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	<title>Los Convidados &#187; Francisco Pizarro</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los nietos de la Malinche</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Apr 2011 17:01:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 347px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ellaberinto3.jpg?t=1301933924" alt="" />Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 214px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cuahutemoc1-1.jpg?t=1301936403" alt="" />Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es <em>como</em> la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.</p>
<p>A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.</p>
<p>Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.</p>
<p>La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.</p>
<p>Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 291px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche5.jpg?t=1301934302" alt="" />En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.</p>
<p>Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?&#8230; ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!&#8230;” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.</p>
<p>En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”</p>
<p>No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.</p>
<p>Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.</p>
<p>Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche3.jpg?t=1301934670" alt="" />La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.</p>
<p>Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.</p>
<p>No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche4.jpg?t=1301934841" alt="" />Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.</p>
<p>Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.</p>
<p>Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.</p>
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		<title>William Ospina gana el Rómulo Gallegos</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 09:04:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog). Pero William es incapaz [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/">William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog</a>).<br />
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos aún tratándose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursión en la narrativa con su novela <em>Ursúa</em>, la cual tuvo una excelente acogida entre el público y la crítica. Ahora, este jueves 4 de junio, con <em>El País de la Canela</em>, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilogía, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 235px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/William_Ospina_imagen_archivo.jpg?t=1244219724" alt="William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabia" />Al presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirmó que <em>El País de la Canela</em> propone una mirada sin maniqueísmo sobre la conquista de América. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un español y de una indígena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dramáticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.<br />
El 2 de agosto se le hará la entrega oficial del galardón que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni para honrar la obra de Rómulo Gallegos, autor del clásico costumbrista <em>Doña Bárbara</em> y en su momento también presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco años, están el peruano Mario Vargas Llosa, quien ganó la primera edición en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, además del español Javier Marías, el también colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.<br />
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.<br />
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-889"></span>.<br />
.</span><br />
EL PAÍS DE LA CANELA, CAPÍTULO SEGUNDO<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sólo entonces aparté la vista de mi pasado y enfrenté el destino que me esperaba. El barco del capitán Niebla nos llevó a Margarita, la isla grande y reseca, en cuyo centro están las arboledas joviales, las casonas y las iglesias. Vi por primera vez el impresionante bazar de las perlas, los barcos traﬁcantes y multitud de canoas junto a las cuales desaparecen y aﬂoran sin cesar los indios pescadores, con una tos de agua en la boca y puñados de ostras en las manos esclavas. Días después anclamos en Cartagena, una aldea sudorosa que no mira al norte azul sino a los ponientes bermejos, donde gobernaba el hombre de nariz remendada que acaba de ahogarse en las costas de España. Y al cabo de muchos días de sol y de mar llegué a los golfos cegadores de Nombre de Dios, a este brazo de selvas que tanto había imaginado, y a este puerto de Panamá, donde cambian las rancherías y los templos de piedra pero el mar es el mismo, míralo, con ese soplo de vagas promesas, repitiendo su brillo y sus olas bajo el mismo desorden de alcatraces. Era el año de 1540. Tú ni siquiera habrías oído hablar de las Indias, pero Castilla de Oro era ya un litoral cargado de leyendas, una babel crujiente de maderos de agua, galeones llevados por el viento y galeras movidas por el sufrimiento, carabelas y carracas, bergantines y fragatas furtivas que parecen mirar por los ojos de sus cañones. La tierra era un rescoldo de esclavos africanos, de comerciantes genoveses, de aventureros de muchas regiones que ya llevaban media vida malandando en las islas, de indios sabios y laboriosos traídos del Perú, derribadores de pájaros robados al Chocó, pescadores capturados en el lago de Nicaragua, sacerdotes nativos transformados en siervos, guerreros de los valles del Sinú con los tobillos ulcerados por las cadenas, y hombres de cobre de La Guajira, acostumbrados a los cielos inmensos del desierto y que cada noche buscaban en vano las estrellas.<br />
Eché a andar sobre las huellas de mi padre, ese señor apenas conocido que había visto tantas cosas: el camino de oro de Balboa y el camino de sangre de Pedrarias Dávila, la casa de limoneros de mi maestro Gonzalo Fernández en Santa María la Antigua del Darién, bajo un cielo de truenos, y los cadalsos insaciables de Acla. Hacía más de diez años que lo había reclutado Pizarro para su aventura en el sur, para padecer las desgracias de una isla de fango donde se comieron hasta las cáscaras de los cangrejos, y para desembarcar más muertos que vivos en la ciudad de colchones venenosos de Túmbez, donde muchos hombres se vieron de pronto llenos de verrugas infecciosas cuando ya se sentían a las puertas del reino.<br />
Recorrí, con menos sufrimientos, ese mismo camino: tragando con los ojos el mar del Sur; pasando ante las costas del Chocó que saludan al Sol con ﬂechazos; ante las ensenadas de Buena Ventura, donde una tarde vimos arquearse los lomos y hundirse las colas de las grandes ballenas; ante la isla que los labios febriles y griegos de Pedro de Candia llamaron Gorgona; ante la bahía de Tumaco, donde se oculta rencorosa la isla del Gallo; y entré por ﬁ n en el Perú que soñaba, no la terra incognita que pisaron los aventureros del año 32, sino un país misterioso dominado ya por españoles, donde empezaban a alimentar mendigos los atrios de las iglesias y a cristianizar el viento los campanarios.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 193px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElPasdelaCPortada.jpg?t=1244219972" alt="ElPasdelaCPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Todo cambia con prisa endemoniada; cada diez años estos reinos tienen un rostro distinto. Si hace treinta eran todavía el mundo fabuloso de las fortalezas del Sol y de las momias en sus tronos, hace veinte fueron escenario de guerras desconocidas entre hombres y dioses, y hace diez un paisaje calcinado donde intentaba sembrarse la Europa grande que avasalla al mundo. Quién sabe qué país nos estará esperando ahora allá al sur, tras estas aguas grises. Yo, que llegué antes que tú a las tierras del Inca, alcancé a ver muchas cosas que pronto desaparecieron: poblaciones intactas, caminos de piedra provistos a cada tramo de bodegas de granos, palacios de losas grandes de la ciudad sagrada, ﬁestas que tú no conociste. Pero uno sólo ve con nitidez lo que dura: un mundo que no cesa de cambiar apenas si produce en los ojos el efecto de un viento.<br />
Era reciente la primera conquista. Todavía se hablaba de las ciudades donde se refugiaron las vírgenes del Sol, del paraíso perdido donde nadie era rico ni pobre ni ocioso ni desvalido en toda la extensión de las montañas, de la región donde anidaban los coraquenques, los pájaros sagrados que estaba prohibido cazar, y que proveían de las plumas de colores para la diadema del rey. Y todavía se hablaba de la prisión del Inca, de su asombro ante los libros, de sus diálogos con los soldados. Nadie olvida el rescate que le exigió Pizarro, una habitación grande de Cajamarca llena de oro hasta la altura de dos metros, porque ese ha sido hasta ahora el tesoro más asombroso que se ha recogido en las Indias. Mientras la habitación se iba llenando con el oro de las ofrendas, Atahualpa se iba poniendo cada vez más callado y más melancólico; Hernando de Soto le enseñó a jugar al ajedrez y el rey alcanzó a igualar con él algunas partidas, hasta que la certeza de que sus captores de todos modos lo matarían apagó su voluntad de hablar con ellos.<br />
Un día, aquel prisionero que no sabía nada de la escritura le pidió a un centinela de la guardia que le trazara el nombre de Dios sobre las uñas, y después andaba mostrando la mano a todos sus captores. Parecía complacerle ver que repetían la misma palabra cuando él les ponía esos signos ante los ojos.<br />
Pero Pizarro no reaccionó como los demás ante el juego, y Atahualpa tuvo la sagacidad de comprender que el marqués Francisco Pizarro era más ignorante que sus propios soldados. Hay quien piensa por eso que Pizarro, un hombre limitado y soberbio, se indignó de haber sido descubierto y casi ridiculizado por el rey prisionero, y que ese episodio inﬂuyó en la decisión brutal de matarlo después de recibir el rescate.<br />
Veinte años habrán borrado gran parte del mundo que existía cuando Atahualpa murió y los conquistadores entraron en Quzco. Fue por agosto del año 35 cuando el tribunal que lo juzgaba lo condenó a muerte, y él sólo accedió al bautizo para salvarse de ser quemado vivo. Juan de Atahualpa murió en el garrote vil, decía mi padre en su carta, y dos meses y medio después los guerreros de España hicieron su entrada en la ciudad imperial.<br />
Yo llegué a la Ciudad de los Reyes de Lima cuatro años después, y desde el día de mi desembarco no me cansé de preguntar cómo había sido la entrada en el Quzco, cómo era la ciudad que encontraron. Yo, que viví deslumbrado, y tal vez embrujado desde niño por esa maravilla de las montañas, llegué a lamentar no haber formado parte de las tropas que la saquearon, sólo por haber tenido la ocasión de verla, de verla ante mis ojos, siquiera en el último día de su gloria.<br />
Entonces tú has oído también la leyenda de que la ciudad deslumbraba a la distancia con sus piedras laminadas de oro. Pues debo decirte algo más asombroso: cuando Pizarro apareció sobre los cerros, quedó maravillado y también asustado porque la ciudad enorme tenía la forma de un puma de oro. Nunca se había visto en el mundo antiguo que una ciudad fuera un dibujo en el espacio, y allí estaba el preciso dibujo de un puma, desde la cola alargada y arqueada hasta la cabeza que se alzaba levemente sobre los montes, con el ojo de grandes piedras doradas en cuya pupila vigilaban los lujosos guardianes.<br />
Cundió entonces la sospecha de que había otras ciudades similares en el norte y el sur, porque el imperio estaba dividido en varios reinos. Y mientras Hernando Pizarro se apoderaba de los templos de Quzco, Belalcázar fue al norte, más allá de Cajamarca, hacia los volcanes nevados de Quito; y Valdivia fue al sur, hacia los conﬁnes del mundo, por las llanuras costeras del Arauco. Continuando la guerra contra los indios rebeldes fueron dándose cuenta de la magnitud de un imperio que pronto les pareció más grande que Europa. Procuraron tomar posesión de las distintas comarcas, aunque basta ver las cordilleras para entender que nadie, ni siquiera los incas, ha podido abarcarlas del todo, porque más allá de su red de caminos y de sus terrazas sembradas de maíz, hay miles y miles de montañas que sólo el cielo ha visto y que apenas vigilan los astros.<br />
Ya desde los primeros tiempos todo el que vacilaba en apoyar a los Pizarro iba cayendo en desgracia. Ese fue el destino de Almagro, el socio principal del marqués, de quien Hernando Pizarro decía burlón: «Hay demasiadas cosas en ese rostro, pero ninguna está completa». Almagro supo muy temprano lo que le esperaba, desde el momento en que Pizarro viajó a la corte a buscar en su nombre y de sus dos socios licencia para invadir el reino de los incas y volvió exhibiendo títulos sólo para sí. Desde entonces cada día anotó alguna deuda: hoy una ingratitud, mañana una trampa, pasado mañana una traición, y ya no esperó nada bueno de ellos.<br />
Pero un día el Quzco, lleno de invasores, fue sitiado y calcinado por las huestes del hermano del Sol, Manco Inca Yupanqui, un señor esbelto y sombrío, con diadema de grandes plumas y manta de lana pespunteada de oro, que había decidido resistir hasta el ﬁnal aunque el dios hubiera sido asesinado, aunque, como decían ellos, ya no quedara un Sol en el cielo.<br />
Hay cantos sobre los sufrimientos del Inca que decidió un día sacrificar esa ciudad en la que cada piedra era venerable y sagrada, y dicen que la mano que arrojó desde el cerro la primera ﬂecha encendida contra los templos se fue quemando y consumiendo sola con los años, y al ﬁnal era oscura y leñosa, semejante a la garra de un pájaro. Como las alas de un cóndor que se hubieran desprendido del cuerpo muerto y se buscaran todavía por las montañas, los grandes jefes incas, Rumiñahui, que llenaba el norte con sus tropas, y Manco, que congregaba las suyas al sur, intentaron tardíamente envolver y aniquilar a las tropas de España, pero éstas seguían creciendo al soplo de la fama de sus conquistas, y de nada sirvió para combatirlos reducir a cenizas el corazón del reino. Los jefes incas no podían saber que allá, muy lejos, barcos y barcos nuevos brotaban por las bocas del Guadalquivir, pesados de caballos, de espadas y de arcabuces, y que el ejército invasor del Perú seguía creciendo sin tregua porque lo alimentaba el mar.<br />
En pocos años pasaron sobre la capital tantas calamidades, pestes desconocidas, guerras con armas nuevas y mortíferas, y trabajos concertados del fuego y del viento, que ahora, de la venerable ciudad de mis sueños que un día resplandeció sobre los abismos, sólo quedaban altos cascarones de piedra carcomidos por la catástrofe. Los incas comprendieron que la muerte del dios había desgraciado la ciudad, que por eso sobre ella se encarnizaban los enemigos, y ya no volvieron a ampararse en su piedra. Tenían razón: todo el que hizo allí su refugio terminó sucumbiendo, y hasta Diego de Almagro fue capturado en el fortín y sometido al juicio implacable de los hombres de Hernando Pizarro. Había dado hasta un ojo de la cara por ayudar a la conquista, tenía igual derecho que los Pizarro al reino de los incas, pero todo se lo fueron birlando en una cínica sucesión de zarpazo y silencio. Se sintió tan herido que ya no quería siquiera su parte del tesoro sino hacerles sentir a esos aliados que conocía sus saludos de anzuelos y sus abrazos de espinas. Pobre Almagro: la indignación lo corroía y lo enfermaba, y antes de mi llegada terminaron sometiéndolo también al garrote. Se habían adiestrado en el arte de los juicios ﬁngidos, procesos que de antemano tenían decidido el veredicto; simulacros como el que representaron ante Atahualpa, no para examinar la conducta del acusado, sino para espesar sofismas que autorizaran su exterminio.<br />
Al llegar, me sentía perdido. No tenía amigos ni un rumbo<br />
claro, iba entre los tumultos del puerto, si es que se puede llamar así a ese embarcadero confuso ante los barrancos, buscando cómo dar con ﬁrmeza mis primeros pasos en un suelo inestable. Como buen hijo de español, no sabía qué admirar más, si la majestad de las construcciones del Inca o el valor demencial de los guerreros que las despojaron. Muy pronto supe que manos piadosas habían rescatado los restos de mi padre de su socavón y los habían enterrado en la tierra seca del litoral. Corrí a buscar esa reliquia que me sembraba a mí mismo en el reino. Y allí estaba el montículo bajo el cielo impasible, ante un mar del color de las ballenas muertas, y ese era ya todo mi pasado: una tumba sedienta frente a las ﬂ ores ciegas del mar.<br />
No recuerdo haber llorado: recé lo que pude y proseguí el aprendizaje del mundo. Tú fuiste aprendiendo por cuentos de sus hombres la historia de la sabana de los muiscas; así fui yo conociendo las leyendas de esa tierra extendida entre el mar del poniente y las montañas arrugadas como milenios: relatos de las cuatro partes del reino, de sus gargantas de sed y de sus colmillos de hielo; y oí y oí cuentos largos como los caminos del Inca, que atravesaban las montañas y que llevaban pies adornados de cuentas y cascabeles por los riscos y los páramos, por las frías llanuras oblicuas hacia los cañones del norte y hacia los abismos del oriente, frente a la costa tortuosa del mar occidental y junto al otro mar, el que está solo con el cielo en las polvaredas altísimas.<br />
Así me fue dado conocer los relatos del origen, y oí de labios más viejos que el tiempo cómo llegaron hace siglos los enviados del Sol, los padres de los padres, que fundaron en la altura esa ciudad, esa cosa de esplendor y misterio que había deslumbrado mi infancia.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
William Ospina</p>
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