Posts Tagged “José Ovejero”

Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, La Comedia Salvaje, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegué a París buscando a la Maga”, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia

Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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Acaba de aparecer en Paris, con el título de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducíamos rumbo a la costa del Pacífico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veía la ruta. La mayoría de los autos habían desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburría. Se trataba de La Añoranza del Héroe. No sabía él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que había leído en los últimos años.
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.

ESCENA DECIMOQUINTA

PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¿Ahora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¿Te importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¿Es ese el título?
PI No, el tema.
PD ¿Y el título?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¿Debemos ser tolerantes?
PD ¿Me preguntas a mí?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des más vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Ajá.
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No irás a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teoría, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirías una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirías si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que sí, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibiría por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibiría al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teoría, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oír una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.

(Silencio.)

PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?
PI ¿Quiénes?

(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)

¿Y a quién le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.

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