Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volcán. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leÃdo lo que yo he escrito sobre el sitio ardÃa en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez más del hablado y los hábitos de las gentes, además de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayacán, una mágica aldea imaginaria construÃda con el lápiz y papel de la imaginación en lo más alto de la pendiente del volcán con el único objeto de convertirla en el espacio escénico de aquella novela.
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano Óscar, cuya compañÃa fue uno más de los placeres del viaje, y añado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no sólo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la región.

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Esta semana quiero tocar de nuevo el microrelato por varios motivos. Primero por que en el post anterior dejé fuera información importante sobre los autores de Minificciones, DelfÃn Beccar (Buenos Aires, 1980) y Alejandro Gelaz (Gijón, 1963). Ambos colaboran en el área de comunicación y proyectos de Internet vinculados a la gestión pública en Buenos Aires, donde Alejandro reside desde el 2001. Además del trabajo comparten una misma pasión por la literatura.
 DelfÃn ha publicado ya un libro de cuentos, Esclavos de Sombra, del que se agotó la edición. Alejandro se mueve también entre los artistas plásticos y, aparte de pintar digitalmente él mismo, está a punto de salir a la luz con una trilogÃa poética de la que esperamos tener más noticias y darles tal vez, con la cooperación del propio Alejandro, alguna primicia en Los Convidados. El segundo motivo es que últimamente han publicado nuevas minificciones, entre las que hay una mÃa y otra de Lauren Mendinueta que no puedo resistir la tentación de compartir con ustedes. Y, tercero, por que el blog de DelfÃn y Alejandro lleva como subtÃtulo Los Mecanismos de la Brevedad y creo firmemente que en esos mecanismos reside la clave de alguna literatura mayor.
 Todos guardamos en la memoria lo que hacÃamos en determinados momentos cruciales de nuestro devenir colectivo. Para mà estará siempre presente qué hacÃa y dónde me encontraba cuando asesinaron a los Kennedy, por ejemplo, tanto a John como a Bobby, cuando el hombre puso por primera vez pie en la luna, cuando cayó el muro de BerlÃn, cuando derribaron las Torres Gemelas o cuando me topé con las siguientes lÃneas: Vine a Comala porque me dijeron que aquà vivÃa mi padre: un tal Pedro Páramo. La contundencia de esa frase me dejó helado. Esa quincena de palabras constituyen por sà mismas un formidable microrelato. Yo las descubrà hojeando por casualidad una pequeña edición del Fondo de Cultura Económica sobre la mesa de novedades en una librerÃa de la Alameda Central, en México D.F. hace más de cincuenta años. Leer la frase y pagar el libro fue uno. Salà como en trance y continué leyendo mientras caminaba por lo que entonces era la avenida San Juan de Letrán. Y Rulfo prosigue asÃ, de microrelato en microrelato, la construcción de su obra maestra. Veamos cómo la continúa: Mi madre me lo dijo. Y yo le prometà que vendrÃa a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo harÃa, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo, -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que asà lo harÃa, y de tanto decÃselo se lo seguà diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas. Y asà sucesivamente, cada relato contenido a su vez en otro un poco mayor, como una suerte de cajas chinas, o muñecas rusas, que se van ensamblando del interior al exterior hasta que el último párrafo engloba a la novela entera del mismo modo que, a la inversa, la novela entera está contenida en aquellas inolvidables primeras palabras de Juan Preciado.
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