Posts Tagged “Jos√© Manuel Fajardo”

Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl mi√©rcoles catorce de octubre estuve en Par√≠s invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparici√≥n en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el t√≠tulo en franc√©s), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos Jos√© Ovejero, Jos√© Manuel Fajardo y este servidor. En la celebraci√≥n estuvieron, desde luego, tambi√©n presentes los otros dos autores. Jos√© Ovejero ten√≠a una doble raz√≥n para estar feliz: adem√°s de Noela en Francia, acaba de aparecer en Espa√Īa, con el sello de Alfaguara, su m√°s reciente novela, La Comedia Salvaje, una estramb√≥tica, alucinante y dram√°tica farsa ambientada en la guerra civil espa√Īola que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la tr√°gica realidad inherente a todas las guerras. No resist√≠ la tentaci√≥n de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un cap√≠tulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envi√≥, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, Jos√©, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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…………………………………..Jos√© Manuel Fajardo

………………………………….SEGUNDAS PARTES

…………………………………………………….a Antonio Sarabia

Se la presentaron en la inauguraci√≥n de una exposici√≥n de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y te√Īido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascend√≠a, desde los muslos hasta el escote, como una invitaci√≥n al pecado. Me cont√≥ que al verla casi se qued√≥ sin aliento.
-Ten√≠a la boca grande y sonriente- me explic√≥ mientras su propia boca se abr√≠a en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a m√≠. As√≠, directamente, como dici√©ndome: ¬Ņa qu√© esperas?
Fajardo3.jpg picture by antoniosarabia√Čl no quiso esperar ni un minuto m√°s. La invit√≥ a tomar una copa despu√©s de la inauguraci√≥n y ella dijo que s√≠. Acabaron subiendo las escalinatas del Caf√© des Artistes para platicar mientras sorb√≠an una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se ve√≠an las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del caf√©, y √©l pens√≥ que aquel nombre s√≥lo pod√≠a designar a quien viviera bajo los dictados de la pasi√≥n.
-Siempre me han perdido las pel√≠culas rom√°nticas- me confesar√≠a m√°s tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a so√Īar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos a√Īos de vida en Guadalajara hab√≠an terminado por llenarle el habla de t√©rminos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento espa√Īol. As√≠, entre ni modos y √≥rales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Caf√© des Artistes, hab√≠a terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella viv√≠a, eso s√≠, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. √Čl hubiera querido ir mas all√°, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.
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JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga”, le o√≠ decir hace unos d√≠as a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. √Čl a√ļn vive en Par√≠s. En lugar de la Maga encontr√≥ a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapas√≥n en mi memoria. Par√≠s hab√≠a significado tantas cosas en mi adolescencia que yo tambi√©n llegu√© ah√≠ buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se bat√≠an los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distingu√≠a a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. S√≠, yo tambi√©n llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga y me encontr√© con que ah√≠ fallecer√≠a Julio Cort√°zar (Bruselas, B√©lgica, 1914-1984) unos meses despu√©s de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conoc√≠. Mi primera novela no ser√≠a publicada sino hasta siete a√Īos m√°s tarde y yo, ilustre desconocido, no me atrev√≠ a llamarle por tel√©fono y confesarle cu√°nto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince a√Īos que luego pasar√≠a en la capital de Francia lo visit√© a menudo en su √ļltima morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sep√ļlveda estaba en la ciudad √≠bamos a hacerle compa√Ī√≠a. Le encend√≠amos un cigarrillo bien acomodado sobre el m√°rmol y, fumando tambi√©n nosotros, convers√°bamos los tres hasta que Julio conclu√≠a el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y m√≠a, que aunque le sab√≠amos presente en el coloquio jam√°s le o√≠mos responder. Participaba en la conversaci√≥n, dir√≠a Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prend√≠amos otro y ¬Ņpor qu√© no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -√©l fue siempre un enorme fumador- y continu√°bamos la charla. Al final apag√°bamos las colillas, nos desped√≠amos y ya solos, sinti√©ndonos medio desamparados, remat√°bamos la tarde en cualquier caf√© del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasi√≥n, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, Jos√© Ovejero y Jos√© Manuel Fajardo, acompa√Īados -no pod√≠a ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ah√≠ durante la primera guerra mundial, con la ciudad reci√©n ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursi√≥n los narr√© ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. A√Īado, como en la otra ocasi√≥n, algunas de las fotos que Daniel tom√≥ del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia

Ahora escribo estas l√≠neas en v√≠speras del vig√©simo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero.¬†Ese d√≠a, esta semana, todos los medios de informaci√≥n verter√°n carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos cl√°sicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correr√≠as con Sep√ļlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cort√°zar, ha sido solo para ilustrar la afici√≥n, la adhesi√≥n, la devoci√≥n, la admiraci√≥n y muchos otros ciones m√°s que √©l supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron.¬†S√© de algunos que incluso sol√≠an dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario.¬†S√≠, todos nos sentimos abrumados ante Cien A√Īos de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo so√Īar, sentir y reflexionar lo que¬†Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en Par√≠s buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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Siempre he dicho que lo m√°s valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los espec√≠menes m√°s nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, d√≠scola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qu√© tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo com√ļn en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo m√°s refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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El juicio del Hay Festival s√≥lo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sab√≠amos: Karla Su√°rez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los m√°s sobresalientes narradores j√≥venes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas est√°n traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antolog√≠as y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, Espa√Īa y diversos pa√≠ses de Am√©rica Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisi√≥n cubana y uno fue incluso llevado al teatro, tambi√©n en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y Jos√© Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos ley√≥ el cuento que reproducimos m√°s abajo. Cuando se lo ped√≠ para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedi√≥ con gusto. Aqu√≠ est√° para ustedes. Disfr√ļtenlo.

LA COLECCIONISTA

√Čl era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hac√≠a alg√ļn tatuaje. √Čl estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella ten√≠a un amante franc√©s.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafeter√≠a de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respond√≠a con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extend√≠a sobre el hombro de Ella. Ella mir√≥ atr√°s, sonri√≥ reconociendo el rostro y dijo ‚Äúgracias‚ÄĚ mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. √Čl sonri√≥ y la invit√≥ a una cerveza. Ella prefiri√≥ caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
√Čl quiso saber su nombre, por si lo conoc√≠a, qui√©n sabe, pero Ella se neg√≥.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, adem√°s… es casado, como t√ļ.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sab√≠a de su esposa japonesa y suspir√≥ pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos a√Īos mayor que t√ļ, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el a√Īo de viaje, como t√ļ, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton Рdijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
√Čl quiso ser divertido y la invit√≥ a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la far√°ndula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¬Ņqu√© prefieres, la noche o la ma√Īana?
-Soy m√ļsico, animal nocturno.
-¬ŅEl invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el a√Īo, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una m√°s, s√≥lo una, ¬Ņlos gatos o los perros?
√Čl sonri√≥.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Och√ļn y Chang√≥.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no ir√© a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada despu√©s de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. √Čl le tra√≠a copas y escrib√≠a la fecha en los corchos de las botellas que beb√≠an juntos. Luego, y durante y antes y despu√©s hac√≠an el amor. √Čl cantaba baladas a su o√≠do mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¬ŅLo amas? – pregunt√≥ √Čl y Ella sonri√≥ sin decir nada- Si no lo amas ¬Ņpor qu√© no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito ego√≠sta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa tambi√©n t√ļ tendr√°s vacaciones.
√Čl quiso decir algo, pero se mordi√≥ la lengua. Al otro d√≠a le escribi√≥ una canci√≥n y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el franc√©s, algunos d√≠as para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella beb√≠a un agua t√≥nica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor franc√©s le√≠a tomando el sol a su lado. √Čl se baj√≥ del carro y camin√≥ con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoci√≥ al escritor y se detuvo. √Čl repar√≥ en Ella. Su esposa acerc√≥ la boca para decirle al o√≠do qui√©n era el canoso de la revista. √Čl asinti√≥ callado, no lo conoc√≠a. La pareja sigui√≥ andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. √Čl baj√≥ la vista. Ella bebi√≥ su agua t√≥nica. El escritor sonri√≥ molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. √Čl prefiri√≥ callar. Ella bes√≥ los poros de su cuerpo y le hizo el amor en espa√Īol.
-Ton, ton, – dijo √Čl golpeando el coraz√≥n- Yo te quiero, ¬Ņsabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte – dijo √Čl- Yo, de muy buena gana te dedicar√≠a un disco, pero mi mujer querr√≠a saber qui√©n eres t√ļ y como dijiste, ‚Äúnunca reveles la identidad de tus amantes‚ÄĚ…
Ella ri√≥ complacida, bes√≥ el libro y luego bes√≥ la boca de su cantante de salsa. Su amante que empez√≥ a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del fr√≠o y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar tra√≠a peri√≥dicos y revistas donde sal√≠a su foto, las cr√≠ticas de prensa, la promoci√≥n de los discos y los l√°pices raros que se hab√≠a empe√Īado en encontrar para la colecci√≥n de Ella. En uno de esos regresos, la encontr√≥ un poco extra√Īa, preocupada.
-No es nada – dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¬Ņsabes?
√Čl la ayud√≥ a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hac√≠a s√≥lo en ocasiones especiales, alg√ļn d√≠a, si √©l quer√≠a podr√≠a hacer algo en su cuerpo. Ella no ten√≠a ninguno, pero los hac√≠a muy bien, le gustaba.
Una semana despu√©s regres√≥ la japonesa y √Čl dej√≥ de verla. Su esposa permaneci√≥ m√°s de un mes en casa y √Čl s√≥lo consigui√≥ llamadas telef√≥nicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirti√≥ en un hast√≠o donde apenas se alcanzaba la armon√≠a cuando hablaban de pr√≥ximas giras y contratos. La japonesa lo not√≥ demasiado distante y √Čl culp√≥ al calor. Percibi√≥ que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y √Čl aludi√≥ ‚Äúun bache creativo‚ÄĚ. Descubri√≥ unas velas extra√Īas encima del armario y √Čl se justific√≥ con la crisis energ√©tica. En el aeropuerto lo abraz√≥, √Čl bes√≥ su frente dese√°ndole buen viaje y dos segundos despu√©s de verla desaparecer tras el cristal, mont√≥ en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sab√≠a que la japonesa hab√≠a partido y cont√≥ que no estaba en casa porque conoci√≥ a un cineasta espa√Īol, un tipo interesante con el que convers√≥ largas horas. √Čl quer√≠a permanecer el mayor tiempo juntos y pregunt√≥ cuando ven√≠a el franc√©s.
-Ya no vendr√° m√°s, se acab√≥ -dijo Ella- Est√° loco, la √ļltima semana dijo que su mujer lo sab√≠a todo, √©l mismo se lo cont√≥ porque quer√≠a abandonar a su familia y llevarme a Par√≠s para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acab√≥.
√Čl suspir√≥ con cierto alivio nada disimulado y la abraz√≥ muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedar√°s conmigo.
Ella sonri√≥ y moj√≥ con su lengua la punta de la nariz de √Čl. Dijo que quer√≠a beber un agua t√≥nica y hacer el amor en las s√°banas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. √Čl no quiso que se fuera al otro d√≠a, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y as√≠ hizo Ella, lo esper√≥ desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. √Čl regres√≥ muy tarde y verti√≥ ron en el cuerpo que lami√≥ hasta emborracharse. En la ma√Īana, a√ļn desnudos y cansados, le escribi√≥ otra canci√≥n y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisi√≥n donde estrenaba la m√ļsica hecha a la mujer m√°s maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y √Čl regres√≥ am√°ndola.
Luego vino una corta gira a Jap√≥n donde su esposa lo recibi√≥ con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que reci√©n comenzaba a grabar. √Čl se entusiasm√≥, pero no quer√≠a a la empresaria japonesa, la quer√≠a a Ella. Ella, que lo recibi√≥ con una botella de vino espa√Īol y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. √Čl comenzaba a grabar y permanec√≠a casi todo el d√≠a en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. √Čl dejaba todas sus energ√≠as en cada canci√≥n. Pensando en Ella har√≠a bailar al mundo entero, har√≠a estremecer la vieja Europa.
El d√≠a que termin√≥ la grabaci√≥n fue a buscarla con flores. Compr√≥ una caja de ron, dos de agua t√≥nica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. √Čl puso la contestadora telef√≥nica y baj√≥ el timbre del tel√©fono. Ella quem√≥ incienso y se quit√≥ la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, √Čl dijo que ten√≠a una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al rev√©s y no es justo ocultar lo que siento… el disco est√° dedicado a ti, ya est√°n imprimiendo, tu nombre va a salir en la car√°tula de un disco que se vender√° en todo el mundo. -sonri√≥ y dio golpecitos en el coraz√≥n de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abraz√≥ su cuello lami√©ndole las orejas. Se estremeci√≥ porque las manos de √Čl volv√≠an a recorrer su espalda y la envolv√≠an toda. Bes√≥ sus labios.
-Soy feliz – dijo apart√°ndose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendr√° unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… d√©jame hacerte un tatuaje.
√Čl sinti√≥ una emoci√≥n extra√Īa y se mordi√≥ los labios. Bebi√≥ de la botella, casi a punto de estallar de la alegr√≠a y acept√≥. El dibujo era en la nuca, un extra√Īo dibujo, peque√Īo, particular. Cuando termin√≥ estaba borracho y exhausto por la posici√≥n de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarici√≥ su rostro, y se levant√≥ a beber agua t√≥nica, mientras lo ve√≠a adormecerse.
La gira de seis meses por Europa qued√≥ confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y parti√≥ con la promesa de una larga conversaci√≥n cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los √ļltimos tiempos.
-Este disco ser√° un √©xito, lo s√© – dijo √Čl tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiar√° tu vida, te lo auguro – dijo Ella, tendida junto a √Čl.
-Cambiar… – dijo √Čl y gir√≥ su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito m√≠o… estaba pensando, ¬Ņqu√© tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
√Čl cerr√≥ los ojos y volvi√≥ a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpi√≥ agregando que adem√°s ten√≠a otro amante, no dir√≠a su nombre, era un cineasta espa√Īol, s√≥lo eso. Tampoco le parec√≠a una buena acci√≥n eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. √Čl se frot√≥ la cara, no quiso creer.
-Pero ¬Ņy entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarici√≥ el rostro y se levant√≥ sacudi√©ndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompa√Īarla, no era tarde, y su amante espa√Īol vendr√≠a a recogerla muy cerca de all√≠. √Čl se levant√≥ para decir algo pero termin√≥ tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. – dijo Ella golpe√°ndole el coraz√≥n- ¬ŅAlguna vez dije que te amaba? ‚Äďbes√≥ su mejilla h√ļmeda de sudor y dio unos pasos- ¬ŅSabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… t√ļ que andas por el mundo podr√°s reconocer mi marca, hay muchos por ah√≠ con ese dibujo en la nuca… -sonri√≥- Y todos son famosos…
√Čl era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un √©xito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. √Čl estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella ten√≠a un amante.

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Acaba de aparecer en Paris, con el t√≠tulo de Les Vies Parall√®les, la traducci√≥n al franc√©s de Las Vidas Ajenas, obra con la que Jos√© Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en Espa√Īa la novena edici√≥n del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasi√≥n que merece celebrarse y nosotros lo hacemos tray√©ndolo como convidado a este blog.
Jos√© es otro de esos viejos amigos y compa√Īeros de andanzas en este y en aquel lado del Atl√°ntico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conduc√≠amos rumbo a la costa del Pac√≠fico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se ve√≠a la ruta. La mayor√≠a de los autos hab√≠an desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los rel√°mpagos.
Me recuerdo tambi√©n, en ese mismo viaje, qued√°ndome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sue√Īo era para √©l la segura se√Īal de que su libro me aburr√≠a. Se trataba de La A√Īoranza del H√©roe. No sab√≠a √©l que yo la consideraba, y la considero a√ļn, una de las mejores novelas que hab√≠a le√≠do en los √ļltimos a√Īos.
En otra ocasi√≥n memorable, junto con Daniel Mordzinski y Jos√© Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde naci√≥ Julio Cort√°zar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.

ESCENA DECIMOQUINTA

PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¬ŅAhora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¬ŅTe importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¬ŅEs ese el t√≠tulo?
PI No, el tema.
PD ¬ŅY el t√≠tulo?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¬ŅDebemos ser tolerantes?
PD ¬ŅMe preguntas a m√≠?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar t√ļ la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¬Ņes buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simult√°neamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situaci√≥n expuesta y fr√°gil a la sociedad de quienes van con nosotros. √Čstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des m√°s vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Aj√°.
PI Entonces, ¬Ņc√≥mo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI √önicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¬ŅY es beneficiosa para el √°nimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No ir√°s a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teor√≠a, pero su sentido pr√°ctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien com√ļn.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: t√ļ, si pudieras, prohibir√≠as una representaci√≥n blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y ma√Īana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los dem√°s: no hay un patr√≥n inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¬Ņno prohibir√≠as si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que s√≠, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imb√©cil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibir√≠a por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en p√ļblico, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligaci√≥n moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibir√≠a al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teor√≠a, me veo obligado a ser autoritario en la pr√°ctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Adem√°s, ¬Ņest√°s preparado para o√≠r una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.

(Silencio.)

PD Ahora que lo pienso, ¬Ņse estar√°n aburriendo?
PI ¬ŅQui√©nes?

(El PD se√Īala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)

¬ŅY a qui√©n le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.

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En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos tambi√©n una s√≥lida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector y sin jam√°s torcer el hilo del relato, nuestro trabajo se salpique a menudo de gui√Īos mutuos, de bromas privadas, de silenciosos apretones de mano. Mi relaci√≥n con Jos√© Manuel Fajardo (Granada, 1957) adem√°s del ininterrumpido y profundo trato personal tiene mucho de eso. √Čl me hizo personaje de un cuento de mar, el titulado Como una Isla, y yo le respond√≠ en otro de los m√≠os, El √öltimo Abordaje del Don Juan, mandando al fondo del oc√©ano, con todo y su nav√≠o, al capit√°n pirata de su novela El Converso. Fue √©l tambi√©n quien, entre los jamesons en las rocas de una taberna del Bilbao, me cont√≥ la historia de Cristobalillo, el criadito Ta√≠no de Bartolom√© de las Casas en quien yo basar√≠a despu√©s mi novela El Cielo a Dentelladas. S√≥lo era, pues, cuesti√≥n de tiempo el que Jos√© Manuel Fajardo hiciera escala en las p√°ginas de Los Convidados. Aqu√≠ est√°. Nos ha enviado un texto hasta ahora in√©dito en idioma espa√Īol. Una Carta al lector ideal. Se las presento a ustedes con mi reconocimiento y gratitud al autor. Ojal√° la disfruten tanto como yo.

Carta al lector ideal

¬ŅC√≥mo se encabeza una carta dirigida a un ser de quien apenas se sabe nada? ¬ŅCon un saludo formal, respetuoso, distante? ‚ÄúEstimado se√Īor‚ÄĚ, por ejemplo, o ‚ÄúMuy se√Īor m√≠o‚Ä̂Ķ Pero es raro tratar de ese modo a quien ha compartido con uno tantas horas, durante tantos meses. Porque ese alguien desconocido forma ya parte, sin embargo, del paisaje dom√©stico y ante √©l se ha bostezado imp√ļdicamente. Ese alguien te ha visto desesperarte o morirte de risa, pasear inquieto por tu casa o tomar un caf√© distra√≠damente mientras escuchas m√ļsica. Esa es la esencia contradictoria del lector: su an√≥nima proximidad. El lector es el fantasma que puebla el castillo imaginario de la fantas√≠a del escritor. Una presencia permanente que te acompa√Īa y vigila, que te interpela y te inquieta. Un ser invisible y, sin embargo, presente a tal extremo que acaba resultando tan familiar como un viejo amigo de infancia. Quiz√° ese sea el trato adecuado, el de una intimidad afectuosa, una intimidad de aquellas que autorizan tanto al abrazo como a la discusi√≥n. Sea pues as√≠:

Querido amigo,

Empiezo esta carta con la sensaci√≥n de ir a contarte algo que t√ļ ya sabes. Porque as√≠ es nuestra relaci√≥n: t√ļ sabes tantas cosas de m√≠ y, en cambio, yo de ti s√© tan pocas‚Ķ Siempre juegas con ventaja. Pero yo har√© como hago siempre: escribir y escribir como si estuviera descubri√©ndote un mundo y confiar en que, pese a todo, entre lo que ya sabes o intuyes de m√≠ y de este arte extra√Īo de la escritura, se cuele alguna idea, alguna experiencia que te sean nuevas, que muevan tu curiosidad, que sirvan para que se crezca esta amistad inmaterial, construida con la rara alquimia de mezclar dos soledades en un crisol de papel.
Tengo que decirte, para empezar, que todo escritor lleva un lector dentro. M√°s a√ļn, es ese lector primero que fuimos el que nos impulsa a emprender el camino de la escritura. Y es a ese lector al que se busca complacer con lo escrito. Por ello, la tan escuchada frase, empleada por muchos autores, de que en realidad se escribe para uno mismo no resulta en absoluto incompatible con la idea, defendida por otros autores, de que se escribe para los dem√°s. Si el lector que cada escritor lleva dentro es el primer destinatario de lo escrito, tambi√©n es, en cierto modo, el representante de la mirada ajena, el portavoz del Otro en los dominios de intimidad de la creaci√≥n literaria. La sensaci√≥n de ajenidad que provoca la lectura de un texto propio, una vez terminado e impreso, no hace sino confirmar esa dualidad. Debes saberlo, pues: t√ļ y yo somos iguales. Ya lo dijo Baudelaire y si yo no he de llamarte hip√≥crita, s√≠ que estar√°s de acuerdo conmigo en que t√ļ y yo fingimos no darnos cuenta de esa igualdad. Eso forma tambi√©n parte del juego: ambos necesitamos de la admiraci√≥n para jugarlo y es dif√≠cil admirar a quien se ve como un igual. T√ļ juegas a verme como un artista y yo a creer que lo soy. Pero uno nunca deja de ser quien fue mucho antes de que la vanidad viniera a enredarlo todo: un emigrante criado en una barriada de clase media baja, con muchos m√°s sue√Īos en la cabeza que medios para hacerlos posibles, en mi caso. Lo dem√°s es teatro.
La voracidad lectora del escritor suele ser tan compulsiva y omnívora como lo son el resto de las fuentes de las que bebe la inspiración creativa: la propia vida, las de las personas que conocemos, la memoria histórica, las anécdotas de la actualidad cotidiana, los paisajes que hemos visto o de los que nos han hablado, la memoria familiar… Pero la inspiración literaria se nutre en primer lugar de lo escrito por otros, del acervo histórico de lo que llamamos literatura clásica, proveedora de modelos a imitar o a denostar pero, en cualquier caso, fundamentales para confrontar la propia creación; y también de la corriente viva de la literatura coetánea, la que van produciendo otros escritores durante nuestra vida.
Yo recuerdo con precisi√≥n las horas de lectura en la habitaci√≥n de mi infancia, un cuarto feo y peque√Īo con una ventana que daba a un patio interior por el que bajaban y sub√≠an incesantemente los ascensores. Las p√°ginas de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe, de La Atl√°ntida o de Viaje al centro de la Tierra me llevaban muy lejos de aquel mundo gris y trist√≥n y me hac√≠an so√Īar que otra vida era posible. Recuerdo el sentimiento de fatalidad de Los √ļltimos d√≠as de Pompeya y la primera intuici√≥n del erotismo en la aventura gal√°ctica de la novela N√≠nive, de Larry Niven. Yo quer√≠a ser Miguel Strogoff y el capit√°n de quince a√Īos que se refugiaba en los termiteros. De igual modo jugu√©, a√Īos despu√©s, a meterme en el pellejo del enamorado herido de Adi√≥s a las armas o del duro y sentimental detective Philip Marlowe. Durante los convulsos a√Īos de la adolescencia me sent√≠ tan apresado como el se√Īor K. de El proceso y tan fuera del mundo y de sus convenciones como el Molloy de Beckett. Le√≠ tanto y tan apasionadamente que de alg√ļn modo contraje la enfermedad quijotesca de Alonso Quijano y si no batall√© contra molinos de viento s√≠ que confund√≠ una y mil veces la realidad con mis deseos y me vi volteado por las aspas de remolinos sentimentales que me dejaron m√°s vapuleado que escarmentado. Con la presunci√≥n propia de todo lector, que al apropiarse del libro con su lectura se considera a s√≠ mismo tan √ļnico como el universo que acaba de reinventar en su fantas√≠a, me he considerado siempre el lector ideal de algunos autores. De Stevenson, Verne, Chandler, Auster, Borges y Grahan Greene desde luego. De Kafka, Dos Passos, Cervantes, Calvino y Cort√°zar, probablemente. S√≠, ya lo s√©, ya te veo protestando, exigiendo para ti ese mismo papel respecto de esos mismos autores. No te lo voy a discutir. Los escritores son as√≠, gente promiscua que abre su intimidad a cuantos quieran penetrarla, y con ellos no valen los celos. Pero te aseguro que la obra de la que nunca me he sentido lector ideal ha sido precisamente la m√≠a.
Yo s√© (eso s√≠ que lo s√©) que t√ļ est√°s siempre presente en mi imaginaci√≥n mientras escribo. No busco adularte ni ponerte las cosas demasiado f√°ciles, pero s√≠ me interrogo cada poco sobre lo que t√ļ pensar√°s de lo que yo estoy escribiendo. Trato de imaginar tus reacciones, intento ponerme en tu lugar. T√ļ no sabes nada de la narraci√≥n que yo escribo y que t√ļ leer√°s m√°s tarde (ese es el √ļnico terreno en el que yo te llevo ventaja), y yo debo adivinar, al escribirla, c√≥mo reaccionar√°s a mis palabras, para tenderte mis celadas, para trazar la ruta que te lleve de la primera a la √ļltima p√°gina del libro sin que en el camino se te agoten las ganas de seguir leyendo. Es como un encantamiento que no puede surtir efecto si en la cocci√≥n faltan esos inevitables cabellos de la v√≠ctima de los que siempre hablan los cuentos. S√≥lo que yo no s√© de qu√© color es tu pelo ni d√≥nde podr√© hallar el mech√≥n que me sirva para el sortilegio. Me muevo a ciegas, manoteo a mi alrededor sin hallar nada cierto. Y a√ļn as√≠ avanzo, quiz√° porque todo escritor es en el fondo un temerario que se lanza al vac√≠o confiando en que unos desconocidos hayan desplegado all√° abajo una salvadora red de atenci√≥n.
Muchas veces he tratado de ponerte rostro, incluso de darte un nombre. No s√© si por curiosidad o por tranquilidad, no s√© si por jugar a desenmascararte o por acomodarme a una mentira que aleje de m√≠ la inquietud que tu rostro sin facciones me provoca. Cuando era ni√Īo y disfrutaba del temprano descubrimiento de la embriaguez de las palabras, t√ļ ten√≠as todos los rostros de mis compa√Īeros de clase. Para ellos escrib√≠a absurdas comedias polic√≠acas que luego le√≠a ante la mirada satisfecha del profesor. Y cada una de sus risas, incluso de sus comentarios chuscos, que no faltaban, me llenaba de una rara felicidad. Pero los compa√Īeros de clase se fueron con la misma velocidad que los a√Īos de la infancia y ya no hubo m√°s lectores colectivos y cotidianos. Durante alg√ļn tiempo, te adjudiqu√© el rostro de las mujeres que amaba. Escrib√≠a para ellas y ellas sal√≠an de mi vida con lenta pero inexorable puntualidad de reloj suizo, llev√°ndose consigo mis expectativas literarias.
Fue después de publicar mi primer libro (después de una interminable retahíla de manuscritos penosos cuando no ridículos) cuando empecé a buscar el lector ideal de mis textos en los críticos literarios. La desilusión fue tan inmediata como contundente. Las más de las veces me preguntaba si realmente el crítico de turno, más allá del juicio benévolo o desfavorable a mi obra, había leído realmente lo que yo había escrito y, si lo había hecho, me asaltaba la amarga duda de si se habría enterado de algo. Aquello me produjo deprimentes pensamientos sobre mi capacidad de comunicación y sobre la calidad de lo que escribía. Más tarde, leyendo los artículos que aquellos mismos críticos publicaban sobre los libros de otros autores que yo había leído y que admiraba, comprendí que el problema no estaba en mí (independientemente de que mi textos fueran buenos o malos) sino en un colectivo aquejado de una rara animadversión hacia el objeto de su trabajo de la que apenas unos pocos escapan.
Pero de esa comparaci√≥n surgi√≥ con fuerza la idea de que t√ļ, mi lector ideal, quiz√°s fueras en realidad un igual en el sentido m√°s literal de la palabra. Es decir, otro escritor. Record√© la frase de Leopoldo Alas ‚ÄúClar√≠n‚ÄĚ, cuando afirmaba que hab√≠a escrito su novela La Regenta para cuatro o cinco personas ‚Äúy en especial para don Benito P√©rez Gald√≥s‚ÄĚ. Ciertamente, Clar√≠n tuvo poca suerte en la elecci√≥n de su lector ideal porque su admirado Gald√≥s tard√≥ a√Īos en darse por aludido y s√≥lo public√≥ la rese√Īa de La Regenta en el momento en que ‚ÄúClar√≠n‚ÄĚ agonizaba. Yo he tenido mejor fortuna y escritores como Luis Sep√ļlveda, Bernardo Atxaga, Antonio Sarabia, Santiago Gamboa, Rosa Montero, Antonio Mu√Īoz Molina o Julio Llamazares han sido lectores de mis libros y sus lecturas me han llenado de alegr√≠a. Pero en realidad no son tanto lectores como c√≥mplices que leen con una mano y corrigen con la otra, pues sus consejos y cr√≠ticas han contribuido en gran medida a que mis libros sean lo que son.
¬ŅQui√©n eres t√ļ, pues? ¬ŅTan s√≥lo una sombra que, a la manera shakespereana, me tutela y vigila? ¬ŅDebo conformarme pues con esta tarea de ciego? La verdad es que la vida no suele ofrecer respuestas simples, por mucho que los humanos nos esforcemos en reducirla a esquemas manejables. Tampoco lo hace en este caso, o al meno eso creo yo hoy, ahora.
He descartado muchos otros rostros para ti, además de los ya citados, entre ellos los de mis propios editores. Sé bien que es tras convencerles a ellos que el libro realmente se convierte en eso, un libro y no un montón de folios guardados en un cajón, pero precisamente ese papel decisivo les otorga un poder sobre la obra que les impide ser los lectores ideales. Son sin duda los lectores necesarios, pero hay demasiados condicionantes extraliterarios, desde la mercadotecnia hasta las luchas de poder dentro de las casas editoras, que distorsionan su lectura.
Durante estos a√Īos, libro tras libro, he asistido a decenas de presentaciones de mis novelas en Espa√Īa y fuera de Espa√Īa. He dado conferencias delante de dos estudiantes en la Universidad de Oviedo (de hecho les invit√© a una cerveza en el bar de la esquina porque parec√≠a m√°s natural charlar as√≠ con ellos que fingir un acto p√ļblico en una sala vac√≠a en la que s√≥lo est√°bamos tres personas) y ante m√°s de un millar en el teatro de Mantova. He hablado con profesores universitarios franceses, marinos venezolanos, bibliotecarios salmantinos, alumnos de bachillerato de Gij√≥n, historiadores vascos y cocineros castellanos. He escuchado hablar de Nagala, la india que aparece en Carta del fin del mundo, con la vehemencia de un enamorado e incluso he sabido que ese nombre (del que soy creador pues fue pura invenci√≥n para designar al personaje de mi novela, construido por cierto a partir de la idea de integrar el nombre de una famosa musa de artistas, la Gala de Dal√≠ y Eluard, como parte del fonema) es el que lleva hoy una ni√Īa espa√Īola cuya madre acudi√≥, todav√≠a embarazada, a pedirme que le dedicara un ejemplar del libro. He encontrado lectores que me piden una segunda parte de El converso y otros que se han reconocido (tanto hombres como mujeres) en las angustias y las confesiones del narrador de Una belleza convulsa. He hablado con cubanos, mexicanos, franceses, italianos, alemanes, griegos, portugueses, argentinos, peruanos, uruguayos, espa√Īoles‚Ķy creo por fin haber comprendido el mensaje que de alguna manera me han transmitido colectivamente: T√ļ, lector ideal, cual si de un ser demon√≠aco se tratara, bien puedes decir ‚ÄúSoy legi√≥n‚ÄĚ. Porque el tuyo no es un rostro √ļnico, individual. Eres muchos, como representaci√≥n material de esos Otros que habitan dentro de cada ser humano y de cuya existencia de alg√ļn modo da cuenta toda literatura. Tambi√©n la m√≠a. T√ļ, lector ideal, eres aquel que en un momento dado toma mi libro en sus manos y comparte conmigo sus emociones, sus dudas, sus incertidumbres. Y, al hacerlo, agrandas, alargas, enriqueces el libro, lo completas con tus vivencias, lo haces ubicuo pues mientras reposa en tu mesa de noche t√ļ lo llevas contigo, enredado en tus pensamientos. Tal y como he hecho yo tantas veces con los libros de otros. T√ļ, lector ideal, eres quien ahora lee esta carta y encuentra en ella un eco familiar. Por eso te escribo. Desde la proximidad de las palabras, con la esperanza de que todo lo escrito no sea un grito en el vac√≠o sino un paso m√°s en este largo di√°logo que mantengo contigo desde que, a los ocho a√Īos de edad, descubr√≠ que contando historias el mundo se hac√≠a m√°s grande y m√°s vivible y, sobre todo, menos solitario.
Por eso me despido de ti hasta pronto, hasta que nos volvamos a encontrar en las p√°ginas de otro libro.
Recibe un abrazo grande de
José Manuel Fajardo.

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