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	<title>Los Convidados &#187; Elsa Osorio</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes. Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>
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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 18:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947). El Giuseppe Acerbi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra <em>Final de Novela en Patagonia</em> de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 212px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mempo1.jpg?t=1247421583" alt="Mempo1.jpg picture by antoniosarabia" />El Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el público. Cada año, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo académico la selección de cuatro títulos de la literatura de un país y el galardón es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.<br />
Mempo Giardinelli recibió la notificación oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela <em>Finale di Romanzo in Patagonia</em>, de la casa editora Guanda de Milán, &#8220;había suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/13_elsa-osorio-1.jpg?t=1247431144" alt="13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabia" />En Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos llegó una rectificación. Resulta que por error se envió el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien también era finalista con la novela <em>Cielo de Tango</em>, y durante un par de días nadie pudo entender qué pasaba. Finalmente llegó la aclaración de los organizadores: el Premio Acerbi de este año a la literatura argentina corresponde a la novela <em>Cielo de tango</em> (<em>Lezione di tango</em>), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a <em>Final de novela en Patagonia</em> (<em>Finale di romanzo in Patagonia</em>), de Mempo Giardinelli.<br />
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de <em>Cielo de Tango</em>. Hasta entonces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1030"></span></span><br />
11. TANGO POSMENEMISTA EN COMODORO</p>
<p>El camino hacia el Sur no es otra cosa que esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra. Cada tanto el coche cae en un valle; cada tanto hay que remontar una sierra modesta. Pasa uno que otro camión, algún coche, pero durante largos minutos lo único que cruza el mundo somos nosotros y el pequeño coche rojo en el que viajamos. A los lados, tras las alambradas se ven muy pocas ovejas y algunos esporádicos grupos de ñandúes o de guanacos pastando. Estos últimos, especialmente, impresionan por su porte entre elegante y aburrido. Como todos los camélidos, tienen las patas muy delgadas y el cuello enhiesto. En la Patagonia se los ve siempre hermosos, magníficos a la distancia, con esa extraña apariencia distinguida que mezcla lo aristocrático y lo salvaje. Desconfiados y homofóbicos, huyen siempre, guiados por una impulsiva inteligencia primitiva.<br />
Durante horas recorremos el monótono, interminable camino recto que lleva al fin del continente. Pasamos velozmente por el costado de Trelew, vemos Rawson a lo lejos, no nos tentamos con la entrada a Gaiman ni a Sarmiento, ni a los Bosques Petrificados, que decidimos visitar al regreso. Ahora seguimos nuestro camino en línea recta, como se sigue un destino inexorable.<br />
Luego de varias horas de marcha, aburrida y plana, horas en las que no cruzamos ni un pueblo, de pronto empezamos a ver una serie de carteles a la vera del camino, como flacos escuderos del desierto que avisan que hay una población cercana y que es importante. Se anuncian hoteles, restaurantes, servicios. Comodoro Rivadavia se empieza a sentir en el aire desde varios kilómetros antes. No es la capital de la provincia, pero es la ciudad más grande e importante de Chubut, verdadera antesala de la estepa santacruceña.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia3.jpg?t=1247422125" alt="Patagonia3.jpg picture by antoniosarabia" />Es la ciudad donde vivió David Aracena (1914-1987), uno de los cuentistas más interesantes de la región. La misma del filme &#8220;Mundo Grúa&#8221;, de Pablo Trapero. Tiene unos 125.000 habitantes y ha sido por décadas la cabecera de YPF y el mayor centro petrolero nacional. También centro de corrupción e ineficiencia, hoy languidece industrialmente, como todo lo que la globalización se llevó.<br />
Esa noche hemos decidido regalarnos un tradicional cordero patagónico, y escogemos una parrilla de muy buen ver, en la zona portuaria. Nos sirven trozos asados, ensaladas y vino, y empezamos a sentirnos reconciliados con el viaje, el cansancio, el sueño que avanza porque mañana nos espera un tirón largo: intentaremos llegar hasta Río Gallegos en una sola etapa.<br />
A los postres, y como hemos estado dándole charla y alabado reiteradamente sus dotes de asador, el parrillero abandona las brasas donde toda la noche ha estado trozando y asando corderos y se acerca a nuestra mesa. Chupado de carnes, de cuerpo largo y flaco, canoso y arrugado, escucha nuestros últimos elogios a la delicia que preparó pero sin darles mucha importancia. Enjuto y disfónico, este hombre que aparenta muchos más años que los escasos cincuenta que declara, tiene muchas ganas de hablar. Típico joven de los ‘70, acaso ex montonero o militante de las juventudes peronistas, o quizá de pasado anarquista pero seguramente disconforme y rebelde, ahora se lo ve completamente manso y más bien triste. Fuma un Imparciales tras otro y tose cada tanto.<br />
-Ah, si yo les contara mi historia -amenaza después de saludar y pedir permiso para charlar, evidentemente saliéndose de la vaina por contarla.<br />
Un suave &#8220;adelante&#8221; lo embala. Pone primera y se lanza:<br />
-Yo vine hace ya varios años, y la verdad es que el motivo fue que me dejó mi mujer. Me la sopló un amigo, caray, uno de toda la vida. Increíble, ¿no? Y a ella no sé qué le pasó, aunque hoy la entiendo: yo no la tenía bien y la pobreza es canalla, amigo&#8230; Pero lo peor son los años que llevo sin ver a los pibes. Tres, y eso es lo que más me duele. Ni nos escribimos. Se pusieron del lado de la vieja, y uno, experto perdedor de altura, se la tuvo que bancar. Algun día van a entender. Espero, aunque no estoy tan seguro. Bueno, no estoy seguro de nada, ni de mi nombre, que en este caso es irrelevante. Puede llamarme Lito, si quiere, total&#8230;<br />
En la historia de Lito se cruzan la impreparación de una clase media que se imaginó eterna y satisfecha para siempre, los sueños desmesurados de una generación idealista, la decadencia de un país de indolentes y la crisis de un mundo que cambia valores por efectos. Lo miro hablar y me recuerda al Gordo Villanueva, un amigo de la infancia que en el Chaco siempre se mantuvo al margen de la política, tuvo un par de empresas de escasa fortuna, tocó la guitarra y cantó los mismos temas toda su vida, y ahora vende hamburguesas y es servicial y bueno como un pan pero tiene encima una tristeza tan grande que espanta.<br />
Lito termina su soliloquio -en realidad un tango patagónico- y acaba hablando de la península. Es que la gente en la Patagonia tiene una intensa necesidad de hablar. De sus vidas, de su ambiente, de lo que hacen. Tienen una insaciable, perentoria necesidad de ser escuchados. Y casi siempre se ven compelidos a justificar su presencia allí, como si cada uno debiera delinear el espacio que ocupa en la inmensidad:<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 215px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia4.jpg?t=1247422515" alt="Patagonia4.jpg picture by antoniosarabia" />-La Patagonia es una cárcel abierta -define Lito-: uno está en libertad pero no se puede mover. Yo me quisiera ir cuanto antes, pero, no sé por qué, me voy quedando. Digo que me voy, pero me quedo. Y me hago mucha mala sangre porque acá la gente no quiere laburar. Disculpe si suena reaccionario, pero es así. Duermen la siesta si es verano, porque hace calor; y duermen la siesta si es invierno, porque hace frío. Nadie trabaja en serio, y entonces yo me siento un idiota y no veo la hora de irme&#8230; A Mar del Plata, aunque dicen que ahora también allá está brava la cosa, ¿no?<br />
Se sienta, confianzudo. Ya no quedan clientes en el restaurante, uno de los tantos que se abrieron en los años de bonanza petrolera en Comodoro. Como casi todos, tiene un nombre que evoca ballenas, orcas, pingüinos o lobos marinos. Fuma otro pucho, melancólico, acepta el café con que lo invitamos y narra la historia de la mujer que lo tiene así. Un tango, ni más ni menos, aunque en plan fantástico.<br />
-Mina brava, Alma Delia -declara-. Ya era rara desde el nombre, como esos de las telenovelas venezolanas de ahora, ¿vio? Primero nos salió a todos con que se embarazó virgen. Así como lo oye. Era de una familia muy religiosa, típica de clase media baja, bien chupacirios. Y le creyeron a la chica, cómo no, si ella juraba y rejuraba que no había tenido relaciones con el novio, o sea yo. Entonces la abuela, como al pasar, dijo que habría sido el Espíritu Santo. Nadie supo si lo dijo en serio o en broma, la vieja, pero todos se engancharon con la fantasía. Incluso este servidor. Porque yo no la había tocado, digamos, en lo sexual. Uno que otro beso de zaguán, como se hacía antes, un franeleo de cocina y nada más. Yo era pibe y habré sido gil, también, pero el caso es que la quería. Y me casé con ella y viera cómo lo quise al pibe, fuera hijo del Espíritu Santo o de Magoya. Después vinieron dos más y yo creo que fuimos felices. Un tiempo, digo, o a lo mejor fue todo pura ilusión. Quién sabe. Hasta que vino la noche.<br />
Carraspea, chupa el cigarrillo hasta que la brasita arde como una culpa y concluye:<br />
-Y la noche, mi amigo, tiene nombres: el de Alma Delia en brazos de un traidor; y el del Turco hijo de su madre que prometió Revolución Productiva pero rifó el país y pudrió la moral.<br />
En ese momento entra un grupo de japoneses. Son como veinte y llegan como llegan ellos: llenos de cámaras y sonrisas. Un guía que los trae de quién sabe dónde ruega que se les prepare algo de comer. Lito se hace rogar unos segundos y luego declara que no hay más cordero por esa noche, salvo unos restos que, si les gusta, se los escabecha en segundos&#8230; Y enseguida se dirige a la cocina donde ordena minutas y ensaladas. Cuando regresa junto a nosotros, que nos aprestamos a salir, nos guiña un ojo, juguetón, y dice:<br />
-La Argentina es un país maravilloso, viejo. Ni gente como nosotros seremos capaces de echarlo a perder del todo. ¿No ve que acá siempre se inventa algo de comer?<br />
Salimos a la calle y andamos bajo el viento frío que viene de la bahía. Algunas luces se reflejan arriba, sobre Comodoro, que a esa hora es un interrogante negro. Pensando en Lito, o como se llame, me viene a la memoria una frase maravillosa de Elías Canetti en El suplicio de las moscas: &#8220;Aunque esta vida fuese aún más humillante, tampoco renunciaría a ella&#8221;.<br />
Fernando me pregunta cuál creo yo que podría ser la más fuerte representación poética de la noche. Coincidimos en escoger la metáfora de Borges: &#8220;la unánime noche&#8221;. Con un solo adjetivo la define inmensa, eterna y absoluta.<br />
Sé que esa noche soñaré algo que ya soñé otras veces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>16- 45 AÑOS NO ES NADA</p>
<p>Seguimos viaje y el paisaje vuelve a ser, como siempre, solamente piedra, viento, nada. Lo que empieza a impresionar, por estos rumbos, es el tamaño de la monotonía. Muchos cientos, casi dos mil kilómetros lineales y todo es igual: árido, ondulado, inmensurable.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia2.jpg?t=1247422737" alt="Patagonia2.jpg picture by antoniosarabia" />El paisaje se corresponde con este viento inclemente que de pronto sacude al cochecito, que en un segundo lo contraría todo, que dificulta el crecimiento de los árboles y de la vegetación y que incluso seca en el acto la lluvia que cae, cuando cae. Porque la lluvia patagónica es como un capricho, un raro empeño atlántico o andino, según de dónde venga, que inexorablemente terminará sometido por el viento. No se ve a nadie, ni un gaucho, ni un rebañito de ovejas, ni un casco de estancia. Todo en el paisaje es esa brutal inmensidad gris, y todo es piedra, viento, nada.<br />
Después de varias horas paramos en Puerto San Julián. Es un pueblo simpático, más armonioso que Caleta Olivia y un poco más limpio. Desandamos toda la larga avenida principal y llegamos a la ría, que es preciosa, para almorzar mirando las gaviotas. Hay allí un par de viejos barcos sobre la costa, colocados a modo de monumentos históricos, de cuando este pueblo tenía una industria pesquera en desarrollo. Aquí hubo una planta frigorífica de la empresa Swift, que fue instalada en 1909 para enviar carne ovina en latas a Inglaterra y Europa. Llegó a faenar unos 240.000 animales por año y fue clausurada en 1963, o sea -podría pensarse- en los amaneceres de la globalización. Estos barquitos están pintados uno de amarillo y el otro de azul, ambos colores muy estridentes, como si el pintor hubiese sido un hincha fanático de Boca Juniors. O un nacionalista sueco. Frente al Club de Pescadores y donde empieza la costanera, el sitio sería muy agradable si no fuera que lo echa a perder, como a todo en la Patagonia, el viento. Es un condenado viento que no deja nada quieto, tiene la tenacidad de los necios y para colmo es antárticamente frío. Nos lo bancamos porque es el mediodía y hemos decidido obsequiarnos un picnic disfrutando del paisaje de gaviotas y de patos que vuelan en gordas bandadas sobre la ría.<br />
De pronto se nos acerca un hombre mayor, elegantemente vestido, con una formidable cámara fotográfica. A mí se me hace vagamente conocido, como si en otros tiempos, en algún lugar o en otra vida, lo hubiese visto. Nos pregunta si no ha venido el lanchero. No, no tenemos ni la menor idea. El hombre menea la cabeza, de cabellos blancos tupidos, y dice que lo va a esperar igual. Nos mira comer y lo invitamos con un poco de pan y paté. Él niega con la cabeza y agradece, de lo más formal, pero no se va. &#8220;Zás, me digo interiormente, otro que no puede contener sus ganas de hablar&#8221;. Así que le tiro de la lengua apenas un poquito, casi profesionalmente, y el hombre se derrama:<br />
-Hace 45 años que me fui de este pueblo -dice- y nunca más volví. Hasta ahora. Y estoy tan impresionado que no lo puedo creer. Llegué hace dos días y no hago otra cosa que caminar. Ahora quería dar un paseo por la ría pero el lanchero no aparece. ¿Seguro que ustedes no lo vieron?<br />
Le juramos que no. El hombre recorre la costanera con la vista. Parece desolado, pero ya no puede parar:<br />
-Mi vieja era de Salta y mi viejo de Buenos Aires. Éramos muy pobres y yo apenas hice la primaria, y encima incompleta. Y después un día me subí a un barco y me fui a ver cómo era el mundo, y no me importaba nada de nada porque sentía que detrás de mí no quedaba nada&#8230;<br />
Sólo entonces advierto que habla un castellano medio duro, como desgastado. Y aunque su rostro se me hace conocido, no consigo ubicarlo en mi memoria. El hombre me pregunta si acaso yo lo recuerdo. Entonces exprimo quién sabe qué neurona y creo descubrirlo.<br />
-Usted -le digo lentamente, tanteando para no ofender- es uno de aquellos marineros argentinos que se quedaron varados en Hamburgo hace un montón de años, ¿verdad?<br />
-Me recuerda -afirma con la cabeza, contento como un chico, y se le iluminan los ojos.<br />
En efecto, hace unos diez años, durante una conversación circunstancial después de una conferencia en la Academia de las Artes, de Hamburgo, se me acercaron cuatro compatriotas de hablar alemanado y me contaron una extraña historia. Marineros rasos de un carguero argentino, al enterarse de un golpe de estado en Buenos Aires decidieron quedarse un tiempo en Alemania. Aquella vez, atropelladamente, entre los cuatro me contaron una historia tan triste y tan argentina como corriente: uno de ellos sabía cantar tangos, otro tocaba la guitarra y un tercero el bandoneón, de modo que ahí nomás armaron una especie de murguita viajera y el cuarto hacía de representante. Nunca salieron de Alemania porque no tenían documentos, que quedaron en el barco, y terminaron siendo trabajadores ilegales por décadas, una verdadera familia. Fueron envejeciendo juntos y cuando yo los vi estaban pensando en volver, por eso habían empezado a acercarse a las actividades de los argentinos que pasaban por Hamburgo. Yo sabía que más o menos como la de ellos habría sido la suerte de tantos argentinos varados en Europa por diferentes circunstancias. Nadie sabe lo que le depara la vida, pero nosotros, los argentinos, ya sabemos que ese enigma suele ser uno de los disfraces que utiliza la desdicha para hacerse soportable. Y la historia de estos hombres era una de tantas. Aunque lo que más me había impresionado, aquella vez, fue una frase de esas que miden el tiempo de modo tan sencillo como impactante:<br />
-En más de treinta años nunca volvimos. Ninguno de nosotros.<br />
Ahora, gaseosa en mano, mi curiosidad resulta vencida por el temor de preguntarle por los otros tres. Pero él se adelanta a mi interrogante.<br />
-Soy el único que queda -dice, como sin emociones-. Por eso me dije que ya era hora. Hace 45 años que me fui y no me quería morir sin volver.<br />
-¿Y ahora qué hace?<br />
-Pude arreglar mis papeles y estoy jubilado. Y un poco solo.<br />
Busca con la mirada al lanchero, que evidentemente no viene. No hay nadie más que nosotros en el gélido mediodía de Puerto San Julián y a mí se me hace que si nos vamos ese hombre terminará destruido, se va a desintegrar como un castillo de arena. Alguien debería hacer algo por él. Pero lo único que hacemos es silencio, mientras el tipo fotografía unos patos que pasan bajito como por no quedarse quieto y yo no me atrevo a meterme en su intimidad. Ha de ser un infierno de tristeza y no me autorizo la canallada de urgar allí. El hombre se da cuenta, acaso lo agradece, y entonces se desvía:<br />
-Cómo ha cambiado San Julián&#8230; Usted no se imagina lo que era esto cuando yo era chico. Ahora por lo menos hay pavimento y esta costanera no está nada mal. Se ha modernizado.<br />
-¿Tiene parientes aquí, todavía?<br />
El hombre, distraidamente, toma una foto de la costanera con un teleobjetivo que parece un cañón.<br />
-No, ni parientes ni amigos. Ahora no conozco a nadie. 45 años es demasiado tiempo&#8230; Lo único que tengo aquí son recuerdos. Pero todos lindos. Y eso es un verdadero tesoro, ¿no cree?<br />
Por supuesto, acordamos, por supuesto. Entonces él saluda y se va caminando por la costanera. A los pocos metros se da vuelta y me grita, sonriente:<br />
-Si quiere, un día de estos le cuento alguno, ¿eh?<br />
El viento parece haberse calmado un poco y yo sé que esa noche voy a soñar un sueño que ya otras veces he soñado. Solo y en calzoncillos, pero con mi billetera y un escapulario en la mano, camino agitado por el barrio porteño de Pompeya. No sé adónde voy ni quién me persigue, pero debo huir. Arrojo la billetera a un tacho de basura, tiro el escapulario en un zaguán entreabierto y corro. No hay autobuses, no paran los taxis, empiezo a desesperarme y entonces me despierto.</p>
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		<title>Elsa Osorio, por fin en Los Convidados</title>
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		<pubDate>Sat, 23 May 2009 10:39:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg?t=1243074290" alt="dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg picture by antoniosarabia" />cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café hasta una mesa redonda. Eso acaba de suceder en el XII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón donde pasamos algunas muy agradables jornadas juntos. Elsa es una ávida lectora de Los Convidados, &#8220;los domingos por la tarde en Buenos aires, me dice, antes de meterme en la cama&#8221;, y ya hemos publicado comentarios suyos en una que otra entrada. Hoy la tenemos por fin entre nosotros participando con un excelente relato de su libro <em>Callejón con Salida</em>, que ofrece con muchísimo gusto a los lectores de Los Convidados.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-840"></span>.</span><span style="color: #ffffff;"><br />
</span> SU PEQUEÑO Y SÓRDIDO REINO</p>
<p>Aún le dura la agitación cuando cierra la puerta y se apoya contra ella para recobrar el aliento. Está exhausta por la tensión que le produce caminar bordeando el edificio, esperando la oportunidad de entrar cuando nadie pase por la puerta mientras revuelve en su bolso buscando el llavero, y ese terrible momento en que teme haberse equivocado de llave, que no sea ésa la de abajo, introducirla lo más rápido posible y observar con alivio como gira sin dificultad, atravesar el hall de entrada rogando que el ascensor esté en la planta baja y no deba esperarlo, expuesta al peligro de que alguien entre al edificio, o baje por el ascensor, y la descubra, y ya subiendo, que por favor nadie abra la puerta del ascensor y la sorprenda a ella ahí, tan donde no debe, cruzar el palier a grandes pasos, sin darle el gusto de curiosear a quienquiera que viva en el noveno &#8220;A&#8221; porque la llave ya está preparada para que gire en seguida y la puerta se abra y cierre de inmediato dejándola por fin a salvo. ¿A salvo sólo de las miradas de los otros? ¿O también de todo ese espacio que se extiende detrás de la puerta del noveno &#8220;B&#8221;?<br />
Pero si así, apoyada contra la madera de la puerta, está a salvo, por qué, cuando la agitación va disminuyendo su ritmo, esa ígnea delicia del miedo reptando por su columna hasta ganar el cuello y estallar para expandirse voluptuosamente hacia el cuerpo todo que comienza a vibrar, ahora que camina a tientas hacia la ventana, a temblar, cuando iza la correa de la persiana como en el colegio la bandera, porque ella, la mejor, pero atrás, cuánta violencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 205px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NT139Callejonconsalida.jpg?t=1243074591" alt="NT139Callejonconsalida.jpg picture by antoniosarabia" />El sol avanza sobre su cuerpo, lo entibia y estará iluminando ya lo que aún no ve porque el miedo hace estragos en sus músculos, tensándolos como cuerdas. Gira con exagerada morosidad demorando el instante en que se enfrentará con ese espectáculo al que el sol no perdona detalle, ni siquiera las manchas del parquet que se cuelan con insolencia entre las más dispares superficies.<br />
Es siempre una sorpresa, ya que antes de irse (cumpliendo minuciosamente con las reglas que no sabe quién prescribió) deja caer la sombra sin encender la luz, y por lo tanto, las formas con que juega quedan donde fueron a refugiarse en la oscuridad, en su inútil intento de abolir las discrepancias, entonces ella cierra la persiana y camina hacia la puerta para repetir el rito de la entrada, pero al revés, introduciendo leves variantes.<br />
No conoce esta última imagen que ha forjado antes de irse, embellecida y distorsionada por el paso del tiempo. El té, por ejemplo, que estaba caliente y líquido cuando lo volcó, es una mancha amarillenta, seca y fría sobre ese libro abierto de páginas de papel biblia. Puede imaginar ese chorrear del té en lágrimas sobre las apretadas hojas. Se aventura, en un gesto de coraje, y reconoce el libro llorado: uno de los tomos de Las Mil y Una Noches, y recuerda cuando su papá se lo regaló, hace ya tantos años, la caricia que le hacía antes de dormir al cuero de su lomo, y cuántas tardes, cuántas noches de esa delicia.<br />
«Por suerte no es de Diana», se dice. Y si fuera qué, ¿acaso pensó que debía resguardar por lo menos lo de Diana? No, entonces ¿por qué ahora? Quizás porque acaba de entrar y aún las sogas tironean con fuerza a quien ella es afuera del departamento, la responsable, la discreta, como le había dicho su amiga aquella tarde, antes de emprender el largo viaje. Diana no quería alquilar el departamento porque no sabía cuándo volvería -ni si volvería- y prestárselo a alguien, no sé, imaginarme a cualquiera hurgando mis papeles, encontrando algo inconveniente, o simplemente íntimo, sentándose en mis almohadones, no me gusta. Y ella se había reído.<br />
-Si te lo quedaras vos, que sos tan discreta, yo estaría tranquila. Quedátelo, dale.<br />
-¿Yo? ¿Y para qué lo quiero? Tengo mi casa, mi estudio.<br />
-Para nada. Para descansar, para hacer un alto, para estar sola -había sonreído Diana, guiñándole el ojo-. No viene mal de vez en cuando.<br />
Ella se alzó de hombros, pero ya en aquel momento (y no podía ni sospecharlo) sintió un repentino entusiasmo, una ventana abierta. Aceptó pagar los gastos e ir de cuando en cuando para repasar o para&#8230; &#8220;Para nada&#8221;, le había dicho Diana.<br />
No recuerda cuándo fue por primera vez sin la excusa de pagar alguna cuenta o limpiar un poco, ni cuándo se preparó el primer té, ni cuándo fue dejando algunos libros y una resma de hojas, y algunos cuadernos, el cepillo y su perfume. Recuerda sí aquella tarde en que se le pasó la hora de ir al dentista y no encendió la luz, ni arregló nada porque el jueves o viernes se daría una vuelta y ordenaría todo. Pero el viernes se dijo que faltaba tanto tiempo para que Diana volviera -si es que volvía- que bien podría hacerse otro té, sin lavar las tazas usadas, y abrió otro libro y se olvidó una carpeta.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 266px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Elsa1.jpg?t=1243074803" alt="Elsa1.jpg picture by antoniosarabia" />Fue ese mismo día, o quizás otro, el que echó de menos sus diccionarios, tenía tantos (siempre le gustaron los diccionarios), por qué no dejar algunos allí y después de consultarlos, tirarlos de cualquier forma, total, ya pondría orden la próxima semana.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo desde aquella tarde porque los puchos y los papeles arrugados han desbordado del cesto y se dejan ver sobre el piso, mezclándose con el polvo. Es increíble la cantidad de tierra que puede acumularse en un pequeño departamento, que permanece siempre cerrado, cuando ella no está ahí. ¡Es una ciudad tan sucia Buenos Aires! Y hay quienes dicen que están limpiando no sólo la ciudad, el país entero. Ella puede dar fe, ahora que está mirando el suelo, que entra mucho polvo, tanto que ya no le importa pisar todo con los zapatos, hasta esa costilla mordida que adhiere su grasa a la suela y da unos toques sutiles a ese extraño tapiz que ha ido configurándose, casi sin que ella se de cuenta de su magnitud.<br />
Se coloca en un rincón y lo observa. Ni en la mejor galería de tapices del mundo se podría conseguir uno así, tan variado en colorido y textura y con ese movimiento que los distintos tamaños y formas de libros, almohadones, sillas caídas, frascos, espejos y latas abolladas le dan, convirtiendo el tapiz en una escultura. Es lamentable que sólo pueda gozar de él con la vista.<br />
Se descalza (guarda los zapatos y las medias perfectamente dobladas en el cuarto de Diana) y siente en los pies desnudos el placer de esa obra de arte que ella ha creado, permitiendo a la tierra y a los objetos combinarse al azar. Una maravillosa obra de arte que no podría exponerse en ningún museo, en ninguna galería que la inmovilizara, una obra mutante que va inventándose y recreándose sin cesar bajo sus pies, una obra creada y gozada sólo por ella.<br />
La pisa y la pisa, entusiasmándose con las superficies escabrosas, como la de la lata que amenaza lastimarle la piel y que ella arroja al otro extremo del tapiz, ahora el delicioso cosquillear del papel arrugándose en la planta de su pie derecho, mientras su pie izquierdo se hunde en una colina de ceniza.<br />
Recoge una hoja grande que reconoce como la primera página de un contrato que quién sabe cómo fue a parar ahí; con ella envuelve una esponja, todos los puchos de ese sector, la costilla mordida, y con fuerza, arroja el bollo contra la pared. El miedo da un salto y pega la oreja al muro tratando de descubrir un posible testigo de su violento quebranto, pero nada, ese ruido fue sordo y nadie más que ella sabe lo que acaba de hacer.<br />
Va hasta la cocina, encuentra café preparado, seguramente hace varios días por el color arratonado y desparejo, y con él riega la ceniza que cede fácilmente de la pared.<br />
Es una lástima que su mirada se agote y se abisme en esa imagen que el sol ilumina ahora más apagadamente, generando una belleza nueva, quisiera sentirla en todo el cuerpo, pero no puede acostarse así, vestida como está, sobre todo eso y salir después a la calle desordenada y sucia, con el enorme riesgo que eso conlleva en los tiempos que se viven. Siempre, de algún modo, el afuera logra inmiscuirse para tironearla como hace detrás de la puerta. Por esa razón está allí, para aflojar las sogas en ese paréntesis, para unirse y que poco a poco la tranquilidad la invada.<br />
¿Tranquilidad? Difícil ceñir a una palabra esa sensación tan singular que ella siente, ese bienestar donde corcovea el pánico, ese placer de hacer arte con lo que hay, esa adhesión repulsiva a una hipérbole de desorden en la que se regodea.<br />
Ahora se le precipita la imagen de las corbatas de su papá, colgadas todas a la misma distancia, y los cuellos de las camisas, uno para un lado, el siguiente para el otro y una línea perfecta entre ellos, y el parquet reluciente que su mamá cuidaba con esmero: ni una sola mancha. Y recuerda el disgusto de su papá cuando la veía estudiar a ella, su hija menor, con los papeles cruzados unos sobre otros, y los libros sobre la alfombra. Ella trató de explicarle que, aunque él no lo percibiera, allí había un orden, el suyo, que no lo llamara «tu terrible desorden», sólo por no cumplir con pautas ajenas. Ella ha pasado la vida cuidando el orden hasta la locura, la misma de adentro pero desde el borde, un borde de contornos ebrios. Con el tiempo llegó a acostumbrarse, a tal punto que ahora parece suyo, pero no se engaña, ese orden no es más que una fidelidad a su papá -en verdad la fidelidad mayor es el verdadero orden, el interno- que de todos modos ya no importa porque él ha muerto y ya no hay nada que demostrar. «Para nada», le dijo Diana cuando le dejó el departamento. Nada. Y el que nada no se ahoga. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Nadar.<br />
Nadar porque en el agua los límites se borronean. Desde afuera se percibe un orden de líneas diáfanas, nítidas, tranquilizantes, pero basta sumergirse para penetrar en ese otro orden misterioso de contornos amiboideos y enigmáticos matices. En el borde se nada. Nada para demostrar. Para nada. Nada para. Pero no puede permitirse nadar en su obra con la misma ropa con que enfrenta el mundo de afuera, las huellas, ineludiblemente, la delatarían. Con deliberada morosidad se desviste y extiende la ropa sobre la cama de Diana.<br />
Ahora sí puede sentir en todo el cuerpo esa tierra que ha entrado por la ventana y rodar libremente sobre las manchas del parquet y los papeles rotos, y zambullirse en los diccionarios, tener un contacto directo con las palabras escritas en esas hojas que no lee, que toca, toca con su vientre y ese crisparse del papel con su movimiento la exalta, las palabras adhiriéndose y bailando sobre su piel, mientras su mano acaricia la superficie rugosa de una cáscara de mandarina, y en su hombro, el irreprochable roce de un diario viejo o quién sabe qué porque ha cerrado los ojos para jugar a adivinar la identidad de los misteriosos seres que habitan ese mar: plato, libro, llavero, papeles, semillas. No puede descubrir el origen de la adiposidad que embadurna su muslo derecho, pero ya no le importa porque ha cambiado el juego por otro: extender el brazo, sujetar lo que la mano alcance, revolearlo y dejarlo caer donde la fuerza de su impulso lo lleve, y esta copa que tira con violencia se revela en un alarde de destellos y sonidos agudos al trisarse contra la pared, ella no había previsto este resplandor en el juego, ni tampoco los gritos de los cristales saltando a cualquier lugar, y quizás, más tarde, lastimándola. No. Debe impedir que su sangre roja y viva violente el tono de su obra. Nunca sangre allí dentro.<br />
El miedo vuelve a ganarla, llega en olas, como el mar, y ella las barrena una a una hasta vencerlo. Se reconoce el cuerpo con sus manos, y al llegar a los ojos, los frota del maquillaje que ella usa para hacer frente a la otra selva, la de afuera.<br />
Busca en su bolso el sobre de los cosméticos y se pinta, con gruesos trazos, pestañas larguísimas en sus muslos. Con las sombras logra un efecto sorprendente al cruzarlas sobre su cara y su cuello. Se dibuja rayos de negro sol en su vientre, y con el rouge, grandes labios rodeando el pubis. Vacía el sobre tirando los cosméticos hacia un lado y el otro para integrarlos a los seres que habitan su tapiz-mar. Saca libros de la biblioteca y se acuesta sobre ellos. Silvina Ocampo se le incrusta en la espalda, Manuel Puig le hace cosquillas en las piernas, Gombrowitz se le hunde en los riñones, Cortázar se cuela entre sus piernas, Walsh le duele en el pecho, Fuentes se adhiere a su cintura, Drumond de Andrade le roza la nuca, y repta sobre Bataille o Rimbaud. Entonces comprende que nunca ha leído más que con los ojos y que así, como ahora lo hace, es salvaje el placer del texto, tal vez Barthes mismo sea el que le atraviesa el pecho. Bracea siguiendo el flujo de la marea, se sumerge y vuelve a asomar la cabeza. El trapo y una vieja máquina de escribir se enlazan buscando en el polvo el punto exacto y fatal de encuentro con las hojas muertas de vaya a saber qué libro, qué obra, qué texto, qué placer que les concede la ilusión de moldearse a sí mismos hasta componer ese cuerpo único, poderoso, perfecto, completo.<br />
Ella los socorre con este balde de agua que derrama sobre el tapiz. Las superficies se diluyen. Se deja lamer por la humedad del papel. Aspira el perfume de inmundicias enredándose y mareándola. Avanza al compás de una música secreta, que ahora sabe que es la suya, la que debe desoír afuera. El tapiz la acompaña en un derroche de perfectos roces, de caricias, hasta llegar al centro donde todo se ha confundido, amalgamando sus formas y texturas para recibirla. Ella se entrega, se hace una con su obra, perdiendo los límites del cuerpo, extendiéndolos al infinito en el tiempo y el espacio. Se aturde en el goce fulminante de ese remolino donde su tapiz y ella crean y son creados vertiginosamente.<br />
Y entonces la paz, como una lluvia fina y lenta, expurgándolos, diferenciándolos. El tapiz la mece al ritmo suave de la música. Ella se deja estar allí, disfrutando de esa armonía, de ese orden por fin suyo.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo porque la sombra ha ganado ya el departamento, cuando ella abre los ojos y se levanta.<br />
En el baño se ducha, se seca, se cepilla el pelo, se viste. Cuelga su bolso del hombro y antes de cerrar la persiana, contempla su pequeño y sórdido reino con mugrienta ternura. Cierra la puerta para correr a atender todo el afuera, esas sogas que intentarán despedazarla, pero con más fuerza para resistir el tironeo, más sólida, más limpia.</p>
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