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El miércoles catorce de octubre estuve en ParÃs invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el tÃtulo en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenÃa una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, La Comedia Salvaje, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistà la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capÃtulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.
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LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)
Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no habÃa escapado por algo que hubiera hecho BenjamÃn. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrÃan sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a BenjamÃn al oÃdo.
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecÃa que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.
-Otro loco, como el perro.
-O es ruso, porque habla raro.
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.
-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.
-Somos amigos -respondió BenjamÃn.
-Si fuesen enemigos no estarÃan tan juntos -respondió el cuarto soldado.
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.
-Yo soy BenjamÃn, ella Julia.
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecÃa el comandante porque todos se dirigÃan a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.
Vistos de cerca, los recién llegados no parecÃan tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.
-Ustedes no son españoles -dijo BenjamÃn.
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su paÃs -dijo el que habÃa tocado el pelo a Julia.
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.
-¿Ustedes solos?
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que habÃa hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.
-Yo soy mexicano.
-Yo chileno.
-Yo colombiano.
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautologÃa, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas habÃa sonado un ruido.
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por dÃa -explicó el argentino.
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.
-¿Dónde ustedes se habÃan metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y BenjamÃn; consultó a sus compañeros con la mirada.
-Dos gachupines -dijo el mexicano.
-Dos gallegos -explicó el argentino.
-Yo soy vasco.
-Por eso es que sos gallego.
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:
-Yo recién estuve en ParÃs. No chinguen, eso sà que es una capital. Y Londres, hÃjole, Londres es de poca madre.
Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y BenjamÃn; parecÃan querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.
-Las culturas indÃgenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque querÃa ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.
-No seás boludo, ahà hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este paÃs es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no tenÃamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no habÃa otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren ParÃs, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.
-Vosotros seis solos -dijo BenjamÃn.
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.
-Modernizaremos el paÃs, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus polÃticos, que parecen conservados en naftalina.
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.
-Los seis de la fama, somos.
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?
Se habÃan puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecÃa que habÃan ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y BenjamÃn casi ni sabÃan quién decÃa qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de BenjamÃn a Julia.
-Pero no es lo mismo. España es un paÃs civilizado -dijo BenjamÃn-. Un paÃs civilizado no se conquista asà como asÃ.
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. ParecÃan haber dado por descontado que escucharÃan una respuesta equivocada.
-Tierra de indios.
-Las catedrales son sus pirámides; allà hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? JÃbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.
-Y se los comen los piojos.
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este paÃs es una selva en barbecho.
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedarÃa ni uno vivo.
-Este paÃs lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que BolÃvar. Vamos a conseguir la independencia de este paÃs.
Por fin pudo intervenir BenjamÃn en el magnÃfico coro de las empresas futuras.
-¡Pero España ya es independiente!
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de BenjamÃn una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.
-No entiendo…
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un paÃs oprimido te parece que la vida es asà y tiene que ser asÃ, pero un dÃa te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.
-Imaginate, qué gran paÃs serÃa éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un paÃs moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?
-Nnnn, nnnn, nnnn.
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.
Aunque todos habÃan ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguÃa derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allà un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.
A BenjamÃn se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacÃa.
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“Yo llegué a ParÃs buscando a la Maga”, le oà decir hace unos dÃas a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en ParÃs. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. ParÃs habÃa significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahà buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batÃan los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguÃa a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. SÃ, yo también llegué a ParÃs buscando a la Maga y me encontré con que ahà fallecerÃa Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.
Yo no lo conocÃ. Mi primera novela no serÃa publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atrevà a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasarÃa en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad Ãbamos a hacerle compañÃa. Le encendÃamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluÃa el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mÃa, que aunque le sabÃamos presente en el coloquio jamás le oÃmos responder. Participaba en la conversación, dirÃa Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendÃamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedÃamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.
En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podÃa ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahà durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrÃan haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

Ahora escribo estas lÃneas en vÃsperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese dÃa, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrÃas con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solÃan dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. SÃ, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en ParÃs buscando a la Maga.
Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.
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Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especÃmenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, dÃscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.
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Acaba de aparecer en Paris, con el tÃtulo de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducÃamos rumbo a la costa del PacÃfico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veÃa la ruta. La mayorÃa de los autos habÃan desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburrÃa. Se trataba de La Añoranza del Héroe. No sabÃa él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que habÃa leÃdo en los últimos años.
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrÃan haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocarÃa poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mÃas, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los PolÃticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironÃa y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habÃamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquà te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.
ESCENA DECIMOQUINTA
PI Me gustarÃa pronunciar un discurso.
PD ¿Ahora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¿Te importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustarÃa mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¿Es ese el tÃtulo?
PI No, el tema.
PD ¿Y el tÃtulo?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitarÃa decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¿Debemos ser tolerantes?
PD ¿Me preguntas a m�
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD PodrÃamos estar de acuerdo.
PI Por ahà entonces no hay justificación posible.
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des más vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sà la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mà y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Ajá.
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empÃrica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahà tienes un buen tÃtulo donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No irás a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mà me lo parece.
PI Ni muchÃsimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teorÃa, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirÃas una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importarÃa hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahà le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirÃas si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que sÃ, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibirÃa por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibirÃa al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teorÃa, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oÃr una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teorÃa e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mà mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oÃr.
PI Yo también.
(Silencio.)
PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?
PI ¿Quiénes?
(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)
¿Y a quién le importa?
PD No, no, a mà no.
PI Pues eso.
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