Posts Tagged “Lauren Mendinueta”

El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reunión, está como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpatías, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a través de los años. Ahí me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ahí conocí hace algún tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegaría a ser mi pareja.
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda (aquí en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entrañablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gijón que, durante una semana completa, disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poesía, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para jóvenes (el dirigido por Lauren Mendinueta), además de las presentaciones de algunas de las últimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librerías tanto españolas como latinoamericanas. Este año, el undécimo de su existencia, el Salón del Libro Iberoamericano se centrará en un homenaje a Salvador Allende, a cien años de su nacimiento, y en la exploración de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, “La Tierra Somos Todos”, me gustaría compartir con los lectores de Los Convidados una colaboración personal escrita especialmente para la revista Literastur que circulará durante el evento.

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Cuando conocí a Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) una de las primeras preguntas que le hice fue si, en alguna parte de su pretigioso currículum vitae, existía una estadística sobre posibles suicidios entre sus lectores. A ella le hizo gracia la broma.
Lauren es una mujer alegre, risueña, afable, afectuosa, simpática. Nada en su comportamiento habitual permite suponer la a duras penas contenida descarga emocional que nos desgarra en su obra. Su estilo es reflexivo, sobrio, conciso, desnudo de adornos que no estén vinculados a los grandes arquetipos elementales. Pero cada uno de sus versos nos sacude, nos estremece, con el suave y eléctrico trepidar de una tristeza, una desolación, un abandono que viene de muy atrás, de muy hondo, de muy lejos, y que remueve dentro de nosotros, como rozando las íntimas cuerdas de un diapasón ancestral, la evidencia de nuestro propio desamparo ante las insidias del tiempo, del desamor, de la soledad, del desarraigo y de la muerte.
Esto se hace aún más patente en su más reciente trabajo, La Vocación Suspendida, que fue presentado el sábado 26 de abril durante la entrega del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos al que ella se hizo acreedora el año pasado. En él, la poeta llega a dudar del sentido de su propia vocación, sobre todo en el doloroso poema final. Sin embargo, es la escritura misma del poemario en el que la pone en entredicho lo que la alienta a reactivarla.
En el último párrafo de su magnífico prólogo, Jon Juaristi, quien presentó el libro en la ceremonia de Albox, escribió:
La vocación suspendida es un poemario orgánico, cerrado, completo: una teoría del “dolorido sentir”, tensa hasta el desgarramiento y, a la vez, contenida. Lo suficientemente contenida como para permitir una lectura analítica y serena, que no es poca virtud y maestría. Lauren Mendinueta se revela aquí como una de las voces más individualizadas de su generación. Una voz extraordinariamente madura, dueña de sus recursos, que ha sabido edificar una tradición a su medida, sin dejarse dominar por ella, sometiéndola a lo que debiera ser el proyecto de todo poeta auténtico: la creación de un personaje dotado de una vida moral autónoma. En la obra de esta joven autora latinoamericana, con una evidente vocación universal –no ya suspendida, sino activada por su residencia lisboeta-, se encuentran algunas de las claves de lo que será la mejor lÌrica del siglo XXI, en el que la poesía renueva su vigencia ancestral”.
Enhorabuena, Lauren, por tu nuevo poemario. Permítenos adjuntar, más abajo, una breve selección de los poemas que contiene. Seguro que lo agradecerán tus lectores.

ASÍ PASAN LOS AÑOS

Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.

BOGOTÁ, DESPUÉS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE

No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autobús porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.

OLVIDO DE MÍ

Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.

LA TORRE DE MARFIL

El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.

EPITAFIO EN LOS DÍAS HABITUALES

Me pregunto cuál es la defensa de esta terca pasión,
por qué no fui costurera, vendedora de cigarros, bailarina o actriz.
Sobreviví por costumbre como las aves del cielo,
nunca estimé la moda tanto como a los nenúfares en su limbo,
visité catedrales y amé la inmovilidad de los cementerios.
Magnífico hubiera sido elegir otras tareas
y no esta vocación suspendida
a la que la mente, de la mano del oficio, me arrastró.

LA VOCACIÓN SUSPENDIDA
A Pierre Klossowski, in memoriam

No es honesto detenerme tratando de justificar con ideas
lo que es vida en la vocación,
ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica
y la punta de la realidad.
¿Cómo entender la pasión exclusiva por un oficio
que lo remplaza todo, que todo lo justifica en su complacencia?
Si escribo puede ser que alguna vez devele una verdad
por las rutas adonde me arrastra mi sangre.
Soy libre porque estoy presa en el engaño que supone todo misterio.

POÉTICA

Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra.

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Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de Amarilis, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, España y diversos países de América Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión cubana y uno fue incluso llevado al teatro, también en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y José Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos leyó el cuento que reproducimos más abajo. Cuando se lo pedí para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedió con gusto. Aquí está para ustedes. Disfrútenlo.

LA COLECCIONISTA

Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo “gracias” mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, además… es casado, como tú.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton – dijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?
-Soy músico, animal nocturno.
-¿El invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?
Él sonrió.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¿Lo amas? – preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada- Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.
Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.
-Ton, ton, – dijo Él golpeando el corazón- Yo te quiero, ¿sabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte – dijo Él- Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, “nunca reveles la identidad de tus amantes”…
Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.
-No es nada – dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?
Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.
Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió “un bache creativo”. Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer el mayor tiempo juntos y preguntó cuando venía el francés.
-Ya no vendrá más, se acabó -dijo Ella- Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.
Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.
Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.
Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer la vieja Europa.
El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo. -sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.
-Soy feliz – dijo apartándose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… déjame hacerte un tatuaje.
Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.
La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.
-Este disco será un éxito, lo sé – dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiará tu vida, te lo auguro – dijo Ella, tendida junto a Él.
-Cambiar… – dijo Él y giró su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito mío… estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.
-Pero ¿y entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. – dijo Ella golpeándole el corazón- ¿Alguna vez dije que te amaba? –besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos- ¿Sabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… -sonrió- Y todos son famosos…
Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.

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Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, España, 1980), una bella andaluza de veintiocho años de edad residente en París fue declarada a mediados de la semana pasada la ganadora del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008.
Espero no pecar de indiscreto si les cuento que, al igual que el año pasado, el concurso estuvo extremadamente disputado debido a la renovada calidad de los competidores. Mi intimidad con Lauren Mendinueta, ganadora del certamen en el 2007, y la amistad con que ahora me honra Francisco Torrecillas, director del evento, me permitieron, sin tener ninguna vela en el entierro, lanzar una ojeada curiosa sobre los manuscritos participantes conforme se acumulaban sobre el escritorio de Lauren. Por una de esas coincidencias de la suerte, el poemario que más atrajo mi atención desde un principio, el marcado con el número treinta y cuatro, resultó al final el vencedor. Sin embargo, estoy seguro de que no fue una decisión fácil ni para la media docena de jurados ni para Jon Juaristi, quien tiene a su cargo la ingrata tarea de poner orden en el caos y pronunciar el veredicto definitivo. Otros jóvenes demostraron en sus trabajos un talento poético de ningún modo inferior al de la triunfadora pero el poemario de ésta, titulado
De Ida y Vuelta poseía además de su alta calidad literaria una unidad, una fuerza temática, que le hacía sobresalir por encima de los otros.
De Ida y Vuelta se compone de dos partes: El Trayecto y El Viaje. La primera la constituyen veintiocho poemas, cada uno titulado con el nombre de una estación de la línea seis del metro de París que parte de Nation hacia la Etoile. Sara Herrera Peralta transforma ese cotidiano periplo subterráneo en un hermoso y desconsolado monólogo en el que el metro parece abandonar su itinerario habitual para adentrarse en un insólito, perplejo, oscuro, agobiante, pero siempre poético y a fin de cuentas esperanzador recorrido por las profundidades del alma.
La segunda parte, El Viaje, consiste en otros veinte poemas cada uno podríamos decir que “etiquetado” con la grafía, muchas veces arcana, con la que las compañías aéreas rotulan tanto en los billetes de avión como en las etiquetas del equipaje, el origen o el destino de sus vuelos. El último poema, de algún modo la meta del viaje, está marcado como LIS, el código que se le da a Lisboa. El que yo lo haya leído con el Tajo ancho y azul fluyendo inagotable un poco más allá de mi ventana, no deja de parecerme curioso.
Desconozco los nombres reales de los demás finalistas, pero quiero mencionar algunos otros poemarios que me llamaron particularmente la atención. Si cualquiera de los autores de Los Pies del Horizonte, No Sabes Nada del Viento, El Libro a Contraluz o Sin Título ni Contenido, llegan a leer estas líneas y desean aparecer como Convidados en este blog junto con algunos de sus poemas, me sentiré muy honrado poniéndolo a su disposición. Por favor, escríbanme. Si alguno está, además, interesado en que le eche una mano para conseguir editor en España, también lo haré con muchísimo gusto. Por otra parte, si prefieren que sus versos permanezcan inéditos para mantener así la posibilidad y el derecho de participar en otros concursos lo entiendo muy bien y les deseo suerte en ello. No se rindan. Estuvieron muy cerca de llevarse el García Ramos este año. Ya les tocará ganar algún otro muy pronto.
Mientras tanto, gracias a la gentileza de Paco Torrecillas quien me ha permitido reproducir en este blog algunos de los poemas de la obra ganadora, les ofrezco seis que corresponden a un fragmento del trayecto en el metro parisino. Enhorabuena, Sara, que el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008 sea sólo uno de los primeros en una larga carrera de éxitos.

[6. BERCY]

Desesperados buscando una mayoría suficiente. Esperar el turno. Nuestro turno.

El cielo estará nuboso y se producirán chubascos. Borrascas fuertes.
La muchacha del oeste es una niña con trenzas. Los pies colgando.
La vida pasa a un ritmo ilegítimo y ella sonríe:

la infancia es humilde e ignorante, destapa al vagabundo.

Madre, no veas en mí el llanto de los ángeles ni las hojas esparcidas del otoño.
Los rebaños se hicieron para otros: yo quise ser más fuerte.

Y alza la cabeza y abre sus ojos como quien observa el mundo
con coraje y alegría.

La niña desciende la mirada

[y sus ojos se vuelven transparentes].

Quién será ella, dentro de unos años,
en otras paradas, en otros santuarios, en otros precipicios.

En un segundo la luz se apodera de los inocentes.

Y volvemos, siempre, a comenzar.

[8. CHEVALERET]

Hay parámetros decimonónicos en cada barandilla.
Responden a las necesidades de los viejos, a veces de los niños.

Nos sostienen bajo el techo.

Un sostén para las almas, son grises como el humo.
A veces, sobre las tierras quemadas del vagón de metro
se despiertan las voces de los inconscientes.

Cuánta juventud con cargo, qué infinita extensión del futuro.
Bricolaje inventado:
el debate es siempre el mismo. La segunda jornada. La liga de fútbol.
Monótonas, erguidas: siempre ahí.

El sostén, la presencia. Da igual en qué tarea,
no importa en qué memoria. Hay componentes estáticos que brillan a nuestro alrededor,
cubiertos de grasa, para permanecer aunque el tiempo pase,
aunque la vida se agilice, aunque sigamos este túnel
que nos lleva
desesperadamente
a ninguna parte.

[16. EDGAR QUINET]

Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,
los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,
la rutina afrodisíaca.

Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.
Y en el andén, mientras todos permanecemos,
ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales. Modestos. Amables.

No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.
Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.

La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.
Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,
han destrozado todas las sábanas, todos los perfumes, todas las flores.

Y han ido a parar al fondo del océano.
Han contado minutos.
Son precipicios enfrentados.

Ya son andén. Ya son distancia.
Ya no son nada.

[17. GARE MONTPARNASSE]

Qué vanidad maldita la de los escarabajos que suben por las ventanas.

La lejanía del mar, ésa fue la primera culpa que sentí al pisar las calles
y recorrer todos los vagones en dirección oblicua.

Saber que donde estemos podremos recordar
es el consuelo de los expatriados.

La voz no queda lejos de cualquier rincón
del mundo:

la ciudad no habría sido ésta,
ni sus figuras, ni sus autores.

Yo llegué sin tiempo limitado,
me acostumbré a sortear todos los vientos, las ráfagas, las malas rachas.

Y ahora me ven recorrer aceras, pasar por el cielo y por la tierra,
como una figura pequeña, sin olfato, ciega, que cree haber purificado
el aire con la fuerza del miedo
y la memoria.

[18. PASTEUR]

La determinación es guardar en la cabeza
nuestros orígenes.

Que nos sintamos salvajes en este vagón civilizado no es culpa de los otros.
Remover lo intocable, mezclar lo improbable con la suerte,
fue siempre nuestra obligación.

Y Edo quedó lejos.

Hay que aprender a no creer todo lo que parece ser.
Ser es más aún que estar vivo,
y vivir es nuestro único milagro.

[28. CHARLES DE GAULLE-ÉTOILE]

Qué hemos guardado en los rostros durante el trayecto.
Qué vejez se apresuró y qué tintes cubrieron las almas de bienvenidas.

Hemos oído hablar de perdedores, hemos contraído los huesos y los músculos
para prepararnos. Y después llegaron los silbidos y la velocidad.

El vagón conoce la fiebre de los vagabundos
y los granos del adolescente.

Quién nos sostendrá en las calles. Quién hablará de insignias, de la vida corriente,
de los pájaros inventados, de los animales impuros.

Éstos son los símbolos y ésta la luz.

Las lenguas extranjeras sobrevivirán a nuestra marcha. Se derrumbarán las sombras.
Y nosotros, que creímos que también en la humedad conviven la palabra y la saliva,
pensaremos en los árboles extinguidos y en los muertos.

Hacemos números. Cargamos la maleta. Mencionan la palabra misericordia
y yo, que no hablo de agonía, que sé que no es éste el último vértigo ni el último miedo,
que no oculto mi rostro, veo la luz al final del túnel.

Los raíles y los andenes se parecen a mi vida buscando una lámina inconfesable.
Los cielos nos protegerán.

Hay quien dijo que queda la luz, siempre, allá donde vayamos.

Yo creo en todo eso.
Y más, allá, aún.

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Un buen editor es la mancuerna indispensable del autor para ganar lectores. Ésto, que hace unos años podía parecer una verdad de Perogrullo, hoy no lo es. Los buenos editores están desapareciendo en un mundo regido por los intereses del mercado y son uno a uno sustituidos en las grandes editoriales por ejecutivos de ventas que manejan los libros como si fueran jabones mientras sueñan con encontrar a su propio Dan Brown o J.K. Rowlling, y que Dios y J.K. Rowlling me perdonen por poner a los dos primeros en la misma cacerola.
En una de mis recientes visitas a la Agencia Literaria de Carmen Balcells, una de sus asistentes me decía que si en esta época les hubiera llegado el manuscrito de Cien Años de Soledad no les sería fácil venderlo.
También se están acabando los libreros que conocían su oficio, amaban la lectura y eran capaces de recomendar libros a sus clientes. Hace un par de meses, a mi paso por Madrid, intenté comprar las aventuras de Sherlock Holmes en una aparentemente bien provista librería del Corte Inglés para obsequiárselas al hijo de una buena amiga. El empleado que me atendió no sólo no tenía la menor idea de quién fue Sir Arthur Conan Doyle sino que tampoco había oído hablar de Sherlock Holmes. Hubo que deletrearle pacientemente el nombre para que lo buscara en su computadora y, aún así, fue incapaz de dar con el libro.
Pero volviendo a los editores de antaño, éstos se distinguían por su interés por educar a los lectores. Los nutrían con inteligencia para despertarles apetitos mayores. Les enseñaban a leer, en verdad a leer. Esta labor que deberían continuar, por su propio beneficio, las grandes editoriales, se circunscribe ahora a las más pequeñas. Sus propietarios, que cuando ganan, ganan poco y, cuando pierden, pierden mucho, continúan sin embargo picando piedra para forjarse un verdadero público.
Ese es el caso de Daniel Pupko, en México, y su editorial Salida de Emergencia, y el de César Sanz en Valladolid, con Difácil. Ésta última acaba de publicar una bella e inteligente “antología de la poesía latinoamericana al siglo XXI” titulada Una Gravedad Alegre. La selección es del también poeta y doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburg, Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Su trabajo, un excelente panorama de lo que hoy sucede en nuestros países, reune a casi sesenta poetas nacidos a partir de 1940. A Colombia le corresponde el honor de presentar al más veterano, Jotamario Arbeláez (1940), y a la más joven, Lauren Mendinueta (1977).
Estas son unas cuantas muestras de los participantes y de sus obras. Felicidades a César y que continúe así. Hacen falta más editores como él.

Elsa Cross (México D.F., México, 1946). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1989) y Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1992).

Las piedras

4
El sol restalla en los mármoles desnudo.
Las inscripciones
ocultan y alumbran sus mensajes:
letras como pórticos,
triglifos,
propileos vibrantes
y allí donde chocan los nombres con las cosas
se abren vetas en el mármol
como entradas a otros sueños.

Se desmoronan los templos de palabras,
el sentido se vuelve
un trazo incongruente
partícula que casa con el polvo.

Oscuridad completa bajo el sol.
Ignorancia completa.

No hay marcas de la vía.
El dios abre y cierra los destinos
igual que el viento azota los postigos
hasta romperlos.

Los pasos se repiten.
y las preguntas ciegas,
el balbuceo,
el tumbo,
el azoro de pájaro
en espera de algo.

Caen palabras
como monedas:
fulgura su reflejo en estas piedras
que existían aquí,
antes de nosotros,
y seguirán después
como los dioses.

Corte traversa del sentido.
se mira el oráculo sin comprender.

Todo comienza donde se cierran los ojos.

Antonio Cisneros (Lima, Perú, 1942). Premio Casa de Las Américas 1968.

AntonioCisneros-1.jpg picture by antoniosarabiaImitación de Horacio

a)
Si quieres un amor (más o menos) eterno, no descuides
detalle ninguno.
Afánate porque tenga la claridad y el peso de lo escrito.
Algo que puedas reclamar.
Estipula los plazos. No te fíes de una sonrisa amable y sin
motivo,
ni de un deseo mayor que lo previsto en las horas del amor.
No brindes la confianza, ni la tomes. Ama y sospecha del
latido del día,
del suspiro de la noche donde todo está escrito. Igual que
en el papel.

b)
Si optas en cambio, por un amor ligero (olor de hierba
Que cambia con la brisa)
sumérgete en el caos de amar y ser amado.
Y siente que cada media hora es (a su modo) una consistente
Eternidad.

Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) En su país ha ganado el Premio Internacional de Poesía de Medellín, 2000, el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana, 2000. En España el Premio Martín García Ramos 2007. Su nuevo poemario, La Vocación Suspendida, será publicado en breve por otra de esas editoriales de las que estamos hablando: Point de Lunettes.

Poética

La que sin ser yo
No es otra
La de tirantes dedos para acariciar
El espino
Escribe
Pocos años Pocas horas
No menos de mil
No más de mil
Recoge
La herida de la tierra amarga
Para protegerse
De la orgullosa espesura
Sostenida por siete pájaros azules
Su soledad
No derrama pájaros
Árboles con amplias miradas
Antigua huella de adioses
Guardaron para ella la señal
Y las flores
Grandes triunfadoras
Le cortaron el suspiro inocente
Joven aún
No la conozco
Ella y yo
Dos manos de trazo libre
Para esquivar la espera
Dos pies en forma de pies
Para marchar al combate
Dos ojos
Que siempre miran recuerdos
Diosa y mujer
nosotras

Gonzalo Millán (Santiago de Chile, 1947-2006) Además de la poesía cultivó la creación artística en los campos de la poesía visual y las artes plásticas.

Noche

Atardece como un amanecer
A la inversa
Retrocediendo hacia la noche.

Y cuando la noche cae,
Nadie sabe
Si abre o cierra los ojos,
Si se desnuda o se viste,
Si se levanta o se acuesta.

Nadie sabe si llega o sale,
Si abre o cierra la puerta,
Si éstos son los sueños de ayer
O las pesadillas del mañana.

Coral Bracho (México D.F., México 1951). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1982, y Javier Villaurrutia, 2003.

Una piedra en el agua de la cordura

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo
Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquel
entre este punto
y aquel

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.

Fabio Morábito. Aunque nació en Alejandría, Egipto, (1955) y pasó su infancia en Italia, se ha hecho poeta en México donde reside desde los quince años. Ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1992, y el Antonin Artaud en 2006 con un libro de cuentos, Grieta de Fatiga.

Hay una bestia

Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
pero soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla
pero es astuta
se mueve en lo profundo.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un túnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¿En qué momento se desbordará
para ocuparme,
para integrarme más a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito
hasta dejarme mudo?

Marco Antonio Campos (México D.F., México, 1946) Ha ganado en México los premios Javier Villaurrutia, 1992, y Netzahualcóyotl, 2005. En España el premio Casa de América (2005).

Los poetas modernos

¿Y qué quedó de las experimentaciones
del “gran estreno de la modernidad”,
del “enfrentamiento con la página en blanco”,
de la rítmica pirueta y
del contrángulo de la palabra,
de ultraístas y pájaros concretos,
de surrealizantes con sueños de
náufragos en vez de tierra firme,
cuántos versos te revelaron un mundo,
cuántos versos quedaron en tu corazón,
dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?

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Pues Lena Pappá continúa, a estas alturas de la semana, siendo aún un enigma para mí. Aparte de que nació en Atenas y forma parte de la segunda generación poética griega de la postguerra no pude averiguar nada más sobre ella. Ni siquiera la amable colaboración de Luis González de Alba, tan cercano a todo lo que es griego, pudo ayudarme a esclarecer el misterio. Él la menciona como autora de canciones pero, en los mismos discos en que aparece su nombre en Internet, hay también canciones firmadas por poetas como Giorgos Seferis. La cuestión es ¿Lena Pappá se dedica a escribir letras de canciones o escribe poemas a los que algunos compositores ponen música? Espero en estos días un correo de mi editor en Atenas, el querido Giorgos Miresiotis, para hacer tal vez un poco más de luz sobre el asunto. Sin embargo, poetisa, poeta o compositora, nada me privará esta semana del placer de transcribirles algunas muestras de su obra al final de esta entrada.
Por cierto, en su misiva, Luis González de Alba me comenta que no comprende a las feministas: “nos dicen que debemos usar el femenino la doctora, la ingeniera, la licenciada, la diputada, etc, pero imponen el masculino poeta. Poeta no es del género llamado “común de dos”, como dentista: el dentista, la dentista; es masculino, con femenino poetisa, como sacerdote, sacerdotisa. Dicen que les suena despectivo. Pues no lo es, como poetucha, poetastra…”
El tema tiene miga. El popular Libro de Estilo del periódico El País, le da la razón al afirmar que la voz poetisa es el “femenino correcto de poeta”. José Martínez de Sousa en su Diccionario de Usos y Dudas del Español Actual, comparte con Luis su extrañeza: “no se entiende por qué esta forma (poetisa) es rechazada precisamente por las mujeres que escriben poesía, algunas de las cuales tienden a decir de sí que son poetas. Esto ha creado la necesidad de hablar de poetas hombres y poetas mujeres, para distinguir los géneros”. Y llega aún más lejos: “el peligro que se corre con estas decisiones es que dentro de un tiempo a alguien se le ocurra convertir poeta masculino en poeto… Ya se ha dado con una pareja como modista/modisto”.
Pero el Diccionario de la Real Academia Española sí define la palabra poeta como del género común: “persona que compone obras poéticas y está dotada de las facultades necesarias para componerlas”. En su Diccionario Panhispánico de Dudas parece dar un ligero salto atrás cuando añade que el femenino tradicional más usado es poetisa “aunque modernamente se utiliza también la forma poeta como común en cuanto al género”. En esto da un traspiés porque ya desde principios del XVII Lope de Vega utilizaba la palabra poeta en femenino. En el soneto A la noche escribe: «Noche, fabricadora de embelecos, / loca, imaginativa, quimerista, / [...] / la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,/ solícita, poeta, enferma, fría,/ manos de bravo y pies de fugitivo». Lauren Mendinueta quien asomaba de cuando en cuando por encima de mi hombro mientras escribía estas líneas y prefiere poetisa a poeta por la evidente cacofonía con su apellido, recurrió al prólogo de Leticia Luna en la Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica para explicarme por qué algunas de sus colegas prefieren lo segundo: “En el siglo XIX el término poetisa comenzó a manejarse de manera peyorativa para designar a aquellas mujeres cursis que escribían poesía melosa, de tal forma que muchas escritoras quisieron deslindarse de esa situación”. Como si no bastara me remitió también a Pilar García Moutón en “Así hablan las mujeres. Curiosidades y tópicos del uso femenino del lenguaje”: “Cada vez son más las mujeres que se dicen poetas y se niegan a ser llamadas poetisas, término tan cargado de sentido peyorativo que se ha vuelto imposible de usar para algunas de ellas”.
¿Qué les parece? ¿Qué opinan Coral Bracho, Carmen Yáñez, Silvia Favaretto, Carmen Villoro, Leticia Luna, Juana Rosa Pita? ¿Prefieren que las llamen poetisas o poetas?
Como Lena Pappá no tiene, desde luego, ninguna culpa de mi ignorancia sobre su biografía, y ella misma, con sus versos, demuestra una vez más que los sustantivos poeta, poetisa o compositora no tienen importancia alguna cuando se es un arista verdadero, aquí va lo prometido. Las traducciones son de José Ruiz.

DESDE SIEMPRE

Caro se paga
todo aquí abajo.
Pesando, calculando
el más pequeño aliento
el movimiento más insignificante,
pesando, calculando
con la pasión amarga del avaro
nos cobraron la existencia:

Tanto el perfume malva de la violeta,
los segundos fragantes de la menta,
tanto por la blandura del céfiro
y el zafiro del mar,
tanto los pájaros, tanto los árboles,
tanto la mano de la caricia,
tanto el pie del baile,
lo poco –como roce de ala- del amor,
tanto el placer del rojo fruto entre los dientes
tanto por el Lucero del alba de agosto.

Caro, caro se paga.
Con la sangre tibia, con el cuerpo,
con el alma impagable,
con nuestra vida irrepetible, única,
en deuda con la muerte anticipadamente pagada.

ESPEJOS (X)

En los espejos oxidados de la memoria
vi
cómo la verde risa, mis frescos
ojos extáticos
el lozano ídolo del mundo
brillaba como luna
en los telarañosos espejos muertos
vi
cómo me esperaban inmarchitables
la menta de mi madre
los besos mentolados de los azules amores
en los viejos mutilados espejos
vi
la onírica mirada de mi blanco
ángel bueno
antes de que la oscureciera el negro tiempo.

AMOR PRESTIDIGITADOR

Qué profundamente
están todas las cosas dentro de mí: Tú
como prestidigitador
las vas sacando a luz
una a una:
Ruiseñores y nieves
Pañuelos amargos y rojas sonrisas;
-me espanto de ver
galaxias color malva
heliantos y aguas negras
miro sorprendida
cuán llena estoy
de azules cataratas
de primitivas pinturas, dulces frutas,
muertos resucitados
fieras desconocidas
rosas de cristal, arcos iris

entre tus manos
extática descubro de mi existencia
la perdida Atlántida.

HIPOCRESÍA

Debajo de mi cama escondo
mi amarga bestia
de día la encierro de noche
me asomo la saco le hablo
dejo que me desgarre
-nadie
sospecha mi profunda
fosa del alma
con una sonrisa encubierta.

Cada mañana salgo
menguada, cada mañana
encuentro en torno a mí
multitud de sonrisas semejantes
-aderezadas, para el consumo-
se las enfundan y pasean al parecer felices
pero yo estoy segura
bajo sus camas esconden también ellos
su propia
mortal bestia salvaje.

OSCILACIÓN

De noche cuando la lechuza de Selene
sube a mi árbol plateada y el rocío
perplejo
-¿caerá aquí, caerá allí?- tiembla redondo
la flor nocturna de la memoria abre
su aroma encendiendo y apagando
palabras venturosas de amoroso gusto:
“Muero porque te amo”
“Siempre Siempre”
a mi juventud profundamente susurradas.

Tiembla, enloquece el tiempo
y la rueda implacable al revés girando
me devuelve
a la casa de los geranios y las begoñas
mañanas recién lavadas en el añil del cielo
y abiertas las ventanas
a los gorjeos de las flores
corriendo por las grandes encaladas cámaras
dentro del amplio amor y del sol de la madre
una chiquilla aún, que no sabía
de lazos y espesas sombras
que aún no sabía
lo irreparable del tiempo, los mortales augurios.
Nada, nada en efecto se ha olvidado
y si no se ha olvidado –no está perdido:
las bermejas losetas del patio con que jugábamos a coxcojita
las palomas de la vecina
que se posaban en nuestros hombros niños
carga de paz tan tierna.

La noche entera paseando sonámbulo por el pasado
giras y giras inconsolable;
¿un castigo, una vana gracia, un renacer,
una burla amarga,
-qué es, pues, la memoria?

Hasta que de repente rompiéndose la luz cual granada
fulgente ilumina tu abismo
y en medio de la escarcha matinal como un conjuro
el humo negro de la nostalgia
empieza a disiparse hacia arriba
en tanto que debajo de los párpados
percibes pesadas dos lágrimas –regalo
que a escondidas dejó en ti la noche
al huir de puntillas.

MODUS VIVENDI

A la barahúnda de los sentidos
a las aves de presa del deseo
a los sueños carnívoros –no tengo que oponer
sino la pequeña albahaca olorosa de mi maceta
mi pecho transparente de fúlgidas heridas
y la piedra desnuda de mi paciencia.

Al yatagán del tiempo a la voraz
boca de la vanidad, al garfio sombrío
de la soledad –no tengo que oponer
más que el mineral de mis versos,
los susurros de la memoria, la arena
movediza de mis amores.

Al hambre de Eternidad, al pánico de la muerte
a la fascinación del odio
al cuchillo de los asesinos –no tengo que oponer
más que mis entrañas de dolor fulgentes
de mi esperanza el conjuro,
el radiante gorjeo de una infantil sonrisa
y mi pequeña oración de niña.

Y llegó carta de Ediciones Opera en Grecia. En ella mi entrañable amigo Giorgos Miresiotis, quien incluso nos envía esta foto, me informa que Lena Pappá nació en Atenas en 1932, hizo estudios de Historia y de Arqueología en la universidad de Atenas, de Letras en el Instituto Francés de Atenas, de Historia del Arte en la Academia de Bellas Artes de la misma ciudad, y obtuvo una beca para seguir un curso de Historia del Arte Moderno en la Sorbonne.
Actualmente dirige la Biblioteca de Bellas Artes de Atenas y es miembro de la Asociación Nacional de Hombres (y mujeres) de Letras Griegas. Está casada con el vicepresidente del Consejo Nacional de Estado, señor Tassos Marinos, y tiene una hija. A muchos de sus versos han puesto música distintos compositores. Servidos. Muchísmas gracias, Giorgos.

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Mi amistad con el gran fotógrafo argentino afincado en París Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince años y nos hemos acompañado por tantos rincones de éste y de aquel lado del Atlántico que su estéril recuento desafiaría nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llevó a plasmar en un libro común, El Refugio del Fuego, nuestras correrías por la ladera del volcán de Colima, en México, a fines de los años noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fotógrafo profesional. Además de colaborar en los más importantes periódicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria sólo de las que me he enterado, en distintas ciudades de México, Colombia, Argentina, Portugal, España, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e inédita de quien alguna vez aseguró que “citar es citarse”, Jorge Luis Borges (“El hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno”). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de sí mismo. Como si su cámara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es él entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (“como aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido”).

Es él quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (“nadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volverían a decir que estoy loco, que mi madre murió en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio”).

Y nos observa a través de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (“debemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la música que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos”).

Él se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (“¿cómo interpretar las señales / si los clavos son tan de este mundo?”).

Es suya esa sonrisa entre irónica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Yáñez (“así comenzó la escritura el mudo. / Llovía a cántaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por él”).

Contempla al niño sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (“te dejo frente al mar / descifrándote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota”)

y nos mira recostado en el sofá donde yace Gonzalo Rojas (“¿qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?”).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (“doy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra…”)

y, en esa playa de Saint Maló, son él y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de Álvaro Mutis (“a la vuelta de la esquina / te seguirá esperando / ese que nunca fuiste, ese que se murió / de tanto ser tú mismo lo que eres”).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompaña los pasos de la niña por la escalinata y no Blanca Varela (“digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera”)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balcón de Antonio Gamoneda (“llevo colgados de mi corazón / los ojos de una perra y, más abajo / una carta de madre campesina”).

Es de nuevo él, en México, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (“a este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego”),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Darío Jaramillo (“ese otro que también me habita / acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos”).

¿Pero no es ahí donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte más humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro perímetro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podría intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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Esta semana tenemos entre Los Convidados a la poetisa colombiana Lauren Mendinueta (Barranquilla, 1977), ganadora del presigioso premio internacional Martín García Ramos de Almería, España. Con el poema final nos unimos al homenaje que se prepara a nuestro querido amigo Álvaro Mutis a fines de noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara.

VISITA TURÍSTICA

Estoy en medio de una Acrópolis nunca visitada.
Aquí, señores, en Atenas,
existió cuanto el hombre creyó posible:
La civilización, decrépita hoy, pavoneándose
más espléndida que ninguna antaño.
Me estremece saber que fue diseñada noble,
astuta como Cécrope,
útil para el culto y propicia para el cuerpo
de los graciosos adolescentes griegos.
Todo esto fue antes de que yo caminara entre sus ruinas.
Me sobrecoge lo que en la Acrópolis ya no es,
y me siento aún más pequeña
perdida en mi insuperable condición humana.
Me conmueve la armonía de sus formas,
me intimida la grandeza de sus espacios,
pero lo que más me asusta es el tiempo
que como un niño la derribó a patadas.

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