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Si abril es el mes más cruel, como afirma T.S. Eliot, este año marzo no le va a la zaga. Durante sus días se extinguieron dos de las voces femeninas más importantes de lo últimos tiempos, Blanca Varela y Meira Delmar, dos poetisas estrictamente contemporáneas una de otra, ambas nacidas en países vecinos de Sudamérica y muertas en su ciudad de origen, ambas autoras de una obra breve y, al mismo tiempo, luminosa, compuesta curiosamente por el mismo número de libros de poesía: ocho cada una.
Blanca Varela (Lima, Perú, 1926-2009), estudió letras en la Universidad de San Marcos donde conocería a su futuro esposo, el pintor Fernando de Sziszlo. Colaboró en la revista Las Moradas que dirigía Adolfo Westphalen y en 1949 emigró a París. Fue el poeta mexicano Octavio Paz quien la introdujo en los círculos intelectuales del París de finales de los cuarentas y la década de los cincuentas. De ahí su amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaud, Albert Gicametti y Rufino Tamayo.
Paz prologó, además, el primer poemario de Blanca Varela Ese Puerto Existe. Por cierto que el título original de aquella obra era Puerto Supe. Al poeta mexicano el título le pareció deleznable. “Pero, Octavio, ese puerto existe”, se defendió Blanca Varela. “Ahí tienes el título” exclamó Octavio Paz. Más tarde, al prologar el poemario que él mismo había ayudado a titular, Paz formula lo que podría considerarse una verdadera declaración de principios. He aquí un fragmento: No creíamos en el arte. Pero creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. Escribir : arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del “arte comprometido”, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos. Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural.
Después de París, Blanca Varela vivió en Florencia y más tarde en Washington dedicad a las traducciones y a eventuales trabajos periodísticos. En 1962 regresó a Lima donde tuvo su residencia hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado jueves 12 de marzo.
Seis días después, el miércoles 18, falleció Meira Delmar (Barranquilla, Colombia 1922-2009). Nacida Olga Isabel Chams en el seno de una familia libanesa asentada en la costa colombiana, estudió arte y literatura en el centro Dante Aligheri, de Roma, y más tarde música en el conservatorio de la Universidad del Atlántico de su nativa Barranquilla. La jovencísima Olga Isabel se inventó el alias Meira Delmar sin saber que la palabra que eligió como nombre tiene un origen hebreo y significa, así de simple, “la luz”. Tenía entonces quince años. Lo utilizó como seudónimo para enviar unos poemas a la revista Vanidades. Lo hice más que todo por temor a mi padre, confiesa ella, pues él era una persona muy severa, y yo no quería que ni él ni mis amigos se enteraran de que era yo quien escribía. El apellido ideado refleja su fascinación por uno de los temas fundamentales de su poesía: el mar. Hoy, su primer libro, Alba de Olvido, publicado en 1942 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares, está considerado como una de las cien obras cumbre de la literatura colombiana del siglo XX.
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Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guías más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las íntimas maravillas de la hermosa ciudad.
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de Usted, Despierta y Amor, amor, amor, quien cumpliría años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde Los Convidados va un abrazo a los dos.
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Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de Amarilis, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia
PREMIO DARDO 2008
La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.
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