Posts Tagged “Daniel Mordzinski”

JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga”, le o√≠ decir hace unos d√≠as a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. √Čl a√ļn vive en Par√≠s. En lugar de la Maga encontr√≥ a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapas√≥n en mi memoria. Par√≠s hab√≠a significado tantas cosas en mi adolescencia que yo tambi√©n llegu√© ah√≠ buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se bat√≠an los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distingu√≠a a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. S√≠, yo tambi√©n llegu√© a Par√≠s buscando a la Maga y me encontr√© con que ah√≠ fallecer√≠a Julio Cort√°zar (Bruselas, B√©lgica, 1914-1984) unos meses despu√©s de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conoc√≠. Mi primera novela no ser√≠a publicada sino hasta siete a√Īos m√°s tarde y yo, ilustre desconocido, no me atrev√≠ a llamarle por tel√©fono y confesarle cu√°nto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince a√Īos que luego pasar√≠a en la capital de Francia lo visit√© a menudo en su √ļltima morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sep√ļlveda estaba en la ciudad √≠bamos a hacerle compa√Ī√≠a. Le encend√≠amos un cigarrillo bien acomodado sobre el m√°rmol y, fumando tambi√©n nosotros, convers√°bamos los tres hasta que Julio conclu√≠a el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y m√≠a, que aunque le sab√≠amos presente en el coloquio jam√°s le o√≠mos responder. Participaba en la conversaci√≥n, dir√≠a Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prend√≠amos otro y ¬Ņpor qu√© no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -√©l fue siempre un enorme fumador- y continu√°bamos la charla. Al final apag√°bamos las colillas, nos desped√≠amos y ya solos, sinti√©ndonos medio desamparados, remat√°bamos la tarde en cualquier caf√© del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasi√≥n, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, Jos√© Ovejero y Jos√© Manuel Fajardo, acompa√Īados -no pod√≠a ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ah√≠ durante la primera guerra mundial, con la ciudad reci√©n ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursi√≥n los narr√© ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. A√Īado, como en la otra ocasi√≥n, algunas de las fotos que Daniel tom√≥ del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

ElevadorCortzar.jpg picture by antoniosarabia

Ahora escribo estas l√≠neas en v√≠speras del vig√©simo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero.¬†Ese d√≠a, esta semana, todos los medios de informaci√≥n verter√°n carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos cl√°sicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correr√≠as con Sep√ļlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cort√°zar, ha sido solo para ilustrar la afici√≥n, la adhesi√≥n, la devoci√≥n, la admiraci√≥n y muchos otros ciones m√°s que √©l supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron.¬†S√© de algunos que incluso sol√≠an dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario.¬†S√≠, todos nos sentimos abrumados ante Cien A√Īos de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo so√Īar, sentir y reflexionar lo que¬†Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en Par√≠s buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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Hace unos d√≠as acud√≠ a refugiarme, cansado de libretas, l√°pices y ordenadores, al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ah√≠, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el m√°s grande de Europa y, despu√©s de recorrerlo un rato, sentarme a meditar en alg√ļn recoveco donde impere la quietud y el silencio. Me siento bien acompa√Īado junto a los versos de Sof√≠a de Mello intercalados a trechos en los amplios corredores que miran al colosal y redondo acuario. Un oc√©ano diminuto al que hay que contornar varias veces desde distintos niveles para apreciarlo por entero.ASyPezLuna.jpg picture by antoniosarabia¬†Se dir√≠a que la placidez y la calma se proyectan hacia nosotros desde la dilatada pecera donde se desplazan con desmayada lentitud numerosos bancos de peces, de distintos tama√Īos, formas y colores. Yo me dejo seducir por la paz de sus serenos movimientos. Sigo con la vista la gran variedad de tiburones y las enormes mantarrayas aleteando mansamente hacia ninguna parte. Todos flotan leves en esa et√©rea transparencia en la que la gravedad parece perder toda importancia. Lee el resto de esta entrada »

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Daniel3.jpg picture by antoniosarabia“Fot√≥grafo entre escritores” es el t√≠tulo de la exposici√≥n con la que la Casa de Am√©rica celebra y rinde homenaje a los treinta a√Īos de trabajos del fot√≥grafo argentino Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960). Abierta al p√ļblico del 17 de julio al 30 de septiembre en Paseo de Recoletos 2, Madrid 28001, Espa√Īa, la muestra re√ļne una amplia, singular y soberbia, colecci√≥n de retratos de los m√°s notables autores de la lengua espa√Īola.
Nosotros queremos unirnos al acto dedicando a Daniel un par de entradas que ilustraremos con algunas de las fotos que se están exponiendo en Madrid. Para introducir la primera he seleccionado varios fragmentos del hermoso texto con el que Rosa Montero participa en el catálogo de la exposición. La segunda lleva como prólogo el final de un capítulo de El Refugio del Fuego, el libro de viajes que narra mis dos expediciones con Mordzinski a las laderas del Volcán de Colima, en Jalisco, México, en una de las cuales Daniel me contó una anécdota de infancia en la que tal vez esté el germen de su vocación de fotógrafo.
Comencemos con La huella transparente de las palabras, las l√ļcidas consideraciones de Rosa Montero al contemplar las fotos:
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Daniel2.jpg picture by antoniosarabia“Ah√≠, entre una copa y otra, me cont√≥ Mordzinski un episodio de su infancia, del cual nunca me hab√≠a hablado antes, en el que tal vez est√© impl√≠cito el germen de su vocaci√≥n de fot√≥grafo. Ocurri√≥ en su nativa Buenos Aires cuando ten√≠a unos seis a√Īos de edad. Su padre le hab√≠a llevado a un espect√°culo para ni√Īos y, en la funci√≥n, se sorteaba una camarita fotogr√°fica. Una de esas instamatic de pl√°stico, sin controles de luz, ni de velocidad, ni de distancia, de las que ahora regalan con la suscripci√≥n al peri√≥dico, en las que no hay mas que mirar por el objetivo y oprimir el obturador, pero que a √©l le pareci√≥ magn√≠fica. Despu√©s de un breve pre√°mbulo en el que el presentador quiso, sin mucho √©xito, ganarse la voluntad del auditorio, dio comienzo a la rifa y el hombre extrajo sin tardanza el n√ļmero premiado: el catorce, anunci√≥ de viva voz. Mordzinski ni√Īo brinc√≥ en el asiento. Recordaba a la perfecci√≥n su n√ļmero, todav√≠a lo recuerda ahora: el catorce. Se lo requiri√≥ a su padre urgi√©ndolo con una emoci√≥n contenida, llena de infantiles expectativas, nosotros tenemos el catorce, pap√°, d√°melo, le dijo, y el padre empez√≥ a registrarse los bolsillos. Al cabo de un instante que al cr√≠o pareci√≥ eterno encontr√≥ un boleto √ļnico: el trece. Ese es uno, le reclam√≥ su hijo, pero tenemos dos, el otro es el catorce, yo lo vi, d√≥nde lo pusiste, b√ļscalo. El padre volvi√≥ a hurgar in√ļtilmente entre sus ropas, no sab√≠a d√≥nde estaba el otro boleto, s√≥lo ten√≠a ese. El ni√Īo se puso en pie mostr√°ndolo desesperado, era el trece, cierto, pero era tambi√©n la prueba irrefutable de que ellos tambi√©n pose√≠an el catorce aunque su pap√° no lo hallara, por eso nadie m√°s reclamaba el regalo. El catorce era de ellos pero lo hab√≠an extraviado. El animador, un hijo de puta seg√ļn lo recuerda mi amigo, ignor√≥ la suprema l√≥gica de aquel mocoso que para entonces estaba al borde de las l√°grimas. Si nadie ten√≠a el catorce habr√≠a que sacar otro n√ļmero, dijo. No, no, suplic√≥ Mordzinski ni√Īo, por favor, el catorce era suyo y por lo tanto el premio, la camarita de mierda que √©l ve√≠a entonces como un tesoro que se le iba de entre las manos, le pertenec√≠a tambi√©n. Lee el resto de esta entrada »

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El Sal√≥n del Libro Iberoamericano de Gij√≥n es algo m√°s que un evento en donde se re√ļnen algunos de los nombres m√°s famosos en la literatura de este y aquel lado del Atl√°ntico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada a√Īo con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reuni√≥n, est√° como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpat√≠as, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a trav√©s de los a√Īos. Ah√≠ me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ah√≠ conoc√≠ hace alg√ļn tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegar√≠a a ser mi pareja.
Carmen Y√°√Īez y Luis Sep√ļlveda (aqu√≠ en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entra√Īablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gij√≥n que, durante una semana completa, disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poes√≠a, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para j√≥venes (el dirigido por Lauren Mendinueta), adem√°s de las presentaciones de algunas de las √ļltimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librer√≠as tanto espa√Īolas como latinoamericanas. Este a√Īo, el und√©cimo de su existencia, el Sal√≥n del Libro Iberoamericano se centrar√° en un homenaje a Salvador Allende, a cien a√Īos de su nacimiento, y en la exploraci√≥n de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, ‚ÄúLa Tierra Somos Todos‚ÄĚ, me gustar√≠a compartir con los lectores de Los Convidados una colaboraci√≥n personal escrita especialmente para la revista Literastur que circular√° durante el evento.

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Acaba de aparecer en Paris, con el t√≠tulo de Les Vies Parall√®les, la traducci√≥n al franc√©s de Las Vidas Ajenas, obra con la que Jos√© Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en Espa√Īa la novena edici√≥n del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasi√≥n que merece celebrarse y nosotros lo hacemos tray√©ndolo como convidado a este blog.
Jos√© es otro de esos viejos amigos y compa√Īeros de andanzas en este y en aquel lado del Atl√°ntico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conduc√≠amos rumbo a la costa del Pac√≠fico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se ve√≠a la ruta. La mayor√≠a de los autos hab√≠an desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los rel√°mpagos.
Me recuerdo tambi√©n, en ese mismo viaje, qued√°ndome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sue√Īo era para √©l la segura se√Īal de que su libro me aburr√≠a. Se trataba de La A√Īoranza del H√©roe. No sab√≠a √©l que yo la consideraba, y la considero a√ļn, una de las mejores novelas que hab√≠a le√≠do en los √ļltimos a√Īos.
En otra ocasi√≥n memorable, junto con Daniel Mordzinski y Jos√© Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde naci√≥ Julio Cort√°zar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.

ESCENA DECIMOQUINTA

PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¬ŅAhora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¬ŅTe importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¬ŅEs ese el t√≠tulo?
PI No, el tema.
PD ¬ŅY el t√≠tulo?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¬ŅDebemos ser tolerantes?
PD ¬ŅMe preguntas a m√≠?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar t√ļ la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¬Ņes buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simult√°neamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situaci√≥n expuesta y fr√°gil a la sociedad de quienes van con nosotros. √Čstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des m√°s vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Aj√°.
PI Entonces, ¬Ņc√≥mo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI √önicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¬ŅY es beneficiosa para el √°nimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No ir√°s a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teor√≠a, pero su sentido pr√°ctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien com√ļn.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: t√ļ, si pudieras, prohibir√≠as una representaci√≥n blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y ma√Īana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los dem√°s: no hay un patr√≥n inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¬Ņno prohibir√≠as si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que s√≠, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imb√©cil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibir√≠a por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en p√ļblico, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligaci√≥n moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibir√≠a al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teor√≠a, me veo obligado a ser autoritario en la pr√°ctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Adem√°s, ¬Ņest√°s preparado para o√≠r una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.

(Silencio.)

PD Ahora que lo pienso, ¬Ņse estar√°n aburriendo?
PI ¬ŅQui√©nes?

(El PD se√Īala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)

¬ŅY a qui√©n le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.

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Mi amistad con el gran fot√≥grafo argentino afincado en Par√≠s Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince a√Īos y nos hemos acompa√Īado por tantos rincones de √©ste y de aquel lado del Atl√°ntico que su est√©ril recuento desafiar√≠a nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llev√≥ a plasmar en un libro com√ļn, El Refugio del Fuego, nuestras correr√≠as por la ladera del volc√°n de Colima, en M√©xico, a fines de los a√Īos noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fot√≥grafo profesional. Adem√°s de colaborar en los m√°s importantes peri√≥dicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria s√≥lo de las que me he enterado, en distintas ciudades de M√©xico, Colombia, Argentina, Portugal, Espa√Īa, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e in√©dita de quien alguna vez asegur√≥ que ‚Äúcitar es citarse‚ÄĚ, Jorge Luis Borges (‚ÄúEl hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno‚ÄĚ). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de s√≠ mismo. Como si su c√°mara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es √©l entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (‚Äúcomo aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido‚ÄĚ).

Es √©l quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (‚Äúnadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volver√≠an a decir que estoy loco, que mi madre muri√≥ en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio‚ÄĚ).

Y nos observa a trav√©s de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (‚Äúdebemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la m√ļsica que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos‚ÄĚ).

√Čl se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (‚Äú¬Ņc√≥mo interpretar las se√Īales / si los clavos son tan de este mundo?‚ÄĚ).

Es suya esa sonrisa entre ir√≥nica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Y√°√Īez (‚Äúas√≠ comenz√≥ la escritura el mudo. / Llov√≠a a c√°ntaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por √©l‚ÄĚ).

Contempla al ni√Īo sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (‚Äúte dejo frente al mar / descifr√°ndote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota‚ÄĚ)

y nos mira recostado en el sof√° donde yace Gonzalo Rojas (‚Äú¬Ņqu√© se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?‚ÄĚ).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (‚Äúdoy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra‚Ķ‚ÄĚ)

y, en esa playa de Saint Mal√≥, son √©l y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de √Ālvaro Mutis (‚Äúa la vuelta de la esquina / te seguir√° esperando / ese que nunca fuiste, ese que se muri√≥ / de tanto ser t√ļ mismo lo que eres‚ÄĚ).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompa√Īa los pasos de la ni√Īa por la escalinata y no Blanca Varela (‚Äúdigamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera‚ÄĚ)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balc√≥n de Antonio Gamoneda (‚Äúllevo colgados de mi coraz√≥n / los ojos de una perra y, m√°s abajo / una carta de madre campesina‚ÄĚ).

Es de nuevo √©l, en M√©xico, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (‚Äúa este oficio me obligan los dolores ajenos, / las l√°grimas, los pa√Īuelos saludadores, / las promesas en medio del oto√Īo o del fuego‚ÄĚ),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Dar√≠o Jaramillo (‚Äúese otro que tambi√©n me habita / acaso propietario, invasor quiz√°s o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos‚ÄĚ).

¬ŅPero no es ah√≠ donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte m√°s humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro per√≠metro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podr√≠a intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fot√≥grafo argentino Daniel Mordzinski, all√° por el a√Īo de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela reci√©n hab√≠a aparecido en Espa√Īa el a√Īo anterior). √Ālvaro Mutis (Bogot√°, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, m√°ximo galard√≥n que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sep√ļlveda como yo lo hab√≠amos acompa√Īado la v√≠spera a la ceremonia en Paris, ya no s√© si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sac√≥ Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso c√°lido y bonach√≥n con el que Mutis nos arropa, simboliza para m√≠ la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las √≥rdenes al m√©rito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso m√°s all√° de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poes√≠a, √Ālvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes m√°s generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompa√Īa en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de √Ālvaro en las que supuestamente deb√≠a promover alg√ļn libro suyo y √©l dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de alg√ļn oscuro poeta centroeuropeo del que nadie hab√≠a o√≠do hablar pero que a √©l le parec√≠a admirable. Por lo que a m√≠ respecta, me consta que en esa √©poca hubo autores que jam√°s se habr√≠an tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendaci√≥n personal.
La segunda foto me es tambi√©n muy querida porque √Ālvaro pos√≥ con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Mal√≥ tambi√©n por Mordzinski -¬Ņel mismo a√Īo?, ¬Ņal siguiente de la de Saint Germain?, yo contin√ļo sin barba, ay√ļdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ah√≠ est√° de nuevo Sep√ļlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo √©ramos inseparables. Si se acuerda, y me env√≠a alguna cosa desde su retiro gijon√©s, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto √Ālvaro Mutis aparece vestido como lo estar√≠a Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de √Ālvaro Mutis porque, y en eso est√° el meollo del asunto, √Ālvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. S√≥lo Maqroll es capaz de escribir esa poes√≠a l√ļcida, desgarrada, en la que la selva amaz√≥nica y la urbana son una y la misma. Una poes√≠a a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusi√≥n o esperanza. Una poes√≠a de lo mejor que se ha escrito en Am√©rica durante la segunda mitad del siglo veinte.

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