Posts Tagged “Literatura Espa√Īola”

Hace ya muchos a√Īos, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorr√≠ las m√°rgenes del r√≠o San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pas√© bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descend√≠ hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la pen√≠nsula de la Gaspesia. Durante esas m√°gicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alej√© una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cord√≥n umbilical que me un√≠a con M√©xico en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que le√≠a y rele√≠a sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprend√≠ casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que le√≠.

Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, dir√© que el autor me pareci√≥ un ching√≥n. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los m√°s c√©lebres cap√≠tulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percib√≠ a Octavio Paz como un ching√≥n no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces s√≥lo le hab√≠a le√≠do chingoner√≠as. Es verdad que el mero ching√≥n es, en cierto modo, el macho cabr√≠o mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, m√°s pr√≥ximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiraci√≥n, alguien con quien desear√≠amos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el ching√≥n, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabr√≥n cuya √ļnica forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al pr√≥jimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultar√≠a un sondeo de opini√≥n en el que se preguntara p√ļblicamente, as√≠, con todas sus letras, qui√©nes de nuestros presidentes han sido unos chingones y qui√©nes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al pa√≠s fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¬Ņd√≥nde estar√≠a C√°rdenas, d√≥nde Salinas de Gortari?- s√≥lo me resta asentar que la oficiosa historia de M√©xico registra a Ju√°rez como un ching√≥n y a Porfirio D√≠az como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del cap√≠tulo citado, Paz hace una apolog√≠a de Cuauht√©moc, el tr√°gico h√©roe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. ‚ÄúEl joven abuelo‚ÄĚ era un ching√≥n mientras que Cort√©s, al est√°rselo chingando, quem√°ndole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.

Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.

A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.

Estas disquisiciones sobre la acepci√≥n de una palabra que ha hecho fluir r√≠os de tinta en las letras mexicanas pueden parecer m√°s bien fr√≠volas pero de la aclaraci√≥n de su justo significado, del c√≥mo y el por qu√© se empez√≥ a utilizar en M√©xico muchos a√Īos atr√°s, puede surgir tambi√©n una concepci√≥n un tanto diferente del papel desempe√Īado por el sexo femenino durante la Conquista.

La percepci√≥n de la mujer ind√≠gena como un ser d√©bil e indefenso, una encarnaci√≥n de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Breta√Īa, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Cat√≥lica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuesti√≥n estriba entonces en averiguar si las compa√Īeras de los caballeros √°guilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coet√°neas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si as√≠ fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¬Ņqu√© tan v√°lido es equiparar la fascinaci√≥n y la seducci√≥n a la violaci√≥n y, sobre todo, el hacerla funcionar nada m√°s del hombre hacia la mujer sin mencionar que tambi√©n se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar m√°s de una batalla amorosa. Col√≥n se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras reci√©n descubiertas. Muchos de los marinos espa√Īoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a m√°s no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espl√©ndidas. Las Casas piensa que ‚Äúpod√≠an ser miradas y loadas en Espa√Īa por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran‚ÄĚ y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolom√© en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.

Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro am√≥ a la hermana de Atahualpa, do√Īa In√©s Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso P√©rez Maite decidi√≥ santificar su uni√≥n con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quer√≠a como esposa, e igual sucedi√≥ con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Mart√≠nez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se uni√≥ a Do√Īa Mar√≠a de Chacabuco.

En lo que respecta al car√°cter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompa√Īando a Francisco de Orellana en la infructuosa b√ļsqueda del m√≠tico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las m√°rgenes de un r√≠o inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedar√° para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de ind√≠genas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ah√≠ mismo, a cualquier var√≥n que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, val√≠a por el de diez guerreros indios.

M√°s cerca de nosotros, ac√° en Tlatelolco, las mujeres tambi√©n incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores espa√Īoles increp√°ndolos con frases oprobiosas y dici√©ndoles: ‚Äú¬ŅNom√°s est√°is ah√≠ parados?… ¬ŅNo os da verg√ľenza? ¬°No habr√° mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…‚ÄĚ Y llegado el momento ponen el ejemplo coloc√°ndose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremang√°ndose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.

En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de M√©xico se puede percibir ese mismo esp√≠ritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonici√≥n: ‚ÄúSi tu marido fuere necio, s√© t√ļ discreta; si yerra en la administraci√≥n de la hacienda, advi√©rtele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, enc√°rgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.‚ÄĚ

No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista ten√≠a alg√ļn rol destacado en la econom√≠a o la pol√≠tica del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padec√≠an un destino harto com√ļn: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el ma√≠z y tejiendo. ‚ÄúEl panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece m√°s bien sombr√≠o, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro ‚ÄúLa Femme au temps des Conquistadores‚ÄĚ, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los espa√Īoles parece indicar que no es exagerado‚ÄĚ.

Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusi√≥n entre los espa√Īoles y las ind√≠genas, como si √©stas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrec√≠a la presencia de √©stos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de Garc√≠a Mer√°s, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.

Anayansi, la amante india de Vasco N√ļ√Īez de Balboa, una mujer a quien sus contempor√°neos no vacilan en calificar de bell√≠sima, salva la vida del conquistador poni√©ndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentar√≠a contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro N√ļ√Īez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervenci√≥n de alguna ind√≠gena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.

La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es do√Īa Marina, incontestable encarnaci√≥n de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cort√©s y se convirtiera en c√≥mplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los espa√Īoles, pero entre m√°s se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de v√≠ctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cort√©s comprendi√≥ pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfecci√≥n el maya y el n√°huatl. Ella hab√≠a sido adjudicada en un principio a Hern√°ndez de Portocarrero pero Cort√©s se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confi√°ndole una misi√≥n important√≠sima de la que jam√°s regresar√≠a. Acto seguido se apropia de do√Īa Marina introduci√©ndola en su intimidad y en su rec√°mara. Ella se convierte en ‚Äúsu lengua‚ÄĚ seg√ļn la propia expresi√≥n de Cort√©s y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de M√©xico habr√≠a resultado imposible.

Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiraci√≥n de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Crey√©ndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hip√≥critas frases diplom√°ticas que se escuchan a su alrededor. M√°s le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al o√≠do, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participaci√≥n. La matanza tendr√° lugar esa misma noche o, a m√°s tardar, al d√≠a siguiente. Do√Īa Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cort√©s de la conjura.

No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se constru√≠an en los territorios conquistados. Negarlo ser√≠a como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cu√°ntas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauht√©moc y sus capitanes demandan a Cort√©s la devoluci√≥n de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, √©ste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. ‚ÄúDioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal D√≠az del Castillo en el cap√≠tulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se quer√≠an volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan sol√≠citos que las hallaron, y hab√≠a muchas mujeres que no se quer√≠an ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escond√≠an, y otras dec√≠an que no quer√≠an volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya pre√Īadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cort√©s expresamente mand√≥ que las diesen‚ÄĚ.

As√≠, las m√°s encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se al√≠an con √©l, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sue√Īos. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza c√≥smica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.

Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo ind√≠gena. No lo es. Tampoco se trata de un intento m√°s en el in√ļtil empe√Īo emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta √©poca de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende m√°s a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violaci√≥n sino de una entrega.

Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.

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Sitges2.jpg picture by antoniosarabiaPas√© toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. √Čl fue a seguir ah√≠ un breve curso de cine y yo a acompa√Īarlo unos d√≠as antes de la larga separaci√≥n del verano. Esta peque√Īa localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de ba√Īistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes v√≠as peatonales, sus peque√Īos restaurantes y caf√©s frente al mar, forma parte de la elite de sitios tur√≠sticos que bordean el mediterr√°neo y tiene mucho en com√ļn con sus pares en Italia o en Grecia.
Mientras Bruno asist√≠a a sus cursos por la ma√Īana yo me quedaba escribiendo en el hotel o, cuando me apetec√≠a estirar un rato las piernas, me dedicaba a explorar los alrededores en busca de un sitio agradable donde podr√≠amos despu√©s almorzar. Durante una de esas largas caminatas descubr√≠ una limpia y bien aprovisionada librer√≠a atendida por un joven empleado, calcul√© que no llegaba a los treinta, que sab√≠a bien de qu√© trataba el oficio. No ten√≠a en su cat√°logo lo que yo andaba buscando pero me ofreci√≥ lecturas alternativas y me recomend√≥ varias novedades interesantes que hab√≠a le√≠do √©l mismo. Fue una grata sorpresa. La mayor parte de las librer√≠as son hoy atendidas por un personal que, como dec√≠a Mendel, el entra√Īable bibli√≥filo del cuento de Zweig, deber√≠an acarrear piedras en lugar de andar metidos en libros.
Sitges-1.jpg picture by antoniosarabiaA poco rato de conversar con el culto librero descubr√≠ que se llamaba Enric L√≥pez Tuset (Tarragona, 1983) que √©l mismo escribe poes√≠a y que ha colaborado con ella en algunos n√ļmeros de la revista Salina. Actualmente, prepara un volumen de sus poemas en catal√°n.
Como una de las finalidades de Los Convidados es el dar a conocer nuevos autores mezcl√°ndolos con los de nombre ya consagrado, ofrecemos aqu√≠ a los lectores algunos poemas de Enric, traducidos por √©l mismo al castellano. Ojal√° les sorprendan¬†a ustedes¬†como me sorprendieron a m√≠ cuando me los dio a leer aquella ma√Īana en la librer√≠a de Sitges.

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Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Hist√≥rica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontr√© con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, Espa√Īa, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el s√°bado 9 por la noche.

Alfonso.jpg picture by antoniosarabiaAlfonso es tambi√©n un apasionado del siglo de oro espa√Īol; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, Ladrones de Tinta (Ediciones B, 2004) y El Gabinete de las Maravillas (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela hist√≥rica. El s√°bado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio tambi√©n, tomando partido entre bromas y veras √©l por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, Las Caras del Tigre, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capítulos a los lectores de Los Convidados.
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…………………………………..Jos√© Manuel Fajardo

………………………………….SEGUNDAS PARTES

…………………………………………………….a Antonio Sarabia

Se la presentaron en la inauguraci√≥n de una exposici√≥n de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y te√Īido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascend√≠a, desde los muslos hasta el escote, como una invitaci√≥n al pecado. Me cont√≥ que al verla casi se qued√≥ sin aliento.
-Ten√≠a la boca grande y sonriente- me explic√≥ mientras su propia boca se abr√≠a en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a m√≠. As√≠, directamente, como dici√©ndome: ¬Ņa qu√© esperas?
Fajardo3.jpg picture by antoniosarabia√Čl no quiso esperar ni un minuto m√°s. La invit√≥ a tomar una copa despu√©s de la inauguraci√≥n y ella dijo que s√≠. Acabaron subiendo las escalinatas del Caf√© des Artistes para platicar mientras sorb√≠an una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se ve√≠an las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del caf√©, y √©l pens√≥ que aquel nombre s√≥lo pod√≠a designar a quien viviera bajo los dictados de la pasi√≥n.
-Siempre me han perdido las pel√≠culas rom√°nticas- me confesar√≠a m√°s tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a so√Īar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos a√Īos de vida en Guadalajara hab√≠an terminado por llenarle el habla de t√©rminos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento espa√Īol. As√≠, entre ni modos y √≥rales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Caf√© des Artistes, hab√≠a terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella viv√≠a, eso s√≠, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. √Čl hubiera querido ir mas all√°, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.
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A Juan Mars√© (Barcelona, 1933) lo he tratado poco y lo veo a√ļn menos. Estuvimos convidados a cenar alguna vez en la misma casa en Barcelona y luego paseamos juntos por los meandros de la feria del libro de Guadalajara al conced√©rsele el premio Juan Rulfo all√° por 1997. En esos contados encuentros la persona vino a reafirmar en m√≠ la admiraci√≥n que ya se hab√≠a ganado el novelista. Como les dec√≠a, tengo tiempo de no verlo, pero le sigo la pista con ese afecto lejano que nos inspiran aquellos con quienes sentimos tener algo en com√ļn. Por eso le√≠ con especial benepl√°cito este jueves 27 de noviembre que se le hab√≠a otorgado el premio Cervantes 2008.
Juan_Marse1.jpg picture by antoniosarabiaJuan Mars√© nace como Juan Faneca Roca el 8 de enero de 1933 en la ciudad de Barcelona, Espa√Īa. Su madre fallece en el parto dejando a su padre, taxista de profesi√≥n, solo con el reci√©n nacido y una hija apenas un poco mayor. D√≠as despu√©s, el auto de su padre es abordado por una joven pareja que se lamenta en voz alta de su incapacidad de procrear. Apenas unas semanas m√°s tarde, el peque√Īo Juan ser√° cobijado en el hogar de aquel matrimonio cuyo apellido se ha hecho ahora famoso gracias al talento de su hijo adoptivo.
Pero de peque√Īo Juan Mars√© no promet√≠a demasiado. Estudi√≥ durante la infancia en el Colegio del Divino Maestro, aunque su absoluto desinter√©s por la escuela le hizo abandonar las aulas a los trece a√Īos de edad para desempe√Īarse como aprendiz de joyero, oficio que llegar√≠a a dominar al tiempo que desarrollaba una temprana inquietud literaria que, a√Īos m√°s tarde, le llevar√≠a a ganar el premio S√©samo de cuentos en 1959 y a quedar finalista del premio Biblioteca Breve en 1960 con su primera novela Encerrados con un solo Juguete.
Ese mismo a√Īo, 1960, decide instalarse en Par√≠s donde se ganar√° la vida dando clases de espa√Īol, traduciendo lo que puede y, finalmente, como mozo de laboratorio en el departamento de bioqu√≠mica celular del Instituto Pasteur. A su vuelta a Espa√Īa participa de nueva cuenta en el premio Biblioteca Breve, estamos en 1965, y esta vez lo gana con la novela¬†√öltimas tardes con Teresa.
En 1974 obtiene tambi√©n, en M√©xico, el Premio Internacional de Novela con Si te dicen que ca√≠, considerada como una de las obras m√°s brillantes de la narrativa espa√Īola de la post guerra y, en 1978, recibe el Premio Planeta con La Muchacha de las bragas de oro.
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Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía. Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.

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Podr√≠a iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exup√©ry su novela Piloto de Guerra: Sin duda sue√Īo. Estoy en la escuela. Tengo quince a√Īos. Resuelvo con paciencia mi problema de geometr√≠a. S√≥lo que yo no me recuerdo de quince a√Īos sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometr√≠a, para los que adem√°s nunca tuve paciencia alguna, sino ante el borroso rostro de un profesor del que he olvidado el nombre. Sospecho que ni siquiera ense√Īa literatura aunque, no s√© por qu√© motivo, nos habla de un personaje del que yo a√ļn no sab√≠a nada: don Francisco de Quevedo y Villegas, poeta de una √©poca para m√≠ entonces oscura y remota: el siglo XVII. Por otra confusa raz√≥n que tampoco recuerdo ahora, el rey -entonces yo los imaginaba sentados en su trono al dirigirse a sus s√ļbditos- intenta burlarse de √©l. Le dice que se murmura por ah√≠ que es capaz de componer versos al instante y le exige una demostraci√≥n. Don Francisco responde con sencillez: ‚ÄúMajestad, deme pie‚ÄĚ. El monarca medita unos momentos. En vez de aportar la rima requerida, levanta una pierna ante las risas de sus cortesanos y extiende hacia Quevedo su fina zapatilla de cuero. El poeta, medio cojo, se inclina para rodear con un brazo el pie del monarca y le dice:

En esta humilde postura
parece ser, oh se√Īor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura.

Nunca olvid√© ni los versos ni la an√©cdota. ¬ŅDe d√≥nde los habr√° sacado aquel m√°gico maestro de mi infancia? Porque en todo lo que he le√≠do despu√©s sobre el Siglo de Oro Espa√Īol, y tarde cinco a√Īos estudi√°ndolo a fondo para escribir mi novela Amarilis, nunca encontr√© la an√©cdota ni los versos atribuidos a Quevedo. Ahora me parece poco plausible que un rey tan ceremonioso como Felipe IV se hubiese prestado a ese tipo de chanzas con sus cortesanos y menos veros√≠mil a√ļn que cualquiera de ellos, aunque se tratara del mism√≠simo Quevedo, se atreviera a faltarle al respeto. Sin embargo aquella historia bast√≥ para encandilarme. Mi amor por el siglo de oro naci√≥, pues, y fue creciendo como una catedral alta y tortuosa, apoyada sobre una piedra falsa. Pero me impuls√≥ a explorar poco despu√©s el teatro de la √©poca. Las comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, las le√≠, las devor√©, en la biblioteca de la escuela como si fueran teveos.
No tardé mucho en toparme de nuevo con Quevedo. Tampoco recuerdo en dónde leí otra de sus pullas, ésta dirigida a un tal doctor don Juan Pérez de Montalbán, de quien ahora sé fue discípulo y amigo de Lope de Vega, al quien al morir éste dedicó una apología, la Fama Póstuma. A Quevedo no debe de haberle simpatizado mucho porque le escribió:

El doctor t√ļ te lo pones,
el Montalb√°n no lo tienes,
con que, quit√°ndote el ‚Äúdon‚ÄĚ,
vienes a quedar… Juan Pérez

De aquellos días de infancia recuerdo también otra -que me suena a siglo de oro aunque tampoco he visto escrita y desconozco al autor- que oí decir a mi padre ante una efigie de San Martín de Tours que, a caballo, rasga su capa para compartirla con un mendigo que está muriendo de frío.

Yo no soy como aquel santo
que dio media capa a un pobre,
toma de mi amor el manto
y si te sobra… que sobre.

Con Quevedo aprendí a gozar también el humor de su archienemigo, don Luis de Góngora y Argote, más fino y punzante pero igualmente implacable:

A don Diego del Rincón,
cojo, ciego y corcovado,
un h√°bito el Rey le ha dado
con encomienda en León.
Bien le vino al andaluz
que en tal Rincón, cosa es clara
que cualquiera se meara
si no le viera la cruz.

Esta otra, tambi√©n de G√≥ngora, se refiere a un fiasco √≠ntimo. Las malas lenguas de la √©poca suger√≠an que narraba el primer intento hecho por Felipe IV para consumar el matrimonio con su esposa do√Īa Isabel de Borb√≥n, reci√©n desempacada de Francia.

Con Marfisa en la estacada
entrastes tan mal guarnido
que su escudo, aunque hendido,
no lo rajó vuestra espada.
Qué mucho, si levantada
no se vio en trance tan crudo,
ni vuestra verg√ľenza pudo
cuatro l√°grimas llorar,
siquiera para dejar
de orín tomado el escudo.

Merecen tambi√©n una menci√≥n sus ri√Īas con Lope de Vega, de quien G√≥ngora copiaba los romances moriscos cambiado los versos para burlarse de ellos. Por ejemplo, Lope concibe un personaje heroico, el moro Azarque, y le hace dirigirse a sus vasallos cuando est√° a punto de partir para la guerra:

Ensíllenme el potro rucio
del alcalde de los Vélez,
denme la adarga de Fez
y la jacerina fuerte,
una lanza con dos hierros,
entrambos de agudo temple,
aquel acerado casco
con el morado bonete…

Góngora pone a un villano en la misma situación:

Ensíllenme el asno rucio
del alcalde Antón Llorente,
denme un tapador de corcho
y el gab√°n de pa√Īo verde,
el lanzón en cuyo hierro
se han orinado los meses
el casco de calabaza
y el vizcaíno machete…

Y en la parte en la que el héroe se despide de su amada, Lope dice:

Acuérdate de mis ojos
que muchas l√°grimas vierten
¬°a fe que l√°grimas suyas
pocas moras las merecen!

Y el villano de Góngora no se queda atrás:

Acuérdate de mis ojos
que est√°n, cuando estoy ausente,
encima de la nariz
y debajo de la frente…

Al mismo G√≥ngora se debe esta d√©cima en la que hace mofa de las tercer√≠as de Lope de Vega para con su amo, el duque de Sessa y de la voz popular que se√Īala siempre lo mejor con la frase ‚Äúes de Lope‚ÄĚ.

Dícenme que terceros disolutos
cual suelen las livianas y ligeras
mujeres dar de putas en terceras,
aquestos, de terceros, dan en putos.
Si esto es verdad, aconsejarte quiero
que tu ingenio tercero y peregrino
en cosa que es tan vil no de ni tope.
Porque si das en puto de tercero
tomando lo nefando por divino
dir√°n luego en Castilla, “esto es de Lope”.

De Lope siempre me ha gustado esta octavilla. No resisto el incluirla, aunque pueda traerme alguna que otra protesta de las lectoras:

Hablando cierta persona
de los zapatos decía
que era bien hacerlos grandes
a las mujeres muy finas,
porque chicos hacen callos
y las damas resentían
que las hiciesen callar
aunque fuese solo un día.

Para terminar, lo que podr√≠a ser un epitafio burlesco para don Rodrigo Calder√≥n, marqu√©s de Siete Iglesias. Acusado por Felipe III de utilizar su cargo p√ļblico para enriquecerse, el marqu√©s hizo gala de valor y entereza al ser decapitado en la Plaza Mayor. Est√° escrito por el conde de Villamediana

Aquí yace Calderón.
Pasajero, el paso ten,
Que en hurtar y en morir bien
Se parece al buen ladrón.

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A principios del siglo XVII, haci√©ndose pasar por un caballero portugu√©s de visita en la corte de Espa√Īa, Lope de Vega escribi√≥ una larga misiva a Don Luis de G√≥ngora, quien a la saz√≥n resid√≠a en C√≥rdoba, avis√°ndole que en Madrid acababa de hacerse p√ļblico cierto desafortunado librillo que se le atribu√≠a. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podr√≠a menos que sufrir ante tama√Īo infundio. El libro, que Lope mencionaba como ‚Äúun cuaderno de versos desiguales y consonancias err√°ticas‚ÄĚ, era en realidad la cumbre del culteranismo, Soledades, a la que don Luis de G√≥ngora consideraba con justa raz√≥n su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sab√≠a, continuaba su implacable cr√≠tica disfraz√°ndola de buenas intenciones. No pod√≠a creer que semejantes tonter√≠as se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desenga√Īarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bah√≠a de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logr√≥, el antiguo demente no s√≥lo no le mostr√≥ agradecimiento, sino que no se lo perdon√≥ jam√°s porque por su culpa hab√≠a perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.
Esta carta, modelo de humor, iron√≠a y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burl√≥n y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanec√≠a, a los poetas del Siglo de Oro espa√Īol.
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.

Dicen que ha hecho Lopico
contra mi versos adversos,
mas si yo vuelvo mi pico
con el pico de mis versos
a ese Lopico lo-pico.

Cuando, poco despu√©s de recibir aquella carta, G√≥ngora se mud√≥ a Madrid para ejercer el cargo de capell√°n de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Ni√Īo Jes√ļs, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. √Čste llevaba a√Īos ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurr√≠a sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la √©poca y los de su √ļltima musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordob√©s escribiera sin faltar mucho a la verdad:

Cura que en la vecindad
Vive con desenvoltura
¬Ņpara qu√© llamarle cura
si es la misma enfermedad?

Se ha dicho que hubo en realidad dos G√≥ngoras: uno, √°ngel de luz, y el otro, √°ngel de tinieblas. Nadie ha calculado todav√≠a, con un estudio profundo y riguroso, el da√Īo y el provecho que el racionero cordob√©s hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aqu√≠ s√≥lo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cay√≥ en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a √©l. De ah√≠ entresacamos esta peque√Īa joya:

Mata a todos cuantos cura
el médico Filiberto,
y si alguno no se ha muerto
es que le ha errado a la cura.

Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:

Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad,
y es la primera verdad
que sale de vuestra boca.

Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:

Con tanta felpa en la capa
y tanta cadena de oro,
el marido de la Vaca
¬Ņqu√© pude ser sino toro?

Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:

¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!

Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.

Cuando el marqués de Malpica,
Caballero de la Llave,
con su silencio replica,
dice todo cuanto sabe.

Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:

Siempre, fray Cirilo, est√°s
cans√°ndonos ac√° afuera,
¬°quien en tu celda estuviera
para no verte jam√°s!

Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engre√≠do por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borb√≥n, lo que a la postre tal vez le costar√≠a la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desde√Īar a los hombres de su entorno. Hembra o var√≥n, se dec√≠a, a √©l le daba igual. A eso se debe que el pr√≠ncipe de Esquilache escribiera, despu√©s de haber le√≠do una letrilla de Villamediana:

Luego que el papel leí
con el me quise limpiar
m√°s p√ļsome en que dudar
que era del conde, y temí.

A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:

Que a ser conde hay√°is llegado
tan a prisa y tan sin costa,
no es mucho, si por la posta
habéis, conde, caminado.

Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta sat√≠rico m√°s violento, agudo y desvergonzado de su √©poca. Jam√°s hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condici√≥n: cl√©rigos y legos, nobles y plebeyos, d√©biles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles iron√≠as. Dirigi√≥ muchas de sus s√°tiras a G√≥ngora, a quien detestaba. Ese odio no se limit√≥ llamarle ‚Äúcapell√°n del rey de bastos‚ÄĚ, ‚Äúverdugo de los vocablos‚ÄĚ, ‚Äúescoba de la basura de las musas del Parnaso‚ÄĚ y hasta ‚Äúalmorrana de Apolo‚ÄĚ entre otras lindezas. Cuando Villamediana muri√≥ y G√≥ngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontr√≥ sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Ni√Īo Jes√ļs, donde el cordob√©s habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribi√≥ que

Para perfumarla
y desengongorarla
de vapores tan crasos
quemó, como pastillas, garcilasos.

Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:

¬ŅQui√©n te persuadi√≥ a quitar
al ad√ļltero infeliz
la nariz, pues la nariz
no te pudo deshonrar?
Tonto ¬Ņqu√© has hecho al cortar
lo que sólo sabía oler?
Nada perdió tu mujer
en esto, si lo has notado,
pues al otro le ha quedado
con qué volverte a ofender.

Pero comenzamos esta breve recopilaci√≥n con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. √Čste, aunque no desde√Īaba zaherir de cuando en cuando a G√≥ngora o a Juan Ruiz de Alarc√≥n, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estr√©pito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y m√°s hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reuni√≥n m√°s popular de los nobles de la corte: el Prado

Llego a Madrid y no conozco el Prado
y no lo desconozco por olvido
sino porque me consta que es pisado
por muchos que debiera ser pacido.

En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seud√≥nimo de fray Tom√© de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la dif√≠cil y se ponga a su alcance. Su argumento final es un juego de palabras en el que est√° de nuevo impl√≠cita la cr√≠tica hacia la comunidad en que vive e insin√ļa la paulatina corrupci√≥n del imperio Espa√Īol. Lo utilic√© como ep√≠grafe a la primera parte de mi novela Amarilis:

Creeme Juana, y ll√°mate Juanilla
mira que la mejor parte de Espa√Īa
pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:

Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste
por tan peque√Īo mal dolor tan fuerte!‚ÄĚ
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste
detén el alma y a Leonor advierte
que me deje picar donde estuviste
y cambiar√© mi vida por tu muerte‚ÄĚ.

‚ÄúCreo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra‚ÄĚ, dec√≠an sus contempor√°neos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada m√°s hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su √©poca que supieron llenar con humor e iron√≠a tantas horas felices de mi adolescencia.

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