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	<title>Los Convidados &#187; José Ovejero</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>
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		<title>Buscando a la Maga, Julio Cortázar en el vigésimo quinto aniversario de su muerte</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Feb 2009 13:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 294px; height: 236px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/JulioCortzar3.jpg?t=1234027630" alt="JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d&#8217;Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga <em>a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua</em>. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 238px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto23.jpg?t=1234024414" alt="Foto23.jpg picture by antoniosarabia" />Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta <em>un tercer cigarrillo del insomnio</em> -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CasaJC.jpg?t=1234024636" alt="CasaJC.jpg picture by antoniosarabia" />En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de <em>Primeras Noticias de Noela Duart</em>e, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: <em>encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. </em>Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElevadorCortzar.jpg?t=1234024736" alt="ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l&#8217;Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante <em>Cien Años de Soledad</em>, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que <em>Rayuela</em>. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.</p>
<p>Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto<em> La autopista del Sur</em> como <em>El Perseguidor</em> son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.</p>
<p><span id="more-528"></span></p>
<p>DEL CUENTO BREVE Y SUS ALREDEDORES</p>
<p>Alguna vez Horacio Quiroga intentó un &#8220;Decálogo del perfecto cuentista&#8221;, cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento&#8221;.<br />
La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Dicho de otro modo, el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica.<br />
Estoy hablando del cuento contemporáneo, digamos el que nace con Edgar Allan Poe, y que se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman <em>nouvelle</em> y los anglosajones <em>long short story</em> se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado: basta pensar en &#8220;The Cask of Amontillado&#8221; &#8220;Bliss&#8221;, &#8220;Las ruinas circulares&#8221; y &#8220;The Killers&#8221;. Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la <em>nouvelle</em> y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos; si un cuento largo de Henry James o de D. H. Lawrence puede ser considerado tan genial como aquéllos, preciso será convenir en que estos autores trabajaron con una apertura temática y lingüística que de alguna manera facilitaba su labor, mientras que lo siempre asombroso de los cuentos contra el reloj está en que potencian vertiginosamente un mínimo de elementos, probando que ciertas situaciones o terrenos narrativos privilegiados pueden traducirse en un relato de proyecciones tan vastas como la más elaborada de las <em>nouvelles</em>.<br />
Lo que sigue se basa parcialmente en experiencias personales cuya descripción mostrará quizá, digamos desde el exterior de la esfera, algunas de las constantes que gravitan en un cuento de este tipo. Vuelvo al hermano Quiroga para recordar que dice: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, <em>de los que pudiste ser uno</em>&#8220;. La noción de ser uno de los personajes se traduce por lo general en el relato en primera persona, que nos sitúa de rondón en un plano interno. Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana María Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de &#8220;Las armas secretas&#8221;, aunque quizá se trataba de los de &#8220;Final del juego&#8221;. Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.<br />
En ese momento, o más tarde, encontré una suerte de explicación por la vía contraria, sabiendo que cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. Recordé que siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra. El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. Quizá por eso, en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración <em>strictu senso</em>, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí.<br />
Esto lleva necesariamente a la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta. Un verso admirable de Pablo Neruda: <em>Mis criaturas nacen de un largo rechazo</em>, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.<br />
Este rasgo común no se lograría sin las condiciones y la atmósfera que acompañan el exorcismo. Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del puente, al autor. Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria, y a su vez un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier. Quizá el rasgo diferencial más penetrante -lo he señalado ya en otra parte- sea la tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna técnica podría enseñar o proveer, el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. En todo caso así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos, como &#8220;Las armas secretas&#8221;, la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya Pierre, sin ser ya Michèle.<br />
Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso, y que el autor los escribe mientras está en lo que los franceses llaman un &#8220;état second&#8221;. Que Poe haya logrado sus mejores relatos en ese estado (paradójicamente reservaba la frialdad racional para la poesía, por lo menos en la intención) lo prueba más acá de toda evidencia testimonial el efecto traumático, contagioso y para algunos diabólico de &#8220;The Tell-tale Heart&#8221; o de &#8220;Berenice&#8221;. No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve; haré notar que me refiero a relatos donde el tema mismo contiene la &#8220;anormalidad&#8221;, como los citados de Poe, y que me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor. ¿Cómo describir la atmósfera que antecede y envuelve el acto de escribirlo? Si Poe hubiera tenido ocasión de hablar de eso, estas páginas no serían intentadas, pero él calló ese círculo de su infierno y se limitó a convertirlo en &#8220;The Black Cat&#8221; o en &#8220;Ligeia&#8221;. No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. Me acuerdo de una cita curiosa, creo que de Roger Fry; un niño precozmente dotado para el dibujo explicaba su método de composición diciendo: <em>First I think and then I draw a line round my think</em> (sic). En el caso de estos cuentos sucede exactamente lo contrario: la línea verbal que los dibujará arranca sin ningún &#8220;think&#8221; previo, hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición de tales cuentos, puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido. ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve? Los límites del sueño y la vigilia, ya se sabe: basta preguntarle al filósofo chino o a la mariposa. De todas maneras si la analogía es evidente, la relación es de signo inverso por lo menos en mi caso, puesto que arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido <em>per se</em>. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. Hay la masa que es el cuento (¿pero qué cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad como si el cuento ya estuviera escrito con una tinta simpática y uno le pasara por encima el pincelito que lo despierta. Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha ocurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde &#8220;la sinfonía se agita en la profundidad&#8221;, para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras. Y por eso, porque todo está decidido en una región que diurnamente me es ajena, ni siquiera el remate del cuento presenta problemas, sé que puedo escribir sin detenerme, viendo presentarse y sucederse los episodios, y que el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida. Me acuerdo de la mañana en que me cayó encima &#8220;Una flor amarilla&#8221;: el bloque amorfo era la noción del hombre que encuentra a un niño que se le parece y tiene la deslumbradora intuición de que somos inmortales. Escribí las primeras escenas sin la menor vacilación, pero no sabía lo que iba a ocurrir, ignoraba el desenlace de la historia. Si en ese momento alguien me hubiera interrumpido para decirme: &#8220;Al final el protagonista va a envenenar a Luc&#8221;, me hubiera quedado estupefacto. Al final el protagonista envenena a Luc, pero eso llegó como todo lo anterior, como una madeja que se desovilla a medida que tiramos; la verdad es que en mis cuentos no hay el menor mérito literario, el menor esfuerzo. Si algunos se salvan del olvido es porque he sido capaz de recibir y transmitir sin demasiadas pérdidas esas latencias de una psiquis profunda, y el resto es una cierta veteranía para no falsear el misterio, conservarlo lo más cerca posible de su fuente, con su temblor original, su balbuceo arquetípico.<br />
Lo que precede habrá puesto en la pista al lector: no hay diferencia genética entre este tipo de cuentos y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire. Pero si el acto poético me parece una suerte de magia de segundo grado, tentativa de posesión ontológica y no ya física como en la magia propiamente dicha, el cuento no tiene intenciones esenciales, no indaga ni transmite un conocimiento o un &#8220;mensaje&#8221;. El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen &#8220;normal&#8221; de la conciencia; en un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota, no es inútil insistir en esta afinidad que muchos encontrarán fantasiosa. Mi experiencia me dice que, de alguna manera, un cuento breve como los que he tratado de caracterizar no tiene una estructura de prosa. Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran. Ellos respiran, no el narrador, a semejanza de los poemas perdurables y a diferencia de toda prosa encaminada a transmitir la respiración del narrador, a comunicarla a manera de un teléfono de palabras. Y si se pregunta: Pero entonces, ¿no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: La comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono; el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo.<br />
Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda <em>suspensión of disbelief</em> obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.<br />
Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una &#8220;explicación&#8221; a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de &#8220;full-time&#8221; de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.</p>
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		<title>Primeras Noticias de Noela Duarte</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 2008 18:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s1600-h/Autostop+a+Bruselas.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753078221746754" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s320/Autostop+a+Bruselas.jpg" border="0" alt="" /></a> en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.</p>
<p><span id="more-36"></span><br />
Eso es lo que me ha sucedido con mis colegas y excelentes amigos José Manuel Fajardo (Granada, 1957) y José Ovejero (Madrid, 1958).<br />
Los tres vislumbramos al mismo tiempo a Noela Duarte en México, en un restaurante de Tlaquepaque un pequeño pueblo cercano a Guadalajara, donde participábamos en la feria del libro, y nos la volvimos a encontrar un año después, ya no tan por azar, en el desaparecido Goldenberg de la avenida Wagram en París. Le habíamos dado cita ahí pero, la verdad, ninguno estaba muy convencido de que vendría. Ya desde entonces intuíamos que de ella se podía esperar cualquier cosa.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s1600-h/Trio+Noela+2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753300944117538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s320/Trio+Noela+2.jpg" border="0" alt="" /></a> Sin embargo, asistió puntual a nuestra invitación, y convivió toda la velada con nosotros. Noela nos hechizaba a los tres por su belleza, su enérgica personalidad, su carisma y su fina sensibilidad. Hija de cubano y española, nacida en el norte de África, criada entre los músicos de la banda en que tocaba la guitarra su padre. Fotógrafa profesional, viajera incansable, cada uno de nosotros tenía algo propio que decir sobre ella. La tentación de ponerlo en un libro común era demasiado fuerte, y no pudimos resistirla.<br />
Nuestra aventura duró tres largos años. Tiempo en el que nos fuimos poco a poco mostrando lo que cada uno escribía por su lado, discutiéndolo, obligándonos a encajarlo con lo que hacían los demás, en interminables, quisquillosos, obstinados, furibundos, pero siempre ocurrentes y a ratos jocosos correos. Esa vivencia fue una de las experiencias más divertidas y enriquecedoras de mi vida de escritor. No la cambiaría por nada del mundo.<br />
Al fin el esfuerzo se concretó en el libro que ahora edita Belacqva/La Otra Orilla, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span>.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s1600-h/Portada+Noela.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749485561680114" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s320/Portada+Noela.jpg" border="0" alt="" /></a> Sale a la venta estos días en España y lo presentaremos oficialmente el jueves 12 de junio a las veinte horas en el Pabellón del Círculo de Lectores dentro del marco de la feria del Libro de Madrid. Ahí estaremos Fajardo, Ovejero y yo para conversar con la asistencia y contarle el qué, cómo, cuándo y porqué del libro.<br />
¿Y Noela? Noela ni se inmuta. Creo que está de acuerdo con todo. Nos conoce demasiado bien como para sorprenderse de nada. Puede que hasta asome a tomar una foto.<br />
Aquí tienen algunos fragmentos del libro para que la vayan conociendo mejor.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A LA GUITARRA OSWALDO DUARTE</span></p>
<p>&#8220;No, mi padre no pegó nunca a mi madre. Cuando quería hacerla llorar, cogía la guitarra y le cantaba un bolero. Entonces ella se amansaba, se sentaba en cualquier sitio con los ojos húmedos y musitaba: qué hijo de puta eres, Oswaldo. Pero seguía escuchando, incapaz de marcharse por mucha rabia que le diese, hasta que mi padre terminaba de cantar&#8221;. Confieso que me fascinan las historias de familia; por eso intento siempre que Noela me cuente cosas de cuando era niña, de cuando sus padres aún vivían juntos en Tánger, de cuando Noela, después de que su madre se fuese con otro hombre, acompañaba a su padre en las giras con la orquesta El Ritmo de Oriente por buena parte de los hoteles y garitos de Europa. Ella dice que esas cosas me interesan sólo porque soy un cotilla, y para qué se lo voy a discutir. Pero para mí las familias tienen una lógica increíble, hasta en los detalles más escabrosos: cuando leo en el periódico que un hijo ha matado a sus padres a hachazos sé que ese final lo habían trazado entre todos, cada uno contribuyendo diariamente a un desenlace que, de alguna manera, todos deseaban.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">EL OJO QUE TE VE</span></p>
<p>Hoy ha salido del hotel más temprano que de costumbre. Eran las siete de la mañana y su cabeza ocupó el círculo de la mira telescópica con su melena corta. Llevaba gafas de sol, pero la reconocí. A estas alturas la reconocería aunque se disfrazara. Cuando se pasan tantas horas observando, cuando el mundo se reduce al círculo de una mira telescópica, uno acaba sabiendo muchas cosas de los demás. Yo sé que ella es nerviosa, que se rasca tras la oreja cuando no sabe qué hacer, que escupe al suelo los chicles que masca. También sé que sus piernas son largas y sus pechos pequeños y firmes. Porque no lleva sujetador.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s1600-h/Triptic+NOELA+-2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749968903827026" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s400/Triptic+NOELA+-2.jpg" border="0" alt="" /></a> Eso también lo sé. He estudiado cada pliegue de su ropa. Conecto el walkman y escucho la guitarra salvaje de Jabberwocky. Esa canción me mata, pero también me ayuda a matar el tiempo mientras espero que ella regrese. La terraza parece un charco de agua. Es por el calor, que lo llena todo de espejismos. Ayer hubo mucho movimiento y la calle se cubrió de polvo y humo. Era como moverse dentro de una chimenea. Oías el silbido de las balas y las explosiones de los proyectiles, pero no veías más que resplandores entre la bruma. Hoy todo está limpio y calmo, y la música suena nítida en mis oídos. Es increíble cómo la tierra se desentiende de nosotros. Cuando la destrucción se detiene, el mundo se dedica de nuevo a lo suyo. No somos más que un paréntesis sangriento. Los pájaros vuelven a revolotear tontamente y los árboles se mecen bajo el viento. Pero los insectos continúan con sus tareas en medio de la matanza. Ayer estaba tirado en el suelo, al abrigo de un muro, y vi cómo una larga hilera de hormigas se adentraba en terreno abierto, indiferente a las carreras, a los gritos y a la lluvia de metralla. Para ellas debemos ser poco más que una tormenta. Y ni eso, porque la tormenta puede traer un diluvio que las ahogue. Nosotros sólo abrimos socavones en la tierra y, de vez en cuando, arrojamos al suelo algún despojo que se convierte de inmediato en alimento para ellas o en un nuevo obstáculo que deben salvar en su camino. Nuestra crueldad no tiene público en el universo, es una aberración privada. No somos muy diferentes de esos leones que se ven en los reportajes sobre África. Se puede aprender mucho de ellos. Yo lo hago. Permanezco al acecho, como el león en la sabana. Soy una mancha más en el paisaje. Puedo permanecer horas inmóvil. Una piedra que ve. Como uno de esos hombres estatua que salen en las películas. También yo me maquillo el rostro. Lo tizno de negro, para que no destaque en las sombras. Busco un lugar desde el que pueda controlar una buena extensión de terreno y espero. Siempre estoy esperando. Hay que saber esperar, concentrarse en una sola cosa, vaciar el cerebro de toda curiosidad, de todo interés, y limitarse a mirar. Es duro llegar a ser una piedra. El tiempo de las emociones es antes y después de la espera, pero durante ella tengo el corazón muerto. Esa es mi ventaja. No se trata tan sólo de tener reflejos y buena puntería. Lo que te hace un buen cazador es aprender a desprenderte de ti mismo para poder leer en los gestos más pequeños de la pieza a batir. El peor enemigo es la duda. La curiosidad y la duda.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A TRAVÉS DEL ESPEJO</span></p>
<p>Aquella noche yo tuve que permanecer encerrado en el apartamento de la avenue Foche y fue él quien ocupó mi lugar. El único sitio en el que yo no puedo sustituirlo es sobre un escenario. Ese es el altar donde sólo él, transformado en gran sacerdote, oficia ante sus fieles. En escena, como luego me enteré que sucedió aquella noche, Carlos Esquívez era algo más que el simple mortal Carlos Esquívez. Aquel hombre, con un micrófono enfrente y una guitarra en las manos se convertía en otro. Un mago que pulsaba las cuerdas como las alas de una chistera por cuyo oscuro boquete brotaban interminablemente conejos y palomas, globos de colores, cometas fulgurantes, e insospechadas legiones de demonios y ángeles. Desde luego, tú lo pudiste constatar porque estabas presente. No se conformó con subir al escenario y poner el piloto automático como me dijo que haría. El melódico y estruendoso compás de sus propias creaciones, cien veces magnificado por los altavoces, le hizo retroceder en el tiempo devolviéndole su apariencia original y tú te diste gusto fotografiándolo transfigurado bajo las candilejas. Si no fue capaz de tocar más que los viejos y consabidos temas que lo habían hecho célebre, fue porque en verdad no tenía más repertorio. Pero si sólo pudo repetir las antiguas canciones que el público conocía hasta la saciedad, lo hizo de modo que sonaran nuevas a los oídos de todos y fueran devotamente coreadas por una muchedumbre electrizada y fanática. Si Eric Clapton era dios, proclamaron los periódicos de la mañana siguiente, Carlos Esquívez era su profeta y sucesor. Sé que esa noche se vieron después del concierto. Sé que estuvieron juntos casi hasta el amanecer en una casita de las afueras, propiedad del organizador del evento. Sé que él te habló de la vacuidad de su vida y tú compartiste el dolor que te embargaba por el reciente fallecimiento de un amigo en Afganistán. Sé que se retiraron solos al amplio jardín y que él llevó consigo su guitarra acústica. Sé que te estuvo cantando al oído boleros hasta que se te soltaron las lágrimas porque te recordaban a tu niñez y a tu padre. Sé que hicieron el amor sobre la pelusa como náufragos que acabaran de sobrevivir a un cataclismo universal. Sé que te le entregaste con desesperación, con furia ciega, que lo mordiste, que lo arañaste con impaciencia febril hasta que depositó estremeciéndose de placer, en la vellosa y tibia humedad aprisionada entre tus piernas, todo lo que todavía le quedaba de amor y de música. Sé que aquella noche me rompiste el corazón.</p>
<p>¿Qué les parece? ¿Les gustaron estos fragmentos? Pues adelante, a leer el libro. Y, no lo olviden, los autores los invitamos a que vengan a compartir su presentación con nosotros este jueves 12 de junio, a las ocho de la noche, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span> en el Pabellón del Círculo de Lectores, en la feria del libro de Madrid, estoy seguro de que pasarán un buen rato. Allá nos vemos. Por cierto, las fotos de los autores que aparecen en esta entrada son de Daniel Mordzinski.</p>
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		<title>José Ovejero</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Feb 2008 22:34:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Mordzinski]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Acaba de aparecer en Paris, con el título de <span style="font-style:italic;">Les Vies Parallèles</span>, la traducción al francés de <span style="font-style:italic;">Las Vidas Ajenas</span>, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i3yKeNUVI/AAAAAAAAAQ4/gGZtuIyj7bY/s1600-h/Ovejero.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168082644840042834" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i3yKeNUVI/AAAAAAAAAQ4/gGZtuIyj7bY/s200/Ovejero.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducíamos rumbo a la costa del Pacífico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veía la ruta. La mayoría de los autos habían desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.<br />
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburría. Se trataba de <span style="font-style:italic;">La Añoranza del Héroe</span>. No sabía él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que había leído en los últimos años.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i4aKeNUWI/AAAAAAAAARA/Bgxdf7ynVu0/s1600-h/Casa+JC.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168083332034810210" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i4aKeNUWI/AAAAAAAAARA/Bgxdf7ynVu0/s200/Casa+JC.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i5KKeNUXI/AAAAAAAAARI/DZpSSgDSqTU/s1600-h/Elevador+Cort%C3%A1zar.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168084156668531058" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i5KKeNUXI/AAAAAAAAARI/DZpSSgDSqTU/s200/Elevador+Cort%C3%A1zar.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada <span style="font-style:italic;">Primeras Aventuras de Noela Duarte</span>, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.<br />
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro <span style="font-style:italic;">Los Políticos</span>. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.<br />
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por <span style="font-style:italic;">Les Vies Parallèles</span>. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.</p>
<p>ESCENA DECIMOQUINTA</p>
<p>PI Me gustaría pronunciar un discurso.<br />
PD ¿Ahora?<br />
PI En este instante.<br />
PD No te prives.<br />
PI ¿Te importa escucharlo?<br />
PD Qué remedio.<br />
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.<br />
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.<br />
PI Gracias.<br />
PD No hay de qué.<br />
PI La tolerancia.<br />
PD ¿Es ese el título?<br />
PI No, el tema.<br />
PD ¿Y el título?<br />
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.<br />
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…<br />
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.<br />
PD Como quieras. Te escucho.<br />
PI ¿Debemos ser tolerantes?<br />
PD ¿Me preguntas a mí?<br />
PI No, es una pregunta retórica.<br />
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.<br />
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.<br />
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.<br />
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.<br />
PD Podríamos estar de acuerdo.<br />
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.<br />
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?<br />
PD Huelo otra pregunta retórica.<br />
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.<br />
PD Una clasificación muy limpia.<br />
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.<br />
PD No le des más vueltas: dilo.<br />
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.<br />
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.<br />
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.<br />
PD Ajá.<br />
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?<br />
PD No me esforzaré en responder.<br />
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.<br />
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?<br />
PI Nunca noté tales efectos.<br />
PD Lo que equivale a una refutación empírica.<br />
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.<br />
PD Nos acercamos a la conclusión.<br />
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.<br />
PD Y luego dicen de la derecha.<br />
PI No irás a comparar.<br />
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…<br />
PI No es lo mismo.<br />
PD A mí me lo parece.<br />
PI Ni muchísimo menos.<br />
PD Explica, Demóstenes.<br />
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.<br />
PD Sigo sin ver la diferencia.<br />
PI La izquierda es tolerante en teoría, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.<br />
PD El resultado es el mismo.<br />
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirías una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.<br />
PD No me importaría hacerlo.<br />
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.<br />
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.<br />
PD Nada es, todo cambia.<br />
PI Ahí le duele.<br />
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirías si pudieses sus actuaciones?<br />
PI Por supuesto que sí, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibiría por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibiría al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teoría, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.<br />
PD Me dejas de una pieza.<br />
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oír una paradoja?<br />
PD Ardo de curiosidad.<br />
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.<br />
PD Me he perdido.<br />
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.<br />
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.<br />
PI Yo también.</p>
<p>(Silencio.)</p>
<p>PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?<br />
PI ¿Quiénes?</p>
<p>(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)</p>
<p>¿Y a quién le importa?<br />
PD No, no, a mí no.<br />
PI Pues eso.</p>
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