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	<title>Los Convidados &#187; Elena Rolla</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Homenaje a los Traductores</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Oct 2007 18:55:00 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya desde pequeño, durante aquellas lejanas lecciones de catecismo a las que me arrastraba mi madre, me parecía difícil creer que en el jardín del Paraíso, cuando Dios permitió a Adán nombrar a sus criaturas, éste llamara al perro, perro y, al gato, gato. Incluso entonces mi ecumenismo hispanoamericano no llegaba a tanto. Me preguntaba, eso sí, ¿cómo las habría denominado?, ¿en qué lengua, tal vez ahora impronunciable, les dio sus verdaderos nombres?, ¿y qué había sido de ella? Mi persistente rencor al padre Adán data de esa época. ¿En qué cabeza cupo heredarnos el pecado original y excluirnos de aquel lenguaje formidable?<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R9fU3X8eZgI/AAAAAAAAASI/GbQfm5LoWo0/s1600-h/Close+up+5.jpg" rel="lightbox[4]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5176840344471234050" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R9fU3X8eZgI/AAAAAAAAASI/GbQfm5LoWo0/s200/Close+up+5.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Años más tarde, desacreditado el mito de Babel, otra cuestión comenzó a rondarme por la mente: ¿por qué hay tantos idiomas? Esta pregunta, en apariencia idiota, no lo es tanto cuando nos detenemos a reflexionar en ella. ¿Qué pensaríamos nosotros, por ejemplo si, al comprobarse que se comunican los delfines, descubriésemos que no se entienden entre sí porque unos frecuentan West Palm Beach y otros Varadero? ¿Por qué tendrían que hablar distintos lenguajes los delfines si, al fin y al cabo, son delfines? Esto, que nos sorprendería en otras especies, nos parece de lo más ordinario en la nuestra, a pesar de que compartimos las mismas estructuras neurológicas y dependemos de idénticos dispositivos para emitir y captar sonidos, sin contar con que la constitución de nuestras cuerdas vocales no nos permite reproducir más que una misma uniforme, y bastante limitada, gama de voces. ¿No sería más natural que, al abrir la boca por primera vez, llamáramos todos sin excepción, en la misma lengua de Adán, al perro, perro y, al gato, gato?</p>
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Lo más extraño es que esta curiosa perversión humana ni siquiera se confina a los habitantes de regiones dispares o muy alejadas entre sí. La incompatibilidad en el lenguaje puede alcanzar a miembros de una misma sociedad e incluso hasta a los de una misma familia. En la Mongolia del siglo XVIII, por ejemplo, los sacerdotes hablaban tibetano, los gobernantes manchú, los mercaderes chino y los literatos mongol, mientras que el pueblo llano se comunicaba en dialecto khalka. Los caribes de las antillas prehispánicas utilizaban dos idiomas diferentes: uno para que se expresaran las mujeres y, el otro, los hombres. Los hijos varones crecían usando el lenguaje de la madre hasta que, a una cierta edad, lo desechaban para continuar comunicándose únicamente en el del padre.<br />
Algo de este caos imaginé yo encontrarme al llegar a Gijón, a participar en el taller organizado por el premio Grinzane Cavour para traducir mi cuento “El Ángel de la Guarda”. Y, al principio, pensé no haberme equivocado. Las cuatro lenguas elegidas estaban ampliamente representadas: de Portugal llegaron Luis Filipe Sarmento y Pedro Abreu. A Petra Zickman y Manel Pérez Espejo, mis traductores alemanes, se unieron la austriaca Hannelore Biricz y la suiza Stine Lehmann. Con mi querida Ilide Carmignane, de Italia, vino su camarada Elena Rolla, y a mi viejo amigo francés Claude Couffon le asistió la belga Marie-Anne Henneuse. Desde luego, todos hablaban castellano, idioma en el que se llevaban a cabo las sesiones y en el que se planteaba y resolvía cualquier duda relativa al texto original. Acto seguido, se sumergían todos en la intimidad de sus respectivos grupos para cocinar entre ellos el guiso en su lenguaje correspondiente. Yo, a falta de un corrillo español al que adherirme y con el cual parlamentar, me quedaba sólo, especie de árbitro evaluando con atención simultáneas partidas de ajedrez, oyéndolos discutir en voz alta en sus distintos idiomas, e imaginando que algo por el estilo había sucedido en Babel cuando la famosa historia de la torre. A fuerza de observarlos, y oírlos, descubrí que en realidad compartíamos bastante más de lo que a primera vista podía parecer. No sólo porque algunos de ellos sean escritores por méritos propios, Claude Couffon es un excelente poeta y Filipe Sarmento ha publicado novelas, sino porque todos, sin excepción, repetían de alguna manera los pasos que yo había dado antes, al escribir la historia. Eso me hizo comprender que no había una gran diferencia entre sus quehaceres de traductores y el mío propio. Ellos también se devanaban los sesos en busca de la palabra justa. La que representara con mayor fidelidad lo que yo había querido decir. Aquello que hice yo a partir de ciertas imágenes, situaciones o ideas, ellos lo recomenzaban a parir de la palabra que les había heredado, explorando la idea o la imagen inicial que asomaba las orejas detrás para encontrarle un cabal equivalente en sus respectivas lenguas. A menudo recurrían a mí para plantearme algún problema traduciéndome alternativas y significados. Al adentrarme yo en su trabajo, implicándome en los idiomas que más o menos conozco y tratando de imaginar posibilidades en los que apenas me atrevo a asomarme, me animó la sensación de reemprender un camino que había recorrido antes en la más absoluta soledad acompañado esta vez por nuevos y extraordinarios compañeros de viaje.<br />
Este amistoso contubernio se vio bien reforzado cuando, al salir del trabajo, nos sentábamos a conversar tras una bebida en el animado café del Instituto Jovellanos antes de almorzar juntos, o nos íbamos a ver el mar haciendo restallar sus olas como un látigo contra el alto muro del malecón. Como todos los buenos escritores que conozco ellos son también grandes lectores y fue una verdadera delicia escucharlos intercambiar juicios e ideas sobre toda la literatura habida y por haber. Nunca les podré agradecer lo suficiente el tiempo que me dispensaron, ni tantas cosas como aprendí en su compañía, ni mucho menos la paciencia con que urden esos nudos cómplices entre mi lengua y la de todos esos lectores con quienes me sería imposible comunicar sin su concurso. Ahora sé que en los fundamentos del Premio Grinzane Cavour, y en el generoso apoyo que confieren al nunca suficientemente valorado papel del traductor, alienta una vocación de concordancia universal que yo creí perdida cuando la primitiva lengua del padre Adán se despeñó bajo los escombros del derrumbamiento de Babel. Ello nos hace a nosotros, los autores, partícipes de la gracia de Pentecostés y permite que nuestras palabras se derramen por el mundo.</p>
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