Posts Tagged “Libertad bajo palabra”

Hace ya muchos a√Īos, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorr√≠ las m√°rgenes del r√≠o San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pas√© bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descend√≠ hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la pen√≠nsula de la Gaspesia. Durante esas m√°gicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alej√© una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cord√≥n umbilical que me un√≠a con M√©xico en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que le√≠a y rele√≠a sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprend√≠ casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que le√≠.

Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, dir√© que el autor me pareci√≥ un ching√≥n. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los m√°s c√©lebres cap√≠tulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percib√≠ a Octavio Paz como un ching√≥n no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces s√≥lo le hab√≠a le√≠do chingoner√≠as. Es verdad que el mero ching√≥n es, en cierto modo, el macho cabr√≠o mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, m√°s pr√≥ximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiraci√≥n, alguien con quien desear√≠amos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el ching√≥n, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabr√≥n cuya √ļnica forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al pr√≥jimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultar√≠a un sondeo de opini√≥n en el que se preguntara p√ļblicamente, as√≠, con todas sus letras, qui√©nes de nuestros presidentes han sido unos chingones y qui√©nes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al pa√≠s fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¬Ņd√≥nde estar√≠a C√°rdenas, d√≥nde Salinas de Gortari?- s√≥lo me resta asentar que la oficiosa historia de M√©xico registra a Ju√°rez como un ching√≥n y a Porfirio D√≠az como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del cap√≠tulo citado, Paz hace una apolog√≠a de Cuauht√©moc, el tr√°gico h√©roe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. ‚ÄúEl joven abuelo‚ÄĚ era un ching√≥n mientras que Cort√©s, al est√°rselo chingando, quem√°ndole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.

Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.

A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.

Estas disquisiciones sobre la acepci√≥n de una palabra que ha hecho fluir r√≠os de tinta en las letras mexicanas pueden parecer m√°s bien fr√≠volas pero de la aclaraci√≥n de su justo significado, del c√≥mo y el por qu√© se empez√≥ a utilizar en M√©xico muchos a√Īos atr√°s, puede surgir tambi√©n una concepci√≥n un tanto diferente del papel desempe√Īado por el sexo femenino durante la Conquista.

La percepci√≥n de la mujer ind√≠gena como un ser d√©bil e indefenso, una encarnaci√≥n de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Breta√Īa, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Cat√≥lica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuesti√≥n estriba entonces en averiguar si las compa√Īeras de los caballeros √°guilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coet√°neas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si as√≠ fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¬Ņqu√© tan v√°lido es equiparar la fascinaci√≥n y la seducci√≥n a la violaci√≥n y, sobre todo, el hacerla funcionar nada m√°s del hombre hacia la mujer sin mencionar que tambi√©n se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar m√°s de una batalla amorosa. Col√≥n se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras reci√©n descubiertas. Muchos de los marinos espa√Īoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a m√°s no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espl√©ndidas. Las Casas piensa que ‚Äúpod√≠an ser miradas y loadas en Espa√Īa por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran‚ÄĚ y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolom√© en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.

Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro am√≥ a la hermana de Atahualpa, do√Īa In√©s Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso P√©rez Maite decidi√≥ santificar su uni√≥n con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quer√≠a como esposa, e igual sucedi√≥ con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Mart√≠nez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se uni√≥ a Do√Īa Mar√≠a de Chacabuco.

En lo que respecta al car√°cter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompa√Īando a Francisco de Orellana en la infructuosa b√ļsqueda del m√≠tico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las m√°rgenes de un r√≠o inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedar√° para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de ind√≠genas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ah√≠ mismo, a cualquier var√≥n que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, val√≠a por el de diez guerreros indios.

M√°s cerca de nosotros, ac√° en Tlatelolco, las mujeres tambi√©n incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores espa√Īoles increp√°ndolos con frases oprobiosas y dici√©ndoles: ‚Äú¬ŅNom√°s est√°is ah√≠ parados?… ¬ŅNo os da verg√ľenza? ¬°No habr√° mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…‚ÄĚ Y llegado el momento ponen el ejemplo coloc√°ndose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremang√°ndose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.

En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de M√©xico se puede percibir ese mismo esp√≠ritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonici√≥n: ‚ÄúSi tu marido fuere necio, s√© t√ļ discreta; si yerra en la administraci√≥n de la hacienda, advi√©rtele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, enc√°rgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.‚ÄĚ

No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista ten√≠a alg√ļn rol destacado en la econom√≠a o la pol√≠tica del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padec√≠an un destino harto com√ļn: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el ma√≠z y tejiendo. ‚ÄúEl panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece m√°s bien sombr√≠o, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro ‚ÄúLa Femme au temps des Conquistadores‚ÄĚ, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los espa√Īoles parece indicar que no es exagerado‚ÄĚ.

Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusi√≥n entre los espa√Īoles y las ind√≠genas, como si √©stas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrec√≠a la presencia de √©stos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de Garc√≠a Mer√°s, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.

Anayansi, la amante india de Vasco N√ļ√Īez de Balboa, una mujer a quien sus contempor√°neos no vacilan en calificar de bell√≠sima, salva la vida del conquistador poni√©ndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentar√≠a contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro N√ļ√Īez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervenci√≥n de alguna ind√≠gena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.

La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es do√Īa Marina, incontestable encarnaci√≥n de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cort√©s y se convirtiera en c√≥mplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los espa√Īoles, pero entre m√°s se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de v√≠ctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cort√©s comprendi√≥ pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfecci√≥n el maya y el n√°huatl. Ella hab√≠a sido adjudicada en un principio a Hern√°ndez de Portocarrero pero Cort√©s se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confi√°ndole una misi√≥n important√≠sima de la que jam√°s regresar√≠a. Acto seguido se apropia de do√Īa Marina introduci√©ndola en su intimidad y en su rec√°mara. Ella se convierte en ‚Äúsu lengua‚ÄĚ seg√ļn la propia expresi√≥n de Cort√©s y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de M√©xico habr√≠a resultado imposible.

Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiraci√≥n de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Crey√©ndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hip√≥critas frases diplom√°ticas que se escuchan a su alrededor. M√°s le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al o√≠do, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participaci√≥n. La matanza tendr√° lugar esa misma noche o, a m√°s tardar, al d√≠a siguiente. Do√Īa Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cort√©s de la conjura.

No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se constru√≠an en los territorios conquistados. Negarlo ser√≠a como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cu√°ntas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauht√©moc y sus capitanes demandan a Cort√©s la devoluci√≥n de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, √©ste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. ‚ÄúDioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal D√≠az del Castillo en el cap√≠tulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se quer√≠an volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan sol√≠citos que las hallaron, y hab√≠a muchas mujeres que no se quer√≠an ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escond√≠an, y otras dec√≠an que no quer√≠an volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya pre√Īadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cort√©s expresamente mand√≥ que las diesen‚ÄĚ.

As√≠, las m√°s encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se al√≠an con √©l, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sue√Īos. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza c√≥smica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.

Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo ind√≠gena. No lo es. Tampoco se trata de un intento m√°s en el in√ļtil empe√Īo emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta √©poca de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende m√°s a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violaci√≥n sino de una entrega.

Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.

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