Posts Tagged “Gabriel García Márquez”

Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.
festiparola-1.jpg picture by antoniosarabiaNada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.

cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabiaSu obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por Castigo Divino; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por Un Baile de Máscaras; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por Margarita está Linda la Mar.
En su más reciente novela, El Cielo Llora por Mí, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.

SECRETOS DE COCINA

Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa. Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos. Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear. Desobedecer. Contar, escribir.
satiago12B.jpg picture by antoniosarabiaImaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros. Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez. O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.

3B.jpg picture by antoniosarabiaQuiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, “máquina de variada invención”, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.
margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabiaEntrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.
En su novela Omer’s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.
Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabiaPecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.
ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabiaLos modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:

Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora…

En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.

¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal, según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido. Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China. Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas, su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes, en representación alegórica de esos mismos versos.
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones. Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud. Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza; entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida. Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura. Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión, y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.

Sergio Ramírez

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William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog).
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos aún tratándose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursión en la narrativa con su novela Ursúa, la cual tuvo una excelente acogida entre el público y la crítica. Ahora, este jueves 4 de junio, con El País de la Canela, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilogía, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.
William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabiaAl presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirmó que El País de la Canela propone una mirada sin maniqueísmo sobre la conquista de América. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un español y de una indígena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dramáticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.
El 2 de agosto se le hará la entrega oficial del galardón que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni para honrar la obra de Rómulo Gallegos, autor del clásico costumbrista Doña Bárbara y en su momento también presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco años, están el peruano Mario Vargas Llosa, quien ganó la primera edición en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, además del español Javier Marías, el también colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.
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AURELIO ARTURO Y LA TIERRA QUE CANTA

En una fábula de Borges, el rey pide al poeta unas palabras que no sean la descripción de la batalla sino la batalla. Y es el propio Borges quien nos dice que la diferencia entre el lenguaje verbal y la música está en que el lenguaje quiere expresar la tristeza o la alegría, pero la música es la tristeza y es la alegría. Tal vez la poesía sea ese soplo de inspiración misteriosa que hace que las palabras dejen de ser una alusión a la realidad, un modo de interrogarla o definirla, y se exalten mágicamente en esa realidad que están nombrando.
aurelioarturo1.jpg picture by antoniosarabiaLos países americanos de habla española vivieron durante siglos una dificultad casi inefable para que la lengua, llegada de tan lejos, expresara de un modo pleno el territorio. Pero ese fue su esfuerzo desde el comienzo, desde aquellas tardes del siglo XVI cuando Juan de Castellanos intentaba nombrar minuciosamente selvas y lagos, jaguares y anacondas, el salto venenoso de la rana escarlata y la dentellada del caimán en el flanco de la canoa. Esas crónicas tempranas ya vivían el anhelo de encontrar en la geografía ignota de America un hogar, una patria, y sólo así podemos entender la emoción de estas palabras de las “Elegías”: Tierra buena, tierra buena,/ tierra que pone fin a nuestra pena. Tardaría mucho en llegar esa alianza plena de la lengua con el mundo americano.
Todo poeta hace sentir el amor por la tierra, pero en ningún poeta hispanoamericano que yo conozca se han fundido tanto una lengua y un territorio como en Aurelio Arturo, quien en la primera mitad del siglo XX vivió una de las aventuras más secretas y conmovedoras de la lengua castellana en América, y gracias a ella construyó con el lenguaje lo que él mismo llamaría su “Morada al Sur”.
Ese era desde siempre un anhelo continental. Estaba en José Hernández y en Othón, en Bello y en Gutiérrez González. Y después de la aventura magnífica de los modernistas, que le dieron nueva gracia, elasticidad y eufonía a la lengua, pero que se proponían menos ser la voz de un territorio que el temblor de una época, algunos poetas de Hispanoamérica de los años treinta y cuarenta del siglo XX se propusieron tareas muy distintas por cierto de las que se trazaban los españoles de la generación del 27: los americanos necesitaban con urgencia que esa lengua tan nueva arraigara poderosamente en la tierra y la erigiera en morada. Así vimos aparecer a López Velarde en México, a César Vallejo en el Perú, a Carlos Mastronardi en Argentina, a Aurelio Arturo en Colombia y a Pablo Neruda en Chile.
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Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog Inventario un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de Brigard, su víctima. Con el consentimiento expreso de Lauren lo reproduzco ahora para los lectores de Los Convidados. Abajo, una foto de Ignacio Escobar Urdaneta, después el texto de Lauren y luego el poema ya mencionado.

IgnacioEscobar1-1.jpg picture by antoniosarabiaCUANDO EL CORONEL AURELIANO BUENDÍA MATÓ A IGNACIO URDANETA DE BRIGARD yo ni siquiera había nacido. Sin embargo la historia de esta infamia no deja de darme vueltas en la cabeza. Demasiada sangre ha corrido sobre Colombia, demasiadas vidas se han perdido por nada en un país que merece una mejor suerte. No crean que estoy hablando de un hecho literario sacado de las páginas de Cien Años de Soledad. En absoluto. La coincidencia en el nombre y el rango de los militares es apenas un hecho anecdótico y desafortunado.
Ignacio Escobar Urdaneta nació en Bogotá en 1943. Según datos recopilados por él mismo, sus ascendientes se remontaban a Teresa de Ávila y Calderón de la Barca. Hijo de una familia acomodada, pasó buena parte de su juventud en España. Era un joven rebelde y contestatario que vivía en confrontación con la clase social a la que pertenecía. Simpatizante del Bloque Socialista, pronto llamó la atención del gobierno represor de Misael Pastrana Borrero. El 23 de abril de 1974, a la salida de una corrida de toros en Zipaquirá, fue capturado por las fuerzas secretas del gobierno. Esa misma noche fue asesinado por el coronel Aureliano Buendía. Casi parece una broma de mal gusto que el nombre de su verdugo sea el de un personaje de la literatura y que su muerte haya coincidido con el aniversario de la de Miguel de Cervantes.
Estéticamente hizo parte de la Generación Desencantada, movimiento literario colombiano que surgió en los años 70, y al que también pertenecen Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, José Manuel Arango y Raúl Gómez Jattin, por mencionar sólo algunos nombres. El poema que publico a continuación apareció en el último número de la revista de poesía Alquitrave que dirige en Colombia el poeta Harold Alvarado Tenorio.
Ignacio Escobar Urdaneta tenía apenas 31 años aquel fatídico 23 de abril de 1974. Su muerte fue injusta, cruel, inútil y nos privó de mucho.

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Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.
Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas.
Entre sus últimas novelas traducidas al francés están Los Convidados del Volcán, en 1997, y El Cielo a Dentelladas, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud.
Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon.
Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.

LA CONFESIÓN

Puedo aún escribir
y, con la mano temblorosa
deshojando sílabas,
mofarme de la muerte
¿Pero de qué me sirve?
¿de cara a quién?
¿Para qué hablar,
incluso en voz baja,
de la soledad?

ELLA

Como todos, claro que pienso en ella,
sin angustia puesto que sé
por haberla frecuentado a menudo
que ella es sólo un símbolo.

Es triste, cierto, pero tranquilizador
ya que todos terminaremos ahí,
grandes o pequeños, nutrientes
de unas briznas de hierba en el cementerio.

Visto que los poetas
la han celebrado tanto, renunciemos.
Entremos en la muerte y dejemos
que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.

VIAJES II

Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto
en aviones que piloteamos solitarios
hacia islas imaginarias
de continentes cercanos al cielo
o al infierno
pero poco importa:
se asemejan en su salvaje libertad.
Emparejarse aquí es soñar
con todos esos cuerpos que fueron nuestros
y que el tiempo no puede envejecer
¡Ah, los viajes sin regreso
en los que me hundo cada noche!

BALANCE III

Vivir es una crueldad si sabemos
que todo lo que fue ya no será
o es tan sólo un destello
del azar o de la suerte escasa.
Ya no poder ser el hombre
aquel seductor seguro de sí
que volvía reales los excesos
de los más ardientes fantasmas.
Ahora andrajo que a veces
concretiza el sueño loco
de ser todavía ya sin nada
la imagen de un duende estéril
de una vida que fue larga y breve.

NOMBRE

Me hubiera gustado ser otro.
No aquél a quien se conoce
e incluso a veces se reconoce.

Ser Bosquet o Sabatier.
Alberti o Neruda.
Louis Aragon o Paul Eluard.
O bien
tantos otros que ríen en sus barbas…

Pero yo sólo quiero ser
—disculpen si me ufano—
aquél que todos llaman Couffon.

DE PASO

¿Sólo somos materia que se transmite
consciente
o inconscientemente?
La edad lo afirma
o lo rechaza
si se trata de juventud
o de extinción
pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas
si vivir es la maravilla de un tiempo
a lo más pasajero.

Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda:
“¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”

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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.

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