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	<title>Los Convidados &#187; Narrativa hispanoamericana</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>

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		<pubDate>Mon, 04 May 2009 10:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La editorial Alfaguara acaba de publicar Papeles Inesperados, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 248px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/julio2.jpg?t=1241431820" alt="julio2.jpg picture by antoniosarabia" />La editorial Alfaguara acaba de publicar <em>Papeles Inesperados</em>, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar a conocer escritos que el propio autor desestimó en vida. A mí en lo personal, y supongo que a muchos de mis colegas, me aterra la perspectiva de que alguna vez se lean borradores que yo no encuentro a punto y que he dejado cocinando para futuras revisiones en el disco duro de mi ordenador o, ya impresos, en lo más hondo de un cajón. Sin embargo Cortázar es Cortázar y para sus admiradores, entre quienes me cuento, cualquier de sus textos tiene un interés especial que tal vez él mismo nunca previó. Por eso, y esperando contar con el tácito perdón y la venia del Gran Julio, me apresuro a compartir con los lectores de Los Convidados uno de los cuentos reciéntemente aparecidos.<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 212px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/IMAGEN-5122208-1jpg.jpg?t=1241431545" alt="IMAGEN-5122208-1jpg.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-792"></span></span><br />
LA DAGA Y EL LYS</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
El correo salido ayer de tarde con la venia del duque habrá presentado al Ejecutor una somera relación de los hechos acontecidos en la noche del viernes veintiuno del mes que corre.<br />
Dicha relación, dictada por mí al secretario Dellablanca, atendía a someter a la atención del Ejecutor los hechos inmediatos y las providencias de primera hora.<br />
A tres días del suceso, vueltos los espíritus a una más ponderada vigilancia de sus ánimos y humores, fuerza es rendir debida cuenta de las muchas reflexiones, enredadas conjeturas y ansias de verdad que por todo ello corre.<br />
El Ejecutor ha de encontrar en lo que sigue debida memoria de hechos y legítimo ejercicio del razonar sobre la sustancia de los mismos, que traen alterada la corte del duque y abren los oídos de la plebe a los más sediciosos rumores.<br />
El Ejecutor no ignora en su saber que el difunto agente Felipe Romero, natural de Cuna de Metán, de diecinueve años, soltero, de estatura mediana, nariz recta, boca de labios finos, barbilla regular, cejas negras, ojos azules, cabello rubio rizado, barba afeitada, me asistía en la delicada tarea para la cual el Ejecutor tuvo a bien designarme.<br />
La discreción de la camarera Carolina allanó las dificultades para que el agente Romero fuese admitido en calidad de paje en la cámara de mi señora la duquesa; tres meses y una semana precedió en este oficio a la muerte, habiendo ganado confianza y estima de sus señores, y aprovechado de ella sin mengua para adentrar en los engañosos silencios de palacio donde la historia crece envuelta en terciopelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/julio-cortazar1.jpg?t=1241432182" alt="julio-cortazar1.jpg picture by antoniosarabia" />Así, el informe elevado al Ejecutor en quince de mayo, conteniendo el pliego de consignas de los que conspiran contra Palacio, procedía tanto de la diligencia y afán del agente Romero, sagazmente ayudado por la camarera Carolina, como de mis propios barruntos que el Ejecutor ha tenido la bondad de alabar en otras oportunidades. De los agentes asignados a la misión a mi cargo, el difunto Romero sobresalía por méritos propios, que su extremada juventud recataba a ojos que miden saber por arrugas o truecan respeto por historiales. Su donaire le valía volteo de llaves y abandono de recelos; así mi señora la duquesa hubo de agraciarlo gentilmente con encargos y diligencias, cediendo en él labores que atañían a otros criados de su cámara, más remisos o desabridos.<br />
De cada una de aquellas mercedes (que tales son las órdenes en labios de mi señora la duquesa) hubo el agente Romero de extraer provecho para la investigación, allegándome noticias y presunciones que el Ejecutor recibió en su día, oportunamente cernidas y glosadas.<br />
Los hechos de la noche del viernes los conoce el Ejecutor en sustancia. Hallóse el cuerpo de Felipe Romero en la galería cubierta que conduce, viniendo de la poterna norte, a las salas de armas y cámaras del duque.<br />
Cupo a la camarera Carolina el descubrirlo, con lo que perdió los sentidos y desplomóse sobre la sangre brotada de la garganta del finado. Digo finado, aunque ciertas revelaciones que el Ejecutor considerará más luego, permiten suponer una agonía prolongada, una muerte llena de delicadeza como cuadraba al ser en la que se ejercía.<br />
Recobrada la camarera, alzó voces y vinieron con luces y visto fue el hecho. Yo llegué poco más tarde y era Felipe Romero el muerto. Vestía la víctima su jubón verde de paje, sus cintas bicolores, su gorro de pluma sola.<br />
Por abajo del mentón le entraba una daga fina como un áspid, de cabo con rubíes, subiendo su hilo templado a perforar la lengua y los paladares, pasándole a la caja del cerebro para acabar su carrera en el recinto mismo del pensar y el acordarse. Yacía el muerto de espaldas, encogidas de lado las piernas y en cruz los brazos, crispados los dedos hacia abajo como probando de aferrarse al suelo.<br />
Cuando le quité la daga mientras hombres le sostenían la cabeza, volcase el resto de la sangre sobre el arma y el pecho, sin faltar quien dijera que las manos se habían movido una vez.<br />
Yo reparé en lo que había que ver e hice lo que cuadraba, y ya entonces acudía el duque con la gente de dentro. Díjele que era un paje, por no nombrarle y adentrar en su inteligencia la sospecha de que me era adicto, y él ordenó que acercaran las luces y se estuvo mirando al muerto, que también lo miraba sin verlo, y me miraba.<br />
Un arquero le bajó los párpados, y el duque pidió la daga para imaginar la herida. Le respondí que arma era ya de la justicia, y dijo:<br />
&#8220;Justicia es extraña palabra, mas acaso doblemente la merezca esa hoja&#8221;. Y como yo esperara, pues del esperar tengo mucho aprendido, fijóse en la herida y musitó: &#8220;Empalado lo han&#8221;. &#8220;Señor, que por abajo se empala&#8221;, dije.<br />
Y él:<br />
&#8220;No olvide el Investigador cómo los sesos y la lengua saco son a veces de inmundicia, y una daga en ellos más justa que los palos del turco&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 282px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Julio3.jpg?t=1241433892" alt="Julio3.jpg picture by antoniosarabia" />Entonces agregó que era broma, como que lo maravillaba herida tan peregrina siendo que en muchas batallas jamás viera soldado apuñalado por la barba. Discutieron los otros, y yo aduje sin insistir que daga italiana es arma sutil, y que se va de la mano al enemigo y entra por doquiera como lluvia fina.<br />
Cuando ordenaba a un alabardero quedarse cabe el cadáver, y volvíamos a la cámara mayor del duque, oyéronse clamores en los aposentos del ala menor de palacio, se alzaron luces, y por averiguación de criados supimos que la duquesa era enterada del suceso y condolida harto.<br />
&#8220;Favor tenía el paje&#8221;, prorrumpió el duque torciendo el gesto. &#8220;Cuide el Investigador de que sea removido el muerto y ahorrada a mi mujer verle entre tanta sangre.&#8221;<br />
Prometí que lo haría apenas acabadas mis providencias, y aguardé otras palabras. Volvióse el duque a sus dados, que los alternaba con el capellán, y ensimismóse sin esfuerzo. Yo pedí dos luces y retorné junto a Felipe.<br />
Repare el Ejecutor en que la noche era sin luna y agobiada de tinieblas la galería.<br />
Pudieron matar a Felipe sin darle tiempo a ver venir el golpe, y él mismo andando por el sitio no ofrecía más blanco que una sombra entre otras. Asómbrame lo certero del golpe, allí donde un error de nada hubiera envainado la daga en el aire, alertando al atacado.<br />
El Ejecutor sabrá cuán azaroso es golpear en el magro espacio que dejan los maxilares y el nacimiento del cuello, y que apenas el asentir de la cabeza oculta. De mozo entendíame con mis hermanos en arte de montería, siendo frecuente que probáramos la vista y la suerte en herir al jabalí dándole en convenido lugar. Y porque llegué a hacerlo como me venía en gana, sé del repetido trabajo que requiere.<br />
Despedidos el alabardero y los criados, fijos los hachones a las anillas de la pared, bajéme a ver con los ojos lo que antes viera con los pulsos.<br />
Sepa el Ejecutor que esta memoria nace de la reflexión y el debate en horas sustraídas al mundo de palacio, fijo el entendimiento en la suerte del agente Romero, en los azares o conjunciones que hicieron de él un cadáver que para mí guardaba una última palabra.<br />
Sepa el Ejecutor que la palabra era un lis, trazado por su mano derecha en el mármol donde la sangre una vez más hizo de tinta para la historia.<br />
Junté la flor del duque y el lugar, los medí sin parcialidad ni favor, y vi lo que estoy diciendo. Bien que el agente Romero no fuera extraño a las cámaras del duque, su lugar estaba allende, cabe su señora y ama, y aún más de noche antes del retiro de los séquitos y los asistentes, por ser hora de últimas órdenes y disposiciones.<br />
Supo la víctima que moría, anegóse en su sangre, alcanzó a trazar el lis en la tiniebla, con el último calor de su mano derecha. Y yo lo vi el primero, como él debió esperarlo, y lo borré al bajarme para desgajar el puñal, antes que asomara el duque.<br />
Digo que muerto fue el agente Romero en cuarteles que señalan al ejecutor; atraído por aviesa orden o convite gentil, vino a los aposentos del duque y no alcanzó a llegar; supo de su matador por lumbre de estrellas o bisbiseo de venganza, y lo nombró por su nombre figurado.<br />
Dos razones tuvo el asesino para matar o hacer matar a Felipe:<br />
El favor de la duquesa, manifiesto en cacerías y juegos corteses, y la sospecha de que estaba a mi servicio reuniendo voces y señales de la conjura contra Palacio.<br />
De la primera razón dan fe los clamores de su ama y el escarnio del duque al cadáver; de la segunda cábeme el medir la fuerza por mi propia labor amenazada, mi hora que quizá por otra galería viene.<br />
A ambas junto para señalar la culpa del duque y encarecer las prontas decisiones de Palacio, al que esta sangre lejana mostrará la inminencia de un golpe más universal, la rebelión latente que este crimen emboza y fortifica.<br />
Separéme de Felipe para visitar las cámaras de la duquesa, donde las luces no cejaban; hallé a las camareras desaladas, descoloridos los pajecillos del aguamanil, caídas las piezas del juego que había jugado mi señora mientras tañían las vihuelas de la recreación.<br />
Allegóse la camarera Carolina, fingiendo mayor desánimo que las otras. Díjome que la duquesa guardaba el lecho, con luces vecinas y el cuidado de la nodriza; recordó que había jugado hasta el toque de relevo, y pedido luego licencia a su contendiente, que lo era el confiscador Ignacio, para contemplar la carta del cielo en procura de conjuraciones vaticinadas por su astrólogo.<br />
A su retorno, que lo fue sin luces por mejor ver las estrellas, quejóse de una interpuesta nube y del relente. Por no descuidar nada, mandé a la camarera fuese a reparar en su ama sin ser vista, y trájome cuenta de su olvidado semblante, su reposo en brazos de la nodriza, que con los arrullos de niñez había rescatado la sonrisa en el rostro de mi señora.<br />
Despedí a Carolina por mejor pensar, y me estuve moviendo las piezas del juego, encontrando más simple sus muchos azares que el ya acabado con su alfil caído al borde del damero.<br />
Y por alfil saqué señor, y también la fatiga y la tristeza trajéronme la imagen de los dos platicando en el patio de armas, la diestra del duque apoyada en el hombro de Felipe, condescendencia del grande que alza así al pequeño para salvarse de ocio un breve rato.<br />
También me vino al recuerdo la vuelta de las justas el día de San José, en que hirióse el duque en el brazo por desafortunado lance, y Felipe teniéndole las bridas del caballo por no dejarle sufrir.<br />
Así dado a fantasmas, alcé la daga para interrogar su forma, admirándome de pronto el escarnio del duque parado ante el muerto, debatiendo si no protegería un nombre que en su mente se alzaba, o si entendía acallar con su ceñudo continente los recuerdos ajenos donde su mano volvía a posarse en el jubón del paje o se quedaban sus ojos puestos en el cabello que de rubio devoraba el sol de las terrazas.<br />
Ardua tarea la de matar rumores; cobíjanse en las colgaduras y doseles, remontando sus figuras por detrás de los párpados; y los grandes saben de su acoso sin lástima.<br />
Así vime llevado a pasar de una reflexión a la sombra que la daga declinaba en el damero; y de mirar el juego de mi señora la duquesa, truncado por las noticias de fuera, me nació el meditar en la infrecuente herida del agente Romero, delatora acaso de una mano aplicada a labores menos graves.<br />
Y más luego, luchando en mi interior con este inmóvil alterarse de las piezas en el damero, dime a mí mismo el ejemplo de Judith y de tanta vengadora que en los pasillos del tiempo repite una y mil veces su hecho para maravilla de hombres y libros.<br />
Vi verterse una sangre en el damero, la forma de un lis bajo unos dedos arañando el mármol, y el lis es flor ducal y muestra lo que el Ejecutor ha de estar viendo conmigo. Fingió el duque, supo verdad; si cubría con su burla el brillo de pasadas justas, también protegía dolorosamente a quien de él en Felipe se vengaba; salvábase a sí mismo salvando a la homicida.<br />
Y vea el Ejecutor esto que solo se agrega: nadie muriendo de herida tal, espumando sangre con la partida lengua, podría en la tiniebla hallar consejo de sí mismo y delatar a su asesino por dibujo de lis.<br />
Bajándose a beber de esa enconada agonía, la matadora urdió los pétalos que la mirada de los otros llamaría duque. Inocente es éste, bien que encubridor involuntario.<br />
Y la duquesa debe ser prontamente arrancada de esa sonrisa que desde el sueño le alcanza la venganza cumplida.<br />
Porque tenga el Ejecutor la entera máquina de tan confuso acontecer, estuve luego en la cámara del médico donde yacía el despojo del agente Romero. A la luz de los hachones víle desnudo por primera y última vez en la alta mesa del cirujano; marchóse el médico y quedamos solos.<br />
¿Por qué habría de negarme al testimonio de quien, al menos en apariencia, supo escribir después de muerto?<br />
Junto mi rostro al rostro de Felipe, busqué en sus ojos otra vez misteriosamente abiertos la imagen de la verdad, un zodíaco de nombres en su mortecino cielo azul velado.<br />
Vi sus labios donde secábase la sangre como un sello de clausura, vanamente pregunté al mármol de su oreja donde el sonido se estrellaba y caía. Mas de tanta negación hube de atisbar en Felipe una respuesta, un afirmarse a sí mismo como respuesta, un contestar su propio cuerpo por nombre, un horrible nombre invasor y tiránico.<br />
Como si de pronto, por el puente de los rostros contiguos, pudiera él pensar con mi pensamiento, ser yo mismo en la revelación instantánea.<br />
Y oí su nombre dicho tantas veces, su nombre repetido, solamente su nombre. Apelé a la reflexión, tapándome los ojos, pero después miré la herida del mentón y me acordé del grande Áyax, de los que se matan por filo, se tiran sobre un arma.<br />
Teniéndola con ambas manos, evitado de verla por la sombra y la postura, le bastó empujar una sola vez mientras sumía la cabeza en el pecho, y el resto fue dolor y confusión agónica. Con las mismas manos que habían tenido la brida del caballo del duque a la vuelta de las justas se mató Felipe, lo sé de pronto como se sabe que el día ha llegado o que el vino del alba olía a violetas.<br />
Y digo al Ejecutor que sabiendo excuso, aunque el excusar me arrastre mañana en la caída del agente Romero.<br />
Excuso una muerte a ciegas, un darse el silencio a través de la lengua; mido, como medí junto al frío cadáver desnudo de Felipe, su abominable valor a la hora de la decisión.<br />
Creo que llevaba en la inteligencia las claves y las pruebas de la conjura del duque contra Palacio, y que no fue capaz de traicionarlo después del brillo de las justas y el prestigio de favores que imagino.<br />
Fiel hasta esa noche al Ejecutor y a mí, acosado por una división que la dura mirada de sus ojos resumía, se refugió en la muerte como el niño que era. Inocentes resultan los duques, discretos esperan de mi discreción el final de una confusa tarea que para mí dura todavía, después que cerré finalmente los ojos de Felipe, lo vestí con mi ropa de Palacio, lo puse en un féretro de ébano sin herrajes ni figuras, y al alba del domingo dejé entrar la luz y los criados que se lo llevaron a una fosa abierta en secreto.<br />
Si el Ejecutor lo manda, sabrá donde está enterrado sin nombre ni sentencia: era una criatura maligna y hermosa, es bueno quizá que haya desaparecido cuando dejaba de serme adicto.<br />
Aparte de lo informado, agrego que en la tarde del domingo me hizo llamar el duque para pedirme la daga.<br />
Esto ocurrió después que yo le había avisado que la investigación iba a cerrarse sin más por falta de pruebas materiales, y que mi informe a Palacio sostendría que el agente Romero se había suicidado.<br />
El duque volvió a pedirme la daga, que yo llevaba limpia y envainada para no dejársela a nadie. Me negué atentamente, y hasta le dije:<br />
&#8220;Cómo le voy a prestar un arma que es de la justicia&#8221;.<br />
Se puso pálido de coraje, y dijo algo como que las cosas estaban muy turbias y que él se iba a ocupar personalmente de averiguar la procedencia del arma.<br />
Cuando yo me iba, agregó:<br />
&#8220;Nunca le vi esa daga a Felipe Romero&#8221;.<br />
No sé por qué, tanta seguridad en el inventario me enfureció. Cualquiera puede saber que la daga no era de Felipe, y hasta averiguar de qué vaina salió para matarlo.<br />
No solamente el duque sabe eso; pero tampoco es obligación que un hombre se mate con su propia daga. A la daga y al lis pueden pensárseles muchos dueños.<br />
Todos sabemos herir, y todos podemos dibujar tres pétalos con sangre.<br />
Lo que creo es que el duque está empezando a mostrar lo que en la noche del viernes tapaba con su burla.<br />
Le duele Felipe, le duelo yo, nos dolemos los dos si nos miramos. Pero yo digo:<br />
¿Por qué un duque, ese hombre de reyes, se impacienta por una muerte sin importancia?<br />
Se impacienta porque esa muerte está llena de importancia, porque detrás viene la duquesa y vengo yo, sobre todo vengo yo. A mí me parece que detrás de eso vengo yo para el duque.<br />
Entonces fuerza la situación, habla de encontrar al dueño del arma para echar sospechas sobre ese pobre hombre a quien a lo mejor Felipe se la quitó en secreto para matarse.<br />
Y si el duque fuerza la situación y busca un supuesto culpable, es que quiere protegerse o proteger a la duquesa; es que ese perro está tratando de echarle el fardo a otro, y lo hace por la ramera de su mujer o por él mismo.<br />
Está claro que es culpable, que mató a Felipe, y que Felipe dibujó el lis mientras se moría, con la última fuerza de su pobre mano dibujó el lis para que yo lo viera y reclamara el castigo del duque, o de la duquesa, o de los dos, del ama de Felipe y del amo de Felipe: el castigo y la muerte de los dos inmediatamente.</p>

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		<title>Octavio Paz, el poeta en la minificción</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 18:12:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En estas últimas semanas hemos venido reflexionando en <em>Los Convidados</em> sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopilé aquí relatos brevísimos de Borges, Bioy, Cortázar, Arreola, Huidobro y varios más. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, había dejado fuera a otro gran maestro del género: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de México, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el año de 1990.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/octavio_paz2.jpg?t=1223229245" alt="octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia" /> Paz es más conocido por su vasta producción poética y ensayística pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los demás géneros literarios. <em>Trabajos del Poeta</em>, de 1949, es una admirable incursión surrealista entre la prosa poética y el microrelato. Ninguno de sus espléndidos textos rebasa los treinta renglones. <em>¿Águila o Sol?</em>, de 1950, continúa por el mismo camino con pasajes apenas un poco más largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado <em>Dama Huasteca</em>:</p>
<p><em>Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye en el costado del hombre.</em><br />
Y es de otro de sus libros de esa misma época, <em>Arenas Movedizas</em>, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.</p>
<p> <span id="more-143"></span><br />
EL RAMO AZUL</p>
<p>Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:</p>
<p>-¿Dónde va señor?<br />
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.<br />
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/OCTAVIOPAZ3.png?t=1223229733" alt="OCTAVIOPAZ3.png picture by antoniosarabia" />Alcé los hombros, musité &#8220;ahora vuelvo&#8221; y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.<br />
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:<br />
-No se mueva , señor, o se lo entierro.<br />
Sin volver la cara pregunte:<br />
-¿Qué quieres?<br />
-Sus ojos señor -contestó la voz suave, casi apenada.<br />
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.<br />
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.<br />
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?<br />
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ptzcuaro1.jpg?t=1223229518" alt="Ptzcuaro1.jpg picture by antoniosarabia" />-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.<br />
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.<br />
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.<br />
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.<br />
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.<br />
-Alúmbrese la cara.<br />
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.<br />
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.<br />
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.<br />
-¡Ah, qué mañoso es usted! -respondió- A ver, encienda otra vez.<br />
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.<br />
-Arrodíllese.<br />
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.<br />
-Ábralos bien -ordenó.<br />
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.<br />
-Pues no son azules, señor. Dispense.<br />
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.<br />
Entré sin decir palabra.<br />
Al día siguiente huí de aquel pueblo.</p>

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		<title>Don Miguel de Cervantes en Amarilis</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 00:33:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo de Oro]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco de Quevedo]]></category>
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<p class="MsoNormal">Un veintinueve de septiembre como este nació, hace cuatrocientos sesenta y un años, don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 &#8211; Madrid, 1616). Además del espacio de este blog me harían falta otros muchos para bosquejar apenas lo que don Miguel significa para mí como modelo de ser humano, y para la literatura universal como fundador de la narrativa moderna. La mejor manera de combinar ambas cosas, y rendirle homenaje, es reproducir una breve semblanza novelístico-biográfica suya, si existe el término, extraída de mi novela <em>Amarilis</em>, que Belacqva publicará en Verticales de bolsillo a partir del próximo mes de enero.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Cervantes1.jpg?t=1222643328" alt="Cervantes1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
El texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habitó los últimos años de su vida la calle de León, que en justicia debería llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega residía y que, por esa razón, debería llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope. Y ya que estamos en ello, hay que añadir que la imprecisión y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio no es su única injusticia: casi frente a la aún en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, aún llamada del Niño Jesús, hay una placa alusiva que señala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna mención a don Luis de Góngora y Argote, quien vivió también en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a Córdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez años más tarde. Se marchó porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divertía contar que <em>para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quemó como pastillas Garcilazos</em>.</p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-115"></span><!--more--></p>
<p class="MsoNormal">Volviendo a don Miguel de Cervantes, el hecho de que viviera sus últimos días &#8220;a la vuelta&#8221;, diríamos en México, de la casa de Lope de Vega, da pie, como explicaba al principio, a sus esporádicos encuentros con Marcela y Lopillo y al afecto y admiración que despierta en el hijo menor del Fénix de los Ingenios. Una admiración que no es sino una réplica de la que le profesa este autor, opinaría Flaubert, pero que juega un papel importante en la vida del personaje y se mantiene invariable hasta el final de la novela. Aquí está, es el primer capítulo de la parte tercera, <em>El despertar a quien duerme</em>.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Quijote1.png?t=1222646122" alt="Quijote1.png picture by antoniosarabia" />A la pequeña hija de Lope de Vega, Marcela del Carpio, le mortifica tener que visitar a Marta de Nevares en su domicilio de la calle del Infante. Es cierto que experimenta una afectuosa devoción por la joven protegida de su padre y que ambas casas están apenas separadas por unos doscientos pasos, pero a Marcela el camino le parece largo y lóbrego. La estrechez de la calle donde Marta vive, y la altura de la exigua docena de casas que la componen, la vuelve tenebrosa, húmeda, sombría, inaccesible al menor rayo de sol.<br />
A ella lo que le encantaría es detenerse, como en otras felices ocasiones, a mitad del camino; justo al final de la calle de Francos, donde hace esquina con la calle del León, en la morada de aquel viejo soldado, inválido de la mano izquierda, que tantas veces le había obsequiado refrescos y golosinas antes de morir varios meses atrás.<br />
Ella y su hermano Lopillo lo conocieron por casualidad, un día como otros tantos en que vagaban sin rumbo por el vecindario. Él estaba a la puerta de su casa y los invitó a pasar. Los hijos de Micaéla de Luján, observó con una sonrisa afable, como si los recordara de tiempo atrás. Les contó que había sido amigo de su padre en una época en que también a él le dio por surtir con sus escritos los corrales de comedias, y hasta estuvieron medio emparentados a través de doña Isabel de Urbina, la dama con quien su padre contrajo primeras nupcias muchos años antes de que ellos nacieran. Pero donde llegaba Lope de Vega no cabía nadie más, les confesó con genuina admiración, sin sombra de resentimiento. Todos los farsantes y cómicos del reino se disputaban sus escritos; no querían saber de nada que no viniera de las manos mismas del Fénix de los ingenios. Él decidió entonces dedicar su pluma a otros menesteres, donde no entrara en competencia con aquella tempestad creadora, con aquel monstruo de la naturaleza, como le llamó una vez en un encendido encomio, y se puso a escribir novelas. Fue el primero en hacerlo en castellano, porque las que hasta entonces existían en nuestra lengua eran traducciones de algún otro idioma. Ahí, en esa labor, Dios, con su infinita bondad, le concedió el renombre y el prestigio que antes le había negado en las comedias.<br />
A partir de aquella primera mañana, Marcela y Lopillo comenzaron a frecuentar al anciano baldado en su plácida y aseada vivienda, sin saber que serían los compañeros de sus últimos días. Una vez le mencionaron el nombre a su padre y éste, al oírlo, respondió con un despectivo enarcamiento de cejas. No tenía ningún interés en Miguel de Cervantes Saavedra. A ellos, en cambio, les encantaba escuchar sus historias. Ella se estremecía de placer con las divertidas aventuras de aquel caballero loco, protagonista de uno de sus libros, que recorría los llanos de la Mancha acompañado de un ocurrente labrador que le servía de escudero. El desdichado orate embestía molinos de viento que tomaba por gigantes y socorría fregonas que imaginaba princesas en desgracia. Lopillo, en cambio, se interesaba más por los hechos de armas y la historia. Seguía fascinado la detallada relación de batallas navales en un mar que aún no le era dado conocer. El buen viejo les contó una vez que, habiendo sido soldado en su juventud, participó en la más gloriosa expedición militar de la Armada Invencible y hasta había sido cautivo de los moros.<br />
Marcela recuerda las mejillas encendidas de su hermano y su mirada extraviada en aquel horizonte azul y humo al que lo acercaban las palabras del antiguo soldado. Caída Nicosia y sitiada Famagusta, último baluarte de la cristiandad en la isla de Chipre, la flota turca se había adueñado del mar Jónico. Sus navíos asolaban las costas de Italia, aterrorizando a sus moradores con frecuentes desembarcos. Los infieles arrasaban con pueblos y aldeas tomando como botín a sus habitantes. Miles de mujeres, hombres y niños, eran cargados de cadenas y vendidos como esclavos. Los más fuertes terminaban remando en las galeras, las mujeres y los niños distrayendo a los bajás en sus harems.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/lepanto5.jpg?t=1222644691" alt="lepanto5.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Indignados por tan tristes acontecimientos, los reyes de la cristiandad, persuadidos por su santidad el papa Pío Quinto, formaron una alianza para combatir al turco. Reunieron entre todos una armada de más de doscientas galeras, reforzada con media docena de galeones de alto bordo, que pusieron bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos Quinto y medio hermano de su majestad Felipe Segundo, a quien Dios tenga en su gloria. Al enterarse de los preparativos cristianos, la flota turca se replegó hacia el golfo de Patras, echando anclas en las tranquilas aguas del puerto de Lepanto. Hasta ahí fue a buscarla ese rayo de la guerra, Don Juan de Austria, quien no temía desafiar a la fiera en su cubil.<br />
El hombre cerraba los ojos como para recordar mejor, y describir a Lopillo, las galeras cristianas alineadas en la rada de Mesina antes de la batalla, los cánticos solemnes durante la santa misa, y la figura del nuncio Papal enhiesto en lo alto de un bergantín, bendiciéndoles al salir de la bahía. Al niño le brillaban los ojos al imaginar, recuerda su hermana, los pabellones venecianos, genoveses, malteses, españoles y austríacos ondeando al aire en las puntas de los mástiles, mientras la flota cristiana se desplazaba por las azules aguas del golfo de Tarento, atravesando luego entre las verdes colinas del estrecho de Otranto y haciendo un alto en Corfú para informarse del paradero y la potencia de la armada turca: aquellos evasivos trescientos barcos de guerra musulmanes, orgullo de los astilleros del Bósforo, los Dardanelos y el Mar Negro.<br />
Durante su siguiente escala, anclados por la tarde frente a la isla de Cefalonia, los cristianos recibieron las desgraciadas nuevas sobre la caída de Famagusta. Todos los defensores de la plaza habían sido pasados a cuchillo y a su gobernador lo despellejaron vivo. Supieron además que los infieles estaban al tanto de los movimientos de la flota que se acercaba, conocían sus efectivos y se preparaban para un combate decisivo. Todos los guerreros integrantes de las guarniciones costeras habían sido retirados de sus fortines para congregarse a bordo de la armada Otomana.<br />
Al amanecer del domingo 7 de octubre de 1571 aparecieron las primeras velas turcas. Venían saliendo de Lepanto, viento en popa, desplegándose por toda la bahía. Una galera turca disparó un lejano cañonazo en son de reto y la nave capitana respondió aceptando el desafío. Don Juan de Austria hizo maniobrar sus veleros de manera que la flota de reserva quedara oculta a la vista del enemigo, y comenzó a recorrer las hileras de bajeles a bordo de una rápida fragata arengando a sus soldados y prometiendo la libertad a sus galeotes si ganaban la batalla. De vuelta en la nave capitana hizo enarbolar un enorme crucifijo junto al estandarte de la liga al tiempo que todos se postraban de rodillas para recibir la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria de los enviados del Papa.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lepanto2.jpg?t=1222645158" alt="Lepanto2.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Al filo del mediodía, cuando las dos flotas se encontraron por fin a tiro de cañón, el redoblar de cajas y tambores y los alaridos de los guerreros animándose al combate llenaban el ambiente con un estrépito ensordecedor. Los turcos atacaron primero, tratando de introducir sus ligeras embarcaciones entre las más pesadas que don Juan había colocado en primera línea de batalla. Los certeros cañonazos españoles causaban enormes bajas en el centro de la escuadra musulmana mientras en el flanco izquierdo Agostino Barbariego hacía maniobrar las galeras venecianas para encajonar el ala enemiga entre sus cañones y los bancos de arena de la costa. El ala derecha, en cambio, empezó a ceder ante el empuje de Uluj Alí, virrey de Argel. Los malteses luchaban en inferioridad numérica contra los corsarios berberiscos hasta que el almirante genovés Juan Andrea Doria, que se había mantenido algo alejado de la lucha, se acercó comandando los refuerzos.<br />
El anciano hizo una pausa, sonriendo bondadoso ante los ojos embobados de Lopillo. ¿Y él? preguntó el niño; ¿él? continuó la voz grave, él iba en la Marquesa, una nave capitaneada por el valeroso Don Francisco de San Pedro. Al aproximarse se dieron cuenta de que el barco insignia de los Malteses sucumbía ante el vigor de los enemigos de la cruz y acudieron en su ayuda. El tronar de los cañones y el fragor de las culebrinas se aunaba a los zumbidos de las flechas, al seco estrépito de los arcabuces y a los alaridos de odio, dolor y rabia de los combatientes. El olor a humo y pólvora se mezclaba con el del mar y la sangre para enardecer los sentidos. Él era entonces más joven, poseía la audacia, la temeridad, que sólo es posible desplegar en esa primera juventud. Tal vez por eso le habían confiado el mando de una compañía de doce hombres. A pesar de encontrarse enfermo con fiebres altísimas, se levantó del lecho para subir a cubierta y ponerse al frente de sus soldados. Quería darles ejemplo de valor abordando primero a los infieles. Cuando los tuvieron a su alcance saltó espada en mano a la galera musulmana para batirse con los moros. ¿Qué pasó después? Él sólo recuerda el final de la lucha. Se ve a sí mismo lleno de heridas, con dos arcabuzazos en el pecho y el brazo izquierdo para siempre inutilizado, teñido de rojo de pies a cabeza, convertido él mismo en una enorme mancha de sangre en la que la propia se confundía con la de sus enemigos.<br />
Ya no alcanzó a ver a la nave capitana asaltando la galera real de los infieles ni a los tercios españoles acuchillarse con los jenízaros que la defendían; no vio al generalísimo turco caer herido de un arcabuzazo ni al humilde galeote a quien habían quitado esa mañana los grilletes erguirse como ángel vengador sobre su cuerpo indefenso y cortarle la cabeza. Escuchó en cambio el atronador alarido de victoria que siguió al suceso y contempló arriarse el pabellón del profeta del bajel que acaudillaba a los infieles.<br />
El propio don Juan de Austria lo felicitó después de la batalla y le aumentó la paga a cuatro ducados. A partir de aquel momento el mundo pareció sonreírle. Fue más tarde, cuando volvía lleno de ilusiones a su patria, bordeando la costa de Francia, que le salieron al paso dos galeotas de piratas turcos, lo tomaron prisionero y lo vendieron como esclavo en Argel.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cervantes4-1.jpg?t=1222644958" alt="cervantes4-1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
¿Cuánto tiempo duró cautivo de los moros? preguntó Lopillo con los enormes ojos abiertos, ansiosos, apenados, interrogantes, recogiendo el casual encogimiento de hombros con el que el anciano quiso restar importancia a su desventura. Varios años. Varios siglos más bien, replicó el niño, que conocía de oídas los trabajos y tormentos que los infieles imponen a sus prisioneros. ¿Hizo algún intento de escapar? Muchos, respondió el viejo sin poder evitar un relámpago de orgullo que iluminó un instante sus cansadas facciones, pero fue capturado una y otra vez hasta que una orden religiosa, la de la Santísima Trinidad, apiadándose de sus miserias, pagó el rescate que los infieles exigían para ponerlo en libertad.<br />
A pesar de la fama que les dijo haber alcanzado en vida no tuvo mucha compañía a la hora de su muerte. Marcela y su hermano siguieron a distancia el magro cortejo fúnebre, sin acercarse demasiado por temor a las severas barbas y espejuelos de los contados asistentes. La esposa y la sobrina del noble viejo, enlutadas y llorosas, encabezaban la procesión. No tuvieron que caminar mucho para llegar al vecino convento de las monjas Trinitarias donde las buenas hermanas acogieron los restos del anciano para darles sepultura. Lopillo, recuerda Marcela, marchó todo el tiempo con el rostro bajo y los ojos llorosos. Luego se quedó prendido a las rejas de la entrada hasta que salió el último de los asistentes. Al volver a casa aprovechó la primera ocasión que se le presentó para hacer rabiar a su padre, cosa que éste le hizo pagar con la consabida azotaína. Él la aguantó a pie firme, con los labios apretados y los ojos secos, chispeantes de soberbia. En ese momento, Marcela tuvo por primera vez la intuición de que lo que más irritaba a su hermano era la sotana de su padre. Él hubiera preferido ser el hijo de un soldado, de un héroe de la guerra como el que acababa de acompañar a la tumba.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><!--EndFragment--></p>

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		<title>Un Día Perfecto para el Pez Luna</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Aug 2008 23:58:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días acudí a refugiarme, cansado de libretas, lápices y ordenadores, al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ahí, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el más grande de Europa y, después de recorrerlo un rato, sentarme [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días acudí a refugiarme, cansado de libretas, lápices y ordenadores, al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ahí, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el más grande de Europa y, después de recorrerlo un rato, sentarme a meditar en algún recoveco donde impere la quietud y el silencio. Me siento bien acompañado junto a los versos de Sofía de Mello intercalados a trechos en los amplios corredores que miran al colosal y redondo acuario. Un océano diminuto al que hay que contornar varias veces desde distintos niveles para apreciarlo por entero.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ASyPezLuna.jpg?t=1220140219" alt="ASyPezLuna.jpg picture by antoniosarabia" /> Se diría que la placidez y la calma se proyectan hacia nosotros desde la dilatada pecera donde se desplazan con desmayada lentitud numerosos bancos de peces, de distintos tamaños, formas y colores. Yo me dejo seducir por la paz de sus serenos movimientos. Sigo con la vista la gran variedad de tiburones y las enormes mantarrayas aleteando mansamente hacia ninguna parte. Todos flotan leves en esa etérea transparencia en la que la gravedad parece perder toda importancia.<span id="more-61"></span></p>
<p>Las variaciones en la temperatura del agua favorecen la creación de distintos ambientes marinos permitiendo así las concentraciones de diversas especies en puntos opuestos del gigantesco embalse. Según la altura y el ángulo en que me encuentre, o el rincón desde el que mire, puedo apreciar las diversas formas de la vida oceánica. Desde las siniestras morenas exhibiendo sus feroces mandíbulas dentadas y las anguilas serpenteando entre las rocas hasta las rayas color arena con el aguijón extendido, inmóviles, camuflándose entre las piedras y corales del fondo.<br />
Entre todos esos seres admirables sobresale la descomunal silueta del pez luna. El único ejemplar de su especie que posee el acuario. Yo lo veo como un pavoroso engendro antediluviano. Me es imposible encontrarle forma de pez. O de luna, a pesar de su blancura. Me parece más bien un lento y amorfo meteorito que atraviesa la inmensa pecera con la pesada majestad de un pálido y rugoso satélite acuático. Él es el emperador del estanque. Su enorme tamaño le hace reinar sin disputa sobre los demás habitantes a quienes parece observar con su enorme ojo fijo, igual a la claraboya de un deforme Nautilus que explorara indiferente su entorno.<br />
Su pausado orbitar me perturba y fascina. ¿A dónde va durante ese constante ir y venir por la pecera? ¿No lo imito yo, no lo imitamos todos nosotros, en nuestro constante gravitar por el mundo? Peces extraviados en un oceanario más amplio, persiguiendo no sé qué absurdos empeños, dando vueltas y más vueltas para retornar tarde o temprano al punto de partida: el umbroso corredor espiral con los versos de Sofía de Mello grabados en sus muros.<br />
Esta última vez el pez luna, como si leyera mi mente, acercó de pronto su monstruosa cabeza a la vidriera. Se habría dicho que el espectador era él y asomaba lleno de curiosidad a esa otra vida que se extendía en el pasillo. Clavó en mí su repulsivo e insolente ojo negro y me sentí descubierto. ¿Sería esa la primera vez que me observaba o, habiéndome advertido durante mis anteriores visitas, se aproximaba ahora para contemplarme de cerca? ¿Qué pensaría de mi figura torpe, desmedrada, sin aerodinamismo y sin aletas que se mueve sin gracia a ras del suelo? ¿Qué historias se figuraría de mi existencia? ¿Le pareceré yo más feo y repelente que él mismo?<br />
Al cabo de unos instantes en los que permanecí paralizado por el horror, se dio media vuelta y, mostrándome con desdén su aleta dorsal, prosiguió su interrumpido merodear por la pecera.<br />
Ya no le seguí con la vista. Me apresuré fuera del acuario y no he vuelto a entrar desde entonces. Salí al sol de Lisboa y, bien instalado en su luz, me alejé a toda prisa hacia el cálido y hospitalario ambiente del Farta Brutos, mi restaurante favorito en Bairro Alto. Allí aplaqué mis angustias existenciales pidiendo al amigo Oliveira, el bonachón propietario, que me sirviera sin más dilaciones un buen rodaballo a la plancha.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
<p>(Este texto fue escrito originalmente a solicitud y para la revista francesa <em>Belles Latinas</em> con el título, propuesto por ella desde el principio como tema del trabajo, <em>Un Día en la vida de Antonio Sarabia.</em> Lo cambié porque me parece mejor este, como breve tributo a J.D. Salinger. La foto es, no faltaba más, de Daniel Mordzinski).</p>
<p> </p>
<p> </p>

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		<title>El Arte de la Minificción</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Aug 2008 22:16:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, Minificciones, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal">Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura universal. Desde su propio trabajo hasta el celebérrimo &#8220;Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí&#8221; de Monterroso, reputado como el relato más breve de la lengua castellana. Cuatro palabras más conciso, aunque no por eso más bello, del que a continuación reseñaremos de Borges. Junto a ese relámpago Borgiano tenemos microtextos de Bioy, Huidobro, Cocteau, otro de Monterroso, uno muy famoso de Chuang-Tzu y, para terminar, una pequeña joya de mi paisano Arreola.</p>
<p>Cada cuento viene acompañado de una bella ilustración alusiva al tema o al autor. Al permitirnos el uso de las <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, Delfín y Alejandro tuvieron la amabilidad de enviarnos las imágenes correspondientes con lo que los lectores de <em>Los Convidados</em> tendrán una idea más cabal de su trabajo.<span id="more-60"></span></p>
<p>Con la idea de compartir lectura y escritura, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em> proponen otras áreas del blog en las que pueden participar sus visitantes, ya sea con escritos propios o, incluso, archivos audiovisuales. Están inaugurando, además, un concurso de microrelatos al mes. El ganador podrá ver su texto publicado en el blog, con su nombre completo y la ilustración adecuada, al lado de los consagrados.</p>
<p>Quiero felicitar a Delfín y Alejandro por este esfuerzo común. Es un honor tenerlos esta semana entre <em>Los Convidados</em>. Les deseamos suerte en el blog, en el concurso de minicuentos, y en su incipiente vida de escritores. Comienzo con un par de muestras de su propio quehacer literario para que ustedes vean también lo que, en este ámbito, ambos son capaces de hacer.</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/delfin.jpg?t=1219361346" alt="delfin.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>LABERINTO</p>
<p>La mujer lo mira agonizar. Él, sumido en una espantoso sueño, recorre los largos  pasillos de una oscura mazmorra. Detrás de cada puerta aparecen distintos escenarios,  una cadena de círculos infernales. Sin un Virgilio que lo guíe por ese submundo corre desesperado buscando una salida. A lo lejos, en medio de la bruma, puede ver como la única luz que existe se apaga.  Ella vierte amargas lágrimas&#8230; su marido acaba de expirar.  Él, a oscuras intenta buscar la salida de aquella prisión.</p>
<p>Delfín Beccar Varela</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alejandro.jpg?t=1219361431" alt="Alejandro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>REVERBERA EL RUEDO</p>
<p>El sol de la tarde templa la arena, el clavel, el mantón, el tendido.</p>
<p>Sentada, observa la ceremonia en el ruedo. El cortejo comienza la dupla; los pases abanican, el lomo restriega y ensangrienta lo viril al maestro. Ella mimetiza el baile del animal en su cuerpo. El clavel vibra ahora entre los pechos y el mantón se desliza por sus muslos. La lozana comulga con el frote, la sangre y la espada que penetra e inunda el laberinto.</p>
<p>La muerte grande que ronda; y la pequeña, que aflora tensándole la cara y el bajo vientre.</p>
<p>Alejandro Gelaz</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/bioy.jpg?t=1219361489" alt="bioy.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                           LA SALVACIÓN</p>
<p>Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. &#8220;¿Cómo un ser tan ínfimo&#8221; sin duda estaba pensando el tirano &#8220;es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?&#8221;. Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. &#8220;Por humildes que sean&#8221; dijo indicando al pájaro &#8220;hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros&#8221;.</p>
<p>Adolfo Bioy Casares</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/borges.jpg?t=1219361589" alt="borges.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>BORGIANA</p>
<p>¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga? </p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/huidobro.jpg?t=1219361690" alt="huidobro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>TRAGEDIA</p>
<p>María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.</p>
<p>Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.</p>
<p>Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.</p>
<p>Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.</p>
<p>¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?</p>
<p>Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.</p>
<p>Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.</p>
<p>Vicente Huidobro</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cocteau.jpg?t=1219361754" alt="cocteau.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                     EL GESTO DE LA MUERTE</p>
<p>Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: -Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.</p>
<p>Jean Cocteau</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chuang.jpg?t=1219361818" alt="chuang.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         EL SUEÑO DE LA MARIPOSA</p>
<p>Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.</p>
<p>Chuang Tzu</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/monterroso2.jpg?t=1219361915" alt="monterroso2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         LA TORTUGA Y AQUILES</p>
<p>Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.  En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.  En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles. </p>
<p>Augusto Monterroso</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/arreola.jpg?t=1219361964" alt="arreola.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>ARMISTICIO</p>
<p>Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala invitándonos a entrar. Se alquila paraíso en ruinas.</p>
<p>Juan José Arreola</p>

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		<title>Daniel Mordzinski, fotógrafo entre escritores (1)</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 16:25:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Rosa Montero]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Fotógrafo entre escritores&#8221; es el título de la exposición con la que la Casa de América celebra y rinde homenaje a los treinta años de trabajos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al público del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, España, la muestra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Daniel3.jpg?t=1217779001" alt="Daniel3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Fotógrafo entre escritores&#8221; es el título de la exposición con la que la Casa de América celebra y rinde homenaje a los treinta años de trabajos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al público del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, España, la muestra reúne una amplia, singular y soberbia, colección de retratos de los más notables autores de la lengua española.<br />
Nosotros queremos unirnos al acto dedicando a Daniel un par de entradas que ilustraremos con algunas de las fotos que se están exponiendo en Madrid. Para introducir la primera he seleccionado varios fragmentos del hermoso texto con el que Rosa Montero participa en el catálogo de la exposición. La segunda lleva como prólogo el final de un capítulo de E<em>l Refugio del Fuego</em>, el libro de viajes que narra mis dos expediciones con Mordzinski a las laderas del Volcán de Colima, en Jalisco, México, en una de las cuales Daniel me contó una anécdota de infancia en la que tal vez esté el germen de su vocación de fotógrafo.<br />
Comencemos con <em>La huella transparente de las palabras</em>, las lúcidas consideraciones de Rosa Montero al contemplar las fotos:<br />
<span id="more-54"></span>&#8220;Pura vida quieta, atravesada por la mirada de Mordzinski, como una mariposa pinchada sobre un corcho&#8221; (&#8230;) &#8220;Mujeres y hombres, jóvenes y viejos. Algunos ya han muerto, pero sin duda queda un pellizco de su alma atrapado en la fotografía de Mordzinski&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mendinueta_84072.jpg?t=1217779822" alt="Mendinueta_84072.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Y es que Daniel busca con sus ojos, con su cámara, esa dimensión especial de las cosas que los creyentes llamaron alma. Me refiero al aliento invisible de la vida, al vértigo del tiempo que se escapa, a esa aguda conciencia del ser que a veces tenemos cuando de pronto, en un instante, somos capaces de sabernos vivos&#8221; (&#8230;) &#8220;O quizá ese aire al mismo tiempo transparente y denso que llena cada foto sea el rastro que dejan las palabras no dichas. Las palabras pensadas, soñadas. El mero deseo de las palabras&#8221; (&#8230;) &#8220;Yo no recuerdo que pensé cuando Mordzinski me fotografió. Paseamos una mañana ventosa por Gijón, y el saltaba a mi lado, pelirrojo y flaquito, sonriente y callado, tan atento como un gorrión callejero que espera a que dejes de mirarle para lanzarse como una flecha sobre la miga de pan abandonada. Es decir, espera a que te abismes en ti misma, a que sientas la vida y el tronar del mundo, a que te envuelvan blandamente las palabras no dichas como el humo envuelve al fumador. Y entonces dispara. Es un gran fotógrafo, este Mordzinski&#8221;.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jose-agustin-.jpg?t=1217778700" alt="jose-agustin-.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p style="text-align: left;">                                                                                                                      José Agustín y su esposa Margarita</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto10.jpg?t=1217780386" alt="Foto10.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Santiago Gamboa, Luis Sepúlveda, Anne Marie Métailié, Hernán Rivera Letelier, Antonio Sarabia y Mario Delgado Aparaín</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mateo_Sagasta_3874.jpg?t=1217780624" alt="Mateo_Sagasta_3874.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Alfonso Mateo-Sagasta</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mestre_9846.jpg?t=1217780034" alt="Mestre_9846.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p> </p>
<p>                                                                                                        Juan Carlos Mestre</p>

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		<title>Premio Espartaco 2008</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jul 2008 16:44:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Premios]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi novela, Troya al Atardecer, fue galardonada durante la Semana Negra de Gijón con el premio Espartaco 2008 a la mejor novela histórica publicada el año pasado. Desde este blog literario deseo dar las gracias a los organizadores de la Semana Negra, con Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, y a los distinguidos miembros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Mi novela, Troya al Atardecer, fue galardonada durante la Semana Negra de Gijón con el premio Espartaco 2008 a la mejor novela histórica publicada el año pasado. Desde este blog literario deseo dar las gracias a los organizadores de la Semana Negra, con Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, y a los distinguidos miembros del jurado Alfonso Mateo-Sagasta, Juan Bolea y Fermín Goñi, quienes tuvieron a su cargo la ingrata tarea de seleccionar un ganador entre otras obras de excelente calidad escritas por colegas de reconocido prestigio como El Secreto del Oráculo, de José Angel Mañas, El Agua y la Tierra, de Julio Murillo, El Naufragio del Imperio, de Juan Esteban Constaín, Ars Magica de Nerea Riesco y El Juglar, de Rafael Marín.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Gracias también a la gente de Gijón que cada año recibe a los autores con tanto entusiasmo, generosidad, afecto y algarabía. Ojalá que la Semana Negra continúe siempre con el empuje que la ha convertido en uno de los festivales de la cultura más importantes de España.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">A continuación les ofrezco tres fragmentos de la novela premiada.<span id="more-49"></span></span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                                                                       </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Llamaban al mar <em>poros, </em>“el camino”<img id="fullImage" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/laotraorilla-Troyaalatardecerult-1.jpg?t=1216484187" alt="laotraorilla-Troyaalatardecerult-1.jpg picture by Laurenblog" /> o <em>pontos</em>, “el pasaje”, y fue por ese camino, por ese pasaje, que llegaron hasta las costas de Troya. También le llamaban <em>pelagos</em>, “la inmensidad”, aunque al aproximarse sus naves lo cubrieran hasta donde alcanzaba la vista. Nunca antes se había visto una expedición tan numerosa. Alrededor de cien mil hombres de armas en más de mil doscientos navíos venidos de todos los rincones de la Hélade. Soldados valientes, capitaneados por los jefes más ilustres de su tiempo. Decididos todos a terminar rápido, a invadir y saquear la ciudad de las anchas calles, empeñados en devolver la infiel esposa a Menelao, su dueño y señor, para que se encerraran juntos en las habitaciones de su palacio y resolvieran a solas, y de una vez por todas, sus problemas conyugales. Y una vez logrado eso volver pronto a la patria, a dilapidar el botín que aquel ilustre adulterio, más la fulminante victoria en la guerra, les habrían deparado. Pero su voluntad flaqueó al encontrarse a la vista de las macizas murallas de Troya. Con razón se relataba que las había edificado el propio Poseidón, el que estremece la tierra. Todas, menos las de la parte que da al mar, obra de Éaco, antepasado del mismísimo Aquiles que ahora con ellos se presentaba a sus pies. A esas se puso sitio y, aunque habían sido erigidas por manos humanas, tampoco se tuvo mucho éxito ante ellas porque después de casi diez años de asedio aún seguían indemnes burlando la voluntad y los tozudos empeños de sus atacantes.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                     </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Cuando los escudos chocaban entre sí y el familiar estrépito del metal dando al metal se confundía con el de los gritos de aliento, las amenazas y los gemidos de dolor que saturaban el ambiente, un audaz troyano se deslizó con presteza hacia el caído Menelao y, levantando con ambas manos su pesada hacha de dos filos, se dispuso a rematarlo. Timalco intuyó el terror bovino en los ojos de su rey. Todo lo que tenía que hacer, pensó, era volver la cabeza hacia otra parte un mero instante, nada más natural, con enemigos viniéndosele encima por doquier nadie podría reprochárselo, y esa noche el orgulloso amo de Esparta serviría sólo de asidero de moscas y de pitanza a los perros y a las aves de rapiña. Bien merecido lo tendría. Adiós al mundo de los vivos. Adiós a sus sueños de compartir una vez más su lecho con Helena. Adiós a sus blancos brazos y a su perfumada cabellera, adiós. Sin embargo levantó la lanza, su jabalina trazó una fulgurante línea en el aire y vino a hundirse con violencia justo bajo la clavícula del brazo erguido que se disponía a descargar el golpe mortal sobre el abatido atrida. A los ojos saltados de sorpresa y a los dedos aflojándose en el mango de madera de encino, siguió el pesado estruendo de la armadura al derrumbarse junto al rey caído. Timalco se aproximó a su soberano desenfundando la espada y cubriéndolo con el escudo de otros posibles proyectiles adversarios. Habría deseado encontrar a un hombre muerto pero, en vez de eso, se topó con su maltrecho caudillo que le miraba con agradecimiento.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                                                                         </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">De los diez años de guerra aquella jornada fue, sin duda, la más cruenta. Después del combate, dánaos y troyanos pactaron una tregua para restañar sus heridas, recoger a sus muertos ayudándose de bueyes y mulas, e incinerar sus despojos. Timalco pasó buena parte de la noche ocupado con el resto de los espartanos en amortajar los cadáveres de sus compatriotas, usando para el caso sus propias túnicas rojas. Limpiaba con agua los sucios costurones de sangre, y cubría los cuerpos inertes con ramas de olivo antes de entregarlos a las enormes piras funerarias que Néstor había mandado encender para abrasar a los caídos. ¿Cuántos días más se necesitarían para recolectarlos a todos? ¿Y de qué habían servido tantas plegarias a los dioses, conjeturó una vez más Timalco, tantos ruegos para librar con vida la batalla, si la suerte de aquellos desventurados había sido sellada de antemano? En esos momentos, mirando la espesa humareda elevarse hacia los cielos, se podía creer sin dificultad lo que tanto gustaba afirmar a Tersites: que la tierra estaba demasiado poblada y que Zeus, desde lo alto del Olimpo, había decidido esa guerra para aligerarla del exceso de habitantes. Si eso era cierto, aquel penetrante tufo a carne humana en chamusquina debía resultar un grato aroma para él.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Antonio Sarabia</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p><!--EndFragment--></p>

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		<title>Juan José Arreola</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Jul 2008 19:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Arreola]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba Estoy Escribiendo un Libro. No me acuerdo de qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba <span style="font-style:italic;">Estoy Escribiendo un Libro</span>. No me acuerdo de qué libro se trataba, los años no pasan en vano, ni si Arreola llegó a publicarlo o no. Tal vez se refería a <span style="font-style:italic;">Palindroma</span>, aparecido en 1971, cuatro largos años después de aquella charla, aunque, conociéndolo, no se puede descartar el que en aquel momento no estuviera escribiendo nada y que el título le hubiese venido a la cabeza sólo para despertar el interés del público.</p>
<p><span id="more-41"></span></p>
<p>El caso es que mis compañeros, quién sabe porqué perversas razones, me eligieron a mí para subir al podio con el escritor invitado y articular unas cuantas palabras a manera de presentación. Recuerdo, eso sí, que llené varias cuartillas con lo que entonces era mi mejor prosa y las pulí y repulí hasta que las consideré a la altura de la admiración que me causaba y todavía me causa, la precisión milimétrica del lenguaje Arreoliano. Por fortuna para mí, pero sobre todo para ustedes porque así no corren el riesgo de que ceda a la tentación de endilgárselas de nuevo en este blog, esas páginas se han perdido para siempre. Fueron a parar en el olvido como tantos conocimientos inútiles, tantas aventuras, desvelos y amoríos como nos acompañaron al final de la adolescencia.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s1600-h/Arreola5.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222593691636400978" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s400/Arreola5.jpg" border="0" alt="" /></a> Esta mañana, sin embargo, mientras emborronaba estas líneas, una frase de aquel primer texto me vino mágicamente a la memoria. Una frase con la que durante aquella otra tarde en la universidad intenté compendiar el deslumbramiento que me producía la excelencia de su estilo narrativo. Comparaba la perfección de su palabra con los astros que brillaban en el cielo y decía, textualmente, que sus imágenes eran “fulgores herrados con fuego en el anca de la noche”. Pido perdón por traer a colación esta pomposa metáfora, esta cita tan poco citable. No debo culpar a mi devoción por Arreola sino a mi exaltada prosa juvenil de tamaña atrocidad, pero he querido repetirla para de algún modo enlazar estas palabras con aquellas, y recordar a Arreola como lo vi aquella tarde sentado junto a mí en el estrado, escuchando mi texto con amable condescendencia, y luego tomando la palabra él mismo para deslumbrarnos con su profundo conocimiento del oficio de escritor y hacernos reír con su punzante sentido del humor, su locuacidad, sus anécdotas y la relación detallada de sus fobias y padecimientos, reales e inventados. Arreola se consideraba a sí mismo un juglar, hizo teatro en su juventud, pisó las tablas de la Comedie Francaise como esclavo desnudo en la galera de Antonio y Cleopatra, y pienso que, en cierto modo, siguió siendo actor toda su vida. Pero yo no lo sabía entonces y tampoco estaba preparado para ello, por eso algunas de sus actitudes en el estrado me desconcertaron terriblemente. Podía de pronto dejar de dirigirse al auditorio, volverse hacia mí e, ignorando mi embarazo, continuar la charla como si estuviéramos solos en el café de la esquina, absortos en una conversación privada y el público no se encontrara presente. Se quedaba así minutos que a mí me parecían eternos, de perfil a los oyentes, enfrascado en un soliloquio inverosímil. Nada de eso importó a mis compañeros, quienes no necesitaban más que de su presencia para alcanzar el Nirvana. Lo aplaudieron a rabiar y la charla resultó un éxito. Al estrecharnos la mano durante la despedida, Arreola me invitó a participar en los talleres de literatura que por aquellos tiempos dirigía, creo que en el bosque de Chapultepec. Nunca asistí. Tal vez hice mal, pero ya desde esa época experimentaba un profundo escepticismo por los talleres literarios. Fue una lástima porque no volví a ver a Arreola hasta que me topé con él por casualidad en una tienda de música de la ciudad de Guadalajara treinta años más tarde. Desde luego no le mencioné que ya nos habíamos conocido antes. Hubiera resultado inútil. El no habría recordado aquella noche inolvidable de mi lejana juventud. De todos modos me acerqué a presentarme, como si nunca le hubiera visto antes, y él conversó de buen grado en francés con mi hijo, entonces de ocho años, mientras yo iba al estacionamiento a sacar del auto un ejemplar de mi última novela, y obsequiársela.<br />
Hay un oficio que no figura en la numerosa lista de los ejercidos por Arreola y que podría describirlo de cuerpo entero: el de orfebre. Se ha dicho que fue aprendiz de encuadernación y tipografía desde los doce años, que trabajó en una papelería, en un molino de café, en un cajón de ropa y en una tienda de abarrotes. Fue peón en los campos, pastor, vendedor ambulante y ayudó a su familia en un expendio de tepache, esa bebida mexicana ligeramente alcohólica que se extrae de la fermentación de la piña. Fue también cobrador, locutor de radio y panadero. Estudió teatro, decidido a hacerse actor, aunque el oficio que más cuadraba con sus inclinaciones literarias era el de orfebre. Arreola gustaba afirmar que procedía en línea recta de dos antiquísimos linajes: herrero por parte de su madre y carpintero a título paterno. De allí, según él, su pasión artesanal por el lenguaje. Me atrevo a disentir y a reiterar: Arreola no es un artesano del lenguaje, es un orfebre.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s1600-h/Arreola+1.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589014901623650" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s320/Arreola+1.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
El orfebre graba, pule, talla incansable su trabajo del mismo modo que Arreola construía sus frases, ajustaba sus palabras, en cada texto aspirando a la perfección. Una perfección que se da a pesar de que él mismo no creía en ella, prefiriéndose verse como un artesano o un juglar y no tanto como un artista.<br />
Porque para Arreola la belleza era etérea, intangible, inasequible. Él mismo lo afirma en varios de sus escritos. En <span style="font-style:italic;">El Lay de Aristóteles</span>, por ejemplo, nos describe al sabio en su jardín contemplando extasiado la armonía, o sea el fundamento de la belleza, dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">La musa armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje&#8230;<br />
Vuelve el filósofo a la celda extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio&#8230; Cuando mira de nuevo a la ventana la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide escribir un tratado que destruya la danza de armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos&#8230;<br />
Durante el tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último verso, la visión se deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre del agudo aguijón de la belleza.</span><br />
La belleza se representa, pues, como una forma cambiante, inasible, fugitiva, cuya contemplación es sin duda dolorosa. Una forma que al captarse, al reproducirse de alguna manera por el creador, pierde su identidad original y desaparece.<br />
La situación se repite de una manera casi análoga en <span style="font-style:italic;">El Discípulo</span>, cuando el maestro lo reprende con estas palabras:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta una sola línea en tu dibujo, pero sobran muchas.</span><br />
Luego pide un cartón a sus alumnos y, al igual que Aristóteles en el otro cuento, se dispone a mostrar cómo se destruye la belleza. Arreola continúa:<br />
<span style="font-style:italic;">Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: “Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza.</span><br />
Entonces el maestro guiña un ojo a sus alumnos y dice <span style="font-style:italic;">acabemos con ella</span><br />
<span style="font-style:italic;">Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre otras, creando espacios de luz y de sombras, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Goia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo de rostro, la misma imperceptible sonrisa. Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y comenzó a reír de manera extraña. “Hemos acabado con la belleza, dijo, ya no queda sino esta infame caricatura.”</span><br />
El maestro arroja el dibujo a fuego y el discípulo se quema las manos intentando salvarlo de las llamas. Luego, llorando silencioso, se detiene a la orilla del río a contemplar sus manos ineptas.<br />
Así de inalcanzable es la perfección en la literatura, así es la belleza. Por si nos quedara alguna duda, Arreola lo ratifica de manera insuperable en el prólogo a <span style="font-style:italic;">Mi Confabulario</span>:<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s1600-h/Arreola+4.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589491647170562" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s320/Arreola+4.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
<span style="font-style:italic;">Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.</span><br />
En el prólogo a su <span style="font-style:italic;">Antología de Juan José Arreola</span>, José Agustín menciona que, como pedía Tolstoi, Arreola, al narrar su pueblo, narra el mundo. En eso es igual a Rulfo, el otro gran escritor jaliciense con quien comparte algo más que la generación y la amistad. Ambos son orfebres, ambos tallan sus frases a la pefección, aunque haya más densidad en la de Rulfo y más humor en la de Arreola. Los dos vienen del mismo terruño, tienen las mismas raíces y los mismos maestros. Aunque algunos críticos desearían mostrar a Rulfo como el último eslabón en la cadena de la literatura de la revolución mexicana, la verdad es que en él hay mucho de Kafka y de Sófocles y de Esquilo. En Arreola, sin embargo, es más evidente la presencia de los surrealistas y los clásicos.<br />
Su curiosidad, por ejemplo, por los aparatos y sus mecanismos está casi siempre rodeada de una atmósfera surrealista que recuerda las poleas, hilos y engranes en la pintura de Remedios Varo. En ambos se estila un parecido humor al describirlos, aunque en los de ella hay una referencia a la alquimia o a las sutiles madejas, ruedas y garruchas que enlazan al cosmos, y en los de Arreola a asuntos menos metafísicos y más cerca de lo cotidiano. Podemos mencionar algunos textos, como el de <span style="font-style:italic;">Baby H.P.</span>, en la que propone utilizar a los pequeños como fuentes de energía, <span style="font-style:italic;">a través de un aparato que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil mediante cómodos cinturones, pulseras y broches</span> y los convierte en dínamos que revolucionarían, con su consiguiente reserva de electricidad, la economía hogareña. En <span style="font-style:italic;">En Verdad Os Digo</span>, un sabio, de nombre Niklaus, propone un plan científico para desintegrar a un camello <span style="font-style:italic;">y hacerlo pasar en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a una pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente al camello según su esquema primitivo.</span> El experimento es tan caro que aunque fracasara conseguiría su objetivo, pues los ricos que lo financiaran quedarían tan pobres que ya no tendrían problema para entrar en el reino de los cielos. En <span style="font-style:italic;">De Balística</span> explora el funcionamiento de las antiguas catapultas romanas llevándonos a la conclusión de que era más eficaces para amedrentar que para aniquilar a los enemigos.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s1600-h/arreola+3.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222590110126762594" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s320/arreola+3.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Sin embargo la más lograda, y divertida, expresión de su manía maquinista, nos la da en su cuento <span style="font-style:italic;">Anuncio</span>, una especie de reclamo publicitario en el que se ponderan las cualidades de unas mujeres hechas de una substancia llamada Plastisex que acaban de aparecer en el mercado. He aquí unos fragmentos:<br />
<span style="font-style:italic;">Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha soñado toda la vida: se maneja por medio de controles automáticos y está hecha de materiales sintéticos que reproducen a voluntad las características más superficiales o recónditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia y morena, todas están en el mercado&#8230;<br />
Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dejó plantado, envíenos fotografías, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedará a sus órdenes mediante un tablero de controles no más difícil de manejar que los botones de un televisor&#8230;<br />
Nuestras Venus están garantizadas para una relación de diez años –duración promedio de cualquier esposa- , salvo los casos en que sean sometidas a prácticas anormales de sadismo&#8230;<br />
Un armazón de magnesio, irrompible hasta en los más apasionados abrazos y finalmente diseñado a partir del esqueleto humano, asegura con propiedad todos los movimientos y posiciones de la Plastisex. Con un poco de práctica se puede bailar, luchar, hacer ejercicios gimnásticos o acrobáticos y producir en su cuerpo reacciones de acogida o rechazo más o menos enérgicas. (Aunque sumisas, las Plastisex son sumamente vigorosas, ya que están equipadas con un motor de medio caballo de fuerza)&#8230;<br />
Como objeto de goce, la plastisex debe ser empleada de modo mesurado y prudente, tal como la sabiduría popular aconseja respecto a nuestra compañera tradicional. Normalmente utilizado, su débito asegura la salud y el bienestar del hombre, cualquiera que sea su edad y complexión. Y por lo que se refiere a los gastos de inversión y mantenimiento, la Plastisex se paga ella sola. Consume tanta electricidad como un refrigerador, se puede enchufar en cualquier contacto doméstico y, equipada con sus más valiosos aditamentos, pronto resulta mucho más económica que una esposa común y corriente. Es inerte o activa, locuaz o silenciosa a voluntad, y se puede guardar en el closet.</span><br />
Su amor por los libros, como objetos, nace no solo de su vocación literaria sino de su antiguo oficio de tipógrafo y encuadernador. En <span style="font-style:italic;">In Memoriam</span> nos describe <span style="font-style:italic;">un lujoso ejemplar en cuarto mayor con pastas de cuero repujado, tenue de olor a tinta recién impresa en fino papel de Holanda.</span><br />
Su pasión por el ajedrez se trasluce en sus constantes referencias al juego.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s1600-h/Arreola+2.gif" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222587759476629538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s320/Arreola+2.gif" border="0" alt="" /></a> En <span style="font-style:italic;">La Vida Privada</span>, por ejemplo, el marido cornudo se entretiene con Gilberto, el amante de Teresa, su esposa, jugando al ajedrez. Una piedra lanzada por algún vecino iracundo viene a romper una ventana y cae sobre el tablero derribando las piezas. Teresa casi se desmaya y Gilberto palidece intensamente, el marido narrador no lamenta demasiado el suceso ya que, confiesa a los lectores, <span style="font-style:italic;">mi rey se hallaba en una situación bastante precaria, después de una serie de jaques que presagiaban un mate inexorable.</span><br />
Hay una carta de Julio Cortázar a Juan José Arreola en la que le menciona el primero agradece sus cuentos y menciona el <span style="font-style:italic;">El Prodigios Miligramo</span>. Cuando la leí, la fascinación que el Prodigioso Miligramo ejerce sobre el resto del hormiguero recuerda la fascinación que El Gran Tornillo ejerce sobre el vecindario en la Rayuela de Cortázar. En el fondo, la idea es la misma. No quise, a propósito, mirar las fechas para dislucidar quién influyó en quién. Me encanta que quede así, en esa fraterna complicidad que une a todos los escritores del mundo, más allá de las distancias, los idiomas y las estúpidas fronteras.<br />
Imposible concluir esta entrada sin mencionar algunos de los premios recibidos por Arreola en su brillante carrera de escritor. Obtuvo en 1953 el premio Jalisco de literatura; en 1963, el Villaurrutia por su novela La Feria; en 1977, el premio nacional de periodismo; en 79, el premio nacional de linguística y literatura; en 87, el premio de la Universidad Nacional Autónoma de México y, en 92, el premio Juan Rulfo.<br />
Sin embargo, lejos de envanecerse con estas victorias, Juan José Arreola dice:<br />
<span style="font-style:italic;">Dondequiera que haya un duelo estaré de parte del que cae, ya se trate de héroes o rufianes.<br />
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.</span><br />
Y en otra parte:<br />
<span style="font-style:italic;">En otros tiempos yo hubiera sido un juglar, un mendigo, un narrador de cuentos y milagros. Descubro mi vocación demasiado tarde, alcanzada la madurez y a la mitad de un siglo en donde no caben ya esta clase de figuras. De todas maneras, he querido contar mi fábula a dos o tres pobres de espíritu, ofrecer mi colección de miserias a unos cuantos rezagados.</span><br />
Antonio Sarabia</p>

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