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	<title>Los Convidados &#187; Narrativa hispanoamericana contemporánea</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>
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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>
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		<title>Óscar Collazos, el alcanfor y el bolero</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Mar 2009 18:13:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 437px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CollazosyJ.jpg?t=1235919653" alt="CollazosyJ.jpg picture by antoniosarabia" />Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de <em>Adiós, Europa, adiós</em>, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guías más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las íntimas maravillas de la hermosa ciudad.<br />
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de <em>Usted</em>, <em>Despierta</em> y <em>Amor, amor, amor</em>, quien cumpliría años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde <em>Los Convidados</em> va un abrazo a los dos.</p>
<p><span id="more-590"></span></p>
<p>EROS Y BOLEROS</p>
<p>¿Por qué hay boleros que permanecen en la sensibilidad popular, saltan de una generación a otra y no pierden su vigencia? ¿Qué nombran, de qué hablan para que el tiempo no haga mella en sus letras? ¿Por qué se vuelven clásicos e intemporales? ¿Por qué han durado más que muchos libros, mucho más que la vida de la generación que los escuchó y bailó por vez primera? ¿Se &#8220;leen&#8221; Agustín Lara y José Antonio Méndez más que los poetas que tuvieron apenas una celebridad de época?<br />
La &#8220;alta cultura&#8221; lo desdeña pero tal vez no haya &#8220;intelectual&#8221; que no tenga un bolero en su inventario de amores. El bolero habla de una &#8220;trivialidad&#8221; con palabras a menudo triviales, frases elementales que nos recuerdan que el mundo de los sentimientos se balancea entre la grandeza dramática del amor y la cursilería que lo nombra. Más que a los sentimientos, la &#8220;alta cultura&#8221; le teme a la &#8220;cursilería&#8221; melodramática con que se expresan. Siguen viviendo porque el hombre es también un animal de trivialidades y cursilerías ocultas e innombrables. El hombre es un animal que baila ilusiones y decepciones.<br />
Walter Benjamín escribió el primer gran ensayo sobre el <em>kitsch</em>. Esa es la cursilería, esa la horterada que el bolero asume sin culpabilidad: la naturaleza de sus letras acepta que si hay una &#8220;concepción del mundo&#8221; en el género, nada le impide revolcarse en el estercolero de los sentimientos. El bolerista hace el ridículo con sus frases hechas y se encoge de hombros, repite los lugares comunes que la poesía evita, pero la poesía se cuela por los intersticios de un gran talento, como en Agustín Lara, José Antonio Méndez, Bola de Nieve, Maria Greever o Armando Manzanero. Kitsch de vocación popular, el bolero no reclama lugar alguno en la <em>high culture</em>.<br />
En el bolero se expresa la sensibilidad de millones de seres. Carlos Monsiváis, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes, García Márquez, Julio Cortázar, Manuel Puig, todos ellos tienen en sus obras una ventaba abierta por donde asoma el bolero. &#8220;La guaracha del Macho Camacho&#8221;, del puertorriqueño Luís Rafael Sánchez, se parece a un bolero que altera el ritmo de sus compases. Pedro Almodóvar no pudo resistir la tentación de introducir el bolero en sus grandes películas postbuñuelianas. Las &#8220;pasiones extremas&#8221; de sus filmes exigen que se canten también boleros. ¿Cuplés, chotís madrileños, boleros? Una familia de géneros afines festeja en la misma mesa. En su casa de Cuenca, en la Calle de San Pedro, Antonio Saura se curaba durante los veranos de sus melancolías cubanas escuchando boleros de Omara Portuondo y Bola de Nieve.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 202px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/COLLAZOS1.jpg?t=1235920061" alt="COLLAZOS1.jpg picture by antoniosarabia" />Mi profesor de religión en un colegio de bachillerato de la ciudad colombiana de Buenaventura, donde el bolero era uno de los puentes trazados entre la represión y el deseo, tuvo la desafortunada ocurrencia de recomendar que cada vez que fuéramos a un baile tuviéramos la precaución de introducir en la pretina del pantalón o, si resultaba más cómodo, entre los calzoncillos, una discreta bolsita con alcanfor. Así evitaríamos la tentación de caer en el pecado de lujuria, por supuesto en el pecado que el bolero siempre ha estimulado, como ha estimulado también las nostalgias por el amor perdido o el amor imposible, por la rabia viril de no haber sido correspondidos, por el júbilo de haber sido aceptados o el irremediable encabronamiento que produce la traición. Entre <em>Novia mía</em> y <em>Perfidia</em> se dibuja la línea que va de la exaltación jubilosa al resentimiento de haber perdido.<br />
La recomendación del padre Gómez, un seminarista de los Andes donde quizá nunca se habían bailado boleros, pretendía conseguir que el cuerpo no respondiera a lo que manda la mente, porque el bolero es, ante todo, una orden que la mente y el corazón dirigen al cuerpo o a esa parte del cuerpo que encoge el corazón de emoción y estira, por acción milagrosa, el músculo pecaminoso que el sacerdote quería adormecer con bolitas de alcanfor. Con el bolero y no con la Iglesia, Sancho, habíamos topado. La &#8220;lectura pecaminosa&#8221; que se hacía del bolero prolongaba el Index con que la Iglesia hizo durante siglos la clasificación de los libros entre buenos y malos, permitidos y prohibidos. Que yo sepa, no hay boleros prohibidos por ninguna autoridad. Lo que se teme es el efecto que produce en quien lo baila.<br />
Desde entonces pensé que el bolero tenía un enemigo alcanforado en la iglesia y luego en la pretina, un enemigo mucho más peligroso que la &#8220;alta cultura&#8221;, desdeñosa de todo aquello que se hace popular; que éste, el enemigo, como no podía toparse con la iglesia misma, se topaba con el deseo artificialmente adormecido. Con el alcanfor había topado el bolero, mi bien amado caballero, replicaría al iluso don Quijote su escudero, presa del deseo encarcelado de una Dulcinea bailada.<br />
No todos seguíamos tal consejo en aquellas fiestas del atardecer, guateques y pachangas en los que después de haber bailado a la Sonora Matancera, a Lucho Bermúdez, a Pacho Galán, a Ismael Rivera y a la Billo´s Caracas Boy, alguien apagaba las luces y nos alistábamos para el ritual ordenado por Miltinho, Aldemar Dutra, Armando Manzanero, Lucho Gatica, Leo Marini o Daniel Santos, lanzados a los brazos de aquellas vírgenes de medianoche, reacias a perder la virginidad pero dispuestas- algunas, no todas- a que el lugar de la virginidad o de la vergüenza fuera visitado en las puertas de los tejidos femeninos al uso, así fuera en la epidermis, única profundidad posible en el bolero de esas noches. Lo que era superficie en el baile, se convertía en profundidad del pensamiento.<br />
No hay &#8220;Perfidia&#8221; que detenga a quien baila el bolero, no hay Ingratas que interrumpan la cadencia. Contigo aprendo, <em>Contigo aprendí</em>. Cuando escuchamos que solamente una vez amé en la vida, aceptamos la mentira porque pronto, en la próxima tanda, tal vez alguien nos cante en rabiosas palabras el bolero sobre el clavo que saca otro clavo, porque el bolero es generosidad cuando los amores son felices y rencor cantado en labios de los desgraciados. El <em>Somos novios</em> de Manzanero habla de &#8220;un cariño limpio y puro&#8221; pero, ay, &#8220;como todos procuramos el momento más oscuro.&#8221; Es cuando escuchar difiere de bailar. El bailarín de boleros no se detiene en el sentido sino en el ritmo. Novios o amantes, extraños en la noche de la pareja, bailan.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 298px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/collazos2.jpg?t=1235920339" alt="collazos2.jpg picture by antoniosarabia" />Queja adolorida y orgullo salvador, el bolero recuerda, sin que los bailarines lo sepan, el acierto filosófico de la ranchera: &#8220;A veces me ando cayendo y el orgullo me levanta.&#8221; Pero sordo al clamor de la letra, lo que se levanta es otro orgullo, los que se humedecen son otros ojos. En algún conocido y a veces vilipendiado lugar del cuerpo se ha entablado el diálogo del deseo que el bolero propicia, que el alcanfor del padre Gómez condena como se condenan al olvido blusas, faldas y camisas.<br />
No sólo el alcanfor, dirán ustedes con razón, es enemigo del regocijo. Contra la razón placentera del bolero, que no razón pura pues de su impureza se hace su sinrazón estética; contra esa razón conspiran el miedo femenino y la torpeza masculina, la moral del inconsciente, el brazo que a manera de palanca se nos instala en el hombro, el centro neurálgico y femenino que traza una línea cóncava o convexa, según se mire ese gesto, movimiento de un centro que huye de otro centro pero que se compensa con la dádiva de las extremidades superiores entregadas al bolero.  De lo que se deduce que en el bolero hay dos partes que pugnan por entregarse, que todo se reduce a extremidades inferiores y superiores que no pueden ni quieren encontrar la síntesis en la entrega total y entera. De lo que se deduce que de la cintura para arriba el bolero es menos pecaminoso que de la cintura hacia abajo, que el rechazo al abrazo es a medias, cuando hay rechazo, cuando deja de haber entrega. Cuando la entrega es a medias, mejor dicho, entrega sin entrega, sólo exudación y lágrimas.<br />
En la dialéctica del bolero, la tesis es una propuesta del cuerpo, la antítesis el rechazo y la síntesis aquello que jamás imaginaría Herr Hegel: un cambio  estratégico de pareja en la siguiente pieza. O tanda, para evitar el doble sentido de quienes me escuchan o leen, porque pieza no es la canción que viene sino la recámara que se desea como estación final de la fiesta.<br />
De allí la definición que se ha dado al bolero: antesala del amor. Pero se requieren algunas precisiones. Entre el sofá de la sala y el lecho de la recámara hay un trecho que el bolero abrevia. Porque, a veces, del bolero al lecho hay mucho trecho, dirán ustedes, como dirán también que es más corto el trecho que conduce del bolero al sofá de la sala que a la antecámara y al lecho. En este galimatías, todo lo decide la estrechez o amplitud de la pareja que nos sigue el paso o que se devuelve, en el umbral de la puerta, como se devuelve todo prisionero del miedo.<br />
No faltaría más. El bolero es una consulta, una encuesta, un sondeo de opinión. Cuando se baila un bolero se está preguntando a la pareja y la respuesta suele ser inmediata. Un considerable porcentaje de la población que baila boleros responde con un SI al cuestionario del deseo; un nada desdeñable porcentaje responde con un No desconsolador y una franja preocupante No responde porque no sabe de lo que va el asunto, caballero.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 305px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/OscaryJimena.jpg?t=1235920901" alt="OscaryJimena.jpg picture by antoniosarabia" />En esto reside el carácter democrático del bolero: es consulta antes que imposición. Nadie saca a bailar un bolero a la brava, ni el marido celoso ni el guapo del barrio, que si es celoso, se sienta y llora. El bolero es búsqueda de consenso entre parejas.<br />
Quien haya recorrido conscientemente el camino que va de sala de baile a la sala de su casa, sabrá que lo que en el primer escenario es recato puede volverse deliciosa desvergüenza en el segundo. Aconsejable no bailar un bolero desnudo: derivaría a un coito de pie. Se los dice quien lo ha intentado y ha fracasado en el intento. La acrobacia del amor es más horizontal que vertical.<br />
Sartre escribió sobre &#8220;el ser y la nada.&#8221; &#8220;El hombre es una pasión inútil&#8221;- nos repitió con tozudez francesa. Quienes escribieron los boleros que nuestra memoria no olvida, no dejaron de recordarnos que el bolero es un diálogo entre el ser y el todo. En el bolero, ni el hombre ni la mujer son una pasión inútil. De no haber sido alemán, Schopenhauer se hubiera aventurado en la escritura de un tratado sobre &#8220;el amor, las mujeres y el bolero&#8221;, género que sólo habla de la muerte del amor deseado, porque la otra muerte es apenas una amenaza de suicidio que únicamente se cumple en la letra. El &#8220;no puedo vivir sin ti&#8221; del bolero es un no puedo vivir sin ti mientras te olvido. El bolero es una forma de  poligamia agazapada. Amar a dos mujeres a la vez -recuerda la voz aguda de Antonio Machín cantando el bolero de la bigamia masculina. Morir en tus brazos es una manera de decir: quiero morir en tu lecho. Muero porque no muero, se repite el bailarín de boleros.<br />
Lisonja o insulto, &#8220;esperanza inútil&#8221;, &#8220;flor de desconsuelo&#8221;, reloj que marca las insufribles horas de la espera, olvido de todo  y de mí; inconsciencia del tiempo que pasa &#8220;estando a tu lado&#8221;, el bolero que se baila es un sentimiento que el bailarín acomoda a la intención implícita de no separarse de su pareja en la siguiente pieza. No le importa el sentido; le importa el sentir: los centros ajustados por la coincidencia de estaturas, las yemas de los dedos que recorren los vellos de la nuca, las manos que sudan, la mejilla que roza la mejilla, la firmeza de unos muslos que chocan casi accidentalmente para anunciar el posterior choque de muslos.<br />
Hay bolero que se baila y bolero que se escucha. El bolero que se escucha remueve las fibras de la memoria afectiva. El bolero que se baila remueve las fibras de una memoria erótica selectiva. Se pueden escuchar boleros con quienes no nos gustan. Sólo se acepta bailar con quien nos gusta. Si la piedad de una mujer o la caballerosidad de un hombre permiten que se baile un bolero con quien no nos gusta, la distancia conservada entre los cuerpos tendrá la prudencia de un rito insulso. Se baila por cortesía. Quien acepta de verdad bailar un bolero, acepta un desafío.<br />
Eros y desafío, el bolero traza una frontera entre lo permitido y lo prohibido. En la semiología del bolero, dicho de otra manera, en las señales de tránsito que el bolero exige, el rojo manda que no se baile con quien no nos ofrece esperanzas, el amarillo que se baile con quien pueda dejarse seducir; el verde con quien, ya seducida o seducido, no hace más que prolongar el instante del júbilo. Es un pacto de sobreentendidos porque se comprende que, en el juego de la seducción, vale más, a efectos del placer, la trayectoria de la bala que el impacto del disparo.<br />
Al erotizarlo todo- felicidad, desgracias, cataclismos del alma, traiciones, venganzas-, el bolero reclama un lugar en la lista de hechos que han contribuído a la jubilosa desmoralización de las costumbres. Factor de cambio- dirían los sociólogos. Y es cierto: las líneas que traza la historia del bolero bailado se han vuelto paralelas. Han conducido a la fusión. Se diría que, a veces, el bolero es la negación del movimiento. Obsérvese si no el casi imperceptible desplazamiento de la pareja en una baldosa, obsérvese si no cómo la pareja, en apariencia inmóvil, mueve el deseo a una velocidad de vértigo. Otra vez el ritual: la &#8220;ansiedad de tenerte en mis brazos/ musitando palabras de amor.&#8221;<br />
Nacido a finales del siglo XIX, en lo mejor de sus letras se lo debe casi todo a la poesía modernista. Para darle el golpe de gracia al modernismo, se le torció &#8220;el cuello al cisne de engañoso plumaje.&#8221; Con sus plumas verbales renacieron el bolero y el nuevo cisne esplendoroso, esta vez sin paisajes exóticos ni extrañezas. Pero no es de las raíces literarias del bolero de lo que hemos estado hablando. Es de esa eternidad que en el instante del deseo hace del bolero, no un género, sino un estilo de vida, una manera de cortejar, una manera de resolver el ser o el no ser del deseo. De allí que sea expectativa defraudada o feliz realización de lo que se ha esperado al bailarlo.</p>
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		<title>La franja de Gaza, y Bertolt Brecht</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Jan 2009 22:28:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="imageTag_0" class="imageTag" style="width: 350px; cursor: crosshair;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/gaza5.jpg" alt="gaza5.jpg" />Yo no escribo habitualmente de política pero esta noche no puedo, ni me siento dispuesto, a cerrar más los ojos a la catástrofe en el medio oriente. Esa inhumana masacre en la que la muerte de cientos, tal vez pronto de más de un millar de civiles cercados en una angosta franja de tierra igual que en una ratonera, se utiliza como baza adicional en el imperdonable juego de fanatismo y poder antagónicos, la inevitable pérdida de unos cuantos peones prescindibles en el siniestro ajedrez de la muerte.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Gaza1.jpg?t=1231446832" alt="Gaza1.jpg picture by antoniosarabia" />¿Qué perseguía Hamás al negarse a renovar la tregua con Israel que expiraba en diciembre? ¿Qué pretendía al disparar esas andanadas de cohetes caseros contra su poderoso vecino? Es ridículo que considerara, si alguno acertaba en el blanco, que la muerte de un puñado de israelíes iba a cambiar de algún modo la situación en Gaza. Lo que la organización palestina buscaba, y al final consiguió, era la torpe y brutal represalia de Israel a su engañoso desafío. Como el hermano menor que provoca al mayor tirándole un puntapié para luego correr con sus padres a que lo vean agredido. Tenía que hacerlo de inmediato, cuando junto a la del hermano mayor asomaba aún la irresponsable y zapateada cara de George W. Bush lo que garantizaba su postrer bendición a un nuevo baño de sangre. Y gracias a la arrogancia, a la ceguera y a la absoluta crueldad del gobierno encabezado por Ehud Olmert, con el apoyo del gracias a dios muy pronto ex presidente de los Estados Unidos, Hamás ha logrado su objetivo.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 292px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Gaza3.jpg?t=1231445985" alt="Gaza3.jpg picture by antoniosarabia" />Bienvenidos los miembros descuartizados, las mujeres desgarradas y los niños muertos cuyas imágenes dan la vuelta al mundo en primera plana y horarios triple A. Ahora Siria, que con la mediación de Turquía negociaba un convenio con Israel, verá sus manos atadas para lograr un acuerdo. Ahora Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro turco, se siente con justa razón traicionado por Tel Aviv. Ahora el conflicto abre las puertas a la reelección en Irán del presidente Mahmud Ahmadineyad, fervoroso partidario de la bomba atómica y enemigo mortal de Israel. Ahora se radicalizará y polarizará todavía más el Islam quitando espacio y argumentos a quienes pregonan concordia. Ahora el cabecilla palestino Abu Mazen y el líder del partido pacifista israelí Iosi Beilin, ambos en favor de la tolerancia y la paz, quedan prácticamente eliminados del tablero político. Ahora llegarán más fondos de los multimillonarios árabes que tranquilizan su petrolera conciencia canalizando dinero y recursos a sus más belicosos correligionarios. Ahora se reclutarán con facilidad entre despojados, viudos y huérfanos, nuevos mártires dispuestos a esconderse explosivos bajo la ropa, bien adheridos a su mísera carne de cañón, y sacrificar sus vidas para vengarse de la matanza israelí. Ahora tendremos que vigilar con mayor esmero y rigor todas las torres gemelas del mundo.</p>
<p><span id="more-439"></span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Gaza4.jpg?t=1231446256" alt="Gaza4.jpg picture by antoniosarabia" />Si escribo estas líneas es para manifestar mi absoluto repudio a las dos partes en pugna. Ambas son responsables de todas y cada una de esas muertes. La inocente sangre derramada caerá, más tarde o más temprano, créanlo a no, sobre sus cabezas.<br />
También me duele pensar que de algún modo todos somos culpables. Por indiferencia, por omisión, por comodidad. Este fin de semana los recortes del gas ruso, el frío, la nieve y hasta el Ferrari de Cristiano Ronaldo han desplazado a Gaza de los encabezados de los diarios europeos. Nadie como Bertolt Brecht (Augsburgo, Alemania, 1898-1956) para expresar la amargura que su generación nos legó y que ahora nosotros, inermes también, transmitimos intacta a nuestros hijos. De sus poesías escritas durante el exilio tomamos estos tres hermosos y desgarradores mensajes a la posteridad. Tal vez para la mayoría de los lectores resulten demasiado conocidos pero no se me ocurre otra manera de manifestar lo que siento y justificar, de una manera desesperanzada y absurda, lo acepto, la pretensión literaria del blog.</p>
<p>A LOS HOMBRES FUTUROS</p>
<p>I</p>
<p>Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.<br />
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa<br />
revela insensibilidad. El que ríe<br />
es que no ha oído la noticia terrible,<br />
aún no le ha llegado.</p>
<p>¡Qué tiempos éstos en que<br />
hablar sobre árboles es casi un crimen<br />
porque supone callar sobre tantas alevosías!<br />
Ese hombre que va tranquilamente por la calle<br />
¿lo encontrarán sus amigos<br />
cuando lo necesiten?</p>
<p>Es cierto que aún me gano la vida<br />
Pero, creedme, es pura casualidad. Nada<br />
de lo que hago me da derecho a hartarme.<br />
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,<br />
[estaría perdido).<br />
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»<br />
Pero ¿cómo puedo comer y beber<br />
si al hambriento le quito lo que como<br />
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?<br />
Y, sin embargo, como y bebo.</p>
<p>Me gustaría ser sabio también.<br />
Los viejos libros explican la sabiduría:<br />
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir<br />
sin inquietudes nuestro breve tiempo.<br />
Librarse de la violencia.<br />
dar bien por mal,<br />
no satisfacer los deseos y hasta<br />
olvidarlos: tal es la sabiduría.<br />
Pero yo no puedo hacer nada de eso.<br />
Verdaderamente, vivo horas sombrías.</p>
<p>II</p>
<p>Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,<br />
cuando el hambre reinaba.<br />
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía<br />
y me rebelé con ellos.<br />
Así pasé el tiempo<br />
que me fue concedido en la tierra.<br />
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.<br />
Entre los asesinos dormí.<br />
Hice el amor sin prestarle atención<br />
y contemplé la naturaleza con impaciencia.<br />
Así pasé el tiempo<br />
que me fue concedido en la tierra.</p>
<p>En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.<br />
La palabra me traicionaba al verdugo.<br />
Poco podía yo. Y los poderosos<br />
se sentían más tranquilos, sin mí. Lo sabía.<br />
Así pasé el tiempo<br />
que me fue concedido en la tierra.</p>
<p>Escasas eran las fuerzas. La meta<br />
estaba muy lejos aún.<br />
Ya se podía ver claramente, aunque para mí<br />
fuera casi inalcanzable.<br />
Así pasé el tiempo<br />
que me fue concedido en la tierra.</p>
<p>III</p>
<p>Vosotros, los que surgiréis de la avalancha<br />
en que nosotros nos hemos perecido,<br />
cuando habléis de nuestras debilidades,<br />
pensad también en los tiempos sombríos<br />
de los que habéis escapado.</p>
<p>Cambiábamos de país como de zapatos<br />
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos<br />
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.<br />
Y, sin embargo, sabíamos<br />
que también el odio contra la bajeza<br />
descompone la cara.<br />
También la ira contra la injusticia<br />
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,<br />
que queríamos preparar el camino para la amabilidad<br />
no pudimos ser amables.<br />
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos<br />
en que el hombre sea amigo del hombre,<br />
en nosotros pensad<br />
con indulgencia.</p>
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		<title>Un Regalo de Reyes Magos (de Manuel Mujica Lainez)</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jan 2009 12:23:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento de Año Nuevo]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento de Navidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad. Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 312px; height: 395px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ManuelMujicaLainez1.jpg?t=1231001358" alt="ManuelMujicaLainez1.jpg picture by antoniosarabia" />Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual de las antiguas familias españolas radicadas en Argentina desde mediados del siglo XVIII.  Él mismo era de ilustres y aristocráticos orígenes. Descendía por la línea paterna de Juan Garay, fundador de Buenos Aires.<br />
Hizo estudios en Francia e Inglaterra. Su primera novela, <em>Louis XVII</em>, está escrita en francés y dedicada a su padre. Ingresó en la Facultad de Derecho de su natal Buenos Aires sólo para abandonarla un par de años más tarde y colocarse como redactor en el diario La Nación, empleo en el que llegaría a jubilarse. En 1935 viajó de Río de Janeiro a Berlín en el Graf Zeppelin. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publicó su primer libro <em>Glosas Castellanas</em>, un conjunto de ensayos en buena parte dedicados a Cervantes y al Quijote.<br />
En 1955 obtuvo el Gran Premio de Honor de la SADE por su novela <em>La Casa</em>. En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, en 1959, académico de Bellas Artes. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela <em>Bomarzo</em>. En 1982, el gobierno de Francia le concedió la Legión de Honor. A las pocas semanas de su muerte, ocurrida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1984, fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.<br />
La prosa de Manuel Mujica Lainez es fluida, culta y algo preciosista. De su segundo libro de relatos, <em>Misteriosa Buenos Aires</em>, hemos tomado este hermoso cuento, literalmente un regalo de Reyes Magos para nuestros lectores, en el que el autor aprovecha al máximo su talento descriptivo y su vasta experiencia como crítico de arte. El texto se inspira en <em>La Adoración de los Magos</em>, óleo sobre tela de Pedro Pablo Rubens, que se exhibe en el Museo del Prado y que reproducimos más abajo, dentro del cuerpo mismo del relato.</p>
<p><span id="more-401"></span></p>
<p>LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS</p>
<p style="text-align: left;">Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en 1as ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.<br />
Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo 1os libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.<br />
De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 430px; height: 299px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Rubens_adoracion-2.jpg?t=1231002261" alt="Rubens_adoracion-2.jpg picture by antoniosarabia" />El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.<br />
Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.<br />
Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.<br />
El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.<br />
Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.<br />
Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.<br />
Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.<br />
Son unas voces, unos cuchicheos desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.<br />
Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba la estrella divina.<br />
-Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.<br />
Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.<br />
Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.<br />
Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de las caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.<br />
Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.<br />
En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.<br />
Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.<br />
Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.<br />
Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.<br />
Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en 1os pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.<br />
Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.<br />
Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.</p>
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		<title>Amistad y traición a la Néstor Ponce</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Nov 2008 14:53:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Néstor Ponce]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, Sur (1982) y de varios de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 267px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NstorPonce9.jpg?t=1225636994" alt="NstorPonce9.jpg picture by antoniosarabia" />Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, <em>Sur</em> (1982) y de varios de ficción entre los que se encuentran <em>La bestia de las diagonales</em> (1998), <em>Hijos Nuestros</em> (2004), <em>Perdidos por ahí</em> (2004) y <em>Azote</em> (2008), así como de una <em>Antología de la Novela Negra y Policiaca de América Latina</em> (2005). Su quehacer literario ha sido galardonado tanto en su país natal, Argentina, con el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1998 por <em>El Intérprete</em>, como en México con el Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006 por <em>Una vaca ya pronto serás</em>. Ahora está de viaje precisamente allá, en esa descomunal maraña urbana que constituye el Distrito Federal, y hasta allá le va a buscar este saludo y nuestro agradecimiento por el breve y hermoso relato que tuvo a bien enviarnos para <em>Los Convidados</em>. Mucha suerte, y que no se le olviden los Chipotles.</p>
<p> <span id="more-220"></span><br />
EL DÍA DEL AMIGO</p>
<p>Los paraguas bailaban como hongos ondulantes por la Plaza San Martín cuando sonó el teléfono y el Negro atendió y me dijo tapando el auricular, che, es la vieja de Alberto Bertini, ¿te acordás?, y yo como que me sobresalté, porque era viernes y desde hacía una semana con sus días y sus noches, las gotas seguían repicando monótonas en el pavimento aceitoso de la avenida siete, bajo los focos amarillos, patinaban en las ramas peladas de los plátanos. El Negro levantó las cejas y bajó las comisuras, che, que lo parió, quién hubiera dicho, porque era la primera vez que un pescado gordo -familia de un Juez- nos hablaba al despacho, la primera luego de dos años que había colgado el diploma de abogado y veintitrés meses que decidimos -con mi socio el Negro Rocha &#8211; poner todos los ahorros de nuestros padres en el alquiler de este departamento que daba a la Plaza para instalar un escritorio. Estamos destinados a grandes cosas, me había dicho mi socio una madrugada solemne, cuando nos quemábamos las pestañas estudiando las materias de primer año y siete años después las grandes cosas tardaban en llegar, caracoleaban en los impases, seguíamos siendo un par de muertos de hambre con diploma, que vegetaban con asuntos que los compañeros de promoción mejor relacionados nos tiraban con lástima porque veníamos de una familia de pobretones y habíamos depositado todas nuestras esperanzas en el hipódromo y en un tío de Rocha, que estaba de suboficial del ejército, pero ni siquiera así emergíamos, porque en las carreras no acertábamos ni una, y mirá que en el despacho nos la pasábamos comparando los pronósticos de la Palermo con las páginas de <em>turf</em> de la prensa y la audición de <em>Caballos, pasión de multitudes</em> en radio Rivadavia. Hacíamos estadísticas y el Grone llenaba las fichas que al principio estaban destinadas a los datos de los clientes con los pesos de los jockeys, los hándicaps, los resultados de los burros. El tío, en tanto, era un tipo cetrino y que fumaba sin cesar, con los bigotes en forma de nudos, amarillos de nicotina y el tono seco del que está acostumbrado al mando sin que le discutieran ni una coma. Le decían &#8220;Dos Nudos&#8221;, y se cruzaba de piernas en el mejor sillón del despacho, chupaba el cigarrillo y dirigía la vista al techo para largar como quien no quiere la cosa ustedes esperen que todo esto se organice y yo les voy a conseguir algo, ya me lo tengo bien conversado a un coronel. Encendía otro rubio, pegaba un trago de whisky, suspiraba y yo pensaba que se estaban repartiendo todos los cargos, primero los vacantes en la ciudad y luego los de las ciudades y pueblos más cercanos de la provincia y que para nosotros, ni las migas, y que encima se vaciaba media botella cada vez que venía de visita. Se lo comentaba al Negro y se chivaba, no seas boludo, vos, después vamos a comprar cajas de importado, hay que estar listos, esta gente precisa cuadros administrativos, en cualquier momento nos llaman. Yo le insistía para que el tío nos diera el teléfono del coronel, para conversarlo directamente, pero sin éxito, mientras las hojas del almanaque gordo y acartonado del Banco Provincia iban a parar al cesto de la basura y nos seguían cayendo casos de mierda, litigios de propiedades de tierra en el culo de la provincia o comerciantes corruptos o fábricas que no habían pagado la coima al inspector y se encontraban con denuncias de no respeto de las condiciones sanitarias y entre todo eso llegaba la señora de la limpieza que vaciaba con parsimonia los tachos con nuestros análisis de las carreras, abría las ventanas para ventilar el olor a <em>Jockey Club</em> del Negro, lustraba la placa dorada de la puerta, iba a la cocina a cebar mate y se quejaba de las várices que le hacían la vida imposible. Y justo entonces nos hablaba la madre del Beto Bertini. El Negro me hizo señas para que agarrara el tubo y dije hola con mi mejor voz y me respondió un chisporroteo, una garganta con mucho tabaco o mucho dolor, ¿doctor?, ¿se acuerda?, ¿usted venía a estudiar con Alberto?, chisporroteaba la línea y yo me acordaba muy bien de todo eso, del café con leche en el jardín y de las tostadas con dulce de leche y señora, le dije, puede tutearme, por favor, con Alberto íbamos a jugar al fútbol, las rodillas lastimadas y las botellas de gaseosa después de los partidos, su casa quedaba cerca del Colegio Nacional y qué gusto sentarnos en el pasto a reírnos, ver como Manolo escondía un cigarrillo encendido entre los ligustros cada vez que la mamá asomaba la cabeza para saber si precisan algo, chicos, y después Manuco le soltaba te vas a reventar los pulmones, animal, y le pedía una pitada. Y si ahora hablaba era por un caso, por algo urgente, ¿podemos vernos hoy mismo?, es por un trabajo para vos, voy a ir con un muchacho amigo, del diario. Te decían &#8220;el diario&#8221; y vos sabías que era <em>El Día</em>, el periódico de la fundación. El periodista era un tal Eduardo Navajas, que conocía de nombre porque, por las mañanas, cuando encendía la radio en el despacho -yo llegaba siempre primero, con la esperanza de encontrarme con un cliente madrugador -, oía su voz en el informativo de las nueve. Esta misma mañana había repetido, casi textualmente, una nota que publicó en el diario. Con tanta lluvia, colmo de males, el río había crecido y media Punta Lara estaba inundada. &#8220;Cunde la alarma. Cientos de evacuados&#8221;, habían titulado en primera plana. No sé por qué me imaginé a Navajas en un Citroën verde limón, yendo hacia la costa para preparar la nota, envuelto en el ronroneo del motor, con la cara cerca del parabrisas y los anteojos como culo de botella achicándole los ojos. Seguramente de chico había sido muy miope y le daba vergüenza usar anteojos, después le dolía la cabeza y los compañeros de la escuela le gritaban dale, cuatro ojos&#8230; Antes de entrar al bar, bajo la lluvia, una lluvia lenta y pesada que entristecía la tarde, me ajusté la corbata y me aplasté las sienes engominadas. El Negro siempre me cargaba por ese tic, parece que fueras a pedir matrimonio, che. Ahí me encontré con que Navajas no usaba anteojos, llevaba el pelo largo y una barba de tres días que le daba una sombra azul al rostro y que destacaba la profundidad de unos ojos hechos para hablar con cierto fanatismo. Había colgado una cartera de cuero gastado en el respaldo de la silla y yo me crucé de piernas frente a él, seguro en mi traje azul y los zapatos, como siempre, muy brillantes. Me gustaba hablar con las piernas cruzadas, que me escucharan, pero el saludo de la madre de Alberto al entrar me sorprendió, la gente no nos miraba, pero yo sentía que paraban las orejas, atentos, la vieja me había abrazado, querido, tanto tiempo, tanto tiempo, qué alegría, qué bien se te ve, me dijo con su aliento a tabaco, acompañando las palabras con un ademán elegante, con una clase que no podían desmentir las ojeras violáceas y el cansancio de los movimientos. Más allá de la vitrina del bar, la lluvia no era ingrata, se hacía más bien torpe, ciega, con mala leche. Se pegoteaba al aire pesado y se quedaba ahí, observándonos. Me acordé de una de las historias boludas que inventaba Alberto, un día se le ocurrió que podía guardar una gota de lluvia en el bolsillo y plantarla en el fondo de su casa. Iba a salir un arbolito lleno de lágrimas, decía que se iba a poner abajo las noches de calor, con la boca abierta, para refrescar la tristeza&#8230; Manuco le decía calláte, pará con esas pavadas, y le pedía un rubio a Manolo. Estás al tanto por Alberto, ¿no?, me despertó la mamá. Le contesté que no, medio confuso, y me contó que lo habían secuestrado los parapoliciales hacía tres meses. Se habían llevado también al padre, a la hermana y al cuñado. No se sabía nada y a mí como que me entró miedo, sentía un frío azul que se me derramaba en el pecho, afuera sonó una sirena y los coches se echaron a ambos lados, hacia el cordón de las veredas, para franquear un paso en el medio de la calle 50. Un patrullero cruzó a mil, las armas colgando de las ventanillas, el faro rezongando destellos como puñetazos violáceos contra los edificios. La gente levantaba la vista como viendo llover, en las entradas de las galerías, los adolescentes hablaban a los gritos y se empujaban. Pero cuando caía la noche -y con el cielo cubierto no había transición: la oscuridad se desmoronaba, achicharrada y ronca -, la ciudad se vaciaba con el cubrefuego. Entonces sólo se oían las sirenas, los ladridos de los perros, algunos tiroteos. Pasó hace tres meses, volvió a decir la señora, la madre del que había sido mi mejor amigo, y anoche se llevaron a una de las madres de los desaparecidos. Se armó un silencio duro, crocante, y yo miré hacia la lluvia y Navajas dijo de repente, desconcertante, que ni te imaginás cómo está Punta Lara, con agua hasta la cintura y entre tanto los patrulleros que seguían pasando y por ahí hasta vimos un camión del ejército que se iría para un operativo del que al día siguiente no saldría nada en la prensa. Fue Navajas el que lo dijo, porque yo con eso no me meto, de esto, no sale ni minga mañana. La mamá de Alberto asintió y habló de los tiempos bravos y de las madres que manifestaban y Navajas leyó mi cara de desconcierto y la interrumpió para preguntarme si estaba al tanto. Yo ni idea, y el periodista me explicó que el movimiento había empezado en Buenos Aires, y que luego se extendió a Rosario, a Córdoba, a Paraná, a La Plata, las madres de los desaparecidos se reunían todos los jueves a las doce, con un pañuelo blanco y giraban en silencio alrededor de la plaza de la casa de gobierno, vueltas y vueltas, durante una hora, sin decir nada, ni una palabra, ni un grito, nada, y yo pensaba, pucha, desde que alquilamos el despacho, a unos metros de la casa de gobierno y ni nos enteramos, y por ahí solté, por decir algo, pobre Alberto, señora, no sabía nada. Hablé y me quedé huérfano en medio de la sala, como si se hubieran interrumpido las voces mientras la gente seguía gesticulando, el mozo pasaba con los pocillos de café y las teteras y las <em>Cocas</em>, voceaba los pedidos, y la madre no te preocupes, querido, no es nada, y me acarició el antebrazo. La vieja de Alberto seguía removiendo cielo y tierra desde el secuestro y entre trámite y trámite se había conectado con otros familiares. La gente se reúne, se organiza, es la resistencia, concluyó Navajas. ¿Y yo en todo esto? Precisaban un abogado para que las asesorara, consejos jurídicos, presentar <em>habeas corpus</em> para la señora que habían secuestrado. Me crucé y descrucé de piernas y adelanté la cara, me temblaba el estómago y se me ocurrió pedir un café para cambiar de tema, que no se notara, por Dios, que no se me notara la emoción. Esta noche nos reunimos, querido, van a venir dos monjas de la capital que cooperan con las madres de Buenos Aires, me dijo la mamá de Alberto, mi querido amigo, casi como el hermano que no tuve, las noches estudiando y mirando el cielo, fumando con los codos en la ventana, y los exámenes de diciembre, y las clases de inglés y de historia. La entrevista duró todavía unos minutos y salí con la dirección de la reunión bien guardada en un rincón de la memoria, la garganta reseca y ganas de llorar, pero en lugar de volver al despacho me levanté el cuello del piloto y caminé con las manos en los bolsillos bajo los techados de los negocios y me metí en la galería. En la cafetería pedí un whisky doble y encendí un <em>Dunhill</em>. Pegué dos sorbos rápidos, para calmar los saltos en el pecho y pedí el teléfono en la barra: pregunté por el suboficial y esperé un momento, cuando lo oí, enérgico, seco, le dije que quería una cita urgente con el coronel, que tenía un dato importantísimo sobre la subversión, algo gordo para esta misma noche, pero por teléfono no puedo decirle nada, entiéndame bien.<br />
Antes de salir me ajusté la corbata y me apreté las sienes engominadas. Por suerte había dejado de llover.</p>
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