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	<title>Los Convidados &#187; Carlos Fuentes</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>William Ospina gana el Rómulo Gallegos</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 09:04:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/">William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog</a>).<br />
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos aún tratándose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursión en la narrativa con su novela <em>Ursúa</em>, la cual tuvo una excelente acogida entre el público y la crítica. Ahora, este jueves 4 de junio, con <em>El País de la Canela</em>, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilogía, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 235px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/William_Ospina_imagen_archivo.jpg?t=1244219724" alt="William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabia" />Al presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirmó que <em>El País de la Canela</em> propone una mirada sin maniqueísmo sobre la conquista de América. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un español y de una indígena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dramáticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.<br />
El 2 de agosto se le hará la entrega oficial del galardón que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni para honrar la obra de Rómulo Gallegos, autor del clásico costumbrista <em>Doña Bárbara</em> y en su momento también presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco años, están el peruano Mario Vargas Llosa, quien ganó la primera edición en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, además del español Javier Marías, el también colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.<br />
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.<br />
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-889"></span>.<br />
.</span><br />
EL PAÍS DE LA CANELA, CAPÍTULO SEGUNDO<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sólo entonces aparté la vista de mi pasado y enfrenté el destino que me esperaba. El barco del capitán Niebla nos llevó a Margarita, la isla grande y reseca, en cuyo centro están las arboledas joviales, las casonas y las iglesias. Vi por primera vez el impresionante bazar de las perlas, los barcos traﬁcantes y multitud de canoas junto a las cuales desaparecen y aﬂoran sin cesar los indios pescadores, con una tos de agua en la boca y puñados de ostras en las manos esclavas. Días después anclamos en Cartagena, una aldea sudorosa que no mira al norte azul sino a los ponientes bermejos, donde gobernaba el hombre de nariz remendada que acaba de ahogarse en las costas de España. Y al cabo de muchos días de sol y de mar llegué a los golfos cegadores de Nombre de Dios, a este brazo de selvas que tanto había imaginado, y a este puerto de Panamá, donde cambian las rancherías y los templos de piedra pero el mar es el mismo, míralo, con ese soplo de vagas promesas, repitiendo su brillo y sus olas bajo el mismo desorden de alcatraces. Era el año de 1540. Tú ni siquiera habrías oído hablar de las Indias, pero Castilla de Oro era ya un litoral cargado de leyendas, una babel crujiente de maderos de agua, galeones llevados por el viento y galeras movidas por el sufrimiento, carabelas y carracas, bergantines y fragatas furtivas que parecen mirar por los ojos de sus cañones. La tierra era un rescoldo de esclavos africanos, de comerciantes genoveses, de aventureros de muchas regiones que ya llevaban media vida malandando en las islas, de indios sabios y laboriosos traídos del Perú, derribadores de pájaros robados al Chocó, pescadores capturados en el lago de Nicaragua, sacerdotes nativos transformados en siervos, guerreros de los valles del Sinú con los tobillos ulcerados por las cadenas, y hombres de cobre de La Guajira, acostumbrados a los cielos inmensos del desierto y que cada noche buscaban en vano las estrellas.<br />
Eché a andar sobre las huellas de mi padre, ese señor apenas conocido que había visto tantas cosas: el camino de oro de Balboa y el camino de sangre de Pedrarias Dávila, la casa de limoneros de mi maestro Gonzalo Fernández en Santa María la Antigua del Darién, bajo un cielo de truenos, y los cadalsos insaciables de Acla. Hacía más de diez años que lo había reclutado Pizarro para su aventura en el sur, para padecer las desgracias de una isla de fango donde se comieron hasta las cáscaras de los cangrejos, y para desembarcar más muertos que vivos en la ciudad de colchones venenosos de Túmbez, donde muchos hombres se vieron de pronto llenos de verrugas infecciosas cuando ya se sentían a las puertas del reino.<br />
Recorrí, con menos sufrimientos, ese mismo camino: tragando con los ojos el mar del Sur; pasando ante las costas del Chocó que saludan al Sol con ﬂechazos; ante las ensenadas de Buena Ventura, donde una tarde vimos arquearse los lomos y hundirse las colas de las grandes ballenas; ante la isla que los labios febriles y griegos de Pedro de Candia llamaron Gorgona; ante la bahía de Tumaco, donde se oculta rencorosa la isla del Gallo; y entré por ﬁ n en el Perú que soñaba, no la terra incognita que pisaron los aventureros del año 32, sino un país misterioso dominado ya por españoles, donde empezaban a alimentar mendigos los atrios de las iglesias y a cristianizar el viento los campanarios.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 193px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElPasdelaCPortada.jpg?t=1244219972" alt="ElPasdelaCPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Todo cambia con prisa endemoniada; cada diez años estos reinos tienen un rostro distinto. Si hace treinta eran todavía el mundo fabuloso de las fortalezas del Sol y de las momias en sus tronos, hace veinte fueron escenario de guerras desconocidas entre hombres y dioses, y hace diez un paisaje calcinado donde intentaba sembrarse la Europa grande que avasalla al mundo. Quién sabe qué país nos estará esperando ahora allá al sur, tras estas aguas grises. Yo, que llegué antes que tú a las tierras del Inca, alcancé a ver muchas cosas que pronto desaparecieron: poblaciones intactas, caminos de piedra provistos a cada tramo de bodegas de granos, palacios de losas grandes de la ciudad sagrada, ﬁestas que tú no conociste. Pero uno sólo ve con nitidez lo que dura: un mundo que no cesa de cambiar apenas si produce en los ojos el efecto de un viento.<br />
Era reciente la primera conquista. Todavía se hablaba de las ciudades donde se refugiaron las vírgenes del Sol, del paraíso perdido donde nadie era rico ni pobre ni ocioso ni desvalido en toda la extensión de las montañas, de la región donde anidaban los coraquenques, los pájaros sagrados que estaba prohibido cazar, y que proveían de las plumas de colores para la diadema del rey. Y todavía se hablaba de la prisión del Inca, de su asombro ante los libros, de sus diálogos con los soldados. Nadie olvida el rescate que le exigió Pizarro, una habitación grande de Cajamarca llena de oro hasta la altura de dos metros, porque ese ha sido hasta ahora el tesoro más asombroso que se ha recogido en las Indias. Mientras la habitación se iba llenando con el oro de las ofrendas, Atahualpa se iba poniendo cada vez más callado y más melancólico; Hernando de Soto le enseñó a jugar al ajedrez y el rey alcanzó a igualar con él algunas partidas, hasta que la certeza de que sus captores de todos modos lo matarían apagó su voluntad de hablar con ellos.<br />
Un día, aquel prisionero que no sabía nada de la escritura le pidió a un centinela de la guardia que le trazara el nombre de Dios sobre las uñas, y después andaba mostrando la mano a todos sus captores. Parecía complacerle ver que repetían la misma palabra cuando él les ponía esos signos ante los ojos.<br />
Pero Pizarro no reaccionó como los demás ante el juego, y Atahualpa tuvo la sagacidad de comprender que el marqués Francisco Pizarro era más ignorante que sus propios soldados. Hay quien piensa por eso que Pizarro, un hombre limitado y soberbio, se indignó de haber sido descubierto y casi ridiculizado por el rey prisionero, y que ese episodio inﬂuyó en la decisión brutal de matarlo después de recibir el rescate.<br />
Veinte años habrán borrado gran parte del mundo que existía cuando Atahualpa murió y los conquistadores entraron en Quzco. Fue por agosto del año 35 cuando el tribunal que lo juzgaba lo condenó a muerte, y él sólo accedió al bautizo para salvarse de ser quemado vivo. Juan de Atahualpa murió en el garrote vil, decía mi padre en su carta, y dos meses y medio después los guerreros de España hicieron su entrada en la ciudad imperial.<br />
Yo llegué a la Ciudad de los Reyes de Lima cuatro años después, y desde el día de mi desembarco no me cansé de preguntar cómo había sido la entrada en el Quzco, cómo era la ciudad que encontraron. Yo, que viví deslumbrado, y tal vez embrujado desde niño por esa maravilla de las montañas, llegué a lamentar no haber formado parte de las tropas que la saquearon, sólo por haber tenido la ocasión de verla, de verla ante mis ojos, siquiera en el último día de su gloria.<br />
Entonces tú has oído también la leyenda de que la ciudad deslumbraba a la distancia con sus piedras laminadas de oro. Pues debo decirte algo más asombroso: cuando Pizarro apareció sobre los cerros, quedó maravillado y también asustado porque la ciudad enorme tenía la forma de un puma de oro. Nunca se había visto en el mundo antiguo que una ciudad fuera un dibujo en el espacio, y allí estaba el preciso dibujo de un puma, desde la cola alargada y arqueada hasta la cabeza que se alzaba levemente sobre los montes, con el ojo de grandes piedras doradas en cuya pupila vigilaban los lujosos guardianes.<br />
Cundió entonces la sospecha de que había otras ciudades similares en el norte y el sur, porque el imperio estaba dividido en varios reinos. Y mientras Hernando Pizarro se apoderaba de los templos de Quzco, Belalcázar fue al norte, más allá de Cajamarca, hacia los volcanes nevados de Quito; y Valdivia fue al sur, hacia los conﬁnes del mundo, por las llanuras costeras del Arauco. Continuando la guerra contra los indios rebeldes fueron dándose cuenta de la magnitud de un imperio que pronto les pareció más grande que Europa. Procuraron tomar posesión de las distintas comarcas, aunque basta ver las cordilleras para entender que nadie, ni siquiera los incas, ha podido abarcarlas del todo, porque más allá de su red de caminos y de sus terrazas sembradas de maíz, hay miles y miles de montañas que sólo el cielo ha visto y que apenas vigilan los astros.<br />
Ya desde los primeros tiempos todo el que vacilaba en apoyar a los Pizarro iba cayendo en desgracia. Ese fue el destino de Almagro, el socio principal del marqués, de quien Hernando Pizarro decía burlón: «Hay demasiadas cosas en ese rostro, pero ninguna está completa». Almagro supo muy temprano lo que le esperaba, desde el momento en que Pizarro viajó a la corte a buscar en su nombre y de sus dos socios licencia para invadir el reino de los incas y volvió exhibiendo títulos sólo para sí. Desde entonces cada día anotó alguna deuda: hoy una ingratitud, mañana una trampa, pasado mañana una traición, y ya no esperó nada bueno de ellos.<br />
Pero un día el Quzco, lleno de invasores, fue sitiado y calcinado por las huestes del hermano del Sol, Manco Inca Yupanqui, un señor esbelto y sombrío, con diadema de grandes plumas y manta de lana pespunteada de oro, que había decidido resistir hasta el ﬁnal aunque el dios hubiera sido asesinado, aunque, como decían ellos, ya no quedara un Sol en el cielo.<br />
Hay cantos sobre los sufrimientos del Inca que decidió un día sacrificar esa ciudad en la que cada piedra era venerable y sagrada, y dicen que la mano que arrojó desde el cerro la primera ﬂecha encendida contra los templos se fue quemando y consumiendo sola con los años, y al ﬁnal era oscura y leñosa, semejante a la garra de un pájaro. Como las alas de un cóndor que se hubieran desprendido del cuerpo muerto y se buscaran todavía por las montañas, los grandes jefes incas, Rumiñahui, que llenaba el norte con sus tropas, y Manco, que congregaba las suyas al sur, intentaron tardíamente envolver y aniquilar a las tropas de España, pero éstas seguían creciendo al soplo de la fama de sus conquistas, y de nada sirvió para combatirlos reducir a cenizas el corazón del reino. Los jefes incas no podían saber que allá, muy lejos, barcos y barcos nuevos brotaban por las bocas del Guadalquivir, pesados de caballos, de espadas y de arcabuces, y que el ejército invasor del Perú seguía creciendo sin tregua porque lo alimentaba el mar.<br />
En pocos años pasaron sobre la capital tantas calamidades, pestes desconocidas, guerras con armas nuevas y mortíferas, y trabajos concertados del fuego y del viento, que ahora, de la venerable ciudad de mis sueños que un día resplandeció sobre los abismos, sólo quedaban altos cascarones de piedra carcomidos por la catástrofe. Los incas comprendieron que la muerte del dios había desgraciado la ciudad, que por eso sobre ella se encarnizaban los enemigos, y ya no volvieron a ampararse en su piedra. Tenían razón: todo el que hizo allí su refugio terminó sucumbiendo, y hasta Diego de Almagro fue capturado en el fortín y sometido al juicio implacable de los hombres de Hernando Pizarro. Había dado hasta un ojo de la cara por ayudar a la conquista, tenía igual derecho que los Pizarro al reino de los incas, pero todo se lo fueron birlando en una cínica sucesión de zarpazo y silencio. Se sintió tan herido que ya no quería siquiera su parte del tesoro sino hacerles sentir a esos aliados que conocía sus saludos de anzuelos y sus abrazos de espinas. Pobre Almagro: la indignación lo corroía y lo enfermaba, y antes de mi llegada terminaron sometiéndolo también al garrote. Se habían adiestrado en el arte de los juicios ﬁngidos, procesos que de antemano tenían decidido el veredicto; simulacros como el que representaron ante Atahualpa, no para examinar la conducta del acusado, sino para espesar sofismas que autorizaran su exterminio.<br />
Al llegar, me sentía perdido. No tenía amigos ni un rumbo<br />
claro, iba entre los tumultos del puerto, si es que se puede llamar así a ese embarcadero confuso ante los barrancos, buscando cómo dar con ﬁrmeza mis primeros pasos en un suelo inestable. Como buen hijo de español, no sabía qué admirar más, si la majestad de las construcciones del Inca o el valor demencial de los guerreros que las despojaron. Muy pronto supe que manos piadosas habían rescatado los restos de mi padre de su socavón y los habían enterrado en la tierra seca del litoral. Corrí a buscar esa reliquia que me sembraba a mí mismo en el reino. Y allí estaba el montículo bajo el cielo impasible, ante un mar del color de las ballenas muertas, y ese era ya todo mi pasado: una tumba sedienta frente a las ﬂ ores ciegas del mar.<br />
No recuerdo haber llorado: recé lo que pude y proseguí el aprendizaje del mundo. Tú fuiste aprendiendo por cuentos de sus hombres la historia de la sabana de los muiscas; así fui yo conociendo las leyendas de esa tierra extendida entre el mar del poniente y las montañas arrugadas como milenios: relatos de las cuatro partes del reino, de sus gargantas de sed y de sus colmillos de hielo; y oí y oí cuentos largos como los caminos del Inca, que atravesaban las montañas y que llevaban pies adornados de cuentas y cascabeles por los riscos y los páramos, por las frías llanuras oblicuas hacia los cañones del norte y hacia los abismos del oriente, frente a la costa tortuosa del mar occidental y junto al otro mar, el que está solo con el cielo en las polvaredas altísimas.<br />
Así me fue dado conocer los relatos del origen, y oí de labios más viejos que el tiempo cómo llegaron hace siglos los enviados del Sol, los padres de los padres, que fundaron en la altura esa ciudad, esa cosa de esplendor y misterio que había deslumbrado mi infancia.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
William Ospina</p>

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		<title>Óscar Collazos, el alcanfor y el bolero</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Mar 2009 18:13:31 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 437px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/CollazosyJ.jpg?t=1235919653" alt="CollazosyJ.jpg picture by antoniosarabia" />Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). El autor de <em>Adiós, Europa, adiós</em>, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en París, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guías más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las íntimas maravillas de la hermosa ciudad.<br />
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de <em>Usted</em>, <em>Despierta</em> y <em>Amor, amor, amor</em>, quien cumpliría años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde <em>Los Convidados</em> va un abrazo a los dos.</p>
<p><span id="more-590"></span></p>
<p>EROS Y BOLEROS</p>
<p>¿Por qué hay boleros que permanecen en la sensibilidad popular, saltan de una generación a otra y no pierden su vigencia? ¿Qué nombran, de qué hablan para que el tiempo no haga mella en sus letras? ¿Por qué se vuelven clásicos e intemporales? ¿Por qué han durado más que muchos libros, mucho más que la vida de la generación que los escuchó y bailó por vez primera? ¿Se &#8220;leen&#8221; Agustín Lara y José Antonio Méndez más que los poetas que tuvieron apenas una celebridad de época?<br />
La &#8220;alta cultura&#8221; lo desdeña pero tal vez no haya &#8220;intelectual&#8221; que no tenga un bolero en su inventario de amores. El bolero habla de una &#8220;trivialidad&#8221; con palabras a menudo triviales, frases elementales que nos recuerdan que el mundo de los sentimientos se balancea entre la grandeza dramática del amor y la cursilería que lo nombra. Más que a los sentimientos, la &#8220;alta cultura&#8221; le teme a la &#8220;cursilería&#8221; melodramática con que se expresan. Siguen viviendo porque el hombre es también un animal de trivialidades y cursilerías ocultas e innombrables. El hombre es un animal que baila ilusiones y decepciones.<br />
Walter Benjamín escribió el primer gran ensayo sobre el <em>kitsch</em>. Esa es la cursilería, esa la horterada que el bolero asume sin culpabilidad: la naturaleza de sus letras acepta que si hay una &#8220;concepción del mundo&#8221; en el género, nada le impide revolcarse en el estercolero de los sentimientos. El bolerista hace el ridículo con sus frases hechas y se encoge de hombros, repite los lugares comunes que la poesía evita, pero la poesía se cuela por los intersticios de un gran talento, como en Agustín Lara, José Antonio Méndez, Bola de Nieve, Maria Greever o Armando Manzanero. Kitsch de vocación popular, el bolero no reclama lugar alguno en la <em>high culture</em>.<br />
En el bolero se expresa la sensibilidad de millones de seres. Carlos Monsiváis, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes, García Márquez, Julio Cortázar, Manuel Puig, todos ellos tienen en sus obras una ventaba abierta por donde asoma el bolero. &#8220;La guaracha del Macho Camacho&#8221;, del puertorriqueño Luís Rafael Sánchez, se parece a un bolero que altera el ritmo de sus compases. Pedro Almodóvar no pudo resistir la tentación de introducir el bolero en sus grandes películas postbuñuelianas. Las &#8220;pasiones extremas&#8221; de sus filmes exigen que se canten también boleros. ¿Cuplés, chotís madrileños, boleros? Una familia de géneros afines festeja en la misma mesa. En su casa de Cuenca, en la Calle de San Pedro, Antonio Saura se curaba durante los veranos de sus melancolías cubanas escuchando boleros de Omara Portuondo y Bola de Nieve.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 202px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/COLLAZOS1.jpg?t=1235920061" alt="COLLAZOS1.jpg picture by antoniosarabia" />Mi profesor de religión en un colegio de bachillerato de la ciudad colombiana de Buenaventura, donde el bolero era uno de los puentes trazados entre la represión y el deseo, tuvo la desafortunada ocurrencia de recomendar que cada vez que fuéramos a un baile tuviéramos la precaución de introducir en la pretina del pantalón o, si resultaba más cómodo, entre los calzoncillos, una discreta bolsita con alcanfor. Así evitaríamos la tentación de caer en el pecado de lujuria, por supuesto en el pecado que el bolero siempre ha estimulado, como ha estimulado también las nostalgias por el amor perdido o el amor imposible, por la rabia viril de no haber sido correspondidos, por el júbilo de haber sido aceptados o el irremediable encabronamiento que produce la traición. Entre <em>Novia mía</em> y <em>Perfidia</em> se dibuja la línea que va de la exaltación jubilosa al resentimiento de haber perdido.<br />
La recomendación del padre Gómez, un seminarista de los Andes donde quizá nunca se habían bailado boleros, pretendía conseguir que el cuerpo no respondiera a lo que manda la mente, porque el bolero es, ante todo, una orden que la mente y el corazón dirigen al cuerpo o a esa parte del cuerpo que encoge el corazón de emoción y estira, por acción milagrosa, el músculo pecaminoso que el sacerdote quería adormecer con bolitas de alcanfor. Con el bolero y no con la Iglesia, Sancho, habíamos topado. La &#8220;lectura pecaminosa&#8221; que se hacía del bolero prolongaba el Index con que la Iglesia hizo durante siglos la clasificación de los libros entre buenos y malos, permitidos y prohibidos. Que yo sepa, no hay boleros prohibidos por ninguna autoridad. Lo que se teme es el efecto que produce en quien lo baila.<br />
Desde entonces pensé que el bolero tenía un enemigo alcanforado en la iglesia y luego en la pretina, un enemigo mucho más peligroso que la &#8220;alta cultura&#8221;, desdeñosa de todo aquello que se hace popular; que éste, el enemigo, como no podía toparse con la iglesia misma, se topaba con el deseo artificialmente adormecido. Con el alcanfor había topado el bolero, mi bien amado caballero, replicaría al iluso don Quijote su escudero, presa del deseo encarcelado de una Dulcinea bailada.<br />
No todos seguíamos tal consejo en aquellas fiestas del atardecer, guateques y pachangas en los que después de haber bailado a la Sonora Matancera, a Lucho Bermúdez, a Pacho Galán, a Ismael Rivera y a la Billo´s Caracas Boy, alguien apagaba las luces y nos alistábamos para el ritual ordenado por Miltinho, Aldemar Dutra, Armando Manzanero, Lucho Gatica, Leo Marini o Daniel Santos, lanzados a los brazos de aquellas vírgenes de medianoche, reacias a perder la virginidad pero dispuestas- algunas, no todas- a que el lugar de la virginidad o de la vergüenza fuera visitado en las puertas de los tejidos femeninos al uso, así fuera en la epidermis, única profundidad posible en el bolero de esas noches. Lo que era superficie en el baile, se convertía en profundidad del pensamiento.<br />
No hay &#8220;Perfidia&#8221; que detenga a quien baila el bolero, no hay Ingratas que interrumpan la cadencia. Contigo aprendo, <em>Contigo aprendí</em>. Cuando escuchamos que solamente una vez amé en la vida, aceptamos la mentira porque pronto, en la próxima tanda, tal vez alguien nos cante en rabiosas palabras el bolero sobre el clavo que saca otro clavo, porque el bolero es generosidad cuando los amores son felices y rencor cantado en labios de los desgraciados. El <em>Somos novios</em> de Manzanero habla de &#8220;un cariño limpio y puro&#8221; pero, ay, &#8220;como todos procuramos el momento más oscuro.&#8221; Es cuando escuchar difiere de bailar. El bailarín de boleros no se detiene en el sentido sino en el ritmo. Novios o amantes, extraños en la noche de la pareja, bailan.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 298px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/collazos2.jpg?t=1235920339" alt="collazos2.jpg picture by antoniosarabia" />Queja adolorida y orgullo salvador, el bolero recuerda, sin que los bailarines lo sepan, el acierto filosófico de la ranchera: &#8220;A veces me ando cayendo y el orgullo me levanta.&#8221; Pero sordo al clamor de la letra, lo que se levanta es otro orgullo, los que se humedecen son otros ojos. En algún conocido y a veces vilipendiado lugar del cuerpo se ha entablado el diálogo del deseo que el bolero propicia, que el alcanfor del padre Gómez condena como se condenan al olvido blusas, faldas y camisas.<br />
No sólo el alcanfor, dirán ustedes con razón, es enemigo del regocijo. Contra la razón placentera del bolero, que no razón pura pues de su impureza se hace su sinrazón estética; contra esa razón conspiran el miedo femenino y la torpeza masculina, la moral del inconsciente, el brazo que a manera de palanca se nos instala en el hombro, el centro neurálgico y femenino que traza una línea cóncava o convexa, según se mire ese gesto, movimiento de un centro que huye de otro centro pero que se compensa con la dádiva de las extremidades superiores entregadas al bolero.  De lo que se deduce que en el bolero hay dos partes que pugnan por entregarse, que todo se reduce a extremidades inferiores y superiores que no pueden ni quieren encontrar la síntesis en la entrega total y entera. De lo que se deduce que de la cintura para arriba el bolero es menos pecaminoso que de la cintura hacia abajo, que el rechazo al abrazo es a medias, cuando hay rechazo, cuando deja de haber entrega. Cuando la entrega es a medias, mejor dicho, entrega sin entrega, sólo exudación y lágrimas.<br />
En la dialéctica del bolero, la tesis es una propuesta del cuerpo, la antítesis el rechazo y la síntesis aquello que jamás imaginaría Herr Hegel: un cambio  estratégico de pareja en la siguiente pieza. O tanda, para evitar el doble sentido de quienes me escuchan o leen, porque pieza no es la canción que viene sino la recámara que se desea como estación final de la fiesta.<br />
De allí la definición que se ha dado al bolero: antesala del amor. Pero se requieren algunas precisiones. Entre el sofá de la sala y el lecho de la recámara hay un trecho que el bolero abrevia. Porque, a veces, del bolero al lecho hay mucho trecho, dirán ustedes, como dirán también que es más corto el trecho que conduce del bolero al sofá de la sala que a la antecámara y al lecho. En este galimatías, todo lo decide la estrechez o amplitud de la pareja que nos sigue el paso o que se devuelve, en el umbral de la puerta, como se devuelve todo prisionero del miedo.<br />
No faltaría más. El bolero es una consulta, una encuesta, un sondeo de opinión. Cuando se baila un bolero se está preguntando a la pareja y la respuesta suele ser inmediata. Un considerable porcentaje de la población que baila boleros responde con un SI al cuestionario del deseo; un nada desdeñable porcentaje responde con un No desconsolador y una franja preocupante No responde porque no sabe de lo que va el asunto, caballero.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 305px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/OscaryJimena.jpg?t=1235920901" alt="OscaryJimena.jpg picture by antoniosarabia" />En esto reside el carácter democrático del bolero: es consulta antes que imposición. Nadie saca a bailar un bolero a la brava, ni el marido celoso ni el guapo del barrio, que si es celoso, se sienta y llora. El bolero es búsqueda de consenso entre parejas.<br />
Quien haya recorrido conscientemente el camino que va de sala de baile a la sala de su casa, sabrá que lo que en el primer escenario es recato puede volverse deliciosa desvergüenza en el segundo. Aconsejable no bailar un bolero desnudo: derivaría a un coito de pie. Se los dice quien lo ha intentado y ha fracasado en el intento. La acrobacia del amor es más horizontal que vertical.<br />
Sartre escribió sobre &#8220;el ser y la nada.&#8221; &#8220;El hombre es una pasión inútil&#8221;- nos repitió con tozudez francesa. Quienes escribieron los boleros que nuestra memoria no olvida, no dejaron de recordarnos que el bolero es un diálogo entre el ser y el todo. En el bolero, ni el hombre ni la mujer son una pasión inútil. De no haber sido alemán, Schopenhauer se hubiera aventurado en la escritura de un tratado sobre &#8220;el amor, las mujeres y el bolero&#8221;, género que sólo habla de la muerte del amor deseado, porque la otra muerte es apenas una amenaza de suicidio que únicamente se cumple en la letra. El &#8220;no puedo vivir sin ti&#8221; del bolero es un no puedo vivir sin ti mientras te olvido. El bolero es una forma de  poligamia agazapada. Amar a dos mujeres a la vez -recuerda la voz aguda de Antonio Machín cantando el bolero de la bigamia masculina. Morir en tus brazos es una manera de decir: quiero morir en tu lecho. Muero porque no muero, se repite el bailarín de boleros.<br />
Lisonja o insulto, &#8220;esperanza inútil&#8221;, &#8220;flor de desconsuelo&#8221;, reloj que marca las insufribles horas de la espera, olvido de todo  y de mí; inconsciencia del tiempo que pasa &#8220;estando a tu lado&#8221;, el bolero que se baila es un sentimiento que el bailarín acomoda a la intención implícita de no separarse de su pareja en la siguiente pieza. No le importa el sentido; le importa el sentir: los centros ajustados por la coincidencia de estaturas, las yemas de los dedos que recorren los vellos de la nuca, las manos que sudan, la mejilla que roza la mejilla, la firmeza de unos muslos que chocan casi accidentalmente para anunciar el posterior choque de muslos.<br />
Hay bolero que se baila y bolero que se escucha. El bolero que se escucha remueve las fibras de la memoria afectiva. El bolero que se baila remueve las fibras de una memoria erótica selectiva. Se pueden escuchar boleros con quienes no nos gustan. Sólo se acepta bailar con quien nos gusta. Si la piedad de una mujer o la caballerosidad de un hombre permiten que se baile un bolero con quien no nos gusta, la distancia conservada entre los cuerpos tendrá la prudencia de un rito insulso. Se baila por cortesía. Quien acepta de verdad bailar un bolero, acepta un desafío.<br />
Eros y desafío, el bolero traza una frontera entre lo permitido y lo prohibido. En la semiología del bolero, dicho de otra manera, en las señales de tránsito que el bolero exige, el rojo manda que no se baile con quien no nos ofrece esperanzas, el amarillo que se baile con quien pueda dejarse seducir; el verde con quien, ya seducida o seducido, no hace más que prolongar el instante del júbilo. Es un pacto de sobreentendidos porque se comprende que, en el juego de la seducción, vale más, a efectos del placer, la trayectoria de la bala que el impacto del disparo.<br />
Al erotizarlo todo- felicidad, desgracias, cataclismos del alma, traiciones, venganzas-, el bolero reclama un lugar en la lista de hechos que han contribuído a la jubilosa desmoralización de las costumbres. Factor de cambio- dirían los sociólogos. Y es cierto: las líneas que traza la historia del bolero bailado se han vuelto paralelas. Han conducido a la fusión. Se diría que, a veces, el bolero es la negación del movimiento. Obsérvese si no el casi imperceptible desplazamiento de la pareja en una baldosa, obsérvese si no cómo la pareja, en apariencia inmóvil, mueve el deseo a una velocidad de vértigo. Otra vez el ritual: la &#8220;ansiedad de tenerte en mis brazos/ musitando palabras de amor.&#8221;<br />
Nacido a finales del siglo XIX, en lo mejor de sus letras se lo debe casi todo a la poesía modernista. Para darle el golpe de gracia al modernismo, se le torció &#8220;el cuello al cisne de engañoso plumaje.&#8221; Con sus plumas verbales renacieron el bolero y el nuevo cisne esplendoroso, esta vez sin paisajes exóticos ni extrañezas. Pero no es de las raíces literarias del bolero de lo que hemos estado hablando. Es de esa eternidad que en el instante del deseo hace del bolero, no un género, sino un estilo de vida, una manera de cortejar, una manera de resolver el ser o el no ser del deseo. De allí que sea expectativa defraudada o feliz realización de lo que se ha esperado al bailarlo.</p>

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		<title>Tardes casi olvidadas con Elena Garro</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Apr 2008 22:51:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. <span style="font-style:italic;">Yo, Elena Garro</span>, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y <span style="font-style:italic;">El Asesinato de Elena Garro</span> de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de <span style="font-style:italic;">Los Recuerdos del Porvenir</span>. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAvJvt7nweI/AAAAAAAAAVQ/3L0mvZ8oZXc/s1600-h/elenagarro.jpg" rel="lightbox[30]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5191464817095328226" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAvJvt7nweI/AAAAAAAAAVQ/3L0mvZ8oZXc/s400/elenagarro.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.<br />
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.<br />
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, <span style="font-style:italic;">Las Dos Elenas</span>, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, <span style="font-style:italic;">Los Recuerdos del Porvenir</span> no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo <span style="font-style:italic;">La Culpa es de los Tlaxcaltecas</span>. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.<br />
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de <span style="font-style:italic;">Amarilis</span> en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAvJ897nwfI/AAAAAAAAAVY/bLj9zYSga7g/s1600-h/sem-elena5.jpg" rel="lightbox[30]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5191465044728594930" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SAvJ897nwfI/AAAAAAAAAVY/bLj9zYSga7g/s400/sem-elena5.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.<br />
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).<br />
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.<br />
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.<br />
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.<br />
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.<br />
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de <span style="font-style:italic;">Amarilis</span>, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.<br />
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de <span style="font-style:italic;">Los Recuerdos del Porvenir</span> en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.<br />
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.<br />
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.<br />
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.<br />
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran <span style="font-style:italic;">Amarilis</span>. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.<br />
Antonio Sarabia</p>
<p>PREMIO DARDO 2008</p>
<p>La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog <span style="font-style:italic;">Inventario</span>, ha tenido la bondad de conceder a <span style="font-style:italic;">Los Convidados</span> el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SA3kEopGKkI/AAAAAAAAAVo/s-RyhQ0zhik/s1600-h/premiosdardo200.jpg" rel="lightbox[30]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5192056713708448322" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SA3kEopGKkI/AAAAAAAAAVo/s-RyhQ0zhik/s400/premiosdardo200.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
&#8220;La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas&#8221;.</p>

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