Posts Tagged “Claude Couffon”
Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina. Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas. Entre sus últimas novelas traducidas al francés están Los Convidados del Volcán, en 1997, y El Cielo a Dentelladas, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud. Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon. Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.
LA CONFESIÓN
Puedo aún escribir y, con la mano temblorosa deshojando sílabas, mofarme de la muerte ¿Pero de qué me sirve? ¿de cara a quién? ¿Para qué hablar, incluso en voz baja, de la soledad?
ELLA
Como todos, claro que pienso en ella, sin angustia puesto que sé por haberla frecuentado a menudo que ella es sólo un símbolo.
Es triste, cierto, pero tranquilizador ya que todos terminaremos ahí, grandes o pequeños, nutrientes de unas briznas de hierba en el cementerio.
Visto que los poetas la han celebrado tanto, renunciemos. Entremos en la muerte y dejemos que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.
VIAJES II
Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto en aviones que piloteamos solitarios hacia islas imaginarias de continentes cercanos al cielo o al infierno pero poco importa: se asemejan en su salvaje libertad. Emparejarse aquí es soñar con todos esos cuerpos que fueron nuestros y que el tiempo no puede envejecer ¡Ah, los viajes sin regreso en los que me hundo cada noche!
BALANCE III
Vivir es una crueldad si sabemos que todo lo que fue ya no será o es tan sólo un destello del azar o de la suerte escasa. Ya no poder ser el hombre aquel seductor seguro de sí que volvía reales los excesos de los más ardientes fantasmas. Ahora andrajo que a veces concretiza el sueño loco de ser todavía ya sin nada la imagen de un duende estéril de una vida que fue larga y breve.
NOMBRE
Me hubiera gustado ser otro. No aquél a quien se conoce e incluso a veces se reconoce.
Ser Bosquet o Sabatier. Alberti o Neruda. Louis Aragon o Paul Eluard. O bien tantos otros que ríen en sus barbas…
Pero yo sólo quiero ser —disculpen si me ufano— aquél que todos llaman Couffon.
DE PASO
¿Sólo somos materia que se transmite consciente o inconscientemente? La edad lo afirma o lo rechaza si se trata de juventud o de extinción pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas si vivir es la maravilla de un tiempo a lo más pasajero.
Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda: “¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”
Etiquetas: Autores franceses, Camilo José Cela, César Vallejo, Claude Couffon, Federico García Lorca, Gabriel García Márquez, Gabriela Mistral, Juan Carlos Onetti, Juan Ramón Jiménez, Lina Zerón, Luis Sepúlveda, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Miguel Hernández, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Poesía Francesa, Rafael Alberti, traductores
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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.
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Etiquetas: Álvaro Mutis, Antonio Sarabia, autores colombianos, Claude Couffon, Daniel Mordzinski, Gabriel García Márquez, Luis Sepúlveda, poesía colombiana, Poesía hispanoamericana
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Escrito por: admin en traductores
Ya desde pequeño, durante aquellas lejanas lecciones de catecismo a las que me arrastraba mi madre, me parecía difícil creer que en el jardín del Paraíso, cuando Dios permitió a Adán nombrar a sus criaturas, éste llamara al perro, perro y, al gato, gato. Incluso entonces mi ecumenismo hispanoamericano no llegaba a tanto. Me preguntaba, eso sí, ¿cómo las habría denominado?, ¿en qué lengua, tal vez ahora impronunciable, les dio sus verdaderos nombres?, ¿y qué había sido de ella? Mi persistente rencor al padre Adán data de esa época. ¿En qué cabeza cupo heredarnos el pecado original y excluirnos de aquel lenguaje formidable?
Años más tarde, desacreditado el mito de Babel, otra cuestión comenzó a rondarme por la mente: ¿por qué hay tantos idiomas? Esta pregunta, en apariencia idiota, no lo es tanto cuando nos detenemos a reflexionar en ella. ¿Qué pensaríamos nosotros, por ejemplo si, al comprobarse que se comunican los delfines, descubriésemos que no se entienden entre sí porque unos frecuentan West Palm Beach y otros Varadero? ¿Por qué tendrían que hablar distintos lenguajes los delfines si, al fin y al cabo, son delfines? Esto, que nos sorprendería en otras especies, nos parece de lo más ordinario en la nuestra, a pesar de que compartimos las mismas estructuras neurológicas y dependemos de idénticos dispositivos para emitir y captar sonidos, sin contar con que la constitución de nuestras cuerdas vocales no nos permite reproducir más que una misma uniforme, y bastante limitada, gama de voces. ¿No sería más natural que, al abrir la boca por primera vez, llamáramos todos sin excepción, en la misma lengua de Adán, al perro, perro y, al gato, gato?
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Etiquetas: Antonio Sarabia, Claude Couffon, Elena Rolla, Hannelore Biricz, Ilide Carmignane, Luis Filipe Sarmento, Manel Pérez Espejo, Marie-Anne Henneuse, Narrativa hispanoamericana, Pedro Abreu, Petra Zickman, Stine Lehmann, traductores
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