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	<title>Los Convidados &#187; José Manuel Fajardo</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>
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		<title>Un cuento de José Manuel Fajardo</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Apr 2009 19:17:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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<p><span style="color: #ffffff;">&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.</span><strong>SEGUNDAS PARTES</strong></p>
<p><em><span style="color: #ffffff;">&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.</span></em><em>a Antonio Sarabia</em></p>
<p>Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendía, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.<br />
-Tenía la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abría en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mí. Así, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 189px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Fajardo3.jpg?t=1240166796" alt="Fajardo3.jpg picture by antoniosarabia" />Él no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sí. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbían una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veían las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podía designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.<br />
-Siempre me han perdido las películas románticas- me confesaría más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago&#8230; Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.<br />
Tantos años de vida en Guadalajara habían terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. Así, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, había terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivía, eso sí, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.<br />
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.<br />
<span id="more-715"></span>-Al cabo de un par de semanas me sentía avergonzado de mí mismo. Era como si hubiera regresado al tiempo de la adolescencia. Ella parecía estar a gusto así, actuaba como si estuviera viviendo el colmo de la pasión y si había que medirla en la calentura que provocaba, pues igual sí que la vivía. Claro que para mí no era lo mismo, yo me quedaba con las ganas y lo peor es que creo que, en el fondo, ya había empezado a intuir que no podía esperar nada más de ella, pero ni modo&#8230; Era incapaz de dejarla.<br />
Él se resistía, pues, a admitir que la intensidad y el ardor que había en cada uno de sus besos, incluso en el menor roce de sus manos, pudieran no terminar por desbordarse sobre unas sábanas. Por eso un día se animó a proponerle que pasaran la noche juntos. La invitó a su hotel y, para su sorpresa, ella dijo que sí. Subieron a la habitación tomados de la mano, se desnudaron con premura y rodaron sobre la cama como una pareja de luchadores. Él sintió al fin bajo las manos la tersura de sus pechos desnudos. Ella deslizó sus dedos por el vientre de él, tocó su sexo brevemente, como si temiera quemarle, y entonces empezó a hablar. Habló de su infancia, de su trabajo como galerista de arte, de sus hermanos, de un primer novio que la dejó preñada, del aborto que tanto la había angustiado, de sus vacaciones en Italia, de la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, del vuelo de las fragatas que se acercaban por las mañanas a beber agua en la alberca de su casa, de la escultura de un búho que tuvo que poner allí para espantar a las aves, del nuevo coche que acababa de comprar&#8230; Y, mientras hablaba, las manos de Marieta permanecía inertes o a lo sumo se levantaban brevemente en el aire para remarcar brevemente alguna frase, y ella misma no daba muestras de notar las caricias insistentes de su acompañante.<br />
Cuando él se hallaba al borde de la desesperación, con el deseo tan perdido como un diente de leche, ella hizo un alto en su monólogo, cerró los ojos y dejó que su cuerpo respondiera al fin a las manos que lo recorrían con un orgasmo breve y contundente, que más parecía respingo por haberse pillado los dedos con una puerta que manifestación de placer. Y no hubo más nada.<br />
-Marieta se quedó dormida casi de inmediato -me contó, todavía con un deje de resquemor en la voz-, y yo me fui al cuarto de baño, a ver si podía aliviarme las ganas por mi cuenta, pero ni modo&#8230;<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 383px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto31bis.jpg?t=1240167379" alt="Foto31bis.jpg picture by antoniosarabia" />Se sentía ridículo, pero no quería darse por vencido. Sin embargo, aquel absurdo jugueteo, que nunca llegaba a consumarse de modo que él obtuviera alguna satisfacción, duró el mes que permaneció en Puerto Vallarta. Por fin regresó a Guadalajara sin despedirse de ella, tras no acudir a la última cita so pretexto de un ineludible compromiso. Había decidido olvidar aquella frustrante aventura. Punto y final.<br />
No habían transcurrido seis meses de aquel viaje cuando, a pocos metros de su casa de Guadalajara, se inauguró una nueva galería de arte cuya propietaria resultó ser la misma Marieta que trataba de olvidar. Y, cual si de enredaderas se tratase, sus vidas volvieron a trenzarse de forma inextricable. Se encontraron en la terraza de un discreto restaurante, ella habló apasionadamente del destino y él se emborrachó de nuevo con sus palabras y sus caricias. Pero la citas que se siguieron no hicieron sino repetir el ritual consabido. Él se dejaba llevar, movido cada vez más por el asombro que por el deseo, pues en el cumplimento de éste, como en la llegada del lobo tantas veces anunciado en el cuento infantil, ya no podía creer. Estaba convencido de que Marieta ni siquiera era capaz de imaginar que el placer de un hombre tuviera nada que ver con lo que ella hiciera.<br />
Sin embargo, no tardaron en empezar a llegarle noticias de otros amigos que le hablaban de los breves pero intensos romances que habían mantenido con su nueva vecina, ignorantes de la relación que a él la unía. En un primer momento, dudó de la veracidad de tales cuentos, le parecía habladurías de macho con las que sus amigos trataban de presumir, pero los detalles le convencieron e incomodaron de una forma que no sabía explicarse. Porque no se trataba de celos. Y eso también le sorprendía, porque él no era hombre que se dejara levantar una hembra sin dar la cara. Sin embargo, el único dolor que tales historias le provocaban nacía de la sospecha de que su ridículo idilio, con sus tormentos de deseos insatisfechos, tenía que ser un castigo por alguna oscura y olvidada afrenta que ella, por alguna no menos oscura razón, había decidido cobrarse a su costa. Aquella idea le hacía sentirse humillado y le trajo a malvivir durante meses, hasta que aprovechó la oportunidad que le brindaba el grupo editorial para el que trabajaba y aceptó venirse a trabajar a España.<br />
Volvió a partir sin despedirse de ella. Tan sólo una nota escueta que él quiso que fuera afectuosa, pero en la que no pudo evitar que se asomara el rencor: &#8220;Regreso a mi país, Marieta. Todo lo bueno de estos meses te los debo a ti, pero también todo lo malo. Creo que por el bien de ambos ha llegado la hora del olvido&#8221;.<br />
Durante dos años, su nueva vida en Madrid no sólo le sirvió de alivio sino que le abrió la puerta a una verdadera relación sentimental, con una compañera de trabajo, que concluyó en boda. Sin embargo, el fantasma de Marieta, con la insistencia que siempre tiene la insatisfacción, le perseguía aún con tal saña que no había caricia, beso o paseo con su esposa que no terminara por traérselo a la cabeza, siempre en forma de incógnita, como si un hombrecillo que le habitara dentro se empeñara en preguntarle: &#8220;¿Ella habría gemido también así, si me hubiera dejado amarla? ¿Ella habría sabido acariciarme después del amor de esta manera? ¿Ella habría paseado de mi mano tan alegre después de amarnos una noche entera?&#8221;. Y el desasosiego que tales pensamientos le despertaban no dejaba de desconcertar a su esposa, que no barruntaba qué era lo que tan inopinadamente cambiaba el humor de su marido.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 312px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CIMG2507.jpg?t=1240166645" alt="CIMG2507.jpg picture by antoniosarabia" />Una noche, según me contó él mismo, durante una cena con unos amigos, alguien hizo la broma de sugerir que, de igual modo que se nos presenta a desconocidos, debería haber un ceremonial para despresentárnoslos en caso de necesidad, devolviéndolos a su condición de extraños. La idea hizo reír a todos, pero él siguió repitiéndosela en su cerebro aquella noche y en días sucesivos, hasta que un anuncio le puso sobre la pista de mi gabinete de psicología.<br />
Hace seis meses tocó a mi puerta, tras pedir una cita, y lo primero que hizo, nada más presentarse, fue preguntarme si había alguna manera de desconocer a una persona. Yo le respondí que en realidad todos éramos desconocidos, incluso cada uno para sí mismo, pero él negó vehementemente con la cabeza:<br />
-No me refiero a eso, no. Yo hablo de olvidar a alguien. De ser incapaz de recordarlo. De borrarlo para siempre de la memoria, como si nunca se le hubiera conocido.<br />
Tardé un momento en comprender exactamente lo que me estaba pidiendo, me parecía extravagante, pero me di cuenta de que su ansiedad era cierta, así que le dije que no había fármacos para eso, aunque podíamos probar con la hipnosis. Era un remedio clásico, pero aplicado a su caso resultaría todo un experimento científico. Al fin de cuentas, si existía la amnesia accidental, ¿por qué no intentar generar una amnesia voluntaria? Era un verdadero reto, aunque no podía garantizarle ningún resultado. La primera condición para intentarlo era que antes me pusiera al día, con todo detalle, de aquello que precisamente quería olvidar. Así, durante días, fue contándome su historia, y yo no pude evitar que me naciera una instintiva simpatía hacia él. La verdad es que no estaba muy seguro de que aquello fuera a funcionar, pero al escuchar su relato concluí que realmente merecía la pena intentarlo. También era la ocasión de hacer historia en mi profesión e inaugurar una nueva vía terapéutica. Mi prestigio y mi curiosidad se convirtieron en los aliados de la simpatía por mi paciente. Una alianza muy útil porque el proceso iba a ser largo y difícil.<br />
Fueron necesarias muchas más sesiones de hipnosis de las que había previsto al inicio porque había que desmontar la estructura de la memoria con la meticulosidad con que se desguaza un rascacielos en medio de la ciudad, retirando pieza a pieza sin que el conjunto se desmorone sobre los edificios vecinos ni los cascotes caídos causen daño a nadie. En cada sesión intentaba convencer a su memoria de que borrara no sólo los recuerdos de su historia con Marieta sino incluso los detalles que pudieran despertarle de nuevo esos recuerdos. Un verdadero laberinto de imágenes, palabras, sensaciones y emociones que había que ir sellando con sumo cuidado.  De ese modo, le di nuevas pautas para que el Café des Artistes, los callejones estrechos, las mujeres rubias y de pelo corto, las rancheras grandes, los atardeceres frente al mar o determinado tipo de habitaciones de hotel se asociaran inmediatamente a otros recuerdos, que actuarían como puertas que cerraran el paso a aquello que deseaba olvidar, desviando su memoria hacia otros recuerdos asociados y alejando así el peligro de que el fantasma de Marieta pudiera encontrar algún agujero del pasado por el que colarse de nuevo en su conciencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 241px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CIMG2183bis.jpg?t=1240167690" alt="CIMG2183bis.jpg picture by antoniosarabia" />Trabajamos duro, pero hace dos meses que concluimos el tratamiento con un total e insospechado éxito. Eran tantas sus ganas de olvidarla que no hubo forma de hacerle recordar que alguna vez había conocido a alguien llamado Marieta. Además, quedamos como buenos amigos pues, aunque él recordaba que había contratado mis servicios -yo le había inculcado la vaga idea de un tratamiento antidepresivo relacionado con la añoranza de México-, sentía que tenía hacia mí una deuda de gratitud que iba más allá de la relación profesional. Por mi parte, él había dejado de ser mi paciente, así que no sentí que violara ningún principio deontológico al cultivar su amistad. Empezamos, pues, a vernos con cierta frecuencia, para charlar de la vida y para jugar al golf, que es pasión que compartimos. Yo me sentía tan satisfecho de los resultados obtenidos con el tratamiento que incluso comencé a redactar un artículo para la Revista de Psicología, dando cuenta del mismo y de sus posibilidades. Estaba ansioso por escuchar el aplauso de los colegas.<br />
Todo parecía marchar bien hasta que ayer volví a verle. Tomamos una cerveza en el bar del Círculo de Bellas Artes y hablamos de pintura, de literatura y de mujeres, como tantas otras veces. Y yo comprobé con satisfacción que ni la menor sombra de Marieta se asomaba a nuestra conversación. Entonces me dijo:<br />
-Hablando de mujeres, acabo de conocer una que está como para perder la cabeza. Es alta y flaca, con el pelo corto y teñido de rubio, y llevaba un vestido de quitar el hipo. Me ha dicho que es mexicana y que acaba de abrir una galería de arte en Madrid.<br />
Yo le miré con incredulidad. No era posible. Tenía que ser una coincidencia.<br />
-Lo más curioso -continuó- es que cuando la saludé ella me llamó por mi nombre. Le pregunté si nos habíamos visto antes y ella me dijo que no me hiciera el misterioso, pero estoy seguro de que no la conozco. Pregunté y me dijeron que era galerista en Guadalajara, fíjate que casualidad. Igual allí nos cruzamos alguna vez. Fue algo muy extraño. La verdad es que me miraba de una forma muy rara, como riéndose. Y la verdad es que me puso muy nervioso. Te juro que tuve que hacer un esfuerzo por recordar que soy hombre casado&#8230;Es una mujer misteriosa, yo creo que busca algo. En fin, tú me dirás qué te parece&#8230;<br />
-Pues no sé cómo, así sin verla&#8230; -me excusé, ya francamente atemorizado, pero él me interrumpió.<br />
-Claro, hombre, pero es que te la voy a presentar. Va a venir ahora. He quedado con ella para tomar una copa, pero no me dejes beber mucho porque no me fío de mí y esta noche además tengo que llegar pronto a casa: mi mujer ha invitado a unos amigos a cenar.<br />
Me levanté sobresaltado y pretexté una cita urgente de trabajo para poder abandonar el café antes de que ella llegase. Esta noche me ha costado dormir. Dudaba si debería haberme quedado con él, pobre, tan indefenso, pero me he estado repitiendo que un psicólogo no debe implicarse tanto con un paciente, porque los pacientes lo son más allá de la duración del tratamiento, y que no es asunto mío lo que él haga de ahora en adelante con su vida. Sólo he logrado conciliar el sueño cuando empezaba a amanecer y aún así no he dormido más que un par de horas. Pero al despertar tenía clara una cosa: debo dejar para más adelante la escritura del artículo para la Revista de Psicología. Es prematuro. Este nuevo tratamiento tiene todavía inesperados efectos secundarios.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Relato extraído del libro de José Manuel Fajardo<br />
<strong>Maneras de estar</strong> (Bruguera, 2008)</p>
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		<title>Buscando a la Maga, Julio Cortázar en el vigésimo quinto aniversario de su muerte</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Feb 2009 13:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 294px; height: 236px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/JulioCortzar3.jpg?t=1234027630" alt="JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d&#8217;Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga <em>a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua</em>. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 238px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto23.jpg?t=1234024414" alt="Foto23.jpg picture by antoniosarabia" />Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta <em>un tercer cigarrillo del insomnio</em> -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CasaJC.jpg?t=1234024636" alt="CasaJC.jpg picture by antoniosarabia" />En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de <em>Primeras Noticias de Noela Duart</em>e, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: <em>encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. </em>Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElevadorCortzar.jpg?t=1234024736" alt="ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l&#8217;Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante <em>Cien Años de Soledad</em>, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que <em>Rayuela</em>. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.</p>
<p>Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto<em> La autopista del Sur</em> como <em>El Perseguidor</em> son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.</p>
<p><span id="more-528"></span></p>
<p>DEL CUENTO BREVE Y SUS ALREDEDORES</p>
<p>Alguna vez Horacio Quiroga intentó un &#8220;Decálogo del perfecto cuentista&#8221;, cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento&#8221;.<br />
La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Dicho de otro modo, el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica.<br />
Estoy hablando del cuento contemporáneo, digamos el que nace con Edgar Allan Poe, y que se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman <em>nouvelle</em> y los anglosajones <em>long short story</em> se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado: basta pensar en &#8220;The Cask of Amontillado&#8221; &#8220;Bliss&#8221;, &#8220;Las ruinas circulares&#8221; y &#8220;The Killers&#8221;. Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la <em>nouvelle</em> y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos; si un cuento largo de Henry James o de D. H. Lawrence puede ser considerado tan genial como aquéllos, preciso será convenir en que estos autores trabajaron con una apertura temática y lingüística que de alguna manera facilitaba su labor, mientras que lo siempre asombroso de los cuentos contra el reloj está en que potencian vertiginosamente un mínimo de elementos, probando que ciertas situaciones o terrenos narrativos privilegiados pueden traducirse en un relato de proyecciones tan vastas como la más elaborada de las <em>nouvelles</em>.<br />
Lo que sigue se basa parcialmente en experiencias personales cuya descripción mostrará quizá, digamos desde el exterior de la esfera, algunas de las constantes que gravitan en un cuento de este tipo. Vuelvo al hermano Quiroga para recordar que dice: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, <em>de los que pudiste ser uno</em>&#8220;. La noción de ser uno de los personajes se traduce por lo general en el relato en primera persona, que nos sitúa de rondón en un plano interno. Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana María Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de &#8220;Las armas secretas&#8221;, aunque quizá se trataba de los de &#8220;Final del juego&#8221;. Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.<br />
En ese momento, o más tarde, encontré una suerte de explicación por la vía contraria, sabiendo que cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. Recordé que siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra. El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. Quizá por eso, en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración <em>strictu senso</em>, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí.<br />
Esto lleva necesariamente a la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta. Un verso admirable de Pablo Neruda: <em>Mis criaturas nacen de un largo rechazo</em>, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.<br />
Este rasgo común no se lograría sin las condiciones y la atmósfera que acompañan el exorcismo. Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del puente, al autor. Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria, y a su vez un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier. Quizá el rasgo diferencial más penetrante -lo he señalado ya en otra parte- sea la tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna técnica podría enseñar o proveer, el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. En todo caso así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos, como &#8220;Las armas secretas&#8221;, la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya Pierre, sin ser ya Michèle.<br />
Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso, y que el autor los escribe mientras está en lo que los franceses llaman un &#8220;état second&#8221;. Que Poe haya logrado sus mejores relatos en ese estado (paradójicamente reservaba la frialdad racional para la poesía, por lo menos en la intención) lo prueba más acá de toda evidencia testimonial el efecto traumático, contagioso y para algunos diabólico de &#8220;The Tell-tale Heart&#8221; o de &#8220;Berenice&#8221;. No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve; haré notar que me refiero a relatos donde el tema mismo contiene la &#8220;anormalidad&#8221;, como los citados de Poe, y que me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor. ¿Cómo describir la atmósfera que antecede y envuelve el acto de escribirlo? Si Poe hubiera tenido ocasión de hablar de eso, estas páginas no serían intentadas, pero él calló ese círculo de su infierno y se limitó a convertirlo en &#8220;The Black Cat&#8221; o en &#8220;Ligeia&#8221;. No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. Me acuerdo de una cita curiosa, creo que de Roger Fry; un niño precozmente dotado para el dibujo explicaba su método de composición diciendo: <em>First I think and then I draw a line round my think</em> (sic). En el caso de estos cuentos sucede exactamente lo contrario: la línea verbal que los dibujará arranca sin ningún &#8220;think&#8221; previo, hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición de tales cuentos, puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido. ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve? Los límites del sueño y la vigilia, ya se sabe: basta preguntarle al filósofo chino o a la mariposa. De todas maneras si la analogía es evidente, la relación es de signo inverso por lo menos en mi caso, puesto que arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido <em>per se</em>. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. Hay la masa que es el cuento (¿pero qué cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad como si el cuento ya estuviera escrito con una tinta simpática y uno le pasara por encima el pincelito que lo despierta. Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha ocurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde &#8220;la sinfonía se agita en la profundidad&#8221;, para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras. Y por eso, porque todo está decidido en una región que diurnamente me es ajena, ni siquiera el remate del cuento presenta problemas, sé que puedo escribir sin detenerme, viendo presentarse y sucederse los episodios, y que el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida. Me acuerdo de la mañana en que me cayó encima &#8220;Una flor amarilla&#8221;: el bloque amorfo era la noción del hombre que encuentra a un niño que se le parece y tiene la deslumbradora intuición de que somos inmortales. Escribí las primeras escenas sin la menor vacilación, pero no sabía lo que iba a ocurrir, ignoraba el desenlace de la historia. Si en ese momento alguien me hubiera interrumpido para decirme: &#8220;Al final el protagonista va a envenenar a Luc&#8221;, me hubiera quedado estupefacto. Al final el protagonista envenena a Luc, pero eso llegó como todo lo anterior, como una madeja que se desovilla a medida que tiramos; la verdad es que en mis cuentos no hay el menor mérito literario, el menor esfuerzo. Si algunos se salvan del olvido es porque he sido capaz de recibir y transmitir sin demasiadas pérdidas esas latencias de una psiquis profunda, y el resto es una cierta veteranía para no falsear el misterio, conservarlo lo más cerca posible de su fuente, con su temblor original, su balbuceo arquetípico.<br />
Lo que precede habrá puesto en la pista al lector: no hay diferencia genética entre este tipo de cuentos y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire. Pero si el acto poético me parece una suerte de magia de segundo grado, tentativa de posesión ontológica y no ya física como en la magia propiamente dicha, el cuento no tiene intenciones esenciales, no indaga ni transmite un conocimiento o un &#8220;mensaje&#8221;. El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen &#8220;normal&#8221; de la conciencia; en un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota, no es inútil insistir en esta afinidad que muchos encontrarán fantasiosa. Mi experiencia me dice que, de alguna manera, un cuento breve como los que he tratado de caracterizar no tiene una estructura de prosa. Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran. Ellos respiran, no el narrador, a semejanza de los poemas perdurables y a diferencia de toda prosa encaminada a transmitir la respiración del narrador, a comunicarla a manera de un teléfono de palabras. Y si se pregunta: Pero entonces, ¿no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: La comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono; el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo.<br />
Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda <em>suspensión of disbelief</em> obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.<br />
Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una &#8220;explicación&#8221; a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de &#8220;full-time&#8221; de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.</p>
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		<title>Primeras Noticias de Noela Duarte</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 2008 18:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[José Manuel Fajardo]]></category>
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		<description><![CDATA[Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s1600-h/Autostop+a+Bruselas.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753078221746754" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s320/Autostop+a+Bruselas.jpg" border="0" alt="" /></a> en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.</p>
<p><span id="more-36"></span><br />
Eso es lo que me ha sucedido con mis colegas y excelentes amigos José Manuel Fajardo (Granada, 1957) y José Ovejero (Madrid, 1958).<br />
Los tres vislumbramos al mismo tiempo a Noela Duarte en México, en un restaurante de Tlaquepaque un pequeño pueblo cercano a Guadalajara, donde participábamos en la feria del libro, y nos la volvimos a encontrar un año después, ya no tan por azar, en el desaparecido Goldenberg de la avenida Wagram en París. Le habíamos dado cita ahí pero, la verdad, ninguno estaba muy convencido de que vendría. Ya desde entonces intuíamos que de ella se podía esperar cualquier cosa.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s1600-h/Trio+Noela+2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753300944117538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s320/Trio+Noela+2.jpg" border="0" alt="" /></a> Sin embargo, asistió puntual a nuestra invitación, y convivió toda la velada con nosotros. Noela nos hechizaba a los tres por su belleza, su enérgica personalidad, su carisma y su fina sensibilidad. Hija de cubano y española, nacida en el norte de África, criada entre los músicos de la banda en que tocaba la guitarra su padre. Fotógrafa profesional, viajera incansable, cada uno de nosotros tenía algo propio que decir sobre ella. La tentación de ponerlo en un libro común era demasiado fuerte, y no pudimos resistirla.<br />
Nuestra aventura duró tres largos años. Tiempo en el que nos fuimos poco a poco mostrando lo que cada uno escribía por su lado, discutiéndolo, obligándonos a encajarlo con lo que hacían los demás, en interminables, quisquillosos, obstinados, furibundos, pero siempre ocurrentes y a ratos jocosos correos. Esa vivencia fue una de las experiencias más divertidas y enriquecedoras de mi vida de escritor. No la cambiaría por nada del mundo.<br />
Al fin el esfuerzo se concretó en el libro que ahora edita Belacqva/La Otra Orilla, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span>.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s1600-h/Portada+Noela.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749485561680114" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s320/Portada+Noela.jpg" border="0" alt="" /></a> Sale a la venta estos días en España y lo presentaremos oficialmente el jueves 12 de junio a las veinte horas en el Pabellón del Círculo de Lectores dentro del marco de la feria del Libro de Madrid. Ahí estaremos Fajardo, Ovejero y yo para conversar con la asistencia y contarle el qué, cómo, cuándo y porqué del libro.<br />
¿Y Noela? Noela ni se inmuta. Creo que está de acuerdo con todo. Nos conoce demasiado bien como para sorprenderse de nada. Puede que hasta asome a tomar una foto.<br />
Aquí tienen algunos fragmentos del libro para que la vayan conociendo mejor.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A LA GUITARRA OSWALDO DUARTE</span></p>
<p>&#8220;No, mi padre no pegó nunca a mi madre. Cuando quería hacerla llorar, cogía la guitarra y le cantaba un bolero. Entonces ella se amansaba, se sentaba en cualquier sitio con los ojos húmedos y musitaba: qué hijo de puta eres, Oswaldo. Pero seguía escuchando, incapaz de marcharse por mucha rabia que le diese, hasta que mi padre terminaba de cantar&#8221;. Confieso que me fascinan las historias de familia; por eso intento siempre que Noela me cuente cosas de cuando era niña, de cuando sus padres aún vivían juntos en Tánger, de cuando Noela, después de que su madre se fuese con otro hombre, acompañaba a su padre en las giras con la orquesta El Ritmo de Oriente por buena parte de los hoteles y garitos de Europa. Ella dice que esas cosas me interesan sólo porque soy un cotilla, y para qué se lo voy a discutir. Pero para mí las familias tienen una lógica increíble, hasta en los detalles más escabrosos: cuando leo en el periódico que un hijo ha matado a sus padres a hachazos sé que ese final lo habían trazado entre todos, cada uno contribuyendo diariamente a un desenlace que, de alguna manera, todos deseaban.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">EL OJO QUE TE VE</span></p>
<p>Hoy ha salido del hotel más temprano que de costumbre. Eran las siete de la mañana y su cabeza ocupó el círculo de la mira telescópica con su melena corta. Llevaba gafas de sol, pero la reconocí. A estas alturas la reconocería aunque se disfrazara. Cuando se pasan tantas horas observando, cuando el mundo se reduce al círculo de una mira telescópica, uno acaba sabiendo muchas cosas de los demás. Yo sé que ella es nerviosa, que se rasca tras la oreja cuando no sabe qué hacer, que escupe al suelo los chicles que masca. También sé que sus piernas son largas y sus pechos pequeños y firmes. Porque no lleva sujetador.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s1600-h/Triptic+NOELA+-2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749968903827026" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s400/Triptic+NOELA+-2.jpg" border="0" alt="" /></a> Eso también lo sé. He estudiado cada pliegue de su ropa. Conecto el walkman y escucho la guitarra salvaje de Jabberwocky. Esa canción me mata, pero también me ayuda a matar el tiempo mientras espero que ella regrese. La terraza parece un charco de agua. Es por el calor, que lo llena todo de espejismos. Ayer hubo mucho movimiento y la calle se cubrió de polvo y humo. Era como moverse dentro de una chimenea. Oías el silbido de las balas y las explosiones de los proyectiles, pero no veías más que resplandores entre la bruma. Hoy todo está limpio y calmo, y la música suena nítida en mis oídos. Es increíble cómo la tierra se desentiende de nosotros. Cuando la destrucción se detiene, el mundo se dedica de nuevo a lo suyo. No somos más que un paréntesis sangriento. Los pájaros vuelven a revolotear tontamente y los árboles se mecen bajo el viento. Pero los insectos continúan con sus tareas en medio de la matanza. Ayer estaba tirado en el suelo, al abrigo de un muro, y vi cómo una larga hilera de hormigas se adentraba en terreno abierto, indiferente a las carreras, a los gritos y a la lluvia de metralla. Para ellas debemos ser poco más que una tormenta. Y ni eso, porque la tormenta puede traer un diluvio que las ahogue. Nosotros sólo abrimos socavones en la tierra y, de vez en cuando, arrojamos al suelo algún despojo que se convierte de inmediato en alimento para ellas o en un nuevo obstáculo que deben salvar en su camino. Nuestra crueldad no tiene público en el universo, es una aberración privada. No somos muy diferentes de esos leones que se ven en los reportajes sobre África. Se puede aprender mucho de ellos. Yo lo hago. Permanezco al acecho, como el león en la sabana. Soy una mancha más en el paisaje. Puedo permanecer horas inmóvil. Una piedra que ve. Como uno de esos hombres estatua que salen en las películas. También yo me maquillo el rostro. Lo tizno de negro, para que no destaque en las sombras. Busco un lugar desde el que pueda controlar una buena extensión de terreno y espero. Siempre estoy esperando. Hay que saber esperar, concentrarse en una sola cosa, vaciar el cerebro de toda curiosidad, de todo interés, y limitarse a mirar. Es duro llegar a ser una piedra. El tiempo de las emociones es antes y después de la espera, pero durante ella tengo el corazón muerto. Esa es mi ventaja. No se trata tan sólo de tener reflejos y buena puntería. Lo que te hace un buen cazador es aprender a desprenderte de ti mismo para poder leer en los gestos más pequeños de la pieza a batir. El peor enemigo es la duda. La curiosidad y la duda.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A TRAVÉS DEL ESPEJO</span></p>
<p>Aquella noche yo tuve que permanecer encerrado en el apartamento de la avenue Foche y fue él quien ocupó mi lugar. El único sitio en el que yo no puedo sustituirlo es sobre un escenario. Ese es el altar donde sólo él, transformado en gran sacerdote, oficia ante sus fieles. En escena, como luego me enteré que sucedió aquella noche, Carlos Esquívez era algo más que el simple mortal Carlos Esquívez. Aquel hombre, con un micrófono enfrente y una guitarra en las manos se convertía en otro. Un mago que pulsaba las cuerdas como las alas de una chistera por cuyo oscuro boquete brotaban interminablemente conejos y palomas, globos de colores, cometas fulgurantes, e insospechadas legiones de demonios y ángeles. Desde luego, tú lo pudiste constatar porque estabas presente. No se conformó con subir al escenario y poner el piloto automático como me dijo que haría. El melódico y estruendoso compás de sus propias creaciones, cien veces magnificado por los altavoces, le hizo retroceder en el tiempo devolviéndole su apariencia original y tú te diste gusto fotografiándolo transfigurado bajo las candilejas. Si no fue capaz de tocar más que los viejos y consabidos temas que lo habían hecho célebre, fue porque en verdad no tenía más repertorio. Pero si sólo pudo repetir las antiguas canciones que el público conocía hasta la saciedad, lo hizo de modo que sonaran nuevas a los oídos de todos y fueran devotamente coreadas por una muchedumbre electrizada y fanática. Si Eric Clapton era dios, proclamaron los periódicos de la mañana siguiente, Carlos Esquívez era su profeta y sucesor. Sé que esa noche se vieron después del concierto. Sé que estuvieron juntos casi hasta el amanecer en una casita de las afueras, propiedad del organizador del evento. Sé que él te habló de la vacuidad de su vida y tú compartiste el dolor que te embargaba por el reciente fallecimiento de un amigo en Afganistán. Sé que se retiraron solos al amplio jardín y que él llevó consigo su guitarra acústica. Sé que te estuvo cantando al oído boleros hasta que se te soltaron las lágrimas porque te recordaban a tu niñez y a tu padre. Sé que hicieron el amor sobre la pelusa como náufragos que acabaran de sobrevivir a un cataclismo universal. Sé que te le entregaste con desesperación, con furia ciega, que lo mordiste, que lo arañaste con impaciencia febril hasta que depositó estremeciéndose de placer, en la vellosa y tibia humedad aprisionada entre tus piernas, todo lo que todavía le quedaba de amor y de música. Sé que aquella noche me rompiste el corazón.</p>
<p>¿Qué les parece? ¿Les gustaron estos fragmentos? Pues adelante, a leer el libro. Y, no lo olviden, los autores los invitamos a que vengan a compartir su presentación con nosotros este jueves 12 de junio, a las ocho de la noche, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span> en el Pabellón del Círculo de Lectores, en la feria del libro de Madrid, estoy seguro de que pasarán un buen rato. Allá nos vemos. Por cierto, las fotos de los autores que aparecen en esta entrada son de Daniel Mordzinski.</p>
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		<title>Karla Suárez, la belleza en la literatura</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Apr 2008 22:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores cubanos]]></category>
		<category><![CDATA[José Manuel Fajardo]]></category>
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		<category><![CDATA[Lauren Mendinueta]]></category>
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		<description><![CDATA[El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969)<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE7Dz6PDDI/AAAAAAAAAUg/jfnT-V8XzjI/s1600-h/Karla+Suarez+(Daniel+Mordzinski)-1.jpg" rel="lightbox[29]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5188493182367632434" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE7Dz6PDDI/AAAAAAAAAUg/jfnT-V8XzjI/s200/Karla+Suarez+(Daniel+Mordzinski)-1.jpg" border="0" alt="" /></a> es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, España y diversos países de América Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión cubana y uno fue incluso llevado al teatro, también en Cuba.<br />
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE_Bz6PDFI/AAAAAAAAAUw/YmdoDcUaVsk/s1600-h/Karla+4.jpg" rel="lightbox[29]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5188497546054405202" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE_Bz6PDFI/AAAAAAAAAUw/YmdoDcUaVsk/s200/Karla+4.jpg" border="0" alt="" /></a> Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE_0z6PDGI/AAAAAAAAAU4/kITn1DW9dxY/s1600-h/HPIM2693.jpg" rel="lightbox[29]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5188498422227733602" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAE_0z6PDGI/AAAAAAAAAU4/kITn1DW9dxY/s200/HPIM2693.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y José Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos leyó el cuento que reproducimos más abajo. Cuando se lo pedí para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedió con gusto. Aquí está para ustedes. Disfrútenlo.</p>
<p>LA COLECCIONISTA</p>
<p>Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.<br />
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo “gracias” mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.<br />
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.<br />
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero  y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.<br />
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.<br />
Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.<br />
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, además&#8230; es casado, como tú.<br />
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.<br />
-Ton, ton &#8211; dijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.<br />
Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.<br />
-Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?<br />
-Soy músico, animal nocturno.<br />
-¿El invierno o el verano?<br />
-Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.<br />
-Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?<br />
Él sonrió.<br />
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó.<br />
Ella sonrió mordiéndose los labios.<br />
-Ok, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas&#8230;<br />
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad.  Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.<br />
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.<br />
-¿Lo amas? &#8211; preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada- Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?<br />
-Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.<br />
Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.<br />
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.<br />
De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.<br />
-Ton, ton, &#8211; dijo Él golpeando el corazón- Yo te quiero, ¿sabes?<br />
Ella le regaló una vela con forma de caracol.<br />
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.<br />
-Lo hace para agradarte &#8211; dijo Él- Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú  y como dijiste, “nunca reveles la identidad de tus amantes”&#8230;<br />
Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella.  En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.<br />
-No es nada &#8211; dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?<br />
Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.<br />
Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió “un bache creativo”. Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.<br />
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos.  Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer el mayor tiempo juntos y preguntó cuando venía el francés.<br />
-Ya no vendrá más, se acabó -dijo Ella- Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.<br />
Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.<br />
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.<br />
Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha  a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.<br />
Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer la vieja Europa.<br />
El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.<br />
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento&#8230; el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo. -sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco&#8230;<br />
Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.<br />
-Soy feliz &#8211; dijo apartándose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre&#8230; déjame hacerte un tatuaje.<br />
Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó  estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro,  y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.<br />
La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.<br />
-Este disco será un éxito, lo sé &#8211; dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.<br />
-Cambiará tu vida, te lo auguro &#8211; dijo Ella, tendida junto a Él.<br />
-Cambiar&#8230; &#8211; dijo Él y giró su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito mío&#8230; estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.<br />
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.<br />
-Se acabó, yo no te amo.<br />
Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.<br />
-Pero ¿y entonces? todo esto&#8230; lo nuestro&#8230;<br />
Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.<br />
-Ton, ton, corazoncito tonto. &#8211; dijo Ella golpeándole el corazón- ¿Alguna vez dije que te amaba? –besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos- ¿Sabes?, es que&#8230; yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido&#8230; tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca&#8230; -sonrió- Y todos son famosos&#8230;<br />
Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.</p>
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		<title>José Ovejero</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Feb 2008 22:34:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Mordzinski]]></category>
		<category><![CDATA[José Manuel Fajardo]]></category>
		<category><![CDATA[José Ovejero]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Noela Duarte]]></category>

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		<description><![CDATA[Acaba de aparecer en Paris, con el título de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acaba de aparecer en Paris, con el título de <span style="font-style:italic;">Les Vies Parallèles</span>, la traducción al francés de <span style="font-style:italic;">Las Vidas Ajenas</span>, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i3yKeNUVI/AAAAAAAAAQ4/gGZtuIyj7bY/s1600-h/Ovejero.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168082644840042834" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i3yKeNUVI/AAAAAAAAAQ4/gGZtuIyj7bY/s200/Ovejero.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducíamos rumbo a la costa del Pacífico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veía la ruta. La mayoría de los autos habían desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.<br />
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburría. Se trataba de <span style="font-style:italic;">La Añoranza del Héroe</span>. No sabía él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que había leído en los últimos años.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i4aKeNUWI/AAAAAAAAARA/Bgxdf7ynVu0/s1600-h/Casa+JC.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168083332034810210" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i4aKeNUWI/AAAAAAAAARA/Bgxdf7ynVu0/s200/Casa+JC.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i5KKeNUXI/AAAAAAAAARI/DZpSSgDSqTU/s1600-h/Elevador+Cort%C3%A1zar.jpg" rel="lightbox[21]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5168084156668531058" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R7i5KKeNUXI/AAAAAAAAARI/DZpSSgDSqTU/s200/Elevador+Cort%C3%A1zar.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada <span style="font-style:italic;">Primeras Aventuras de Noela Duarte</span>, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.<br />
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro <span style="font-style:italic;">Los Políticos</span>. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.<br />
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por <span style="font-style:italic;">Les Vies Parallèles</span>. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.</p>
<p>ESCENA DECIMOQUINTA</p>
<p>PI Me gustaría pronunciar un discurso.<br />
PD ¿Ahora?<br />
PI En este instante.<br />
PD No te prives.<br />
PI ¿Te importa escucharlo?<br />
PD Qué remedio.<br />
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.<br />
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.<br />
PI Gracias.<br />
PD No hay de qué.<br />
PI La tolerancia.<br />
PD ¿Es ese el título?<br />
PI No, el tema.<br />
PD ¿Y el título?<br />
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.<br />
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…<br />
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.<br />
PD Como quieras. Te escucho.<br />
PI ¿Debemos ser tolerantes?<br />
PD ¿Me preguntas a mí?<br />
PI No, es una pregunta retórica.<br />
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.<br />
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.<br />
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.<br />
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.<br />
PD Podríamos estar de acuerdo.<br />
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.<br />
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?<br />
PD Huelo otra pregunta retórica.<br />
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.<br />
PD Una clasificación muy limpia.<br />
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.<br />
PD No le des más vueltas: dilo.<br />
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.<br />
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.<br />
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.<br />
PD Ajá.<br />
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?<br />
PD No me esforzaré en responder.<br />
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.<br />
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?<br />
PI Nunca noté tales efectos.<br />
PD Lo que equivale a una refutación empírica.<br />
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.<br />
PD Nos acercamos a la conclusión.<br />
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.<br />
PD Y luego dicen de la derecha.<br />
PI No irás a comparar.<br />
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…<br />
PI No es lo mismo.<br />
PD A mí me lo parece.<br />
PI Ni muchísimo menos.<br />
PD Explica, Demóstenes.<br />
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.<br />
PD Sigo sin ver la diferencia.<br />
PI La izquierda es tolerante en teoría, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.<br />
PD El resultado es el mismo.<br />
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirías una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.<br />
PD No me importaría hacerlo.<br />
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.<br />
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.<br />
PD Nada es, todo cambia.<br />
PI Ahí le duele.<br />
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirías si pudieses sus actuaciones?<br />
PI Por supuesto que sí, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibiría por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibiría al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teoría, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.<br />
PD Me dejas de una pieza.<br />
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oír una paradoja?<br />
PD Ardo de curiosidad.<br />
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.<br />
PD Me he perdido.<br />
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.<br />
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.<br />
PI Yo también.</p>
<p>(Silencio.)</p>
<p>PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?<br />
PI ¿Quiénes?</p>
<p>(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)</p>
<p>¿Y a quién le importa?<br />
PD No, no, a mí no.<br />
PI Pues eso.</p>
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		<title>Una carta de José Manuel Fajardo</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Feb 2008 00:36:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[José Manuel Fajardo]]></category>
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		<description><![CDATA[En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos también una sólida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos también una sólida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector y sin jamás torcer el hilo del relato, nuestro trabajo se salpique a menudo de guiños mutuos, de bromas privadas, de silenciosos apretones de mano. Mi relación con José Manuel Fajardo (Granada, 1957) además del ininterrumpido y profundo trato personal tiene mucho de eso. Él me hizo personaje de un cuento de mar, el titulado <span style="font-style:italic;">Como una Isla</span>, y yo le respondí en otro de los míos, <span style="font-style:italic;">El Último Abordaje del Don Juan</span>,<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SBm0ropGKrI/AAAAAAAAAWk/TwEDS3UAMRQ/s1600-h/Sarabia-Fajardo-baja.jpg" rel="lightbox[19]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195382306885741234" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SBm0ropGKrI/AAAAAAAAAWk/TwEDS3UAMRQ/s320/Sarabia-Fajardo-baja.jpg" border="0" alt="" /></a> mandando al fondo del océano, con todo y su navío, al capitán pirata de su novela <span style="font-style:italic;">El Converso</span>. Fue él también quien, entre los jamesons en las rocas de una taberna del Bilbao, me contó la historia de Cristobalillo, el criadito Taíno de Bartolomé de las Casas en quien yo basaría después mi novela <span style="font-style:italic;">El Cielo a Dentelladas</span>. Sólo era, pues, cuestión de tiempo el que José Manuel Fajardo hiciera escala en las páginas de Los Convidados. Aquí está. Nos ha enviado un texto hasta ahora inédito en idioma español. Una <span style="font-style:italic;">Carta al lector ideal</span>. Se las presento a ustedes con mi reconocimiento y gratitud al autor. Ojalá la disfruten tanto como yo.</p>
<p>Carta al lector ideal</p>
<p>¿Cómo se encabeza una carta dirigida a un ser de quien apenas se sabe nada? ¿Con un saludo formal, respetuoso, distante? “Estimado señor”, por ejemplo, o “Muy señor mío”… <a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R6UNeiZfzAI/AAAAAAAAAQg/oaPTppdRpuM/s1600-h/Fajardo2.jpg" rel="lightbox[19]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5162547366131125250" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R6UNeiZfzAI/AAAAAAAAAQg/oaPTppdRpuM/s200/Fajardo2.jpg" border="0" alt="" /></a>Pero es raro tratar de ese modo a quien ha compartido con uno tantas horas, durante tantos meses. Porque ese alguien desconocido forma ya parte, sin embargo, del paisaje doméstico y ante él se ha bostezado impúdicamente. Ese alguien te ha visto desesperarte o morirte de risa, pasear inquieto por tu casa o tomar un café distraídamente mientras escuchas música. Esa es la esencia contradictoria del lector: su anónima proximidad. El lector es el fantasma que puebla el castillo imaginario de la fantasía del escritor. Una presencia permanente que te acompaña y vigila, que te interpela y te inquieta. Un ser invisible y, sin embargo, presente a tal extremo que acaba resultando tan familiar como un viejo amigo de infancia. Quizá ese sea el trato adecuado, el de una intimidad afectuosa, una intimidad de aquellas que autorizan tanto al abrazo como a la discusión. Sea pues así:</p>
<p>Querido amigo,</p>
<p>Empiezo esta carta con la sensación de ir a contarte algo que tú ya sabes. Porque así es nuestra relación: tú sabes tantas cosas de mí y, en cambio, yo de ti sé tan pocas… Siempre juegas con ventaja. Pero yo haré como hago siempre: escribir y escribir como si estuviera descubriéndote un mundo y confiar en que, pese a todo, entre lo que ya sabes o intuyes de mí y de este arte extraño de la escritura, se cuele alguna idea, alguna experiencia que te sean nuevas, que muevan tu curiosidad, que sirvan para que se crezca esta amistad inmaterial, construida con la rara alquimia de mezclar dos soledades en un crisol de papel.<br />
Tengo que decirte, para empezar, que todo escritor lleva un lector dentro. Más aún, es ese lector primero que fuimos el que nos impulsa a emprender el camino de la escritura. Y es a ese lector al que se busca complacer con lo escrito. Por ello, la tan escuchada frase, empleada por muchos autores, de que en realidad se escribe para uno mismo no resulta en absoluto incompatible con la idea, defendida por otros autores, de que se escribe para los demás. Si el lector que cada escritor lleva dentro es el primer destinatario de lo escrito, también es, en cierto modo, el representante de la mirada ajena, el portavoz del Otro en los dominios de intimidad de la creación literaria. La sensación de ajenidad que provoca la lectura de un texto propio, una vez terminado e impreso, no hace sino confirmar esa dualidad. Debes saberlo, pues: tú y yo somos iguales. Ya lo dijo Baudelaire y si yo no he de llamarte hipócrita, sí que estarás de acuerdo conmigo en que tú y yo fingimos no darnos cuenta de esa igualdad. Eso forma también parte del juego: ambos necesitamos de la admiración para jugarlo y es difícil admirar a quien se ve como un igual. Tú juegas a verme como un artista y yo a creer que lo soy. Pero uno nunca deja de ser quien fue mucho antes de que la vanidad viniera a enredarlo todo: un emigrante criado en una barriada de clase media baja, con muchos más sueños en la cabeza que medios para hacerlos posibles, en mi caso. Lo demás es teatro.<br />
La voracidad lectora del escritor suele ser tan compulsiva y omnívora como lo son el resto de las fuentes de las que bebe la inspiración creativa: la propia vida, las de las personas que conocemos, la memoria histórica, las anécdotas de la actualidad cotidiana, los paisajes que hemos visto o de los que nos han hablado, la memoria familiar… Pero la inspiración literaria se nutre en primer lugar de lo escrito por otros, del acervo histórico de lo que llamamos literatura clásica, proveedora de modelos a imitar o a denostar pero, en cualquier caso, fundamentales para confrontar la propia creación; y también de la corriente viva de la literatura coetánea, la que van produciendo otros escritores durante nuestra vida.<br />
Yo recuerdo con precisión las horas de lectura en la habitación de mi infancia, un cuarto feo y pequeño con una ventana que daba a un patio interior por el que bajaban y subían incesantemente los ascensores. Las páginas de <span style="font-style:italic;">La isla del tesoro</span>, de <span style="font-style:italic;">Robinson Crusoe</span>, de <span style="font-style:italic;">La Atlántida</span> o de <span style="font-style:italic;">Viaje al centro de la Tierra</span> me llevaban muy lejos de aquel mundo gris y tristón y me hacían soñar que otra vida era posible. Recuerdo el sentimiento de fatalidad de <span style="font-style:italic;">Los últimos días de Pompeya</span> y la primera intuición del erotismo en la aventura galáctica de la novela <span style="font-style:italic;">Nínive</span>, de Larry Niven. Yo quería ser Miguel Strogoff y el capitán de quince años que se refugiaba en los termiteros. De igual modo jugué, años después, a meterme en el pellejo del enamorado herido de <span style="font-style:italic;">Adiós a las armas</span> o del duro y sentimental detective Philip Marlowe. Durante los convulsos años de la adolescencia me sentí tan apresado como el señor K. de <span style="font-style:italic;">El proceso</span> y tan fuera del mundo y de sus convenciones como el Molloy de Beckett. Leí tanto y tan apasionadamente que de algún modo contraje la enfermedad quijotesca de Alonso Quijano y si no batallé contra molinos de viento sí que confundí una y mil veces la realidad con mis deseos y me vi volteado por las aspas de remolinos sentimentales que me dejaron más vapuleado que escarmentado. Con la presunción propia de todo lector, que al apropiarse del libro con su lectura se considera a sí mismo tan único como el universo que acaba de reinventar en su fantasía, me he considerado siempre el lector ideal de algunos autores. De Stevenson, Verne, Chandler, Auster, Borges y Grahan Greene desde luego. De Kafka, Dos Passos, Cervantes, Calvino y Cortázar, probablemente. Sí, ya lo sé, ya te veo protestando, exigiendo para ti ese mismo papel respecto de esos mismos autores. No te lo voy a discutir. Los escritores son así, gente promiscua que abre su intimidad a cuantos quieran penetrarla, y con ellos no valen los celos. Pero te aseguro que la obra de la que nunca me he sentido lector ideal ha sido precisamente la mía.<br />
Yo sé (eso sí que lo sé) que tú estás siempre presente en mi imaginación mientras escribo. No busco adularte ni ponerte las cosas demasiado fáciles, pero sí me interrogo cada poco sobre lo que tú pensarás de lo que yo estoy escribiendo. Trato de imaginar tus reacciones, intento ponerme en tu lugar. Tú no sabes nada de la narración que yo escribo y que tú leerás más tarde (ese es el único terreno en el que yo te llevo ventaja), y yo debo adivinar, al escribirla, cómo reaccionarás a mis palabras, para tenderte mis celadas, para trazar la ruta que te lleve de la primera a la última página del libro sin que en el camino se te agoten las ganas de seguir leyendo. Es como un encantamiento que no puede surtir efecto si en la cocción faltan esos inevitables cabellos de la víctima de los que siempre hablan los cuentos. Sólo que yo no sé de qué color es tu pelo ni dónde podré hallar el mechón que me sirva para el sortilegio. Me muevo a ciegas, manoteo a mi alrededor sin hallar nada cierto. Y aún así avanzo, quizá porque todo escritor es en el fondo un temerario que se lanza al vacío confiando en que unos desconocidos hayan desplegado allá abajo una salvadora red de atención.<br />
Muchas veces he tratado de ponerte rostro, incluso de darte un nombre. No sé si por curiosidad o por tranquilidad, no sé si por jugar a desenmascararte o por acomodarme a una mentira que aleje de mí la inquietud que tu rostro sin facciones me provoca. Cuando era niño y disfrutaba del temprano descubrimiento de la embriaguez de las palabras, tú tenías todos los rostros de mis compañeros de clase. Para ellos escribía absurdas comedias policíacas que luego leía ante la mirada satisfecha del profesor. Y cada una de sus risas, incluso de sus comentarios chuscos, que no faltaban, me llenaba de una rara felicidad. Pero los compañeros de clase se fueron con la misma velocidad que los años de la infancia y ya no hubo más lectores colectivos y cotidianos. Durante algún tiempo, te adjudiqué el rostro de las mujeres que amaba. Escribía para ellas y ellas salían de mi vida con lenta pero inexorable puntualidad de reloj suizo, llevándose consigo mis expectativas literarias.<br />
Fue después de publicar mi primer libro (después de una interminable retahíla de manuscritos penosos cuando no ridículos) cuando empecé a buscar el lector ideal de mis textos en los críticos literarios. La desilusión fue tan inmediata como contundente. Las más de las veces me preguntaba si realmente el crítico de turno, más allá del juicio benévolo o desfavorable a mi obra, había leído realmente lo que yo había escrito y, si lo había hecho, me asaltaba la amarga duda de si se habría enterado de algo. Aquello me produjo deprimentes pensamientos sobre mi capacidad de comunicación y sobre la calidad de lo que escribía. Más tarde, leyendo los artículos que aquellos mismos críticos publicaban sobre los libros de otros autores que yo había leído y que admiraba, comprendí que el problema no estaba en mí (independientemente de que mi textos fueran buenos o malos) sino en un colectivo aquejado de una rara animadversión hacia el objeto de su trabajo de la que apenas unos pocos escapan.<br />
Pero de esa comparación surgió con fuerza la idea de que tú, mi lector ideal, quizás fueras en realidad un igual en el sentido más literal de la palabra. Es decir, otro escritor. Recordé la frase de Leopoldo Alas “Clarín”, cuando afirmaba que había escrito su novela La Regenta para cuatro o cinco personas “y en especial para don Benito Pérez Galdós”. Ciertamente, Clarín tuvo poca suerte en la elección de su lector ideal porque su admirado Galdós tardó años en darse por aludido y sólo publicó la reseña de <span style="font-style:italic;">La Regenta</span> en el momento en que “Clarín” agonizaba. Yo he tenido mejor fortuna y escritores como Luis Sepúlveda, Bernardo Atxaga, Antonio Sarabia, Santiago Gamboa, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares han sido lectores de mis libros y sus lecturas me han llenado de alegría. Pero en realidad no son tanto lectores como cómplices que leen con una mano y corrigen con la otra, pues sus consejos y críticas han contribuido en gran medida a que mis libros sean lo que son.<br />
¿Quién eres tú, pues? ¿Tan sólo una sombra que, a la manera shakespereana, me tutela y vigila? ¿Debo conformarme pues con esta tarea de ciego? La verdad es que la vida no suele ofrecer respuestas simples, por mucho que los humanos nos esforcemos en reducirla a esquemas manejables. Tampoco lo hace en este caso, o al meno eso creo yo hoy, ahora.<br />
He descartado muchos otros rostros para ti, además de los ya citados, entre ellos los de mis propios editores. Sé bien que es tras convencerles a ellos que el libro realmente se convierte en eso, un libro y no un montón de folios guardados en un cajón, pero precisamente ese papel decisivo les otorga un poder sobre la obra que les impide ser los lectores ideales. Son sin duda los lectores necesarios, pero hay demasiados condicionantes extraliterarios, desde la mercadotecnia hasta las luchas de poder dentro de las casas editoras, que distorsionan su lectura.<br />
Durante estos años, libro tras libro, he asistido a decenas de presentaciones de mis novelas en España y fuera de España. He dado conferencias delante de dos estudiantes en la Universidad de Oviedo (de hecho les invité a una cerveza en el bar de la esquina porque parecía más natural charlar así con ellos que fingir un acto público en una sala vacía en la que sólo estábamos tres personas) y ante más de un millar en el teatro de Mantova. He hablado con profesores universitarios franceses, marinos venezolanos, bibliotecarios salmantinos, alumnos de bachillerato de Gijón, historiadores vascos y cocineros castellanos. He escuchado hablar de Nagala, la india que aparece en <span style="font-style:italic;">Carta del fin del mundo</span>, con la vehemencia de un enamorado e incluso he sabido que ese nombre (del que soy creador pues fue pura invención para designar al personaje de mi novela, construido por cierto a partir de la idea de integrar el nombre de una famosa musa de artistas, la Gala de Dalí y Eluard, como parte del fonema) es el que lleva hoy una niña española cuya madre acudió, todavía embarazada, a pedirme que le dedicara un ejemplar del libro. He encontrado lectores que me piden una segunda parte de <span style="font-style:italic;">El converso</span> y otros que se han reconocido (tanto hombres como mujeres) en las angustias y las confesiones del narrador de <span style="font-style:italic;">Una belleza convulsa</span>. He hablado con cubanos, mexicanos, franceses, italianos, alemanes, griegos, portugueses, argentinos, peruanos, uruguayos, españoles…y creo por fin haber comprendido el mensaje que de alguna manera me han transmitido colectivamente: Tú, lector ideal, cual si de un ser demoníaco se tratara, bien puedes decir “Soy legión”. Porque el tuyo no es un rostro único, individual. Eres  muchos, como representación material de esos Otros que habitan dentro de cada ser humano y de cuya existencia de algún modo da cuenta toda literatura. También la mía. Tú, lector ideal, eres aquel que en un momento dado toma mi libro en sus manos y comparte conmigo sus emociones, sus dudas, sus incertidumbres. Y, al hacerlo, agrandas, alargas, enriqueces el libro, lo completas con tus vivencias, lo haces ubicuo pues mientras reposa en tu mesa de noche tú lo llevas contigo, enredado en tus pensamientos. Tal y como he hecho yo tantas veces con los libros de otros. Tú, lector ideal, eres quien ahora lee esta carta y encuentra en ella un eco familiar. Por eso te escribo. Desde la proximidad de las palabras, con la esperanza de que todo lo escrito no sea un grito en el vacío sino un paso más en este largo diálogo que mantengo contigo desde que, a los ocho años de edad, descubrí que contando historias el mundo se hacía más grande y más vivible y, sobre todo, menos solitario.<br />
Por eso me despido de ti hasta pronto, hasta que nos volvamos a encontrar en las páginas de otro libro.<br />
Recibe un abrazo grande de<br />
José Manuel Fajardo.</p>
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