Posts Tagged “José Manuel Fajardo”

Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, La Comedia Salvaje, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)

Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.
-Otro loco, como el perro.
-O es ruso, porque habla raro.
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.
retrato4.jpg picture by antoniosarabia-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.
-Somos amigos -respondió Benjamín.
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.
-Yo soy Benjamín, ella Julia.
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.
-¿Ustedes solos?
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.
-Yo soy mexicano.
-Yo chileno.
-Yo colombiano.
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín; consultó a sus compañeros con la mirada.
-Dos gachupines -dijo el mexicano.
-Dos gallegos -explicó el argentino.
-Yo soy vasco.
-Por eso es que sos gallego.
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.
portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabiaLos seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.
-Los seis de la fama, somos.
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.
-Tierra de indios.
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.
-Y se los comen los piojos.
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.
-¡Pero España ya es independiente!
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.
-No entiendo…
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?
-Nnnn, nnnn, nnnn.
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.

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…………………………………..José Manuel Fajardo

………………………………….SEGUNDAS PARTES

…………………………………………………….a Antonio Sarabia

Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendía, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.
-Tenía la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abría en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mí. Así, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?
Fajardo3.jpg picture by antoniosarabiaÉl no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sí. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbían una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veían las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podía designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.
-Siempre me han perdido las películas románticas- me confesaría más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos años de vida en Guadalajara habían terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. Así, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, había terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivía, eso sí, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.
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JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegué a París buscando a la Maga”, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia

Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, España y diversos países de América Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión cubana y uno fue incluso llevado al teatro, también en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y José Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos leyó el cuento que reproducimos más abajo. Cuando se lo pedí para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedió con gusto. Aquí está para ustedes. Disfrútenlo.

LA COLECCIONISTA

Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo “gracias” mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, además… es casado, como tú.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton - dijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?
-Soy músico, animal nocturno.
-¿El invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?
Él sonrió.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¿Lo amas? - preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada- Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.
Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.
-Ton, ton, - dijo Él golpeando el corazón- Yo te quiero, ¿sabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte - dijo Él- Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, “nunca reveles la identidad de tus amantes”…
Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.
-No es nada - dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?
Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.
Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió “un bache creativo”. Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer el mayor tiempo juntos y preguntó cuando venía el francés.
-Ya no vendrá más, se acabó -dijo Ella- Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.
Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.
Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.
Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer la vieja Europa.
El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo. -sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.
-Soy feliz - dijo apartándose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… déjame hacerte un tatuaje.
Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.
La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.
-Este disco será un éxito, lo sé - dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiará tu vida, te lo auguro - dijo Ella, tendida junto a Él.
-Cambiar… - dijo Él y giró su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito mío… estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.
-Pero ¿y entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. - dijo Ella golpeándole el corazón- ¿Alguna vez dije que te amaba? –besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos- ¿Sabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… -sonrió- Y todos son famosos…
Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.

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Acaba de aparecer en Paris, con el título de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducíamos rumbo a la costa del Pacífico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veía la ruta. La mayoría de los autos habían desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburría. Se trataba de La Añoranza del Héroe. No sabía él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que había leído en los últimos años.
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.

ESCENA DECIMOQUINTA

PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¿Ahora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¿Te importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¿Es ese el título?
PI No, el tema.
PD ¿Y el título?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¿Debemos ser tolerantes?
PD ¿Me preguntas a mí?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des más vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Ajá.
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No irás a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teoría, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirías una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirías si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que sí, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibiría por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibiría al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teoría, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oír una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.

(Silencio.)

PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?
PI ¿Quiénes?

(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)

¿Y a quién le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.

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En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos también una sólida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector y sin jamás torcer el hilo del relato, nuestro trabajo se salpique a menudo de guiños mutuos, de bromas privadas, de silenciosos apretones de mano. Mi relación con José Manuel Fajardo (Granada, 1957) además del ininterrumpido y profundo trato personal tiene mucho de eso. Él me hizo personaje de un cuento de mar, el titulado Como una Isla, y yo le respondí en otro de los míos, El Último Abordaje del Don Juan, mandando al fondo del océano, con todo y su navío, al capitán pirata de su novela El Converso. Fue él también quien, entre los jamesons en las rocas de una taberna del Bilbao, me contó la historia de Cristobalillo, el criadito Taíno de Bartolomé de las Casas en quien yo basaría después mi novela El Cielo a Dentelladas. Sólo era, pues, cuestión de tiempo el que José Manuel Fajardo hiciera escala en las páginas de Los Convidados. Aquí está. Nos ha enviado un texto hasta ahora inédito en idioma español. Una Carta al lector ideal. Se las presento a ustedes con mi reconocimiento y gratitud al autor. Ojalá la disfruten tanto como yo.

Carta al lector ideal

¿Cómo se encabeza una carta dirigida a un ser de quien apenas se sabe nada? ¿Con un saludo formal, respetuoso, distante? “Estimado señor”, por ejemplo, o “Muy señor mío”… Pero es raro tratar de ese modo a quien ha compartido con uno tantas horas, durante tantos meses. Porque ese alguien desconocido forma ya parte, sin embargo, del paisaje doméstico y ante él se ha bostezado impúdicamente. Ese alguien te ha visto desesperarte o morirte de risa, pasear inquieto por tu casa o tomar un café distraídamente mientras escuchas música. Esa es la esencia contradictoria del lector: su anónima proximidad. El lector es el fantasma que puebla el castillo imaginario de la fantasía del escritor. Una presencia permanente que te acompaña y vigila, que te interpela y te inquieta. Un ser invisible y, sin embargo, presente a tal extremo que acaba resultando tan familiar como un viejo amigo de infancia. Quizá ese sea el trato adecuado, el de una intimidad afectuosa, una intimidad de aquellas que autorizan tanto al abrazo como a la discusión. Sea pues así:

Querido amigo,

Empiezo esta carta con la sensación de ir a contarte algo que tú ya sabes. Porque así es nuestra relación: tú sabes tantas cosas de mí y, en cambio, yo de ti sé tan pocas… Siempre juegas con ventaja. Pero yo haré como hago siempre: escribir y escribir como si estuviera descubriéndote un mundo y confiar en que, pese a todo, entre lo que ya sabes o intuyes de mí y de este arte extraño de la escritura, se cuele alguna idea, alguna experiencia que te sean nuevas, que muevan tu curiosidad, que sirvan para que se crezca esta amistad inmaterial, construida con la rara alquimia de mezclar dos soledades en un crisol de papel.
Tengo que decirte, para empezar, que todo escritor lleva un lector dentro. Más aún, es ese lector primero que fuimos el que nos impulsa a emprender el camino de la escritura. Y es a ese lector al que se busca complacer con lo escrito. Por ello, la tan escuchada frase, empleada por muchos autores, de que en realidad se escribe para uno mismo no resulta en absoluto incompatible con la idea, defendida por otros autores, de que se escribe para los demás. Si el lector que cada escritor lleva dentro es el primer destinatario de lo escrito, también es, en cierto modo, el representante de la mirada ajena, el portavoz del Otro en los dominios de intimidad de la creación literaria. La sensación de ajenidad que provoca la lectura de un texto propio, una vez terminado e impreso, no hace sino confirmar esa dualidad. Debes saberlo, pues: tú y yo somos iguales. Ya lo dijo Baudelaire y si yo no he de llamarte hipócrita, sí que estarás de acuerdo conmigo en que tú y yo fingimos no darnos cuenta de esa igualdad. Eso forma también parte del juego: ambos necesitamos de la admiración para jugarlo y es difícil admirar a quien se ve como un igual. Tú juegas a verme como un artista y yo a creer que lo soy. Pero uno nunca deja de ser quien fue mucho antes de que la vanidad viniera a enredarlo todo: un emigrante criado en una barriada de clase media baja, con muchos más sueños en la cabeza que medios para hacerlos posibles, en mi caso. Lo demás es teatro.
La voracidad lectora del escritor suele ser tan compulsiva y omnívora como lo son el resto de las fuentes de las que bebe la inspiración creativa: la propia vida, las de las personas que conocemos, la memoria histórica, las anécdotas de la actualidad cotidiana, los paisajes que hemos visto o de los que nos han hablado, la memoria familiar… Pero la inspiración literaria se nutre en primer lugar de lo escrito por otros, del acervo histórico de lo que llamamos literatura clásica, proveedora de modelos a imitar o a denostar pero, en cualquier caso, fundamentales para confrontar la propia creación; y también de la corriente viva de la literatura coetánea, la que van produciendo otros escritores durante nuestra vida.
Yo recuerdo con precisión las horas de lectura en la habitación de mi infancia, un cuarto feo y pequeño con una ventana que daba a un patio interior por el que bajaban y subían incesantemente los ascensores. Las páginas de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe, de La Atlántida o de Viaje al centro de la Tierra me llevaban muy lejos de aquel mundo gris y tristón y me hacían soñar que otra vida era posible. Recuerdo el sentimiento de fatalidad de Los últimos días de Pompeya y la primera intuición del erotismo en la aventura galáctica de la novela Nínive, de Larry Niven. Yo quería ser Miguel Strogoff y el capitán de quince años que se refugiaba en los termiteros. De igual modo jugué, años después, a meterme en el pellejo del enamorado herido de Adiós a las armas o del duro y sentimental detective Philip Marlowe. Durante los convulsos años de la adolescencia me sentí tan apresado como el señor K. de El proceso y tan fuera del mundo y de sus convenciones como el Molloy de Beckett. Leí tanto y tan apasionadamente que de algún modo contraje la enfermedad quijotesca de Alonso Quijano y si no batallé contra molinos de viento sí que confundí una y mil veces la realidad con mis deseos y me vi volteado por las aspas de remolinos sentimentales que me dejaron más vapuleado que escarmentado. Con la presunción propia de todo lector, que al apropiarse del libro con su lectura se considera a sí mismo tan único como el universo que acaba de reinventar en su fantasía, me he considerado siempre el lector ideal de algunos autores. De Stevenson, Verne, Chandler, Auster, Borges y Grahan Greene desde luego. De Kafka, Dos Passos, Cervantes, Calvino y Cortázar, probablemente. Sí, ya lo sé, ya te veo protestando, exigiendo para ti ese mismo papel respecto de esos mismos autores. No te lo voy a discutir. Los escritores son así, gente promiscua que abre su intimidad a cuantos quieran penetrarla, y con ellos no valen los celos. Pero te aseguro que la obra de la que nunca me he sentido lector ideal ha sido precisamente la mía.
Yo sé (eso sí que lo sé) que tú estás siempre presente en mi imaginación mientras escribo. No busco adularte ni ponerte las cosas demasiado fáciles, pero sí me interrogo cada poco sobre lo que tú pensarás de lo que yo estoy escribiendo. Trato de imaginar tus reacciones, intento ponerme en tu lugar. Tú no sabes nada de la narración que yo escribo y que tú leerás más tarde (ese es el único terreno en el que yo te llevo ventaja), y yo debo adivinar, al escribirla, cómo reaccionarás a mis palabras, para tenderte mis celadas, para trazar la ruta que te lleve de la primera a la última página del libro sin que en el camino se te agoten las ganas de seguir leyendo. Es como un encantamiento que no puede surtir efecto si en la cocción faltan esos inevitables cabellos de la víctima de los que siempre hablan los cuentos. Sólo que yo no sé de qué color es tu pelo ni dónde podré hallar el mechón que me sirva para el sortilegio. Me muevo a ciegas, manoteo a mi alrededor sin hallar nada cierto. Y aún así avanzo, quizá porque todo escritor es en el fondo un temerario que se lanza al vacío confiando en que unos desconocidos hayan desplegado allá abajo una salvadora red de atención.
Muchas veces he tratado de ponerte rostro, incluso de darte un nombre. No sé si por curiosidad o por tranquilidad, no sé si por jugar a desenmascararte o por acomodarme a una mentira que aleje de mí la inquietud que tu rostro sin facciones me provoca. Cuando era niño y disfrutaba del temprano descubrimiento de la embriaguez de las palabras, tú tenías todos los rostros de mis compañeros de clase. Para ellos escribía absurdas comedias policíacas que luego leía ante la mirada satisfecha del profesor. Y cada una de sus risas, incluso de sus comentarios chuscos, que no faltaban, me llenaba de una rara felicidad. Pero los compañeros de clase se fueron con la misma velocidad que los años de la infancia y ya no hubo más lectores colectivos y cotidianos. Durante algún tiempo, te adjudiqué el rostro de las mujeres que amaba. Escribía para ellas y ellas salían de mi vida con lenta pero inexorable puntualidad de reloj suizo, llevándose consigo mis expectativas literarias.
Fue después de publicar mi primer libro (después de una interminable retahíla de manuscritos penosos cuando no ridículos) cuando empecé a buscar el lector ideal de mis textos en los críticos literarios. La desilusión fue tan inmediata como contundente. Las más de las veces me preguntaba si realmente el crítico de turno, más allá del juicio benévolo o desfavorable a mi obra, había leído realmente lo que yo había escrito y, si lo había hecho, me asaltaba la amarga duda de si se habría enterado de algo. Aquello me produjo deprimentes pensamientos sobre mi capacidad de comunicación y sobre la calidad de lo que escribía. Más tarde, leyendo los artículos que aquellos mismos críticos publicaban sobre los libros de otros autores que yo había leído y que admiraba, comprendí que el problema no estaba en mí (independientemente de que mi textos fueran buenos o malos) sino en un colectivo aquejado de una rara animadversión hacia el objeto de su trabajo de la que apenas unos pocos escapan.
Pero de esa comparación surgió con fuerza la idea de que tú, mi lector ideal, quizás fueras en realidad un igual en el sentido más literal de la palabra. Es decir, otro escritor. Recordé la frase de Leopoldo Alas “Clarín”, cuando afirmaba que había escrito su novela La Regenta para cuatro o cinco personas “y en especial para don Benito Pérez Galdós”. Ciertamente, Clarín tuvo poca suerte en la elección de su lector ideal porque su admirado Galdós tardó años en darse por aludido y sólo publicó la reseña de La Regenta en el momento en que “Clarín” agonizaba. Yo he tenido mejor fortuna y escritores como Luis Sepúlveda, Bernardo Atxaga, Antonio Sarabia, Santiago Gamboa, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares han sido lectores de mis libros y sus lecturas me han llenado de alegría. Pero en realidad no son tanto lectores como cómplices que leen con una mano y corrigen con la otra, pues sus consejos y críticas han contribuido en gran medida a que mis libros sean lo que son.
¿Quién eres tú, pues? ¿Tan sólo una sombra que, a la manera shakespereana, me tutela y vigila? ¿Debo conformarme pues con esta tarea de ciego? La verdad es que la vida no suele ofrecer respuestas simples, por mucho que los humanos nos esforcemos en reducirla a esquemas manejables. Tampoco lo hace en este caso, o al meno eso creo yo hoy, ahora.
He descartado muchos otros rostros para ti, además de los ya citados, entre ellos los de mis propios editores. Sé bien que es tras convencerles a ellos que el libro realmente se convierte en eso, un libro y no un montón de folios guardados en un cajón, pero precisamente ese papel decisivo les otorga un poder sobre la obra que les impide ser los lectores ideales. Son sin duda los lectores necesarios, pero hay demasiados condicionantes extraliterarios, desde la mercadotecnia hasta las luchas de poder dentro de las casas editoras, que distorsionan su lectura.
Durante estos años, libro tras libro, he asistido a decenas de presentaciones de mis novelas en España y fuera de España. He dado conferencias delante de dos estudiantes en la Universidad de Oviedo (de hecho les invité a una cerveza en el bar de la esquina porque parecía más natural charlar así con ellos que fingir un acto público en una sala vacía en la que sólo estábamos tres personas) y ante más de un millar en el teatro de Mantova. He hablado con profesores universitarios franceses, marinos venezolanos, bibliotecarios salmantinos, alumnos de bachillerato de Gijón, historiadores vascos y cocineros castellanos. He escuchado hablar de Nagala, la india que aparece en Carta del fin del mundo, con la vehemencia de un enamorado e incluso he sabido que ese nombre (del que soy creador pues fue pura invención para designar al personaje de mi novela, construido por cierto a partir de la idea de integrar el nombre de una famosa musa de artistas, la Gala de Dalí y Eluard, como parte del fonema) es el que lleva hoy una niña española cuya madre acudió, todavía embarazada, a pedirme que le dedicara un ejemplar del libro. He encontrado lectores que me piden una segunda parte de El converso y otros que se han reconocido (tanto hombres como mujeres) en las angustias y las confesiones del narrador de Una belleza convulsa. He hablado con cubanos, mexicanos, franceses, italianos, alemanes, griegos, portugueses, argentinos, peruanos, uruguayos, españoles…y creo por fin haber comprendido el mensaje que de alguna manera me han transmitido colectivamente: Tú, lector ideal, cual si de un ser demoníaco se tratara, bien puedes decir “Soy legión”. Porque el tuyo no es un rostro único, individual. Eres muchos, como representación material de esos Otros que habitan dentro de cada ser humano y de cuya existencia de algún modo da cuenta toda literatura. También la mía. Tú, lector ideal, eres aquel que en un momento dado toma mi libro en sus manos y comparte conmigo sus emociones, sus dudas, sus incertidumbres. Y, al hacerlo, agrandas, alargas, enriqueces el libro, lo completas con tus vivencias, lo haces ubicuo pues mientras reposa en tu mesa de noche tú lo llevas contigo, enredado en tus pensamientos. Tal y como he hecho yo tantas veces con los libros de otros. Tú, lector ideal, eres quien ahora lee esta carta y encuentra en ella un eco familiar. Por eso te escribo. Desde la proximidad de las palabras, con la esperanza de que todo lo escrito no sea un grito en el vacío sino un paso más en este largo diálogo que mantengo contigo desde que, a los ocho años de edad, descubrí que contando historias el mundo se hacía más grande y más vivible y, sobre todo, menos solitario.
Por eso me despido de ti hasta pronto, hasta que nos volvamos a encontrar en las páginas de otro libro.
Recibe un abrazo grande de
José Manuel Fajardo.

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