Posts Tagged “Autores mexicanos”

Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio Rómulo Gallegos 1993 por El Santo Oficio de la Memoria. Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo después y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer día y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entrañable compinchinato, si se puede llamar así, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al dominó como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.

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Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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El sonido del teléfono la mañana del pasado lunes fue preludio de una grata noticia: Élmer Mendoza (Culiacán, México, 1949) se encontraba en Lisboa. El almuerzo imprescindible, más la charla y las copas vespertinas a la vista del Tajo, nos pusieron al corriente del par de años que llevábamos sin vernos. Élmer remataba en tierras portuguesas, después de haber recorrido media España, la gira promocional de su novela Balas de Plata, ganadora del premio Tousquets 2008. Al día siguiente, el martes 18 por la tarde, hubo una presentación en la Casa Fernando Pessoa con todo y epílogo musical de su hijo Ian Carlo, diestro percusionista que vive en esta ciudad. Ahí estuvimos nosotros también, acompañándolo en una sala repleta de espectadores que lo escucharon atentos antes de ametrallarlo a preguntas.
Élmer es un auténtico sinaloense y, como tal, uno de los amigos más sencillos y campechanos que tengo. Su enorme talento literario es inversamente proporcional a su acendrada modestia. Ojalá el recién ganado premio Tousquets le sirva para alcanzar la notoriedad que desde hace tiempo merece. Nos dejó, como una muestra de su destreza narrativa, cuatro de sus Minificciones. El Caso de Marlene Stamos proviene de su libro Trancapalanca. Zona de Derrumbes se publicó ya en 1991 en El Suplemento de Difocur. Los dos últimos textos, Ytzé y Los Perdedores, son inéditos para este blog. Muchas gracias, Elmer por estas colaboraciones y que continúen los éxitos.

EL CASO DE MARLENE STAMOS

El detective bajó los ojos después de contemplarse en el espejo; metió un picadientes en su boca, se sentó en el sillón destinado a los clientes y se miró las manos. Vacías. Lejos de mujer. Alumno de Holmes, Fantomas, Lupin, Poirot, Queen, Spade, Maigret, Marlowe, Smiley, Carvalho, Belascoarán…, había sido brillante. Poseía todas las cualidades del espejo. Ahora, soportaba el mundo gris del fracaso, de los no es posible, de la evidencia de que la experiencia no basta.
Sumido en una soledad sin barreras observó sus dedos largos laxos el piso la punta de sus zapatos.
Algo no encajaba. También faltaba algo para encajar.
Repasaba la historia:
Marlene asesinada
Sola en la casa de la playa
Un pañuelo
Un viaje
Un exmarido
Un boxeador
Un padre millonario
Una madrastra
Un mayordomo
Dos seguros
Un lanchero
Una discoteque
Un fuerte donativo al Frente Contra la Represión
Un médico
Un excompañero de prepa
Un congreso de estilistas
Un cadáver
El tiempo
Otro cadáver
Múltiples advertencias para que se olvidara del caso.
El detective se tocó la nariz. Pensó en los nudos y posibles olvidos, en los cabos, en el entorno social de los implicados. Durante muchas horas meditó y su rostro se reafirmó en el color de la amargura. Ser humano no es pretexto. Su cuerpo olía a derrota, a final de sonrisa.
Al amanecer lo decidió.
Se puso de pie. Apenas le circulaba la sangre.
Al salir desprendió el letrero: FH del real, detective privado, sin reparar en las minúsculas.
Entró en la puerta siguiente donde se hallaba su dormitorio. Se quitó el sombrero negro y la gabardina. Ojos rojos. El traje oscuro de casimir inglés. Alguna humedad. Tomó la caja de habanos y la tiró al cesto de la basura. Respiraba con pena. La pipa. No escuchó el teléfono. Abandonó el departamento vestido apenas con un suéter, una camisa a cuadros y un pantalón desteñido.
Sus pasos sombríos se mezclaron con la escalera.
Un espasmo de sombras prendía velas a su doble muerte de víctima de lujo.
Salió.
La calle
Ávida sempiterna de desperdicios
Lo tragó con deleite.
Con los años, un basto grupo de detectives se declaró incompetente para descubrir al asesino de Marlene.
Hasta que llegué yo.
Pero esa es otra historia.

ZONA DE DERRUMBES

Iba a matar a la mujer. Estaba de pie en medio de la carretera, paralizada, y yo con el Topaz a 80 velocidad máxima 120. No sé movía. Atrás la tarde era un puñal sin muerto. Ni duda que era mujer. A buena distancia la vi uso lentes pero no estoy ciego y lejos de aminorar la velocidad la aumenté; bueno, no la aumenté, lo que pasó es que qué hace esta vieja pendeja atravesada en sentí, no sé, algo extraño, unas ganas desconocidas de atropellarla. No experimenté conmiseración o asombro de verla en ese sitio tan a despropósito, no, deseé matarla, que saliera volando girando y se estrellara fardo en el pavimento para que se le quitara lo atrevida. No me sentía comprometido o furioso, si ella deseaba que yo fuera el instrumento de su suicidio estaba bien, aceptaba, le daría duro, saldría rebotando y empezaría a sangrar por boca, nariz y oídos, se reventaría la cabeza y se rasparía los brazos y las piernas. Lo merecía, si estuviera en una cascada igual la empujaría, qué falta de respeto a sí misma, ¿qué no se ha enterado de que los suicidas no van al cielo?, ¿qué no ha leído que sufren horrores en la otra vida porque dejaron este ciclo inconcluso? ¿Qué no quiere reencarnar? Además de suicida estúpida. Voy rapidísimo y sigue impávida, y mis ganas de pasarle por encima y desgarrarle el abrigo se acrecientan, que vuele caiga y se rompa la nuca. Que transpire de gusto. La tipa sabe de su fin inminente y me espera con los ojos cerrados. Quieta. No corre aire. Si le paso por encima, seguro va a quedar pelo pegado a las llantas y pedazos de piel en alguna parte del carro. Quizá un pequeño trozo de carne palpitante. Mejor será que le pegue con un costado, así la mando lejos y evito pasarle por encima. Me espera una estatua de perfil. Si la atropello con esa parte del guardafangos saldrá hacia allá y sanseacabó, podré seguir tranquilamente mi camino. No obstante, estoy a unos doce metros y el ánimo de matarla me abandona. No quiero. Me importa un pito que no les parezca, ¿Quién se creen que son para impedir que haga mi regalada gana? Quizá percibí una ligera contrición en ella, o en mí. Viro levemente para esquivarla, freno, me detengo y voy a verla. Está sucia y temblorosa. Es guapa. Los feos no se suicidan. El abrigo se halla húmedo. Abre los ojos cuando llego y me mira suplicante. Tengo el impulso de preguntarle sus motivos y después conducirla a lugar seguro mientras trato de convencerla de que la vida es un lío que no hay que tomarse tan en serio, que hay que pasársela rico, que con un poco de empeño y un té de albahaca en el desayuno todo funciona mejor.
Viendo sus ojos sé que no vale la pena. Las razones de los suicidas son pocas pero suficientes. Así que le sonrío y le conecto un derechazo del que no se repondrá en un rato. La recojo y la cargo hasta el asiento trasero de mi carro. Lo dicho: es hermosa, caderas wow, triángulo magritte. La acaricio lleno de lujuria. Cuando la penetro despierta. Sin embargo me deja hacer. Le hago el amor con gran delicadeza y devoción. Se nota que le gusta, que le gusta mucho. La bajo y me voy.
Si después de esto se suicida definitivamente no tiene remedio.

YTSÉ

No se conocían. Quizá fue el olor a gasolina, la adicción al ruido y al humo lo que los hizo coincidir en la barra de La Chuparrosa Enamorada. Eran motociclistas.
La familia de Andrés se había enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno. El Papá de Álvaro es enterrador. Merx es extraterrestre y Raúl estaba decidido a ser virgen toda su vida. Se oía una balada rock de las más horribles. Bebían whiskey y hablaban de motos, llantas, bujías, rutas, climas, cuando ella apareció.
Cuatro corazones taquicardia.
Ella era de Cabizbajia.
Les echó una media mirada de la cintura para arriba.
Raúl, para evitar tentaciones abandonó el lugar. Andrés tuvo una erección inmediata. A Merx le faltaba un brazo y supo que era grave. Álvaro quiso ir al baño.
Ella tenía una cita con una amiga instalada muy cerca de ellos que continuaban conmocionados, pensando qué fácil es ser idiota en esta vida. Ella les concedió dos medias miradas más y por poco enloquecen.
Nada ocurrió mientras ella y su amiga conversaban. Salvo el silencio de la sangre ardiendo.
Cuando se fue supieron que el destino que los acababa de unir también los acababa de separar.
Merx quedó eliminado por cuestiones raciales.
Raúl, muy confundido, propuso juegos para que de ahí surgiera el afortunado. Lo excluyeron aduciendo la importancia de ser firme en los propósitos y que el suyo era muy especial y que demostraba lo grande que era.
Merx, muy excitado, pidió participar pero fue en vano.
Raúl abrió su computadora y compartió la información sobre Cabizbajia: gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su economía es el comercio de órganos con otros planetas.
Andrés y Álvaro intentaron convencerse entre ellos de desistir. Inútil.
Merx, lleno de tristeza, se apartó.
Álvaro y Andrés decidieron jugarse el liderazgo en lo que mejor sabían hacer: correr motos. Dos vueltas al circuito serían suficientes y allá fueron. Raúl sería el juez.
Una hora después regresaron: uno exultante, el otro realmente derrotado.
El solsticio a través de tus piernas amuralladas.
Cuando llegaban Merx salía con la chica abrazándolo.
Protestaron, oye, qué te pasa, no tienes derecho.
Ella expresó con energía, Ytsé, y ojos flamígeros.
Entonces, qué remedio, despejaron, más valía dejarlos pasar.
Una hora después Merx regresó. Aunque carecía de brazo, sonreía.

LOS PERDEDORES

¿Qué hacemos con los perdedores?
¿Les construimos un pueblo oscuro donde apenas se adviertan sus perfiles, con calles empedradas y un aguijón rosa que no tenga otro nombre que el de Aguijón rosa?
¿Les trazamos calles de satín sin indicadores de tráfico y fundamos cafés donde les hablen de un destino promisorio o del significado de su nombre?
¿Qué hacemos con ese amanecer despreciado con la armadura con los nervios de arroz?
¿Dónde ponemos su corazón que no aprendió a detectar su forma oblonga?
¿Dónde colocamos sus sillas?
¿Acaso cumplen años tienen casa para recibir o teléfono?
Qué hacemos…
Dónde los ubicamos que no les duela la puerta o la ventana. El paisaje.
¿Qué hacer con su pasado, con sus promesas?
¿Dónde deben estar que no se hable de guerra la situación del país o bateo oportuno?
¿De qué platicarles cuando lo único que está en su mente es el cromado de una pompa de papa?
¿Qué poeta recomendarles para que no insistan en Hölderlin, Leopardi o Manuel Gutiérrez Nájera?
Cien millones dicen que somos:
Espero que alguien tenga una sugerencia.

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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el año de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un año a los ciento veinte del nacimiento, y otro más al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qué más da. Nos causa un inmenso placer que nos acompañe desde ahora y no creemos que a él le importe demasiado. Es un autor a quien jamás conocí. Murió cuando yo tenía quince años y estaba neófitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisión, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apartó de mi pensamiento desde que llegué a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Español al escribir Amarilis y también influyó, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos” y a quien dedicó una oda fúnebre, In memoriam, que remata espléndidamente así: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi lágrima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con César Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, México, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso allá por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del periódico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo año y de la que reproducimos sólo el final, el futuro premio Nobel mexicano decía:
Sí, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios críticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino: una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojería y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, crítico y traductor, es el literato. El minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creación y reflexión: una literatura. ¿Debo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser él mismo es por sí mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.

El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poesía. En él, al decir del propio Reyes, el poeta “se admira de su propio don, y se enorgullece de él, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda”.

VALMIKI Y LOS PÁJAROS

El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un día por el campo. Ignoro lo que será el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de árboles de múltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las bóvedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargazón vital en la atmósfera propicia al éxtasis y al pánico. El contemplador queda aniquilado ante el espectáculo, y la naturaleza fácilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de sí, admirando una pareja de pájaros cuya voz adquiría singular dulzura, porque era la estación del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichnú. Víctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja poética. Y así nació la poesía kavya, nuevo género literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y “¿soy yo –exclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?” El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.

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El texto de Odisseus Elytis originó un alud de correos entre los que destacan varios de mi compatriota, colega y muy querido amigo Luis González de Alba (Charcas, Mexico, 1944), quien al escribirme señala la correcta grafía y pronunciación del nombre del ganador del premio Nobel de la literatura de 1979: Odiseas Elítis, me insiste él.
Luis González de Alba fue miembro destacado del Consejo Nacional de Huelga, que encabezó el movimiento estudiantil en México a fines de los sesentas, y por eso testigo ocular de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968. Fue aprehendido ahí mismo, en Tlatelolco, y encarcelado en el siniestro Palacio de Lecumberri donde escribiría lo que para mí es el mejor testimonio de aquellos hechos, la novela “Los días y los años”.
Además del genero novelístico, Luis González de Alba cultiva el análisis político, el ensayo histórico y el de divulgación científica. Sus colaboraciones en los diarios mexicanos le hicieron acreedor al primer Premio Nacional de Periodismo en el año de 1997.
El sabroso material que nos ha enviado incluye, aparte de su propia traducción, versiones estrictamente fonéticas de los poemas en griego para apreciar mejor su musicalidad. Todo ello será motivo de futuras publicaciones en esta página. Por lo pronto nos estrenamos con su traducción a un bello poema de Konstantinos Kavafis (Alejandría, 1863-1933) que el mismo Luis ha escogido, nos dice, “por breve, emotivo y náutico”.

SÚPLICA

El mar en sus profundidades tomó a un marino.
Su madre, sin saber, va y planta

a la Virgen enfrente una alta vela
para que vuelva pronto y tenga buenos tiempos;

y todo hacia el viento alza el oído.
Pero mientras reza y suplica ella,

la imagen escucha, seria y triste,
sabiendo que no volverá ya el hijo que espera.

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Esta semana apareció en España, con el sello de Belaqva/La otra orilla, mi más reciente novela “Troya al Atardecer”. La perspectiva de ver otra vez algo mío tras las vitrinas de las librerías me pone, ya se imaginan, de excelente humor. El argumento de la obra y la cercanía del mar, más el Tajo azul brillando espléndido tras el cristal de mi ventana esta tarde lisboeta me hace sentir, hasta cierto punto, “helénico”. La mejor manera de celebrarlo es entonces, creo yo, compartir con los lectores de Los Convidados un magnífico texto en prosa del poeta griego Odysseus Elytis (Creta 1911 – Atenas 1996), Premio Nobel de Literatura el año de 1979. Se titula “Veinticuatro horas para siempre”. La traducción es de Francisco Torres Córdova, Ojalá les guste tanto como a mí.

1
Al cambiar de lado durante el sueño te das cuenta de que amanece. Te levantas un momento para cerrar las ventanas, y al mismo tiempo te golpean la luz y el aire de la higuera de enfrente. Después te vuelves a acostar y con gula te hundes en el sueño. Ahora se siente el fresco. Te complace la sábana.

2
En la terracita que da al norte humean las tazas. Nadie habla. Sólo escuchas el masticar del pan tostado o el pequeño grifo de la cocina de junto. Tres o cuatro abejas van y vienen alrededor de la mermelada y la bandeja grande con fruta.

3
En el sendero empedrado que desciendes por la orilla para protegerte del Sol. De frente a ti sube un campesino con dos mulas que jala del cabestro. En la primera abertura hacia el mar ves el fragmento de un barco que está detenido. Después, conforme avanzas, todo el pequeño puerto. En el muelle, en fila y atadas por sus cabos, las barcas vacías que se balancean.

4
Dentro del pequeño almacén, que huele a especias y a periódicos viejos. Dentro también Rinió, con su vestido rasgado. Sus pequeños pechos puntiagudos y su cabeza un erizo grande y asimétrico.

5
Izas la vela y te abres al mar. Si tienes viento a favor aflojas el cabo y avanzas recto, a toda vela. Si lo tienes en contra maniobras y tu pequeña embarcación salta como cabra salvaje.

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