A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podría menos que sufrir ante tamaño infundio. El libro, que Lope mencionaba como “un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas”, era en realidad la cumbre del culteranismo, Soledades, a la que don Luis de Góngora consideraba con justa razón su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sabía, continuaba su implacable crítica disfrazándola de buenas intenciones. No podía creer que semejantes tonterías se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desengañarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bahía de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logró, el antiguo demente no sólo no le mostró agradecimiento, sino que no se lo perdonó jamás porque por su culpa había perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.
Esta carta, modelo de humor, ironía y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burlón y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanecía, a los poetas del Siglo de Oro español.
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.
Dicen que ha hecho Lopico
contra mi versos adversos,
mas si yo vuelvo mi pico
con el pico de mis versos
a ese Lopico lo-pico.
Cuando, poco después de recibir aquella carta,
Góngora se mudó a Madrid para ejercer el cargo de capellán de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Niño Jesús, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. Éste llevaba años ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurría sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la época y los de su última musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordobés escribiera sin faltar mucho a la verdad:
Cura que en la vecindad
Vive con desenvoltura
¿para qué llamarle cura
si es la misma enfermedad?
Se ha dicho que hubo en realidad dos Góngoras: uno, ángel de luz, y el otro, ángel de tinieblas. Nadie ha calculado todavía, con un estudio profundo y riguroso, el daño y el provecho que el racionero cordobés hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aquí sólo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cayó en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a él. De ahí entresacamos esta pequeña joya:
Mata a todos cuantos cura
el médico Filiberto,
y si alguno no se ha muerto
es que le ha errado a la cura.
Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:
Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad,
y es la primera verdad
que sale de vuestra boca.
Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:
Con tanta felpa en la capa
y tanta cadena de oro,
el marido de la Vaca
¿qué pude ser sino toro?
Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:
¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!
Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.
Cuando el marqués de Malpica,
Caballero de la Llave,
con su silencio replica,
dice todo cuanto sabe.
Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:
Siempre, fray Cirilo, estás
cansándonos acá afuera,
¡quien en tu celda estuviera
para no verte jamás!
Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engreído por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borbón, lo que a la postre tal vez le costaría la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desdeñar a los hombres de su entorno. Hembra o varón, se decía, a él le daba igual. A eso se debe que el príncipe de Esquilache escribiera, después de haber leído una letrilla de Villamediana:
Luego que el papel leí
con el me quise limpiar
más púsome en que dudar
que era del conde, y temí.
A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:
Que a ser conde hayáis llegado
tan a prisa y tan sin costa,
no es mucho, si por la posta
habéis, conde, caminado.
Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta satírico más violento, agudo y desvergonzado de su época. Jamás hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condición: clérigos y legos, nobles y plebeyos, débiles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles ironías.
Dirigió muchas de sus sátiras a Góngora, a quien detestaba. Ese odio no se limitó llamarle “capellán del rey de bastos”, “verdugo de los vocablos”, “escoba de la basura de las musas del Parnaso” y hasta “almorrana de Apolo” entre otras lindezas. Cuando Villamediana murió y Góngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontró sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Niño Jesús, donde el cordobés habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribió que
Para perfumarla
y desengongorarla
de vapores tan crasos
quemó, como pastillas, garcilasos.
Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:
¿Quién te persuadió a quitar
al adúltero infeliz
la nariz, pues la nariz
no te pudo deshonrar?
Tonto ¿qué has hecho al cortar
lo que sólo sabía oler?
Nada perdió tu mujer
en esto, si lo has notado,
pues al otro le ha quedado
con qué volverte a ofender.
Pero comenzamos esta breve recopilación con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. Éste, aunque no desdeñaba zaherir de cuando en cuando a Góngora o a Juan Ruiz de Alarcón, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estrépito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y más hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reunión más popular de los nobles de la corte: el Prado
Llego a Madrid y no conozco el Prado
y no lo desconozco por olvido
sino porque me consta que es pisado
por muchos que debiera ser pacido.
En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seudónimo de fray Tomé de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la difícil y se ponga a su alcance.
Su argumento final es un juego de palabras en el que está de nuevo implícita la crítica hacia la comunidad en que vive e insinúa la paulatina corrupción del imperio Español. Lo utilicé como epígrafe a la primera parte de mi novela Amarilis:
Creeme Juana, y llámate Juanilla
mira que la mejor parte de España
pudiendo Casta, se llamó Castilla.
Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:
Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste
por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste
detén el alma y a Leonor advierte
que me deje picar donde estuviste
y cambiaré mi vida por tu muerte”.
“Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”, decían sus contemporáneos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada más hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su época que supieron llenar con humor e ironía tantas horas felices de mi adolescencia.
Etiquetas: Antonio Sarabia, Conde de Lemos, Francisco de Quevedo, Fray Cirilo de San Juan, Josefa Vaca, Juan de Morales, Juan de Tassis, Juan Salinas de Castro, Literatura Española, Lope de Vega, Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, Pedro Vergel, Príncipe de Esquilache, Siglo de Oro, Villamediana

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