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiraniz√≥ a su pa√≠s. Yo no lo conoc√≠ en esa √©poca. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, all√° por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio R√≥mulo Gallegos 1993 por El Santo Oficio de la Memoria. Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo despu√©s y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer d√≠a y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entra√Īable compinchinato, si se puede llamar as√≠, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al domin√≥ como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.

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Siempre he dicho que lo m√°s valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los espec√≠menes m√°s nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, d√≠scola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qu√© tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo com√ļn en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo m√°s refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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Mario Delgado Apara√≠n (Florida, Uruguay, 1949) ‚Äúel negro‚ÄĚ, le llamamos afectuosamente sus amigos cercanos, aunque su piel sea del mismo color que la nuestra. Su humor incisivo, su s√≥lida prosa, su f√©rtil imaginaci√≥n, lo han convertido en uno de los m√°s grandes narradores del moderno Uruguay. Escribi√≥ a cuatro manos, con nuestro mutuo compadre el chileno Luis Sep√ļlveda, Los Peores cuentos de los Hermanos Grimm. Su obra abarca desde novelas como La Balada de Johnny Sosa (Premio Municipal de Literatura de Montevideo, 1987), Mandato de Madre (Premio Foglia de Novela 1990), Alivio de Luto y No Robar√°s las Botas de los muertos (Premio Bartolom√© Hidalgo de Novela, 2005), todas traducidas a un buen pu√Īado de idiomas, hasta varios vol√ļmenes de cuentos entre los que se encuentran Querido Charles Atlas y El Canto de la Corvina Negra. En este √ļltimo g√©nero se le concedi√≥ el Premio Cervantes del Concurso Juan Rulfo, patrocinado por Radio Francia Internacional, por su relato Terribles Ojos Verdes.
Actualmente es director de la Intendencia de Artes y Ciencias de la Intendencia Municipal de Montevideo.
Un abrazo afectuoso al ‚ÄúNegro‚ÄĚ que nos lee all√° en su querido Uruguay, y nuestro agradecimiento m√°s sincero por su amable colaboraci√≥n.

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No es fácil hacerse de amigos en este mundo virtual en el que uno bucea a veces como en las aguas de un opaco océano para encontrar uno que otro individuo estimable en medio de la variedad de inmundicias que va dejando la resaca humana. Blogueros y otras especies que sólo persiguen influencia, celebridad o poder. Y fallidos don juanes que utilizan su blog como anzuelo para sorprender mujeres que serían incapaces de conquistar de otro modo.
Pero cuando topamos con alguien real allá en el fondo, nos damos cuenta de que no es necesario verse cara a cara con una persona para intuir cómo es y congeniar espontáneamente con ella. Eso me ha sucedido con Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1966). Sólo nos hemos encontrado en la red pero, a mí en lo particular, los bien escogidos textos que publica en su blog, El Baile de los Silenos, y los contados correos electrónicos que he intercambiado con él me bastan para desear su simpatía y amistad.

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El Sal√≥n del Libro Iberoamericano de Gij√≥n es algo m√°s que un evento en donde se re√ļnen algunos de los nombres m√°s famosos en la literatura de este y aquel lado del Atl√°ntico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada a√Īo con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reuni√≥n, est√° como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpat√≠as, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a trav√©s de los a√Īos. Ah√≠ me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ah√≠ conoc√≠ hace alg√ļn tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegar√≠a a ser mi pareja.
Carmen Y√°√Īez y Luis Sep√ļlveda (aqu√≠ en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entra√Īablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gij√≥n que, durante una semana completa, disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poes√≠a, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para j√≥venes (el dirigido por Lauren Mendinueta), adem√°s de las presentaciones de algunas de las √ļltimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librer√≠as tanto espa√Īolas como latinoamericanas. Este a√Īo, el und√©cimo de su existencia, el Sal√≥n del Libro Iberoamericano se centrar√° en un homenaje a Salvador Allende, a cien a√Īos de su nacimiento, y en la exploraci√≥n de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, ‚ÄúLa Tierra Somos Todos‚ÄĚ, me gustar√≠a compartir con los lectores de Los Convidados una colaboraci√≥n personal escrita especialmente para la revista Literastur que circular√° durante el evento.

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O√≠ que recientemente aparecieron en M√©xico dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, M√©xico, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lop√°tegui (Porr√ļa, M√©xico, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilaci√≥n rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aqu√≠ est√° lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva seg√ļn su gusto y conveniencia.
No hab√≠a hablado antes p√ļblicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia √≠ntima, muy personal, perteneciente a una √©poca m√≠a que considero preliteraria: se di√≥ antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una raz√≥n que se har√° evidente en este art√≠culo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conoc√≠ a Elena Garro por azar, en Par√≠s, muy a finales de los a√Īos ochentas y principios de los noventas, y tuve una relaci√≥n muy particular de amistad con ella. Un d√≠a, al hacer un tr√°mite cualquiera en la embajada de M√©xico me atendi√≥ una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan pr√≥ximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el m√°s grande ensayista despu√©s de Alfonso Reyes, me apresur√© a invitarla a cenar a mi casa varios d√≠as despu√©s. Un poco antes de la hora convenida, me llam√≥ para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si pod√≠a traerla consigo. Yo no sab√≠a que hablaba de Elena Garro. Era, a√ļn lo soy, un ignorante total de la vida √≠ntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no s√© qui√©n ha vivido con qui√©n, ni cu√°ndo, ni c√≥mo, ni por qu√©, pero le dije que s√≠, que encantado, que no se preocupara, que viniera tambi√©n, etc.
As√≠ desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conoc√≠, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entr√≥ en mi departamento me pareci√≥ reconocer su cara pero tard√© un rato en identificarla. A m√≠, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me hab√≠an deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. S√≥lo sent√≠a admiraci√≥n por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus an√©cdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero a√ļn, m√≠ticos termin√≥ por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos d√≠as el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de bur√≥, peque√Īas, cuadradas, de las que aparecen a√ļn en las pantallas de las Mac m√°s recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interes√≥ en su funcionamiento. Yo me apresur√© a mostrarle las ventajas que ten√≠a como procesador de texto sobre las entonces a√ļn comunes m√°quinas de escribir y para ello abr√≠, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el cap√≠tulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira v√≠ctima de una fuerte calentura. El texto le llam√≥ la atenci√≥n y me pregunt√≥ de qui√©n era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogi√≥ sin reservas e insisti√≥ con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A ra√≠z de eso empec√© a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba a√ļn en la embajada. Yo lo prefer√≠a as√≠ y supongo que ella tambi√©n. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se ve√≠a obligada a recuperar ante ella su papel de enferma cr√≥nica, a jurar que esa era la primera taza de caf√© que se beb√≠a y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era m√≠o.
Elena se mostr√≥ en un principio entusiasmada con mi trabajo y me anim√≥ a proseguirlo pero en realidad, despu√©s de la primera visita, nos olvidamos de √©l. A m√≠ me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cort√°zar, de quien me describ√≠a la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento franc√©s del que nunca pudo desprenderse al hablar espa√Īol. De entre la cascada de an√©cdotas recuerdo particularmente una: ella era todav√≠a una jovencita, casada con Paz, muy joven tambi√©n pero ya c√©lebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a Par√≠s, me parece que procedentes de Espa√Īa cuando, asomada a la ventanilla, descubri√≥ a un grupo de intelectuales franceses que ven√≠an a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de ‚ÄúOctavio Paz‚ÄĚ. Elena sac√≥ la cabeza para prevenirlos gritando ‚Äúici, ici!‚ÄĚ (¬°aqu√≠, aqu√≠!) a lo que uno de ellos respondi√≥ ‚ÄúPas toi, mon chou, ton pere!‚ÄĚ (t√ļ no, querida, tu pap√°!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Viv√≠a en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio m√°s elegante de Par√≠s, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente ‚ÄúPaz‚ÄĚ. Nunca le o√≠ decir ni ‚ÄúOctavio‚ÄĚ, ni ‚Äúmi exmarido‚ÄĚ, ni ‚Äúese cabr√≥n‚ÄĚ, que bien podr√≠a haberlo dicho, no, siempre fue ‚ÄúPaz‚ÄĚ, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigi√©ndole fondos. En una ocasi√≥n pretendieron incluso involucrarme en su empe√Īo. Estando en su casa, marcaron el tel√©fono del poeta en M√©xico e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qu√© historia absurda. Yo me negu√© horrorizado, cosa que desat√≥ la ira de Helenita, mucho m√°s agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con ‚ÄúPaz‚ÄĚ.
La verdad es que a m√≠ nunca me pidieron dinero. S√≥lo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante cr√≠tica, y no hubo ning√ļn m√©rito en ello. En aquel tiempo yo pod√≠a darme lujos as√≠ sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedi√≥ una tarde en la que Elena me llam√≥ llorando al tel√©fono, la iban a echar de su casa porque deb√≠a m√°s de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sab√≠a qu√© hacer. Me lanc√© a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los sem√°foros de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme m√°s tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acept√©. Ya habr√≠a tiempo para que me reembolsara despu√©s, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospech√°bamos que eso no ocurrir√≠a, pero no me import√≥. Hab√≠a aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acci√≥n de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la √ļnica.
Tampoco tengo muy clara la raz√≥n por la que dej√© de verla. Ni siquiera recuerdo si llegu√© a autografiarle alg√ļn ejemplar de Amarilis, la novela que pareci√≥ tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al un√≠sono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un a√Īo antes de que ella se volviera a M√©xico donde ya no le segu√≠ la pista. Por aquellos d√≠as nos ve√≠amos muy poco. Publicar en Europa me hizo a m√≠ entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se hab√≠a segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conoc√≠a bien y con la que yo empec√© a relacionarme entonces, me advirti√≥ que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me dec√≠a.
Como testimonio de aquellos d√≠as no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de M√©xico deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edici√≥n de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alem√°n que lleg√≥ en esos d√≠as y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sab√≠a qu√© hacer con el ejemplar. A m√≠ me pas√≥ lo mismo, pero como no encontr√© ning√ļn amigo alem√°n a quien d√°rselo, todav√≠a ha de andar por ah√≠.
Elena, que cre√≠a en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy l√ļcida e implacable en sus juicios est√©ticos. No repetir√© aqu√≠ sus indiscreciones y cr√≠ticas sobre nuestra literatura de la √©poca. ‚ÄúLa luz del entendimiento me hace ser muy comedido‚ÄĚ, dir√≠a el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertar√≠a la justa indignaci√≥n, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La √ļltima vez que habl√© de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, all√° por el a√Īo noventa y siete, ¬Ņo ser√≠a el noventa y ocho?, ¬Ņy por qu√© tocamos el tema?, ¬Ņlo habr√° provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios m√≠o, qu√© memoria. De lo que s√≠ estoy seguro es de que evit√© mencionarle el que ella lo consideraba el ep√≠tome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversaci√≥n en la que Bioy, que morir√≠a tambi√©n poco despu√©s, se mostr√≥ muy conmovido. Me relat√≥ sus propios recuerdos y me confes√≥ el enorme afecto que hab√≠a sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Adem√°s del libro en alem√°n conserv√© un tiempo tambi√©n, como recuerdo, aunque no s√© ya d√≥nde est√°n, las dos o tres hojas en las que me copi√≥, con paciencia infinita, las direcciones y los tel√©fonos privados y p√ļblicos de cuanto editor conoc√≠a en M√©xico para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anot√≥ otro, √©ste en Espa√Īa, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, ne√≥fito absoluto, no hab√≠a o√≠do hablar. Fue el √ļnico tel√©fono y la √ļnica direcci√≥n que finalmente us√©. Por suerte sin jam√°s mencionar que me los hab√≠a dado ella. Ahora sospecho que habr√≠a resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llam√≥ la atenci√≥n la frase que dijo mientras la transcrib√≠a: ‚Äúsi te agarra la Balcells, ya la hiciste‚ÄĚ. Pues s√≠, Elena, ‚Äúme agarr√≥ la Balcells‚ÄĚ aunque no, no ‚Äúla he hecho‚ÄĚ todav√≠a, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio m√°s abajo, como exigen las reglas, la rese√Īa del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al confer√≠rmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada d√≠a en su empe√Īo por transmitir valores culturales, √©ticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a trav√©s su pensamiento vivo que est√° y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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El juicio del Hay Festival s√≥lo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sab√≠amos: Karla Su√°rez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los m√°s sobresalientes narradores j√≥venes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas est√°n traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antolog√≠as y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, Espa√Īa y diversos pa√≠ses de Am√©rica Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisi√≥n cubana y uno fue incluso llevado al teatro, tambi√©n en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y Jos√© Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos ley√≥ el cuento que reproducimos m√°s abajo. Cuando se lo ped√≠ para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedi√≥ con gusto. Aqu√≠ est√° para ustedes. Disfr√ļtenlo.

LA COLECCIONISTA

√Čl era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hac√≠a alg√ļn tatuaje. √Čl estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella ten√≠a un amante franc√©s.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafeter√≠a de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respond√≠a con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extend√≠a sobre el hombro de Ella. Ella mir√≥ atr√°s, sonri√≥ reconociendo el rostro y dijo ‚Äúgracias‚ÄĚ mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. √Čl sonri√≥ y la invit√≥ a una cerveza. Ella prefiri√≥ caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
√Čl quiso saber su nombre, por si lo conoc√≠a, qui√©n sabe, pero Ella se neg√≥.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, adem√°s… es casado, como t√ļ.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sab√≠a de su esposa japonesa y suspir√≥ pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos a√Īos mayor que t√ļ, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el a√Īo de viaje, como t√ļ, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton Рdijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
√Čl quiso ser divertido y la invit√≥ a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la far√°ndula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¬Ņqu√© prefieres, la noche o la ma√Īana?
-Soy m√ļsico, animal nocturno.
-¬ŅEl invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el a√Īo, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una m√°s, s√≥lo una, ¬Ņlos gatos o los perros?
√Čl sonri√≥.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Och√ļn y Chang√≥.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no ir√© a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada despu√©s de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. √Čl le tra√≠a copas y escrib√≠a la fecha en los corchos de las botellas que beb√≠an juntos. Luego, y durante y antes y despu√©s hac√≠an el amor. √Čl cantaba baladas a su o√≠do mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¬ŅLo amas? – pregunt√≥ √Čl y Ella sonri√≥ sin decir nada- Si no lo amas ¬Ņpor qu√© no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito ego√≠sta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa tambi√©n t√ļ tendr√°s vacaciones.
√Čl quiso decir algo, pero se mordi√≥ la lengua. Al otro d√≠a le escribi√≥ una canci√≥n y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el franc√©s, algunos d√≠as para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella beb√≠a un agua t√≥nica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor franc√©s le√≠a tomando el sol a su lado. √Čl se baj√≥ del carro y camin√≥ con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoci√≥ al escritor y se detuvo. √Čl repar√≥ en Ella. Su esposa acerc√≥ la boca para decirle al o√≠do qui√©n era el canoso de la revista. √Čl asinti√≥ callado, no lo conoc√≠a. La pareja sigui√≥ andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. √Čl baj√≥ la vista. Ella bebi√≥ su agua t√≥nica. El escritor sonri√≥ molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. √Čl prefiri√≥ callar. Ella bes√≥ los poros de su cuerpo y le hizo el amor en espa√Īol.
-Ton, ton, – dijo √Čl golpeando el coraz√≥n- Yo te quiero, ¬Ņsabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte – dijo √Čl- Yo, de muy buena gana te dedicar√≠a un disco, pero mi mujer querr√≠a saber qui√©n eres t√ļ y como dijiste, ‚Äúnunca reveles la identidad de tus amantes‚ÄĚ…
Ella ri√≥ complacida, bes√≥ el libro y luego bes√≥ la boca de su cantante de salsa. Su amante que empez√≥ a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del fr√≠o y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar tra√≠a peri√≥dicos y revistas donde sal√≠a su foto, las cr√≠ticas de prensa, la promoci√≥n de los discos y los l√°pices raros que se hab√≠a empe√Īado en encontrar para la colecci√≥n de Ella. En uno de esos regresos, la encontr√≥ un poco extra√Īa, preocupada.
-No es nada – dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¬Ņsabes?
√Čl la ayud√≥ a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hac√≠a s√≥lo en ocasiones especiales, alg√ļn d√≠a, si √©l quer√≠a podr√≠a hacer algo en su cuerpo. Ella no ten√≠a ninguno, pero los hac√≠a muy bien, le gustaba.
Una semana despu√©s regres√≥ la japonesa y √Čl dej√≥ de verla. Su esposa permaneci√≥ m√°s de un mes en casa y √Čl s√≥lo consigui√≥ llamadas telef√≥nicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirti√≥ en un hast√≠o donde apenas se alcanzaba la armon√≠a cuando hablaban de pr√≥ximas giras y contratos. La japonesa lo not√≥ demasiado distante y √Čl culp√≥ al calor. Percibi√≥ que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y √Čl aludi√≥ ‚Äúun bache creativo‚ÄĚ. Descubri√≥ unas velas extra√Īas encima del armario y √Čl se justific√≥ con la crisis energ√©tica. En el aeropuerto lo abraz√≥, √Čl bes√≥ su frente dese√°ndole buen viaje y dos segundos despu√©s de verla desaparecer tras el cristal, mont√≥ en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sab√≠a que la japonesa hab√≠a partido y cont√≥ que no estaba en casa porque conoci√≥ a un cineasta espa√Īol, un tipo interesante con el que convers√≥ largas horas. √Čl quer√≠a permanecer el mayor tiempo juntos y pregunt√≥ cuando ven√≠a el franc√©s.
-Ya no vendr√° m√°s, se acab√≥ -dijo Ella- Est√° loco, la √ļltima semana dijo que su mujer lo sab√≠a todo, √©l mismo se lo cont√≥ porque quer√≠a abandonar a su familia y llevarme a Par√≠s para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acab√≥.
√Čl suspir√≥ con cierto alivio nada disimulado y la abraz√≥ muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedar√°s conmigo.
Ella sonri√≥ y moj√≥ con su lengua la punta de la nariz de √Čl. Dijo que quer√≠a beber un agua t√≥nica y hacer el amor en las s√°banas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. √Čl no quiso que se fuera al otro d√≠a, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y as√≠ hizo Ella, lo esper√≥ desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. √Čl regres√≥ muy tarde y verti√≥ ron en el cuerpo que lami√≥ hasta emborracharse. En la ma√Īana, a√ļn desnudos y cansados, le escribi√≥ otra canci√≥n y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisi√≥n donde estrenaba la m√ļsica hecha a la mujer m√°s maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y √Čl regres√≥ am√°ndola.
Luego vino una corta gira a Jap√≥n donde su esposa lo recibi√≥ con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que reci√©n comenzaba a grabar. √Čl se entusiasm√≥, pero no quer√≠a a la empresaria japonesa, la quer√≠a a Ella. Ella, que lo recibi√≥ con una botella de vino espa√Īol y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. √Čl comenzaba a grabar y permanec√≠a casi todo el d√≠a en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. √Čl dejaba todas sus energ√≠as en cada canci√≥n. Pensando en Ella har√≠a bailar al mundo entero, har√≠a estremecer la vieja Europa.
El d√≠a que termin√≥ la grabaci√≥n fue a buscarla con flores. Compr√≥ una caja de ron, dos de agua t√≥nica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. √Čl puso la contestadora telef√≥nica y baj√≥ el timbre del tel√©fono. Ella quem√≥ incienso y se quit√≥ la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, √Čl dijo que ten√≠a una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al rev√©s y no es justo ocultar lo que siento… el disco est√° dedicado a ti, ya est√°n imprimiendo, tu nombre va a salir en la car√°tula de un disco que se vender√° en todo el mundo. -sonri√≥ y dio golpecitos en el coraz√≥n de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abraz√≥ su cuello lami√©ndole las orejas. Se estremeci√≥ porque las manos de √Čl volv√≠an a recorrer su espalda y la envolv√≠an toda. Bes√≥ sus labios.
-Soy feliz – dijo apart√°ndose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendr√° unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… d√©jame hacerte un tatuaje.
√Čl sinti√≥ una emoci√≥n extra√Īa y se mordi√≥ los labios. Bebi√≥ de la botella, casi a punto de estallar de la alegr√≠a y acept√≥. El dibujo era en la nuca, un extra√Īo dibujo, peque√Īo, particular. Cuando termin√≥ estaba borracho y exhausto por la posici√≥n de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarici√≥ su rostro, y se levant√≥ a beber agua t√≥nica, mientras lo ve√≠a adormecerse.
La gira de seis meses por Europa qued√≥ confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y parti√≥ con la promesa de una larga conversaci√≥n cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los √ļltimos tiempos.
-Este disco ser√° un √©xito, lo s√© – dijo √Čl tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiar√° tu vida, te lo auguro – dijo Ella, tendida junto a √Čl.
-Cambiar… – dijo √Čl y gir√≥ su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito m√≠o… estaba pensando, ¬Ņqu√© tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
√Čl cerr√≥ los ojos y volvi√≥ a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpi√≥ agregando que adem√°s ten√≠a otro amante, no dir√≠a su nombre, era un cineasta espa√Īol, s√≥lo eso. Tampoco le parec√≠a una buena acci√≥n eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. √Čl se frot√≥ la cara, no quiso creer.
-Pero ¬Ņy entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarici√≥ el rostro y se levant√≥ sacudi√©ndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompa√Īarla, no era tarde, y su amante espa√Īol vendr√≠a a recogerla muy cerca de all√≠. √Čl se levant√≥ para decir algo pero termin√≥ tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. – dijo Ella golpe√°ndole el coraz√≥n- ¬ŅAlguna vez dije que te amaba? ‚Äďbes√≥ su mejilla h√ļmeda de sudor y dio unos pasos- ¬ŅSabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… t√ļ que andas por el mundo podr√°s reconocer mi marca, hay muchos por ah√≠ con ese dibujo en la nuca… -sonri√≥- Y todos son famosos…
√Čl era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un √©xito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. √Čl estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella ten√≠a un amante.

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El sonido del tel√©fono la ma√Īana del pasado lunes fue preludio de una grata noticia: √Člmer Mendoza (Culiac√°n, M√©xico, 1949) se encontraba en Lisboa. El almuerzo imprescindible, m√°s la charla y las copas vespertinas a la vista del Tajo, nos pusieron al corriente del par de a√Īos que llev√°bamos sin vernos. √Člmer remataba en tierras portuguesas, despu√©s de haber recorrido media Espa√Īa, la gira promocional de su novela Balas de Plata, ganadora del premio Tousquets 2008. Al d√≠a siguiente, el martes 18 por la tarde, hubo una presentaci√≥n en la Casa Fernando Pessoa con todo y ep√≠logo musical de su hijo Ian Carlo, diestro percusionista que vive en esta ciudad. Ah√≠ estuvimos nosotros tambi√©n, acompa√Ī√°ndolo en una sala repleta de espectadores que lo escucharon atentos antes de ametrallarlo a preguntas.
√Člmer es un aut√©ntico sinaloense y, como tal, uno de los amigos m√°s sencillos y campechanos que tengo. Su enorme talento literario es inversamente proporcional a su acendrada modestia. Ojal√° el reci√©n ganado premio Tousquets le sirva para alcanzar la notoriedad que desde hace tiempo merece. Nos dej√≥, como una muestra de su destreza narrativa, cuatro de sus Minificciones. El Caso de Marlene Stamos proviene de su libro Trancapalanca. Zona de Derrumbes se public√≥ ya en 1991 en El Suplemento de Difocur. Los dos √ļltimos textos, Ytz√© y Los Perdedores, son in√©ditos para este blog. Muchas gracias, Elmer por estas colaboraciones y que contin√ļen los √©xitos.

EL CASO DE MARLENE STAMOS

El detective baj√≥ los ojos despu√©s de contemplarse en el espejo; meti√≥ un picadientes en su boca, se sent√≥ en el sill√≥n destinado a los clientes y se mir√≥ las manos. Vac√≠as. Lejos de mujer. Alumno de Holmes, Fantomas, Lupin, Poirot, Queen, Spade, Maigret, Marlowe, Smiley, Carvalho, Belascoar√°n…, hab√≠a sido brillante. Pose√≠a todas las cualidades del espejo. Ahora, soportaba el mundo gris del fracaso, de los no es posible, de la evidencia de que la experiencia no basta.
Sumido en una soledad sin barreras observó sus dedos largos laxos el piso la punta de sus zapatos.
Algo no encajaba. También faltaba algo para encajar.
Repasaba la historia:
Marlene asesinada
Sola en la casa de la playa
Un pa√Īuelo
Un viaje
Un exmarido
Un boxeador
Un padre millonario
Una madrastra
Un mayordomo
Dos seguros
Un lanchero
Una discoteque
Un fuerte donativo al Frente Contra la Represión
Un médico
Un excompa√Īero de prepa
Un congreso de estilistas
Un cad√°ver
El tiempo
Otro cad√°ver
M√ļltiples advertencias para que se olvidara del caso.
El detective se tocó la nariz. Pensó en los nudos y posibles olvidos, en los cabos, en el entorno social de los implicados. Durante muchas horas meditó y su rostro se reafirmó en el color de la amargura. Ser humano no es pretexto. Su cuerpo olía a derrota, a final de sonrisa.
Al amanecer lo decidió.
Se puso de pie. Apenas le circulaba la sangre.
Al salir desprendi√≥ el letrero: FH del real, detective privado, sin reparar en las min√ļsculas.
Entr√≥ en la puerta siguiente donde se hallaba su dormitorio. Se quit√≥ el sombrero negro y la gabardina. Ojos rojos. El traje oscuro de casimir ingl√©s. Alguna humedad. Tom√≥ la caja de habanos y la tir√≥ al cesto de la basura. Respiraba con pena. La pipa. No escuch√≥ el tel√©fono. Abandon√≥ el departamento vestido apenas con un su√©ter, una camisa a cuadros y un pantal√≥n deste√Īido.
Sus pasos sombríos se mezclaron con la escalera.
Un espasmo de sombras prendía velas a su doble muerte de víctima de lujo.
Salió.
La calle
√Āvida sempiterna de desperdicios
Lo tragó con deleite.
Con los a√Īos, un basto grupo de detectives se declar√≥ incompetente para descubrir al asesino de Marlene.
Hasta que llegué yo.
Pero esa es otra historia.

ZONA DE DERRUMBES

Iba a matar a la mujer. Estaba de pie en medio de la carretera, paralizada, y yo con el Topaz a 80 velocidad m√°xima 120. No s√© mov√≠a. Atr√°s la tarde era un pu√Īal sin muerto. Ni duda que era mujer. A buena distancia la vi uso lentes pero no estoy ciego y lejos de aminorar la velocidad la aument√©; bueno, no la aument√©, lo que pas√≥ es que qu√© hace esta vieja pendeja atravesada en sent√≠, no s√©, algo extra√Īo, unas ganas desconocidas de atropellarla. No experiment√© conmiseraci√≥n o asombro de verla en ese sitio tan a desprop√≥sito, no, dese√© matarla, que saliera volando girando y se estrellara fardo en el pavimento para que se le quitara lo atrevida. No me sent√≠a comprometido o furioso, si ella deseaba que yo fuera el instrumento de su suicidio estaba bien, aceptaba, le dar√≠a duro, saldr√≠a rebotando y empezar√≠a a sangrar por boca, nariz y o√≠dos, se reventar√≠a la cabeza y se raspar√≠a los brazos y las piernas. Lo merec√≠a, si estuviera en una cascada igual la empujar√≠a, qu√© falta de respeto a s√≠ misma, ¬Ņqu√© no se ha enterado de que los suicidas no van al cielo?, ¬Ņqu√© no ha le√≠do que sufren horrores en la otra vida porque dejaron este ciclo inconcluso? ¬ŅQu√© no quiere reencarnar? Adem√°s de suicida est√ļpida. Voy rapid√≠simo y sigue imp√°vida, y mis ganas de pasarle por encima y desgarrarle el abrigo se acrecientan, que vuele caiga y se rompa la nuca. Que transpire de gusto. La tipa sabe de su fin inminente y me espera con los ojos cerrados. Quieta. No corre aire. Si le paso por encima, seguro va a quedar pelo pegado a las llantas y pedazos de piel en alguna parte del carro. Quiz√° un peque√Īo trozo de carne palpitante. Mejor ser√° que le pegue con un costado, as√≠ la mando lejos y evito pasarle por encima. Me espera una estatua de perfil. Si la atropello con esa parte del guardafangos saldr√° hacia all√° y sanseacab√≥, podr√© seguir tranquilamente mi camino. No obstante, estoy a unos doce metros y el √°nimo de matarla me abandona. No quiero. Me importa un pito que no les parezca, ¬ŅQui√©n se creen que son para impedir que haga mi regalada gana? Quiz√° percib√≠ una ligera contrici√≥n en ella, o en m√≠. Viro levemente para esquivarla, freno, me detengo y voy a verla. Est√° sucia y temblorosa. Es guapa. Los feos no se suicidan. El abrigo se halla h√ļmedo. Abre los ojos cuando llego y me mira suplicante. Tengo el impulso de preguntarle sus motivos y despu√©s conducirla a lugar seguro mientras trato de convencerla de que la vida es un l√≠o que no hay que tomarse tan en serio, que hay que pas√°rsela rico, que con un poco de empe√Īo y un t√© de albahaca en el desayuno todo funciona mejor.
Viendo sus ojos sé que no vale la pena. Las razones de los suicidas son pocas pero suficientes. Así que le sonrío y le conecto un derechazo del que no se repondrá en un rato. La recojo y la cargo hasta el asiento trasero de mi carro. Lo dicho: es hermosa, caderas wow, triángulo magritte. La acaricio lleno de lujuria. Cuando la penetro despierta. Sin embargo me deja hacer. Le hago el amor con gran delicadeza y devoción. Se nota que le gusta, que le gusta mucho. La bajo y me voy.
Si después de esto se suicida definitivamente no tiene remedio.

YTS√Č

No se conocían. Quizá fue el olor a gasolina, la adicción al ruido y al humo lo que los hizo coincidir en la barra de La Chuparrosa Enamorada. Eran motociclistas.
La familia de Andr√©s se hab√≠a enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno. El Pap√° de √Ālvaro es enterrador. Merx es extraterrestre y Ra√ļl estaba decidido a ser virgen toda su vida. Se o√≠a una balada rock de las m√°s horribles. Beb√≠an whiskey y hablaban de motos, llantas, buj√≠as, rutas, climas, cuando ella apareci√≥.
Cuatro corazones taquicardia.
Ella era de Cabizbajia.
Les echó una media mirada de la cintura para arriba.
Ra√ļl, para evitar tentaciones abandon√≥ el lugar. Andr√©s tuvo una erecci√≥n inmediata. A Merx le faltaba un brazo y supo que era grave. √Ālvaro quiso ir al ba√Īo.
Ella tenía una cita con una amiga instalada muy cerca de ellos que continuaban conmocionados, pensando qué fácil es ser idiota en esta vida. Ella les concedió dos medias miradas más y por poco enloquecen.
Nada ocurrió mientras ella y su amiga conversaban. Salvo el silencio de la sangre ardiendo.
Cuando se fue supieron que el destino que los acababa de unir también los acababa de separar.
Merx quedó eliminado por cuestiones raciales.
Ra√ļl, muy confundido, propuso juegos para que de ah√≠ surgiera el afortunado. Lo excluyeron aduciendo la importancia de ser firme en los prop√≥sitos y que el suyo era muy especial y que demostraba lo grande que era.
Merx, muy excitado, pidió participar pero fue en vano.
Ra√ļl abri√≥ su computadora y comparti√≥ la informaci√≥n sobre Cabizbajia: gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su econom√≠a es el comercio de √≥rganos con otros planetas.
Andr√©s y √Ālvaro intentaron convencerse entre ellos de desistir. In√ļtil.
Merx, lleno de tristeza, se apartó.
√Ālvaro y Andr√©s decidieron jugarse el liderazgo en lo que mejor sab√≠an hacer: correr motos. Dos vueltas al circuito ser√≠an suficientes y all√° fueron. Ra√ļl ser√≠a el juez.
Una hora después regresaron: uno exultante, el otro realmente derrotado.
El solsticio a través de tus piernas amuralladas.
Cuando llegaban Merx salía con la chica abrazándolo.
Protestaron, oye, qué te pasa, no tienes derecho.
Ella expresó con energía, Ytsé, y ojos flamígeros.
Entonces, qué remedio, despejaron, más valía dejarlos pasar.
Una hora después Merx regresó. Aunque carecía de brazo, sonreía.

LOS PERDEDORES

¬ŅQu√© hacemos con los perdedores?
¬ŅLes construimos un pueblo oscuro donde apenas se adviertan sus perfiles, con calles empedradas y un aguij√≥n rosa que no tenga otro nombre que el de Aguij√≥n rosa?
¬ŅLes trazamos calles de sat√≠n sin indicadores de tr√°fico y fundamos caf√©s donde les hablen de un destino promisorio o del significado de su nombre?
¬ŅQu√© hacemos con ese amanecer despreciado con la armadura con los nervios de arroz?
¬ŅD√≥nde ponemos su coraz√≥n que no aprendi√≥ a detectar su forma oblonga?
¬ŅD√≥nde colocamos sus sillas?
¬ŅAcaso cumplen a√Īos tienen casa para recibir o tel√©fono?
Qu√© hacemos…
Dónde los ubicamos que no les duela la puerta o la ventana. El paisaje.
¬ŅQu√© hacer con su pasado, con sus promesas?
¬ŅD√≥nde deben estar que no se hable de guerra la situaci√≥n del pa√≠s o bateo oportuno?
¬ŅDe qu√© platicarles cuando lo √ļnico que est√° en su mente es el cromado de una pompa de papa?
¬ŅQu√© poeta recomendarles para que no insistan en H√∂lderlin, Leopardi o Manuel Guti√©rrez N√°jera?
Cien millones dicen que somos:
Espero que alguien tenga una sugerencia.

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