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	<title>Los Convidados &#187; Jorge Luis Borges</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>La Vocación Suspendida, ahora en América Latina</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Aug 2009 01:05:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sábado 22 de agosto a las once de la mañana en el marco de la feria del libro de Bogotá, Sala José Eustacio Rivera, la editorial Travesías, en combinación con el Ministerio de Cultura de la república de Colombia, presentará el poemario La Vocación Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poesía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sábado 22 de agosto a las once de la mañana en el marco de la feria del libro de Bogotá, Sala José Eustacio Rivera, la editorial Travesías, en combinación con el Ministerio de Cultura de la república de Colombia, presentará el poemario La Vocación Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos en 2007.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mendinueta_6404_M-5.jpg?t=1249261210" alt="Mendinueta_6404_M-5.jpg picture by antoniosarabia" />El poemario ya vio la luz en Europa, publicado en 2008 por la editorial sevillana Point de Lunettes, y fue el libro más vendido durante el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón ese mismo año. Ahora es una editorial colombiana, con el patrocinio del Ministerio de Cultura, la que se lanza a publicarlo en América Latina. Desde Los Convidados felicito a Lauren por esta nueva edición de su hermoso poemario y a los editores de Travesías cuya incipiente colección Palabra de Poeta cuenta ya con autores de la talla de Aurelio Arturo, Homero Aridjis y Giorgios Seferis. Para celebrar el acontecimiento ofrezco a los lectores de Los Convidados el prólogo del libro, redactado por William Ospina quien se encuentra hoy en Caracas, Venezuela, recibiendo el Rómulo Gallegos, y algunos poemas de La Vocación Suspendida. Que los disfruten.</p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-1080"></span>.</span><br />
PRÓLOGO DE WILLIAM OSPINA</p>
<p>Verlaine aconsejaba una poesía de los matices y no del color (<em>Pas la couleur, rien que la nuance</em>), Borges hablaba del espíritu de una mujer hecho a discriminar, y ejercitado/ en la vacilación y en los matices, y Emily Dickinson comienza uno de sus poemas diciendo: <em>Dí toda la verdad, mas dila al sesgo / el logro está en decirla oblicuamente</em>.<br />
Pocas veces se encuentra uno con una poesía cuya primera intención es no cautivar, no deslumbrar, discurrir en matices y alusiones y no en verdades contundentes. Quien se detiene en este libro de Lauren Mendinueta, &#8220;La vocación suspendida&#8221;, y quien vuelve a sus versos, reconoce una voz que se destaca por su sosiego, que juega a ser un hilo de agua, una reflexión íntima, que no mira sino apenas se asoma, que no quiere ver las cosas de frente sino al sesgo, y que no las ve perderse en la distancia sino en el alma:</p>
<p><em>Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo,<br />
desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña.<br />
Se deslizan hacia el olvido de la mirada&#8230;</em></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartulalauren.jpg?t=1249260078" alt="cartulalauren.jpg picture by antoniosarabia" />Poemas hechos para que sintamos que está a punto de ocurrir una revelación, ésta no es una poesía que se vanaglorie de una existencia heroica o admirable. Quien teje las palabras prefiere compararse con la partícula de polvo que vuela por las habitaciones, con el insecto que reposa junto al estanque, y en vez de navegar por mares insólitos se muestra solamente como la mujer que pierde los barcos en la esfumatura de la niebla. Hay en su voz una voluntad de austeridad y casi de anonimato, un querer demorarse en lo apacible y en lo indiferenciado, una delicada renuncia a las vanidades de la identidad. Y es especialmente conmovedor, en esta edad de estampas y de apariencias, de reflectores y de pasión desesperada por los escenarios, oír a una joven diciendo:</p>
<p><em>Cuando me miro al espejo me sorprende lo común<br />
que parece mi rostro, y me digo:<br />
es bueno ser tan común, no te asustes</em>.</p>
<p>En &#8220;La vocación suspendida&#8221;, Lauren Mendinueta persiste en esa estética delicada y pensativa que ya estaba en otros poemas suyos:</p>
<p><em>El triunfo de lo invisible<br />
carece de espectáculo,<br />
mientras incluso en la derrota<br />
lo visible gana  notoriedad</em>.</p>
<p>La íntima convicción de estar obedeciendo a sus más arraigadas obsesiones:</p>
<p><em>Creo en los signos secretos,<br />
en las llamadas sin responder<br />
y en ciertos árboles abandonados<br />
en la orilla equivocada de los caminos.</em></p>
<p>Y es esa vocación de sutileza y de pensamiento la que le permite acuñar este aforismo, a la vez filosófico y musical:</p>
<p><em>El tiempo no se mide, se interpreta.</em></p>
<p>William Ospina</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<!--more--><br />
</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>EL DOMINIO</p>
<p>Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo,<br />
desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña.<br />
Se deslizan hacia el olvido de la mirada,<br />
hacia el coro urdido por el silencio, o más allá.<br />
En esta cárcel, mi condena,<br />
la muerte está sentada al otro lado de la salida.<br />
No me abandonará por ahora,<br />
ella seguirá presa en mí, mientras afuera llueve<br />
y el recordado azul del cielo se vuelve agua en los cristales.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
LA ERRANCIA Y LA PROXIMIDAD</p>
<p>El vuelo de las gallinas no es muy distinto<br />
al vuelo de las horas;<br />
a pesar de los intentos fallidos<br />
nunca aceptan su limitada naturaleza.<br />
La hora es la medida indistinta del día humano,<br />
la gallina cobarde de la inmortalidad divina.<br />
Lo más lejano ocurre con la gracia de lo imposible,<br />
mientras el presente se deshace, fluye.<br />
El tiempo no se mide, se interpreta:<br />
así lo enseña la música.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
EL ESPEJO QUE HUYE</p>
<p>En la orilla de las aguas inmemoriales,<br />
junto al abandono de la contemplación,<br />
mi tristeza se desliza hasta tocar lo puro,<br />
lo inmaculado de esas aguas rebeldes<br />
donde el reflejo de mi rostro me observa.<br />
Estoy sola, contemplada por mí misma,<br />
juzgada y condenada a existir ahora,<br />
más triste que nunca en la certeza<br />
de que me he negado el perdón.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
LECTURA DOMINICAL</p>
<p>Leo en los periódicos la ironía profunda<br />
de lo que pretende hacerse pasar por real.<br />
Reemplazamos el mundo por las noticias sobre el mundo,<br />
en eso andamos.<br />
Nacen y se van olvidando los recuerdos,<br />
ignorados por el canto insoslayable de nuestra predilección.<br />
Es mejor ir por la vida de ignorantes<br />
que pretender saber qué ocurre,<br />
es decir, mejor errar en lo que aprueba el destino<br />
que representar el error,<br />
eso me digo ante lo que no veo.<br />
En mi cabeza, donde no está fuera el corazón,<br />
hago un repaso del tiempo<br />
para encontrarme ante las mismas preguntas:<br />
¿Ya ocurrió? ¿Ocurrirá? ¿No ocurrirá?<br />
La actualidad enmohecida no me dará  respuesta.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>P.S. Las fotos de Lauren Mendinueta, tanto la que presento al inicio del blog como la que adorna la portada de La Vocación Suspendida publicada por la editorial Travesías, fueron tomadas por el célebre fotógrafo argentino Daniel Mordzinski. También a él, gracias por su amistad y colaboración.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
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		<title>El ajedrez en la literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 09:33:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 211px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chess1.jpg?t=1245515561" alt="chess1.jpg picture by antoniosarabia" />El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago Gamboa, íbamos por las noches al acogedor bar del hotel Ritz, el Hemingway, donde entonces había instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ahí jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y él cierta bebida exótica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero había ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomodábamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repetía una frase que se ha hecho célebre entre los dos: &#8220;¿cómo quedamos la última vez&#8230; dos a uno, verdad?&#8221;.</p>
<p>Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasión por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poesía, hasta se entretenía componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eterónimo Ricardo Reis, me encontré con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduciéndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez algún lector portugués me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice <em>E o de marfim peão mais avançado / pronto a comprar a torre, </em>¿Qué significa en portugués, en términos ajedrecísticos<em> comprar a torre? </em>Yo tuve la opción de traducir<em> listo a tomar la torre, </em>pero pensé, mala intución tal vez, que como era el peón más avanzado estaba a punto de llegar a la última hilera y<em> convertirse en torre.</em><em><span style="font-style: normal;"> Cualquier aclaración al respecto será más que bienvenida. S</span><span style="font-style: normal;">e me ocurre publicar la traducción ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le podía considerar un verdadero fanático del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la página.</span></em><span id="more-961"></span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LOS JUGADORES DE AJEDREZ<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Oí contar que otrora, cuando Persia<br />
tenía no sé qué guerra<br />
mientras la invasión ardía en la ciudad<br />
y las mujeres gritaban<br />
dos jugadores de ajedrez jugaban<br />
su juego continuo.</p>
<p>A la sombra del amplio árbol escrutaban<br />
el antiguo tablero<br />
y, al lado de cada uno, esperando sus<br />
momentos más holgados<br />
cuando había movido la pieza, y ahora<br />
le tocaba al adversario<br />
una jarra de vino refrescaba<br />
frugalmente su sed.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ffffff;">&#8230;</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chessarabs-2.jpg?t=1245518192" alt="Chessarabs-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ardían casas, se saqueaban<br />
las arcas y los nichos,<br />
violadas, las mujeres eran puestas<br />
contra muros caídos,<br />
traspasadas por lanzas, las criaturas<br />
eran sangre en las calles&#8230;<br />
Mas donde estaban, cerca la ciudad<br />
y lejos su ruido,<br />
los jugadores de ajedrez jugaban<br />
el juego de ajedrez.</p>
<p>Aunque en los mensajes del infértil viento<br />
les viniesen los gritos<br />
y, al reflexionar, supiesen en su alma<br />
que en verdad a las mujeres<br />
y a las tiernas hijas se violaban<br />
en la contigua distancia,<br />
y aunque en el momento en que pensaban<br />
una sombra ligera<br />
les cruzase la frente, ajena y vaga,<br />
pronto a sus ojos calmos<br />
retornaba su confianza atenta<br />
con el tablero viejo.</p>
<p>Cuando el rey de marfil está en peligro<br />
¿qué importan la carne y los huesos<br />
de las hermanas, las madres o los niños?<br />
Cuando la torre no cubre<br />
la retirada de la reina blanca,<br />
poco importa el saqueo.<br />
Y cuando la mano confiada pone en jaque<br />
al rey del adversario,<br />
poco pesa en el alma que allá lejos<br />
estén muriendo hijos.</p>
<p>Aunque de repente, sobre el muro,<br />
asome la sañuda cara<br />
de un guerrero invasor y en breve deba<br />
en sangre ahí caer<br />
el jugador genuino de ajedrez,<br />
el momento antes de ese<br />
(concentrado en el cálculo de un lance<br />
que hará horas después)<br />
sigue entregado al juego predilecto<br />
de los muy indiferentes.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 400px; height: 318px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess4-1.jpg?t=1245519325" alt="Chess4-1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Caigan ciudades, sufran pueblos, cese<br />
la libertad y la vida.<br />
Los haberes tranquilos y heredados<br />
ardan y se despojen,<br />
más cuando la guerra interrumpa las partidas<br />
esté el rey sin jaque<br />
o el blanco peón más avanzado<br />
listo a volverse torre.</p>
<p>Mis hermanos en amar a Epicuro<br />
y en entenderlo más<br />
de acuerdo a nosotros mismos que a él<br />
en la historia aprendamos<br />
de los calmos jugadores de ajedrez<br />
cómo pasar la vida.</p>
<p>Todo lo que es serio poco importe<br />
lo grave poco pese<br />
y el natural impulso del instinto<br />
que ceda al gozo inútil<br />
(a la sombra tranquila de los árboles)<br />
de jugar un buen juego.</p>
<p>Lo que sacamos de esta vida inútil<br />
da lo mismo si es<br />
gloria, fama, amor, ciencia o vida,<br />
como si fuese apenas<br />
la memoria de ganar la partida<br />
a un jugador mejor.</p>
<p>La gloria pesa como grueso fardo,<br />
la fama como fiebre,<br />
el amor cansa porque es serio y busca,<br />
la ciencia nunca encuentra,<br />
y la vida pasa y duele porque sabe&#8230;<br />
El juego de ajedrez<br />
prende el alma toda y, perdida, poco<br />
pesa, pues no es nada.</p>
<p>¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman<br />
con un jarro de vino<br />
al lado, sólo atentos a la inútil tarea<br />
del juego de ajedrez<br />
Aunque el juego sea apenas sueño<br />
y no haya compañero<br />
imitemos los persas de esta historia,<br />
y mientras allá afuera<br />
cerca o lejos, la guerra patria y vida<br />
nos llaman, toleremos<br />
que nos llamen en vano, cada uno<br />
bajo sombras amigas<br />
soñemos, él los compañeros, y el ajedrez<br />
su indiferencia.</p>
<p>Ricardo Reis</p>
<p>(traducción Antonio Sarabia)</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p style="text-align: center;">EL REY NEGRO</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessMagritte.jpg?t=1245516048" alt="ChessMagritte.jpg picture by antoniosarabia" />Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.  Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental&#8230;  Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja&#8230; Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después&#8230;  Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.  El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.  Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.  La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre. Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?  Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.  Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>AJEDREZ</p>
<p>1<br />
En su grave rincón, los jugadores<br />
rigen las lentas piezas. El tablero<br />
los demora hasta el alba en su severo<br />
ámbito en que se odian dos colores.</p>
<p>Adentro irradian mágicos rigores<br />
las formas: torre homérica, ligero<br />
caballo, armada reina, rey postrero,<br />
oblicuo alfil y peones agresores.</p>
<p>Cuando los jugadores se hayan ido,<br />
cuando el tiempo los haya consumido,<br />
ciertamente no habrá cesado el rito.</p>
<p>En el Oriente se encendió esta guerra<br />
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.<br />
Como el otro, este juego es infinito.</p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #ffffff;">..</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 472px; height: 199px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess61.jpg?t=1245516755" alt="Chess61.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
2<br />
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada<br />
reina, torre directa y peón ladino<br />
sobre lo negro y blanco del camino<br />
buscan y libran su batalla armada.</p>
<p style="text-align: left;">No saben que la mano señalada<br />
del jugador gobierna su destino,<br />
no saben que un rigor adamantino<br />
sujeta su albedrío y su jornada.</p>
<p>También el jugador es prisionero<br />
(la sentencia es de Omar) de otro tablero<br />
de negras noches y blancos días.</p>
<p>Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.<br />
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza<br />
de polvo y tiempo y sueño y agonías?</p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">P.S. Antes de montar esta entrada, escribí a Santiago Gamboa preguntándole si recordaba el nombre de aquella pócima extraña que con tanto deleite consumía en el Hemingway. Acabo de recibir su respuesta:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Querido Antonio, no solo no la he olvidado (perdona, no tengo tildes, estoy en el aeropuerto de Bangkok) sino que hace poco me tome uno: es el Singapur Sling. Collins, el tenderman del Ritz, que es norteamericano, habia ganado el concurso bianual de Singapur Sling que por lo general ganaba siempre el Hotel Raffles de Singapur, donde fue inventado.</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Un abrazo y otro muy fuerte a Lauren,</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Santiago</em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Queda, pues, hecha la aclaración. Tanto en el nombre de la bebida como en el del sitio en que ganó el certamen: Singapur y no Shanghai como yo dije antes. Evidentemente, al enviarme su email, Santiago no había leído aún Los Convidados de esta semana y por eso no hay referencia a los resultados de nuestras partidas de ajedrez. Ahí me toca a mí hacer la corrección. No es cierto que vayamos dos a uno como siempre recuerda Santiago. En nuestra amistad siempre ha habido un empate.</span></p>
<p><!--EndFragment--></div>
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		<title>Aurelio Arturo según William Ospina</title>
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		<pubDate>Mon, 11 May 2009 10:17:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>AURELIO ARTURO Y LA TIERRA QUE CANTA</p>
<p>En una fábula de Borges, el rey pide al poeta unas palabras que no sean la descripción de la batalla sino la batalla. Y es el propio Borges quien nos dice que la diferencia entre el lenguaje verbal y la música está en que el lenguaje quiere expresar la tristeza o la alegría, pero la música es la tristeza y es la alegría. Tal vez la poesía sea ese soplo de inspiración misteriosa que hace que las palabras dejen de ser una alusión a la realidad, un modo de interrogarla o definirla, y se exalten mágicamente en esa realidad que están nombrando.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 315px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/aurelioarturo1.jpg?t=1242036205" alt="aurelioarturo1.jpg picture by antoniosarabia" />Los países americanos de habla española vivieron durante siglos una dificultad casi inefable para que la lengua, llegada de tan lejos, expresara de un modo pleno el territorio. Pero ese fue su esfuerzo desde el comienzo, desde aquellas tardes del siglo XVI cuando Juan de Castellanos intentaba nombrar minuciosamente selvas y lagos, jaguares y anacondas, el salto venenoso de la rana escarlata y la dentellada del caimán en el flanco de la canoa. Esas crónicas tempranas ya vivían el anhelo de encontrar en la geografía ignota de America un hogar, una patria, y sólo así podemos entender la emoción de estas palabras de las &#8220;Elegías&#8221;: Tierra buena, tierra buena,/ tierra que pone fin a nuestra pena. Tardaría mucho en llegar esa alianza plena de la lengua con el mundo americano.<br />
Todo poeta hace sentir el amor por la tierra, pero en ningún poeta hispanoamericano que yo conozca se han fundido tanto una lengua y un territorio como en Aurelio Arturo, quien en la primera mitad del siglo XX vivió una de las aventuras más secretas y conmovedoras de la lengua castellana en América, y gracias a ella construyó con el lenguaje lo que él mismo llamaría su &#8220;Morada al Sur&#8221;.<br />
Ese era desde siempre un anhelo continental. Estaba en José Hernández y en Othón, en Bello y en Gutiérrez González. Y después de la aventura magnífica de los modernistas, que le dieron nueva gracia, elasticidad y eufonía a la lengua, pero que se proponían menos ser la voz de un territorio que el temblor de una época, algunos poetas de Hispanoamérica de los años treinta y cuarenta del siglo XX se propusieron tareas muy distintas por cierto de las que se trazaban los españoles de la generación del 27: los americanos necesitaban con urgencia que esa lengua tan nueva arraigara poderosamente en la tierra y la erigiera en morada. Así vimos aparecer a López Velarde en México, a César Vallejo en el Perú, a Carlos Mastronardi en Argentina, a Aurelio Arturo en Colombia y a Pablo Neruda en Chile.<br />
<span id="more-807"></span>Otros poetas no lograron escapar de lo pintoresco y lo decorativo, otros están más centrados en sí mismos que en la tierra que nombran, hacen sentir con intensidad su yo desgarrado y alzan vuelo hacia territorios imaginarios. Pero la labor de estos poetas de la tierra: intensos, concentrados, lúcidos, modestos, fue fundamental para el reencuentro de la América hispánica con la complejidad de su territorio e inauguró una edad de asombros sólo comparable a la del primer descubrimiento, una edad que aún no termina.<br />
López Velarde está pensando amorosamente su tierra mexicana, (Suave patria, vendedora de chía/ quiero raptarte en la cuaresma opaca, / sobre un garañón, y con matraca, / y entre los tiros de la policía).  &#8220;La suave patria&#8221; es el hermoso altar de la patria mestiza, que le debe por igual a la sensibilidad de Gutiérrez Nájera, a la pasión telúrica de Othón, a la elegancia helénica de Alfonso Reyes, y a la colorida imaginación de Diego Rivera. César Vallejo, (¿Qué estará haciendo a esta hora/ mi andina y dulce Rita de junco y capulí/ ahora que me asfixia Bizancio y que dormita/ la sangre, como flojo coñac, dentro de mí?) está impregnado hasta los húmeros del humus andino y, carcomido de nostalgia, deja oír en su voz, a veces hasta el desgarramiento verbal, esa doble frontera con la Francia surrealista y con el Perú prehispánico que hace que la lengua casi desespere de sí misma. Carlos Mastronardi nos dio en &#8220;Luz de Provincia&#8221; uno de los poemas más plenos de la lengua, (Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre,/ sus costas están solas y engendran el verano,/ quien mira es influido por un destino suave,/ cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado&#8230;) y destila una voz amorosa y traviesa que se fusiona con la provincia de Entrerríos y con la Argentina toda, esquivando los énfasis de Almafuerte, las estampas de Carriego, el bordoneo de la estrofa gaucha, la orfebrería de Lugones y el peso de la biblioteca universal de su amigo y compañero de caminatas por las calles nocturnas, Jorge Luis Borges. Neruda es muchos poetas distintos, un poeta del amor, un poeta vanguardista, un poeta político, un poeta de la vida cotidiana y un poeta de la naturaleza, y en todos esos tonos renovó la música verbal, pero es esencialmente un poeta de la tierra y logra convertir a la lengua en expresión de su entrañable refugio chileno: (Todo lo que viví galopando en aquellas/ estaciones perdidas, el mundo de la lluvia/ en las ventanas, el puma en la intemperie/ rondando con dos puntas de fuego sanguinario./ Y el mar de los canales, entre túneles verdes/ de empapada hermosura, la soledad, el beso/ de la que amé más joven entre los avellanos,/ todo surgió de pronto cuando en la selva el grito/ del chucao cruzó con sus sílabas húmedas).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 480px; height: 295px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/aureli1jpg-1.jpg?t=1242036954" alt="aureli1jpg-1.jpg picture by antoniosarabia" />De todos ellos tal vez Aurelio Arturo es el más secreto. No procuró jamás figurar como poeta, era cortés, silencioso, casi invisible. Ni siquiera parecía dedicarse a la poesía: era un abogado, un oscuro magistrado de tribunal, un periodista de ocasión, y en la soledad de su biblioteca un lector voraz, un apasionado de la antropología y la literatura, un lector de Dante y de Cervantes, de la poesía inglesa y francesa, un callado discípulo de T. S. Eliot y de Saint John Perse, de Neruda y de Wordsworth. Tal vez nadie como él encontró la perfecta fusión de la lengua y la tierra, ese recóndito manantial en donde las palabras atrapan el misterio profundo de la realidad y lo revelan en la alquimia irreductible de la poesía.<br />
Desde sus años tempranos en La Unión, Nariño, cerca de las cavernas de Berruecos, donde fueron asesinados en el siglo anterior el mariscal Antonio José de Sucre y el poeta Julio Arboleda, desde los primeros asombros en tierras de su padre, en su temprana relación con la naturaleza, con las nodrizas negras, con la música de su madre en el piano, que llenaba de ángeles de música toda la vieja casa, y su conocimiento de aquellos hombres que iban en ligeras canoas por los ríos salvajes, y la llegada de los libros que se abrían y se cerraban en los cuartos mientras la noche estrellada hervía afuera, todo en Aurelio Arturo era la búsqueda de un lenguaje que no fuera la descripción del mundo de su infancia sino ese mundo de la infancia ya condensado para siempre en la música.<br />
Es curioso que dos hombres, en los dos extremos de Colombia, Gabriel García Márquez y Aurelio Arturo, hayan sido capaces de construir con el recuerdo de su infancia un mundo de delirio y de fábula que nos parece más intenso y más bello que el mundo real. García Márquez condensó los mitos del Caribe, el hilo de la sangre del hijo que viaja por el pueblo buscando a su madre para darle la noticia de su muerte, la sensualidad perturbadora de esas mulatas cuya risa espanta a las palomas, la elocuencia de la lengua expresando el laberinto de las sangres, la sexualidad perturbadora y los destinos desmesurados del mestizaje americano. En Aurelio Arturo hablan los Andes: las montañas hechas de sueños, donde el verde es de todos los colores, los ríos impetuosos, el viento que viene vestido de follajes, el esfuerzo de unos linajes humanos por construir su morada en el corazón de la naturaleza. Hay que recordar que en las montañas de la región equinoccial de America mucho tiempo vivieron las familias en la soledad de los bosques, sumergidas en la naturaleza. Y también está en Arturo el modo como la lengua se agravaba de horror y de belleza en los relatos de los hijos de esclavos en los litorales del Pacífico.<br />
Leer a Aurelio Arturo es disfrutar del banquete infinito. Unos cuantos poemas, pero la lectura no se acaba jamás. Siempre es nuevo y siempre nos revela otras cosas. Cada vez que Arturo pone una palabra junto a otra ocurre un hecho no sólo en el lector sino en el mundo: se abren regiones, posibilidades desconocidas para la acción y para la conciencia. Otro poeta nos diría que el canto del pájaro tiene un sonido líquido, Arturo nos dice: Un pájaro de aire y en su garganta un agua pura. Un ensayista nos hablaría de la extraña contradicción de que la naturaleza, lo más antiguo, nos parece cada día lo más reciente. Arturo condensa así el asombro: Hace siglos la luz es siempre nueva. Otro nos diría que hay una suave tristeza de cosas perdidas en todo atardecer, Arturo escribe: Caen ya las primeras lágrimas de la noche. Y voluntariamente hablo de uno de sus poemas casi marginales, que no formaba parte original del río espléndido que es su libro &#8220;Morada al sur&#8221;, donde están algunos de los poemas más bellos de la lengua española.<br />
No es sorprendente que este libro sea el único que publicó. Permanecemos más tiempo leyendo los treinta poemas de Aurelio Arturo que los muchos de otros autores, porque en cada verso hay materia para continuas emociones y pensamientos. En estos versos densos y delicados, lo que la mente no entiende siempre lo entiende el corazón. Ignoramos qué signifique: Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro, la sensibilidad lo hospeda con emoción y con gratitud. A veces el tesoro está en la armonía verbal y en la construcción de atmósferas ineluctables: Te hablo de días circuidos por los más finos árboles./ Te hablo de las vastas noches alumbradas/ por una estrella de menta que enciende toda sangre. Recuerdo que un día Estanislao Zuleta me dijo, a propósito de estos versos: &#8220;solo un poeta es capaz de juntar lo mas lejano, que es una estrella, con lo mas cercano, que es un sabor&#8221;.<br />
Aurelio Arturo logró en pocos versos muchos milagros, y es justo declarar que sabía muy bien lo que buscaba y lo que hacía. Pues lo que conquistó es lo que declara con nitidez en su poema sobre la Palabra: Y cuando es alegría y angustia/ y los vastos cielos y el verde follaje/ y la tierra que canta/ entonces ese vuelo de palabras/ es la poesía/ puede ser la poesía.<br />
William Ospina</p>
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		<title>Buscando a la Maga, Julio Cortázar en el vigésimo quinto aniversario de su muerte</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Feb 2009 13:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 294px; height: 236px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/JulioCortzar3.jpg?t=1234027630" alt="JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;Yo llegué a París buscando a la Maga&#8221;, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d&#8217;Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga <em>a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua</em>. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 238px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto23.jpg?t=1234024414" alt="Foto23.jpg picture by antoniosarabia" />Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta <em>un tercer cigarrillo del insomnio</em> -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 197px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CasaJC.jpg?t=1234024636" alt="CasaJC.jpg picture by antoniosarabia" />En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de <em>Primeras Noticias de Noela Duart</em>e, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: <em>encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. </em>Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElevadorCortzar.jpg?t=1234024736" alt="ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l&#8217;Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante <em>Cien Años de Soledad</em>, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que <em>Rayuela</em>. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.</p>
<p>Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto<em> La autopista del Sur</em> como <em>El Perseguidor</em> son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.</p>
<p><span id="more-528"></span></p>
<p>DEL CUENTO BREVE Y SUS ALREDEDORES</p>
<p>Alguna vez Horacio Quiroga intentó un &#8220;Decálogo del perfecto cuentista&#8221;, cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento&#8221;.<br />
La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla. Dicho de otro modo, el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica.<br />
Estoy hablando del cuento contemporáneo, digamos el que nace con Edgar Allan Poe, y que se propone como una máquina infalible destinada a cumplir su misión narrativa con la máxima economía de medios; precisamente, la diferencia entre el cuento y lo que los franceses llaman <em>nouvelle</em> y los anglosajones <em>long short story</em> se basa en esa implacable carrera contra el reloj que es un cuento plenamente logrado: basta pensar en &#8220;The Cask of Amontillado&#8221; &#8220;Bliss&#8221;, &#8220;Las ruinas circulares&#8221; y &#8220;The Killers&#8221;. Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la <em>nouvelle</em> y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos; si un cuento largo de Henry James o de D. H. Lawrence puede ser considerado tan genial como aquéllos, preciso será convenir en que estos autores trabajaron con una apertura temática y lingüística que de alguna manera facilitaba su labor, mientras que lo siempre asombroso de los cuentos contra el reloj está en que potencian vertiginosamente un mínimo de elementos, probando que ciertas situaciones o terrenos narrativos privilegiados pueden traducirse en un relato de proyecciones tan vastas como la más elaborada de las <em>nouvelles</em>.<br />
Lo que sigue se basa parcialmente en experiencias personales cuya descripción mostrará quizá, digamos desde el exterior de la esfera, algunas de las constantes que gravitan en un cuento de este tipo. Vuelvo al hermano Quiroga para recordar que dice: &#8220;Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, <em>de los que pudiste ser uno</em>&#8220;. La noción de ser uno de los personajes se traduce por lo general en el relato en primera persona, que nos sitúa de rondón en un plano interno. Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana María Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de &#8220;Las armas secretas&#8221;, aunque quizá se trataba de los de &#8220;Final del juego&#8221;. Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.<br />
En ese momento, o más tarde, encontré una suerte de explicación por la vía contraria, sabiendo que cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. Recordé que siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra. El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. Quizá por eso, en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración <em>strictu senso</em>, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí.<br />
Esto lleva necesariamente a la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta. Un verso admirable de Pablo Neruda: <em>Mis criaturas nacen de un largo rechazo</em>, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.<br />
Este rasgo común no se lograría sin las condiciones y la atmósfera que acompañan el exorcismo. Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del puente, al autor. Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria, y a su vez un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier. Quizá el rasgo diferencial más penetrante -lo he señalado ya en otra parte- sea la tensión interna de la trama narrativa. De una manera que ninguna técnica podría enseñar o proveer, el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. En todo caso así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos, como &#8220;Las armas secretas&#8221;, la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya Pierre, sin ser ya Michèle.<br />
Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso, y que el autor los escribe mientras está en lo que los franceses llaman un &#8220;état second&#8221;. Que Poe haya logrado sus mejores relatos en ese estado (paradójicamente reservaba la frialdad racional para la poesía, por lo menos en la intención) lo prueba más acá de toda evidencia testimonial el efecto traumático, contagioso y para algunos diabólico de &#8220;The Tell-tale Heart&#8221; o de &#8220;Berenice&#8221;. No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve; haré notar que me refiero a relatos donde el tema mismo contiene la &#8220;anormalidad&#8221;, como los citados de Poe, y que me baso en mi propia experiencia toda vez que me vi obligado a escribir un cuento para evitar algo mucho peor. ¿Cómo describir la atmósfera que antecede y envuelve el acto de escribirlo? Si Poe hubiera tenido ocasión de hablar de eso, estas páginas no serían intentadas, pero él calló ese círculo de su infierno y se limitó a convertirlo en &#8220;The Black Cat&#8221; o en &#8220;Ligeia&#8221;. No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. Me acuerdo de una cita curiosa, creo que de Roger Fry; un niño precozmente dotado para el dibujo explicaba su método de composición diciendo: <em>First I think and then I draw a line round my think</em> (sic). En el caso de estos cuentos sucede exactamente lo contrario: la línea verbal que los dibujará arranca sin ningún &#8220;think&#8221; previo, hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición de tales cuentos, puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido. ¿Se sueña despierto al escribir un cuento breve? Los límites del sueño y la vigilia, ya se sabe: basta preguntarle al filósofo chino o a la mariposa. De todas maneras si la analogía es evidente, la relación es de signo inverso por lo menos en mi caso, puesto que arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido <em>per se</em>. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. Hay la masa que es el cuento (¿pero qué cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad como si el cuento ya estuviera escrito con una tinta simpática y uno le pasara por encima el pincelito que lo despierta. Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha ocurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde &#8220;la sinfonía se agita en la profundidad&#8221;, para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras. Y por eso, porque todo está decidido en una región que diurnamente me es ajena, ni siquiera el remate del cuento presenta problemas, sé que puedo escribir sin detenerme, viendo presentarse y sucederse los episodios, y que el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida. Me acuerdo de la mañana en que me cayó encima &#8220;Una flor amarilla&#8221;: el bloque amorfo era la noción del hombre que encuentra a un niño que se le parece y tiene la deslumbradora intuición de que somos inmortales. Escribí las primeras escenas sin la menor vacilación, pero no sabía lo que iba a ocurrir, ignoraba el desenlace de la historia. Si en ese momento alguien me hubiera interrumpido para decirme: &#8220;Al final el protagonista va a envenenar a Luc&#8221;, me hubiera quedado estupefacto. Al final el protagonista envenena a Luc, pero eso llegó como todo lo anterior, como una madeja que se desovilla a medida que tiramos; la verdad es que en mis cuentos no hay el menor mérito literario, el menor esfuerzo. Si algunos se salvan del olvido es porque he sido capaz de recibir y transmitir sin demasiadas pérdidas esas latencias de una psiquis profunda, y el resto es una cierta veteranía para no falsear el misterio, conservarlo lo más cerca posible de su fuente, con su temblor original, su balbuceo arquetípico.<br />
Lo que precede habrá puesto en la pista al lector: no hay diferencia genética entre este tipo de cuentos y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire. Pero si el acto poético me parece una suerte de magia de segundo grado, tentativa de posesión ontológica y no ya física como en la magia propiamente dicha, el cuento no tiene intenciones esenciales, no indaga ni transmite un conocimiento o un &#8220;mensaje&#8221;. El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen &#8220;normal&#8221; de la conciencia; en un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota, no es inútil insistir en esta afinidad que muchos encontrarán fantasiosa. Mi experiencia me dice que, de alguna manera, un cuento breve como los que he tratado de caracterizar no tiene una estructura de prosa. Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable. Los cuentos de esta especie se incorporan como cicatrices indelebles a todo lector que los merezca: son criaturas vivientes, organismos completos, ciclos cerrados, y respiran. Ellos respiran, no el narrador, a semejanza de los poemas perdurables y a diferencia de toda prosa encaminada a transmitir la respiración del narrador, a comunicarla a manera de un teléfono de palabras. Y si se pregunta: Pero entonces, ¿no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: La comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono; el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo.<br />
Breve coda sobre los cuentos fantásticos. Primera observación: lo fantástico como nostalgia. Toda <em>suspensión of disbelief</em> obra como una tregua en el seco, implacable asedio que el determinismo hace al hombre. En esa tregua, la nostalgia introduce una variante en la afirmación de Ortega: hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio.<br />
Segunda observación: lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y el futuro. Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado. Descubrir en una nube el perfil de Beethoven sería inquietante si durara diez segundos antes de deshilacharse y volverse fragata o paloma; su carácter fantástico sólo se afirmaría en caso de que el perfil de Beethoven siguiera allí mientras el resto de la nubes se conduce con su desintencionado desorden sempiterno. En la mala literatura fantástica, los perfiles sobrenaturales suelen introducirse como cuñas instantáneas y efímeras en la sólida masa de lo consuetudinario; así, una señora que se ha ganado el odio minucioso del lector, es meritoriamente estrangulada a último minuto gracias a una mano fantasmal que entra por la chimenea y se va por la ventana sin mayores rodeos, aparte de que en esos casos el autor se cree obligado a proveer una &#8220;explicación&#8221; a base de antepasados vengativos o maleficios malayos. Agrego que la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de &#8220;full-time&#8221; de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural, como en el socorrido modelo de la casa encantada donde todo rezuma manifestaciones insólitas, desde que el protagonista hace sonar el aldabón de las primeras frases hasta la ventana de la bohardilla donde culmina espasmódicamente el relato. En los dos extremos (insuficiente instalación en la circunstancia ordinaria, y rechazo casi total de esta última) se peca por impermeabilidad, se trabaja con materias heterogéneas momentáneamente vinculadas pero en las que no hay ósmosis, articulación convincente. El buen lector siente que nada tienen que hacer allí esa mano estranguladora ni ese caballero que de resultas de una apuesta se instala para pasar la noche en una tétrica morada. Este tipo de cuentos que abruma las antologías del género recuerda la receta de Edward Lear para fabricar un pastel cuyo glorioso nombre he olvidado: Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente.</p>
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		<title>Un taller literario con Edgar Allan Poe en el bicentenario de su natalicio</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Jan 2009 14:24:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Este lunes 19 de enero celebramos los doscientos años del nacimiento de Edgar Allan Poe (Boston, Massachusetts, E.U.A 1809-1849). Su vida, extraña y atormentada, es digna de los cuentos que le harían famoso. Cuando él llega apenas al año de edad, su padre, William Henry Leonard Poe, abandona a su madre, la actriz Elizabeth Arnold Hopkins, lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este lunes 19 de enero celebramos los doscientos años del nacimiento de Edgar Allan Poe (Boston, Massachusetts, E.U.A 1809-1849). Su vida, extraña y atormentada, es digna de los cuentos que le harían famoso.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Poe4.jpg?t=1232231474" alt="Poe4.jpg picture by antoniosarabia" />Cuando él llega apenas al año de edad, su padre, William Henry Leonard Poe, abandona a su madre, la actriz Elizabeth Arnold Hopkins, lo que ocasiona la muerte de esta pocos meses después. El pequeño Edgar es recogido entonces por John Allan un rico negociante escocés de Richmond, Virginia, y su esposa Frances Valentine quien no podía tener hijos. Durante unos pocos años, a partir de 1815, se instala con ellos en el Reino Unido. Asiste a cursos elementales en una escuela de Irvine, en Escocia, más tarde en un internado de Chelsea y finalmente en Stoke Newington, al norte de Londres. De vuelta a Richmond en 1920, se enamora perdidamente, a los 14, de la madre de uno de sus compañeros de escuela, Helen Stanard, que a la sazón tiene 30 y que morirá un año después. A los 16, Poe se compromete sentimentalmente con su vecina Sarah Elmira Royster y se inscribe para estudiar lenguas en la Universidad de Virginia, pero será expulsado un año más tarde a causa de su debilidad por la bebida y el juego. Logra sostenerse un tiempo con trabajos eventuales, de tendero a periodista, hasta que Sarah Elmira rompe su compromiso con él y se casa con Alexander Shelton. Poe se alista entonces en el ejército de los Estados Unidos bajo el nombre de Edgar A. Perry afirmando que tiene 22 años cuando en realidad cuenta apenas 18. Ese mismo año, 1827, inicia su carrera literaria con la publicación de Tamerlane y otros poemas que firma con el simple seudónimo de &#8220;un bostoniano&#8221;. Liberado del servicio dos años más tarde con el grado de sargento mayor de artillería, Poe se anima a entrar en la academia militar de West Point pero no soporta ni un año en ella y se hace expulsar después de una corte marcial.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/poe2.jpg?t=1232231646" alt="poe2.jpg picture by antoniosarabia" />A la edad de 26 años Poe se casa con su prima Virginia Clemm que apenas tiene 13 y que morirá doce años más tarde a consecuencias de una tuberculosis. La enfermedad hace crisis mientras ella canta y toca el arpa para Poe y sus amigos. La velada se trunca cuando una nota aguda la enmudece de pronto provocándole una hemorragia de sangre que le mana por la boca. La muerte de su adorada &#8220;mujer-niña&#8221; lo hunde aún más en el alcoholismo. <em>Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida en vez de la bebida a la locura</em>, decía.<br />
En 1849 se reencuentra en Richmond con Sarah Elmira Royster, aquel gran amor de su juventud y se compromete de nuevo con ella. La boda se fija para el 17 de octubre. Se dice que Poe estaba entusiasmado y feliz pero no vuelve a saberse nada de él sino hasta el 3 de octubre en que aparece delirando en una calle de Baltimore, misteriosamente vestido con harapos que ni siquiera le pertenecen. Es llevado al Washington College Hospital donde fallece durante la madrugada del 7.</p>
<p>Las incomprensibles circunstancias de su muerte no hacen sino acrecentar la leyenda negra de este autor, uno de los grandes pioneros de la narrativa contemporánea. El relato corto no sería lo que es sin sus aportaciones. Los modernos géneros policiaco, gótico y de terror, se fundamentan en sus escritos. Toda la arquitectura de los relatos de Sherlock Holmes, por ejemplo, la mirada del comparsa que narra los casos en primera persona y el método deductivo que hizo famoso al inquilino de Baker street fueron copiados por sir Arthur Conan Doyle de los cuentos de Auguste Dupin, el detective de Poe.<br />
Admirado sin ambigüedades por autores como Kafka, Dostoyevsky, Lovecraft, Maupassant, Bierce, Mann y Borges, Edgar Allan Poe gozó de traductores de lujo: Charles Baudelaire al francés y Julio Cortázar al castellano.<br />
En 1845 Poe escribió <em>El Cuervo</em> lo que le valió un éxito instantáneo. De su método de trabajo y de cómo ideó las famosas estancias que lo componen nos habla él mismo más abajo.</p>
<p>La traducción a los fragmentos de <em>El Cuervo</em> es de Antonio Pérez Bonalde. Los grabados son de Gustavo Doré, especialmente realizados en 1853 para ilustrar el celebérrimo poema de Poe.</p>
<p><span id="more-473"></span></p>
<p>METODO DE COMPOSICIÓN</p>
<p>Es evidente que cualquier plan que se considere digno de ese nombre ha de ser trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene siempre presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y, en especial, el tono general, logren el resultado apetecido.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 198px; height: 241px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/albumf14.jpg?t=1232234153" alt="albumf14.jpg picture by antoniosarabia" />A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la del efecto que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la originalidad (se traiciona a sí mismo quien prescinde de ella), yo me pregunto ante todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma humana, ¿cuál debo yo seleccionar en el caso presente?<br />
He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva de cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización.<br />
Me es imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo semejante. Quizá la vanidad de los autores sea la causa más poderosa para justificar esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática. Experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de su pensamiento. La verdadera decisión se adopta en el último momento -¡hay tanta idea entrevista!-: el pensamiento maduro pero desechado por inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas raspaduras y las interpolación. En suma los rodamientos y las cadenas, los artificios para los cambios de decoración, las escaleras y los escotillones, las plumas, el colorete, los lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los casos son lo peculiar del histrión literario.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 244px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven3.png?t=1232234573" alt="Raven3.png picture by antoniosarabia" />En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de la que acabo de hablar, ni encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. Puesto que el interés de este análisis o reconstrucción, que se ha considerado un <em>desiderátum</em> en literatura, es enteramente independiente de cualquier supuesto ideal en lo analizado, no se me podrá censurar que salte las conveniencias si revelo aquí el <em>modus operandi</em> con que construí una de mis obras. Escojo para ello <em>El Cuervo</em> debido a que es la más conocida de todas. Mi propósito es demostrar que ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición o al azar, y que aquélla avanzó paso a paso hacia su terminación con la exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático.<br />
Ya que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos de la circunstancia o, si lo prefieren, de la necesidad que originó la intención de escribir un poema tal que satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el gusto crítico.<br />
Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.<br />
La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sentada debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión. Cuando son necesarias dos sesiones de lectura se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente. Pero, habida cuenta de que ningún poeta puede renunciar a todo lo que contribuye a servir su propósito, queda examinar si acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, la que sea, que compense la pérdida de la unidad aludida. Por el momento, respondo negativamente. Lo que solemos considerar un poema extenso no es en realidad más que una sucesión de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos breves. Inútil repetir que un poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y reporta una excitación intensa. Por una necesidad psíquica, todas las excitaciones intensas son de corta duración. Por eso, al menos la mitad del <em>Paraíso Perdido</em> no es más que pura prosa: hay en él una serie de excitaciones poéticas salpicadas de inevitables depresiones. En conjunto, la obra toda, a causa de su extensión excesiva, carece de aquel elemento artístico tan decisivamente importante: totalidad o unidad de efecto.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven5.jpg?t=1232234348" alt="Raven5.jpg picture by antoniosarabia" />En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite positivo para toda obra literaria: el límite de una sola sesión. Ciertamente, en ciertos géneros de prosa, como <em>Robinson Crusoe</em>, no se exige la unidad, por lo que aquel límite puede ser rebasado. Sin embargo, nunca será conveniente rebasarlo en un poema. En el mismo límite, la extensión de un poema debe hallarse en relación matemática con el mérito del mismo, esto es, con la elevación o la excitación que comporta. Dicho de otro modo, con la cantidad de auténtico efecto poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla sólo tiene una condición restrictiva a saber: que una relativa duración es absolutamente indispensable para causar un efecto, cualquiera que fuere.<br />
Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel grado de excitación que nos situa por encima del gusto popular y por debajo del gusto crítico, concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea para el poema proyectado: unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta exactamente ciento ocho.<br />
Acto seguido, mi pensamiento se fijó en la elevación de una impresión o de un efecto a causar. Aquí conviene observar que durante todo el trabajo de construcción tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente apreciable.<br />
Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato si me entretuviese en demostrar un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es el único ámbito legítimo de la poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar mi verdadero pensamiento, que algunos amigos míos se han apresurado demasiado en disimular. El placer a la vez más intenso, más elevado y más puro no se encuentra -según creo- más que en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta y pura elevación del alma (no del intelecto ni del corazón) que ya he descrito y que resulta de la contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza como el ámbito de la poesía. En cambio, el objeto verdad, que satisface al intelecto, y el objeto pasión, que excita al corazón, son mucho más fáciles de alcanzar por medio de la prosa aunque, en cierta medida, queden también al alcance de la poesía.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 237px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven3-1.jpg?t=1232234979" alt="Raven3-1.jpg picture by antoniosarabia" />En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión una familiaridad (los hombres verdaderamente apasionados me comprenderán) radicalmente contrarias a aquella belleza, que no es sino la excitación -debo repetirlo- o el embriagador arrobamiento del alma.<br />
De todo lo dicho hasta el presente no debe en modo alguno suponerse que la pasión y la verdad no puedan introducirse en un poema, incluso con beneficio para éste, ya que pueden servir para aclarar o para potenciar el efecto global, como las disonancias por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará siempre en reducirlas a un papel suplementario al objeto principal que se pretende y, además, en rodearlas tanto como pueda de la nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía. En consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me pregunté entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación más alta? Éste había de ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas. Así, pues, la melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.<br />
Una vez determinados así la dimensión, el terreno y el tono de mi trabajo, me dediqué a buscar alguna curiosidad artística e incitante que pudiera actuar como clave en la construcción del poema, algún eje sobre el que toda la máquina hubiese de girar. Reflexionando detenidamente sobre todos los efectos de arte conocidos o, más propiamente, sobre todo los medios de efecto -entendiendo este término en su sentido escénico-, no podía escapárseme que ninguno había sido empleado con tanta frecuencia como el estribillo. La universalidad de éste bastaba para convencerme acerca de su valor intrínseco, evitándome la necesidad de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo consideraba sino en cuanto susceptible de perfeccionamiento; y pronto advertí que se encontraba aún en estado primitivo. Tal como habitualmente se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe causar depende del vigor de la monotonía en el sonido y en la idea. Solamente se logra el placer mediante la sensación de identidad o de repetición. Entonces resolví variar el efecto, con el fin de acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la monotonía del sonido, pero alterando continuamente el de la idea: es decir, me propuse causar una serie continua de efectos nuevos con una serie de variadas aplicaciones del estribillo, dejando que éste fuese casi siempre parecido.</p>
<p><img id="imageTag_0" class="imageTag" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/albumf18.jpg" alt="albumf18.jpg" />Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mi estribillo: puesto que su aplicación tenía que ser variada con frecuencia, era evidente que el estribillo en cuestión había de ser breve, pues habría sido una dificultad insuperable variar frecuentemente las aplicaciones de una frase extensa. Por supuesto, la facilidad de variación estaría proporcionada a la brevedad de la frase. Ello me condujo seguidamente a adoptar como estribillo ideal una única palabra. Entonces me absorbió la cuestión sobre el carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo, la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que semejante conclusión o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la <em>o</em> larga, que es la vocal más sonora, asociada a la <em>r</em>, porque ésta es la consonante más vigorosa.<br />
Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviera en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda semejante habría sido imposible no dar con la palabra <em>nevermore</em> (nunca más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.<br />
El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la palabra <em>nevermore</em>? Al advertir la dificultad que se me planteaba para hallar una razón válida de esa continua repetición, no dejé de observar que surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano: en resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura no razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como es lógico, en lo primero que pensé fue en un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más acorde con el tono deseado en el poema.</p>
<p>Así, pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal agüero!, repitiendo obstinadamente la palabra nevermore al final de cada estancia en un poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente. Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más apta para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 302px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven1.jpg?t=1232236363" alt="Raven1.jpg picture by antoniosarabia" />Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra <em>nevermore</em>. No sólo tenía que combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía: pero el único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de la facilidad que se me ofrecía para el efecto del que mi poema había de depender: es decir, el efecto que debía producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.<br />
Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que respondería el cuervo: nevermore. De esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común todavía, y así sucesivamente, hasta que por último el amante, arrancado de su sopor por la índole melancólica de la palabra, su frecuente repetición y la fama siniestra del pájaro, se encontrase presa de una agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo diversas, pero apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su propia tortura, no sólo por creer el amante en la índole profética o diabólica del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más que repetir algo aprendido mecánicamente), sino por experimentar un placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el nevermore siempre esperado una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.<br />
Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en el transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para la que el <em>nevermore</em> sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda.<br />
Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin, como debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en este punto de mis meditaciones, tomé por vez primera la pluma, para componer la siguiente estancia:<br />
<em>¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo,<br />
de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo<br />
a quien ambos adoramos dile a esta alma dolorida<br />
presa infausta del pesar<br />
si jamás en otra vida la doncella arrobadora<br />
a mi seno he de estrechar,<br />
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora&#8230;<br />
Dijo el cuervo: &#8220;¡Nunca más!&#8221;</em><br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dore.jpg?t=1232236134" alt="dore.jpg picture by antoniosarabia" />Sólo entonces escribí esta estancia: primero para fijar el momento supremo, y de este modo poder variar más fácilmente y graduar, según su gravedad y su importancia, las preguntas anteriores del amante. En segundo término, para decidir definitivamente el ritmo, el metro, la extensión y la disposición general de la estrofa, así como calcular las que debieran anteceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico. Si en el trabajo de composición que siguió yo hubiera sido tan imprudente como para escribir estancias más vigorosas, me habría dedicado a debilitarlas, conscientemente y sin ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de crescendo.</p>
<p>Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto era, como siempre, la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables del mundo es cómo se ha descuidado la originalidad en la versificación. Aun reconociendo que en el ritmo puro exista poca posibilidad de variación, es evidente que las variedades en materia de metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre hizo nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido desearlo.<br />
Lo cierto es que la originalidad -exceptuando los espíritus de una fuerza insólita- no es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente. Y aunque sea un mérito positivo de la más alta categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.</p>
<p>Ni qué decir que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el metro de <em>El Cuervo</em>. El primero es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro acataléctico, alternado con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el quinto verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin pedantería, los pies empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve. El primer verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.<br />
El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente, en el lugar. Pudiera parecer que debiese brotar espontáneamente la idea de una selva o de una llanura; pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a la pintura. Además, ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito. Esta ventaja no debe confundirse con la que se obtenga de la mera unidad de lugar.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 217px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven7.jpg?t=1232237963" alt="Raven7.jpg picture by antoniosarabia" />En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una habitación que había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación se describiría como ricamente amueblada con objeto de satisfacer las ideas que ya expuse acerca de la belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.<br />
Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que al amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar; pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a llamar&#8230; Hice que la noche fuera tempestuosa, primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la habitación.<br />
Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste entre su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada únicamente por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió en primer lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de la propia sonoridad del nombre de Palas.<br />
Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto de profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.<br />
<em> Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto<br />
con aspecto señorial<br />
fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta<br />
de mi puerta el cabezal,<br />
sobre el busto que de Palas representa<br />
fue y posose, ¡y nada más!<br />
</em><em><span style="font-style: normal;">En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:</span><br />
Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza<br />
con su suave, torva y seria, decorosa gentileza,<br />
y le dije: &#8220;aunque cresta calva llevas de seguro<br />
no eres cuervo nocturnal<br />
¡Viejo, infausto cuervo oscuro, vagabundo en la tiniebla&#8230;!<br />
Dime: ¿cuál tu nombre, cuál,<br />
en el reino plutoniano de la noche y la tiniebla?&#8221;<br />
Dijo el cuervo: &#8220;¡Nunca más!&#8221;</em></p>
<p><em>Asombrado quedé oyendo así hablar al avesucho<br />
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho<br />
pues preciso es, convengamos, en que nunca hubo criatura<br />
que lograse contemplar<br />
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,<br />
ave o bruto reposar<br />
sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,<br />
con tal nombre: &#8220;Nunca más&#8221;<br />
Más el cuervo fijo, inmóvil en la grave efigie aquella,<br />
sólo dijo esa palabra cual si su alma fuese en ella<br />
vinculada, ni una pluma sacudía,<br />
ni un acento se le oía pronunciar&#8230;<br />
Dije entonces, al momento, &#8220;ya otros antes se han marchado,<br />
y la aurora al despuntar,<br />
él también se irá volando cual mis sueños han volado&#8221;.<br />
Dijo el cuervo: &#8220;Nunca más&#8221;.</em><br />
Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono fingido y adoptar el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia en el primer verso de la estancia que sigue a la que acabo de citar:<br />
<em> Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido<br />
&#8220;no hay ya alguna duda -dije- lo que dice es aprendido,<br />
aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte<br />
persiguiera sin cesar, etc.&#8221;</em><br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Raven6.jpg?t=1232238218" alt="Raven6.jpg picture by antoniosarabia" />A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el comportamiento del pájaro. Habla de él en los términos de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante tienen como finalidad predisponer al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y directamente como sea posible. Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el Nunca más del cuervo en respuesta a la última pregunta del amante -¿encontrará a su amada en el otro mundo?-, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y natural, la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de lo explicable y lo real.<br />
Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra <em>Nunca más</em>; habiendo huido de su propietario, la furia de la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aún brilla una luz: la ventana de un estudiante que, divertido por el incidente, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo, al ser interrogado, responde con su palabra habitual, nunca más: palabra que inmediatamente suscita un eco melancólico en el corazón del estudiante; y éste, expresando en voz alta los pensamientos que aquella circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del nunca más. El estudiante se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el ardor del corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así mismo y también por una especie de superstición a formularle preguntas que la respuesta inevitable, el intolerable <em>nunca más</em>, le proporcione la más horrible secuela de sufrimiento, en cuanto amante solitario. La narración en lo que he designado como su primera fase o fase natural, halla su conclusión precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada hasta el último extremo: hasta aquí, no se ha mostrado nada que pase los límites de la realidad.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 221px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/poe5.jpg?t=1232232761" alt="poe5.jpg picture by antoniosarabia" />Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre quedan cierta rudeza y cierta desnudez que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente: por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad, de combinación.Por otra, cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena subterránea de pensamiento, invisible e indefinido. Esta última cualidad es la que le confiere a la obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez de confundir con el ideal. Lo que transmuta en prosa -y prosa de la más baja estofa-, la pretendida poesía de los que se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en la expresión del sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la corriente subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la superficie.<br />
Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su calidad sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente subterránea del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:<br />
<em>&#8220;¡Quita el pico de mi pecho, de mi umbral tu forma aleja!&#8221;<br />
Dijo el cuervo: &#8220;¡Nunca más!&#8221;.</em><br />
Quiero subrayar que la expresión <em>de mi pecho</em> (<em>from my heart</em>) encierra la primera expresión poética. Estas palabras, con la correspondiente respuesta, Nunca más, disponen el espíritu a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente.<br />
Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático pero sólo en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer del cuervo el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno.<br />
<em>Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura<br />
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura&#8230;<br />
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,<br />
las visiones ve del mal;<br />
y la luz que en él cayendo sobre el suelo flota&#8230;, nunca<br />
se alzará ¡Nunca jamás!</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Un cuento de Navidad de Robert Louis Stevenson</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Dec 2008 22:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa Inglesa]]></category>
		<category><![CDATA[Autores Escoceses]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 1850-1894) es sin ninguna duda uno de los escritores de aventuras más celebrados de todos los tiempos. Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso es una frase que se le atribuye pero que difícilmente puede aplicársele ya que la lista de sus admiradores incluye nombres de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 1850-1894) es sin ninguna duda uno de los escritores de aventuras más celebrados de todos los tiempos. <em>Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso</em> es una frase que se le atribuye pero que difícilmente puede aplicársele ya que la lista de sus admiradores incluye nombres de la talla de Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Rudyard Kipling y Vladimir Nabokov, por citar sólo algunos de los más ilustres. Sería interminable mencionar a todos los que alguna vez nos dejamos fascinar por <em>La Isla del Tesoro</em> o por <em>El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde</em>, es decir a la casi totalidad de los escritores que conozco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 198px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/370px-Robert_louis_stevenson.jpg?t=1229889985" alt="370px-Robert_louis_stevenson.jpg picture by antoniosarabia" />Aunque sus padres, fieles y devotos presbíteros, no fueron particularmente estrictos, Stevenson creció en un severo ambiente religioso dominado por su nana, Alison Cunningham, ferviente calvinista, quien le entretenía con sus cuentos y a la que él llamaba afectuosamente Cummy, y su abuelo por la línea materna, predicador de la Iglesia de Escocia en Colimnton, donde el pequeño Robert Louis pasaba gran parte del tiempo.<br />
De naturaleza delicada -algunos autores han aventurado que padecía tuberculosis aunque probablemente se trataba más bien de un caso de bronquitis crónica-, Stevenson sufría ataques de tos y fiebre que se exacerbaban durante el invierno. Esto le obligó siempre a rehuir el frío y la humedad y emigrar hacia climas más propicios para su salud. <em>No existen tierras extrañas</em>, solía decir, <em>lo único extraño es el viajero</em>. Esa búsqueda constante le llevó hasta los mares del sur, a las islas Samoa, donde los nativos le bautizaron como <em>Tusitala</em> &#8220;el que narra historias&#8221; y donde pasó los últimos años su vida. Falleció a los cuarenta y cuatro años de edad a consecuencia de una hemorragia cerebral y está enterrado en la cima de una montaña cerca de Valima, su hogar samoano.</p>
<p>A continuación, para celebrar esta fecha, les presentamos un cuento de Navidad de su autoría. Disfrútenlo. Felices fiestas.</p>
<p><span id="more-368"></span></p>
<p>MARKHEIM</p>
<p>-Sí -dijo el anticuario-, nuestras buenas oportunidades son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo un dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados -y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante-, y en ese caso -continuó- recojo el beneficio debido a mi integridad.</p>
<p>Markheim acababa de entrar, procedente de las calles soleadas, y sus ojos no se habían acostumbrado aún a la mezcla de brillos y oscuridades del interior de la tienda. Aquellas palabras mordaces y la proximidad de la llama le obligaron a cerrar los ojos y a torcer la cabeza.</p>
<p>El anticuario rió entre dientes.</p>
<p>-Viene usted a verme el día de Navidad -continuó-, cuando sabe que estoy solo en mi casa, con los cierres echados y que tengo por norma no hacer negocios en esas circunstancias. Tendrá usted que pagar por ello; también tendría que pagar por el tiempo que pierda, puesto que yo debería estar cuadrando mis libros; y tendrá que pagar, además, por la extraña manera de comportarse que tiene usted hoy. Soy un modelo de discreción y no hago preguntas embarazosas; pero cuando un cliente no es capaz de mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello.</p>
<p>El anticuario rió una vez más entre dientes; y luego, volviendo a su voz habitual para tratar de negocios, pero todavía con entonación irónica, continuó:</p>
<p>-¿Puede usted explicar, como de costumbre, de qué manera ha llegado a su poder el objeto en cuestión? ¿Procede también del gabinete de su tío? ¡Un coleccionista excepcional, desde luego!</p>
<p>Y el anticuario, un hombrecillo pequeño y de hombros caídos, se le quedó mirando, casi de puntillas, por encima de sus lentes de montura dorada, moviendo la cabeza con expresión de total incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita compasión en la que no faltaba una sombra de horror.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 272px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/gustavedore1.jpg?t=1229898715" alt="gustavedore1.jpg picture by antoniosarabia" />-Esta vez -dijo- está usted equivocado. No vengo a vender sino a comprar. Ya no dispongo de ningún objeto: del gabinete de mi tío sólo queda el revestimiento de las paredes; pero aunque estuviera intacto, mi buena fortuna en la Bolsa me empujaría más bien a ampliarlo. El motivo de mi visita es bien sencillo. Busco un regalo de Navidad para una dama -continuó, creciendo en elocuencia al enlazar con la justificación que traía preparada-; y tengo que presentar mis excusas por molestarle para una cosa de tan poca importancia. Pero ayer me descuidé y esta noche debo hacer entrega de mi pequeño obsequio; y, como sabe usted perfectamente, el matrimonio con una mujer rica es algo que no debe despreciarse.</p>
<p>A esto siguió una pausa, durante la cual el anticuario pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de muchos relojes entre los curiosos muebles de la tienda, y el rumor de los cabriolés en la cercana calle principal, llenaron el silencioso intervalo.</p>
<p>-De acuerdo, señor -dijo el anticuario-, como usted diga. Después de todo es usted un viejo cliente; y si, como dice, tiene la oportunidad de hacer un buen matrimonio, no seré yo quien le ponga obstáculos. Aquí hay algo muy adecuado para una dama -continuó-; este espejo de mano, del siglo XV, garantizado; también procede de una buena colección, pero me reservo el nombre por discreción hacia mi cliente, que como usted, mi querido señor, era el sobrino y único heredero de un notable coleccionista.</p>
<p>El anticuario, mientras seguía hablando con voz fría y sarcástica, se detuvo para coger un objeto; y, mientras lo hacia, Markheim sufrió un sobresalto, una repentina crispación de muchas pasiones tumultuosas que se abrieron camino hasta su rostro. Pero su turbación desapareció tan rápidamente como se había producido, sin dejar otro rastro que un leve temblor en la mano que recibía el espejo.</p>
<p>-Un espejo -dijo con voz ronca; luego hizo una pausa y repitió la palabra con más claridad-. ¿Un espejo? ¿Para Navidad? Usted bromea.</p>
<p>-¿Y por qué no? -exclamó el anticuario-. ¿Por qué un espejo no?</p>
<p>Markheim lo contemplaba con una expresión indefinible.</p>
<p>-¿Y usted me pregunta por qué no? -dijo-. Basta con que mire aquí&#8230;, mírese en él&#8230; ¡Véase usted mismo! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! A mí tampoco me gusta&#8230; ni a ningún hombre.</p>
<p>El hombrecillo se había echado para atrás cuando Markheim le puso el espejo delante de manera tan repentina; pero al descubrir que no había ningún otro motivo de alarma, rió de nuevo entre dientes.</p>
<p>-La madre naturaleza no debe de haber sido muy liberal con su futura esposa, señor -dijo el anticuario.</p>
<p>-Le pido -replicó Markheim- un regalo de Navidad y me da usted esto: un maldito recordatorio de años, de pecados, de locuras&#8230; ¡una conciencia de mano! ¿Era ésa su intención? ¿Pensaba usted en algo concreto? Dígamelo. Será mejor que lo haga. Vamos, hábleme de usted. Voy a arriesgarme a hacer la suposición de que en secreto es usted un hombre muy caritativo.</p>
<p>El anticuario examinó detenidamente a su interlocutor. Resultaba muy extraño, porque Markheim no daba la impresión de estar riéndose; había en su rostro algo así como un ansioso chispazo de esperanza, pero ni el menor asomo de hilaridad.</p>
<p>-¿A qué se refiere? -preguntó el anticuario.</p>
<p>-¿No es caritativo? -replicó el otro sombríamente-. Sin caridad; impío; sin escrúpulos; no quiere a nadie y nadie le quiere; una mano para coger el dinero y una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Santo cielo, buen hombre! ¿Es eso todo?</p>
<p>-Voy a decirle lo que es en realidad -empezó el anticuario, con voz cortante, que acabó de nuevo con una risa entre dientes-. Ya veo que se trata de un matrimonio de amor, y que ha estado usted bebiendo a la salud de su dama.</p>
<p>-¡Ah! -exclamó Markheim, con extraña curiosidad-. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de ello.</p>
<p>-Yo -exclamó el anticuario-, ¿enamorado? Nunca he tenido tiempo ni lo tengo ahora para oír todas estas tonterías. ¿Va usted a llevarse el espejo?</p>
<p>-¿Por qué tanta prisa? -replicó Markheim-. Es muy agradable estar aquí hablando; y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apresurarme a agotar ningún placer; no, ni siquiera uno con tan poca entidad como éste. Es mejor agarrarse, agarrarse a lo poco que esté a nuestro alcance, como un hombre al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si se piensa en ello; un precipicio de una milla de altura; lo suficientemente alto para destruir, si caemos, hasta nuestra última traza de humanidad. Por eso es mejor que hablemos con calma. Hablemos de nosotros mismos: ¿por qué tenemos que llevar esta máscara? Hagámonos confidencias. ¡Quién sabe, hasta es posible que lleguemos a ser amigos !</p>
<p>-Sólo tengo una cosa que decirle -respondió el anticuario-. ¡Haga usted su compra o váyase de mi tienda!</p>
<p>-Es cierto, es cierto -dijo Markheim-. Ya está bien de bromas. Los negocios son los negocios. Enséñeme alguna otra cosa.</p>
<p>El anticuario se agachó de nuevo, esta vez para dejar el espejo en la estantería, y sus finos cabellos rubios le cubrieron los ojos mientras lo hacía. Markheim se acercó a él un poco más, con una mano en el bolsillo de su abrigo; se irguió, llenándose de aire los pulmones; al mismo tiempo muchas emociones diferentes aparecieron antes en su rostro: terror y decisión, fascinación y repulsión física; y mediante un extraño fruncimiento del labio superior, enseñó los dientes.</p>
<p>-Esto, quizá, resulte adecuado -hizo notar el anticuario; y mientras se incorporaba, Markheim saltó desde detrás sobre su víctima. La estrecha daga brilló un momento antes de caer. El anticuario forcejeó como una gallina, se dio un golpe en la sien con la repisa y luego se desplomó sobre el suelo como un rebaño de trapos.</p>
<p>El tiempo hablaba por un sinfín de voces apenas audibles en aquella tienda; había otras solemnes y lentas como correspondía a sus muchos años, y aun algunas parlanchinas y apresuradas. Todas marcaban los segundos en un intrincado coro de tic-tacs. Luego, el ruido de los pies de un muchacho, corriendo pesadamente sobre la acera, irrumpió entre el conjunto de voces, devolviendo a Markheim la conciencia de lo que tenía alrededor. Contempló la tienda lleno de pavor. La vela seguía sobre el mostrador, y su llama se agitaba solemnemente debido a una corriente de aire; y por aquel movimiento insignificante, la habitación entera se llenaba de silenciosa agitación, subiendo y bajando como las olas del mar; las sombras alargadas cabeceaban, las densas manchas de oscuridad se dilataban y contraían como si respirasen, los rostros de los retratos y los dioses de porcelana cambiaban y ondulaban como imágenes sobre el agua. La puerta interior seguía entreabierta y escudriñaba el confuso montón de sombras con una larga rendija de luz semejante a un índice extendido.</p>
<p>De aquellas aterrorizadas ondulaciones los ojos de Markheim se volvieron hacia el cuerpo de la víctima, que yacía encogido y desparramado al mismo tiempo; increíblemente pequeño y, cosa extraña, más mezquino aún que en vida. Con aquellas pobres ropas de avaro, en aquella desgarbada actitud, el anticuario yacía como si no fuera más que un montón de aserrín. Markheim había temido mirarlo y he aquí que no era nada. Y sin embargo mientras lo contemplaba, aquel montón de ropa vieja y aquel charco de sangre empezaron a expresarse con voces elocuentes. Allí tenía que quedarse; no había nadie que hiciera funcionar aquellas articulaciones o que pudiera dirigir el milagro de su locomoción: allí tenía que seguir hasta que lo encontraran. Y ¿cuando lo encontraran? Entonces, su carne muerta lanzaría un grito que resonaría por toda Inglaterra y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. Muerto o vivo aquello seguía siendo el enemigo. «El tiempo era el enemigo cuando faltaba la inteligencia», pensó; y la primera palabra se quedó grabada en su mente. El tiempo, ahora que el crimen había sido cometido; el tiempo, que había terminado para la víctima, se había convertido en perentorio y trascendental para el asesino.</p>
<p>Aún seguía pensando en esto cuando, primero uno y luego otro, con los ritmos y las voces más variadas -una tan profunda como la campana de una catedral, otra esbozando con sus notas agudas el preludio de un vals-, los relojes empezaron a dar las tres.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dore_raven3.jpg?t=1229898185" alt="dore_raven3.jpg picture by antoniosarabia" />El repentino desatarse de tantas lenguas en aquella cámara silenciosa le desconcertó. Empezó a ir de un lado para otro con la vela, acosado por sombras en movimiento, sobresaltado en lo más vivo por reflejos casuales. En muchos lujosos espejos, algunos de estilo inglés, otros de Venecia o Ámsterdam, vio su cara repetida una y otra vez, como si se tratara de un ejército de espías; sus mismos ojos detectaban su presencia; y el sonido de sus propios pasos, aunque anduviera con cuidado, turbaba la calma circundante. Y todavía, mientras continuaba llenándose los bolsillos, su mente le hacía notar con odiosa insistencia los mil defectos de su plan. Tendría que haber elegido una hora más tranquila; haber preparado una coartada; no debería haber usado un cuchillo, tendría que haber sido más cuidadoso y atar y amordazar sólo al anticuario en lugar de matarlo; o, mejor, ser aún más atrevido y matar también a la criada; tendría que haberlo hecho todo de manera distinta; intensos remordimientos, vanos y tediosos esfuerzos de la mente para cambiar lo incambiable, para planear lo que ya no servía de nada, para ser el arquitecto del pasado irrevocable. Mientras tanto, y detrás de toda esta actividad, terrores primitivos, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de agitación las más remotas cámaras de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro y sus nervios se estremecerían como un pez cogido en el anzuelo; o presenciaba, en desfile galopante, el arresto, la prisión, la horca y el negro ataúd.</p>
<p>El terror a los habitantes de la calle bastaba para que su imaginación los percibiera como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor del forcejeo no hubiera llegado a sus oídos, despertando su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus ocupantes inmóviles, al acecho de cualquier rumor: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad sin otra compañía que los recuerdos del pasado, y ahora forzadas a abandonar tan melancólica tarea; alegres grupos de familiares, repentinamente silenciosos alrededor de la mesa, la madre aún con un dedo levantado; personas de distintas categorías, edades y estados de ánimo, pero todos, dentro de su corazón, curioseando y prestando atención y tejiendo la soga que habría de ahorcarle. A veces le parecía que no era capaz de moverse con la suficiente suavidad; el tintineo de las altas copas de Bohemia parecía un redoblar de campanas; y, alarmado por la intensidad de los tic-tac, sentía la tentación de parar todos los relojes. Luego, con una rápida transformación de sus terrores, el mismo silencio de la tienda le parecía una fuente de peligro, algo capaz de sorprender y asustar a los que pasaran por la calle; y entonces andaba con más energía y se movía entre los objetos de la tienda imitando, jactanciosamente, los movimientos de un hombre ocupado, en el sosiego de su propia casa.</p>
<p>Pero estaba tan dividido entre sus diferentes miedos que, mientras una porción de su mente seguía alerta y haciendo planes, otra temblaba al borde de la locura. Una particular alucinación había conseguido tomar fuerte arraigo. El vecino escuchando con rostro lívido junto a la ventana, el viandante detenido en la acera por una horrible conjetura, podían sospechar pero no saber; a través de las paredes de ladrillo y de las ventanas cerradas sólo pasaban los sonidos. Pero allí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que sí; había visto salir a la criada en busca de su novio, humildemente engalanada y con un «voy a pasar el día fuera» escrito en cada lazo y en cada sonrisa. Sí, estaba solo, por supuesto; y, sin embargo, en la casa vacía que se alzaba por encima de él, oía con toda claridad un leve ruido de pasos&#8230;, era consciente, inexplicablemente consciente de una presencia. Efectivamente; su imaginación era capaz de seguirla por cada habitación y cada rincón de la casa; a veces era una cosa sin rostro que tenía, sin embargo, ojos para ver; otras, una sombra de sí mismo; luego la presencia cambiaba, convirtiéndose en la imagen del anticuario muerto, revivificada por la astucia y el odio.</p>
<p>A veces, haciendo un gran esfuerzo, miraba hacia la puerta entreabierta que aún conservaba un extraño poder de repulsión. La casa era alta, la claraboya pequeña y cubierta de polvo, el día casi inexistente en razón de la niebla; y la luz que se filtraba hasta el piso bajo débil en extremo, capaz apenas de iluminar el umbral de la tienda. Y, sin embargo, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no temblaba una sombra?</p>
<p>Repentinamente, desde la calle, un caballero muy jovial empezó a llamar con su bastón a la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y bromas en las que se hacían continuas referencias al anticuario llamándolo por su nombre de pila. Markheim, convertido en estatua de hielo, lanzó una mirada al muerto. Pero no había nada que temer: seguía tumbado, completamente inmóvil; había huido a un sitio donde ya no podía escuchar aquellos golpes y aquellos gritos; se había hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que en otro tiempo fuera capaz de atraer su atención en medio del fragor de la tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y en seguida el jovial caballero renunció a llamar y se alejó calle adelante.</p>
<p>Aquello era una clara insinuación de que convenía apresurar lo que faltaba por hacer; que convenía marcharse de aquel barrio acusador, sumergirse en el baño de las multitudes londinenses y alcanzar, al final del día, aquel puerto de salvación y de aparente inocencia que era su cama. Había aparecido un visitante: en cualquier momento podía aparecer otro y ser más obstinado. Haber cometido el crimen y no recoger los frutos sería un fracaso demasiado atroz. La preocupación de Markheim en aquel momento era el dinero, y como medio para llegar hasta él, las llaves.</p>
<p>Miró por encima del hombro hacia la puerta entreabierta, donde aún permanecía la sombra temblorosa; y sin conciencia de ninguna repugnancia mental pero con un peso en el estómago, Markheim se acercó al cuerpo de su víctima. Los rasgos humanos característicos habían desaparecido completamente. Era como un traje relleno a medias de aserrín, con las extremidades desparramadas y el tronco doblado; y sin embargo conseguía provocar su repulsión. A pesar de su pequeñez y de su falta de lustre. Markheim temía que recobrara realidad al tocarlo. Cogió el cuerpo por los hombros para ponerlo boca arriba. Resultaba extrañamente ligero y flexible y las extremidades, como si estuvieran rotas, se colocaban en las más extrañas posturas. El rostro había quedado desprovisto de toda expresión, pero estaba tan pálido como la cera, y con una mancha de sangre en la sien. Esta circunstancia resultó muy desagradable para Markheim. Le hizo volver al pasado de manera instantánea; a cierto día de feria en una aldea de pescadores, un día gris con una suave brisa; a una calle llena de gente, al sonido estridente de las trompetas, al redoblar de los tambores, y a la voz nasal de un cantante de baladas; y a un muchacho que iba y venía, sepultado bajo la multitud y dividido entre la curiosidad y el miedo, hasta que, alejándose de la zona más concurrida, se encontró con una caseta y un gran cartel con diferentes escenas, atrozmente dibujadas y peor coloreadas: Brownrigg y su aprendiz; los Mannig con su huésped asesinado; Weare en el momento de su muerte a manos de Thurtell; y una veintena más de crímenes famosos. Lo veía con tanta claridad como si fuera un espejismo; Markheim era de nuevo aquel niño; miraba una vez más, con la misma sensación física de náusea, aquellas horribles pinturas, todavía estaba atontado por el redoblar de los tambores. Un compás de la música de aquel día le vino a la memoria; y ante aquello, por primera vez, se sintió acometido de escrúpulos, experimentó una sensación de mareo y una repentina debilidad en las articulaciones, y tuvo que hacer un esfuerzo para resistir y vencerlas.</p>
<p>Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas; contemplar con toda fijeza el rostro muerto y obligar la mente a darse cuenta de la naturaleza e importancia de su crimen. Hacía tan poco tiempo que aquel rostro había expresado los más variados sentimientos que aquella boca había hablado, que aquel cuerpo se había encendido con energías encaminadas hacia una meta; y ahora, y por obra suya aquel pedazo de vida se había detenido, como el relojero, interponiendo un dedo, detiene el latir del reloj. Así razonaba en vano; no conseguía sentir más remordimientos; el mismo corazón que se había encogido ante las pintadas efigies del crimen, contemplaba indiferente su realidad. En el mejor de los casos, sentía un poco de piedad por uno que había poseído en vano todas esas facultades que pueden hacer del mundo un jardín encantado; uno que nunca había vivido y que ahora estaba ya muerto. Pero de contrición, nada; ni el más leve rastro.</p>
<p>Con esto, después de apartar de sí aquellas consideraciones, encontró las llaves y se dirigió hacia la puerta entreabierta. En el exterior llovía con fuerza; y el ruido del agua sobre el tejado había roto el silencio. Al igual que una cueva con goteras, las habitaciones de la casa estaban llenas de un eco incesante que llenaba los oídos y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, a medida que Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a su cauteloso caminar, los pasos de otros pies que se retiraban escaleras arriba. La sombra todavía palpitaba en el umbral. Markheim hizo un esfuerzo supremo para dar confianza a sus músculos y abrió la puerta de par en par.</p>
<p>La débil y neblinosa luz del día iluminaba apenas el suelo desnudo, las escaleras, la brillante armadura colocada, alabarda en mano, en un extremo del descansillo, y los relieves en madera oscura y los cuadros que colgaban de los paneles amarillos del revestimiento. Era tan fuerte el golpear de la lluvia por toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a diferenciarse en muchos sonidos diversos. Pasos y suspiros, el ruido de un regimiento marchando a lo lejos, el tintineo de monedas al contarlas, el chirriar de puertas cautelosamente entreabiertas, parecía mezclarse con el repiqueteo de las gotas sobre la cúpula y con el gorgoteo de los desagües. La sensación de que no estaba solo creció dentro de él hasta llevarlo al borde de la locura. Por todos lados se veía acechado y cercado por aquellas presencias. Las oía moverse en las habitaciones altas; oía levantarse en la tienda al anticuario; y cuando empezó, haciendo un gran esfuerzo, a subir las escaleras, sintió pasos que huían silenciosamente delante de él y otros que le seguían cautelosamente. Si estuviera sordo, pensó Markheim, ¡qué fácil le sería conservar la calma! Y en seguida, y escuchando con atención siempre renovada, se felicitó a sí mismo por aquel sentido infatigable que mantenía alerta a las avanzadillas y era un fiel centinela encargado de proteger su vida. Markheim giraba la cabeza continuamente, sus ojos, que parecían salírsele de las órbitas, exploraban por todas partes, y en todas partes se veían recompensados a medias con la cola de algún ser innominado que se desvanecía. Los veinticuatro escalones hasta el primer piso fueron otras tantas agonías.</p>
<p>En el primer piso las puertas estaban entornadas; tres puertas como tres emboscadas, haciéndole estremecerse como si fueran bocas de cañón. Nunca más, pensó podría sentirse suficientemente protegido contra los observadores ojos de los hombres; anhelaba estar en su casa, rodeado de paredes, hundido entre las ropas de la cama, e invisible a todos menos a Dios. Y ante aquel pensamiento se sorprendió un poco, recordando historias de otros criminales y del miedo que, según contaban, sentían ante la idea de un vengador celestial. No sucedía así, al menos, con él. Markheim temía las leyes de la naturaleza, no fuera que en su indiferente e inmutable proceder, conservaran alguna prueba concluyente de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso y abyecto, algún corte en la continuidad de la experiencia humana, alguna caprichosa ilegalidad de la naturaleza. El suyo era un juego de habilidad, que dependía de reglas, que calculaba las consecuencias a partir de una causa; y ¿qué pasaría si la naturaleza, de la misma manera que el tirano derrotado volcó el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su concatenación? Algo parecido le había sucedido a Napoleón (al menos eso decían los escritores) cuando el invierno cambió el momento de su aparición. Lo mismo podía sucederle a Markheim; las sólidas paredes podían volverse transparentes y revelar sus acciones como las colmenas de cristal revelan las de las abejas; las recias tablas podían ceder bajo sus pies como arenas movedizas, reteniéndolo en su poder; y existían accidentes perfectamente posibles capaces de destruirlo; así, por ejemplo, la casa podía derrumbarse y aprisionarlo junto al cuerpo de su víctima; o podía arder la casa vecina y verse rodeado de bomberos por todas partes. Estas cosas le inspiraban miedo; y, en cierta manera, a esas cosas se las podía considerar como la mano de Dios extendida contra el pecado. Pero en cuanto a Dios mismo, Markheim se sentía tranquilo; la acción cometida por él era sin duda excepcional, pero también lo eran sus excusas, que Dios conocía; era en ese tribunal y no entre los hombres, donde estaba seguro de alcanzar justicia.</p>
<p>Después de llegar sano y salvo a la sala y de cerrar la puerta tras de sí, Markheim se dio cuenta de que iba a disfrutar de un descanso después de tantos motivos de alarma. La habitación estaba completamente desmantelada, sin alfombra por añadidura, con muebles descabalados y cajas de embalaje esparcidos aquí y allá; había varios espejos de cuerpo entero, en los que podía verse desde diferentes ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, enmarcados o sin enmarcar, de espaldas contra la pared; un elegante aparador Sheraton, un armario de marquetería, y una gran cama antigua, con dosel. Las ventanas se abrían hasta el suelo, pero afortunadamente la parte inferior de los postigos estaba cerrada, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim procedió entonces a colocar una de las cajas de embalaje delante del armario y empezó a buscar entre las llaves. Era una tarea larga, porque había muchas, y molesta por añadidura; después de todo, podía no haber nada en el armario y el tiempo pasaba volando. Pero el ocuparse de una tarea tan concreta sirvió para que se serenara. Con el rabillo del ojo veía la puerta: de cuando en cuando miraba hacia ella directamente, de la misma manera que al comandante de una plaza sitiada le gusta comprobar por sí mismo el buen estado de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. El ruido de la lluvia que caía en la calle resultaba perfectamente normal y agradable En seguida, al otro lado, alguien empezó a arrancar notas de un piano hasta formar la música de un himno, y las voces de muchos niños se le unieron para cantar la letra. ¡Qué majestuosa y tranquilizadora era la melodía! ¡Qué agradables las voces juveniles! Markheim las escuchó sonriendo, mientras revisaba las llaves; y su mente se llenó de imágenes e ideas en correspondencia con aquella música; niños camino de la iglesia mientras resonaba el órgano; niños en el campo, unos bañándose en el río otros vagabundeando por el prado o haciendo volar sus cometas por un cielo cubierto de nubes empujadas por el viento; y después, al cambiar el ritmo de la música, otra vez en la iglesia, con la somnolencia de los domingos de verano, la voz aguda y un tanto afectada del párroco (que le hizo sonreír al recordarla), las tumbas del período jacobino, y el texto de los Diez Mandamientos grabado en el presbiterio con caracteres ya apenas visibles.</p>
<p>Y mientras estaba así sentado, distraído y ocupado al mismo tiempo, algo le sobresaltó, haciéndole ponerse en pie. Tuvo una sensación como de hielo, y luego un calor insoportable, le pareció que el corazón iba estallarle dentro del pecho y finalmente se quedó inmóvil, temblando de horror. Alguien subía la escalera con pasos lentos pero firmes; en seguida una mano se posó sobre el picaporte, la cerradura emitió un suave chasquido y la puerta se abrió.</p>
<p>El miedo tenía a Markheim atenazado. No sabía qué esperar: si al muerto redivivo, a los enviados oficiales de la justicia humana, o a algún testigo casual que, sin saberlo, estaba a punto de entregarlo a la horca. Pero cuando el rostro que apareció en la abertura recorrió la habitación con la vista, lo miró, hizo una inclinación de cabeza, sonrió como si reconociera en él a un amigo, retrocedió de nuevo y cerró la puerta tras de sí, Markheim fue incapaz de controlar su miedo y dejó escapar un grito ahogado. Al oírlo, el visitante volvió a entrar.</p>
<p>-¿Me llamaba? -preguntó con gesto cordial; y con esto, introdujo todo el cuerpo en la habitación y cerró de nuevo la puerta.</p>
<p>Markheim lo contempló con la mayor atención imaginable. Quizá su vista tropezaba con algún obstáculo, porque la silueta del recién llegado parecía modificarse y ondular como la de los ídolos de la tienda bajo la luz vacilante de la vela; a veces le parecía reconocerlo; a veces le daba la impresión de parecerse a él; y a cada momento, como un peso intolerable, crecía en su pecho la convicción de que aquel ser no procedía ni de la tierra ni de Dios.</p>
<p>Y sin embargo aquella criatura tenia un extraño aire de persona corriente mientras miraba a Markheim sin dejar de sonreír; y después, cuando añadió: «¿Está usted buscando el dinero, no es cierto?», lo hizo con un tono cortés que nada tenía de extraordinario.</p>
<p>Markheim no contestó.</p>
<p>-Debo advertirle -continuó el otro- que la criada se ha separado de su novio antes de lo habitual y que no tardará mucho en estar de vuelta. Si el señor Markheim fuera encontrado en esta casa, no necesito describirle las consecuencias.</p>
<p>-¿Me conoce usted? -exclamó el asesino.</p>
<p>El visitante sonrió.</p>
<p>-Hace mucho que es usted uno de mis preferidos -dijo-; le he venido observando durante todo este tiempo y he deseado ayudarle con frecuencia.</p>
<p>-¿Quién es usted? -exclamó Markheim-: ¿el Demonio?</p>
<p>-Lo que yo pueda ser -replicó el otro- no afecta para nada al servicio que me propongo prestarle.</p>
<p>-¡Sí que lo afecta! -exclamó Markheim-, ¡claro que sí! ¿Ser ayudado por usted? ¡No, nunca, no por usted! ¡Todavía no me conoce, gracias a Dios, todavía no!</p>
<p>-Le conozco -replicó el visitante, con tono severo o más bien firme-. Conozco hasta sus más íntimos pensamientos.</p>
<p>-¡Me conoce! -exclamó Markheim-. ¿Quién puede conocerme? Mi vida no es más que una parodia y una calumnia contra mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos son mejores que este disfraz que va creciendo y acaba asfixiándolos. La vida se los lleva a todos a rastras, como si un grupo de malhechores se hubiera apoderado de ellos y acallara sus gritos a la fuerza. Si no hubieran perdido el control&#8230;, si se les pudiera ver la cara, serían completamente diferentes, ¡resplandecerían como héroes y como santos! Yo soy peor que la mayoría; mi ser auténtico está más oculto; mis razones sólo las conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría mostrarme tal como soy.</p>
<p>-¿Ante mí? -preguntó el visitante.</p>
<p>-Sobre todo ante usted -replicó el asesino-. Le suponía inteligente. Pensaba, puesto que existe, que resultaría capaz de leer los corazones. Y, sin embargo, ¡se propone juzgarme por mis actos! Piense en ello; ¡mis actos! Nací y he vivido en una tierra de gigantes; gigantes que me arrastran, cogido por las muñecas, desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de las circunstancias. ¡Y usted va a juzgarme por mis actos! ¿No es capaz de mirar en mi interior? ¿No comprende que el mal me resulta odioso? ¿No ve usted cómo la conciencia escribe dentro de mí con caracteres muy precisos, nunca borrados por sofismas caprichosos, pero sí frecuentemente desobedecidos? ¿No me reconoce usted como algo seguramente tan común como la misma humanidad: el pecador que no quiere serlo?</p>
<p>-Se expresa usted con mucho sentimiento -fue la respuesta-, pero todo eso no me concierne. Esas razones quedan fuera de mi competencia, y no me interesan en absoluto los apremios por los que se ha visto usted arrastrado; tan sólo que le han llevado en la dirección correcta. Pero el tiempo pasa; la criada se retrasa mirando las gentes que pasan y los dibujos de las carteleras, pero está cada vez más cerca; y recuerde, ¡es como si la horca misma caminara hacia usted por las calles en este día de Navidad! ¿No debería ayudarle, yo que lo sé todo? ¿No debería decirle dónde está el dinero?</p>
<p>-¿A qué precio? -preguntó Markheim.</p>
<p>-Le ofrezco este servicio como regalo de Navidad -contestó el otro.</p>
<p>Markheim no pudo evitar la triste sonrisa de quien alcanza una amarga victoria.</p>
<p>-No -dijo-; no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.</p>
<p>-No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte -hizo notar el visitante.</p>
<p>-¡Porque no cree usted en su eficacia! -exclamó Markheim.</p>
<p>-No diría yo eso -respondió el otro-; en realidad miro estas cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así, y la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.</p>
<p>-Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? -preguntó Markheim-. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?</p>
<p>-El asesinato no constituye para mí una categoría especial -replicó el otro-. Todos los pecados son asesinatos, igual que toda vida es guerra. Veo a su raza como un grupo de marineros hambrientos sobre una balsa, arrebatando las últimas migajas de las manos más necesitadas y alimentándose cada uno de las vidas de los demás. Sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todos que la última consecuencia es la muerte; y desde mi punto de vista, la hermosa doncella que con tan encantadores modales contraría a su madre con motivo de un baile, no está menos cubierta de sangre humana que un asesino como usted. ¿He dicho que sigo los pecados? También me interesan las virtudes; apenas se diferencian de ellos en el espesor de un cabello: unos y otras son las guadañas que utiliza el ángel de la Muerte para recoger su cosecha. El mal, para el cual yo vivo, no consiste en la acción sino en el carácter. El hombre malvado me es caro; no así el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos suficientemente lejos, en su descenso por la catarata de las edades, quizá se revelaran como más beneficiosos que los de las virtudes más excepcionales. Y si yo me ofrezco a facilitar su huída, ello no se debe a que haya usted asesinado a un anticuario, sino a que es usted Markheim.</p>
<p>-Voy a abrirle mi corazón -contestó Markheim-. Este crimen en el que usted me ha sorprendido es el último. En mi camino hacia él he aprendido muchas lecciones; el crimen mismo es una lección, una lección de gran importancia. Hasta ahora me he rebelado por las cosas que no tenía; era un esclavo amarrado a la pobreza, empujado y fustigado por ella. Existen virtudes robustas capaces de resistir esas tentaciones; no era ése mi caso: yo tenía sed de placeres. Pero hoy, mediante este crimen, obtengo riquezas y una advertencia; la posibilidad y la firme decisión de ser yo mismo. Paso a ser en todo una voluntad libre; empiezo a verme completamente cambiado; a considerar estas manos agentes del bien y este corazón, una fuente de paz. Algo vuelve a mí desde el pasado; algo que soñaba los domingos por la tarde con un fondo de música de órgano; o que planeaba cuando derramaba lágrimas sobre libros llenos de nobles ideas, cuando hablaba con mi madre, aún niño inocente. En eso estriba el sentido de mi vida; he andado errante unos cuantos años, pero ahora veo una vez más cuál es mi destino.</p>
<p>-Va usted a usar el dinero en la Bolsa, ¿no es cierto? -observó el visitante-; y, si no estoy equivocado, ¿no ha perdido usted allí anteriormente varios miles?</p>
<p>-Sí -dijo Markheim-; pero esta vez se trata de una jugada segura.</p>
<p>-También perderá esta vez -replicó, calmosamente, el visitante.</p>
<p>-¡Me guardaré la mitad! -exclamó Markheim.</p>
<p>-También la perderá -dijo el otro.</p>
<p>La frente de Markheim empezó a llenarse de gotas de sudor.</p>
<p>-Bien; si es así, ¿qué importancia tiene? -exclamó-. Digamos que lo pierdo todo, que me hundo otra vez en la pobreza, ¿será posible que una parte de mí, la peor, continúe hasta el final pisoteando a la mejor? El mal y el bien tienen fuerza dentro de mí, empujándome en las dos direcciones. No quiero sólo una cosa, las quiero todas. Se me ocurren grandes hazañas, renunciaciones, martirios; y aunque haya incurrido en un delito como el asesinato, la compasión no es ajena a mis pensamientos. Siento piedad por los pobres; ¿quién conoce mejor que yo sus tribulaciones? Los compadezco y los ayudo; valoro el amor y me gusta reír alegremente; no hay nada bueno ni verdadero sobre la tierra que yo no ame con todo el corazón. Y ¿han de ser mis vicios quienes únicamente dirijan mi vida, mientras las virtudes carecen de todo efecto, como si fueran trastos viejos? No ha de ser así; también el bien es una fuente de actos.</p>
<p>Pero el visitante alzó un dedo.</p>
<p>-Durante los treinta y seis años que lleva usted vivo -dijo-, durante los cuales su fortuna ha cambiado muchas veces y también su estado de ánimo, le he visto caer cada vez más bajo. Hace quince años le hubiera asustado la idea del robo. Hace tres años la palabra asesinato le hubiera acobardado. ¿Existe aún algún crimen, alguna crueldad o bajeza ante la que todavía retroceda?&#8230; ¡Dentro de cinco años le sorprenderé haciéndolo! Su camino va siempre hacia abajo; tan sólo la muerte podrá detenerlo.</p>
<p>-Es verdad -dijo Markheim con voz ronca- que en cierta manera me he sometido al mal. Pero lo mismo les sucede a todos; los mismos santos, por el simple hecho de vivir, se hacen menos delicados, acomodándose a lo que les rodea.</p>
<p>-Voy a hacerle una pregunta muy simple -dijo el otro-, y de acuerdo con su respuesta le haré saber cuál es su horóscopo moral. Ha ido usted haciéndose más laxo en muchas cosas; posiblemente hace usted bien; y en cualquier caso, lo mismo les sucede a los demás hombres. Pero, aunque reconozca eso, ¿cree que en algún aspecto particular, por insignificante que sea, es usted más exigente en su conducta, o cree más bien que se ha dejado ir en todo?</p>
<p>-¿En algún aspecto particular? -repitió Markheim, sumido en angustiosa consideración-. No -añadió después, con desesperanza-, ¡en ninguno! Me he ido dejando arrastrar en todo.</p>
<p>-Entonces -dijo el visitante-, confórmese con lo que es, porque nunca cambiará; el papel que representa usted en esta obra ha sido ya irrevocablemente escrito.</p>
<p>Markheim permaneció callado un buen rato, y de hecho fue el visitante quien rompió primero el silencio.</p>
<p>-Siendo ésa la situación -dijo-, ¿debo mostrarle el dinero?</p>
<p>-¿Y la gracia? -exclamó Markheim.</p>
<p>-¿No lo ha intentado ya? -replicó el otro-. Hace dos o tres años, ¿no le vi en una reunión evangelista, y no era su voz la que cantaba los himnos con más fuerza?</p>
<p>-Es cierto -dijo Markheim-; y veo con claridad en qué consiste mi deber. Le agradezco estas lecciones con toda mi alma; se me han abierto los ojos y me veo por fin a mí mismo tal como soy.</p>
<p>En aquel momento, la nota aguda de la campanilla de la puerta resonó por toda la casa; y el visitante, como si se tratara de una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.</p>
<p>-¡La criada! -exclamó-. Ha regresado, como ya le había advertido, y ahora tendrá usted que dar otro paso difícil. Su señor, debe usted decirle, está enfermo, debe usted hacerla entrar, con expresión tranquila pero más bien seria: nada de sonrisas, no exagere su papel, ¡y yo le prometo que tendrá éxito! Una vez que la muchacha esté dentro, con la puerta cerrada la misma destreza que le ha permitido librarse del anticuario, le servirá para eliminar este último obstáculo en su camino. A partir de ese momento tendrá usted toda la tarde, la noche entera, si fuera necesario, para apoderarse de los tesoros de la casa y ponerse después a salvo. Se trata de algo que le beneficia aunque se presente con la máscara del peligro. ¡Levántese! -exclamó-; ¡levántese, amigo mío!; su vida está oscilando en la balanza: ¡levántese y actúe!</p>
<p>Markheim miró fijamente a su consejero.</p>
<p>-Si estoy condenado a hacer el mal -dijo-, todavía tengo una salida hacia la libertad&#8230;, puedo dejar de obrar. Si mi vida es una cosa nociva, puedo sacrificarla. Aunque me halle, como usted bien dice, a merced de la más pequeña tentación, todavía puedo, con un gesto decidido, ponerme fuera del alcance de todas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; quizá sea así, de acuerdo. Pero todavía me queda el odio al mal; y de él, para decepción suya, verá cómo soy capaz de sacar energía y valor.</p>
<p>Los rasgos del visitante empezaron a sufrir una extraordinaria transformación; todo su rostro se iluminó y dulcificó con una suave expresión de triunfo, y, al mismo tiempo, sus facciones fueron palideciendo y desvaneciéndose. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o a entender aquella transformación. Abrió la puerta y bajó las escaleras muy despacio, recapacitando consigo mismo. Su pasado fue desfilando ante él; lo fue viendo tal como era, desagradable y penoso como un mal sueño, tan desprovisto de sentido como un homicidio accidental&#8230; el escenario de una derrota. La vida, tal como estaba volviendo a verla, no le tentaba ya; pero en la orilla más lejana era capaz de distinguir un refugio tranquilo para su embarcación. Se detuvo en el pasillo y miró dentro de la tienda, donde la vela ardía aún junto al cadáver. Todo se había quedado extrañamente silencioso. Allí parado, empezó a pensar en el anticuario. Y una vez más la campanilla de la puerta estalló en impaciente clamor.</p>
<p>Markheim se enfrentó a la criada en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.</p>
<p>-Será mejor que avise a la policía -dijo-: he matado a su señor.</p>
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		<title>Emily Dickinson, la poeta en su jardín</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Dec 2008 01:48:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía norteamericana]]></category>
		<category><![CDATA[traductores]]></category>
		<category><![CDATA[Autores norteamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[Emily Dickinson]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Luis Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Margarita Ardanaz]]></category>
		<category><![CDATA[Silvina Ocampo]]></category>

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		<description><![CDATA[Este mes se celebra un aniversario más del natalicio de Emily Dickinson (Amherst, Massachusets, 1830-1886), la gran poeta norteamericana cuyos poemas nos asombran aún hoy por su grado de experimentación y su modernidad. En una carta dirigida a su amigo Thomas Wentworth Higginson, a quien había enviado algunos versos para que se los criticara, Emily [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este mes se celebra un aniversario más del natalicio de Emily Dickinson (Amherst, Massachusets, 1830-1886), la gran poeta norteamericana cuyos poemas nos asombran aún hoy por su grado de experimentación y su modernidad.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 300px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/EmilyDickinson1.jpg?t=1229304078" alt="EmilyDickinson1.jpg picture by antoniosarabia" />En una carta dirigida a su amigo Thomas Wentworth Higginson, a quien había enviado algunos versos para que se los criticara, Emily le participaba su percepción personal de la poesía: <em>si físicamente siento que me arrancan la cabeza, eso es poesía. Esa es mi única manera de saberlo. ¿Hay otra?</em><br />
Sin embargo, para Emily Dickinson el quehacer literario era inseparable de las demás actividades que colmaban su vida cotidiana. La vivía con la misma intensidad con la que se ocupaba del jardín, tejía o cocinaba. <em>Vivir es tan sorprendente</em>, escribió en 1871 al mismo Higginson, <em>que deja poco espacio para otras ocupaciones.</em><br />
Apenas una media docena de poemas aparecieron en vida de la autora, todos dados a conocer en forma anónima o sin su consentimiento, y sólo fueron publicados después de ser corregidos por los editores.<br />
<em>La suya es una metafísica doméstica y particular</em>, nos dice Margarita Ardanaz en su introducción a las <em>Cartas Poéticas e Íntimas (1859-1886)</em>, y continúa más adelante:<br />
<em><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 284px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/EmilyDickinson3.jpg?t=1229304723" alt="EmilyDickinson3.jpg picture by antoniosarabia" />Sus poemas tienen una frescura especial porque ella emplea las palabras de cada día como nadie las había empleado antes. Nos sitúa en el umbral mismo del canto y nos invita, mediante fragmentos inacabados, a completar la ruta hacia ninguna parte. Eso es la poesía. La pura posibilidad. El poema es para ella lo que ya no es tanto como lo que todavía no es. Es en ese espacio incierto que media entre lo todavía no dicho y lo ya recordado donde se sitúa el poema. El poema es el presente eternizado.<br />
Acaso sea en este grado de experimentación léxica donde radique la modernidad de su obra. Un sentido de la experimentación que no tiene mucho que ver con su época. Por eso no es casual que prefiera el poema breve y el fragmento en prosa como medios de expresión. El nivel de concentración concede a cada una de las palabras un valor objetual imprescindible. El discurso se concentra en torno a una serie de palabras motrices. Por eso su sintaxis se ve frecuentemente reducida al nombre, suprimiendo al mínimo los elementos unitivos y reduciendo los verbos en un afán de supresión del tiempo. Esta técnica favorece las posibilidades de la elipsis, que es la auténtica protagonista de la retórica dickinsoniana. Lo no dicho, los espacios en blanco, la insinuación, el lenguaje oblicuo y la ambigüedad tienen tanto valor en su discurso como los elementos explícitos. Y es que el silencio es para Emily Dickinson tan subversivo como la palabra.</em></p>
<p><span id="more-349"></span></p>
<p><em><span style="font-style: normal;"><em><span style="font-style: normal;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 321px; height: 213px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/EmilyDickinson5.jpg?t=1229304449" alt="EmilyDickinson5.jpg picture by antoniosarabia" /></span>No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer</em>, escribió a su vez Jorge Luis Borges en el prólogo a la antología de poemas traducidos por Silvina Ocampo, de la que presentamos algunos más abajo. <em>Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amherst buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía. Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor; después de su muerte, que acaeció en 1886, encontraron en sus cajones más de mil piezas manuscritas, casi todas muy breves y extrañamente intensas. Además de la escritura fugaz de cosas inmortales, profesó el hábito de la lenta lectura y la reflexión. Emerson, Ruskin y Sir Thomas Brown le enseñaron mucho, pero sólo a ella le fue dado escribir</em></span></em></p>
<p><em>Parting is all we know of Heaven / and all we need of Hell.<br />
O<br />
This quiet dust was gentleman and ladies</em></p>
<p><em>cuya idea es común y cuya forma es incomparable (curiosamente se abismaba, como Hugo, en la Revelación de San Juan, el Teólogo).<br />
He sospechado que el concepto de versión literal, desconocido a los antiguos, procede de los fieles que no se atrevían a cambiar una palabra dictada por el Espíritu. Emily Dickinson parece haber inspirado a Silvina Ocampo un respeto análogo. Casi siempre, en este volumen, tenemos las palabras originales en el mismo orden.<br />
No es cotidiano el hecho de un poeta traducido por otro poeta. Silvina Ocampo es, fuera de duda, la máxima poeta argentina; la cadencia, la entonación, la pudorosa complejidad de Emily Dickinson aguardan al lector de estas páginas, en una suerte de venturosa transmigración.</em></p>
<p><em></em><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 224px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Emily-Dickinson2.jpg?t=1229304898" alt="Emily-Dickinson2.jpg picture by antoniosarabia" />5</p>
<p>Tengo un pájaro en primavera<br />
para mí sola canta -<br />
la primavera seduce.<br />
Y cuando el verano se acerca<br />
y cuando la rosa aparece,<br />
el pájaro se va.</p>
<p>Y asimismo no me quejo<br />
sabiendo que ese pájaro mío<br />
a pesar de haberse ido -<br />
estudia más allá del mar<br />
melodías nuevas para mí<br />
y volverá.</p>
<p>Raudas en mano más segura<br />
contenidas en tierras más naturales<br />
son mías -<br />
y aunque ahora partan,<br />
digo a mi desconfiado corazón<br />
son tuyas.</p>
<p>En un sereno brillo,<br />
en una más dorada luz<br />
veo<br />
cada ínfima duda y temor<br />
cada pequeña discordia acá<br />
terminada.</p>
<p>Entonces no me lamentaré<br />
sabiendo que ese pájaro mío<br />
aunque haya volado<br />
en un distante árbol<br />
deslumbrante melodía para mí<br />
volverá.</p>
<p> </p>
<p>84</p>
<p>Su pecho es propicio para perlas,<br />
pero yo no soy buceador -<br />
su frente es propicia para tronos<br />
pero no tengo penacho.<br />
Su corazón es propicio para un hogar -<br />
yo -un gorrión- edifico ahí<br />
dulces entrelazadas ramas<br />
mi perenne nido.</p>
<p> </p>
<p><img id="imageTag_0" class="imageTag" style="width: 228px; cursor: crosshair;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Emily_Dickinson4.jpg" alt="Emily_Dickinson4.jpg" />223</p>
<p>Vine a comprar una sonrisa -hoy-<br />
una sola sonrisa -<br />
la más pequeña de tu cara<br />
me agradará lo mismo -<br />
la que nadie echaría de menos<br />
brillaba tan diminuta<br />
estoy rogando en el mostrador -señor-<br />
puede usted comprar -<br />
tengo diamantes -en mis dedos-<br />
¿Sabe usted qué son los diamantes?<br />
¡Tengo rubíes -como la sangre del ocaso-<br />
y un topacio -como una estrella!<br />
¡podría ser buen negocio para un &#8220;judío&#8221;!<br />
diga -¿puedo hacerlo- señor?</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>254</p>
<p>&#8220;Esperanza&#8221; es algo con plumas -<br />
que se posa en el alma -<br />
y canta una melodía sin palabras -<br />
y nunca se detiene -totalmente-</p>
<p>más dulce -en el vendaval- se oye-<br />
y herida tiene que estar la tormenta<br />
que pudo abatir al pajarito<br />
que reservó tanto calor -</p>
<p>la oí en la tierra más helada -<br />
y en el más extraño mar -<br />
y nunca, ni en casos extremos,<br />
me pidió una migaja -a mí.</p>
<p> </p>
<p>255</p>
<p>Morir -lleva sólo un corto tiempo-<br />
dicen que no duele<br />
es solo un desmayo -por etapas-<br />
y luego -queda fuera de la vista-</p>
<p>una cinta más oscura -por un día-<br />
un crespón en el sombrero -<br />
luego un lindo sol llega -<br />
y nos ayuda a olvidar -</p>
<p>la ausente -criatura &#8211; mística -<br />
que sólo por amor a nosotros<br />
se fue a dormir -esa profunda vez-<br />
sin la fatiga-</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 226px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Emily_Dickinson6.jpg?t=1229306175" alt="Emily_Dickinson6.jpg picture by antoniosarabia" />376</p>
<p>Es claro -que recé-<br />
¿y a Dios le importó?<br />
le importó tanto como si un pájaro<br />
en el aire-golpeara con su pata-<br />
y gritara dame-<br />
razón-vida-<br />
que no hubiera tenido -sin ti-<br />
más piadoso hubiera sido<br />
en la tumba del átomo dejarme-<br />
alegre, aniquilada, dichosa y muda-<br />
en lugar de esta penetrante miseria.</p>
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		<title>Octavio Paz, el poeta en la minificción</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 18:12:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Adolfo Bioy Casares]]></category>
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		<category><![CDATA[Juan José Arreola]]></category>
		<category><![CDATA[Julio Cortázar]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Octavio Paz]]></category>
		<category><![CDATA[Poetas mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Vicente Huidobro]]></category>

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		<description><![CDATA[En estas últimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopilé aquí relatos brevísimos de Borges, Bioy, Cortázar, Arreola, Huidobro y varios más. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, había dejado fuera a otro gran maestro del género: el poeta mexicano Octavio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En estas últimas semanas hemos venido reflexionando en <em>Los Convidados</em> sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopilé aquí relatos brevísimos de Borges, Bioy, Cortázar, Arreola, Huidobro y varios más. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, había dejado fuera a otro gran maestro del género: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de México, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el año de 1990.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/octavio_paz2.jpg?t=1223229245" alt="octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia" /> Paz es más conocido por su vasta producción poética y ensayística pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los demás géneros literarios. <em>Trabajos del Poeta</em>, de 1949, es una admirable incursión surrealista entre la prosa poética y el microrelato. Ninguno de sus espléndidos textos rebasa los treinta renglones. <em>¿Águila o Sol?</em>, de 1950, continúa por el mismo camino con pasajes apenas un poco más largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado <em>Dama Huasteca</em>:</p>
<p><em>Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye en el costado del hombre.</em><br />
Y es de otro de sus libros de esa misma época, <em>Arenas Movedizas</em>, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.</p>
<p> <span id="more-143"></span><br />
EL RAMO AZUL</p>
<p>Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:</p>
<p>-¿Dónde va señor?<br />
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.<br />
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/OCTAVIOPAZ3.png?t=1223229733" alt="OCTAVIOPAZ3.png picture by antoniosarabia" />Alcé los hombros, musité &#8220;ahora vuelvo&#8221; y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.<br />
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:<br />
-No se mueva , señor, o se lo entierro.<br />
Sin volver la cara pregunte:<br />
-¿Qué quieres?<br />
-Sus ojos señor -contestó la voz suave, casi apenada.<br />
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.<br />
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.<br />
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?<br />
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ptzcuaro1.jpg?t=1223229518" alt="Ptzcuaro1.jpg picture by antoniosarabia" />-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.<br />
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.<br />
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.<br />
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.<br />
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.<br />
-Alúmbrese la cara.<br />
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.<br />
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.<br />
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.<br />
-¡Ah, qué mañoso es usted! -respondió- A ver, encienda otra vez.<br />
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.<br />
-Arrodíllese.<br />
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.<br />
-Ábralos bien -ordenó.<br />
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.<br />
-Pues no son azules, señor. Dispense.<br />
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.<br />
Entré sin decir palabra.<br />
Al día siguiente huí de aquel pueblo.</p>
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		<title>El Arte de la Minificción</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Aug 2008 22:16:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Adolfo Bioy Casares]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Monterroso]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
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		<description><![CDATA[Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, Minificciones, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal">Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura universal. Desde su propio trabajo hasta el celebérrimo &#8220;Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí&#8221; de Monterroso, reputado como el relato más breve de la lengua castellana. Cuatro palabras más conciso, aunque no por eso más bello, del que a continuación reseñaremos de Borges. Junto a ese relámpago Borgiano tenemos microtextos de Bioy, Huidobro, Cocteau, otro de Monterroso, uno muy famoso de Chuang-Tzu y, para terminar, una pequeña joya de mi paisano Arreola.</p>
<p>Cada cuento viene acompañado de una bella ilustración alusiva al tema o al autor. Al permitirnos el uso de las <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, Delfín y Alejandro tuvieron la amabilidad de enviarnos las imágenes correspondientes con lo que los lectores de <em>Los Convidados</em> tendrán una idea más cabal de su trabajo.<span id="more-60"></span></p>
<p>Con la idea de compartir lectura y escritura, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em> proponen otras áreas del blog en las que pueden participar sus visitantes, ya sea con escritos propios o, incluso, archivos audiovisuales. Están inaugurando, además, un concurso de microrelatos al mes. El ganador podrá ver su texto publicado en el blog, con su nombre completo y la ilustración adecuada, al lado de los consagrados.</p>
<p>Quiero felicitar a Delfín y Alejandro por este esfuerzo común. Es un honor tenerlos esta semana entre <em>Los Convidados</em>. Les deseamos suerte en el blog, en el concurso de minicuentos, y en su incipiente vida de escritores. Comienzo con un par de muestras de su propio quehacer literario para que ustedes vean también lo que, en este ámbito, ambos son capaces de hacer.</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/delfin.jpg?t=1219361346" alt="delfin.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>LABERINTO</p>
<p>La mujer lo mira agonizar. Él, sumido en una espantoso sueño, recorre los largos  pasillos de una oscura mazmorra. Detrás de cada puerta aparecen distintos escenarios,  una cadena de círculos infernales. Sin un Virgilio que lo guíe por ese submundo corre desesperado buscando una salida. A lo lejos, en medio de la bruma, puede ver como la única luz que existe se apaga.  Ella vierte amargas lágrimas&#8230; su marido acaba de expirar.  Él, a oscuras intenta buscar la salida de aquella prisión.</p>
<p>Delfín Beccar Varela</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alejandro.jpg?t=1219361431" alt="Alejandro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>REVERBERA EL RUEDO</p>
<p>El sol de la tarde templa la arena, el clavel, el mantón, el tendido.</p>
<p>Sentada, observa la ceremonia en el ruedo. El cortejo comienza la dupla; los pases abanican, el lomo restriega y ensangrienta lo viril al maestro. Ella mimetiza el baile del animal en su cuerpo. El clavel vibra ahora entre los pechos y el mantón se desliza por sus muslos. La lozana comulga con el frote, la sangre y la espada que penetra e inunda el laberinto.</p>
<p>La muerte grande que ronda; y la pequeña, que aflora tensándole la cara y el bajo vientre.</p>
<p>Alejandro Gelaz</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/bioy.jpg?t=1219361489" alt="bioy.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                           LA SALVACIÓN</p>
<p>Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. &#8220;¿Cómo un ser tan ínfimo&#8221; sin duda estaba pensando el tirano &#8220;es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?&#8221;. Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. &#8220;Por humildes que sean&#8221; dijo indicando al pájaro &#8220;hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros&#8221;.</p>
<p>Adolfo Bioy Casares</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/borges.jpg?t=1219361589" alt="borges.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>BORGIANA</p>
<p>¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga? </p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/huidobro.jpg?t=1219361690" alt="huidobro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>TRAGEDIA</p>
<p>María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.</p>
<p>Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.</p>
<p>Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.</p>
<p>Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.</p>
<p>¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?</p>
<p>Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.</p>
<p>Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.</p>
<p>Vicente Huidobro</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cocteau.jpg?t=1219361754" alt="cocteau.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                     EL GESTO DE LA MUERTE</p>
<p>Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: -Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.</p>
<p>Jean Cocteau</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chuang.jpg?t=1219361818" alt="chuang.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         EL SUEÑO DE LA MARIPOSA</p>
<p>Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.</p>
<p>Chuang Tzu</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/monterroso2.jpg?t=1219361915" alt="monterroso2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         LA TORTUGA Y AQUILES</p>
<p>Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.  En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.  En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles. </p>
<p>Augusto Monterroso</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/arreola.jpg?t=1219361964" alt="arreola.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>ARMISTICIO</p>
<p>Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala invitándonos a entrar. Se alquila paraíso en ruinas.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
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		<title>Erotismo y literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jun 2008 23:09:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Joanoto Martorell]]></category>
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		<description><![CDATA[Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s1600-h/Close+up+6.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215028735848304402" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s200/Close+up+6.jpg" border="0" alt="" /></a> Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.</p>
<p><span id="more-38"></span><br />
Es, entonces, esa poderosa mezcla de erotismo y fantasía -responsable, por ejemplo, de la lascivia despertada por el disimulo de pantorrillas y pescuezos femeninos en la era victoriana-, la que hace también crecer en nuestras mentes una multitud de íntimos fantasmas que nos provocan secretas inquietudes. Algunos son tan antiguos y queridos que tal vez jamás podamos deshacernos de ellos. Quizás nos escoltarán hasta la tumba. No importa, sería difícil encontrar mejores camaradas para compartir las miserias del sepulcro. ¿Cómo saber si no constituirán ahí nuestro único consuelo, nuestra inmejorable y eterna distracción?<br />
A mí, muchos de esos fantasmas, nacidos del arte y la imaginación de otros, me persiguen casi desde mis primeras lecturas. Hay los despertados por <span style="font-style:italic;">Las Mil y Una Noches</span> y los salidos del <span style="font-style:italic;">Cantar de los Cantares</span>. Podría hablar horas enteras de los que me sugirieron Bocaccio, D.H. Lawrence o Henry Miller, así como la <span style="font-style:italic;">Lolita</span> de Nabokov o aquel vibrante y apasionado yes de James Joyce que se extiende a través las dos páginas finales del <span style="font-style:italic;">Ulises</span> y que en mi buena época podía repetir de memoria. Pero algunos son demasiado conocidos y otros pertenecen ya al dominio de la vida adulta. Hoy he elegido convidar en esta entrada a los más íntimos, a los menos intelectuales. A los que me asaltaron aún en plena infancia o en el inicio de la adolescencia, cuando mi lectura era más lúdica y mi edad más propicia para degustar con verdadero asombro, y bastante menos perversión, el manjar del erotismo.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s1600-h/Geisha.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860218527576466" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s320/Geisha.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Su historia, nuestra historia, mía y de mis fantasmas, se inicia con Mark Twain. Yo tendría ocho años cuando leí <span style="font-style:italic;">Tom Sawyer</span> por primera vez. Sin embargo, el beso que éste le da a Becky Thatcher en el vacío salón de clases mientras ambos mascan chicle y columpian las piernas, de puro gozo, sentados sobre los mesabancos fue, ríanse ustedes, una de mis primeras experiencias erótico-literarias.<br />
No tardó en asomar la cabeza Alejandro Dumas con <span style="font-style:italic;">LosTres Mosqueteros</span>, metiendo sin más a D´Artagnan en la cama de Kitty, la doncella de Milady de Winter, para acto seguido permitirle proseguir la fogosa y lasciva visita, de noche todos los gatos son pardos, en la de su más atractiva patrona haciéndose pasar por su amante, el conde de Wardes.<br />
Tampoco puedo olvidar a Juan de Pardaillán, el invencible héroe de Michel Zevaco, haciéndole el amor a Fausta, la diabólica, en aquel soberbio palacete italiano, ya no recuerdo si asentado en Roma, Florencia o Venecia, y despertando luego medio sofocado por lo que él creía la ebriedad del amor y del placer, para encontrarse conque la malvada y hermosísima mujer le había prendido fuego al sitio con la peregrina intención de asarlo dentro.<br />
Pero fue una vieja novela de caballería, <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span>, de Joanoto Martorell, la que instaló el mayor número de imágenes lúbricas en mi temprana adolescencia. Al leerla comprendí mejor porque su lectura había hecho perder el seso a Don Quijote. Debo hacer notar aquí, sin embargo, que <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span> es uno de los pocos libros que Cervantes salva de la famosa quema organizada por el cura y el barbero. <span style="font-style:italic;">¡Válgame Dios!</span>, dice el cura cuando, al expurgar la estantería de don Alonso Quijano, ve caer el tomo a sus pies, <span style="font-style:italic;">dádmelo acá, compadre, que hago de cuenta que he hallado una mina de contento y un tesoro de pasatiempos</span>. Luego, en vez de arrojarlo al fuego con los otros se lo cede al barbero. <span style="font-style:italic;">Llevadle a casa y leedle</span>, le dice, <span style="font-style:italic;">veréis que es verdad cuanto de él os he dicho</span>.<br />
A mí me pareció curioso que un cura lo recomendara con tanta liberalidad. Aparte de que Tirante el Blanco es un héroe capaz de sujetar por las muñecas en la cama a Ricomana, la infanta de Sicilia, para que su amigo, el príncipe Felipe, pueda aprovecharse de ella, cosa que por cierto el inexperto joven no consigue, contiene muchas otras escenas memorables que habrían estado muy lejos de recibir la aprobación de los curas que yo conocía, mis maestros jesuitas de entonces, si hubiera tenido la torpe ocurrencia de solicitárselas.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s1600-h/LedaSwan.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860599329124418" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s320/LedaSwan.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
En cierta ocasión, por ejemplo, Tirante el Blanco visita a la hija del emperador de Grecia, la princesa Carmesina, en sus aposentos. Como las ventanas están cerradas, y hace calor en la habitación, ella anda medio desabrochada y se le alcanzan a ver los pechos, <span style="font-style:italic;">dos manzanas del paraíso</span>, dice el autor, <span style="font-style:italic;">que parecían cristalinas</span>. Tirante posa los ojos en ellas y queda tan trastornado que literalmente equivoca la puerta para salir de la habitación.<br />
En otro momento, su simpática cómplice, la esclava Placer de mi Vida, doncella de confianza de la misma Carmesina, lo introduce subrepticiamente en la habitación de la princesa y lo mete dentro de un baúl del vestidor, de modo que Tirante puede espiar a su adorada mientras ésta se desnuda y se baña. Acto seguido, pide a su ama permiso para acostarse con ella cosa, por lo visto, bastante común en la época. Cuando la joven está dormida, Placer de mi Vida saca a Tirante del escondite y lo mete también en la cama, escondiéndolo con su propio cuerpo, luego toma ella misma la mano de Tirante y la pone sobre los pechos de Carmesina. Tirante palpa los senos, el vientre y <span style="font-style:italic;">más abajo</span>, especifica Martorel. Entonces la princesa se despierta y dice:<br />
<span style="font-style:italic;">-Válgame Dios, cómo eres enojosa, ¿no puedes dejarme dormir?</span><br />
Responde Placer de mi Vida:<br />
<span style="font-style:italic;">-¡Oh! ¡Cómo soy doncella de mal sufrimiento! Salís ahora del baño y tenéis las carnes lisas y gentiles. Deléitome en tocarlas.<br />
-Toca donde quieras</span>, dice la princesa, <span style="font-style:italic;">pero no pongas la mano tan abajo.</span><br />
Carmesina se adormila y Tirante es quien toca donde quiere. Yo, desde luego, imaginaba que ponía la mano bien abajo. Así transcurre una hora. Cuando los dos conspiradores sienten que la princesa se ha dormido, la esclava se hace a un lado y Tirante decide pasar a actividades mayores, pero Carmesina se despierta exclamando:<br />
<span style="font-style:italic;">-¿Qué malaventura haces que no quieres dejarme dormir esta noche? ¿Eres tornada loca que deseas intentar lo que va contra natura?</span> Pero, añade el autor dejándonos maliciar el cómo, <span style="font-style:italic;">a poco rato ella conoció que era más que mujer, y no quiso consentir, antes comenzó a dar de gritos</span>. Al escucharlos acuden los criados y, abreviando el final, les diré que Tirante tiene que huir descolgándose por una ventana sin ser visto, pero la cuerda es demasiado corta, le faltan doce varas para llegar al suelo, y el héroe se ve obligado a dejarse caer, rompiéndose una pierna en el porrazo.<br />
Cuando por fin se recupera decide irse a combatir en el mar. La mala suerte hace que su nave se vaya a pique y él naufraga en el norte de Africa. Allá, sin manera de tornar al imperio griego y a su querida y aún virgen Carmesina, corre un sinfín de aventuras que lo llevan a conquistar, él solo, casi medio continente.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s1600-h/Samaritana.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861061065761538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s320/Samaritana.jpg" border="0" alt="" /></a> Así pasan varios años antes de que vuelva a ver a su adorada. Cuando al fin lo logra, y se queda a solas con ella, ya no desperdicia la oportunidad. Mete mano donde puede y como puede. La princesa intenta defenderse y apaciguarlo. La belleza del texto, un verdadero <span style="font-style:italic;">tour de force</span> del oficio, sorprendente en un escritor del medioevo, no consiente una sola descripción. El lector es testigo de lo que ocurre imaginando los hechos a través del monólogo y las quejas de la princesa. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">-Reposáos, señor, y no queráis usar de tanta fuerza, que las fuerzas de tan delicada doncella no bastan para resistir a tal caballero. No me tratéis, por vuestra gentileza, de esta manera. Las victorias de amor no con fuerza mas con mañosos halagos y dulces ingenios se alcanzan. No porfiéis, señor, no seáis cruel. No penséis que esto sea batalla contra infieles. No queráis vencer lo que está vencido de vuestro amor. Hacedme parte de vuestra valentía para que os pueda resistir. ¡Ay, señor!, ¿cómo os puede deleitar cosa forzada? ¿cómo es posible que el amor consienta que hagáis mal a la cosa amada? Deteneos, señor, por vuestra virtud y mucha nobleza. Guardad, señor, que no deben cortar las armas del amor ni ha de herir ni llagar la lanza enamorada. Tened piedad y compasión de esta sola doncella. ¡Hay, caballero falso y cruel ¡Señor Tirante, aved compasión de mí! ¡No sois vos Tirante! Triste de mí, ¿y esto es lo que yo tanto deseaba? ¡Oh esperanza de mi vida, muerto habéis a vuestra princesa!</span><br />
Otro de mis fantasmas favoritos brincó de improviso, como muñeco asomando de una caja de sorpresas, de la literatura policiaca. Lo que demuestra que los folletines aparentemente sin valor pueden ofrecernos también hallazgos extraordinarios. Se trata del final de una novela negra de Mickey Spilline, <span style="font-style:italic;">Yo, el Jurado</span>. Su héroe, el detective Mike Hammer, se ve involucrado en una aventura que recuerda la trama de El Halcón Maltés porque, en el último capítulo, la culpable del delito resulta ser la hermosa mujer a la que él ha intentado enamorar sin éxito durante toda la novela. Por algo dicen <span style="font-style:italic;">cherchez la femme</span> con tanto acierto los franceses. Apelo a mi memoria, o al fantasma que la ronda desde hace cuarenta años, para revivir esa postrera escena. Me parece que se encaran a solas en una habitación. Mike Hammer le anuncia que lo sabe todo, que la ha desenmascarado, y desenfunda su revólver, clara sustitución del falo diría Freud, para arrestarla. Ella no se inmuta. Lo mira y, sin mediar palabra, empieza a desnudarse ante él. En un strip tease lento e indolente con el que intenta seducirlo, se descubre ante quien la descubre. Hasta aquí todo parece muy banal incluso para mi aturdida sensibilidad de los quince años. Pero la sutileza genial, la que hirió mi imaginación como una espada marcándola para siempre, llega con la postrera reflexión del detective, que el autor desliza justo al caer la última prenda: <span style="font-style:italic;">era una rubia genuina</span>.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s1600-h/Sunny.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861423748304882" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s320/Sunny.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Me gustaría cerrar esta entrada citando las dos líneas finales de un poema de Jorge Luis Borges. A muchos les parecerá el autor menos erótico que les haya tocado leer, a menos que tengan cierta narcisista predilección por los espejos o inclinaciones bestiales hacia los tigres en los laberintos. Puede que tampoco tenga que ver con el tema pero yo lo considero uno de los más grandes escritores del siglo XX, me parece justo recordarlo y no se me ocurrió mejor punto final para esta página. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú,<br />
Que ayer eras sólo toda la hermosura,<br />
Eres también todo el amor, ahora.</span><br />
Antonio Sarabia</p>
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