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	<title>Los Convidados &#187; Gabriel García Márquez</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>
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		<title>William Ospina gana el Rómulo Gallegos</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 09:04:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/">William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog</a>).<br />
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos aún tratándose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursión en la narrativa con su novela <em>Ursúa</em>, la cual tuvo una excelente acogida entre el público y la crítica. Ahora, este jueves 4 de junio, con <em>El País de la Canela</em>, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilogía, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 235px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/William_Ospina_imagen_archivo.jpg?t=1244219724" alt="William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabia" />Al presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirmó que <em>El País de la Canela</em> propone una mirada sin maniqueísmo sobre la conquista de América. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un español y de una indígena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dramáticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.<br />
El 2 de agosto se le hará la entrega oficial del galardón que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni para honrar la obra de Rómulo Gallegos, autor del clásico costumbrista <em>Doña Bárbara</em> y en su momento también presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco años, están el peruano Mario Vargas Llosa, quien ganó la primera edición en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, además del español Javier Marías, el también colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.<br />
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.<br />
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-889"></span>.<br />
.</span><br />
EL PAÍS DE LA CANELA, CAPÍTULO SEGUNDO<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sólo entonces aparté la vista de mi pasado y enfrenté el destino que me esperaba. El barco del capitán Niebla nos llevó a Margarita, la isla grande y reseca, en cuyo centro están las arboledas joviales, las casonas y las iglesias. Vi por primera vez el impresionante bazar de las perlas, los barcos traﬁcantes y multitud de canoas junto a las cuales desaparecen y aﬂoran sin cesar los indios pescadores, con una tos de agua en la boca y puñados de ostras en las manos esclavas. Días después anclamos en Cartagena, una aldea sudorosa que no mira al norte azul sino a los ponientes bermejos, donde gobernaba el hombre de nariz remendada que acaba de ahogarse en las costas de España. Y al cabo de muchos días de sol y de mar llegué a los golfos cegadores de Nombre de Dios, a este brazo de selvas que tanto había imaginado, y a este puerto de Panamá, donde cambian las rancherías y los templos de piedra pero el mar es el mismo, míralo, con ese soplo de vagas promesas, repitiendo su brillo y sus olas bajo el mismo desorden de alcatraces. Era el año de 1540. Tú ni siquiera habrías oído hablar de las Indias, pero Castilla de Oro era ya un litoral cargado de leyendas, una babel crujiente de maderos de agua, galeones llevados por el viento y galeras movidas por el sufrimiento, carabelas y carracas, bergantines y fragatas furtivas que parecen mirar por los ojos de sus cañones. La tierra era un rescoldo de esclavos africanos, de comerciantes genoveses, de aventureros de muchas regiones que ya llevaban media vida malandando en las islas, de indios sabios y laboriosos traídos del Perú, derribadores de pájaros robados al Chocó, pescadores capturados en el lago de Nicaragua, sacerdotes nativos transformados en siervos, guerreros de los valles del Sinú con los tobillos ulcerados por las cadenas, y hombres de cobre de La Guajira, acostumbrados a los cielos inmensos del desierto y que cada noche buscaban en vano las estrellas.<br />
Eché a andar sobre las huellas de mi padre, ese señor apenas conocido que había visto tantas cosas: el camino de oro de Balboa y el camino de sangre de Pedrarias Dávila, la casa de limoneros de mi maestro Gonzalo Fernández en Santa María la Antigua del Darién, bajo un cielo de truenos, y los cadalsos insaciables de Acla. Hacía más de diez años que lo había reclutado Pizarro para su aventura en el sur, para padecer las desgracias de una isla de fango donde se comieron hasta las cáscaras de los cangrejos, y para desembarcar más muertos que vivos en la ciudad de colchones venenosos de Túmbez, donde muchos hombres se vieron de pronto llenos de verrugas infecciosas cuando ya se sentían a las puertas del reino.<br />
Recorrí, con menos sufrimientos, ese mismo camino: tragando con los ojos el mar del Sur; pasando ante las costas del Chocó que saludan al Sol con ﬂechazos; ante las ensenadas de Buena Ventura, donde una tarde vimos arquearse los lomos y hundirse las colas de las grandes ballenas; ante la isla que los labios febriles y griegos de Pedro de Candia llamaron Gorgona; ante la bahía de Tumaco, donde se oculta rencorosa la isla del Gallo; y entré por ﬁ n en el Perú que soñaba, no la terra incognita que pisaron los aventureros del año 32, sino un país misterioso dominado ya por españoles, donde empezaban a alimentar mendigos los atrios de las iglesias y a cristianizar el viento los campanarios.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 193px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElPasdelaCPortada.jpg?t=1244219972" alt="ElPasdelaCPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Todo cambia con prisa endemoniada; cada diez años estos reinos tienen un rostro distinto. Si hace treinta eran todavía el mundo fabuloso de las fortalezas del Sol y de las momias en sus tronos, hace veinte fueron escenario de guerras desconocidas entre hombres y dioses, y hace diez un paisaje calcinado donde intentaba sembrarse la Europa grande que avasalla al mundo. Quién sabe qué país nos estará esperando ahora allá al sur, tras estas aguas grises. Yo, que llegué antes que tú a las tierras del Inca, alcancé a ver muchas cosas que pronto desaparecieron: poblaciones intactas, caminos de piedra provistos a cada tramo de bodegas de granos, palacios de losas grandes de la ciudad sagrada, ﬁestas que tú no conociste. Pero uno sólo ve con nitidez lo que dura: un mundo que no cesa de cambiar apenas si produce en los ojos el efecto de un viento.<br />
Era reciente la primera conquista. Todavía se hablaba de las ciudades donde se refugiaron las vírgenes del Sol, del paraíso perdido donde nadie era rico ni pobre ni ocioso ni desvalido en toda la extensión de las montañas, de la región donde anidaban los coraquenques, los pájaros sagrados que estaba prohibido cazar, y que proveían de las plumas de colores para la diadema del rey. Y todavía se hablaba de la prisión del Inca, de su asombro ante los libros, de sus diálogos con los soldados. Nadie olvida el rescate que le exigió Pizarro, una habitación grande de Cajamarca llena de oro hasta la altura de dos metros, porque ese ha sido hasta ahora el tesoro más asombroso que se ha recogido en las Indias. Mientras la habitación se iba llenando con el oro de las ofrendas, Atahualpa se iba poniendo cada vez más callado y más melancólico; Hernando de Soto le enseñó a jugar al ajedrez y el rey alcanzó a igualar con él algunas partidas, hasta que la certeza de que sus captores de todos modos lo matarían apagó su voluntad de hablar con ellos.<br />
Un día, aquel prisionero que no sabía nada de la escritura le pidió a un centinela de la guardia que le trazara el nombre de Dios sobre las uñas, y después andaba mostrando la mano a todos sus captores. Parecía complacerle ver que repetían la misma palabra cuando él les ponía esos signos ante los ojos.<br />
Pero Pizarro no reaccionó como los demás ante el juego, y Atahualpa tuvo la sagacidad de comprender que el marqués Francisco Pizarro era más ignorante que sus propios soldados. Hay quien piensa por eso que Pizarro, un hombre limitado y soberbio, se indignó de haber sido descubierto y casi ridiculizado por el rey prisionero, y que ese episodio inﬂuyó en la decisión brutal de matarlo después de recibir el rescate.<br />
Veinte años habrán borrado gran parte del mundo que existía cuando Atahualpa murió y los conquistadores entraron en Quzco. Fue por agosto del año 35 cuando el tribunal que lo juzgaba lo condenó a muerte, y él sólo accedió al bautizo para salvarse de ser quemado vivo. Juan de Atahualpa murió en el garrote vil, decía mi padre en su carta, y dos meses y medio después los guerreros de España hicieron su entrada en la ciudad imperial.<br />
Yo llegué a la Ciudad de los Reyes de Lima cuatro años después, y desde el día de mi desembarco no me cansé de preguntar cómo había sido la entrada en el Quzco, cómo era la ciudad que encontraron. Yo, que viví deslumbrado, y tal vez embrujado desde niño por esa maravilla de las montañas, llegué a lamentar no haber formado parte de las tropas que la saquearon, sólo por haber tenido la ocasión de verla, de verla ante mis ojos, siquiera en el último día de su gloria.<br />
Entonces tú has oído también la leyenda de que la ciudad deslumbraba a la distancia con sus piedras laminadas de oro. Pues debo decirte algo más asombroso: cuando Pizarro apareció sobre los cerros, quedó maravillado y también asustado porque la ciudad enorme tenía la forma de un puma de oro. Nunca se había visto en el mundo antiguo que una ciudad fuera un dibujo en el espacio, y allí estaba el preciso dibujo de un puma, desde la cola alargada y arqueada hasta la cabeza que se alzaba levemente sobre los montes, con el ojo de grandes piedras doradas en cuya pupila vigilaban los lujosos guardianes.<br />
Cundió entonces la sospecha de que había otras ciudades similares en el norte y el sur, porque el imperio estaba dividido en varios reinos. Y mientras Hernando Pizarro se apoderaba de los templos de Quzco, Belalcázar fue al norte, más allá de Cajamarca, hacia los volcanes nevados de Quito; y Valdivia fue al sur, hacia los conﬁnes del mundo, por las llanuras costeras del Arauco. Continuando la guerra contra los indios rebeldes fueron dándose cuenta de la magnitud de un imperio que pronto les pareció más grande que Europa. Procuraron tomar posesión de las distintas comarcas, aunque basta ver las cordilleras para entender que nadie, ni siquiera los incas, ha podido abarcarlas del todo, porque más allá de su red de caminos y de sus terrazas sembradas de maíz, hay miles y miles de montañas que sólo el cielo ha visto y que apenas vigilan los astros.<br />
Ya desde los primeros tiempos todo el que vacilaba en apoyar a los Pizarro iba cayendo en desgracia. Ese fue el destino de Almagro, el socio principal del marqués, de quien Hernando Pizarro decía burlón: «Hay demasiadas cosas en ese rostro, pero ninguna está completa». Almagro supo muy temprano lo que le esperaba, desde el momento en que Pizarro viajó a la corte a buscar en su nombre y de sus dos socios licencia para invadir el reino de los incas y volvió exhibiendo títulos sólo para sí. Desde entonces cada día anotó alguna deuda: hoy una ingratitud, mañana una trampa, pasado mañana una traición, y ya no esperó nada bueno de ellos.<br />
Pero un día el Quzco, lleno de invasores, fue sitiado y calcinado por las huestes del hermano del Sol, Manco Inca Yupanqui, un señor esbelto y sombrío, con diadema de grandes plumas y manta de lana pespunteada de oro, que había decidido resistir hasta el ﬁnal aunque el dios hubiera sido asesinado, aunque, como decían ellos, ya no quedara un Sol en el cielo.<br />
Hay cantos sobre los sufrimientos del Inca que decidió un día sacrificar esa ciudad en la que cada piedra era venerable y sagrada, y dicen que la mano que arrojó desde el cerro la primera ﬂecha encendida contra los templos se fue quemando y consumiendo sola con los años, y al ﬁnal era oscura y leñosa, semejante a la garra de un pájaro. Como las alas de un cóndor que se hubieran desprendido del cuerpo muerto y se buscaran todavía por las montañas, los grandes jefes incas, Rumiñahui, que llenaba el norte con sus tropas, y Manco, que congregaba las suyas al sur, intentaron tardíamente envolver y aniquilar a las tropas de España, pero éstas seguían creciendo al soplo de la fama de sus conquistas, y de nada sirvió para combatirlos reducir a cenizas el corazón del reino. Los jefes incas no podían saber que allá, muy lejos, barcos y barcos nuevos brotaban por las bocas del Guadalquivir, pesados de caballos, de espadas y de arcabuces, y que el ejército invasor del Perú seguía creciendo sin tregua porque lo alimentaba el mar.<br />
En pocos años pasaron sobre la capital tantas calamidades, pestes desconocidas, guerras con armas nuevas y mortíferas, y trabajos concertados del fuego y del viento, que ahora, de la venerable ciudad de mis sueños que un día resplandeció sobre los abismos, sólo quedaban altos cascarones de piedra carcomidos por la catástrofe. Los incas comprendieron que la muerte del dios había desgraciado la ciudad, que por eso sobre ella se encarnizaban los enemigos, y ya no volvieron a ampararse en su piedra. Tenían razón: todo el que hizo allí su refugio terminó sucumbiendo, y hasta Diego de Almagro fue capturado en el fortín y sometido al juicio implacable de los hombres de Hernando Pizarro. Había dado hasta un ojo de la cara por ayudar a la conquista, tenía igual derecho que los Pizarro al reino de los incas, pero todo se lo fueron birlando en una cínica sucesión de zarpazo y silencio. Se sintió tan herido que ya no quería siquiera su parte del tesoro sino hacerles sentir a esos aliados que conocía sus saludos de anzuelos y sus abrazos de espinas. Pobre Almagro: la indignación lo corroía y lo enfermaba, y antes de mi llegada terminaron sometiéndolo también al garrote. Se habían adiestrado en el arte de los juicios ﬁngidos, procesos que de antemano tenían decidido el veredicto; simulacros como el que representaron ante Atahualpa, no para examinar la conducta del acusado, sino para espesar sofismas que autorizaran su exterminio.<br />
Al llegar, me sentía perdido. No tenía amigos ni un rumbo<br />
claro, iba entre los tumultos del puerto, si es que se puede llamar así a ese embarcadero confuso ante los barrancos, buscando cómo dar con ﬁrmeza mis primeros pasos en un suelo inestable. Como buen hijo de español, no sabía qué admirar más, si la majestad de las construcciones del Inca o el valor demencial de los guerreros que las despojaron. Muy pronto supe que manos piadosas habían rescatado los restos de mi padre de su socavón y los habían enterrado en la tierra seca del litoral. Corrí a buscar esa reliquia que me sembraba a mí mismo en el reino. Y allí estaba el montículo bajo el cielo impasible, ante un mar del color de las ballenas muertas, y ese era ya todo mi pasado: una tumba sedienta frente a las ﬂ ores ciegas del mar.<br />
No recuerdo haber llorado: recé lo que pude y proseguí el aprendizaje del mundo. Tú fuiste aprendiendo por cuentos de sus hombres la historia de la sabana de los muiscas; así fui yo conociendo las leyendas de esa tierra extendida entre el mar del poniente y las montañas arrugadas como milenios: relatos de las cuatro partes del reino, de sus gargantas de sed y de sus colmillos de hielo; y oí y oí cuentos largos como los caminos del Inca, que atravesaban las montañas y que llevaban pies adornados de cuentas y cascabeles por los riscos y los páramos, por las frías llanuras oblicuas hacia los cañones del norte y hacia los abismos del oriente, frente a la costa tortuosa del mar occidental y junto al otro mar, el que está solo con el cielo en las polvaredas altísimas.<br />
Así me fue dado conocer los relatos del origen, y oí de labios más viejos que el tiempo cómo llegaron hace siglos los enviados del Sol, los padres de los padres, que fundaron en la altura esa ciudad, esa cosa de esplendor y misterio que había deslumbrado mi infancia.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
William Ospina</p>
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		<title>Aurelio Arturo según William Ospina</title>
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		<pubDate>Mon, 11 May 2009 10:17:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>AURELIO ARTURO Y LA TIERRA QUE CANTA</p>
<p>En una fábula de Borges, el rey pide al poeta unas palabras que no sean la descripción de la batalla sino la batalla. Y es el propio Borges quien nos dice que la diferencia entre el lenguaje verbal y la música está en que el lenguaje quiere expresar la tristeza o la alegría, pero la música es la tristeza y es la alegría. Tal vez la poesía sea ese soplo de inspiración misteriosa que hace que las palabras dejen de ser una alusión a la realidad, un modo de interrogarla o definirla, y se exalten mágicamente en esa realidad que están nombrando.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 315px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/aurelioarturo1.jpg?t=1242036205" alt="aurelioarturo1.jpg picture by antoniosarabia" />Los países americanos de habla española vivieron durante siglos una dificultad casi inefable para que la lengua, llegada de tan lejos, expresara de un modo pleno el territorio. Pero ese fue su esfuerzo desde el comienzo, desde aquellas tardes del siglo XVI cuando Juan de Castellanos intentaba nombrar minuciosamente selvas y lagos, jaguares y anacondas, el salto venenoso de la rana escarlata y la dentellada del caimán en el flanco de la canoa. Esas crónicas tempranas ya vivían el anhelo de encontrar en la geografía ignota de America un hogar, una patria, y sólo así podemos entender la emoción de estas palabras de las &#8220;Elegías&#8221;: Tierra buena, tierra buena,/ tierra que pone fin a nuestra pena. Tardaría mucho en llegar esa alianza plena de la lengua con el mundo americano.<br />
Todo poeta hace sentir el amor por la tierra, pero en ningún poeta hispanoamericano que yo conozca se han fundido tanto una lengua y un territorio como en Aurelio Arturo, quien en la primera mitad del siglo XX vivió una de las aventuras más secretas y conmovedoras de la lengua castellana en América, y gracias a ella construyó con el lenguaje lo que él mismo llamaría su &#8220;Morada al Sur&#8221;.<br />
Ese era desde siempre un anhelo continental. Estaba en José Hernández y en Othón, en Bello y en Gutiérrez González. Y después de la aventura magnífica de los modernistas, que le dieron nueva gracia, elasticidad y eufonía a la lengua, pero que se proponían menos ser la voz de un territorio que el temblor de una época, algunos poetas de Hispanoamérica de los años treinta y cuarenta del siglo XX se propusieron tareas muy distintas por cierto de las que se trazaban los españoles de la generación del 27: los americanos necesitaban con urgencia que esa lengua tan nueva arraigara poderosamente en la tierra y la erigiera en morada. Así vimos aparecer a López Velarde en México, a César Vallejo en el Perú, a Carlos Mastronardi en Argentina, a Aurelio Arturo en Colombia y a Pablo Neruda en Chile.<br />
<span id="more-807"></span>Otros poetas no lograron escapar de lo pintoresco y lo decorativo, otros están más centrados en sí mismos que en la tierra que nombran, hacen sentir con intensidad su yo desgarrado y alzan vuelo hacia territorios imaginarios. Pero la labor de estos poetas de la tierra: intensos, concentrados, lúcidos, modestos, fue fundamental para el reencuentro de la América hispánica con la complejidad de su territorio e inauguró una edad de asombros sólo comparable a la del primer descubrimiento, una edad que aún no termina.<br />
López Velarde está pensando amorosamente su tierra mexicana, (Suave patria, vendedora de chía/ quiero raptarte en la cuaresma opaca, / sobre un garañón, y con matraca, / y entre los tiros de la policía).  &#8220;La suave patria&#8221; es el hermoso altar de la patria mestiza, que le debe por igual a la sensibilidad de Gutiérrez Nájera, a la pasión telúrica de Othón, a la elegancia helénica de Alfonso Reyes, y a la colorida imaginación de Diego Rivera. César Vallejo, (¿Qué estará haciendo a esta hora/ mi andina y dulce Rita de junco y capulí/ ahora que me asfixia Bizancio y que dormita/ la sangre, como flojo coñac, dentro de mí?) está impregnado hasta los húmeros del humus andino y, carcomido de nostalgia, deja oír en su voz, a veces hasta el desgarramiento verbal, esa doble frontera con la Francia surrealista y con el Perú prehispánico que hace que la lengua casi desespere de sí misma. Carlos Mastronardi nos dio en &#8220;Luz de Provincia&#8221; uno de los poemas más plenos de la lengua, (Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre,/ sus costas están solas y engendran el verano,/ quien mira es influido por un destino suave,/ cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado&#8230;) y destila una voz amorosa y traviesa que se fusiona con la provincia de Entrerríos y con la Argentina toda, esquivando los énfasis de Almafuerte, las estampas de Carriego, el bordoneo de la estrofa gaucha, la orfebrería de Lugones y el peso de la biblioteca universal de su amigo y compañero de caminatas por las calles nocturnas, Jorge Luis Borges. Neruda es muchos poetas distintos, un poeta del amor, un poeta vanguardista, un poeta político, un poeta de la vida cotidiana y un poeta de la naturaleza, y en todos esos tonos renovó la música verbal, pero es esencialmente un poeta de la tierra y logra convertir a la lengua en expresión de su entrañable refugio chileno: (Todo lo que viví galopando en aquellas/ estaciones perdidas, el mundo de la lluvia/ en las ventanas, el puma en la intemperie/ rondando con dos puntas de fuego sanguinario./ Y el mar de los canales, entre túneles verdes/ de empapada hermosura, la soledad, el beso/ de la que amé más joven entre los avellanos,/ todo surgió de pronto cuando en la selva el grito/ del chucao cruzó con sus sílabas húmedas).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 480px; height: 295px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/aureli1jpg-1.jpg?t=1242036954" alt="aureli1jpg-1.jpg picture by antoniosarabia" />De todos ellos tal vez Aurelio Arturo es el más secreto. No procuró jamás figurar como poeta, era cortés, silencioso, casi invisible. Ni siquiera parecía dedicarse a la poesía: era un abogado, un oscuro magistrado de tribunal, un periodista de ocasión, y en la soledad de su biblioteca un lector voraz, un apasionado de la antropología y la literatura, un lector de Dante y de Cervantes, de la poesía inglesa y francesa, un callado discípulo de T. S. Eliot y de Saint John Perse, de Neruda y de Wordsworth. Tal vez nadie como él encontró la perfecta fusión de la lengua y la tierra, ese recóndito manantial en donde las palabras atrapan el misterio profundo de la realidad y lo revelan en la alquimia irreductible de la poesía.<br />
Desde sus años tempranos en La Unión, Nariño, cerca de las cavernas de Berruecos, donde fueron asesinados en el siglo anterior el mariscal Antonio José de Sucre y el poeta Julio Arboleda, desde los primeros asombros en tierras de su padre, en su temprana relación con la naturaleza, con las nodrizas negras, con la música de su madre en el piano, que llenaba de ángeles de música toda la vieja casa, y su conocimiento de aquellos hombres que iban en ligeras canoas por los ríos salvajes, y la llegada de los libros que se abrían y se cerraban en los cuartos mientras la noche estrellada hervía afuera, todo en Aurelio Arturo era la búsqueda de un lenguaje que no fuera la descripción del mundo de su infancia sino ese mundo de la infancia ya condensado para siempre en la música.<br />
Es curioso que dos hombres, en los dos extremos de Colombia, Gabriel García Márquez y Aurelio Arturo, hayan sido capaces de construir con el recuerdo de su infancia un mundo de delirio y de fábula que nos parece más intenso y más bello que el mundo real. García Márquez condensó los mitos del Caribe, el hilo de la sangre del hijo que viaja por el pueblo buscando a su madre para darle la noticia de su muerte, la sensualidad perturbadora de esas mulatas cuya risa espanta a las palomas, la elocuencia de la lengua expresando el laberinto de las sangres, la sexualidad perturbadora y los destinos desmesurados del mestizaje americano. En Aurelio Arturo hablan los Andes: las montañas hechas de sueños, donde el verde es de todos los colores, los ríos impetuosos, el viento que viene vestido de follajes, el esfuerzo de unos linajes humanos por construir su morada en el corazón de la naturaleza. Hay que recordar que en las montañas de la región equinoccial de America mucho tiempo vivieron las familias en la soledad de los bosques, sumergidas en la naturaleza. Y también está en Arturo el modo como la lengua se agravaba de horror y de belleza en los relatos de los hijos de esclavos en los litorales del Pacífico.<br />
Leer a Aurelio Arturo es disfrutar del banquete infinito. Unos cuantos poemas, pero la lectura no se acaba jamás. Siempre es nuevo y siempre nos revela otras cosas. Cada vez que Arturo pone una palabra junto a otra ocurre un hecho no sólo en el lector sino en el mundo: se abren regiones, posibilidades desconocidas para la acción y para la conciencia. Otro poeta nos diría que el canto del pájaro tiene un sonido líquido, Arturo nos dice: Un pájaro de aire y en su garganta un agua pura. Un ensayista nos hablaría de la extraña contradicción de que la naturaleza, lo más antiguo, nos parece cada día lo más reciente. Arturo condensa así el asombro: Hace siglos la luz es siempre nueva. Otro nos diría que hay una suave tristeza de cosas perdidas en todo atardecer, Arturo escribe: Caen ya las primeras lágrimas de la noche. Y voluntariamente hablo de uno de sus poemas casi marginales, que no formaba parte original del río espléndido que es su libro &#8220;Morada al sur&#8221;, donde están algunos de los poemas más bellos de la lengua española.<br />
No es sorprendente que este libro sea el único que publicó. Permanecemos más tiempo leyendo los treinta poemas de Aurelio Arturo que los muchos de otros autores, porque en cada verso hay materia para continuas emociones y pensamientos. En estos versos densos y delicados, lo que la mente no entiende siempre lo entiende el corazón. Ignoramos qué signifique: Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro, la sensibilidad lo hospeda con emoción y con gratitud. A veces el tesoro está en la armonía verbal y en la construcción de atmósferas ineluctables: Te hablo de días circuidos por los más finos árboles./ Te hablo de las vastas noches alumbradas/ por una estrella de menta que enciende toda sangre. Recuerdo que un día Estanislao Zuleta me dijo, a propósito de estos versos: &#8220;solo un poeta es capaz de juntar lo mas lejano, que es una estrella, con lo mas cercano, que es un sabor&#8221;.<br />
Aurelio Arturo logró en pocos versos muchos milagros, y es justo declarar que sabía muy bien lo que buscaba y lo que hacía. Pues lo que conquistó es lo que declara con nitidez en su poema sobre la Palabra: Y cuando es alegría y angustia/ y los vastos cielos y el verde follaje/ y la tierra que canta/ entonces ese vuelo de palabras/ es la poesía/ puede ser la poesía.<br />
William Ospina</p>
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		<title>Cuando el coronel Aureliano Buendía mató a Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Apr 2009 13:24:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog Inventario un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog <a onclick="window.open('http://www.laurenmendinueta.com','','');return false;" href="http://www.laurenmendinueta.com">Inventario</a> un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de Brigard, su víctima. Con el consentimiento expreso de Lauren lo reproduzco ahora para los lectores de Los Convidados. Abajo, una foto de Ignacio Escobar Urdaneta, después el texto de Lauren y luego el poema ya mencionado.</p>
<p><strong><span style="font-weight: normal;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 269px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/IgnacioEscobar1-1.jpg?t=1240577902" alt="IgnacioEscobar1-1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>CUANDO EL CORONEL AURELIANO BUENDÍA MATÓ A IGNACIO URDANETA DE BRIGARD</strong> yo ni siquiera había nacido. Sin embargo la historia de esta infamia no deja de darme vueltas en la cabeza. Demasiada sangre ha corrido sobre Colombia, demasiadas vidas se han perdido por nada en un país que merece una mejor suerte. No crean que estoy hablando de un hecho literario sacado de las páginas de Cien Años de Soledad. En absoluto. La coincidencia en el nombre y el rango de los militares es apenas un hecho anecdótico y desafortunado.<br />
Ignacio Escobar Urdaneta nació en Bogotá en 1943. Según datos recopilados por él mismo, sus ascendientes se remontaban a Teresa de Ávila y Calderón de la Barca. Hijo de una familia acomodada, pasó buena parte de su juventud en España. Era un joven rebelde y contestatario que vivía en confrontación con la clase social a la que pertenecía. Simpatizante del Bloque Socialista, pronto llamó la atención del gobierno represor de Misael Pastrana Borrero. El 23 de abril de 1974, a la salida de una corrida de toros en Zipaquirá, fue capturado por las fuerzas secretas del gobierno. Esa misma noche fue asesinado por el coronel Aureliano Buendía. Casi parece una broma de mal gusto que el nombre de su verdugo sea el de un personaje de la literatura y que su muerte haya coincidido con el aniversario de la de Miguel de Cervantes.<br />
Estéticamente hizo parte de la Generación Desencantada, movimiento literario colombiano que surgió en los años 70, y al que también pertenecen Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, José Manuel Arango y Raúl Gómez Jattin, por mencionar sólo algunos nombres. El poema que publico a continuación apareció en el último número de la revista de poesía Alquitrave que dirige en Colombia el poeta Harold Alvarado Tenorio.<br />
Ignacio Escobar Urdaneta tenía apenas 31 años aquel fatídico 23 de abril de 1974. Su muerte fue injusta, cruel, inútil y nos privó de mucho.</p>
<p><span id="more-731"></span>CUADERNO DE HACER CUENTAS</p>
<p>I<br />
Las cosas son iguales a las cosas<br />
Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo.<br />
El ojo ve, y olvida.<br />
Pero la voz lo grita:<br />
las cosas son iguales a las cosas.<br />
El ojo las ha visto.<br />
A voz en cuello<br />
la voz las ha callado.<br />
(¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy?)<br />
Lo que el ojo conoce de las cosas<br />
es por haberlas visto<br />
iguales a ellas mismas.<br />
(¿Y me diré otra vez: quién soy, que ya me he visto<br />
y sigo siendo yo?)<br />
El ojo ve, y olvida.<br />
El ojo no es conciencia de las cosas,<br />
ni es voz:<br />
es ojo apenas.<br />
Mudo, sordo,<br />
ojo inmóvil delante de las cosas.<br />
No sabe su sabor ni su sonido<br />
ni conoce su peso ni su fuerza<br />
ni juzga su deseo<br />
ni su sentido.<br />
El ojo ignora<br />
todo lo que es posible ignorar de las cosas.<br />
No ve lo que hay en ellas<br />
sino lo que ya sabe:<br />
y lo que sabe lo ha olvidado.<br />
Es ojo sin memoria<br />
ojo inmóvil<br />
ojo<br />
delante de las cosas.</p>
<p>El ojo es ciego<br />
en la noche del párpado.<br />
El ojo que quisiera ver las cosas,<br />
saber que las ha visto,<br />
creer que son iguales a las cosas ya vistas,<br />
no las ha visto nunca.<br />
Sólo conoce<br />
sombras<br />
en el párpado<br />
huellas<br />
en el párpado<br />
cauces<br />
en el párpado.<br />
Y así imagina el ojo mudo y sordo,<br />
el ojo quieto y ciego<br />
y que todo lo ignora,<br />
tiempos, vientos, olores, voces, fugas, silencios.<br />
(¿Quién soy, que no me veo y no me he visto?)</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 431px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/AurelianoBuenda1.jpg?t=1240319159" alt="AurelianoBuenda1.jpg picture by antoniosarabia" />II<br />
Ahora, ahora, afuera:<br />
luz de ciegos.<br />
Ojo a cántaros, ojo<br />
voraz y numeroso de los muertos.<br />
(En la memoria el golpe seco, hueco,<br />
de la luna en la piedra.<br />
En la memoria, lejos,<br />
un embudo de estruendo.<br />
Racimo, granizada,<br />
enjambre de ojos quietos.<br />
En la memoria el túnel<br />
repetido en el eco:<br />
atrás, ayer, adentro.<br />
Rastro de pasos, ecos).<br />
Ahora, ahora. Afuera:<br />
voz crecida en la voz<br />
voz igual a otras voces<br />
círculos en el círculo<br />
luz en la luz, memoria en la memoria.<br />
El alto cielo, embudo inescalable<br />
(Y el gemido<br />
de las tablas al sol, en el recuerdo).<br />
En torno, el ojo<br />
múltiple, pupulante:<br />
extático<br />
en la contemplación del arte por el arte.<br />
(Las figuras, de golpe,<br />
se desprenden del hueco de la curva,<br />
se deslizan siguiendo el arco de los pétalos<br />
cerrados como párpados.<br />
Esperan<br />
el rápido crujido de la tierra<br />
el silbido del aire en los oídos, como seda rasgada,<br />
el agrio olor del miedo<br />
metálico y espeso como el cuero.<br />
En la pupila pródiga<br />
paisaje con figuras:<br />
rígidas, fragmentadas<br />
figuras de silencio<br />
arrojadas de golpe y ahora rotas,<br />
volteadas como guantes,<br />
ingrávidas de pronto y ahora densas,<br />
inertes,<br />
rasguñadas sin fuerza<br />
por los dedos del viento).<br />
Un ojo cruel te mira<br />
(alanceado de lenguas<br />
engañado de sombras):<br />
un ojo extático<br />
en la contemplación del arte por el arte.</p>
<p>III<br />
Todo cuerpo<br />
dejado en movimiento, seguirá en movimiento.<br />
El movimiento es gobierno de sí mismo:<br />
carece<br />
del más rudimentario sentido de autocrítica.<br />
El movimiento<br />
es puro amor del movimiento<br />
ensordecido, ebrio.<br />
El movimiento<br />
baila consigo mismo, ante el espejo,<br />
(parodia del amor)<br />
la burla de la burla.<br />
El movimiento<br />
tiende a reproducirse.<br />
(Subir, subir, surcar el alto viento<br />
como si fuera necesario hundirse<br />
en la profunda cavidad del cielo.<br />
Subir sin Juicio<br />
hasta el más alto cuenco de la altura,<br />
subir con el impulso del abismo, acariciando<br />
la lisa piel del cielo,<br />
la ausente cicatriz donde se cierra el círculo<br />
y subir ya es caer:<br />
el hoyo en el espacio donde la ida se convierte en vuelta<br />
y el viaje es ya regreso.<br />
¿Para qué el movimiento<br />
si el punto de ll El movimiento<br />
no se suele plantear problemas metafísicos:<br />
todo cuerpo<br />
dejado en movimiento, seguirá en movimiento<br />
seguirá en movimiento<br />
aspirado hacia arriba por la altura,<br />
arrastrado<br />
por la atracción del vértigo,<br />
absorto, ensimismado<br />
en el delirio de los altos fondos:<br />
abrirse paso en la quietud del viento<br />
forzar<br />
los pliegues asimétricos del viento<br />
los chorros<br />
de metal en fusión, viento en el viento,<br />
rompiendo el viento, hurgando, hiriendo,<br />
penetrando la dura flor del viento<br />
hasta encontrar la sangre).<br />
Dura ley de materia<br />
que desgaja la nuez de la materia,<br />
espada<br />
que abre los labios dulces de la materia,<br />
espada<br />
tierna de luz<br />
tensa de viento.<br />
Todo cuerpo<br />
sumergido en un líquido<br />
seguirá en movimiento.</p>
<p>IV<br />
- Mira, mira: ¿qué ves?<br />
- Todo es lo mismo.<br />
- Todo es lo mismo siempre: las cosas son las cosas<br />
¿Qué ves?<br />
- Carroñas,<br />
cadáveres, torrentes<br />
de tripas y cabezas trituradas,<br />
remolinos de cuerpos<br />
y cuerpos destruidos,<br />
destrozos, sangres, muertes,<br />
caminos de la muerte.<br />
Y tú ¿quién eres tú?<br />
- Soy el espíritu<br />
que siempre engaña.<br />
Esto es aquí<br />
esto es aquí<br />
esto es aquí<br />
y ahora.<br />
Es mía<br />
la ceguera del sordo.</p>
<p>V<br />
No se conoce sino la propia voluntad. Y no es mucho:<br />
un ojo de agua<br />
latiendo gota a gota en un pozo de sombra.<br />
Un anillo de agua<br />
nacido de la noche, dibujando<br />
el perfil de la tierra, socavando<br />
la raíz de la roca,<br />
creciendo en espirales de silencio.<br />
Agua dormida, espejo de agua oscura,<br />
apenas reluciente,<br />
rezumando<br />
su claridad callada, respirando<br />
un encerrado olor en lentos círculos.<br />
Apenas martillada<br />
de heridas, florecida<br />
su pura piel por un jaspear de huida,<br />
conmovida<br />
por corrientes profundas.<br />
No se conoce sino<br />
la propia voluntad:<br />
una boca de agua,<br />
una creciente de muchas aguas juntas.<br />
Apenas se conoce la propia voluntad. Y no es nada:<br />
un río de agua,<br />
roto de luz, llagado de tiniebla.<br />
Un ojo abierto de agua.</p>
<p>VI<br />
Los deseos vienen de afuera: chocan<br />
en el plano del agua<br />
convulso, removido<br />
por turbios borbollones,<br />
estallado en rompientes.<br />
Los deseos, las ideas,<br />
caen vibrantes de arriba, se clavan:<br />
Jabalinas,<br />
flechas de plata en sombra ya revuelta.</p>
<p>El alma cree que brotan:<br />
que prolongan<br />
los dedos de la mano como nervios de luz.<br />
Vasta armazón de fuerzas disparada hacia el cielo<br />
(red atrapando el cielo<br />
que se escapa, aleteante, por entre las junturas),<br />
oscilante estructura de cañas y de cuerdas<br />
anclada en el espacio, columpiándose<br />
con su carga de pájaros feroces<br />
- torbellino<br />
de gritos y de plumas, entrechocar de picos y de garras:<br />
Peso sonoro<br />
que ensombrece la realidad del mundo.<br />
Colgado de lo alto<br />
(temblorosa la mano en el haz de tensiones contrapuestas<br />
en el caos<br />
de cables y estampidos y látigos y riendas divergentes.<br />
templadas, paralelas, cimbreantes, zigzagueantes),<br />
colgado ahora, joya<br />
chispeante en el vacío, alfiletero<br />
erizado de puntas y de lanzas,<br />
sin peso, bamboleante,<br />
como si alguien, abajo,<br />
dejara de repente de oponer resistencia,<br />
se dejara llevar al grado de los vientos,<br />
zarandear por su empuje, suspendido<br />
del inmenso armatoste (no muy claro en su rumbo<br />
y muy difícilmente maniobrable),<br />
arrastrado<br />
por un pie o una mano mordidos hasta el hueso,<br />
ahorcado como un perro.</p>
<p>VII<br />
Toda pregunta es un malentendido<br />
venido desde afuera.<br />
Así la red de errores<br />
se afloja de repente y se deshincha<br />
y el artilugio entero se viene cielo abajo con un solo crujido<br />
(engañoso entramado<br />
de palabras, de voces<br />
oídas mal: incomprensibles)<br />
como el sol en el mar, de un solo golpe,<br />
dejando un gran silencio.<br />
No la respuesta, sino el olvido.<br />
(Entonces la fatiga<br />
de desenmarañar. Es increíble<br />
cómo se enreda todo.<br />
Es increíble que aunque nunca dejemos que la tensión cayera un solo instante<br />
y aprovechamos siempre sabiamente<br />
-o eso siempre creímos-<br />
el poderío del viento abierto,<br />
encontremos ahora inexplicables<br />
nudos de tres lazadas, nudos ciegos,<br />
nudos de tejedor y marinero,<br />
nudos de ahorcado y nudos corredizos).</p>
<p>VIII<br />
Nada queda:<br />
sólo un campo de sangre<br />
encharcado de huellas.<br />
Encrucijada de pistas ilegibles<br />
que ha pisoteado todo el mundo.<br />
Silencio, roto apenas<br />
por el propio cansancio &#8211; por el sordo<br />
dolor que ya palpita en las heridas.<br />
Nada queda:<br />
la verdad, dicha, no ha dejado nada.<br />
(Evaporada al viento como un olor de sangre,<br />
fugitiva en el agua).<br />
Sólo se conoce la propia voluntad. Y no es nada.<br />
Es todo lo que hay.</p>
<p>IX<br />
El mal es sin remedio: toparnos cara a cara<br />
con la muerte.</p>
<p>(No es fácil: muchas cosas:<br />
ojos y sombras, cuerpos, la vanidad del arte,<br />
aire y agua en las manos).<br />
El mal es sin remedio.<br />
Se nace para eso:<br />
toparnos cara a cara con la muerte.<br />
Tarea de soledad &#8211; ya no rutina<br />
ni confusión, ni distracción, ni ruido.<br />
Ahora empieza la noche, dibujando<br />
con precisión las formas.<br />
Tarea de soledad, inevitable.</p>
<p>X<br />
La ética<br />
no es tema de palabras.<br />
Comienza en el momento en que concluye<br />
una vida de hombre, en que recibe<br />
punto final el caos:<br />
el sitio en donde al fin se juntan todos<br />
los hilos de la vida en un manojo<br />
(incluidos aquellos que alguna vez fueron tajados).<br />
La ética, como la metafísica,<br />
no es juego ni materia de palabras.<br />
Lo que ahora llega (y al llegar se agota)<br />
es otra cosa:<br />
el paso en donde ya no puede<br />
andar dispersa el alma.<br />
(Una vida de hombre<br />
remata en este campo ya vivido, regado de otras muertes.<br />
Aquí termina el mundo.<br />
Mala muerte, tal vez.<br />
Toda muerte es la muerte.<br />
Inútil, vana muerte:<br />
no servirá de nada,<br />
ni convencerá a nadie.<br />
Vistosa, o cruel, o igual a muchas muertes<br />
de todos los domingos.<br />
Cada muerte es la muerte).<br />
Las cosas, que antes fueron iguales a las cosas -luz en la luz, memoria en la memoria-<br />
ya no lo son: aquí no habrá más luz,<br />
aquí se acaba la memoria.</p>
<p>XI<br />
Porque se pierde siempre<br />
(porque siempre<br />
vendrá la muerte, iremos a la muerte)<br />
es necesario haber jugado.<br />
Sin esperanza.<br />
Sin cautela.<br />
Con el ojo y la mano.<br />
No se escoge la muerte: a ella se llega<br />
acorralado por la propia vida.<br />
Hay que haber escogido<br />
esa vida que empuja hacia la muerte.</p>
<p>XII<br />
Pero el fin es palabra todavía<br />
que sólo muere en el silencio.<br />
Y el hierro, todavía,<br />
sacará borbotones de rosas de la herida.<br />
(Más allá<br />
en el vapor caliente del descuartizamiento<br />
en el rumor goteante de vísceras azules<br />
y rosadas y verdes y amarillas<br />
huele a flores cortadas en el desolladero)<br />
(1974)<br />
Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard</p>
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		<title>Claude Couffon, poeta y traductor</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2008 12:10:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía Francesa Contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.<br />Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas.<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67qeqeNUTI/AAAAAAAAAQo/EHF-rKx1_lM/s1600-h/Couffon+y+A.S.jpg" rel="lightbox[20]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67qeqeNUTI/AAAAAAAAAQo/EHF-rKx1_lM/s200/Couffon+y+A.S.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165323635158503730" /></a><br />Entre sus últimas novelas traducidas al francés están <span style="font-style:italic;">Los Convidados del Volcán</span>, en 1997, y <span style="font-style:italic;">El Cielo a Dentelladas</span>, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud.<br />Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon.<br />Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67q0aeNUUI/AAAAAAAAAQw/4Ld6bvW1o4Q/s1600-h/Claude+Couffon.jpg" rel="lightbox[20]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R67q0aeNUUI/AAAAAAAAAQw/4Ld6bvW1o4Q/s200/Claude+Couffon.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165324008820658498" /></a></p>
<p>LA CONFESIÓN</p>
<p>Puedo aún escribir<br />y, con la mano temblorosa <br />deshojando sílabas,<br />mofarme de la muerte<br />¿Pero de qué me sirve?<br />¿de cara a quién?<br />¿Para qué hablar,<br />incluso en voz baja,<br />de la soledad?</p>
<p>ELLA</p>
<p>Como todos, claro que pienso en ella,<br />sin angustia puesto que sé<br />por haberla frecuentado a menudo<br />que ella es sólo un símbolo.</p>
<p>Es triste, cierto, pero tranquilizador<br />ya que todos terminaremos ahí,<br />grandes o pequeños, nutrientes<br />de unas briznas de hierba en el cementerio.</p>
<p>Visto que los poetas <br />la han celebrado tanto, renunciemos.<br />Entremos en la muerte y dejemos<br />que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.</p>
<p>VIAJES  II</p>
<p>Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto<br />en aviones que piloteamos solitarios<br />hacia islas imaginarias<br />de continentes cercanos al cielo<br />o al infierno<br />pero poco importa:<br />se asemejan en su salvaje libertad.<br />Emparejarse aquí es soñar<br />con todos esos cuerpos que fueron nuestros<br />y que el tiempo no puede envejecer<br />¡Ah, los viajes sin regreso<br />en los que me hundo cada noche!</p>
<p>BALANCE III</p>
<p>Vivir es una crueldad si sabemos<br />que todo lo que fue ya no será<br />o es tan sólo un destello<br />del azar o de la suerte escasa.<br />Ya no poder ser el hombre <br />aquel seductor seguro de sí<br />que volvía reales los excesos<br />de los más ardientes fantasmas.<br />Ahora  andrajo que a veces<br />concretiza el sueño loco<br />de ser todavía ya sin nada<br />la imagen de un duende estéril<br />de una vida que fue larga y breve.</p>
<p>NOMBRE</p>
<p>Me hubiera gustado ser otro.<br />No aquél a quien se conoce<br />e incluso a veces se reconoce.</p>
<p>Ser Bosquet o Sabatier.<br />Alberti o Neruda.<br />Louis Aragon o Paul Eluard.<br />O bien<br />tantos otros que ríen en sus barbas…</p>
<p>Pero yo sólo quiero ser<br />—disculpen si me ufano—<br />aquél que todos llaman Couffon.</p>
<p>DE PASO</p>
<p>¿Sólo somos materia que se transmite<br />consciente <br />o inconscientemente?<br />La edad lo afirma <br />o lo rechaza<br />si se trata de juventud <br />o de extinción<br />pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas<br />si vivir es la maravilla de un tiempo<br />a lo más pasajero.</p>
<p>Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir <span style="font-style:italic;">Confieso que he vivido</span>, las memorias de Pablo Neruda:<br />“¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”</p>
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		<title>Álvaro Mutis</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Nov 2007 14:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s1600-h/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137532273743156674" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuYhaQ1cI/AAAAAAAAADU/5cUbfozQfqQ/s320/Mutis_Sarabia_Lucho-007.jpg" border="0" alt="" /></a> Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.<br />
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s1600-h/16.JPG" rel="lightbox[10]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5137531985980347826" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R0wuHxaQ1bI/AAAAAAAAADM/nfgtAJ-fN0o/s320/16.JPG" border="0" alt="" /></a> Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.</p>
<p><span id="more-10"></span><br />
Sé que en días pasados la feria del libro de Guadalajara le ha ofrecido un homenaje. Viene bien, aunque cae sospechosamente a la mano ahora que la feria tiene a Colombia como invitada especial y a Gabo se le han rendido ya, este año, todos los honores que su fatigada humanidad es capaz de resistir. Un homenaje, sí, no está mal y, desde luego, Álvaro se lo merece. Pero me pregunto si no se lo harán para paliar los sentimientos de culpa por ese premio Juan Rulfo –me consta que Claude Couffon lo propuso desde aquel 1993 de la foto- que Álvaro amerita también, y con creces, y que nunca le dieron. Menos mal que, cuando menos, esta vez le hicieron por fin justicia a Del Paso.<br />
Salud, Álvaro, felicidades y, como dice aquel hermoso poema tuyo, que nos acoja la muerte con todos nuestros sueños intactos. Amén.</p>
<p>UN BEL MORIR</p>
<p>De pie en una barca detenida en medio del río<br />
cuyas aguas pasan en lento remolino<br />
de lodos y raíces,<br />
el misionero bendice la familia del cacique.<br />
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,<br />
reciben los breves signos de la bienaventuranza.<br />
Cuando descienda la mano<br />
habré muerto en mi alcoba<br />
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía<br />
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.<br />
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,<br />
algunos retratos en desorden,<br />
unas cartas guardadas no sé dónde,<br />
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.<br />
Todo irá desvaneciéndose en el olvido<br />
y el grito de un mono,<br />
el manar blancuzco de la savia<br />
por la herida corteza del caucho,<br />
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,<br />
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.</p>
<p>CANCIÓN DEL ESTE</p>
<p>A la vuelta de la esquina<br />
un ángel invisible espera;<br />
una vaga niebla, un espectro desvaído<br />
te dirá algunas palabras del pasado.<br />
Como agua de acequia, el tiempo<br />
cava en ti su arduo trabajo<br />
de días y semanas,<br />
de años sin nombre ni recuerdo.<br />
A la vuelta de la esquina<br />
te seguirá esperando vanamente<br />
ése que no fuiste, ése que murió<br />
de tanto ser tú mismo lo que eres.<br />
Ni la más leve sospecha,<br />
ni la más leve sombra<br />
te indica lo que pudiera haber sido<br />
ese encuentro. Y, sin embargo,<br />
allí estaba la clave<br />
de tu breve dicha sobre la tierra.</p>
<p>CIUDAD</p>
<p>Un llanto,<br />
un llanto de mujer<br />
interminable,<br />
sosegado,<br />
casi tranquilo.<br />
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.<br />
Primero un ruido de cerradura,<br />
después unos pies que vacilan<br />
y luego, de pronto, el llanto.<br />
Suspiros intermitentes<br />
como caídas de un agua interior,<br />
densa,<br />
imperiosa,<br />
inagotable,<br />
como esclusa que acumula y libera sus aguas<br />
o como hélice secreta<br />
que detiene y reanuda su trabajo<br />
trasegando el blanco tiempo de la noche.<br />
Toda la ciudad se ha ido llenando de ese llanto,<br />
hasta los solares donde se amontonan las basuras,<br />
bajo las cúpulas de los hospitales,<br />
sobre las terrazas del verano,<br />
en donde las discretas celdas de la prostitución,<br />
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,<br />
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,<br />
en las medallas que reposan en joyeros de teca,<br />
un llanto de mujer que ha llorado largamente<br />
en el cuarto vecino,<br />
por todos los que cavan sus tumbas en el sueño,<br />
por los que vigilan la mina del tiempo,<br />
por mí, que lo escucho<br />
sin conocer otra cosa<br />
que su frágil rodar por la intemperie<br />
persiguiendo las calladas arenas del alba.</p>
<p>AMÉN</p>
<p>Que te acoja la muerte<br />
con todos tus sueños intactos.<br />
Al retornar de una furiosa adolescencia,<br />
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,<br />
te distinguirá la muerte con su primer aviso.<br />
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,<br />
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.<br />
La muerte se confundirá con tus sueños<br />
y en ellos reconocerá los signos<br />
que antaño fueron dejando,<br />
como un cazador que a su regreso<br />
reconoce sus marcas en la brecha.</p>
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