Posts Tagged “Lope de Vega”
Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el sábado 9 por la noche.
Alfonso es también un apasionado del siglo de oro español; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, Ladrones de Tinta (Ediciones B, 2004) y El Gabinete de las Maravillas (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela histórica. El sábado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio también, tomando partido entre bromas y veras él por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, Las Caras del Tigre, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capítulos a los lectores de Los Convidados.
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Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid, España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone el llamado barroco español. Una forma de vida, de ser, de vivir, de creer y hasta de hablar, afirma Antonio Carreño en su prólogo a las Rimas humanas y otros versos (Crítica, 1998), comprendida bajo el más pretencioso término de Siglo de Oro.
Hijo de un diestro bordador de casullas y frontales que llegó a coser para la reina, la vida de Lope transcurre en plena España de los Austrias, desde el reinado de Felipe II hasta el de Felipe IV. Sobre su educación no hay datos precisos aunque el mismo Lope dedica una de sus comedias al muy ilustrísimo señor don Íñigo de Mendoza, catedrático de la universidad de Alcalá cuando yo estudiaba en ella y hace también otra ambigua referencia a su posible paso por Salamanaca.
En su juventud fue soldado y actor (cuando fue representante / primeras damas hacía, cuenta Quevedo con su acostumbrada mala leche) antes de entrar como secretario al servicio de algunas casas nobles como la del obispo de Cartagena, la del marqués de Malpica, la del duque de Alba, la del conde de Lemos y, posteriormente, con una lastimosa servidumbre que mantendría hasta el final de su vida, la del duque de Sessa.
Pero cuando aún era joven y comenzaba a destacar escribiendo versos y comedias, encontró musa e inspiración en la calle de Lavapiés, donde vivía la actriz Elena Osorio hasta que el padre de ésta, Jerónimo Velázquez, un astuto empresario teatral, prefirió para su hija la fortuna de otro a los libretos de Lope: dejas un pobre muy rico, le escribió Lope chasqueado, y un rico muy pobre escoges, / pues las riquezas del cuerpo / a las del alma antepones.
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Este jueves 16 de octubre Los Convidados cumplen un año de su presencia en la red. Esto nos induce a una pequeña celebración. Además de la obligada botella de Burdeos (en este momento me encuentro de viaje en una gira por Francia, estoy escribiendo estas líneas sobre el traqueteo de un TGV) que me beberé esta noche a la salud de todos ustedes, se me ocurre que la mejor manera de festejarlo es hacer una entrada (o dos, o tres, según lo que encuentre más adelante) con los poemas que más he disfrutado transcribir durante estos primeros doce meses de vida. Vamos a ver… Los primeros versos del blog correspondieron, no podía ser de otro modo, a la pluma de Lauren Mendinueta. Aquí está el que he elegido de aquella entrada:
De Lauren Mendinueta, octubre 25/07
LA FELICIDAD
La felicidad, como tantas otras cosas,
depende de los reflujos de la mente.
Pero ese vaivén de la memoria lo gobierna el azar,
y por fatalidad he vivido dando rodeos
acercándome quizás, sin alcanzar lo memorable,
una y otra vez cayendo en lo peor de lo vivido.
¿Acaso la felicidad está en lo más próximo,
en lo que no es memoria sino llana realidad?
Si es así no hay esperanza
pues para llegar a lo más cercano
hay que transitar por el camino más largo,
que dicho sea de paso, es el más difícil.
La felicidad, como un legítimo tesoro,
espera en el fondo
de lo ríos más caudalosos de la memoria.
Sólo en esos acuosos mantos existe con pureza.
Aunque en tierras cotidianas contemos con réplicas exactas
dispuestas en vitrinas a precios caprichosos.
Si alguno codicia las auténticas joyas
tiene que sumergirse en innumerables aguas,
sortear atroces peligros, arriesgarse.
Pero que entienda de antemano
que los tesoros verdaderos no son hallazgos de la voluntad.
Yo prefiero abandonarme al azar,
tal vez un día aparezca ahogada en buenas aguas.
Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977)
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Un veintinueve de septiembre como este nació, hace cuatrocientos sesenta y un años, don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616). Además del espacio de este blog me harían falta otros muchos para bosquejar apenas lo que don Miguel significa para mí como modelo de ser humano, y para la literatura universal como fundador de la narrativa moderna. La mejor manera de combinar ambas cosas, y rendirle homenaje, es reproducir una breve semblanza novelístico-biográfica suya, si existe el término, extraída de mi novela Amarilis, que Belacqva publicará en Verticales de bolsillo a partir del próximo mes de enero.
El texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habitó los últimos años de su vida la calle de León, que en justicia debería llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega residía y que, por esa razón, debería llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope. Y ya que estamos en ello, hay que añadir que la imprecisión y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio no es su única injusticia: casi frente a la aún en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, aún llamada del Niño Jesús, hay una placa alusiva que señala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna mención a don Luis de Góngora y Argote, quien vivió también en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a Córdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez años más tarde. Se marchó porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divertía contar que para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quemó como pastillas Garcilazos.
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Podría iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exupéry su novela Piloto de Guerra: Sin duda sueño. Estoy en la escuela. Tengo quince años. Resuelvo con paciencia mi problema de geometría. Sólo que yo no me recuerdo de quince años sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometría, para los que además nunca tuve paciencia alguna, sino ante el borroso rostro de un profesor del que he olvidado el nombre. Sospecho que ni siquiera enseña literatura aunque, no sé por qué motivo, nos habla de un personaje del que yo aún no sabía nada: don Francisco de Quevedo y Villegas, poeta de una época para mí entonces oscura y remota: el siglo XVII. Por otra confusa razón que tampoco recuerdo ahora, el rey -entonces yo los imaginaba sentados en su trono al dirigirse a sus súbditos- intenta burlarse de él. Le dice que se murmura por ahí que es capaz de componer versos al instante y le exige una demostración. Don Francisco responde con sencillez: “Majestad, deme pie”. El monarca medita unos momentos. En vez de aportar la rima requerida, levanta una pierna ante las risas de sus cortesanos y extiende hacia Quevedo su fina zapatilla de cuero. El poeta, medio cojo, se inclina para rodear con un brazo el pie del monarca y le dice:
 En esta humilde postura parece ser, oh señor, que yo soy el herrador y vos la cabalgadura.
Nunca olvidé ni los versos ni la anécdota. ¿De dónde los habrá sacado aquel mágico maestro de mi infancia? Porque en todo lo que he leído después sobre el Siglo de Oro Español, y tarde cinco años estudiándolo a fondo para escribir mi novela Amarilis, nunca encontré la anécdota ni los versos atribuidos a Quevedo. Ahora me parece poco plausible que un rey tan ceremonioso como Felipe IV se hubiese prestado a ese tipo de chanzas con sus cortesanos y menos verosímil aún que cualquiera de ellos, aunque se tratara del mismísimo Quevedo, se atreviera a faltarle al respeto. Sin embargo aquella historia bastó para encandilarme. Mi amor por el siglo de oro nació, pues, y fue creciendo como una catedral alta y tortuosa, apoyada sobre una piedra falsa. Pero me impulsó a explorar poco después el teatro de la época. Las comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, las leí, las devoré, en la biblioteca de la escuela como si fueran teveos. No tardé mucho en toparme de nuevo con Quevedo. Tampoco recuerdo en dónde leí otra de sus pullas, ésta dirigida a un tal doctor don Juan Pérez de Montalbán, de quien ahora sé fue discípulo y amigo de Lope de Vega, al quien al morir éste dedicó una apología, la Fama Póstuma. A Quevedo no debe de haberle simpatizado mucho porque le escribió:
El doctor tú te lo pones, el Montalbán no lo tienes, con que, quitándote el “don”, vienes a quedar… Juan Pérez
De aquellos días de infancia recuerdo también otra -que me suena a siglo de oro aunque tampoco he visto escrita y desconozco al autor- que oí decir a mi padre ante una efigie de San Martín de Tours que, a caballo, rasga su capa para compartirla con un mendigo que está muriendo de frío.
 Yo no soy como aquel santo que dio media capa a un pobre, toma de mi amor el manto y si te sobra… que sobre.
Con Quevedo aprendí a gozar también el humor de su archienemigo, don Luis de Góngora y Argote, más fino y punzante pero igualmente implacable:
A don Diego del Rincón, cojo, ciego y corcovado, un hábito el Rey le ha dado con encomienda en León. Bien le vino al andaluz que en tal Rincón, cosa es clara que cualquiera se meara si no le viera la cruz.
Esta otra, también de Góngora, se refiere a un fiasco íntimo. Las malas lenguas de la época sugerían que narraba el primer intento hecho por Felipe IV para consumar el matrimonio con su esposa doña Isabel de Borbón, recién desempacada de Francia.
Con Marfisa en la estacada entrastes tan mal guarnido que su escudo, aunque hendido, no lo rajó vuestra espada. Qué mucho, si levantada no se vio en trance tan crudo, ni vuestra vergüenza pudo cuatro lágrimas llorar, siquiera para dejar de orín tomado el escudo.
Merecen también una mención sus riñas con Lope de Vega, de quien Góngora copiaba los romances moriscos cambiado los versos para burlarse de ellos. Por ejemplo, Lope concibe un personaje heroico, el moro Azarque, y le hace dirigirse a sus vasallos cuando está a punto de partir para la guerra:
 Ensíllenme el potro rucio del alcalde de los Vélez, denme la adarga de Fez y la jacerina fuerte, una lanza con dos hierros, entrambos de agudo temple, aquel acerado casco con el morado bonete…
Góngora pone a un villano en la misma situación:
Ensíllenme el asno rucio del alcalde Antón Llorente, denme un tapador de corcho y el gabán de paño verde, el lanzón en cuyo hierro se han orinado los meses el casco de calabaza y el vizcaíno machete…
Y en la parte en la que el héroe se despide de su amada, Lope dice:
Acuérdate de mis ojos que muchas lágrimas vierten ¡a fe que lágrimas suyas pocas moras las merecen!
Y el villano de Góngora no se queda atrás:
Acuérdate de mis ojos que están, cuando estoy ausente, encima de la nariz y debajo de la frente…
Al mismo Góngora se debe esta décima en la que hace mofa de las tercerías de Lope de Vega para con su amo, el duque de Sessa y de la voz popular que señala siempre lo mejor con la frase “es de Lope”.
 Dícenme que terceros disolutos cual suelen las livianas y ligeras mujeres dar de putas en terceras, aquestos, de terceros, dan en putos. Si esto es verdad, aconsejarte quiero que tu ingenio tercero y peregrino en cosa que es tan vil no de ni tope. Porque si das en puto de tercero tomando lo nefando por divino dirán luego en Castilla, “esto es de Lope”.
De Lope siempre me ha gustado esta octavilla. No resisto el incluirla, aunque pueda traerme alguna que otra protesta de las lectoras:
Hablando cierta persona de los zapatos decía que era bien hacerlos grandes a las mujeres muy finas, porque chicos hacen callos y las damas resentían que las hiciesen callar aunque fuese solo un día.
Para terminar, lo que podría ser un epitafio burlesco para don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Acusado por Felipe III de utilizar su cargo público para enriquecerse, el marqués hizo gala de valor y entereza al ser decapitado en la Plaza Mayor. Está escrito por el conde de Villamediana
Aquí yace Calderón. Pasajero, el paso ten, Que en hurtar y en morir bien Se parece al buen ladrón.
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A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podría menos que sufrir ante tamaño infundio. El libro, que Lope mencionaba como “un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas”, era en realidad la cumbre del culteranismo, Soledades, a la que don Luis de Góngora consideraba con justa razón su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sabía, continuaba su implacable crítica disfrazándola de buenas intenciones. No podía creer que semejantes tonterías se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desengañarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bahía de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logró, el antiguo demente no sólo no le mostró agradecimiento, sino que no se lo perdonó jamás porque por su culpa había perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.
Esta carta, modelo de humor, ironía y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burlón y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanecía, a los poetas del Siglo de Oro español.
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.
Dicen que ha hecho Lopico
contra mi versos adversos,
mas si yo vuelvo mi pico
con el pico de mis versos
a ese Lopico lo-pico.
Cuando, poco después de recibir aquella carta, Góngora se mudó a Madrid para ejercer el cargo de capellán de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Niño Jesús, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. Éste llevaba años ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurría sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la época y los de su última musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordobés escribiera sin faltar mucho a la verdad:
Cura que en la vecindad
Vive con desenvoltura
¿para qué llamarle cura
si es la misma enfermedad?
Se ha dicho que hubo en realidad dos Góngoras: uno, ángel de luz, y el otro, ángel de tinieblas. Nadie ha calculado todavía, con un estudio profundo y riguroso, el daño y el provecho que el racionero cordobés hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aquí sólo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cayó en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a él. De ahí entresacamos esta pequeña joya:
Mata a todos cuantos cura
el médico Filiberto,
y si alguno no se ha muerto
es que le ha errado a la cura.
Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:
Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad,
y es la primera verdad
que sale de vuestra boca.
Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:
Con tanta felpa en la capa
y tanta cadena de oro,
el marido de la Vaca
¿qué pude ser sino toro?
Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:
¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!
Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.
Cuando el marqués de Malpica,
Caballero de la Llave,
con su silencio replica,
dice todo cuanto sabe.
Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:
Siempre, fray Cirilo, estás
cansándonos acá afuera,
¡quien en tu celda estuviera
para no verte jamás!
Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engreído por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borbón, lo que a la postre tal vez le costaría la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desdeñar a los hombres de su entorno. Hembra o varón, se decía, a él le daba igual. A eso se debe que el príncipe de Esquilache escribiera, después de haber leído una letrilla de Villamediana:
Luego que el papel leí
con el me quise limpiar
más púsome en que dudar
que era del conde, y temí.
A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:
Que a ser conde hayáis llegado
tan a prisa y tan sin costa,
no es mucho, si por la posta
habéis, conde, caminado.
Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta satírico más violento, agudo y desvergonzado de su época. Jamás hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condición: clérigos y legos, nobles y plebeyos, débiles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles ironías. Dirigió muchas de sus sátiras a Góngora, a quien detestaba. Ese odio no se limitó llamarle “capellán del rey de bastos”, “verdugo de los vocablos”, “escoba de la basura de las musas del Parnaso” y hasta “almorrana de Apolo” entre otras lindezas. Cuando Villamediana murió y Góngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontró sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Niño Jesús, donde el cordobés habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribió que
Para perfumarla
y desengongorarla
de vapores tan crasos
quemó, como pastillas, garcilasos.
Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:
¿Quién te persuadió a quitar
al adúltero infeliz
la nariz, pues la nariz
no te pudo deshonrar?
Tonto ¿qué has hecho al cortar
lo que sólo sabía oler?
Nada perdió tu mujer
en esto, si lo has notado,
pues al otro le ha quedado
con qué volverte a ofender.
Pero comenzamos esta breve recopilación con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. Éste, aunque no desdeñaba zaherir de cuando en cuando a Góngora o a Juan Ruiz de Alarcón, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estrépito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y más hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reunión más popular de los nobles de la corte: el Prado
Llego a Madrid y no conozco el Prado
y no lo desconozco por olvido
sino porque me consta que es pisado
por muchos que debiera ser pacido.
En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seudónimo de fray Tomé de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la difícil y se ponga a su alcance. Su argumento final es un juego de palabras en el que está de nuevo implícita la crítica hacia la comunidad en que vive e insinúa la paulatina corrupción del imperio Español. Lo utilicé como epígrafe a la primera parte de mi novela Amarilis:
Creeme Juana, y llámate Juanilla
mira que la mejor parte de España
pudiendo Casta, se llamó Castilla.
Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:
Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste
por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste
detén el alma y a Leonor advierte
que me deje picar donde estuviste
y cambiaré mi vida por tu muerte”.
“Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”, decían sus contemporáneos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada más hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su época que supieron llenar con humor e ironía tantas horas felices de mi adolescencia.
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