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	<title>Los Convidados &#187; Literatura hispanoamericana</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los nietos de la Malinche</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Apr 2011 17:01:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 347px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ellaberinto3.jpg?t=1301933924" alt="" />Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 214px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cuahutemoc1-1.jpg?t=1301936403" alt="" />Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es <em>como</em> la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.</p>
<p>A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.</p>
<p>Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.</p>
<p>La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.</p>
<p>Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 291px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche5.jpg?t=1301934302" alt="" />En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.</p>
<p>Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?&#8230; ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!&#8230;” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.</p>
<p>En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”</p>
<p>No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.</p>
<p>Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.</p>
<p>Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche3.jpg?t=1301934670" alt="" />La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.</p>
<p>Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.</p>
<p>No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche4.jpg?t=1301934841" alt="" />Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.</p>
<p>Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.</p>
<p>Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.</p>
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		<title>El ajedrez en la literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 09:33:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 211px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chess1.jpg?t=1245515561" alt="chess1.jpg picture by antoniosarabia" />El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago Gamboa, íbamos por las noches al acogedor bar del hotel Ritz, el Hemingway, donde entonces había instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ahí jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y él cierta bebida exótica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero había ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomodábamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repetía una frase que se ha hecho célebre entre los dos: &#8220;¿cómo quedamos la última vez&#8230; dos a uno, verdad?&#8221;.</p>
<p>Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasión por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poesía, hasta se entretenía componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eterónimo Ricardo Reis, me encontré con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduciéndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez algún lector portugués me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice <em>E o de marfim peão mais avançado / pronto a comprar a torre, </em>¿Qué significa en portugués, en términos ajedrecísticos<em> comprar a torre? </em>Yo tuve la opción de traducir<em> listo a tomar la torre, </em>pero pensé, mala intución tal vez, que como era el peón más avanzado estaba a punto de llegar a la última hilera y<em> convertirse en torre.</em><em><span style="font-style: normal;"> Cualquier aclaración al respecto será más que bienvenida. S</span><span style="font-style: normal;">e me ocurre publicar la traducción ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le podía considerar un verdadero fanático del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la página.</span></em><span id="more-961"></span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LOS JUGADORES DE AJEDREZ<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Oí contar que otrora, cuando Persia<br />
tenía no sé qué guerra<br />
mientras la invasión ardía en la ciudad<br />
y las mujeres gritaban<br />
dos jugadores de ajedrez jugaban<br />
su juego continuo.</p>
<p>A la sombra del amplio árbol escrutaban<br />
el antiguo tablero<br />
y, al lado de cada uno, esperando sus<br />
momentos más holgados<br />
cuando había movido la pieza, y ahora<br />
le tocaba al adversario<br />
una jarra de vino refrescaba<br />
frugalmente su sed.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ffffff;">&#8230;</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chessarabs-2.jpg?t=1245518192" alt="Chessarabs-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ardían casas, se saqueaban<br />
las arcas y los nichos,<br />
violadas, las mujeres eran puestas<br />
contra muros caídos,<br />
traspasadas por lanzas, las criaturas<br />
eran sangre en las calles&#8230;<br />
Mas donde estaban, cerca la ciudad<br />
y lejos su ruido,<br />
los jugadores de ajedrez jugaban<br />
el juego de ajedrez.</p>
<p>Aunque en los mensajes del infértil viento<br />
les viniesen los gritos<br />
y, al reflexionar, supiesen en su alma<br />
que en verdad a las mujeres<br />
y a las tiernas hijas se violaban<br />
en la contigua distancia,<br />
y aunque en el momento en que pensaban<br />
una sombra ligera<br />
les cruzase la frente, ajena y vaga,<br />
pronto a sus ojos calmos<br />
retornaba su confianza atenta<br />
con el tablero viejo.</p>
<p>Cuando el rey de marfil está en peligro<br />
¿qué importan la carne y los huesos<br />
de las hermanas, las madres o los niños?<br />
Cuando la torre no cubre<br />
la retirada de la reina blanca,<br />
poco importa el saqueo.<br />
Y cuando la mano confiada pone en jaque<br />
al rey del adversario,<br />
poco pesa en el alma que allá lejos<br />
estén muriendo hijos.</p>
<p>Aunque de repente, sobre el muro,<br />
asome la sañuda cara<br />
de un guerrero invasor y en breve deba<br />
en sangre ahí caer<br />
el jugador genuino de ajedrez,<br />
el momento antes de ese<br />
(concentrado en el cálculo de un lance<br />
que hará horas después)<br />
sigue entregado al juego predilecto<br />
de los muy indiferentes.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 400px; height: 318px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess4-1.jpg?t=1245519325" alt="Chess4-1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Caigan ciudades, sufran pueblos, cese<br />
la libertad y la vida.<br />
Los haberes tranquilos y heredados<br />
ardan y se despojen,<br />
más cuando la guerra interrumpa las partidas<br />
esté el rey sin jaque<br />
o el blanco peón más avanzado<br />
listo a volverse torre.</p>
<p>Mis hermanos en amar a Epicuro<br />
y en entenderlo más<br />
de acuerdo a nosotros mismos que a él<br />
en la historia aprendamos<br />
de los calmos jugadores de ajedrez<br />
cómo pasar la vida.</p>
<p>Todo lo que es serio poco importe<br />
lo grave poco pese<br />
y el natural impulso del instinto<br />
que ceda al gozo inútil<br />
(a la sombra tranquila de los árboles)<br />
de jugar un buen juego.</p>
<p>Lo que sacamos de esta vida inútil<br />
da lo mismo si es<br />
gloria, fama, amor, ciencia o vida,<br />
como si fuese apenas<br />
la memoria de ganar la partida<br />
a un jugador mejor.</p>
<p>La gloria pesa como grueso fardo,<br />
la fama como fiebre,<br />
el amor cansa porque es serio y busca,<br />
la ciencia nunca encuentra,<br />
y la vida pasa y duele porque sabe&#8230;<br />
El juego de ajedrez<br />
prende el alma toda y, perdida, poco<br />
pesa, pues no es nada.</p>
<p>¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman<br />
con un jarro de vino<br />
al lado, sólo atentos a la inútil tarea<br />
del juego de ajedrez<br />
Aunque el juego sea apenas sueño<br />
y no haya compañero<br />
imitemos los persas de esta historia,<br />
y mientras allá afuera<br />
cerca o lejos, la guerra patria y vida<br />
nos llaman, toleremos<br />
que nos llamen en vano, cada uno<br />
bajo sombras amigas<br />
soñemos, él los compañeros, y el ajedrez<br />
su indiferencia.</p>
<p>Ricardo Reis</p>
<p>(traducción Antonio Sarabia)</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p style="text-align: center;">EL REY NEGRO</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessMagritte.jpg?t=1245516048" alt="ChessMagritte.jpg picture by antoniosarabia" />Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.  Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental&#8230;  Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja&#8230; Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después&#8230;  Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.  El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.  Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.  La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre. Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?  Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.  Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>AJEDREZ</p>
<p>1<br />
En su grave rincón, los jugadores<br />
rigen las lentas piezas. El tablero<br />
los demora hasta el alba en su severo<br />
ámbito en que se odian dos colores.</p>
<p>Adentro irradian mágicos rigores<br />
las formas: torre homérica, ligero<br />
caballo, armada reina, rey postrero,<br />
oblicuo alfil y peones agresores.</p>
<p>Cuando los jugadores se hayan ido,<br />
cuando el tiempo los haya consumido,<br />
ciertamente no habrá cesado el rito.</p>
<p>En el Oriente se encendió esta guerra<br />
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.<br />
Como el otro, este juego es infinito.</p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #ffffff;">..</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 472px; height: 199px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess61.jpg?t=1245516755" alt="Chess61.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
2<br />
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada<br />
reina, torre directa y peón ladino<br />
sobre lo negro y blanco del camino<br />
buscan y libran su batalla armada.</p>
<p style="text-align: left;">No saben que la mano señalada<br />
del jugador gobierna su destino,<br />
no saben que un rigor adamantino<br />
sujeta su albedrío y su jornada.</p>
<p>También el jugador es prisionero<br />
(la sentencia es de Omar) de otro tablero<br />
de negras noches y blancos días.</p>
<p>Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.<br />
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza<br />
de polvo y tiempo y sueño y agonías?</p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">P.S. Antes de montar esta entrada, escribí a Santiago Gamboa preguntándole si recordaba el nombre de aquella pócima extraña que con tanto deleite consumía en el Hemingway. Acabo de recibir su respuesta:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Querido Antonio, no solo no la he olvidado (perdona, no tengo tildes, estoy en el aeropuerto de Bangkok) sino que hace poco me tome uno: es el Singapur Sling. Collins, el tenderman del Ritz, que es norteamericano, habia ganado el concurso bianual de Singapur Sling que por lo general ganaba siempre el Hotel Raffles de Singapur, donde fue inventado.</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Un abrazo y otro muy fuerte a Lauren,</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Santiago</em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Queda, pues, hecha la aclaración. Tanto en el nombre de la bebida como en el del sitio en que ganó el certamen: Singapur y no Shanghai como yo dije antes. Evidentemente, al enviarme su email, Santiago no había leído aún Los Convidados de esta semana y por eso no hay referencia a los resultados de nuestras partidas de ajedrez. Ahí me toca a mí hacer la corrección. No es cierto que vayamos dos a uno como siempre recuerda Santiago. En nuestra amistad siempre ha habido un empate.</span></p>
<p><!--EndFragment--></div>
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		<title>Alfonso Mateo Sagasta y Las Caras del Tigre</title>
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		<pubDate>Fri, 15 May 2009 13:08:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Literatura Española]]></category>
		<category><![CDATA[Lope de Vega]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel de Cervantes]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Espartaco]]></category>
		<category><![CDATA[Primera semana internacional de novela histórica]]></category>

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		<description><![CDATA[Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el sábado 9 por la noche.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 287px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alfonso.jpg?t=1242383821" alt="Alfonso.jpg picture by antoniosarabia" />Alfonso es también un apasionado del siglo de oro español; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, <em>Ladrones de Tinta</em> (Ediciones B, 2004) y <em>El Gabinete de las Maravillas</em> (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela histórica. El sábado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio también, tomando partido entre bromas y veras él por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.<br />
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, <em>Las Caras del Tigre</em>, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capítulos a los lectores de Los Convidados.<br />
<span style="color: #ffffff;"> .<span id="more-820"></span></span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
LAS CARAS DEL TIGRE (capítulo tercero)<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Los accesos estaban cortados, y Matilde tuvo que recurrir a sus dotes de persuasión para conseguir que el oficial de la Guardia Civil al mando le autorizara a franquear la barrera. Durante un par de kilómetros circuló sola por un tramo de carretera comarcal recién asfaltado y con las líneas apenas esbozadas. Cuando sonó de nuevo Irish Boy, el primer tema del disco Screenplaying de Mark Knopfler, Matilde apagó la música. Arrullada por el motor, continuó hasta el festival de luces intermitentes. Dejó el coche donde le indicaron, junto a tres ambulancias solitarias que no presagiaban nada bueno. Comprobó que el móvil se había cargado en el trayecto, se colgó el bolso, cogió su maletín y respiró hondo un par de veces. No olía a campo.<br />
Tuvo que parar un momento para hacerse una idea de lo que tenía delante. Un enorme perímetro había sido acordonado con cinta de plástico, y su interior se veía fragmentado por una retícula de cuerdas amarillas. Seis camiones de bomberos iluminaban la zona con sus faros, mientras varios equipos de guardias instalaban enormes focos alimentados por generadores. Un helicóptero dio un par de pasadas sobre ellos antes de desaparecer.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LasCaras.jpg?t=1242384274" alt="LasCaras.jpg picture by antoniosarabia" />El exterior de la cinta bullía de actividad. Aunque pareciera imposible, la zona estaba llena de mirones, y para mantenerlos a raya habían tenido que acudir efectivos de varias unidades territoriales de la Guardia Civil, además del destacamento de Tráfico. Los gritos, las admoniciones y las protestas eran continuos.<br />
Por contraste, en el interior la Tierra parecía girar a otro ritmo. En grupos de cuatro o cinco hombres vestidos con monos blancos, los policías judiciales registraban las cuadrículas, marcaban cada objeto con números y escaletas, y tomaban fotos. Lo que en principio Matilde no vio por ninguna parte, fueron cadáveres.<br />
Preguntó a un guardia por el oficial encargado del perímetro, y a éste por el juez.<br />
-El señor juez y su secretario están allí detrás, con el forense y el coronel -respondió el capitán.<br />
«Vaya», pensó Matilde, «con el coronel. Así que ha venido hasta el jefe de la Comandancia».<br />
Echó a andar sin más dilación hacia el grupo que le había señalado el oficial, el más numeroso de los que se movían dentro del área protegida. En su camino pasó junto a otro equipo que, una vez documentada su zona, procedía a retirar las escaletas y a recoger lo fotografiado. Al acercarse se dio cuenta con horror de que eran trozos de carne lo que metían en bolsas; media mano, fragmentos de hueso&#8230;<br />
-Santo Dios -murmuró.<br />
-¿Qué hace usted aquí? -preguntó uno de los hombres, molesto por la intromisión-. ¿A quién busca?<br />
-Al señor juez -respondió ella acelerando el paso sin perder la compostura.<br />
Siguió su camino tensa, la vista fija en el suelo, sorteando fragmentos de chapa, restos de equipaje y prefería no pensar qué más. Como tenía el pelo liso, cortado recto a la altura del cogote y peinado con raya en medio, en cuanto inclinó la cabeza ambas crenchas cayeron sobre sus mejillas. Trastabilló. Maldijo los zapatos y a sí misma por haberlos elegido. Había sido una torpeza ponerse esos tacones, sentía los pies acalambrados y los tobillos cargados, y lo peor es que temió tropezar y caer sobre aquellos espantosos restos que alfombraban el camino.<br />
Cuando estuvo cerca, observó al grupo con más atención. En primer plano destacaba un hombre con bata blanca que parecía ser el forense, o uno de los forenses, pensó, seguro que habían llamado a varios, y junto a él otro con uniforme, sin duda el coronel. A su lado reconoció al juez Marcial Torrado, con las manos en los bolsillos, y al secretario Sebastián Miguet, de flequillo inconfundible, concentrado en su portafolios y tomando nota de todo lo que decía su jefe. Respiró aliviada. Al juez lo conocía sólo de vista, pero con Sebastián había tomado más de una cerveza.<br />
-Señoría, perdone que le moleste, soy Matilde Gil Montemayor, y vengo en nombre de Ajorca, la aseguradora del autobús.<br />
El juez la miró sin verla durante unos segundos. Luego, como resurgiendo del fondo de un sueño, respondió:<br />
-Bien, bien, deje sus datos a mi secretario, que el juzgado ya se pondrá en contacto con ustedes cuando lo crea necesario. Y ahora, si me permite&#8230; Pueden llevárselo -dijo a los de la Policía Judicial.<br />
Dos hombres asieron por los extremos lo que parecía un pedazo de roca oscura y lo levantaron. Al contacto con los dedos la piedra crujió como papel arrugado y amenazó con desintegrarse. Ya en el aire, Matilde, incrédula, le adivinó la forma humana. El juez desvió la vista, sacó la mano del bolsillo y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.<br />
-Creo que nunca me acostumbraré.<br />
-A esto no se acostumbra nadie -comentó el secretario con desánimo.<br />
El coronel reclamó un momento la atención del juez y del forense, e hicieron juntos un aparte que Matilde aprovechó para acercarse a Sebastián.<br />
-Qué mala suerte, Matilde -dijo éste con los ojos húmedos-, cómo siento verte por aquí.<br />
La mujer le sonrió, se echó el pelo sobre las orejas descubriendo dos pequeños aros de oro y besó al secretario en las dos mejillas.<br />
-¿Pero qué ha pasado? ¿Dónde están los heridos?<br />
-No hay heridos -respondió Sebastián sacudiendo la cabeza para apartarse el pelo de los ojos. Como no lo consiguió, se pasó la mano derecha con los dedos abiertos como un peine, pero al momento el flequillo se volvió a deslizar hasta casi media nariz-. El camión iba cargado de propileno. Han muerto todos. Despedazados. Sólo hemos encontrado tres cadáveres casi enteros, pero abrasados, como ése -dijo señalando al que acababan de levantar-. La explosión debió de ser monstruosa, se sintió en toda la falda de la montaña.<br />
-¡Qué barbaridad! -exclamó Matilde llevándose la mano a la boca-. ¿Y qué hacen con los restos? ¿Los llevan al Anatómico Forense?<br />
-Allí sólo mandan los cuerpos completos. El resto lo enviarán a Criminalística, al laboratorio de ADN. Hay que empezar por agrupar los pedazos.<br />
-¿Hay lista de pasajeros?<br />
-¿Lista? Eso tiene gracia. Pídele una copia al de la compañía de autobuses.<br />
A Matilde le sorprendió la respuesta, pero prefirió no insistir.<br />
-¿Y los tacógrafos? -preguntó cambiando de tema.<br />
-Fue lo primero que localizaron y retiraron. Supongo que ya habrán empezado a analizarlos.<br />
-¿Pero se tiene ya idea de quién fue el culpable?<br />
Sebastián miró al grupito del juez antes de susurrar:<br />
-Por aquí se oye que el autobús se echó encima del camión, pero yo no te he dicho nada. Hay que esperar. El equipo de Tráfico está levantando un plano del escenario para determinar con exactitud el lugar del impacto y la posición de los vehículos.<br />
Matilde alzó la cabeza en busca de los técnicos, pero fue incapaz de distinguirlos entre los que llevaban mono blanco. Sí vio, sin embargo, a otros con mono verde, casco y un par de perros.<br />
-¿Y ésos?<br />
-Desactivación de explosivos. Por si acaso.<br />
Matilde tuvo un escalofrío, se cerró el abrigo y abrazó el bolso y el maletín. Sebastián le tendió un periódico que llevaba en el portafolios y ella se lo metió bajo el abrigo y se volvió a encoger.<br />
-¿Se han presentado del seguro del camión y de la compañía de transportes?<br />
-Hace un rato. Creo que el de la compañía de autobuses se ha ido al bar que hay quinientos metros más abajo, en dirección a Los Molinos. Allí la Guardia Civil ha destacado a un par de hombres para recibir a los familiares de los fallecidos e informarles de lo que sabemos hasta ahora.<br />
-¡Sebastián! -llamó de pronto el juez-. Haga usted el favor.<br />
El secretario alzó las cejas en señal de despedida y acudió raudo a la llamada.<br />
Matilde se quedó sola. Poco tenía ya que hacer allí, pero no se movió. Sintió que no podía irse, que hacerlo habría sido una falta de respeto, aunque no supiera a qué o a quién. Esperó abrazada a su cartera en medio de la desolación hasta que no aguantó más el frío que le subía por las piernas. Entonces, volvió al coche y condujo en dirección a Los Molinos.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Alfonso Mateo-Sagasta</p>
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		<title>Un cuento de José Manuel Fajardo</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Apr 2009 19:17:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;..José Manuel Fajardo &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.SEGUNDAS PARTES &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.a Antonio Sarabia Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendía, desde los muslos hasta [...]]]></description>
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<p><span style="color: #ffffff;">&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.</span><strong>SEGUNDAS PARTES</strong></p>
<p><em><span style="color: #ffffff;">&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.</span></em><em>a Antonio Sarabia</em></p>
<p>Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendía, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.<br />
-Tenía la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abría en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mí. Así, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 189px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Fajardo3.jpg?t=1240166796" alt="Fajardo3.jpg picture by antoniosarabia" />Él no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sí. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbían una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veían las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podía designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.<br />
-Siempre me han perdido las películas románticas- me confesaría más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago&#8230; Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.<br />
Tantos años de vida en Guadalajara habían terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. Así, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, había terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivía, eso sí, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.<br />
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.<br />
<span id="more-715"></span>-Al cabo de un par de semanas me sentía avergonzado de mí mismo. Era como si hubiera regresado al tiempo de la adolescencia. Ella parecía estar a gusto así, actuaba como si estuviera viviendo el colmo de la pasión y si había que medirla en la calentura que provocaba, pues igual sí que la vivía. Claro que para mí no era lo mismo, yo me quedaba con las ganas y lo peor es que creo que, en el fondo, ya había empezado a intuir que no podía esperar nada más de ella, pero ni modo&#8230; Era incapaz de dejarla.<br />
Él se resistía, pues, a admitir que la intensidad y el ardor que había en cada uno de sus besos, incluso en el menor roce de sus manos, pudieran no terminar por desbordarse sobre unas sábanas. Por eso un día se animó a proponerle que pasaran la noche juntos. La invitó a su hotel y, para su sorpresa, ella dijo que sí. Subieron a la habitación tomados de la mano, se desnudaron con premura y rodaron sobre la cama como una pareja de luchadores. Él sintió al fin bajo las manos la tersura de sus pechos desnudos. Ella deslizó sus dedos por el vientre de él, tocó su sexo brevemente, como si temiera quemarle, y entonces empezó a hablar. Habló de su infancia, de su trabajo como galerista de arte, de sus hermanos, de un primer novio que la dejó preñada, del aborto que tanto la había angustiado, de sus vacaciones en Italia, de la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, del vuelo de las fragatas que se acercaban por las mañanas a beber agua en la alberca de su casa, de la escultura de un búho que tuvo que poner allí para espantar a las aves, del nuevo coche que acababa de comprar&#8230; Y, mientras hablaba, las manos de Marieta permanecía inertes o a lo sumo se levantaban brevemente en el aire para remarcar brevemente alguna frase, y ella misma no daba muestras de notar las caricias insistentes de su acompañante.<br />
Cuando él se hallaba al borde de la desesperación, con el deseo tan perdido como un diente de leche, ella hizo un alto en su monólogo, cerró los ojos y dejó que su cuerpo respondiera al fin a las manos que lo recorrían con un orgasmo breve y contundente, que más parecía respingo por haberse pillado los dedos con una puerta que manifestación de placer. Y no hubo más nada.<br />
-Marieta se quedó dormida casi de inmediato -me contó, todavía con un deje de resquemor en la voz-, y yo me fui al cuarto de baño, a ver si podía aliviarme las ganas por mi cuenta, pero ni modo&#8230;<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 383px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto31bis.jpg?t=1240167379" alt="Foto31bis.jpg picture by antoniosarabia" />Se sentía ridículo, pero no quería darse por vencido. Sin embargo, aquel absurdo jugueteo, que nunca llegaba a consumarse de modo que él obtuviera alguna satisfacción, duró el mes que permaneció en Puerto Vallarta. Por fin regresó a Guadalajara sin despedirse de ella, tras no acudir a la última cita so pretexto de un ineludible compromiso. Había decidido olvidar aquella frustrante aventura. Punto y final.<br />
No habían transcurrido seis meses de aquel viaje cuando, a pocos metros de su casa de Guadalajara, se inauguró una nueva galería de arte cuya propietaria resultó ser la misma Marieta que trataba de olvidar. Y, cual si de enredaderas se tratase, sus vidas volvieron a trenzarse de forma inextricable. Se encontraron en la terraza de un discreto restaurante, ella habló apasionadamente del destino y él se emborrachó de nuevo con sus palabras y sus caricias. Pero la citas que se siguieron no hicieron sino repetir el ritual consabido. Él se dejaba llevar, movido cada vez más por el asombro que por el deseo, pues en el cumplimento de éste, como en la llegada del lobo tantas veces anunciado en el cuento infantil, ya no podía creer. Estaba convencido de que Marieta ni siquiera era capaz de imaginar que el placer de un hombre tuviera nada que ver con lo que ella hiciera.<br />
Sin embargo, no tardaron en empezar a llegarle noticias de otros amigos que le hablaban de los breves pero intensos romances que habían mantenido con su nueva vecina, ignorantes de la relación que a él la unía. En un primer momento, dudó de la veracidad de tales cuentos, le parecía habladurías de macho con las que sus amigos trataban de presumir, pero los detalles le convencieron e incomodaron de una forma que no sabía explicarse. Porque no se trataba de celos. Y eso también le sorprendía, porque él no era hombre que se dejara levantar una hembra sin dar la cara. Sin embargo, el único dolor que tales historias le provocaban nacía de la sospecha de que su ridículo idilio, con sus tormentos de deseos insatisfechos, tenía que ser un castigo por alguna oscura y olvidada afrenta que ella, por alguna no menos oscura razón, había decidido cobrarse a su costa. Aquella idea le hacía sentirse humillado y le trajo a malvivir durante meses, hasta que aprovechó la oportunidad que le brindaba el grupo editorial para el que trabajaba y aceptó venirse a trabajar a España.<br />
Volvió a partir sin despedirse de ella. Tan sólo una nota escueta que él quiso que fuera afectuosa, pero en la que no pudo evitar que se asomara el rencor: &#8220;Regreso a mi país, Marieta. Todo lo bueno de estos meses te los debo a ti, pero también todo lo malo. Creo que por el bien de ambos ha llegado la hora del olvido&#8221;.<br />
Durante dos años, su nueva vida en Madrid no sólo le sirvió de alivio sino que le abrió la puerta a una verdadera relación sentimental, con una compañera de trabajo, que concluyó en boda. Sin embargo, el fantasma de Marieta, con la insistencia que siempre tiene la insatisfacción, le perseguía aún con tal saña que no había caricia, beso o paseo con su esposa que no terminara por traérselo a la cabeza, siempre en forma de incógnita, como si un hombrecillo que le habitara dentro se empeñara en preguntarle: &#8220;¿Ella habría gemido también así, si me hubiera dejado amarla? ¿Ella habría sabido acariciarme después del amor de esta manera? ¿Ella habría paseado de mi mano tan alegre después de amarnos una noche entera?&#8221;. Y el desasosiego que tales pensamientos le despertaban no dejaba de desconcertar a su esposa, que no barruntaba qué era lo que tan inopinadamente cambiaba el humor de su marido.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 312px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CIMG2507.jpg?t=1240166645" alt="CIMG2507.jpg picture by antoniosarabia" />Una noche, según me contó él mismo, durante una cena con unos amigos, alguien hizo la broma de sugerir que, de igual modo que se nos presenta a desconocidos, debería haber un ceremonial para despresentárnoslos en caso de necesidad, devolviéndolos a su condición de extraños. La idea hizo reír a todos, pero él siguió repitiéndosela en su cerebro aquella noche y en días sucesivos, hasta que un anuncio le puso sobre la pista de mi gabinete de psicología.<br />
Hace seis meses tocó a mi puerta, tras pedir una cita, y lo primero que hizo, nada más presentarse, fue preguntarme si había alguna manera de desconocer a una persona. Yo le respondí que en realidad todos éramos desconocidos, incluso cada uno para sí mismo, pero él negó vehementemente con la cabeza:<br />
-No me refiero a eso, no. Yo hablo de olvidar a alguien. De ser incapaz de recordarlo. De borrarlo para siempre de la memoria, como si nunca se le hubiera conocido.<br />
Tardé un momento en comprender exactamente lo que me estaba pidiendo, me parecía extravagante, pero me di cuenta de que su ansiedad era cierta, así que le dije que no había fármacos para eso, aunque podíamos probar con la hipnosis. Era un remedio clásico, pero aplicado a su caso resultaría todo un experimento científico. Al fin de cuentas, si existía la amnesia accidental, ¿por qué no intentar generar una amnesia voluntaria? Era un verdadero reto, aunque no podía garantizarle ningún resultado. La primera condición para intentarlo era que antes me pusiera al día, con todo detalle, de aquello que precisamente quería olvidar. Así, durante días, fue contándome su historia, y yo no pude evitar que me naciera una instintiva simpatía hacia él. La verdad es que no estaba muy seguro de que aquello fuera a funcionar, pero al escuchar su relato concluí que realmente merecía la pena intentarlo. También era la ocasión de hacer historia en mi profesión e inaugurar una nueva vía terapéutica. Mi prestigio y mi curiosidad se convirtieron en los aliados de la simpatía por mi paciente. Una alianza muy útil porque el proceso iba a ser largo y difícil.<br />
Fueron necesarias muchas más sesiones de hipnosis de las que había previsto al inicio porque había que desmontar la estructura de la memoria con la meticulosidad con que se desguaza un rascacielos en medio de la ciudad, retirando pieza a pieza sin que el conjunto se desmorone sobre los edificios vecinos ni los cascotes caídos causen daño a nadie. En cada sesión intentaba convencer a su memoria de que borrara no sólo los recuerdos de su historia con Marieta sino incluso los detalles que pudieran despertarle de nuevo esos recuerdos. Un verdadero laberinto de imágenes, palabras, sensaciones y emociones que había que ir sellando con sumo cuidado.  De ese modo, le di nuevas pautas para que el Café des Artistes, los callejones estrechos, las mujeres rubias y de pelo corto, las rancheras grandes, los atardeceres frente al mar o determinado tipo de habitaciones de hotel se asociaran inmediatamente a otros recuerdos, que actuarían como puertas que cerraran el paso a aquello que deseaba olvidar, desviando su memoria hacia otros recuerdos asociados y alejando así el peligro de que el fantasma de Marieta pudiera encontrar algún agujero del pasado por el que colarse de nuevo en su conciencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 241px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CIMG2183bis.jpg?t=1240167690" alt="CIMG2183bis.jpg picture by antoniosarabia" />Trabajamos duro, pero hace dos meses que concluimos el tratamiento con un total e insospechado éxito. Eran tantas sus ganas de olvidarla que no hubo forma de hacerle recordar que alguna vez había conocido a alguien llamado Marieta. Además, quedamos como buenos amigos pues, aunque él recordaba que había contratado mis servicios -yo le había inculcado la vaga idea de un tratamiento antidepresivo relacionado con la añoranza de México-, sentía que tenía hacia mí una deuda de gratitud que iba más allá de la relación profesional. Por mi parte, él había dejado de ser mi paciente, así que no sentí que violara ningún principio deontológico al cultivar su amistad. Empezamos, pues, a vernos con cierta frecuencia, para charlar de la vida y para jugar al golf, que es pasión que compartimos. Yo me sentía tan satisfecho de los resultados obtenidos con el tratamiento que incluso comencé a redactar un artículo para la Revista de Psicología, dando cuenta del mismo y de sus posibilidades. Estaba ansioso por escuchar el aplauso de los colegas.<br />
Todo parecía marchar bien hasta que ayer volví a verle. Tomamos una cerveza en el bar del Círculo de Bellas Artes y hablamos de pintura, de literatura y de mujeres, como tantas otras veces. Y yo comprobé con satisfacción que ni la menor sombra de Marieta se asomaba a nuestra conversación. Entonces me dijo:<br />
-Hablando de mujeres, acabo de conocer una que está como para perder la cabeza. Es alta y flaca, con el pelo corto y teñido de rubio, y llevaba un vestido de quitar el hipo. Me ha dicho que es mexicana y que acaba de abrir una galería de arte en Madrid.<br />
Yo le miré con incredulidad. No era posible. Tenía que ser una coincidencia.<br />
-Lo más curioso -continuó- es que cuando la saludé ella me llamó por mi nombre. Le pregunté si nos habíamos visto antes y ella me dijo que no me hiciera el misterioso, pero estoy seguro de que no la conozco. Pregunté y me dijeron que era galerista en Guadalajara, fíjate que casualidad. Igual allí nos cruzamos alguna vez. Fue algo muy extraño. La verdad es que me miraba de una forma muy rara, como riéndose. Y la verdad es que me puso muy nervioso. Te juro que tuve que hacer un esfuerzo por recordar que soy hombre casado&#8230;Es una mujer misteriosa, yo creo que busca algo. En fin, tú me dirás qué te parece&#8230;<br />
-Pues no sé cómo, así sin verla&#8230; -me excusé, ya francamente atemorizado, pero él me interrumpió.<br />
-Claro, hombre, pero es que te la voy a presentar. Va a venir ahora. He quedado con ella para tomar una copa, pero no me dejes beber mucho porque no me fío de mí y esta noche además tengo que llegar pronto a casa: mi mujer ha invitado a unos amigos a cenar.<br />
Me levanté sobresaltado y pretexté una cita urgente de trabajo para poder abandonar el café antes de que ella llegase. Esta noche me ha costado dormir. Dudaba si debería haberme quedado con él, pobre, tan indefenso, pero me he estado repitiendo que un psicólogo no debe implicarse tanto con un paciente, porque los pacientes lo son más allá de la duración del tratamiento, y que no es asunto mío lo que él haga de ahora en adelante con su vida. Sólo he logrado conciliar el sueño cuando empezaba a amanecer y aún así no he dormido más que un par de horas. Pero al despertar tenía clara una cosa: debo dejar para más adelante la escritura del artículo para la Revista de Psicología. Es prematuro. Este nuevo tratamiento tiene todavía inesperados efectos secundarios.</p>
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Relato extraído del libro de José Manuel Fajardo<br />
<strong>Maneras de estar</strong> (Bruguera, 2008)</p>
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