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	<title>Los Convidados &#187; Luis Sepúlveda</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Buscando a la Maga, Julio Cortázar en el vigésimo quinto aniversario de su muerte</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Feb 2009 13:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 294px; height: 236px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/JulioCortzar3.jpg?t=1234027630" alt="JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d&#8217;Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga <em>a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua</em>. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 238px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto23.jpg?t=1234024414" alt="Foto23.jpg picture by antoniosarabia" />Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta <em>un tercer cigarrillo del insomnio</em> -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CasaJC.jpg?t=1234024636" alt="CasaJC.jpg picture by antoniosarabia" />En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de <em>Primeras Noticias de Noela Duart</em>e, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: <em>encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. </em>Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElevadorCortzar.jpg?t=1234024736" alt="ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l&#8217;Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante <em>Cien Años de Soledad</em>, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que <em>Rayuela</em>. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.</p>
<p>Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto<em> La autopista del Sur</em> como <em>El Perseguidor</em> son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.</p>
<p><span id="more-528"></span></p>
<p>DEL CUENTO BREVE Y SUS ALREDEDORES</p>
<p>Alguna vez Horacio Quiroga intentó un &#8220;Decálogo del perfecto cuentista&#8221;, cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento&#8221;.<br />
La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Dicho de otro modo, el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica.<br />
Estoy hablando del cuento contemporáneo, digamos el que nace con Edgar Allan Poe, y que se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman <em>nouvelle</em> y los anglosajones <em>long short story</em> se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado: basta pensar en &#8220;The Cask of Amontillado&#8221; &#8220;Bliss&#8221;, &#8220;Las ruinas circulares&#8221; y &#8220;The Killers&#8221;. Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la <em>nouvelle</em> y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos; si un cuento largo de Henry James o de D. H. Lawrence puede ser considerado tan genial como aquéllos, preciso será convenir en que estos autores trabajaron con una apertura temática y lingüística que de alguna manera facilitaba su labor, mientras que lo siempre asombroso de los cuentos contra el reloj está en que potencian vertiginosamente un mínimo de elementos, probando que ciertas situaciones o terrenos narrativos privilegiados pueden traducirse en un relato de proyecciones tan vastas como la más elaborada de las <em>nouvelles</em>.<br />
Lo que sigue se basa parcialmente en experiencias personales cuya descripción mostrará quizá, digamos desde el exterior de la esfera, algunas de las constantes que gravitan en un cuento de este tipo. Vuelvo al hermano Quiroga para recordar que dice: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, <em>de los que pudiste ser uno</em>&#8220;. La noción de ser uno de los personajes se traduce por lo general en el relato en primera persona, que nos sitúa de rondón en un plano interno. Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana María Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de &#8220;Las armas secretas&#8221;, aunque quizá se trataba de los de &#8220;Final del juego&#8221;. Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.<br />
En ese momento, o más tarde, encontré una suerte de explicación por la vía contraria, sabiendo que cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. Recordé que siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra. El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. Quizá por eso, en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración <em>strictu senso</em>, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí.<br />
Esto lleva necesariamente a la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta. Un verso admirable de Pablo Neruda: <em>Mis criaturas nacen de un largo rechazo</em>, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.<br />
Este rasgo común no se lograría sin las condiciones y la atmósfera que acompañan el exorcismo. Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del puente, al autor. Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria, y a su vez un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier. Quizá el rasgo diferencial más penetrante -lo he señalado ya en otra parte- sea la tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna técnica podría enseñar o proveer, el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. En todo caso así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos, como &#8220;Las armas secretas&#8221;, la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya Pierre, sin ser ya Michèle.<br />
Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso, y que el autor los escribe mientras está en lo que los franceses llaman un &#8220;état second&#8221;. Que Poe haya logrado sus mejores relatos en ese estado (paradójicamente reservaba la frialdad racional para la poesía, por lo menos en la intención) lo prueba más acá de toda evidencia testimonial el efecto traumático, contagioso y para algunos diabólico de &#8220;The Tell-tale Heart&#8221; o de &#8220;Berenice&#8221;. No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve; haré notar que me refiero a relatos donde el tema mismo contiene la &#8220;anormalidad&#8221;, como los citados de Poe, y que me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor. ¿Cómo describir la atmósfera que antecede y envuelve el acto de escribirlo? Si Poe hubiera tenido ocasión de hablar de eso, estas páginas no serían intentadas, pero él calló ese círculo de su infierno y se limitó a convertirlo en &#8220;The Black Cat&#8221; o en &#8220;Ligeia&#8221;. No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. Me acuerdo de una cita curiosa, creo que de Roger Fry; un niño precozmente dotado para el dibujo explicaba su método de composición diciendo: <em>First I think and then I draw a line round my think</em> (sic). En el caso de estos cuentos sucede exactamente lo contrario: la línea verbal que los dibujará arranca sin ningún &#8220;think&#8221; previo, hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición de tales cuentos, puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido. ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve? Los límites del sueño y la vigilia, ya se sabe: basta preguntarle al filósofo chino o a la mariposa. De todas maneras si la analogía es evidente, la relación es de signo inverso por lo menos en mi caso, puesto que arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido <em>per se</em>. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. Hay la masa que es el cuento (¿pero qué cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad como si el cuento ya estuviera escrito con una tinta simpática y uno le pasara por encima el pincelito que lo despierta. Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha ocurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde &#8220;la sinfonía se agita en la profundidad&#8221;, para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras. Y por eso, porque todo está decidido en una región que diurnamente me es ajena, ni siquiera el remate del cuento presenta problemas, sé que puedo escribir sin detenerme, viendo presentarse y sucederse los episodios, y que el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida. Me acuerdo de la mañana en que me cayó encima &#8220;Una flor amarilla&#8221;: el bloque amorfo era la noción del hombre que encuentra a un niño que se le parece y tiene la deslumbradora intuición de que somos inmortales. Escribí las primeras escenas sin la menor vacilación, pero no sabía lo que iba a ocurrir, ignoraba el desenlace de la historia. Si en ese momento alguien me hubiera interrumpido para decirme: &#8220;Al final el protagonista va a envenenar a Luc&#8221;, me hubiera quedado estupefacto. Al final el protagonista envenena a Luc, pero eso llegó como todo lo anterior, como una madeja que se desovilla a medida que tiramos; la verdad es que en mis cuentos no hay el menor mérito literario, el menor esfuerzo. Si algunos se salvan del olvido es porque he sido capaz de recibir y transmitir sin demasiadas pérdidas esas latencias de una psiquis profunda, y el resto es una cierta veteranía para no falsear el misterio, conservarlo lo más cerca posible de su fuente, con su temblor original, su balbuceo arquetípico.<br />
Lo que precede habrá puesto en la pista al lector: no hay diferencia genética entre este tipo de cuentos y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire. Pero si el acto poético me parece una suerte de magia de segundo grado, tentativa de posesión ontológica y no ya física como en la magia propiamente dicha, el cuento no tiene intenciones esenciales, no indaga ni transmite un conocimiento o un &#8220;mensaje&#8221;. El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen &#8220;normal&#8221; de la conciencia; en un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota, no es inútil insistir en esta afinidad que muchos encontrarán fantasiosa. Mi experiencia me dice que, de alguna manera, un cuento breve como los que he tratado de caracterizar no tiene una estructura de prosa. Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran. Ellos respiran, no el narrador, a semejanza de los poemas perdurables y a diferencia de toda prosa encaminada a transmitir la respiración del narrador, a comunicarla a manera de un teléfono de palabras. Y si se pregunta: Pero entonces, ¿no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: La comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono; el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo.<br />
Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda <em>suspensión of disbelief</em> obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.<br />
Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una &#8220;explicación&#8221; a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de &#8220;full-time&#8221; de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.</p>

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		<pubDate>Sun, 25 Jan 2009 13:12:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, Un Adiós a Soriano, fue [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 226px; height: 268px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano2.jpg?t=1231083410" alt="soriano2.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, <em>Un Adiós a Soriano</em>, fue escrita por mí hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de días después de su muerte,  ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado <em>Mecánicos</em>. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.</p>
<p>Aclaro que las ideas expresadas en mi artículo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mí, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.</p>
<p>UN ADIOS A SORIANO<br />
Por Antonio Sarabia</p>
<p>No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leído en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este país el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la víspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentí que Osvaldo se extinguía discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 202px; height: 179px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano1.jpg?t=1231083604" alt="soriano1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>No me puedo jactar, aunque me encantaría, de que fuésemos íntimos amigos. Compartimos, eso sí, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas líneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondría era proverbial, que en verdad había estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistían al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creí restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocía y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.<br />
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habían extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, Día de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.</p>
<p><span id="more-422"></span></p>
<p>MECÁNICOS<br />
Por Osvaldo Soriano</p>
<p>Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 168px; height: 301px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano3.jpg?t=1231083861" alt="soriano3.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.   Yo no le hice caso pero él se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.   A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tiré en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.  Sos un cabeza hueca -me decía.   Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.   Me miró y dijo: &#8220;Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés&#8221;. Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezó a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.   Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba &#8220;¡Carajo, qué mal trabajan los franceses!&#8221; y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:   -Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles. Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.   Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.   Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las vergüenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.   Andá -me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvás de los bailes y las guardias.   Ese año hice más de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.</p>

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		<title>Daniel Mordzinski, fotógrafo entre escritores (1)</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 16:25:37 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#8220;Fotógrafo entre escritores&#8221; es el título de la exposición con la que la Casa de América celebra y rinde homenaje a los treinta años de trabajos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al público del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, España, la muestra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Daniel3.jpg?t=1217779001" alt="Daniel3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Fotógrafo entre escritores&#8221; es el título de la exposición con la que la Casa de América celebra y rinde homenaje a los treinta años de trabajos del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al público del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, España, la muestra reúne una amplia, singular y soberbia, colección de retratos de los más notables autores de la lengua española.<br />
Nosotros queremos unirnos al acto dedicando a Daniel un par de entradas que ilustraremos con algunas de las fotos que se están exponiendo en Madrid. Para introducir la primera he seleccionado varios fragmentos del hermoso texto con el que Rosa Montero participa en el catálogo de la exposición. La segunda lleva como prólogo el final de un capítulo de E<em>l Refugio del Fuego</em>, el libro de viajes que narra mis dos expediciones con Mordzinski a las laderas del Volcán de Colima, en Jalisco, México, en una de las cuales Daniel me contó una anécdota de infancia en la que tal vez esté el germen de su vocación de fotógrafo.<br />
Comencemos con <em>La huella transparente de las palabras</em>, las lúcidas consideraciones de Rosa Montero al contemplar las fotos:<br />
<span id="more-54"></span>&#8220;Pura vida quieta, atravesada por la mirada de Mordzinski, como una mariposa pinchada sobre un corcho&#8221; (&#8230;) &#8220;Mujeres y hombres, jóvenes y viejos. Algunos ya han muerto, pero sin duda queda un pellizco de su alma atrapado en la fotografía de Mordzinski&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mendinueta_84072.jpg?t=1217779822" alt="Mendinueta_84072.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Y es que Daniel busca con sus ojos, con su cámara, esa dimensión especial de las cosas que los creyentes llamaron alma. Me refiero al aliento invisible de la vida, al vértigo del tiempo que se escapa, a esa aguda conciencia del ser que a veces tenemos cuando de pronto, en un instante, somos capaces de sabernos vivos&#8221; (&#8230;) &#8220;O quizá ese aire al mismo tiempo transparente y denso que llena cada foto sea el rastro que dejan las palabras no dichas. Las palabras pensadas, soñadas. El mero deseo de las palabras&#8221; (&#8230;) &#8220;Yo no recuerdo que pensé cuando Mordzinski me fotografió. Paseamos una mañana ventosa por Gijón, y el saltaba a mi lado, pelirrojo y flaquito, sonriente y callado, tan atento como un gorrión callejero que espera a que dejes de mirarle para lanzarse como una flecha sobre la miga de pan abandonada. Es decir, espera a que te abismes en ti misma, a que sientas la vida y el tronar del mundo, a que te envuelvan blandamente las palabras no dichas como el humo envuelve al fumador. Y entonces dispara. Es un gran fotógrafo, este Mordzinski&#8221;.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jose-agustin-.jpg?t=1217778700" alt="jose-agustin-.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p style="text-align: left;">                                                                                                                      José Agustín y su esposa Margarita</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto10.jpg?t=1217780386" alt="Foto10.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Santiago Gamboa, Luis Sepúlveda, Anne Marie Métailié, Hernán Rivera Letelier, Antonio Sarabia y Mario Delgado Aparaín</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mateo_Sagasta_3874.jpg?t=1217780624" alt="Mateo_Sagasta_3874.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Alfonso Mateo-Sagasta</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mestre_9846.jpg?t=1217780034" alt="Mestre_9846.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p> </p>
<p>                                                                                                        Juan Carlos Mestre</p>

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		<title>Daniel Mordzinski, fotógrafo entre escritores (2)</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 15:27:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Daniel2.jpg?t=1217777669" alt="Daniel2.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Ahí, entre una copa y otra, me contó Mordzinski un episodio de su infancia, del cual nunca me había hablado antes, en el que tal vez esté implícito el germen de su vocación de fotógrafo. Ocurrió en su nativa Buenos Aires cuando tenía unos seis años de edad. Su padre le había llevado a un espectáculo para niños y, en la función, se sorteaba una camarita fotográfica. Una de esas instamatic de plástico, sin controles de luz, ni de velocidad, ni de distancia, de las que ahora regalan con la suscripción al periódico, en las que no hay mas que mirar por el objetivo y oprimir el obturador, pero que a él le pareció magnífica. Después de un breve preámbulo en el que el presentador quiso, sin mucho éxito, ganarse la voluntad del auditorio, dio comienzo a la rifa y el hombre extrajo sin tardanza el número premiado: el catorce, anunció de viva voz. Mordzinski niño brincó en el asiento. Recordaba a la perfección su número, todavía lo recuerda ahora: el catorce. Se lo requirió a su padre urgiéndolo con una emoción contenida, llena de infantiles expectativas, nosotros tenemos el catorce, papá, dámelo, le dijo, y el padre empezó a registrarse los bolsillos. Al cabo de un instante que al crío pareció eterno encontró un boleto único: el trece. Ese es uno, le reclamó su hijo, pero tenemos dos, el otro es el catorce, yo lo vi, dónde lo pusiste, búscalo. El padre volvió a hurgar inútilmente entre sus ropas, no sabía dónde estaba el otro boleto, sólo tenía ese. El niño se puso en pie mostrándolo desesperado, era el trece, cierto, pero era también la prueba irrefutable de que ellos también poseían el catorce aunque su papá no lo hallara, por eso nadie más reclamaba el regalo. El catorce era de ellos pero lo habían extraviado. El animador, un hijo de puta según lo recuerda mi amigo, ignoró la suprema lógica de aquel mocoso que para entonces estaba al borde de las lágrimas. Si nadie tenía el catorce habría que sacar otro número, dijo. No, no, suplicó Mordzinski niño, por favor, el catorce era suyo y por lo tanto el premio, la camarita de mierda que él veía entonces como un tesoro que se le iba de entre las manos, le pertenecía también.<span id="more-53"></span></p>
<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto18.jpg?t=1217840810" alt="Foto18.jpg picture by antoniosarabia" />El presentador sacó un nuevo papelillo y la instamatic se la llevó algún otro pequeño cuyo padre conservaba bien guardados sus boletos en el bolsillo. Mordzinski lloró toda la tarde y ya ni la actuación del mago, ni la de los payasos que animaron el resto de la función fueron capaces de consolarlo. Todavía esa noche en Colima, al contarlo, en su rostro se reflejaba el disgusto y la frustración producidas por aquel lejano episodio. Miré la imprescindible Leica, siempre pendiente de su cuello, la diminuta Contax de titanio y lente Zeiss metida en un estuche prendido al cinturón, la voluminosa valija con la Canon y la infinita variedad de filtros y objetivos que siempre trae en ella. Me pregunté cuántas más tendría que comprar aún para sustituir aquella Kodak de juguete de la que se le había privado en los irrecuperables años de la infancia.</p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.antoniosarabia.net">Antonio Sarabia </a></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.antoniosarabia.net"></a>(Tomado de El Refugio del Fuego, Ediciones B, 2003)</p>
<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Literastur_3186.jpg?t=1217776846" alt="Literastur_3186.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p class="MsoNormal">Lauren Mendinueta, Juana Rosa Pita, Carmen Yáñez, Jeanet Nuñez</p>
<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Sepulveda_Yanez_2898.jpg?t=1217776719" alt="Sepulveda_Yanez_2898.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p class="MsoNormal">                                                                                                                        Luis Sepúlveda y su esposa Carmen Yáñez</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Suarez_karla.jpg?t=1217776940" alt="Suarez_karla.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Karla Suárez</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Jaramillo_8612.jpg?t=1217777063" alt="Jaramillo_8612.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Darío Jaramillo</p>
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		<title>Recuerdos del Salón del Libro</title>
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		<pubDate>Sun, 18 May 2008 23:33:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Alberto Masala]]></category>
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		<description><![CDATA[El pasado lunes 12 de mayo se clausuró el XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón con la entrega del premio de traductores Claude Couffon a mi buen amigo Pino Caccuci. Pino, además de un gran traductor, es un excelente escritor italiano a quien muy pronto tendremos de convidado en este blog. El Salón transcurrió [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado lunes 12 de mayo se clausuró el XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón con la entrega del premio de traductores Claude Couffon a mi buen amigo Pino Caccuci. Pino, además de un gran traductor, es un excelente escritor italiano a quien muy pronto tendremos de convidado en este blog.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-diLc4iI/AAAAAAAAAW8/j6cNDVqFfH8/s1600-h/Cartel+Literastur.jpg" rel="lightbox[33]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5201866984213242402" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-diLc4iI/AAAAAAAAAW8/j6cNDVqFfH8/s200/Cartel+Literastur.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
El Salón transcurrió durante toda la semana en ese ambiente de convivialidad y buen humor que saben propiciar sus organizadores Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda. Fue un enorme placer el reencontrarse con los viejos amigos al tiempo que se creaban nuevos lazos de fraternidad con otros, como con el mexicano Daniel Pupko, el salamantino Eloy Santos, el argentino Lucas Chiappe, el italiano Alberto Masala y, last but not least, el guatemalteco Eduardo Halfon y su bella esposa Lucía con quienes nos habría gustado departir más tiempo, pero de los que nos separamos sabiendo que habrá nuevas oportunidades de vernos en un futuro próximo.</p>
<p><span id="more-33"></span><br />
Durante la semana se vendieron doce mil libros y la sorpresa la dio el poemario La Vocación Suspendida, de Lauren Mendinueta, al ser declarado en la última rueda de prensa como el libro más vendido del evento.<br />
Entre los momentos a recordar nos quedan también la gran lectura de poesía que se realizó en el Jardín Botánico, y de ésta, muy especialmente, la participación de Francisco Álvarez Velazco,<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-zyLc4jI/AAAAAAAAAXE/hXJ5fv_o5NY/s1600-h/Francisco_Velasco.jpg" rel="lightbox[33]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5201867366465331762" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-zyLc4jI/AAAAAAAAAXE/hXJ5fv_o5NY/s320/Francisco_Velasco.jpg" border="0" alt="" /></a> algunos de cuyos poemas reproducimos más abajo.<br />
En la poesía actual, la imagen y la idea priman sobre la música del verso. No es así en los trabajos de Álvarez Velazco cuyo fino oído acompaña y subraya siempre lo que escribe. Sus versos tienen un sutil influencia juanramoniana y se caracterizan por concluir siempre con un delicado pincelazo.<br />
Durante su presentación, Francisco Álvarez Velazco leyó, entre otros, algunos poemas de su libro Noche, ganador del Premio Antonio Machado 2005. Por desgracia no pudimos encontrar ningún ejemplar en librerías para reproducirlos aquí. Los que leerán a continuación son igualmente hermosos y pertenecen a su último poemario, Las Aguas Silenciosas, publicado por Ediciones Trea en 2007.</p>
<p>2</p>
<p>COMO pozo vacío, tu silencio.<br />
Donde arrojas la piedra<br />
suena a cascajo y polvo.</p>
<p>A veces el silencio<br />
es un fresno sin pájaros ni tarde.</p>
<p>5<br />
COMPAÑERA del alba,<br />
dame<br />
la luz, los ojos, dame la invisible <br />
trompeta que convoca la raíz<br />
poderosa, <br />
la brisa de los álamos,<br />
el vuelo de campanas, <br />
el zumbar de la abeja.</p>
<p>Desvela la palabra ignorada, <br />
que en los nidos despierta<br />
 el latir de la vida.</p>
<p>Porque ésta es la hora,<br />
 y ya los ríos parten <br />
y abril se abre glorioso<br />
 con dientes de león en las praderas, <br />
dame la mano y sube<br />
 al caballo que aguarda ante la puerta.</p>
<p>11</p>
<p>CUERPO en naufragio que las aguas<br />
de la noche abandonan<br />
a la orilla del sueño.</p>
<p>Ya debes levantarte,<br />
que habrá que darle cuerda<br />
al viejo corazón de la mañana.</p>
<p>12<br />
ATARDECER JUNTO A LA MAR</p>
<p>Luminosa la tarde y la mar,<br />
limpia<br />
la brisa de las seis.<br />
A sorbos lentos,<br />
el vino y las palabras.<br />
Contemplábamos<br />
cómo, al caer, el sol iba lamiendo<br />
el vuelo de gaviota y la cinta<br />
blanca de las espumas<br />
y en las rocas<br />
las verdes cabelleras de los musgos.</p>
<p>Sucedió de repente.<br />
A corazón<br />
abierto alguien sacó<br />
contra la tarde su dolor oculto<br />
y lo puso en la mesa<br />
-servilleta arrugada entre los vasos-.<br />
Dimos tiempo a su angustia, espacio<br />
para la soledad sin mengua de su rostro,<br />
cauces le abrimos para el tedio oscuro<br />
que en su sangre corría.</p>
<p>Apuramos los vasos<br />
y la tarde<br />
se hizo amarga en la turbia frontera de la noche.</p>
<p>15</p>
<p>RELOJ DE ARENA</p>
<p>Siglo a siglo,<br />
los ríos fabricaron su arenas,<br />
y palpitan ahora relumbrantes<br />
y acompañan mis pulsos.<br />
El tiempo fluye en ellas.<br />
Busca y busca, incesante,<br />
El pozo de la muerte.</p>
<p>Ya marzo está pasando y apresura<br />
Sus nubes altas.<br />
(¿A qué tierras sus sombras llevarán,<br />
amor, que las verás cruzar<br />
sobre el mar de los trigos<br />
en lentas oleadas?)</p>
<p>por ti clamé en el corazón azul de la mañana,<br />
te busqué por el día,<br />
y en un rincón oscuro de la tarde<br />
con su puerta entreabierta<br />
me encontré con la noche.</p>
<p>¡Solamente la noche!<br />
Y, al fondo,<br />
la plena luna nueva y su rostro de nada.</p>
<p>La vida, amor, nos llama<br />
para beber su vino.<br />
Amargo sabe cuando tus labio no se acercan<br />
ni la lenta lengua que la piel espera,<br />
porque, a solas, el vino<br />
es triste y es amargo<br />
como los verdes jugos de la antigua hiedra…</p>
<p>Hasta la blanca escarcha de este silencio<br />
Llégate, amor, y escucha<br />
Cómo en la noche crujen las arenas del tiempo.</p>
<p>20</p>
<p>FINAL DE FIESTA</p>
<p>Es ya de madrugada.</p>
<p>Junto al espejo quedan<br />
los dientes, la peluca<br />
y la máscara viva<br />
de mirar a los otros.</p>
<p>Un rostro sobre el lecho<br />
mirando hacia la muerte.</p>

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		<title>El Salón del Libro Hispanoamericano, del 7 al 12 de mayo, la undécima edición.</title>
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		<pubDate>Mon, 05 May 2008 10:43:00 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Carmen Yáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Mordzinski]]></category>
		<category><![CDATA[Lauren Mendinueta]]></category>
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		<description><![CDATA[El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7lKIpGKsI/AAAAAAAAAWs/2s4YkGJkWTY/s1600-h/Cartel+Literastur.jpg" rel="lightbox[32]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196842982313437890" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7lKIpGKsI/AAAAAAAAAWs/2s4YkGJkWTY/s200/Cartel+Literastur.jpg" border="0" alt="" /></a> Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reunión, está como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpatías, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a través de los años. Ahí me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ahí conocí hace algún tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegaría a ser mi pareja.<br />
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda (aquí en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entrañablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gijón que, durante una semana completa,<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7ldopGKtI/AAAAAAAAAW0/svyvBE5g3-M/s1600-h/Lucho+y+Pelusa.jpg" rel="lightbox[32]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196843317320886994" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7ldopGKtI/AAAAAAAAAW0/svyvBE5g3-M/s200/Lucho+y+Pelusa.jpg" border="0" alt="" /></a> disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poesía, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para jóvenes (el dirigido por Lauren Mendinueta), además de las presentaciones de algunas de las últimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librerías tanto españolas como latinoamericanas. Este año, el undécimo de su existencia, el Salón del Libro Iberoamericano se centrará en un homenaje a Salvador Allende, a cien años de su nacimiento, y en la exploración de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, “La Tierra Somos Todos”, me gustaría compartir con los lectores de Los Convidados una colaboración personal escrita especialmente para la revista Literastur que circulará durante el evento.</p>
<p><span id="more-32"></span></p>
<p>UN SABIO JUDÍO DEL SIGLO XIV Y LA HIPÓTESIS DE GAIA.</p>
<p>El tema de literatura y medio ambiente me permite compartir con los lectores de esta revista, y con los participantes del XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, un pensamiento que puede parecer absurdo a unos y difícil de aceptar a otros, pero que a mí me ha inquietado desde la adolescencia y que, aunque nunca me había atrevido a expresarlo con esta franqueza, se transparenta en buena parte de mi literatura. Está implícito en El Cielo a Dentelladas, y Los Convidados del Volcán no es más que una vasta parábola del mismo concepto, pero donde se resume mejor y más explícitamente es en una escena de mi primera novela escrita, la que se publicaría en América como Banda de Moebius y más tarde en España como El Retorno del Paladín. En ella, Samuel, el médico judío del sultán de Granada, explica al principal protagonista del libro el verdadero sentido de los millares de astros que se observan en lo alto. Le dice que son esferas perfectas, de diferentes tamaños y coloraciones. Algunos como el sol son enormes piedras de fuego, brasas ardientes más grandes que los reinos de Granada y Castilla juntos. Y concluye: la Tierra, según lo demostraron los experimentos de Erastótenes hace mil años, es redonda y forma parte de la misma colectividad de estrellas y planetas que se mueven en el cielo.<br />
Y ahí mismo, sin que yo hubiera entonces leído a Lovelock o a Vernadsky, sin conocer ni una sola palabra sobre la teoría de Gaia, que define a la Tierra como un organismo vivo, aquel sabio judío de mi invención se suelta el pelo afirmando que las estrellas se encienden y se apagan, nacen y mueren. Los planetas florecen y se secan, nacen y mueren también: machos y hembras celestiales que se acercan y se alejan eternamente teniendo como campo de reposo el espacio infinito&#8230; Ellos son los verdaderos habitantes del universo. Forman familias, sociedades, naciones enteras que se desplazan por el firmamento en busca de su propia tierra prometida. Son los ángeles y arcángeles, las verdaderas criaturas de Dios, el pueblo elegido. ¿Qué somos nosotros comparados con esos admirables moradores del cosmos? No somos nada: piojos que nos arrastramos sobre una cabeza celeste, parásitos que infestamos el cuerpo de un dios. Somos su enfermedad, somos su lepra, somos su mal, el mal que tal vez le conduzca a la muerte.<br />
Después de aquellos primeros intuitivos alegatos, y evitando caer en antropomorfismos para niños, me he venido enterando de que, en efecto, hay científicos serios que coinciden en la actualidad con mi sabio judío del siglo XIV y que, para investigar sobre la posible existencia de vida en otros rincones del universo, se vieron obligados a puntualizar primero en qué consistía estar vivo. Al determinar esos parámetros se dieron cuenta, con no poca sorpresa, de que nuestro planeta, como tal, satisfacía todos los requisitos con que intentaron cuantificar el evento. Ese puntito azul pálido, como alguna vez llamó Carl Sagán a la Tierra, es en realidad un ser vivo suspendido en un soplo de luz como si el sol lo sostuviera en la mano. Un ente frágil, en realidad, desde el punto de vista cósmico, que utiliza la energía solar para mantener su propio equilibrio biológico, químico y térmico. Sí, la Tierra respira y transpira, como pensaba el viejo Samuel.  En lo que ya no estoy de acuerdo con la tesis del sabio judío –yo era entonces mucho más joven e ignoraba ciertas cosas cuando puse aquellas subversivas palabras en su boca- es en que los seres que pueblan la superficie del planeta sean un accidente externo al mismo como “piojos que se arrastran sobre una cabeza celeste” o “parásistos que infestan el cuerpo de un dios”. No, muy al contrario, lo que nosotros llamamos vida está íntimamente relacionada con la constitución del planeta mismo, forma parte de su propia estructura y ejecuta funciones orgánicas de importancia primordial sin las cuales le sería imposible existir. Eso naturalmente incluye, tal vez más que a ninguna otra, a la especie inteligente que la habita. Alterar una simple preposición al punto de vista que tradicionalmente se nos ha inculcado sobre nosotros mismos podría generar un cambio radical en nuestra visión de la historia y el destino del género humano: el hombre no es la más evolucionada de las manifestaciones de la vida en la tierra sino la más evolucionada de las manifestaciones de la vida de la tierra.<br />
Desde luego que nadie es eterno y que nuestra existencia como astro, aunque se mida en millones y millones de años es también perecedera. Y aquí me es imposible no citar a Pessoa refiriéndose al dueño del expendio de frente su casa que está a punto de sonreírle bajo el letrero de la tabaquería: Él morirá y yo moriré. / Él dejará el letrero, yo dejaré versos. / En cierto momento morirá el letrero también, y los versos también. / Después de algún tiempo morirá la calle donde estaba el letrero, / y la lengua en que fueron escritos los versos. / Morirá más tarde el rotante planeta en que todo esto se dio. / En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente / continuará haciendo cosas como versos y viviendo bajo cosas como letreros…<br />
Eso ya lo precisaba asimismo Samuel, aunque de una manera más burda, en su apasionado discurso al héroe de El Retorno del Paladín. Lo que no decía es que aquellos que hacemos “cosas como versos” y vivimos “bajo cosas como letreros” personificamos la consciencia del planeta, somos hasta donde sabemos la única manifestación de su vida pensante, y aún tenemos mucho que reflexionar sobre cómo prolongar al máximo nuestra existencia en el cosmos y qué vamos a hacer con ella. Para eso estamos obligados a pesar y sopesar con responsabilidad e inteligencia, como hacía el sabio judío en su laboratorio, lo que erigimos cada día con lo que él llamaba la materia misma del universo: polvo, tierra, fuego, líquidos, gases, minerales, la sustancia viva de la que están hechas las estrellas y los planetas: la sagrada carne de los dioses.<br />
Antonio Sarabia</p>

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		<title>Claude Couffon, poeta y traductor</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2008 12:10:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía Francesa Contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.<br />Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas.<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67qeqeNUTI/AAAAAAAAAQo/EHF-rKx1_lM/s1600-h/Couffon+y+A.S.jpg" rel="lightbox[20]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67qeqeNUTI/AAAAAAAAAQo/EHF-rKx1_lM/s200/Couffon+y+A.S.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165323635158503730" /></a><br />Entre sus últimas novelas traducidas al francés están <span style="font-style:italic;">Los Convidados del Volcán</span>, en 1997, y <span style="font-style:italic;">El Cielo a Dentelladas</span>, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud.<br />Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon.<br />Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67q0aeNUUI/AAAAAAAAAQw/4Ld6bvW1o4Q/s1600-h/Claude+Couffon.jpg" rel="lightbox[20]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67q0aeNUUI/AAAAAAAAAQw/4Ld6bvW1o4Q/s200/Claude+Couffon.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165324008820658498" /></a></p>
<p>LA CONFESIÓN</p>
<p>Puedo aún escribir<br />y, con la mano temblorosa <br />deshojando sílabas,<br />mofarme de la muerte<br />¿Pero de qué me sirve?<br />¿de cara a quién?<br />¿Para qué hablar,<br />incluso en voz baja,<br />de la soledad?</p>
<p>ELLA</p>
<p>Como todos, claro que pienso en ella,<br />sin angustia puesto que sé<br />por haberla frecuentado a menudo<br />que ella es sólo un símbolo.</p>
<p>Es triste, cierto, pero tranquilizador<br />ya que todos terminaremos ahí,<br />grandes o pequeños, nutrientes<br />de unas briznas de hierba en el cementerio.</p>
<p>Visto que los poetas <br />la han celebrado tanto, renunciemos.<br />Entremos en la muerte y dejemos<br />que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.</p>
<p>VIAJES  II</p>
<p>Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto<br />en aviones que piloteamos solitarios<br />hacia islas imaginarias<br />de continentes cercanos al cielo<br />o al infierno<br />pero poco importa:<br />se asemejan en su salvaje libertad.<br />Emparejarse aquí es soñar<br />con todos esos cuerpos que fueron nuestros<br />y que el tiempo no puede envejecer<br />¡Ah, los viajes sin regreso<br />en los que me hundo cada noche!</p>
<p>BALANCE III</p>
<p>Vivir es una crueldad si sabemos<br />que todo lo que fue ya no será<br />o es tan sólo un destello<br />del azar o de la suerte escasa.<br />Ya no poder ser el hombre <br />aquel seductor seguro de sí<br />que volvía reales los excesos<br />de los más ardientes fantasmas.<br />Ahora  andrajo que a veces<br />concretiza el sueño loco<br />de ser todavía ya sin nada<br />la imagen de un duende estéril<br />de una vida que fue larga y breve.</p>
<p>NOMBRE</p>
<p>Me hubiera gustado ser otro.<br />No aquél a quien se conoce<br />e incluso a veces se reconoce.</p>
<p>Ser Bosquet o Sabatier.<br />Alberti o Neruda.<br />Louis Aragon o Paul Eluard.<br />O bien<br />tantos otros que ríen en sus barbas…</p>
<p>Pero yo sólo quiero ser<br />—disculpen si me ufano—<br />aquél que todos llaman Couffon.</p>
<p>DE PASO</p>
<p>¿Sólo somos materia que se transmite<br />consciente <br />o inconscientemente?<br />La edad lo afirma <br />o lo rechaza<br />si se trata de juventud <br />o de extinción<br />pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas<br />si vivir es la maravilla de un tiempo<br />a lo más pasajero.</p>
<p>Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir <span style="font-style:italic;">Confieso que he vivido</span>, las memorias de Pablo Neruda:<br />“¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”</p>

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		<title>Álvaro Mutis</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Nov 2007 14:26:00 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s1600-h/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137532273743156674" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s320/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" border="0" alt="" /></a> Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.<br />
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s1600-h/16.JPG" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137531985980347826" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s320/16.JPG" border="0" alt="" /></a> Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.</p>
<p><span id="more-10"></span><br />
Sé que en días pasados la feria del libro de Guadalajara le ha ofrecido un homenaje. Viene bien, aunque cae sospechosamente a la mano ahora que la feria tiene a Colombia como invitada especial y a Gabo se le han rendido ya, este año, todos los honores que su fatigada humanidad es capaz de resistir. Un homenaje, sí, no está mal y, desde luego, Álvaro se lo merece. Pero me pregunto si no se lo harán para paliar los sentimientos de culpa por ese premio Juan Rulfo –me consta que Claude Couffon lo propuso desde aquel 1993 de la foto- que Álvaro amerita también, y con creces, y que nunca le dieron. Menos mal que, cuando menos, esta vez le hicieron por fin justicia a Del Paso.<br />
Salud, Álvaro, felicidades y, como dice aquel hermoso poema tuyo, que nos acoja la muerte con todos nuestros sueños intactos. Amén.</p>
<p>UN BEL MORIR</p>
<p>De pie en una barca detenida en medio del río<br />
cuyas aguas pasan en lento remolino<br />
de lodos y raíces,<br />
el misionero bendice la familia del cacique.<br />
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,<br />
reciben los breves signos de la bienaventuranza.<br />
Cuando descienda la mano<br />
habré muerto en mi alcoba<br />
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía<br />
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.<br />
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,<br />
algunos retratos en desorden,<br />
unas cartas guardadas no sé dónde,<br />
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.<br />
Todo irá desvaneciéndose en el olvido<br />
y el grito de un mono,<br />
el manar blancuzco de la savia<br />
por la herida corteza del caucho,<br />
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,<br />
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.</p>
<p>CANCIÓN DEL ESTE</p>
<p>A la vuelta de la esquina<br />
un ángel invisible espera;<br />
una vaga niebla, un espectro desvaído<br />
te dirá algunas palabras del pasado.<br />
Como agua de acequia, el tiempo<br />
cava en ti su arduo trabajo<br />
de días y semanas,<br />
de años sin nombre ni recuerdo.<br />
A la vuelta de la esquina<br />
te seguirá esperando vanamente<br />
ése que no fuiste, ése que murió<br />
de tanto ser tú mismo lo que eres.<br />
Ni la más leve sospecha,<br />
ni la más leve sombra<br />
te indica lo que pudiera haber sido<br />
ese encuentro. Y, sin embargo,<br />
allí estaba la clave<br />
de tu breve dicha sobre la tierra.</p>
<p>CIUDAD</p>
<p>Un llanto,<br />
un llanto de mujer<br />
interminable,<br />
sosegado,<br />
casi tranquilo.<br />
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.<br />
Primero un ruido de cerradura,<br />
después unos pies que vacilan<br />
y luego, de pronto, el llanto.<br />
Suspiros intermitentes<br />
como caídas de un agua interior,<br />
densa,<br />
imperiosa,<br />
inagotable,<br />
como esclusa que acumula y libera sus aguas<br />
o como hélice secreta<br />
que detiene y reanuda su trabajo<br />
trasegando el blanco tiempo de la noche.<br />
Toda la ciudad se ha ido llenando de ese llanto,<br />
hasta los solares donde se amontonan las basuras,<br />
bajo las cúpulas de los hospitales,<br />
sobre las terrazas del verano,<br />
en donde las discretas celdas de la prostitución,<br />
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,<br />
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,<br />
en las medallas que reposan en joyeros de teca,<br />
un llanto de mujer que ha llorado largamente<br />
en el cuarto vecino,<br />
por todos los que cavan sus tumbas en el sueño,<br />
por los que vigilan la mina del tiempo,<br />
por mí, que lo escucho<br />
sin conocer otra cosa<br />
que su frágil rodar por la intemperie<br />
persiguiendo las calladas arenas del alba.</p>
<p>AMÉN</p>
<p>Que te acoja la muerte<br />
con todos tus sueños intactos.<br />
Al retornar de una furiosa adolescencia,<br />
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,<br />
te distinguirá la muerte con su primer aviso.<br />
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,<br />
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.<br />
La muerte se confundirá con tus sueños<br />
y en ellos reconocerá los signos<br />
que antaño fueron dejando,<br />
como un cazador que a su regreso<br />
reconoce sus marcas en la brecha.</p>

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