Posts Tagged “Hay Festival”
Al Hay Festival de Cartagena de Indias, en Colombia, siguió con unos cuantos días de diferencia, el ya tradicional encuentro de Correntes d’Escritas en Póvoa de Varzim, Portugal. A él vinieron también algunos amigos y colegas, como el fotógrafo Daniel Mordzinski o la novelista brasileira Adriana Lisboa, a quienes apenas una semana antes yo había visto del otro lado del mar. La ocasión era especialmente importante porque los organizadores portugueses, al frente de quienes está Manuela Ribeiro, deseaban festejar “a lo grande” ese décimo aniversario del evento. Para eso invitaron a todos los autores que, de un modo u otro, habían destacado en encuentros anteriores. Así asistieron, a lo que luego la prensa titularía “el milagro de Correntes d’Escritas”, ciento veinte autores de catorce países distintos. Entre ellos no podía faltar Ondjaki (Luanda, Angola, 1977) quien, por su humor y simpatía, ha sido el alma de numerosos coloquios anteriores.

El joven autor angoleño presentaba, además, un libro nuevo, Materiales para construir una aplanadora de tristezas, que acaba de aparecer en las vitrinas de las librerías portuguesas y que, por desgracia, aún no ha sido traducido al idioma español. Ese décimo aniversario de Correntes d’Escritas fue una buena ocasión para promocionarlo. A Ondjaki le llueven merecidamente premios y homenajes. Ya hablamos de ellos en un post anterior de este mismo blog (julio 28, 2008) y no los enumeraremos de nuevo. Pero si en aquella ocasión lo mostramos bajo su faceta de viajero incansable, ahora deseamos presentarlo bajo su verdadero rostro de poeta con unos versos que él mismo ha tenido la amabilidad de enviarnos para participar en Los Convidados. La traducción es de Ana Garcia Iglesias. Va para él un abrazo de agradecimiento hasta su nuevo domicilio en Sao Paulo, Brasil, donde descansa ahora de eventos y promociones al lado de su bella Renata. Gracias, Ondjaki, por tu amistad y colaboración. Ojalá nos veamos pronto.
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Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guías más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las íntimas maravillas de la hermosa ciudad.
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de Usted, Despierta y Amor, amor, amor, quien cumpliría años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde Los Convidados va un abrazo a los dos.
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De vuelta del Hay Festival en Cartagena de Indias y del encuentro de Corrientes d’Escritas en Póvoa de Varzim, siento aún los pulmones invadidos por la salada brisa de los distintos mares que acabo de dejar. Mi regreso a Lisboa, la ciudad de las saudades, me llena precisamente de eso: saudades de los viejos conocidos que vi en esos dos coloquios, que deberían llamarse no encuentros sino “rencuentros” literarios, y saudades también de los nuevos amigos que hice en ellos y que ahora, espero, me durarán para siempre.
Entre éstos últimos, algunos de los cuales ya han tenido la generosidad de enviarme material para Los Convidados, está la bellísima poeta libanesa Joumana Hadddad (Beirut, 1970) una de las estrellas en la noche de gala poética del Hay Festival de Cartagena en la que también leyeron poemas Carmen Yáñez, William Ospina, Giovanni Quessep, Craig Arnold, Ramón Cote y Juan Felipe Robledo.
Joumana, quien en el 2006 obtuvo el premio árabe al peridismo gracias a la entrevista que hizo a Mario Vargas Llosa considera su vocación literaria como “una gran historia de amor que, un día u otro, tenía fatalmente que suceder”. Habla siete idiomas, ha vertido varios poetas árabes al italiano, francés y español. Su propia obra está traducida al francés, italiano, portugués, turco, polaco, griego, inglés y español. Colabora desde 1997 en la sección cultural del periódico libanés An Nahar, y es también redactora en jefe de la revista literaria Jasad, que significa Cuerpo en árabe.
Las fotos son de Daniel Mordzinski, quien también estuvo presente en el Hay.
He dividido la colaboración de Joumana en dos partes. La primera consiste en fragmento seleccionados por mí de su poema El Retorno de Lilith, traducidos del francés por Héctor Fernando Vizcarra.
Tal vez sea necesario acotar que Lilith, la protagonista de este primer poema, fue según una leyenda judía basada en el Génesis, la primera mujer sobre la tierra. Creada del polvo al mismo tiempo que Adán era igualmente libre y fuerte y no quiso colocarse por debajo de él ni para hacer el amor. Prefirió fugarse del Paraíso y luego se rehusó a volver. Dios la transformó entonces en demonio y creó a Eva de una costilla de Adán para garantizar su obediencia.
La segunda parte, El espejo de Marina, es un extracto de Espejos del Fugaz, una colección de poemas dedicados a doce poetisas suicidas, traducido por José María Lopera. La selección es de la propia Joumana para Los Convidados. Muchas gracias, linda, hasta la próxima.
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“Yo llegué a París buscando a la Maga”, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.
Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.
En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.
Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.
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