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	<title>Los Convidados &#187; Miguel de Cervantes</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>
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		<title>Alfonso Mateo Sagasta y Las Caras del Tigre</title>
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		<pubDate>Fri, 15 May 2009 13:08:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el sábado 9 por la noche.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 287px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alfonso.jpg?t=1242383821" alt="Alfonso.jpg picture by antoniosarabia" />Alfonso es también un apasionado del siglo de oro español; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, <em>Ladrones de Tinta</em> (Ediciones B, 2004) y <em>El Gabinete de las Maravillas</em> (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela histórica. El sábado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio también, tomando partido entre bromas y veras él por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.<br />
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, <em>Las Caras del Tigre</em>, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capítulos a los lectores de Los Convidados.<br />
<span style="color: #ffffff;"> .<span id="more-820"></span></span><br />
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LAS CARAS DEL TIGRE (capítulo tercero)<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Los accesos estaban cortados, y Matilde tuvo que recurrir a sus dotes de persuasión para conseguir que el oficial de la Guardia Civil al mando le autorizara a franquear la barrera. Durante un par de kilómetros circuló sola por un tramo de carretera comarcal recién asfaltado y con las líneas apenas esbozadas. Cuando sonó de nuevo Irish Boy, el primer tema del disco Screenplaying de Mark Knopfler, Matilde apagó la música. Arrullada por el motor, continuó hasta el festival de luces intermitentes. Dejó el coche donde le indicaron, junto a tres ambulancias solitarias que no presagiaban nada bueno. Comprobó que el móvil se había cargado en el trayecto, se colgó el bolso, cogió su maletín y respiró hondo un par de veces. No olía a campo.<br />
Tuvo que parar un momento para hacerse una idea de lo que tenía delante. Un enorme perímetro había sido acordonado con cinta de plástico, y su interior se veía fragmentado por una retícula de cuerdas amarillas. Seis camiones de bomberos iluminaban la zona con sus faros, mientras varios equipos de guardias instalaban enormes focos alimentados por generadores. Un helicóptero dio un par de pasadas sobre ellos antes de desaparecer.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LasCaras.jpg?t=1242384274" alt="LasCaras.jpg picture by antoniosarabia" />El exterior de la cinta bullía de actividad. Aunque pareciera imposible, la zona estaba llena de mirones, y para mantenerlos a raya habían tenido que acudir efectivos de varias unidades territoriales de la Guardia Civil, además del destacamento de Tráfico. Los gritos, las admoniciones y las protestas eran continuos.<br />
Por contraste, en el interior la Tierra parecía girar a otro ritmo. En grupos de cuatro o cinco hombres vestidos con monos blancos, los policías judiciales registraban las cuadrículas, marcaban cada objeto con números y escaletas, y tomaban fotos. Lo que en principio Matilde no vio por ninguna parte, fueron cadáveres.<br />
Preguntó a un guardia por el oficial encargado del perímetro, y a éste por el juez.<br />
-El señor juez y su secretario están allí detrás, con el forense y el coronel -respondió el capitán.<br />
«Vaya», pensó Matilde, «con el coronel. Así que ha venido hasta el jefe de la Comandancia».<br />
Echó a andar sin más dilación hacia el grupo que le había señalado el oficial, el más numeroso de los que se movían dentro del área protegida. En su camino pasó junto a otro equipo que, una vez documentada su zona, procedía a retirar las escaletas y a recoger lo fotografiado. Al acercarse se dio cuenta con horror de que eran trozos de carne lo que metían en bolsas; media mano, fragmentos de hueso&#8230;<br />
-Santo Dios -murmuró.<br />
-¿Qué hace usted aquí? -preguntó uno de los hombres, molesto por la intromisión-. ¿A quién busca?<br />
-Al señor juez -respondió ella acelerando el paso sin perder la compostura.<br />
Siguió su camino tensa, la vista fija en el suelo, sorteando fragmentos de chapa, restos de equipaje y prefería no pensar qué más. Como tenía el pelo liso, cortado recto a la altura del cogote y peinado con raya en medio, en cuanto inclinó la cabeza ambas crenchas cayeron sobre sus mejillas. Trastabilló. Maldijo los zapatos y a sí misma por haberlos elegido. Había sido una torpeza ponerse esos tacones, sentía los pies acalambrados y los tobillos cargados, y lo peor es que temió tropezar y caer sobre aquellos espantosos restos que alfombraban el camino.<br />
Cuando estuvo cerca, observó al grupo con más atención. En primer plano destacaba un hombre con bata blanca que parecía ser el forense, o uno de los forenses, pensó, seguro que habían llamado a varios, y junto a él otro con uniforme, sin duda el coronel. A su lado reconoció al juez Marcial Torrado, con las manos en los bolsillos, y al secretario Sebastián Miguet, de flequillo inconfundible, concentrado en su portafolios y tomando nota de todo lo que decía su jefe. Respiró aliviada. Al juez lo conocía sólo de vista, pero con Sebastián había tomado más de una cerveza.<br />
-Señoría, perdone que le moleste, soy Matilde Gil Montemayor, y vengo en nombre de Ajorca, la aseguradora del autobús.<br />
El juez la miró sin verla durante unos segundos. Luego, como resurgiendo del fondo de un sueño, respondió:<br />
-Bien, bien, deje sus datos a mi secretario, que el juzgado ya se pondrá en contacto con ustedes cuando lo crea necesario. Y ahora, si me permite&#8230; Pueden llevárselo -dijo a los de la Policía Judicial.<br />
Dos hombres asieron por los extremos lo que parecía un pedazo de roca oscura y lo levantaron. Al contacto con los dedos la piedra crujió como papel arrugado y amenazó con desintegrarse. Ya en el aire, Matilde, incrédula, le adivinó la forma humana. El juez desvió la vista, sacó la mano del bolsillo y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.<br />
-Creo que nunca me acostumbraré.<br />
-A esto no se acostumbra nadie -comentó el secretario con desánimo.<br />
El coronel reclamó un momento la atención del juez y del forense, e hicieron juntos un aparte que Matilde aprovechó para acercarse a Sebastián.<br />
-Qué mala suerte, Matilde -dijo éste con los ojos húmedos-, cómo siento verte por aquí.<br />
La mujer le sonrió, se echó el pelo sobre las orejas descubriendo dos pequeños aros de oro y besó al secretario en las dos mejillas.<br />
-¿Pero qué ha pasado? ¿Dónde están los heridos?<br />
-No hay heridos -respondió Sebastián sacudiendo la cabeza para apartarse el pelo de los ojos. Como no lo consiguió, se pasó la mano derecha con los dedos abiertos como un peine, pero al momento el flequillo se volvió a deslizar hasta casi media nariz-. El camión iba cargado de propileno. Han muerto todos. Despedazados. Sólo hemos encontrado tres cadáveres casi enteros, pero abrasados, como ése -dijo señalando al que acababan de levantar-. La explosión debió de ser monstruosa, se sintió en toda la falda de la montaña.<br />
-¡Qué barbaridad! -exclamó Matilde llevándose la mano a la boca-. ¿Y qué hacen con los restos? ¿Los llevan al Anatómico Forense?<br />
-Allí sólo mandan los cuerpos completos. El resto lo enviarán a Criminalística, al laboratorio de ADN. Hay que empezar por agrupar los pedazos.<br />
-¿Hay lista de pasajeros?<br />
-¿Lista? Eso tiene gracia. Pídele una copia al de la compañía de autobuses.<br />
A Matilde le sorprendió la respuesta, pero prefirió no insistir.<br />
-¿Y los tacógrafos? -preguntó cambiando de tema.<br />
-Fue lo primero que localizaron y retiraron. Supongo que ya habrán empezado a analizarlos.<br />
-¿Pero se tiene ya idea de quién fue el culpable?<br />
Sebastián miró al grupito del juez antes de susurrar:<br />
-Por aquí se oye que el autobús se echó encima del camión, pero yo no te he dicho nada. Hay que esperar. El equipo de Tráfico está levantando un plano del escenario para determinar con exactitud el lugar del impacto y la posición de los vehículos.<br />
Matilde alzó la cabeza en busca de los técnicos, pero fue incapaz de distinguirlos entre los que llevaban mono blanco. Sí vio, sin embargo, a otros con mono verde, casco y un par de perros.<br />
-¿Y ésos?<br />
-Desactivación de explosivos. Por si acaso.<br />
Matilde tuvo un escalofrío, se cerró el abrigo y abrazó el bolso y el maletín. Sebastián le tendió un periódico que llevaba en el portafolios y ella se lo metió bajo el abrigo y se volvió a encoger.<br />
-¿Se han presentado del seguro del camión y de la compañía de transportes?<br />
-Hace un rato. Creo que el de la compañía de autobuses se ha ido al bar que hay quinientos metros más abajo, en dirección a Los Molinos. Allí la Guardia Civil ha destacado a un par de hombres para recibir a los familiares de los fallecidos e informarles de lo que sabemos hasta ahora.<br />
-¡Sebastián! -llamó de pronto el juez-. Haga usted el favor.<br />
El secretario alzó las cejas en señal de despedida y acudió raudo a la llamada.<br />
Matilde se quedó sola. Poco tenía ya que hacer allí, pero no se movió. Sintió que no podía irse, que hacerlo habría sido una falta de respeto, aunque no supiera a qué o a quién. Esperó abrazada a su cartera en medio de la desolación hasta que no aguantó más el frío que le subía por las piernas. Entonces, volvió al coche y condujo en dirección a Los Molinos.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Alfonso Mateo-Sagasta</p>
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		<title>El Fénix de los Ingenios una noche de fiebre</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Nov 2008 16:37:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo de Oro]]></category>
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		<description><![CDATA[Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid, España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid,  España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone el llamado barroco español. <em>Una forma de vida, de ser, de vivir, de creer y hasta de hablar</em>, afirma Antonio Carreño en su prólogo a las Rimas humanas y otros versos (Crítica, 1998), <em>comprendida bajo el más pretencioso término de Siglo de Oro</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 334px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/lope-de-vega.jpg?t=1227452230" alt="lope-de-vega.jpg picture by antoniosarabia" />Hijo de un diestro bordador de casullas y frontales que llegó a coser para la reina, la vida de Lope transcurre en plena España de los Austrias, desde el reinado de Felipe II hasta el de Felipe IV. Sobre su educación no hay datos precisos aunque el mismo Lope dedica una de sus comedias <em>al muy ilustrísimo señor don Íñigo de Mendoza, catedrático de la universidad de Alcalá cuando yo estudiaba en ella</em> y hace también otra ambigua referencia a su posible paso por Salamanaca.<br />
En su juventud fue soldado y actor (<em>cuando fue representante / primeras damas hacía</em>, cuenta Quevedo con su acostumbrada mala leche) antes de entrar como secretario al servicio de algunas casas nobles como la del obispo de Cartagena, la del marqués de Malpica, la del duque de Alba, la del conde de Lemos y, posteriormente, con una lastimosa servidumbre que mantendría hasta el final de su vida, la del duque de Sessa.<br />
Pero cuando aún era joven y comenzaba a destacar escribiendo versos y comedias, encontró musa e inspiración en la calle de Lavapiés, donde vivía la actriz Elena Osorio hasta que el padre de ésta, Jerónimo Velázquez, un astuto empresario teatral, prefirió para su hija la fortuna de otro a los libretos de Lope: <em>dejas un pobre muy rico, </em>le escribió Lope chasqueado,<em> y un rico muy pobre escoges, / pues las riquezas del cuerpo / a las del alma antepones.</em></p>
<p><em></em><span id="more-291"></span><br />
A principios de 1588 se le destierra de Madrid debido al escándalo causado por hacer públicos sus frustrados amoríos con Elena Osorio <em>una dama se vende a quien la quiera / en almoneda está ¿quieren comprarla?</em>&#8230; Tenía entonces veinticinco años y ya era el dramaturgo más célebre de España. <em>Monstruo de la naturaleza</em>, le llamó admirado el propio Cervantes, reconociéndolo dueño único de la monarquía cómica.<br />
El exilio abarcó su matrimonio con Isabel de Urbina, unas temporadas en Valencia, Toledo y Alba de Tormes. El nacimiento de sus hijitas Teodora y Antonia, ambas muertas en la edad primera, y el deceso de su esposa a consecuencia del malparto de Teodora, en la primavera de 1595.  Matrimonio y destierro duraron siete años.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 298px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/velazquez2.jpg?t=1227451901" alt="velazquez2.jpg picture by antoniosarabia" />Poco después de su regreso a Madrid, la muerte de doña Catalina de Saboya, a fines de 1597, cerró las puertas de los teatros y, a partir del 2 de mayo del 98, una cédula real prohibió las representaciones de comedias. Las vacas flacas le obligaron a contraer segundas nupcias. Para eso sedujo, por interés, a Juana de Guardo, la hija de un acaudalado carnicero de Madrid. Esa boda le hizo blanco de todas las pullas, ironías y murmuraciones de la corte, incluyendo el inevitable malicioso soneto de Góngora, aquel que comenzaba <em>a ti Lope de Vega, el elocuente, / repentino poeta acelerado; / morador de las fuentes del mercado / sustentado con sangre de inocente</em>&#8230; Juana trajo como dote veintidós mil reales de plata doble y fue una magnífica esposa. Dulce, abnegada, comprensiva. Lo aceptó conociendo sus torrenciales amores con la hermosa comedianta Micaela de Luján, a quien Lope dedicaría algunos de sus más bellos poemas de amor, y nunca le dirigió un reproche, una queja, una protesta.<br />
Cuando se abrieron de nuevo las puertas de los teatros, el 17 de abril de 1599, Lope tuvo una época de abundante producción escénica que le llevó a la cumbre de la fama. Su celebridad traspasó entonces las fronteras de España. La muerte vino a poner punto final a este período de su vida: Juana y Micaela murieron. Los hijos de Juana, exceptuando a la pequeña Feliciana, no sobrevivieron a su madre, y de los siete que procreó con su amante sólo le quedaron dos: Marcela y Lopillo.<br />
A la muerte Juana, el 13 de agosto de 1613, Lope tomó una repentina e imprevisible resolución. Estaba lejos de ser joven. Había sobrevivido a dos matrimonios y rebasado los cincuenta. Una edad en la que los hombres de su generación que aún tenían vida comenzaban a preocuparse por la muerte. Él creyó que el sacerdocio le traería alguna respuesta a sus interrogaciones, sosiego a sus inquietudes y cobijo espiritual que lo amparara hasta el fin de sus días. <em>Yo me muero de amor -que no sabía, / aunque diestro en amar cosas del suelo-; / que no pensaba yo que amor del cielo / con tal rigor las almas encendía.</em><br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 295px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/velazquez_4.jpg?t=1227452093" alt="velazquez_4.jpg picture by antoniosarabia" />Tomó los hábitos sin conseguir enfriar su sangre ardiente y apasionada y así entró en la última y definitiva fase de su existencia al enamorarse sin remedio, ya siendo sacerdote, de una hermosa joven de la corte, Marta de Nevares, a quien alude en cartas y poemas con el bello sobrenombre de <em>Amarilis</em>. Ése es también el título de una novela mía que narra esta última aventura de su vida y que saldrá publicada este próximo mes de enero en la colección Verticales de Bolsillo de la editorial Belaqva. De ahí, como un homenaje en este aniversario de su nacimiento, he extraído un capítulo en el que Lope, durante un intempestivo viaje a Valencia en el verano de 1616, cae enfermo de calenturas. Así, en medio de los trastornos producidos por la fiebre, hace un delirante balance de su vida. La vida de un hombre, de un poeta único, para quien parece haber sido especialmente escrita aquella frase de Terencio: <em>Homo sum: nihil humanum alienum a me puto</em>.</p>
<p>LOPE SE DESCUBRE BAÑADO EN SUDOR. Siente los cabellos mojados y revueltos mientras va adquiriendo, poco a poco, una noción imprecisa de sus miembros febriles entre las sábanas empapadas. Se percibe de manera vaga e indefinible, como si la superficie de su cuerpo, su piel ardiente y húmeda, fuera algo lejano y ajeno flotando en una región apartada de su ser. No sabe si sus ojos están abiertos o cerrados. Si la noche se le ha venido encima envolviéndolo de pies a cabeza, cegándole como una negra mortaja, o si al fin sus ojos enfermos han perdido la vista por completo. Aunque ciego lo ha estado siempre, se dice, aun viendo a plena luz. ¿Estará, entonces, muerto? No, a los cadáveres no los agitan semejantes estremecimientos, no los concibe padeciendo escalofríos. Su frente va quemando, al pasar, sus pensamientos. Delira. En su desvío confunde esta escapada a Valencia con aquel viaje a Toledo, dos años antes, cuando estaba por ordenarse de presbítero. Revive sus antiguas crisis, el anhelo de reorientar su existencia y sacudirse, al mismo tiempo, el dolor por la esposa muerta, la amante muerta, los hijos muertos. Él, que no bebe, se embriaga con la esperanza de la renovación. Se halla de nuevo a punto de recibir las órdenes, el pecho inflamado de intenciones piadosas. Está alojado en casa de su gran amiga, la cómica Jerónima de Burgos, doña Gerarda, como gusta llamarla él. Se sobresalta al encontrarla en su desvarío. Su presencia intangible le hiere como un aguijonazo y se aferra a la almohada impregnada de transpiración. La célebre actriz le escucha entre divertida y burlona, sin tomar para nada en serio sus nuevas inquietudes, sus deseos de entregarse a Dios. Le mira con la incredulidad retratada en sus hermosas facciones. Lope gesticula en la oscuridad, intenta convencerla utilizando un juego de palabras: ordenarse, le dice, para ordenar el desorden en que ha transcurrido su vida. Ella responde con exquisita coquetería, Lope abraza la almohada, hunde el rostro en el sebo maloliente de sus propias secreciones, siente de nuevo a su alcance aquella carne codiciada, le causan vértigo esos ojos que le invitan a remover los residuos de su antigua pasión, a buscar alguna pavesa ardiente bajo la leve capa de cenizas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PortadaAmarilis.jpg?t=1227458683" alt="PortadaAmarilis.jpg picture by antoniosarabia" />Se hace el desentendido. Con los ojos cerrados ¿abiertos? los párpados húmedos, ve transformarse el semblante de doña Gerarda en el del severo rostro del obispo De Troya. A Lope le ha gustado el apellido. Sólo un Troya, se dice, puede ordenarle a él, hombre de tantos incendios. El obispo le riñe por su desenvoltura y sus maneras cortesanas, por sus atusadas barbas y bigotes, tan contrarias a la condición que está a punto de alcanzar. Le manda rasurarse para la ceremonia. Lope se siente humillado y ofendido. Desde adolescente no había vuelto a mirar su rostro imberbe y ahora, frente al espejo, lo encuentra ridículo. Piensa con desesperación en lo que dirán de él en la corte cuando se presente rapado. Lope se crispa en la oscuridad y vuelve a encontrar el rostro de Jerónima de Burgos esforzándose en contener la risa. Así, sin barba y con faldas, dice ella al verlo, sus amigos poetas lo confundirán con la vieja criada, Catalina, en la casa de Madrid. Incapaz ya de dominarse, la mujer estalla en carcajadas irresistibles. Lope la encuentra más hermosa que nunca con el rostro encendido y los ojos brillantes. Más deseable también. En su interior le bullen la furia y el deseo y se arroja de pronto sobre ella para desahogar, en ese cuerpo sorprendido, todavía convulsionado por la risa, contento de someterse a sus deseos, tantas semanas de abstinencia y frustración. Lope se estremece, los sueños le tiran de los cordones retorciendo en el lecho su marioneta rezumante. Se mira de madrugada, lanzado de la cama de la actriz, y ve ocupar su lugar junto a la cómica al anciano don Tomasino, al que sustituye un regidor y después un representante, y a todos los va despachando ella, con el mismo gusto que a él, por turnos, y no se levanta sino hasta después de mediodía para reunirse otra vez con el poeta porque tanto ajetreo le ha despertado el apetito y es hora de comer. Así que eso es ordenarse, piensa Lope consumido por la fiebre. Entrar unos momentos en la iglesia, tirarse boca abajo, con las manos extendidas, frente al altar, escuchar unos cuantos latinajos, y salir de la casa del Señor para seguir siendo el mismo. Igual al estiércol de la tierra, reacio a la nieve que lo cubre y que derrite incapaz de disimular su apariencia. Se da cuenta de que no hay piedad en su corazón para los pretendientes de Jerónima de Burgos, quienes malgastan en ella su amor, su tiempo y su dinero, ni repugnancia hacia la vida lujuriosa y promiscua de la actriz, ni arrepentimiento por haber reincidido en sus antiguas relaciones con ella. Cuando se trae harto el cuerpo, se dice recordando su juventud, da menos pena el alma.<br />
Jerónima, Doña Gerarda, <em>la del buen nombre</em>, llega a apodarla él en su siguiente carta a Sessa recordando una confidencia del duque: su amante, a quien han dado el poético sobrenombre de Jacinta, se llama también, en realidad, Jerónima. La irrupción del almirante de Nápoles acapara ahora la febril fantasía del enfermo que se revuelve exhausto, jadeando entre las sábanas, sin poder escapar a sus pesadillas. ¿Hasta cuándo durará ese calor, esa transpiración insoportable? Siente la lengua y el paladar llenos de ampollas. El duque está, como de costumbre, celoso. Envía al recién ordenado sacerdote una larga misiva saturada de reproches y reconvenciones. Se queja de soledad y lo acusa de demorar su regreso a Madrid entretenido por sus aventuras con la Burgos. Lope vuelve a redactar, en sueños, las cartas que escribió dos años antes, para excusar su tardanza y tratar de contentar a Sessa. Unas las acompaña con obsequios, todas con reiteradas afirmaciones de amor y fidelidad. Hace prometer a Jerónima que tendrá hacia su excelencia, cuando lo vea, la misma buena disposición que ha mostrado hacia él durante la estancia en Toledo. Llega al extremo de hacerse acompañar por ella en el viaje de regreso a Madrid. La cómica se detiene en la corte el tiempo suficiente para presentar sus respetos al duque, en privado, y recibir de él algunas mercedes. Lope siente que se sofoca, le duele la garganta. Su cuerpo parece por fin haberse vaciado de líquidos. Su cerebro, sus entrañas, son dos brazas ardientes. Tiene dificultad en comprender los siguientes acontecimientos. ¿Qué habrá pasado entre el duque y la bella comedianta? Ninguno de los dos le vuelve a mencionar el encuentro. Doña Gerarda decide volverse bruscamente a Toledo, y lo hace sin dar a Lope más explicación de su partida que un compromiso inaplazable con Alonso de Riquelme para representar una comedia. Ni siquiera acepta quedarse al bautizo de la pequeña Feliciana, hija de Lope y de su fallecida esposa, Juana de Guardo, a quien había prometido apadrinar junto con el duque de Sessa. Lope abre la boca y el aliento quema sus labios resecos como un hálito de fuego. El Fénix se consume en su propio incendio. No a la manera del ave mitológica, sino como un magro dragón moribundo que no resurgirá de sus cenizas.<br />
El nuevo sacerdote confía en que, quedándose él en Madrid y Jerónima en Toledo, le será más fácil adaptarse a la vida de religioso. Durante el bautizo de Felicianita renueva sus votos de perfeccionamiento espiritual. Pero el duque de Sessa no puede privarse de la complicidad y el talento de su antiguo secretario para sus conquistas amorosas, ni de su pluma para todo tipo de correspondencia erótica. Lope le había advertido, tiempo atrás, que sus confesores lo reñían cada semana por escribir esos papeles. ¿Qué dirán ahora que se ha ordenado sacerdote? Comprende que vive en pecado y trampea la manera de confesarse para poder comulgar durante la misa. Ardiendo en calentura, enterrando las uñas descuidadas en las sábanas sucias, se pone de rodillas y escucha su propia confesión el día de San Juan. El confesor se niega a darle la absolución si no hace propósito de enmienda y de poner fin a sus asuntos con Sessa. Lope, de rodillas aún, crispa las manos sudorosas como si quisiera estrujar entre ellas las cartas que escribe al duque planteándole su problema moral, eleva los brazos al cielo, se encuentra delante de Sessa que le mira implacable. Lope extiende el puñado de cartas para que las lea <em>no quisieron absolverme si no daba palabra de dejar de hacerlo</em>, le dice, <em>me aseguraron que estaba en pecado mortal</em>. Ensaya la humildad <em>no me hubiera ordenado si creyera que había de dejar de servir a vuestra excelencia en alguna cosa, mayormente en las que son tan de su gusto</em>. Recurre a la adulación: <em>si algún consuelo tengo es saber que vuestra excelencia escribe tanto mejor que yo, que no he visto en mi vida quien le iguale&#8230; Suplícole tome este trabajo por cuenta suya para que yo no llegue al altar con este escrúpulo ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas</em>. El duque permanece impasible, la larga cicatriz de su mejilla izquierda adquieren un tono violáceo. Lope lanza un gemido, el sudor se confunde con las lágrimas en su rostro húmedo; apela a los sentimientos religiosos: <em>&#8230;le vuelvo a suplicar a vuestra excelencia, por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda&#8230;</em> El duque continúa imperturbable. Lope se deja caer en el suelo, agotado, tembloroso, es más fácil ablandar al confesor, Fray Martín de San Cirilo, y aun sobornarle, dedicándole la edición de sus <em>Rimas Sacras</em>. Se revuelve en el lecho obligado a seguir escribiendo cartas, cartas, cartas, llenas de lascivia y dirigidas a Jacinta, la amante de Sessa. ¿Por qué el duque nunca habrá querido presentársela? ¿Existirá realmente? ¿Será una invención, una excusa para justificar sus caprichos y demandas? En sus alucinaciones, Lope ve a Jacinta con la cara del mulatillo adolescente que tañe y canta para el duque y escribe, escribe, escribe&#8230;<br />
Entre las cartas hay una que resplandece con letras de fuego. Le quema las manos. No ha sido escrita por él. Lope tiene la impresión de estar al borde de un precipicio; vuelve atrás en el tiempo: se acaba de ordenar en la Venerable Orden Tercera de San Francisco y la ceremonia coincide, a pocas semanas de distancia, con la quema de varios homosexuales en Madrid, algunos de los cuales, se murmura, habían pertenecido a aquella orden. Lope ya no escribe. Está de pie, en el corral de las comedias, leyendo esa especie de carta abierta que alguien ha dejado clavada en uno de los tablones del teatro. La misma que se repite y comenta en tertulias y mentideros. Va dirigida a él. No está firmada, pero todos los que ríen de la ocurrencia ven en ella la pluma de don Luis de Góngora. Lope la despedaza con furia y se queda con un trozo del papel entre las manos. No puede dejar de leer las últimas estrofas:<br />
&#8230;<em>Dícenme que terceros disolutos / cual suelen las livianas y ligeras / mujeres dar de putas en terceras, / aquestos, de terceros, dan en putos. / Si esto es verdad, aconsejarte quiero / que tu ingenio tercero y peregrino / en cosa que es tan vil no de ni tope. / Porque si das en puto de tercero/ tomando lo nefando por divino / dirán luego en Castilla, &#8220;esto es de Lope&#8221;</em>.<br />
Los asuntos de su ordenación y de sus tercerías con Sessa mezclados con la frase que todo Madrid repite para afirmar la calidad de una cosa, dan pie a Góngora para rematar el soneto. Tiembla de rabia ante el infernal ingenio del cordobés. Vuelve la cabeza y se encuentra con su rostro aguileño, severo y avinagrado, la mirada altanera e incorruptible, una ave rapaz que le persigue graznándole todos los nombres: señor Lope de Vega, señora Lopa, Lopillo, Lopico, <em>a este Lopico lo pico</em>. Lope trata de desembarazarse de la sábana, de huir hacia el borde de la cama, de alejarse de ese pájaro negro, ave de mal agüero, que le ataca con las alas extendidas&#8230; No, no, no.  Lope se lleva las manos al rostro, perlado de sudor y de lágrimas y al tocarlo, al escuchar su propio gemido apagado, recobra la conciencia en mitad de la noche. Respira hondo. Son sólo sueños, pesadillas en las que se han ido convirtiendo los recuerdos. No está en Toledo, ni en Madrid. Esto es Valencia, el año de gracia de 1616.  Se medio incorpora en el lecho. La cama, las ropas, él mismo, parecen haber sobrevivido a una gran inundación. Busca algún lugar seco de la almohada donde apoyar la cabeza e intenta descansar concentrando sus pensamientos en algún sujeto agradable. Lo primero que le viene a la mente son las serenas facciones de Marta de Nevares y su sonrisa le produce un efecto sedante. <em>Cielo humano</em>, murmura, usando a su pesar una figura de Góngora. Se estremece un instante al recordar aquel pájaro oscuro y amenazador y luego vuelve a sentirse dueño de sí. Ha pasado Lope-or, las alucinaciones producidas por la fiebre, se dice intentando esbozar una sonrisa.<br />
¿Qué estará haciendo Marta de Nevares? La imagina a esas horas en su casa de la calle del Infante, acostada junto a su marido. Por primera vez, la imagen de ese cuerpo joven y airoso, tal vez desnudo en la misma cama que Roque Hernández, tan a su alcance, tan irremediablemente sumiso a las urgencias del macho que yace junto a ella, le despiertan un sentimiento muy parecido a la envidia. No puede reprimir un ataque de celos. ¿Y el duque? ¿Habrá encontrado alguna excusa para visitarla? Es muy poco probable, piensa Lope. El es el único eslabón entre Sessa y la joven. Con él ausente al duque le será difícil inventar un pretexto para verla. Esa es la verdadera razón por la que decidió dejar Madrid.<br />
Quiere salvar a Marta del duque sin saber cómo. Salvarla a ella y salvarse él. ¿Qué hacer? ¿Cómo manejar los sentimientos que empiezan a revelarse y rebelarse en su interior? Esas dulces antiguas sensaciones que ahora le provocan pánico y dolor. No es como con la Loca, se repite, no es la entrega carnal lo que le inquieta, de esa puede uno siempre arrepentirse porque harta cuando colma los sentidos. Es la otra entrega, la que exige cuerpo y alma sin llegar a saciarse nunca, la llama en que ardieron Isabel de Urbina y Juana de Guardo y Micaela de Luján, la que se alimenta de su propio fuego y dura hasta el latido final del corazón.<br />
¿Y Lucía? ¿Habrá llegado a Valencia? Su llegada estaba prevista para principios de agosto. El cayó enfermo&#8230; ¿cuándo cayó enfermo? La calentura le ha hecho perder la cuenta de los días.<br />
Lo vence de nuevo la fatiga. Trata de quedarse dormido con la dulce imagen de Marta de Nevares en el pensamiento, y la esperanza de que venga a visitarlo en sueños. Recuerda una de sus rimas. <em>Ir y quedarse y con quedar partirse, / partir sin alma e ir con alma ajena, / oír la dulce voz de una sirena / y no poder del árbol desasirse; / arder como la vela y consumirse / haciendo torres sobre tierna arena; / caer de un cielo y ser demonio en pena / y de serlo jamás arrepentirse</em>&#8230;<br />
Contra mí mismo peleo, defiéndame Dios de mí, se dice antes de quedar profundamente dormido.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
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		<title>Don Miguel de Cervantes en Amarilis</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 00:33:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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<p class="MsoNormal">Un veintinueve de septiembre como este nació, hace cuatrocientos sesenta y un años, don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 &#8211; Madrid, 1616). Además del espacio de este blog me harían falta otros muchos para bosquejar apenas lo que don Miguel significa para mí como modelo de ser humano, y para la literatura universal como fundador de la narrativa moderna. La mejor manera de combinar ambas cosas, y rendirle homenaje, es reproducir una breve semblanza novelístico-biográfica suya, si existe el término, extraída de mi novela <em>Amarilis</em>, que Belacqva publicará en Verticales de bolsillo a partir del próximo mes de enero.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Cervantes1.jpg?t=1222643328" alt="Cervantes1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
El texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habitó los últimos años de su vida la calle de León, que en justicia debería llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega residía y que, por esa razón, debería llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope. Y ya que estamos en ello, hay que añadir que la imprecisión y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio no es su única injusticia: casi frente a la aún en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, aún llamada del Niño Jesús, hay una placa alusiva que señala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna mención a don Luis de Góngora y Argote, quien vivió también en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a Córdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez años más tarde. Se marchó porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divertía contar que <em>para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quemó como pastillas Garcilazos</em>.</p>
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<p class="MsoNormal">Volviendo a don Miguel de Cervantes, el hecho de que viviera sus últimos días &#8220;a la vuelta&#8221;, diríamos en México, de la casa de Lope de Vega, da pie, como explicaba al principio, a sus esporádicos encuentros con Marcela y Lopillo y al afecto y admiración que despierta en el hijo menor del Fénix de los Ingenios. Una admiración que no es sino una réplica de la que le profesa este autor, opinaría Flaubert, pero que juega un papel importante en la vida del personaje y se mantiene invariable hasta el final de la novela. Aquí está, es el primer capítulo de la parte tercera, <em>El despertar a quien duerme</em>.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Quijote1.png?t=1222646122" alt="Quijote1.png picture by antoniosarabia" />A la pequeña hija de Lope de Vega, Marcela del Carpio, le mortifica tener que visitar a Marta de Nevares en su domicilio de la calle del Infante. Es cierto que experimenta una afectuosa devoción por la joven protegida de su padre y que ambas casas están apenas separadas por unos doscientos pasos, pero a Marcela el camino le parece largo y lóbrego. La estrechez de la calle donde Marta vive, y la altura de la exigua docena de casas que la componen, la vuelve tenebrosa, húmeda, sombría, inaccesible al menor rayo de sol.<br />
A ella lo que le encantaría es detenerse, como en otras felices ocasiones, a mitad del camino; justo al final de la calle de Francos, donde hace esquina con la calle del León, en la morada de aquel viejo soldado, inválido de la mano izquierda, que tantas veces le había obsequiado refrescos y golosinas antes de morir varios meses atrás.<br />
Ella y su hermano Lopillo lo conocieron por casualidad, un día como otros tantos en que vagaban sin rumbo por el vecindario. Él estaba a la puerta de su casa y los invitó a pasar. Los hijos de Micaéla de Luján, observó con una sonrisa afable, como si los recordara de tiempo atrás. Les contó que había sido amigo de su padre en una época en que también a él le dio por surtir con sus escritos los corrales de comedias, y hasta estuvieron medio emparentados a través de doña Isabel de Urbina, la dama con quien su padre contrajo primeras nupcias muchos años antes de que ellos nacieran. Pero donde llegaba Lope de Vega no cabía nadie más, les confesó con genuina admiración, sin sombra de resentimiento. Todos los farsantes y cómicos del reino se disputaban sus escritos; no querían saber de nada que no viniera de las manos mismas del Fénix de los ingenios. Él decidió entonces dedicar su pluma a otros menesteres, donde no entrara en competencia con aquella tempestad creadora, con aquel monstruo de la naturaleza, como le llamó una vez en un encendido encomio, y se puso a escribir novelas. Fue el primero en hacerlo en castellano, porque las que hasta entonces existían en nuestra lengua eran traducciones de algún otro idioma. Ahí, en esa labor, Dios, con su infinita bondad, le concedió el renombre y el prestigio que antes le había negado en las comedias.<br />
A partir de aquella primera mañana, Marcela y Lopillo comenzaron a frecuentar al anciano baldado en su plácida y aseada vivienda, sin saber que serían los compañeros de sus últimos días. Una vez le mencionaron el nombre a su padre y éste, al oírlo, respondió con un despectivo enarcamiento de cejas. No tenía ningún interés en Miguel de Cervantes Saavedra. A ellos, en cambio, les encantaba escuchar sus historias. Ella se estremecía de placer con las divertidas aventuras de aquel caballero loco, protagonista de uno de sus libros, que recorría los llanos de la Mancha acompañado de un ocurrente labrador que le servía de escudero. El desdichado orate embestía molinos de viento que tomaba por gigantes y socorría fregonas que imaginaba princesas en desgracia. Lopillo, en cambio, se interesaba más por los hechos de armas y la historia. Seguía fascinado la detallada relación de batallas navales en un mar que aún no le era dado conocer. El buen viejo les contó una vez que, habiendo sido soldado en su juventud, participó en la más gloriosa expedición militar de la Armada Invencible y hasta había sido cautivo de los moros.<br />
Marcela recuerda las mejillas encendidas de su hermano y su mirada extraviada en aquel horizonte azul y humo al que lo acercaban las palabras del antiguo soldado. Caída Nicosia y sitiada Famagusta, último baluarte de la cristiandad en la isla de Chipre, la flota turca se había adueñado del mar Jónico. Sus navíos asolaban las costas de Italia, aterrorizando a sus moradores con frecuentes desembarcos. Los infieles arrasaban con pueblos y aldeas tomando como botín a sus habitantes. Miles de mujeres, hombres y niños, eran cargados de cadenas y vendidos como esclavos. Los más fuertes terminaban remando en las galeras, las mujeres y los niños distrayendo a los bajás en sus harems.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/lepanto5.jpg?t=1222644691" alt="lepanto5.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Indignados por tan tristes acontecimientos, los reyes de la cristiandad, persuadidos por su santidad el papa Pío Quinto, formaron una alianza para combatir al turco. Reunieron entre todos una armada de más de doscientas galeras, reforzada con media docena de galeones de alto bordo, que pusieron bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos Quinto y medio hermano de su majestad Felipe Segundo, a quien Dios tenga en su gloria. Al enterarse de los preparativos cristianos, la flota turca se replegó hacia el golfo de Patras, echando anclas en las tranquilas aguas del puerto de Lepanto. Hasta ahí fue a buscarla ese rayo de la guerra, Don Juan de Austria, quien no temía desafiar a la fiera en su cubil.<br />
El hombre cerraba los ojos como para recordar mejor, y describir a Lopillo, las galeras cristianas alineadas en la rada de Mesina antes de la batalla, los cánticos solemnes durante la santa misa, y la figura del nuncio Papal enhiesto en lo alto de un bergantín, bendiciéndoles al salir de la bahía. Al niño le brillaban los ojos al imaginar, recuerda su hermana, los pabellones venecianos, genoveses, malteses, españoles y austríacos ondeando al aire en las puntas de los mástiles, mientras la flota cristiana se desplazaba por las azules aguas del golfo de Tarento, atravesando luego entre las verdes colinas del estrecho de Otranto y haciendo un alto en Corfú para informarse del paradero y la potencia de la armada turca: aquellos evasivos trescientos barcos de guerra musulmanes, orgullo de los astilleros del Bósforo, los Dardanelos y el Mar Negro.<br />
Durante su siguiente escala, anclados por la tarde frente a la isla de Cefalonia, los cristianos recibieron las desgraciadas nuevas sobre la caída de Famagusta. Todos los defensores de la plaza habían sido pasados a cuchillo y a su gobernador lo despellejaron vivo. Supieron además que los infieles estaban al tanto de los movimientos de la flota que se acercaba, conocían sus efectivos y se preparaban para un combate decisivo. Todos los guerreros integrantes de las guarniciones costeras habían sido retirados de sus fortines para congregarse a bordo de la armada Otomana.<br />
Al amanecer del domingo 7 de octubre de 1571 aparecieron las primeras velas turcas. Venían saliendo de Lepanto, viento en popa, desplegándose por toda la bahía. Una galera turca disparó un lejano cañonazo en son de reto y la nave capitana respondió aceptando el desafío. Don Juan de Austria hizo maniobrar sus veleros de manera que la flota de reserva quedara oculta a la vista del enemigo, y comenzó a recorrer las hileras de bajeles a bordo de una rápida fragata arengando a sus soldados y prometiendo la libertad a sus galeotes si ganaban la batalla. De vuelta en la nave capitana hizo enarbolar un enorme crucifijo junto al estandarte de la liga al tiempo que todos se postraban de rodillas para recibir la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria de los enviados del Papa.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lepanto2.jpg?t=1222645158" alt="Lepanto2.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Al filo del mediodía, cuando las dos flotas se encontraron por fin a tiro de cañón, el redoblar de cajas y tambores y los alaridos de los guerreros animándose al combate llenaban el ambiente con un estrépito ensordecedor. Los turcos atacaron primero, tratando de introducir sus ligeras embarcaciones entre las más pesadas que don Juan había colocado en primera línea de batalla. Los certeros cañonazos españoles causaban enormes bajas en el centro de la escuadra musulmana mientras en el flanco izquierdo Agostino Barbariego hacía maniobrar las galeras venecianas para encajonar el ala enemiga entre sus cañones y los bancos de arena de la costa. El ala derecha, en cambio, empezó a ceder ante el empuje de Uluj Alí, virrey de Argel. Los malteses luchaban en inferioridad numérica contra los corsarios berberiscos hasta que el almirante genovés Juan Andrea Doria, que se había mantenido algo alejado de la lucha, se acercó comandando los refuerzos.<br />
El anciano hizo una pausa, sonriendo bondadoso ante los ojos embobados de Lopillo. ¿Y él? preguntó el niño; ¿él? continuó la voz grave, él iba en la Marquesa, una nave capitaneada por el valeroso Don Francisco de San Pedro. Al aproximarse se dieron cuenta de que el barco insignia de los Malteses sucumbía ante el vigor de los enemigos de la cruz y acudieron en su ayuda. El tronar de los cañones y el fragor de las culebrinas se aunaba a los zumbidos de las flechas, al seco estrépito de los arcabuces y a los alaridos de odio, dolor y rabia de los combatientes. El olor a humo y pólvora se mezclaba con el del mar y la sangre para enardecer los sentidos. Él era entonces más joven, poseía la audacia, la temeridad, que sólo es posible desplegar en esa primera juventud. Tal vez por eso le habían confiado el mando de una compañía de doce hombres. A pesar de encontrarse enfermo con fiebres altísimas, se levantó del lecho para subir a cubierta y ponerse al frente de sus soldados. Quería darles ejemplo de valor abordando primero a los infieles. Cuando los tuvieron a su alcance saltó espada en mano a la galera musulmana para batirse con los moros. ¿Qué pasó después? Él sólo recuerda el final de la lucha. Se ve a sí mismo lleno de heridas, con dos arcabuzazos en el pecho y el brazo izquierdo para siempre inutilizado, teñido de rojo de pies a cabeza, convertido él mismo en una enorme mancha de sangre en la que la propia se confundía con la de sus enemigos.<br />
Ya no alcanzó a ver a la nave capitana asaltando la galera real de los infieles ni a los tercios españoles acuchillarse con los jenízaros que la defendían; no vio al generalísimo turco caer herido de un arcabuzazo ni al humilde galeote a quien habían quitado esa mañana los grilletes erguirse como ángel vengador sobre su cuerpo indefenso y cortarle la cabeza. Escuchó en cambio el atronador alarido de victoria que siguió al suceso y contempló arriarse el pabellón del profeta del bajel que acaudillaba a los infieles.<br />
El propio don Juan de Austria lo felicitó después de la batalla y le aumentó la paga a cuatro ducados. A partir de aquel momento el mundo pareció sonreírle. Fue más tarde, cuando volvía lleno de ilusiones a su patria, bordeando la costa de Francia, que le salieron al paso dos galeotas de piratas turcos, lo tomaron prisionero y lo vendieron como esclavo en Argel.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cervantes4-1.jpg?t=1222644958" alt="cervantes4-1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
¿Cuánto tiempo duró cautivo de los moros? preguntó Lopillo con los enormes ojos abiertos, ansiosos, apenados, interrogantes, recogiendo el casual encogimiento de hombros con el que el anciano quiso restar importancia a su desventura. Varios años. Varios siglos más bien, replicó el niño, que conocía de oídas los trabajos y tormentos que los infieles imponen a sus prisioneros. ¿Hizo algún intento de escapar? Muchos, respondió el viejo sin poder evitar un relámpago de orgullo que iluminó un instante sus cansadas facciones, pero fue capturado una y otra vez hasta que una orden religiosa, la de la Santísima Trinidad, apiadándose de sus miserias, pagó el rescate que los infieles exigían para ponerlo en libertad.<br />
A pesar de la fama que les dijo haber alcanzado en vida no tuvo mucha compañía a la hora de su muerte. Marcela y su hermano siguieron a distancia el magro cortejo fúnebre, sin acercarse demasiado por temor a las severas barbas y espejuelos de los contados asistentes. La esposa y la sobrina del noble viejo, enlutadas y llorosas, encabezaban la procesión. No tuvieron que caminar mucho para llegar al vecino convento de las monjas Trinitarias donde las buenas hermanas acogieron los restos del anciano para darles sepultura. Lopillo, recuerda Marcela, marchó todo el tiempo con el rostro bajo y los ojos llorosos. Luego se quedó prendido a las rejas de la entrada hasta que salió el último de los asistentes. Al volver a casa aprovechó la primera ocasión que se le presentó para hacer rabiar a su padre, cosa que éste le hizo pagar con la consabida azotaína. Él la aguantó a pie firme, con los labios apretados y los ojos secos, chispeantes de soberbia. En ese momento, Marcela tuvo por primera vez la intuición de que lo que más irritaba a su hermano era la sotana de su padre. Él hubiera preferido ser el hijo de un soldado, de un héroe de la guerra como el que acababa de acompañar a la tumba.</p>
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		<title>El humor en el Siglo de Oro</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Jan 2008 20:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podría menos que sufrir ante tamaño infundio. El libro, que Lope mencionaba como “un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas”, era en realidad la cumbre del culteranismo, <span style="font-style:italic;">Soledades</span>, a la que don Luis de Góngora consideraba con justa razón su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sabía, continuaba su implacable crítica disfrazándola de buenas intenciones. No podía creer que semejantes tonterías se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desengañarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bahía de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logró, el antiguo demente no sólo no le mostró agradecimiento, sino que no se lo perdonó jamás porque por su culpa había perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.<br />
Esta carta, modelo de humor, ironía y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burlón y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanecía, a los poetas del Siglo de Oro español.<br />
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.</p>
<p>Dicen que ha hecho Lopico<br />
contra mi versos adversos,<br />
mas si yo vuelvo mi pico<br />
con el pico de mis versos<br />
a ese Lopico lo-pico.</p>
<p>Cuando, poco después de recibir aquella carta, <a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fRjCMdt8I/AAAAAAAAAOg/wL9rx2zXVUk/s1600-h/G%C3%B3ngora.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154318698363598786" style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fRjCMdt8I/AAAAAAAAAOg/wL9rx2zXVUk/s200/G%C3%B3ngora.jpg" border="0" alt="" /></a>Góngora se mudó a Madrid para ejercer el cargo de capellán de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Niño Jesús, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. Éste llevaba años ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurría sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la época y los de su última musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordobés escribiera sin faltar mucho a la verdad:</p>
<p>Cura que en la vecindad<br />
Vive con desenvoltura<br />
¿para qué llamarle cura<br />
si es la misma enfermedad?</p>
<p>Se ha dicho que hubo en realidad dos Góngoras: uno, ángel de luz, y el otro, ángel de tinieblas. Nadie ha calculado todavía, con un estudio profundo y riguroso, el daño y el provecho que el racionero cordobés hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aquí sólo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cayó en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a él. De ahí entresacamos esta pequeña joya:</p>
<p>Mata a todos cuantos cura<br />
el médico Filiberto,<br />
y si alguno no se ha muerto<br />
es que le ha errado a la cura.</p>
<p>Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:</p>
<p>Vuestra dentadura poca<br />
dice vuestra mucha edad,<br />
y es la primera verdad<br />
que sale de vuestra boca.</p>
<p>Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:</p>
<p>Con tanta felpa en la capa<br />
y tanta cadena de oro,<br />
el marido de la Vaca<br />
¿qué pude ser sino toro?</p>
<p>Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:</p>
<p>¡Qué galán que entró Vergel<br />
con cintillo de diamantes,<br />
diamantes que fueron antes<br />
de amantes de su mujer!</p>
<p>Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.</p>
<p>Cuando el marqués de Malpica,<br />
Caballero de la Llave,<br />
con su silencio replica,<br />
dice todo cuanto sabe.</p>
<p>Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:</p>
<p>Siempre, fray Cirilo, estás<br />
cansándonos acá afuera,<br />
¡quien en tu celda estuviera<br />
para no verte jamás!</p>
<p>Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engreído por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borbón, lo que a la postre tal vez le costaría la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desdeñar a los hombres de su entorno. Hembra o varón, se decía, a él le daba igual. A eso se debe que el príncipe de Esquilache escribiera, después de haber leído una letrilla de Villamediana:</p>
<p>Luego que el papel leí<br />
con el me quise limpiar<br />
más púsome en que dudar<br />
que era del conde, y temí.</p>
<p>A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:</p>
<p>Que a ser conde hayáis llegado<br />
tan a prisa y tan sin costa,<br />
no es mucho, si por la posta<br />
habéis, conde, caminado.</p>
<p>Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta satírico más violento, agudo y desvergonzado de su época. Jamás hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condición: clérigos y legos, nobles y plebeyos, débiles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles ironías. <a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fUMiMdt-I/AAAAAAAAAOw/aeCvHsPV1cA/s1600-h/Quevedo.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154321610351425506" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fUMiMdt-I/AAAAAAAAAOw/aeCvHsPV1cA/s200/Quevedo.jpg" border="0" alt="" /></a>Dirigió muchas de sus sátiras a Góngora, a quien detestaba. Ese odio no se limitó llamarle “capellán del rey de bastos”, “verdugo de los vocablos”, “escoba de la basura de las musas del Parnaso” y hasta “almorrana de Apolo” entre otras lindezas. Cuando Villamediana murió y Góngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontró sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Niño Jesús, donde el cordobés habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribió que</p>
<p>Para perfumarla<br />
y desengongorarla<br />
de vapores tan crasos<br />
quemó, como pastillas, garcilasos.</p>
<p>Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:</p>
<p>¿Quién te persuadió a quitar<br />
al adúltero infeliz<br />
la nariz, pues la nariz<br />
no te pudo deshonrar?<br />
Tonto ¿qué has hecho al cortar<br />
lo que sólo sabía oler?<br />
Nada perdió tu mujer<br />
en esto, si lo has notado,<br />
pues al otro le ha quedado<br />
con qué volverte a ofender.</p>
<p>Pero comenzamos esta breve recopilación con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. Éste, aunque no desdeñaba zaherir de cuando en cuando a Góngora o a Juan Ruiz de Alarcón, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estrépito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y más hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reunión más popular de los nobles de la corte: el Prado</p>
<p>Llego a Madrid y no conozco el Prado<br />
y no lo desconozco por olvido<br />
sino porque me consta que es pisado<br />
por muchos que debiera ser pacido.</p>
<p>En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seudónimo de fray Tomé de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la difícil y se ponga a su alcance.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fR3SMdt9I/AAAAAAAAAOo/fsFR8_anR7g/s1600-h/Lope.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154319046255949778" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fR3SMdt9I/AAAAAAAAAOo/fsFR8_anR7g/s200/Lope.jpg" border="0" alt="" /></a> Su argumento final es un juego de palabras en el que está de nuevo implícita la crítica hacia la comunidad en que vive e insinúa la paulatina corrupción del imperio Español. Lo utilicé como epígrafe a la primera parte de mi novela <span style="font-style:italic;">Amarilis</span>:</p>
<p>Creeme Juana, y llámate Juanilla<br />
mira que la mejor parte de España<br />
pudiendo Casta, se llamó Castilla.</p>
<p>Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:</p>
<p>Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste<br />
por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”<br />
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste<br />
detén el alma y a Leonor advierte<br />
que me deje picar donde estuviste<br />
y cambiaré mi vida por tu muerte”.</p>
<p>“Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”, decían sus contemporáneos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada más hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su época que supieron llenar con humor e ironía tantas horas felices de mi adolescencia.</p>
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