Posts Tagged “Luis de Góngora”

Podría iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exupéry su novela Piloto de Guerra: Sin duda sueño. Estoy en la escuela. Tengo quince años. Resuelvo con paciencia mi problema de geometría. Sólo que yo no me recuerdo de quince años sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometría, para los que además nunca tuve paciencia alguna, sino ante el borroso rostro de un profesor del que he olvidado el nombre. Sospecho que ni siquiera enseña literatura aunque, no sé por qué motivo, nos habla de un personaje del que yo aún no sabía nada: don Francisco de Quevedo y Villegas, poeta de una época para mí entonces oscura y remota: el siglo XVII. Por otra confusa razón que tampoco recuerdo ahora, el rey -entonces yo los imaginaba sentados en su trono al dirigirse a sus súbditos- intenta burlarse de él. Le dice que se murmura por ahí que es capaz de componer versos al instante y le exige una demostración. Don Francisco responde con sencillez: “Majestad, deme pie”. El monarca medita unos momentos. En vez de aportar la rima requerida, levanta una pierna ante las risas de sus cortesanos y extiende hacia Quevedo su fina zapatilla de cuero. El poeta, medio cojo, se inclina para rodear con un brazo el pie del monarca y le dice:

En esta humilde postura
parece ser, oh señor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura.

Nunca olvidé ni los versos ni la anécdota. ¿De dónde los habrá sacado aquel mágico maestro de mi infancia? Porque en todo lo que he leído después sobre el Siglo de Oro Español, y tarde cinco años estudiándolo a fondo para escribir mi novela Amarilis, nunca encontré la anécdota ni los versos atribuidos a Quevedo. Ahora me parece poco plausible que un rey tan ceremonioso como Felipe IV se hubiese prestado a ese tipo de chanzas con sus cortesanos y menos verosímil aún que cualquiera de ellos, aunque se tratara del mismísimo Quevedo, se atreviera a faltarle al respeto. Sin embargo aquella historia bastó para encandilarme. Mi amor por el siglo de oro nació, pues, y fue creciendo como una catedral alta y tortuosa, apoyada sobre una piedra falsa. Pero me impulsó a explorar poco después el teatro de la época. Las comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, las leí, las devoré, en la biblioteca de la escuela como si fueran teveos.
No tardé mucho en toparme de nuevo con Quevedo. Tampoco recuerdo en dónde leí otra de sus pullas, ésta dirigida a un tal doctor don Juan Pérez de Montalbán, de quien ahora sé fue discípulo y amigo de Lope de Vega, al quien al morir éste dedicó una apología, la Fama Póstuma. A Quevedo no debe de haberle simpatizado mucho porque le escribió:

El doctor tú te lo pones,
el Montalbán no lo tienes,
con que, quitándote el “don”,
vienes a quedar… Juan Pérez

De aquellos días de infancia recuerdo también otra -que me suena a siglo de oro aunque tampoco he visto escrita y desconozco al autor- que oí decir a mi padre ante una efigie de San Martín de Tours que, a caballo, rasga su capa para compartirla con un mendigo que está muriendo de frío.

Yo no soy como aquel santo
que dio media capa a un pobre,
toma de mi amor el manto
y si te sobra… que sobre.

Con Quevedo aprendí a gozar también el humor de su archienemigo, don Luis de Góngora y Argote, más fino y punzante pero igualmente implacable:

A don Diego del Rincón,
cojo, ciego y corcovado,
un hábito el Rey le ha dado
con encomienda en León.
Bien le vino al andaluz
que en tal Rincón, cosa es clara
que cualquiera se meara
si no le viera la cruz.

Esta otra, también de Góngora, se refiere a un fiasco íntimo. Las malas lenguas de la época sugerían que narraba el primer intento hecho por Felipe IV para consumar el matrimonio con su esposa doña Isabel de Borbón, recién desempacada de Francia.

Con Marfisa en la estacada
entrastes tan mal guarnido
que su escudo, aunque hendido,
no lo rajó vuestra espada.
Qué mucho, si levantada
no se vio en trance tan crudo,
ni vuestra vergüenza pudo
cuatro lágrimas llorar,
siquiera para dejar
de orín tomado el escudo.

Merecen también una mención sus riñas con Lope de Vega, de quien Góngora copiaba los romances moriscos cambiado los versos para burlarse de ellos. Por ejemplo, Lope concibe un personaje heroico, el moro Azarque, y le hace dirigirse a sus vasallos cuando está a punto de partir para la guerra:

Ensíllenme el potro rucio
del alcalde de los Vélez,
denme la adarga de Fez
y la jacerina fuerte,
una lanza con dos hierros,
entrambos de agudo temple,
aquel acerado casco
con el morado bonete…

Góngora pone a un villano en la misma situación:

Ensíllenme el asno rucio
del alcalde Antón Llorente,
denme un tapador de corcho
y el gabán de paño verde,
el lanzón en cuyo hierro
se han orinado los meses
el casco de calabaza
y el vizcaíno machete…

Y en la parte en la que el héroe se despide de su amada, Lope dice:

Acuérdate de mis ojos
que muchas lágrimas vierten
¡a fe que lágrimas suyas
pocas moras las merecen!

Y el villano de Góngora no se queda atrás:

Acuérdate de mis ojos
que están, cuando estoy ausente,
encima de la nariz
y debajo de la frente…

Al mismo Góngora se debe esta décima en la que hace mofa de las tercerías de Lope de Vega para con su amo, el duque de Sessa y de la voz popular que señala siempre lo mejor con la frase “es de Lope”.

Dícenme que terceros disolutos
cual suelen las livianas y ligeras
mujeres dar de putas en terceras,
aquestos, de terceros, dan en putos.
Si esto es verdad, aconsejarte quiero
que tu ingenio tercero y peregrino
en cosa que es tan vil no de ni tope.
Porque si das en puto de tercero
tomando lo nefando por divino
dirán luego en Castilla, “esto es de Lope”.

De Lope siempre me ha gustado esta octavilla. No resisto el incluirla, aunque pueda traerme alguna que otra protesta de las lectoras:

Hablando cierta persona
de los zapatos decía
que era bien hacerlos grandes
a las mujeres muy finas,
porque chicos hacen callos
y las damas resentían
que las hiciesen callar
aunque fuese solo un día.

Para terminar, lo que podría ser un epitafio burlesco para don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Acusado por Felipe III de utilizar su cargo público para enriquecerse, el marqués hizo gala de valor y entereza al ser decapitado en la Plaza Mayor. Está escrito por el conde de Villamediana

Aquí yace Calderón.
Pasajero, el paso ten,
Que en hurtar y en morir bien
Se parece al buen ladrón.

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Esta semana quería dedicar el blog a una poeta griega, Lena Pappá, de la cual poseo apenas un librillo, Palabras de Vidrio, publicado por la editorial Los Vientos, en 1984. En él hay algunos poemas que habría querido compartir con los lectores este fin de año. Por desgracia, por más que he revuelto bibliotecas y librerías, incluyendo los acostumbrados canales de Internet en los pocos idiomas que domino, aparte de que nació en Atenas no he podido averiguar nada más sobre ella, ni siquiera la fecha de su nacimiento. Continúo mis pesquisas y les prometo muestras de su extraordinario quehacer literario para la semana que viene. Si alguno de ustedes, lectores de este blog, -tal vez tú, Luis González de Alba, tan enamorado de Grecia y su cultura- tiene algún material o información que proporcionarme se le agradecería infinito.
Para sustituirla, mal, yo lo sé, pero el tiempo apremia y esta entrada lleva ya un día de retraso, les ofrezco algunos poemas míos, ojalá los disfruten.
Comienzo con uno inédito, garabateado sobre una servilleta del bar del hotel Frankfurterhoff allá por el 93 o el 94, que Carmen Balcells se llevó como recuerdo a Barcelona.

Nostalgia de Góngora en la Feria del Libro

Que animen damas hermosas
el vaivén de tales cosas
bien puede ser

Más que así levanten olas
y que luego duerman solas
no puede ser

Que se aleguen mil razones
para nuevas ediciones
bien puede ser

Más que acierte tanta ciencia
sin cierta concupiscencia
no puede ser

Pequeño poema (n)e(u)rótico

El ratón que nos comió la lengua
cuando niños
(¿recuerdas?)
persigue aún esa palabra
que se escabulle.

Silencio,
entre tú y yo sólo silencio,
y el novicio rozar
de los labios y los cuerpos.
La palma de mi mano
toqueteando el vacío
sobre tu púber vello eléctrico.
Y tu boca crispándose torpemente
en mi boca,
amordazando promesas que nos prohibía
la infancia,
mientras el sinvergüenza ratón
rondaba su agujero
en busca de esa palabra
que se escabulle.

Descuido

Se me extravió tu nombre en el recuerdo.
He perdido tu nombre
en ese sitio ambiguo en donde quedan
aún tantas cosas tuyas.
Ahí está tu sonrisa, por ejemplo,
-¿era esa tu sonrisa?-, y tus ojos cansados
de mis intemperancias,
y la esquiva tibieza de tu carne,
y tu silueta desnuda recortada
contra la tenue cortina de donde provenía
la incierta luz del alba.
Tú fumabas junto a la ventana,
recuerdo tus pechos desafiantes,
sus altivos pezones expuestos a mis ansias,
tu perfil pensativo que exploraba
por entre los traslúcidos pliegues de la gasa
el difuso contorno de los árboles
en la indecisa madrugada.
Recuerdo también que te volviste
y el timbre de tu voz y tu mirada
al decirme que ya no era posible
continuar con lo nuestro, que deseabas
ser libre como antes y seguir con tu vida
lejos de nuestras incongruencias cotidianas.
Ser libre, me dijiste pero, mira,
te me quedaste presa en el recuerdo,
aunque he olvidado tu nombre.

Ruinas

La luna cae
por la abertura de la chimenea
cual redonda moneda
dentro de una alcancía.
Se ilumina la casa
Pero no hay ya quien vea
el esplendor del astro
en la pieza vacía.

Brote

Algo germina en mí,
algo me crece
en el oscuro ámbito
del cuerpo,
algo como una sombra
densa y dulce
en mi interior asciende
a mi cerebro.
¿Será tal vez un yo
que aún no conozco
caminando hacia mí
desde mi centro
como una mansa bestia silenciosa?
¿O es una mariposa azul
que hizo capullo
entre el alto andamiaje
de mis huesos
y anhela deshacerse
de su cárcel
y volar como vuela
el pensamiento…?

Alimaña

Aquello que se me quedó en el inconsciente,
alacrán arrancado de su nido,
lo que quiero y no puedo recordar,
todo lo vivido y olvidado,
viene hacia mí desde la infancia,
avanza con la cola levantada.

¿Cuándo llegará por fin a mí?
¿Cuándo tocará,
con su aguijón en llamas,
mi frente?

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