Posts Tagged “Julio Cort√°zar”

julio2.jpg picture by antoniosarabiaLa editorial Alfaguara acaba de publicar Papeles Inesperados, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar a conocer escritos que el propio autor desestimó en vida. A mí en lo personal, y supongo que a muchos de mis colegas, me aterra la perspectiva de que alguna vez se lean borradores que yo no encuentro a punto y que he dejado cocinando para futuras revisiones en el disco duro de mi ordenador o, ya impresos, en lo más hondo de un cajón. Sin embargo Cortázar es Cortázar y para sus admiradores, entre quienes me cuento, cualquier de sus textos tiene un interés especial que tal vez él mismo nunca previó. Por eso, y esperando contar con el tácito perdón y la venia del Gran Julio, me apresuro a compartir con los lectores de Los Convidados uno de los cuentos reciéntemente aparecidos.IMAGEN-5122208-1jpg.jpg picture by antoniosarabia

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CollazosyJ.jpg picture by antoniosarabiaOtro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue √ďscar Collazos (Bah√≠a Solano, Colombia, 1942). El autor de Adi√≥s, Europa, adi√≥s, cartagenero por adopci√≥n despu√©s de los largos a√Īos de voluntario exilio en Par√≠s, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los gu√≠as m√°s eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las √≠ntimas maravillas de la hermosa ciudad.
Rom√°ntico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envi√≥ el ensayo que reproducimos m√°s abajo, se√Īal incontestable de su paso por la cuna de ese g√©nero musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y Jos√© Antonio M√©ndez. Creo que √ďscar estar√° de acuerdo en que este post sirva tambi√©n de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999),¬†compositor¬†de Usted, Despierta y Amor, amor, amor, quien cumplir√≠a a√Īos este 18 de marzo. Gracias, √ďscar, Jimena, por su colaboraci√≥n. Desde Los Convidados va un abrazo a los dos.

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JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga”, le o√≠ decir hace unos d√≠as a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. √Čl a√ļn vive en Par√≠s. En lugar de la Maga encontr√≥ a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapas√≥n en mi memoria. Par√≠s hab√≠a significado tantas cosas en mi adolescencia que yo tambi√©n llegu√© ah√≠ buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se bat√≠an los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distingu√≠a a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. S√≠, yo tambi√©n llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga y me encontr√© con que ah√≠ fallecer√≠a Julio Cort√°zar (Bruselas, B√©lgica, 1914-1984) unos meses despu√©s de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conoc√≠. Mi primera novela no ser√≠a publicada sino hasta siete a√Īos m√°s tarde y yo, ilustre desconocido, no me atrev√≠ a llamarle por tel√©fono y confesarle cu√°nto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince a√Īos que luego pasar√≠a en la capital de Francia lo visit√© a menudo en su √ļltima morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sep√ļlveda estaba en la ciudad √≠bamos a hacerle compa√Ī√≠a. Le encend√≠amos un cigarrillo bien acomodado sobre el m√°rmol y, fumando tambi√©n nosotros, convers√°bamos los tres hasta que Julio conclu√≠a el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y m√≠a, que aunque le sab√≠amos presente en el coloquio jam√°s le o√≠mos responder. Participaba en la conversaci√≥n, dir√≠a Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prend√≠amos otro y ¬Ņpor qu√© no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -√©l fue siempre un enorme fumador- y continu√°bamos la charla. Al final apag√°bamos las colillas, nos desped√≠amos y ya solos, sinti√©ndonos medio desamparados, remat√°bamos la tarde en cualquier caf√© del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasi√≥n, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, Jos√© Ovejero y Jos√© Manuel Fajardo, acompa√Īados -no pod√≠a ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ah√≠ durante la primera guerra mundial, con la ciudad reci√©n ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursi√≥n los narr√© ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. A√Īado, como en la otra ocasi√≥n, algunas de las fotos que Daniel tom√≥ del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia

Ahora escribo estas l√≠neas en v√≠speras del vig√©simo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero.¬†Ese d√≠a, esta semana, todos los medios de informaci√≥n verter√°n carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos cl√°sicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correr√≠as con Sep√ļlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cort√°zar, ha sido solo para ilustrar la afici√≥n, la adhesi√≥n, la devoci√≥n, la admiraci√≥n y muchos otros ciones m√°s que √©l supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron.¬†S√© de algunos que incluso sol√≠an dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario.¬†S√≠, todos nos sentimos abrumados ante Cien A√Īos de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo so√Īar, sentir y reflexionar lo que¬†Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en Par√≠s buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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Este lunes 19 de enero celebramos los doscientos a√Īos del nacimiento de Edgar Allan Poe (Boston, Massachusetts, E.U.A 1809-1849). Su vida, extra√Īa y atormentada, es digna de los cuentos que le har√≠an famoso.

Poe4.jpg picture by antoniosarabiaCuando √©l llega¬†apenas¬†al¬†a√Īo de edad, su padre, William Henry Leonard Poe, abandona a su madre, la actriz Elizabeth Arnold Hopkins, lo que ocasiona la muerte de esta pocos meses despu√©s. El peque√Īo Edgar es recogido entonces por John Allan un rico negociante escoc√©s de Richmond, Virginia, y su esposa Frances Valentine quien no pod√≠a tener hijos. Durante unos pocos a√Īos, a partir de 1815, se instala con ellos en el Reino Unido. Asiste a cursos elementales en una escuela de Irvine, en Escocia, m√°s tarde en un internado de Chelsea y finalmente en Stoke Newington, al norte de Londres. De vuelta a Richmond en 1920, se enamora perdidamente, a los 14, de la madre de uno de sus compa√Īeros de escuela, Helen Stanard, que a la saz√≥n tiene 30 y que morir√° un a√Īo despu√©s. A los 16, Poe se compromete sentimentalmente con su vecina Sarah Elmira Royster y se inscribe para estudiar lenguas en la Universidad de Virginia, pero ser√° expulsado un a√Īo m√°s tarde a causa de su debilidad por la bebida y el juego. Logra sostenerse un tiempo con trabajos eventuales, de tendero a periodista, hasta que Sarah Elmira rompe su compromiso con √©l y se casa con Alexander Shelton. Poe se alista entonces en el ej√©rcito de los Estados Unidos bajo el nombre de Edgar A. Perry afirmando que tiene 22 a√Īos cuando en realidad cuenta apenas 18. Ese mismo a√Īo, 1827, inicia su carrera literaria con la publicaci√≥n de Tamerlane y otros poemas que firma con el simple seud√≥nimo de “un bostoniano”. Liberado del servicio dos a√Īos m√°s tarde con el grado de sargento mayor de artiller√≠a, Poe se anima a entrar en la academia militar de West Point pero no soporta ni un a√Īo en ella y se hace expulsar despu√©s de una corte marcial.

poe2.jpg picture by antoniosarabiaA la edad de 26 a√Īos Poe se casa con su prima Virginia Clemm que apenas tiene 13 y que morir√° doce a√Īos m√°s tarde a consecuencias de una tuberculosis. La enfermedad hace crisis mientras ella canta y toca el arpa para Poe y sus amigos. La velada se trunca cuando una nota aguda la enmudece de pronto provoc√°ndole una hemorragia de sangre que le mana por la boca. La muerte de su adorada “mujer-ni√Īa” lo hunde a√ļn m√°s en el alcoholismo. Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida en vez de la bebida a la locura, dec√≠a.
En 1849 se reencuentra en Richmond con Sarah Elmira Royster, aquel gran amor de su juventud y se compromete de nuevo con ella. La boda se fija para el 17 de octubre. Se dice que Poe estaba entusiasmado y feliz pero no vuelve a saberse nada de él sino hasta el 3 de octubre en que aparece delirando en una calle de Baltimore, misteriosamente vestido con harapos que ni siquiera le pertenecen. Es llevado al Washington College Hospital donde fallece durante la madrugada del 7.

Las incomprensibles circunstancias de su muerte no hacen sino acrecentar la leyenda negra de este autor, uno de los grandes pioneros de la narrativa contemporánea. El relato corto no sería lo que es sin sus aportaciones. Los modernos géneros policiaco, gótico y de terror, se fundamentan en sus escritos. Toda la arquitectura de los relatos de Sherlock Holmes, por ejemplo, la mirada del comparsa que narra los casos en primera persona y el método deductivo que hizo famoso al inquilino de Baker street fueron copiados por sir Arthur Conan Doyle de los cuentos de Auguste Dupin, el detective de Poe.
Admirado sin ambig√ľedades por autores como Kafka, Dostoyevsky, Lovecraft, Maupassant, Bierce, Mann y Borges, Edgar Allan Poe goz√≥ de traductores de lujo: Charles Baudelaire al franc√©s y Julio Cort√°zar al castellano.
En 1845 Poe escribió El Cuervo lo que le valió un éxito instantáneo. De su método de trabajo y de cómo ideó las famosas estancias que lo componen nos habla él mismo más abajo.

La traducción a los fragmentos de El Cuervo es de Antonio Pérez Bonalde. Los grabados son de Gustavo Doré, especialmente realizados en 1853 para ilustrar el celebérrimo poema de Poe.

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En estas √ļltimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopil√© aqu√≠ relatos brev√≠simos de Borges, Bioy, Cort√°zar, Arreola, Huidobro y varios m√°s. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, hab√≠a dejado fuera a otro gran maestro del g√©nero: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de M√©xico, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el a√Īo de 1990.octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia¬†Paz es m√°s conocido por su vasta producci√≥n po√©tica y ensay√≠stica pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los dem√°s g√©neros literarios. Trabajos del Poeta, de 1949, es una admirable incursi√≥n surrealista entre la prosa po√©tica y el microrelato. Ninguno de sus espl√©ndidos textos rebasa los treinta renglones. ¬Ņ√Āguila o Sol?, de 1950, contin√ļa por el mismo camino con pasajes apenas un poco m√°s largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado Dama Huasteca:

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, reci√©n salida del ba√Īo, reci√©n nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volc√°n. En su vientre un √°guila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del pa√≠s h√ļmedo. Pocos la han visto. Dir√© su secreto: de d√≠a, es una piedra al lado del camino; de noche, un r√≠o que fluye en el costado del hombre.
Y es de otro de sus libros de esa misma época, Arenas Movedizas, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.

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Esta semana quiero tocar de nuevo el microrelato por varios motivos. Primero por que en el post anterior dej√© fuera informaci√≥n importante sobre los autores de Minificciones, Delf√≠n Beccar (Buenos Aires, 1980) y Alejandro Gelaz (Gij√≥n, 1963). Ambos colaboran en el √°rea de comunicaci√≥n y proyectos de Internet vinculados a la gesti√≥n p√ļblica en Buenos Aires, donde Alejandro reside desde el 2001. Adem√°s del trabajo comparten una misma pasi√≥n por la literatura.Delfn.jpg picture by antoniosarabia¬†Delf√≠n ha publicado ya un libro de cuentos, Esclavos de Sombra, del que se agot√≥ la edici√≥n. Alejandro se mueve tambi√©n entre los artistas pl√°sticos y, aparte de pintar digitalmente √©l mismo, est√° a punto de salir a la luz con una trilog√≠a po√©tica de la que esperamos tener m√°s noticias y darles tal vez, con la cooperaci√≥n del propio Alejandro, alguna primicia en Los Convidados. El segundo motivo es que √ļltimamente han publicado nuevas minificciones, entre las que hay una m√≠a y otra de Lauren Mendinueta que no puedo resistir la tentaci√≥n de compartir con ustedes. Y, tercero, por que el blog de Delf√≠n y Alejandro lleva como subt√≠tulo Los Mecanismos de la Brevedad y creo firmemente que en esos mecanismos reside la clave de alguna literatura mayor.agelaz2.jpg picture by antoniosarabia¬†Todos guardamos en la memoria lo que hac√≠amos en determinados momentos cruciales de nuestro devenir colectivo. Para m√≠ estar√° siempre presente qu√© hac√≠a y d√≥nde me encontraba cuando asesinaron a los Kennedy, por ejemplo, tanto a John como a Bobby, cuando el hombre puso por primera vez pie en la luna, cuando cay√≥ el muro de Berl√≠n, cuando derribaron las Torres Gemelas o cuando me top√© con las siguientes l√≠neas: Vine a Comala porque me dijeron que aqu√≠ viv√≠a mi padre: un tal Pedro P√°ramo. La contundencia de esa frase me dej√≥ helado. Esa quincena de palabras constituyen por s√≠ mismas un formidable microrelato. Yo las descubr√≠ hojeando por casualidad una peque√Īa edici√≥n del Fondo de Cultura Econ√≥mica sobre la mesa de novedades en una librer√≠a de la Alameda Central, en M√©xico D.F. hace m√°s de cincuenta a√Īos. Leer la frase y pagar el libro fue uno. Sal√≠ como en trance y continu√© leyendo mientras caminaba por lo que entonces era la avenida San Juan de Letr√°n. Y Rulfo prosigue as√≠, de microrelato en microrelato, la construcci√≥n de su obra maestra. Veamos c√≥mo la contin√ļa: Mi madre me lo dijo. Y yo le promet√≠ que vendr√≠a a verlo en cuanto ella muriera. Le apret√© sus manos en se√Īal de que lo har√≠a, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo, -me recomend√≥-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar√° gusto conocerte” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que as√≠ lo har√≠a, y de tanto dec√≠selo se lo segu√≠ diciendo aun despu√©s que a mis manos les cost√≥ trabajo zafarse de sus manos muertas. Y as√≠ sucesivamente, cada relato contenido a su vez en otro un poco mayor, como una suerte de cajas chinas, o mu√Īecas rusas, que se van ensamblando del interior al exterior hasta que el √ļltimo p√°rrafo engloba a la novela entera del mismo modo que, a la inversa, la novela entera est√° contenida en aquellas inolvidables primeras palabras de Juan Preciado.

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O√≠ que recientemente aparecieron en M√©xico dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, M√©xico, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lop√°tegui (Porr√ļa, M√©xico, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilaci√≥n rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aqu√≠ est√° lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva seg√ļn su gusto y conveniencia.
No hab√≠a hablado antes p√ļblicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia √≠ntima, muy personal, perteneciente a una √©poca m√≠a que considero preliteraria: se di√≥ antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una raz√≥n que se har√° evidente en este art√≠culo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conoc√≠ a Elena Garro por azar, en Par√≠s, muy a finales de los a√Īos ochentas y principios de los noventas, y tuve una relaci√≥n muy particular de amistad con ella. Un d√≠a, al hacer un tr√°mite cualquiera en la embajada de M√©xico me atendi√≥ una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan pr√≥ximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el m√°s grande ensayista despu√©s de Alfonso Reyes, me apresur√© a invitarla a cenar a mi casa varios d√≠as despu√©s. Un poco antes de la hora convenida, me llam√≥ para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si pod√≠a traerla consigo. Yo no sab√≠a que hablaba de Elena Garro. Era, a√ļn lo soy, un ignorante total de la vida √≠ntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no s√© qui√©n ha vivido con qui√©n, ni cu√°ndo, ni c√≥mo, ni por qu√©, pero le dije que s√≠, que encantado, que no se preocupara, que viniera tambi√©n, etc.
As√≠ desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conoc√≠, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entr√≥ en mi departamento me pareci√≥ reconocer su cara pero tard√© un rato en identificarla. A m√≠, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me hab√≠an deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. S√≥lo sent√≠a admiraci√≥n por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus an√©cdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero a√ļn, m√≠ticos termin√≥ por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos d√≠as el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de bur√≥, peque√Īas, cuadradas, de las que aparecen a√ļn en las pantallas de las Mac m√°s recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interes√≥ en su funcionamiento. Yo me apresur√© a mostrarle las ventajas que ten√≠a como procesador de texto sobre las entonces a√ļn comunes m√°quinas de escribir y para ello abr√≠, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el cap√≠tulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira v√≠ctima de una fuerte calentura. El texto le llam√≥ la atenci√≥n y me pregunt√≥ de qui√©n era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogi√≥ sin reservas e insisti√≥ con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A ra√≠z de eso empec√© a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba a√ļn en la embajada. Yo lo prefer√≠a as√≠ y supongo que ella tambi√©n. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se ve√≠a obligada a recuperar ante ella su papel de enferma cr√≥nica, a jurar que esa era la primera taza de caf√© que se beb√≠a y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era m√≠o.
Elena se mostr√≥ en un principio entusiasmada con mi trabajo y me anim√≥ a proseguirlo pero en realidad, despu√©s de la primera visita, nos olvidamos de √©l. A m√≠ me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cort√°zar, de quien me describ√≠a la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento franc√©s del que nunca pudo desprenderse al hablar espa√Īol. De entre la cascada de an√©cdotas recuerdo particularmente una: ella era todav√≠a una jovencita, casada con Paz, muy joven tambi√©n pero ya c√©lebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a Par√≠s, me parece que procedentes de Espa√Īa cuando, asomada a la ventanilla, descubri√≥ a un grupo de intelectuales franceses que ven√≠an a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de ‚ÄúOctavio Paz‚ÄĚ. Elena sac√≥ la cabeza para prevenirlos gritando ‚Äúici, ici!‚ÄĚ (¬°aqu√≠, aqu√≠!) a lo que uno de ellos respondi√≥ ‚ÄúPas toi, mon chou, ton pere!‚ÄĚ (t√ļ no, querida, tu pap√°!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Viv√≠a en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio m√°s elegante de Par√≠s, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente ‚ÄúPaz‚ÄĚ. Nunca le o√≠ decir ni ‚ÄúOctavio‚ÄĚ, ni ‚Äúmi exmarido‚ÄĚ, ni ‚Äúese cabr√≥n‚ÄĚ, que bien podr√≠a haberlo dicho, no, siempre fue ‚ÄúPaz‚ÄĚ, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigi√©ndole fondos. En una ocasi√≥n pretendieron incluso involucrarme en su empe√Īo. Estando en su casa, marcaron el tel√©fono del poeta en M√©xico e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qu√© historia absurda. Yo me negu√© horrorizado, cosa que desat√≥ la ira de Helenita, mucho m√°s agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con ‚ÄúPaz‚ÄĚ.
La verdad es que a m√≠ nunca me pidieron dinero. S√≥lo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante cr√≠tica, y no hubo ning√ļn m√©rito en ello. En aquel tiempo yo pod√≠a darme lujos as√≠ sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedi√≥ una tarde en la que Elena me llam√≥ llorando al tel√©fono, la iban a echar de su casa porque deb√≠a m√°s de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sab√≠a qu√© hacer. Me lanc√© a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los sem√°foros de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme m√°s tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acept√©. Ya habr√≠a tiempo para que me reembolsara despu√©s, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospech√°bamos que eso no ocurrir√≠a, pero no me import√≥. Hab√≠a aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acci√≥n de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la √ļnica.
Tampoco tengo muy clara la raz√≥n por la que dej√© de verla. Ni siquiera recuerdo si llegu√© a autografiarle alg√ļn ejemplar de Amarilis, la novela que pareci√≥ tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al un√≠sono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un a√Īo antes de que ella se volviera a M√©xico donde ya no le segu√≠ la pista. Por aquellos d√≠as nos ve√≠amos muy poco. Publicar en Europa me hizo a m√≠ entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se hab√≠a segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conoc√≠a bien y con la que yo empec√© a relacionarme entonces, me advirti√≥ que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me dec√≠a.
Como testimonio de aquellos d√≠as no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de M√©xico deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edici√≥n de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alem√°n que lleg√≥ en esos d√≠as y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sab√≠a qu√© hacer con el ejemplar. A m√≠ me pas√≥ lo mismo, pero como no encontr√© ning√ļn amigo alem√°n a quien d√°rselo, todav√≠a ha de andar por ah√≠.
Elena, que cre√≠a en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy l√ļcida e implacable en sus juicios est√©ticos. No repetir√© aqu√≠ sus indiscreciones y cr√≠ticas sobre nuestra literatura de la √©poca. ‚ÄúLa luz del entendimiento me hace ser muy comedido‚ÄĚ, dir√≠a el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertar√≠a la justa indignaci√≥n, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La √ļltima vez que habl√© de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, all√° por el a√Īo noventa y siete, ¬Ņo ser√≠a el noventa y ocho?, ¬Ņy por qu√© tocamos el tema?, ¬Ņlo habr√° provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios m√≠o, qu√© memoria. De lo que s√≠ estoy seguro es de que evit√© mencionarle el que ella lo consideraba el ep√≠tome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversaci√≥n en la que Bioy, que morir√≠a tambi√©n poco despu√©s, se mostr√≥ muy conmovido. Me relat√≥ sus propios recuerdos y me confes√≥ el enorme afecto que hab√≠a sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Adem√°s del libro en alem√°n conserv√© un tiempo tambi√©n, como recuerdo, aunque no s√© ya d√≥nde est√°n, las dos o tres hojas en las que me copi√≥, con paciencia infinita, las direcciones y los tel√©fonos privados y p√ļblicos de cuanto editor conoc√≠a en M√©xico para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anot√≥ otro, √©ste en Espa√Īa, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, ne√≥fito absoluto, no hab√≠a o√≠do hablar. Fue el √ļnico tel√©fono y la √ļnica direcci√≥n que finalmente us√©. Por suerte sin jam√°s mencionar que me los hab√≠a dado ella. Ahora sospecho que habr√≠a resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llam√≥ la atenci√≥n la frase que dijo mientras la transcrib√≠a: ‚Äúsi te agarra la Balcells, ya la hiciste‚ÄĚ. Pues s√≠, Elena, ‚Äúme agarr√≥ la Balcells‚ÄĚ aunque no, no ‚Äúla he hecho‚ÄĚ todav√≠a, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio m√°s abajo, como exigen las reglas, la rese√Īa del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al confer√≠rmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada d√≠a en su empe√Īo por transmitir valores culturales, √©ticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a trav√©s su pensamiento vivo que est√° y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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