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	<title>Los Convidados &#187; Literatura inglesa</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>J.K. Rowling, o los inesperados beneficios del fracaso</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Feb 2009 20:33:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[J.K. Rowling (Yate, Glocestershire, Inglaterra, 1965), la célebre creadora de Harry Potter es sin discusión alguna la escritora que más libros ha vendido en este planeta. Este logro es bastante meritorio porque, a diferencia de la gran mayoría de los autores que encabezan las listas de best sellers, ella lo ha logrado con un quehacer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>J.K. Rowling (Yate, Glocestershire, Inglaterra, 1965), la célebre creadora de Harry Potter es sin discusión alguna la escritora que más libros ha vendido en este planeta. Este logro es bastante meritorio porque, a diferencia de la gran mayoría de los autores que encabezan las listas de best sellers, ella lo ha logrado con un quehacer eminentemente literario.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Rowling8.jpg?t=1232316198" alt="Rowling8.jpg picture by antoniosarabia" />Hace unos meses, en junio del 2008, ofreció una conferencia en Harvard con motivo de la graduación de los alumnos de esa universidad. Dados los tiempos que vivimos sus palabras de ese día tienen una resonancia especial hoy, y por eso las reproducimos este fin de semana en <em>Los Convidados</em>.<br />
Mi traducción no es ni literal ni exhaustiva. El discurso original en inglés me fue enviado por mi hermano Óscar desde Guadalajara, México, unos días después de pronunciado. Es bastante más largo de lo que aquí escribo y está, desde luego, formulado en primera persona. El cambio a la tercera persona y el estilo libre indirecto me dan una mayor libertad para navegar y &#8220;comprimir&#8221; algo el texto con el objeto de hacer los conceptos más fluidos y asequibles a los lectores de nuestra lengua en un espacio más reducido. Sin embargo las palabras, aunque algunas estén tratadas por mí con cierta inmunidad son todas suyas, como suyas son también las ideas detrás de ellas y la inteligencia, el humor, la pasión y la exquisita sensibilidad que las hacen posibles.<br />
<span id="more-506"></span>La escritora británica comienza su homilía con un par de simpáticas notas de humor para atraerse al auditorio. Agradece la invitación porque, dice, no sólo significa un honor extraordinario sino que las semanas de angustia y preocupación que pasó pensando en lo que iba a decir la hicieron bajar de peso. La conciencia de tamaña responsabilidad le hizo buscar alguna inspiración en el discurso pronunciado durante su propia graduación por la baronesa Mary Warnock, una distinguida filósofa inglesa. Reflexionar sobre aquel discurso, continúa, la ayudó enormemente porque se dio cuenta de que no se acordaba de nada. Ese descubrimiento, inesperado y liberador, le permite explayarse sin miedo de que cualquiera de ellos decida abandonar una prometedora carrera en los negocios, el derecho o la política, por las juguetonas delicias de convertirse en un mago gay.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jk-rowling-harvard-commencement-04.jpg?t=1232316402" alt="jk-rowling-harvard-commencement-04.jpg picture by antoniosarabia" />En verdad se rompió la cabeza preguntándose lo que iría a decirles, lo que le habría gustado a ella escuchar aquel día en que se graduó, y cuáles son las lecciones verdaderamente relevantes que ha aprendido en los veintiún años transcurridos desde entonces.<br />
Al final se le ocurrieron dos respuestas posibles: precisamente ese día en que los presentes celebran su éxito académico, ella se propone hablarles sobre los beneficios suplementarios del fracaso y también, puesto que se encuentran en el umbral de lo que algunos llamarían la &#8220;vida real&#8221;, ella desea encarecerles la importancia crucial de la imaginación.<br />
Mirándose en retrospectiva veintiún años atrás, la mitad de su vida, percibe cómo en aquella ocasión pendían en delicado balance lo que ella deseaba y lo que sus seres más queridos esperaban de ella. Lo único que a ella le habría gustado era ponerse a escribir novelas, mientras que sus padres, que provenían de un entorno humilde y que nunca tuvieron la oportunidad de asistir a la universidad, consideraban su hiperactiva imaginación como un mero entretenimiento para su distracción personal pero pensaban que con eso jamás pagaría una hipoteca o se aseguraría una pensión. Ellos deseaban que obtuviera un titulo universitario. Ella prefería Literatura Inglesa así que entre todos llegaron a un compromiso que, a fin de cuentas, no satisfizo a nadie y ella se dispuso a estudiar Lenguas Modernas. Apenas el auto de sus padres desapareció a la vuelta de la esquina, ella dejó el curso de Alemán y se inscribió en Cultura Clásica. Nunca se lo dijo a sus padres y es posible que estos no se enteraran sino hasta el día mismo de su graduación. Tal vez se sintieron decepcionados. De todos los estudios posibles la Mitología Griega era el menos viable para asegurarse la llave de un baño de ejecutivos. No critica a sus padres por aquel punto de vista. Lo único que ellos buscaban es que, habiendo sido ellos pobres, ella no experimentara también la pobreza. En eso ella está de acuerdo con ellos. Fue pobre después y comprendió que la pobreza no es una experiencia ennoblecedora. La pobreza implica miedo, inquietud, zozobra, depresión muchas veces, además de miles de pequeñas humillaciones y penurias. Salir de la pobreza por su propio esfuerzo es, desde luego, algo de lo cual cabe sentirse orgulloso, pero la pobreza en sí misma sólo es romantizada por tontos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 250px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jk-rowling-harvard-commencement-16.jpg?t=1232316553" alt="jk-rowling-harvard-commencement-16.jpg picture by antoniosarabia" />Lo que ella temía más a la edad de sus oyentes, les dice, no era a la pobreza sino al fracaso.<br />
En ese tiempo, a pesar de su falta de motivación en la universidad donde pasaba más tiempo en la cafetería garabateando relatos que en clase, tenía cierta facilidad para pasar los exámenes y por ese motivo, durante años, sirvió como modelo de éxito para sus compañeros de cursos.<br />
El hecho de que sus oyentes estén graduándose en ese momento, y en Harvard, es un indicativo de que no están muy familiarizados con lo que es el fracaso. Puede que los impulse tanto el miedo al fracaso como el deseo de triunfar. Tan adelantados están ya académicamente que lo que ellos considerarían un fracaso, una persona normal lo tomaría como un éxito. Cada uno tiene que decidir por sí mismo lo que considera fracaso aunque el mundo tenga una multitud de criterios a la mano para indicárselo. Por eso es justo decir que, bajo un punto de vista convencional, tan solo siete años después de su graduación ella había fracasado en una forma épica: había vivido un matrimonio excepcionalmente breve, estaba sin trabajo, madre soltera, y tan pobre como sólo era posible serlo en la Inglaterra moderna. Aunque no carecía de un techo, todo lo que sus padres temieron para ella se había realizado: según los estándares usuales ella representaba el peor fracaso posible.<br />
Pero el fracaso implica también el despojarse de todo lo que no es esencial. Dejó de pretender que ella era algo distinto a lo que en realidad era y empezó a canalizar su energía a llevar a cabo el único quehacer que en realidad le importaba. Si hubiera tenido éxito en cualquier otra cosa jamás habría encontrado en sí misma la determinación para triunfar en la única arena a la que creía pertenecer. Se sentía libre porque su mayor miedo se había realizado y aún estaba viva, y tenía con ella a la hija que adoraba, y poseía una vieja máquina de escribir y una idea formidable. Así, el duro fondo de su abismo personal se convirtió en el sólido fundamento sobre el que reconstruiría su vida. El fracaso le dio una seguridad interior que con ninguno de sus reveses anteriores había alcanzado. Le enseñó cosas sobre sí misma que no habría averiguado de ningún otro modo. Le mostró que tenía una voluntad fuerte y mayor disciplina de la que había sospechado. Supo también que tenía amigos a los que aprendió a valorar más que a nada en el mundo.<br />
La certeza de que uno puede emerger más sabio y más fuerte de sus infortunios nos da, para siempre, confianza en nuestra capacidad para sobrevivir. Uno nunca se conocerá verdaderamente a sí mismo, ni el valor de sus relaciones, hasta que no se pongan a prueba en la adversidad. Ese conocimiento es un auténtico don porque está dolorosamente ganado y es más valioso que cualquier diploma obtenida.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 266px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/jk-rowling-harvard-commencement-12.jpg?t=1232316694" alt="jk-rowling-harvard-commencement-12.jpg picture by antoniosarabia" />Tal vez algunos supongan que escogió también el hablar de la importancia de la imaginación por la parte tan preponderante que esta ha jugado en la reconstrucción de su vida pero no es del todo así. La imaginación es la única facultad humana que nos permite vivir lo que no somos y, por lo tanto, la fuente de todo invento o innovación. Es nuestra capacidad más transformadora y reveladora. Es el poder que nos habilita para empatizar con seres humanos cuyas experiencias no hemos compartido jamás.<br />
Una de las experiencias más formativas de su vida precedió a Harry Potter y fomentó mucho de lo que subsecuentemente escribiría en esos libros. La adquirió en uno de sus primeros trabajos. Aunque continuaba escribiendo relatos a la hora del almuerzo, pagaba su renta colaborando en el departamento de investigación en las oficinas de Amnistía Internacional en Londres.<br />
En su pequeña oficina leía cartas escritas a toda carrera y sustraídas de regimenes totalitarios por hombres y mujeres que arriesgaban la cárcel por informar al mundo exterior de lo que les sucedía. Examinaba fotografías de quienes habían desaparecido sin dejar huella, enviadas a Amnistía Internacional por sus desesperados parientes o amigos. Veía testimonios de víctimas de la tortura con fotos de sus heridas. Leía relaciones escritas a mano por testigos oculares de juicios y ejecuciones sumarias, de secuestros y violaciones. Muchos de sus colaboradores eran ex prisioneros políticos, personas que habían sido arrancadas de sus hogares o huido al exilio porque tuvieron la temeridad de pensar de manera distinta a la de sus gobernantes.<br />
Cada día encontraba más evidencia de la maldad que los seres humanos son capaces de infligir a sus congéneres con tal de adquirir o conservar el poder. Empezó a tener pesadillas sobre todas las cosas que veía, escuchaba o leía.<br />
Y sin embargo aprendió más acerca de la bondad humana en Amnistía Internacional de lo que nunca antes.<br />
Amnistía moviliza millares de personas que jamás fueron torturadas o encarceladas por sus creencias para actuar en favor de quienes sí lo han sido. El poder de la empatía humana, dirigida hacia la acción colectiva, salva vidas y libera prisioneros. Gente ordinaria, cuya seguridad y bienestar personal están bien resguardados, se une para salvar gente a quien no conoce y a quien jamás encontrará. Su pequeña participación en ese proceso fue una de las más humildes e inspiradoras experiencias de su vida. A diferencia de las otras criaturas de este planeta, los seres humanos son capaces de aprender y entender sin necesidad de experimentar. Pueden ponerse en los zapatos de otros, imaginarse a sí mismos en su lugar.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 224px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/JKRowling7.jpg?t=1232316905" alt="JKRowling7.jpg picture by antoniosarabia" />Desde luego que ese poder es moralmente neutro. Se puede usar tanto como una habilidad para manipular y controlar como para comprender y simpatizar.<br />
O puede no usarse para nada. Hay quienes prefieren no ejercitar su imaginación de ninguna manera. Prefieren permanecer confortablemente instalados en su propia experiencia, sin molestarse en averiguar cómo serían de haber nacido distintos. Pueden rehusarse a oír gritos o a espiar en las jaulas. Pueden cerrar la mente y el corazón a cualquier sufrimiento que no les concierna a ellos mismos. Pueden negarse a saber.<br />
Uno podría sentirse inclinado a envidiar a quienes viven así, excepto que ella no cree que tengan menos pesadillas que el resto de nosotros. El vivir en espacios cerrados puede conducir a una especie de agorafobia mental y eso acarrea sus propios terrores. Quienes voluntariamente rehúsan la imaginación engendran más monstruos y, a menudo, mayores temores.<br />
Una de las muchas cosas que aprendió al final de aquel corredor de los clásicos por el que se aventuró a los 18, en busca de algo que entonces no podía definir, es una frase del autor griego Plutarco que dice: <em>lo que conquistamos en el interior transforma la realidad exterior</em>.<br />
Esta extraordinaria afirmación se comprueba mil veces cada día de nuestra vida. Expresa, en parte, nuestra persistente conexión con el mundo externo, el hecho de que transformamos las vidas de los demás por el simple acto de existir.<br />
¿Y quiénes mejor que ellos, graduados de Harvard, para alterar otras vidas? Su inteligencia, su capacidad para el trabajo duro, la educación que han recibido les concede un status único, y responsabilidades asimismo únicas.<br />
Si usan su posición y su influencia para levantar la voz por los que no tienen voz, si se identifican no sólo con los poderosos sino también con quienes no tienen poder, si conservan su habilidad para imaginarse a sí mismos en las vidas de quienes no poseen sus ventajas, entonces no sólo los celebrarán sus familias sino los miles y millones de seres a quienes habrán ayudado a mejorar. No se necesita magia para cambiar el mundo. Llevamos ya dentro de nosotros el poder necesario: el poder de imaginar cosas mejores.<br />
Y si el día de mañana no recuerdan ni una sola palabra de lo que ella les dijo ese día, ojalá no olviden una frase de Séneca, otro viejo romano que conoció en el corredor de los Clásicos, mientras esquivaba otras carreras en busca de la antigua sabiduría:<br />
<em> La vida es como un cuento: no importa lo largo es sino lo bueno que es.</em></p>

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		<title>Un cuento de Navidad de Robert Louis Stevenson</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Dec 2008 22:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 1850-1894) es sin ninguna duda uno de los escritores de aventuras más celebrados de todos los tiempos. Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso es una frase que se le atribuye pero que difícilmente puede aplicársele ya que la lista de sus admiradores incluye nombres de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 1850-1894) es sin ninguna duda uno de los escritores de aventuras más celebrados de todos los tiempos. <em>Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso</em> es una frase que se le atribuye pero que difícilmente puede aplicársele ya que la lista de sus admiradores incluye nombres de la talla de Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Rudyard Kipling y Vladimir Nabokov, por citar sólo algunos de los más ilustres. Sería interminable mencionar a todos los que alguna vez nos dejamos fascinar por <em>La Isla del Tesoro</em> o por <em>El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde</em>, es decir a la casi totalidad de los escritores que conozco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 198px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/370px-Robert_louis_stevenson.jpg?t=1229889985" alt="370px-Robert_louis_stevenson.jpg picture by antoniosarabia" />Aunque sus padres, fieles y devotos presbíteros, no fueron particularmente estrictos, Stevenson creció en un severo ambiente religioso dominado por su nana, Alison Cunningham, ferviente calvinista, quien le entretenía con sus cuentos y a la que él llamaba afectuosamente Cummy, y su abuelo por la línea materna, predicador de la Iglesia de Escocia en Colimnton, donde el pequeño Robert Louis pasaba gran parte del tiempo.<br />
De naturaleza delicada -algunos autores han aventurado que padecía tuberculosis aunque probablemente se trataba más bien de un caso de bronquitis crónica-, Stevenson sufría ataques de tos y fiebre que se exacerbaban durante el invierno. Esto le obligó siempre a rehuir el frío y la humedad y emigrar hacia climas más propicios para su salud. <em>No existen tierras extrañas</em>, solía decir, <em>lo único extraño es el viajero</em>. Esa búsqueda constante le llevó hasta los mares del sur, a las islas Samoa, donde los nativos le bautizaron como <em>Tusitala</em> &#8220;el que narra historias&#8221; y donde pasó los últimos años su vida. Falleció a los cuarenta y cuatro años de edad a consecuencia de una hemorragia cerebral y está enterrado en la cima de una montaña cerca de Valima, su hogar samoano.</p>
<p>A continuación, para celebrar esta fecha, les presentamos un cuento de Navidad de su autoría. Disfrútenlo. Felices fiestas.</p>
<p><span id="more-368"></span></p>
<p>MARKHEIM</p>
<p>-Sí -dijo el anticuario-, nuestras buenas oportunidades son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo un dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados -y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante-, y en ese caso -continuó- recojo el beneficio debido a mi integridad.</p>
<p>Markheim acababa de entrar, procedente de las calles soleadas, y sus ojos no se habían acostumbrado aún a la mezcla de brillos y oscuridades del interior de la tienda. Aquellas palabras mordaces y la proximidad de la llama le obligaron a cerrar los ojos y a torcer la cabeza.</p>
<p>El anticuario rió entre dientes.</p>
<p>-Viene usted a verme el día de Navidad -continuó-, cuando sabe que estoy solo en mi casa, con los cierres echados y que tengo por norma no hacer negocios en esas circunstancias. Tendrá usted que pagar por ello; también tendría que pagar por el tiempo que pierda, puesto que yo debería estar cuadrando mis libros; y tendrá que pagar, además, por la extraña manera de comportarse que tiene usted hoy. Soy un modelo de discreción y no hago preguntas embarazosas; pero cuando un cliente no es capaz de mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello.</p>
<p>El anticuario rió una vez más entre dientes; y luego, volviendo a su voz habitual para tratar de negocios, pero todavía con entonación irónica, continuó:</p>
<p>-¿Puede usted explicar, como de costumbre, de qué manera ha llegado a su poder el objeto en cuestión? ¿Procede también del gabinete de su tío? ¡Un coleccionista excepcional, desde luego!</p>
<p>Y el anticuario, un hombrecillo pequeño y de hombros caídos, se le quedó mirando, casi de puntillas, por encima de sus lentes de montura dorada, moviendo la cabeza con expresión de total incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita compasión en la que no faltaba una sombra de horror.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 272px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/gustavedore1.jpg?t=1229898715" alt="gustavedore1.jpg picture by antoniosarabia" />-Esta vez -dijo- está usted equivocado. No vengo a vender sino a comprar. Ya no dispongo de ningún objeto: del gabinete de mi tío sólo queda el revestimiento de las paredes; pero aunque estuviera intacto, mi buena fortuna en la Bolsa me empujaría más bien a ampliarlo. El motivo de mi visita es bien sencillo. Busco un regalo de Navidad para una dama -continuó, creciendo en elocuencia al enlazar con la justificación que traía preparada-; y tengo que presentar mis excusas por molestarle para una cosa de tan poca importancia. Pero ayer me descuidé y esta noche debo hacer entrega de mi pequeño obsequio; y, como sabe usted perfectamente, el matrimonio con una mujer rica es algo que no debe despreciarse.</p>
<p>A esto siguió una pausa, durante la cual el anticuario pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de muchos relojes entre los curiosos muebles de la tienda, y el rumor de los cabriolés en la cercana calle principal, llenaron el silencioso intervalo.</p>
<p>-De acuerdo, señor -dijo el anticuario-, como usted diga. Después de todo es usted un viejo cliente; y si, como dice, tiene la oportunidad de hacer un buen matrimonio, no seré yo quien le ponga obstáculos. Aquí hay algo muy adecuado para una dama -continuó-; este espejo de mano, del siglo XV, garantizado; también procede de una buena colección, pero me reservo el nombre por discreción hacia mi cliente, que como usted, mi querido señor, era el sobrino y único heredero de un notable coleccionista.</p>
<p>El anticuario, mientras seguía hablando con voz fría y sarcástica, se detuvo para coger un objeto; y, mientras lo hacia, Markheim sufrió un sobresalto, una repentina crispación de muchas pasiones tumultuosas que se abrieron camino hasta su rostro. Pero su turbación desapareció tan rápidamente como se había producido, sin dejar otro rastro que un leve temblor en la mano que recibía el espejo.</p>
<p>-Un espejo -dijo con voz ronca; luego hizo una pausa y repitió la palabra con más claridad-. ¿Un espejo? ¿Para Navidad? Usted bromea.</p>
<p>-¿Y por qué no? -exclamó el anticuario-. ¿Por qué un espejo no?</p>
<p>Markheim lo contemplaba con una expresión indefinible.</p>
<p>-¿Y usted me pregunta por qué no? -dijo-. Basta con que mire aquí&#8230;, mírese en él&#8230; ¡Véase usted mismo! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! A mí tampoco me gusta&#8230; ni a ningún hombre.</p>
<p>El hombrecillo se había echado para atrás cuando Markheim le puso el espejo delante de manera tan repentina; pero al descubrir que no había ningún otro motivo de alarma, rió de nuevo entre dientes.</p>
<p>-La madre naturaleza no debe de haber sido muy liberal con su futura esposa, señor -dijo el anticuario.</p>
<p>-Le pido -replicó Markheim- un regalo de Navidad y me da usted esto: un maldito recordatorio de años, de pecados, de locuras&#8230; ¡una conciencia de mano! ¿Era ésa su intención? ¿Pensaba usted en algo concreto? Dígamelo. Será mejor que lo haga. Vamos, hábleme de usted. Voy a arriesgarme a hacer la suposición de que en secreto es usted un hombre muy caritativo.</p>
<p>El anticuario examinó detenidamente a su interlocutor. Resultaba muy extraño, porque Markheim no daba la impresión de estar riéndose; había en su rostro algo así como un ansioso chispazo de esperanza, pero ni el menor asomo de hilaridad.</p>
<p>-¿A qué se refiere? -preguntó el anticuario.</p>
<p>-¿No es caritativo? -replicó el otro sombríamente-. Sin caridad; impío; sin escrúpulos; no quiere a nadie y nadie le quiere; una mano para coger el dinero y una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Santo cielo, buen hombre! ¿Es eso todo?</p>
<p>-Voy a decirle lo que es en realidad -empezó el anticuario, con voz cortante, que acabó de nuevo con una risa entre dientes-. Ya veo que se trata de un matrimonio de amor, y que ha estado usted bebiendo a la salud de su dama.</p>
<p>-¡Ah! -exclamó Markheim, con extraña curiosidad-. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de ello.</p>
<p>-Yo -exclamó el anticuario-, ¿enamorado? Nunca he tenido tiempo ni lo tengo ahora para oír todas estas tonterías. ¿Va usted a llevarse el espejo?</p>
<p>-¿Por qué tanta prisa? -replicó Markheim-. Es muy agradable estar aquí hablando; y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apresurarme a agotar ningún placer; no, ni siquiera uno con tan poca entidad como éste. Es mejor agarrarse, agarrarse a lo poco que esté a nuestro alcance, como un hombre al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si se piensa en ello; un precipicio de una milla de altura; lo suficientemente alto para destruir, si caemos, hasta nuestra última traza de humanidad. Por eso es mejor que hablemos con calma. Hablemos de nosotros mismos: ¿por qué tenemos que llevar esta máscara? Hagámonos confidencias. ¡Quién sabe, hasta es posible que lleguemos a ser amigos !</p>
<p>-Sólo tengo una cosa que decirle -respondió el anticuario-. ¡Haga usted su compra o váyase de mi tienda!</p>
<p>-Es cierto, es cierto -dijo Markheim-. Ya está bien de bromas. Los negocios son los negocios. Enséñeme alguna otra cosa.</p>
<p>El anticuario se agachó de nuevo, esta vez para dejar el espejo en la estantería, y sus finos cabellos rubios le cubrieron los ojos mientras lo hacía. Markheim se acercó a él un poco más, con una mano en el bolsillo de su abrigo; se irguió, llenándose de aire los pulmones; al mismo tiempo muchas emociones diferentes aparecieron antes en su rostro: terror y decisión, fascinación y repulsión física; y mediante un extraño fruncimiento del labio superior, enseñó los dientes.</p>
<p>-Esto, quizá, resulte adecuado -hizo notar el anticuario; y mientras se incorporaba, Markheim saltó desde detrás sobre su víctima. La estrecha daga brilló un momento antes de caer. El anticuario forcejeó como una gallina, se dio un golpe en la sien con la repisa y luego se desplomó sobre el suelo como un rebaño de trapos.</p>
<p>El tiempo hablaba por un sinfín de voces apenas audibles en aquella tienda; había otras solemnes y lentas como correspondía a sus muchos años, y aun algunas parlanchinas y apresuradas. Todas marcaban los segundos en un intrincado coro de tic-tacs. Luego, el ruido de los pies de un muchacho, corriendo pesadamente sobre la acera, irrumpió entre el conjunto de voces, devolviendo a Markheim la conciencia de lo que tenía alrededor. Contempló la tienda lleno de pavor. La vela seguía sobre el mostrador, y su llama se agitaba solemnemente debido a una corriente de aire; y por aquel movimiento insignificante, la habitación entera se llenaba de silenciosa agitación, subiendo y bajando como las olas del mar; las sombras alargadas cabeceaban, las densas manchas de oscuridad se dilataban y contraían como si respirasen, los rostros de los retratos y los dioses de porcelana cambiaban y ondulaban como imágenes sobre el agua. La puerta interior seguía entreabierta y escudriñaba el confuso montón de sombras con una larga rendija de luz semejante a un índice extendido.</p>
<p>De aquellas aterrorizadas ondulaciones los ojos de Markheim se volvieron hacia el cuerpo de la víctima, que yacía encogido y desparramado al mismo tiempo; increíblemente pequeño y, cosa extraña, más mezquino aún que en vida. Con aquellas pobres ropas de avaro, en aquella desgarbada actitud, el anticuario yacía como si no fuera más que un montón de aserrín. Markheim había temido mirarlo y he aquí que no era nada. Y sin embargo mientras lo contemplaba, aquel montón de ropa vieja y aquel charco de sangre empezaron a expresarse con voces elocuentes. Allí tenía que quedarse; no había nadie que hiciera funcionar aquellas articulaciones o que pudiera dirigir el milagro de su locomoción: allí tenía que seguir hasta que lo encontraran. Y ¿cuando lo encontraran? Entonces, su carne muerta lanzaría un grito que resonaría por toda Inglaterra y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. Muerto o vivo aquello seguía siendo el enemigo. «El tiempo era el enemigo cuando faltaba la inteligencia», pensó; y la primera palabra se quedó grabada en su mente. El tiempo, ahora que el crimen había sido cometido; el tiempo, que había terminado para la víctima, se había convertido en perentorio y trascendental para el asesino.</p>
<p>Aún seguía pensando en esto cuando, primero uno y luego otro, con los ritmos y las voces más variadas -una tan profunda como la campana de una catedral, otra esbozando con sus notas agudas el preludio de un vals-, los relojes empezaron a dar las tres.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dore_raven3.jpg?t=1229898185" alt="dore_raven3.jpg picture by antoniosarabia" />El repentino desatarse de tantas lenguas en aquella cámara silenciosa le desconcertó. Empezó a ir de un lado para otro con la vela, acosado por sombras en movimiento, sobresaltado en lo más vivo por reflejos casuales. En muchos lujosos espejos, algunos de estilo inglés, otros de Venecia o Ámsterdam, vio su cara repetida una y otra vez, como si se tratara de un ejército de espías; sus mismos ojos detectaban su presencia; y el sonido de sus propios pasos, aunque anduviera con cuidado, turbaba la calma circundante. Y todavía, mientras continuaba llenándose los bolsillos, su mente le hacía notar con odiosa insistencia los mil defectos de su plan. Tendría que haber elegido una hora más tranquila; haber preparado una coartada; no debería haber usado un cuchillo, tendría que haber sido más cuidadoso y atar y amordazar sólo al anticuario en lugar de matarlo; o, mejor, ser aún más atrevido y matar también a la criada; tendría que haberlo hecho todo de manera distinta; intensos remordimientos, vanos y tediosos esfuerzos de la mente para cambiar lo incambiable, para planear lo que ya no servía de nada, para ser el arquitecto del pasado irrevocable. Mientras tanto, y detrás de toda esta actividad, terrores primitivos, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de agitación las más remotas cámaras de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro y sus nervios se estremecerían como un pez cogido en el anzuelo; o presenciaba, en desfile galopante, el arresto, la prisión, la horca y el negro ataúd.</p>
<p>El terror a los habitantes de la calle bastaba para que su imaginación los percibiera como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor del forcejeo no hubiera llegado a sus oídos, despertando su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus ocupantes inmóviles, al acecho de cualquier rumor: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad sin otra compañía que los recuerdos del pasado, y ahora forzadas a abandonar tan melancólica tarea; alegres grupos de familiares, repentinamente silenciosos alrededor de la mesa, la madre aún con un dedo levantado; personas de distintas categorías, edades y estados de ánimo, pero todos, dentro de su corazón, curioseando y prestando atención y tejiendo la soga que habría de ahorcarle. A veces le parecía que no era capaz de moverse con la suficiente suavidad; el tintineo de las altas copas de Bohemia parecía un redoblar de campanas; y, alarmado por la intensidad de los tic-tac, sentía la tentación de parar todos los relojes. Luego, con una rápida transformación de sus terrores, el mismo silencio de la tienda le parecía una fuente de peligro, algo capaz de sorprender y asustar a los que pasaran por la calle; y entonces andaba con más energía y se movía entre los objetos de la tienda imitando, jactanciosamente, los movimientos de un hombre ocupado, en el sosiego de su propia casa.</p>
<p>Pero estaba tan dividido entre sus diferentes miedos que, mientras una porción de su mente seguía alerta y haciendo planes, otra temblaba al borde de la locura. Una particular alucinación había conseguido tomar fuerte arraigo. El vecino escuchando con rostro lívido junto a la ventana, el viandante detenido en la acera por una horrible conjetura, podían sospechar pero no saber; a través de las paredes de ladrillo y de las ventanas cerradas sólo pasaban los sonidos. Pero allí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que sí; había visto salir a la criada en busca de su novio, humildemente engalanada y con un «voy a pasar el día fuera» escrito en cada lazo y en cada sonrisa. Sí, estaba solo, por supuesto; y, sin embargo, en la casa vacía que se alzaba por encima de él, oía con toda claridad un leve ruido de pasos&#8230;, era consciente, inexplicablemente consciente de una presencia. Efectivamente; su imaginación era capaz de seguirla por cada habitación y cada rincón de la casa; a veces era una cosa sin rostro que tenía, sin embargo, ojos para ver; otras, una sombra de sí mismo; luego la presencia cambiaba, convirtiéndose en la imagen del anticuario muerto, revivificada por la astucia y el odio.</p>
<p>A veces, haciendo un gran esfuerzo, miraba hacia la puerta entreabierta que aún conservaba un extraño poder de repulsión. La casa era alta, la claraboya pequeña y cubierta de polvo, el día casi inexistente en razón de la niebla; y la luz que se filtraba hasta el piso bajo débil en extremo, capaz apenas de iluminar el umbral de la tienda. Y, sin embargo, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no temblaba una sombra?</p>
<p>Repentinamente, desde la calle, un caballero muy jovial empezó a llamar con su bastón a la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y bromas en las que se hacían continuas referencias al anticuario llamándolo por su nombre de pila. Markheim, convertido en estatua de hielo, lanzó una mirada al muerto. Pero no había nada que temer: seguía tumbado, completamente inmóvil; había huido a un sitio donde ya no podía escuchar aquellos golpes y aquellos gritos; se había hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que en otro tiempo fuera capaz de atraer su atención en medio del fragor de la tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y en seguida el jovial caballero renunció a llamar y se alejó calle adelante.</p>
<p>Aquello era una clara insinuación de que convenía apresurar lo que faltaba por hacer; que convenía marcharse de aquel barrio acusador, sumergirse en el baño de las multitudes londinenses y alcanzar, al final del día, aquel puerto de salvación y de aparente inocencia que era su cama. Había aparecido un visitante: en cualquier momento podía aparecer otro y ser más obstinado. Haber cometido el crimen y no recoger los frutos sería un fracaso demasiado atroz. La preocupación de Markheim en aquel momento era el dinero, y como medio para llegar hasta él, las llaves.</p>
<p>Miró por encima del hombro hacia la puerta entreabierta, donde aún permanecía la sombra temblorosa; y sin conciencia de ninguna repugnancia mental pero con un peso en el estómago, Markheim se acercó al cuerpo de su víctima. Los rasgos humanos característicos habían desaparecido completamente. Era como un traje relleno a medias de aserrín, con las extremidades desparramadas y el tronco doblado; y sin embargo conseguía provocar su repulsión. A pesar de su pequeñez y de su falta de lustre. Markheim temía que recobrara realidad al tocarlo. Cogió el cuerpo por los hombros para ponerlo boca arriba. Resultaba extrañamente ligero y flexible y las extremidades, como si estuvieran rotas, se colocaban en las más extrañas posturas. El rostro había quedado desprovisto de toda expresión, pero estaba tan pálido como la cera, y con una mancha de sangre en la sien. Esta circunstancia resultó muy desagradable para Markheim. Le hizo volver al pasado de manera instantánea; a cierto día de feria en una aldea de pescadores, un día gris con una suave brisa; a una calle llena de gente, al sonido estridente de las trompetas, al redoblar de los tambores, y a la voz nasal de un cantante de baladas; y a un muchacho que iba y venía, sepultado bajo la multitud y dividido entre la curiosidad y el miedo, hasta que, alejándose de la zona más concurrida, se encontró con una caseta y un gran cartel con diferentes escenas, atrozmente dibujadas y peor coloreadas: Brownrigg y su aprendiz; los Mannig con su huésped asesinado; Weare en el momento de su muerte a manos de Thurtell; y una veintena más de crímenes famosos. Lo veía con tanta claridad como si fuera un espejismo; Markheim era de nuevo aquel niño; miraba una vez más, con la misma sensación física de náusea, aquellas horribles pinturas, todavía estaba atontado por el redoblar de los tambores. Un compás de la música de aquel día le vino a la memoria; y ante aquello, por primera vez, se sintió acometido de escrúpulos, experimentó una sensación de mareo y una repentina debilidad en las articulaciones, y tuvo que hacer un esfuerzo para resistir y vencerlas.</p>
<p>Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas; contemplar con toda fijeza el rostro muerto y obligar la mente a darse cuenta de la naturaleza e importancia de su crimen. Hacía tan poco tiempo que aquel rostro había expresado los más variados sentimientos que aquella boca había hablado, que aquel cuerpo se había encendido con energías encaminadas hacia una meta; y ahora, y por obra suya aquel pedazo de vida se había detenido, como el relojero, interponiendo un dedo, detiene el latir del reloj. Así razonaba en vano; no conseguía sentir más remordimientos; el mismo corazón que se había encogido ante las pintadas efigies del crimen, contemplaba indiferente su realidad. En el mejor de los casos, sentía un poco de piedad por uno que había poseído en vano todas esas facultades que pueden hacer del mundo un jardín encantado; uno que nunca había vivido y que ahora estaba ya muerto. Pero de contrición, nada; ni el más leve rastro.</p>
<p>Con esto, después de apartar de sí aquellas consideraciones, encontró las llaves y se dirigió hacia la puerta entreabierta. En el exterior llovía con fuerza; y el ruido del agua sobre el tejado había roto el silencio. Al igual que una cueva con goteras, las habitaciones de la casa estaban llenas de un eco incesante que llenaba los oídos y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, a medida que Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a su cauteloso caminar, los pasos de otros pies que se retiraban escaleras arriba. La sombra todavía palpitaba en el umbral. Markheim hizo un esfuerzo supremo para dar confianza a sus músculos y abrió la puerta de par en par.</p>
<p>La débil y neblinosa luz del día iluminaba apenas el suelo desnudo, las escaleras, la brillante armadura colocada, alabarda en mano, en un extremo del descansillo, y los relieves en madera oscura y los cuadros que colgaban de los paneles amarillos del revestimiento. Era tan fuerte el golpear de la lluvia por toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a diferenciarse en muchos sonidos diversos. Pasos y suspiros, el ruido de un regimiento marchando a lo lejos, el tintineo de monedas al contarlas, el chirriar de puertas cautelosamente entreabiertas, parecía mezclarse con el repiqueteo de las gotas sobre la cúpula y con el gorgoteo de los desagües. La sensación de que no estaba solo creció dentro de él hasta llevarlo al borde de la locura. Por todos lados se veía acechado y cercado por aquellas presencias. Las oía moverse en las habitaciones altas; oía levantarse en la tienda al anticuario; y cuando empezó, haciendo un gran esfuerzo, a subir las escaleras, sintió pasos que huían silenciosamente delante de él y otros que le seguían cautelosamente. Si estuviera sordo, pensó Markheim, ¡qué fácil le sería conservar la calma! Y en seguida, y escuchando con atención siempre renovada, se felicitó a sí mismo por aquel sentido infatigable que mantenía alerta a las avanzadillas y era un fiel centinela encargado de proteger su vida. Markheim giraba la cabeza continuamente, sus ojos, que parecían salírsele de las órbitas, exploraban por todas partes, y en todas partes se veían recompensados a medias con la cola de algún ser innominado que se desvanecía. Los veinticuatro escalones hasta el primer piso fueron otras tantas agonías.</p>
<p>En el primer piso las puertas estaban entornadas; tres puertas como tres emboscadas, haciéndole estremecerse como si fueran bocas de cañón. Nunca más, pensó podría sentirse suficientemente protegido contra los observadores ojos de los hombres; anhelaba estar en su casa, rodeado de paredes, hundido entre las ropas de la cama, e invisible a todos menos a Dios. Y ante aquel pensamiento se sorprendió un poco, recordando historias de otros criminales y del miedo que, según contaban, sentían ante la idea de un vengador celestial. No sucedía así, al menos, con él. Markheim temía las leyes de la naturaleza, no fuera que en su indiferente e inmutable proceder, conservaran alguna prueba concluyente de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso y abyecto, algún corte en la continuidad de la experiencia humana, alguna caprichosa ilegalidad de la naturaleza. El suyo era un juego de habilidad, que dependía de reglas, que calculaba las consecuencias a partir de una causa; y ¿qué pasaría si la naturaleza, de la misma manera que el tirano derrotado volcó el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su concatenación? Algo parecido le había sucedido a Napoleón (al menos eso decían los escritores) cuando el invierno cambió el momento de su aparición. Lo mismo podía sucederle a Markheim; las sólidas paredes podían volverse transparentes y revelar sus acciones como las colmenas de cristal revelan las de las abejas; las recias tablas podían ceder bajo sus pies como arenas movedizas, reteniéndolo en su poder; y existían accidentes perfectamente posibles capaces de destruirlo; así, por ejemplo, la casa podía derrumbarse y aprisionarlo junto al cuerpo de su víctima; o podía arder la casa vecina y verse rodeado de bomberos por todas partes. Estas cosas le inspiraban miedo; y, en cierta manera, a esas cosas se las podía considerar como la mano de Dios extendida contra el pecado. Pero en cuanto a Dios mismo, Markheim se sentía tranquilo; la acción cometida por él era sin duda excepcional, pero también lo eran sus excusas, que Dios conocía; era en ese tribunal y no entre los hombres, donde estaba seguro de alcanzar justicia.</p>
<p>Después de llegar sano y salvo a la sala y de cerrar la puerta tras de sí, Markheim se dio cuenta de que iba a disfrutar de un descanso después de tantos motivos de alarma. La habitación estaba completamente desmantelada, sin alfombra por añadidura, con muebles descabalados y cajas de embalaje esparcidos aquí y allá; había varios espejos de cuerpo entero, en los que podía verse desde diferentes ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, enmarcados o sin enmarcar, de espaldas contra la pared; un elegante aparador Sheraton, un armario de marquetería, y una gran cama antigua, con dosel. Las ventanas se abrían hasta el suelo, pero afortunadamente la parte inferior de los postigos estaba cerrada, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim procedió entonces a colocar una de las cajas de embalaje delante del armario y empezó a buscar entre las llaves. Era una tarea larga, porque había muchas, y molesta por añadidura; después de todo, podía no haber nada en el armario y el tiempo pasaba volando. Pero el ocuparse de una tarea tan concreta sirvió para que se serenara. Con el rabillo del ojo veía la puerta: de cuando en cuando miraba hacia ella directamente, de la misma manera que al comandante de una plaza sitiada le gusta comprobar por sí mismo el buen estado de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. El ruido de la lluvia que caía en la calle resultaba perfectamente normal y agradable En seguida, al otro lado, alguien empezó a arrancar notas de un piano hasta formar la música de un himno, y las voces de muchos niños se le unieron para cantar la letra. ¡Qué majestuosa y tranquilizadora era la melodía! ¡Qué agradables las voces juveniles! Markheim las escuchó sonriendo, mientras revisaba las llaves; y su mente se llenó de imágenes e ideas en correspondencia con aquella música; niños camino de la iglesia mientras resonaba el órgano; niños en el campo, unos bañándose en el río otros vagabundeando por el prado o haciendo volar sus cometas por un cielo cubierto de nubes empujadas por el viento; y después, al cambiar el ritmo de la música, otra vez en la iglesia, con la somnolencia de los domingos de verano, la voz aguda y un tanto afectada del párroco (que le hizo sonreír al recordarla), las tumbas del período jacobino, y el texto de los Diez Mandamientos grabado en el presbiterio con caracteres ya apenas visibles.</p>
<p>Y mientras estaba así sentado, distraído y ocupado al mismo tiempo, algo le sobresaltó, haciéndole ponerse en pie. Tuvo una sensación como de hielo, y luego un calor insoportable, le pareció que el corazón iba estallarle dentro del pecho y finalmente se quedó inmóvil, temblando de horror. Alguien subía la escalera con pasos lentos pero firmes; en seguida una mano se posó sobre el picaporte, la cerradura emitió un suave chasquido y la puerta se abrió.</p>
<p>El miedo tenía a Markheim atenazado. No sabía qué esperar: si al muerto redivivo, a los enviados oficiales de la justicia humana, o a algún testigo casual que, sin saberlo, estaba a punto de entregarlo a la horca. Pero cuando el rostro que apareció en la abertura recorrió la habitación con la vista, lo miró, hizo una inclinación de cabeza, sonrió como si reconociera en él a un amigo, retrocedió de nuevo y cerró la puerta tras de sí, Markheim fue incapaz de controlar su miedo y dejó escapar un grito ahogado. Al oírlo, el visitante volvió a entrar.</p>
<p>-¿Me llamaba? -preguntó con gesto cordial; y con esto, introdujo todo el cuerpo en la habitación y cerró de nuevo la puerta.</p>
<p>Markheim lo contempló con la mayor atención imaginable. Quizá su vista tropezaba con algún obstáculo, porque la silueta del recién llegado parecía modificarse y ondular como la de los ídolos de la tienda bajo la luz vacilante de la vela; a veces le parecía reconocerlo; a veces le daba la impresión de parecerse a él; y a cada momento, como un peso intolerable, crecía en su pecho la convicción de que aquel ser no procedía ni de la tierra ni de Dios.</p>
<p>Y sin embargo aquella criatura tenia un extraño aire de persona corriente mientras miraba a Markheim sin dejar de sonreír; y después, cuando añadió: «¿Está usted buscando el dinero, no es cierto?», lo hizo con un tono cortés que nada tenía de extraordinario.</p>
<p>Markheim no contestó.</p>
<p>-Debo advertirle -continuó el otro- que la criada se ha separado de su novio antes de lo habitual y que no tardará mucho en estar de vuelta. Si el señor Markheim fuera encontrado en esta casa, no necesito describirle las consecuencias.</p>
<p>-¿Me conoce usted? -exclamó el asesino.</p>
<p>El visitante sonrió.</p>
<p>-Hace mucho que es usted uno de mis preferidos -dijo-; le he venido observando durante todo este tiempo y he deseado ayudarle con frecuencia.</p>
<p>-¿Quién es usted? -exclamó Markheim-: ¿el Demonio?</p>
<p>-Lo que yo pueda ser -replicó el otro- no afecta para nada al servicio que me propongo prestarle.</p>
<p>-¡Sí que lo afecta! -exclamó Markheim-, ¡claro que sí! ¿Ser ayudado por usted? ¡No, nunca, no por usted! ¡Todavía no me conoce, gracias a Dios, todavía no!</p>
<p>-Le conozco -replicó el visitante, con tono severo o más bien firme-. Conozco hasta sus más íntimos pensamientos.</p>
<p>-¡Me conoce! -exclamó Markheim-. ¿Quién puede conocerme? Mi vida no es más que una parodia y una calumnia contra mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos son mejores que este disfraz que va creciendo y acaba asfixiándolos. La vida se los lleva a todos a rastras, como si un grupo de malhechores se hubiera apoderado de ellos y acallara sus gritos a la fuerza. Si no hubieran perdido el control&#8230;, si se les pudiera ver la cara, serían completamente diferentes, ¡resplandecerían como héroes y como santos! Yo soy peor que la mayoría; mi ser auténtico está más oculto; mis razones sólo las conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría mostrarme tal como soy.</p>
<p>-¿Ante mí? -preguntó el visitante.</p>
<p>-Sobre todo ante usted -replicó el asesino-. Le suponía inteligente. Pensaba, puesto que existe, que resultaría capaz de leer los corazones. Y, sin embargo, ¡se propone juzgarme por mis actos! Piense en ello; ¡mis actos! Nací y he vivido en una tierra de gigantes; gigantes que me arrastran, cogido por las muñecas, desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de las circunstancias. ¡Y usted va a juzgarme por mis actos! ¿No es capaz de mirar en mi interior? ¿No comprende que el mal me resulta odioso? ¿No ve usted cómo la conciencia escribe dentro de mí con caracteres muy precisos, nunca borrados por sofismas caprichosos, pero sí frecuentemente desobedecidos? ¿No me reconoce usted como algo seguramente tan común como la misma humanidad: el pecador que no quiere serlo?</p>
<p>-Se expresa usted con mucho sentimiento -fue la respuesta-, pero todo eso no me concierne. Esas razones quedan fuera de mi competencia, y no me interesan en absoluto los apremios por los que se ha visto usted arrastrado; tan sólo que le han llevado en la dirección correcta. Pero el tiempo pasa; la criada se retrasa mirando las gentes que pasan y los dibujos de las carteleras, pero está cada vez más cerca; y recuerde, ¡es como si la horca misma caminara hacia usted por las calles en este día de Navidad! ¿No debería ayudarle, yo que lo sé todo? ¿No debería decirle dónde está el dinero?</p>
<p>-¿A qué precio? -preguntó Markheim.</p>
<p>-Le ofrezco este servicio como regalo de Navidad -contestó el otro.</p>
<p>Markheim no pudo evitar la triste sonrisa de quien alcanza una amarga victoria.</p>
<p>-No -dijo-; no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.</p>
<p>-No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte -hizo notar el visitante.</p>
<p>-¡Porque no cree usted en su eficacia! -exclamó Markheim.</p>
<p>-No diría yo eso -respondió el otro-; en realidad miro estas cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así, y la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.</p>
<p>-Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? -preguntó Markheim-. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?</p>
<p>-El asesinato no constituye para mí una categoría especial -replicó el otro-. Todos los pecados son asesinatos, igual que toda vida es guerra. Veo a su raza como un grupo de marineros hambrientos sobre una balsa, arrebatando las últimas migajas de las manos más necesitadas y alimentándose cada uno de las vidas de los demás. Sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todos que la última consecuencia es la muerte; y desde mi punto de vista, la hermosa doncella que con tan encantadores modales contraría a su madre con motivo de un baile, no está menos cubierta de sangre humana que un asesino como usted. ¿He dicho que sigo los pecados? También me interesan las virtudes; apenas se diferencian de ellos en el espesor de un cabello: unos y otras son las guadañas que utiliza el ángel de la Muerte para recoger su cosecha. El mal, para el cual yo vivo, no consiste en la acción sino en el carácter. El hombre malvado me es caro; no así el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos suficientemente lejos, en su descenso por la catarata de las edades, quizá se revelaran como más beneficiosos que los de las virtudes más excepcionales. Y si yo me ofrezco a facilitar su huída, ello no se debe a que haya usted asesinado a un anticuario, sino a que es usted Markheim.</p>
<p>-Voy a abrirle mi corazón -contestó Markheim-. Este crimen en el que usted me ha sorprendido es el último. En mi camino hacia él he aprendido muchas lecciones; el crimen mismo es una lección, una lección de gran importancia. Hasta ahora me he rebelado por las cosas que no tenía; era un esclavo amarrado a la pobreza, empujado y fustigado por ella. Existen virtudes robustas capaces de resistir esas tentaciones; no era ése mi caso: yo tenía sed de placeres. Pero hoy, mediante este crimen, obtengo riquezas y una advertencia; la posibilidad y la firme decisión de ser yo mismo. Paso a ser en todo una voluntad libre; empiezo a verme completamente cambiado; a considerar estas manos agentes del bien y este corazón, una fuente de paz. Algo vuelve a mí desde el pasado; algo que soñaba los domingos por la tarde con un fondo de música de órgano; o que planeaba cuando derramaba lágrimas sobre libros llenos de nobles ideas, cuando hablaba con mi madre, aún niño inocente. En eso estriba el sentido de mi vida; he andado errante unos cuantos años, pero ahora veo una vez más cuál es mi destino.</p>
<p>-Va usted a usar el dinero en la Bolsa, ¿no es cierto? -observó el visitante-; y, si no estoy equivocado, ¿no ha perdido usted allí anteriormente varios miles?</p>
<p>-Sí -dijo Markheim-; pero esta vez se trata de una jugada segura.</p>
<p>-También perderá esta vez -replicó, calmosamente, el visitante.</p>
<p>-¡Me guardaré la mitad! -exclamó Markheim.</p>
<p>-También la perderá -dijo el otro.</p>
<p>La frente de Markheim empezó a llenarse de gotas de sudor.</p>
<p>-Bien; si es así, ¿qué importancia tiene? -exclamó-. Digamos que lo pierdo todo, que me hundo otra vez en la pobreza, ¿será posible que una parte de mí, la peor, continúe hasta el final pisoteando a la mejor? El mal y el bien tienen fuerza dentro de mí, empujándome en las dos direcciones. No quiero sólo una cosa, las quiero todas. Se me ocurren grandes hazañas, renunciaciones, martirios; y aunque haya incurrido en un delito como el asesinato, la compasión no es ajena a mis pensamientos. Siento piedad por los pobres; ¿quién conoce mejor que yo sus tribulaciones? Los compadezco y los ayudo; valoro el amor y me gusta reír alegremente; no hay nada bueno ni verdadero sobre la tierra que yo no ame con todo el corazón. Y ¿han de ser mis vicios quienes únicamente dirijan mi vida, mientras las virtudes carecen de todo efecto, como si fueran trastos viejos? No ha de ser así; también el bien es una fuente de actos.</p>
<p>Pero el visitante alzó un dedo.</p>
<p>-Durante los treinta y seis años que lleva usted vivo -dijo-, durante los cuales su fortuna ha cambiado muchas veces y también su estado de ánimo, le he visto caer cada vez más bajo. Hace quince años le hubiera asustado la idea del robo. Hace tres años la palabra asesinato le hubiera acobardado. ¿Existe aún algún crimen, alguna crueldad o bajeza ante la que todavía retroceda?&#8230; ¡Dentro de cinco años le sorprenderé haciéndolo! Su camino va siempre hacia abajo; tan sólo la muerte podrá detenerlo.</p>
<p>-Es verdad -dijo Markheim con voz ronca- que en cierta manera me he sometido al mal. Pero lo mismo les sucede a todos; los mismos santos, por el simple hecho de vivir, se hacen menos delicados, acomodándose a lo que les rodea.</p>
<p>-Voy a hacerle una pregunta muy simple -dijo el otro-, y de acuerdo con su respuesta le haré saber cuál es su horóscopo moral. Ha ido usted haciéndose más laxo en muchas cosas; posiblemente hace usted bien; y en cualquier caso, lo mismo les sucede a los demás hombres. Pero, aunque reconozca eso, ¿cree que en algún aspecto particular, por insignificante que sea, es usted más exigente en su conducta, o cree más bien que se ha dejado ir en todo?</p>
<p>-¿En algún aspecto particular? -repitió Markheim, sumido en angustiosa consideración-. No -añadió después, con desesperanza-, ¡en ninguno! Me he ido dejando arrastrar en todo.</p>
<p>-Entonces -dijo el visitante-, confórmese con lo que es, porque nunca cambiará; el papel que representa usted en esta obra ha sido ya irrevocablemente escrito.</p>
<p>Markheim permaneció callado un buen rato, y de hecho fue el visitante quien rompió primero el silencio.</p>
<p>-Siendo ésa la situación -dijo-, ¿debo mostrarle el dinero?</p>
<p>-¿Y la gracia? -exclamó Markheim.</p>
<p>-¿No lo ha intentado ya? -replicó el otro-. Hace dos o tres años, ¿no le vi en una reunión evangelista, y no era su voz la que cantaba los himnos con más fuerza?</p>
<p>-Es cierto -dijo Markheim-; y veo con claridad en qué consiste mi deber. Le agradezco estas lecciones con toda mi alma; se me han abierto los ojos y me veo por fin a mí mismo tal como soy.</p>
<p>En aquel momento, la nota aguda de la campanilla de la puerta resonó por toda la casa; y el visitante, como si se tratara de una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.</p>
<p>-¡La criada! -exclamó-. Ha regresado, como ya le había advertido, y ahora tendrá usted que dar otro paso difícil. Su señor, debe usted decirle, está enfermo, debe usted hacerla entrar, con expresión tranquila pero más bien seria: nada de sonrisas, no exagere su papel, ¡y yo le prometo que tendrá éxito! Una vez que la muchacha esté dentro, con la puerta cerrada la misma destreza que le ha permitido librarse del anticuario, le servirá para eliminar este último obstáculo en su camino. A partir de ese momento tendrá usted toda la tarde, la noche entera, si fuera necesario, para apoderarse de los tesoros de la casa y ponerse después a salvo. Se trata de algo que le beneficia aunque se presente con la máscara del peligro. ¡Levántese! -exclamó-; ¡levántese, amigo mío!; su vida está oscilando en la balanza: ¡levántese y actúe!</p>
<p>Markheim miró fijamente a su consejero.</p>
<p>-Si estoy condenado a hacer el mal -dijo-, todavía tengo una salida hacia la libertad&#8230;, puedo dejar de obrar. Si mi vida es una cosa nociva, puedo sacrificarla. Aunque me halle, como usted bien dice, a merced de la más pequeña tentación, todavía puedo, con un gesto decidido, ponerme fuera del alcance de todas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; quizá sea así, de acuerdo. Pero todavía me queda el odio al mal; y de él, para decepción suya, verá cómo soy capaz de sacar energía y valor.</p>
<p>Los rasgos del visitante empezaron a sufrir una extraordinaria transformación; todo su rostro se iluminó y dulcificó con una suave expresión de triunfo, y, al mismo tiempo, sus facciones fueron palideciendo y desvaneciéndose. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o a entender aquella transformación. Abrió la puerta y bajó las escaleras muy despacio, recapacitando consigo mismo. Su pasado fue desfilando ante él; lo fue viendo tal como era, desagradable y penoso como un mal sueño, tan desprovisto de sentido como un homicidio accidental&#8230; el escenario de una derrota. La vida, tal como estaba volviendo a verla, no le tentaba ya; pero en la orilla más lejana era capaz de distinguir un refugio tranquilo para su embarcación. Se detuvo en el pasillo y miró dentro de la tienda, donde la vela ardía aún junto al cadáver. Todo se había quedado extrañamente silencioso. Allí parado, empezó a pensar en el anticuario. Y una vez más la campanilla de la puerta estalló en impaciente clamor.</p>
<p>Markheim se enfrentó a la criada en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.</p>
<p>-Será mejor que avise a la policía -dijo-: he matado a su señor.</p>

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